sábado, 14 de diciembre de 2013

LAS CIUDADES TAMBIÉN TIENEN SABOR


            Recuerdo la primera vez que hicimos esta tarta de queso en casa de mi madre. Vivíamos por entonces en Santander, una de las ciudades en las que crecí, y nos proporcionó la receta una santanderina menudita y tímida con la que, unos años después, mi hermano tuvo el acierto (y la fortuna) de poder casarse. La preparamos un sábado para disfrutarla el domingo en familia, y tuvo tanto éxito que ya quedó incorporada, desde aquel mismo día, al libro de recetas de las mujeres Miguélez.

            Lo primero que se necesitaba para poder hacerla era un molde de tartas desmontable. No teníamos ninguno, de modo que salimos a la caza del artículo; hoy lo venden casi en cualquier sitio, pero hace veinte años la tarea no era tan sencilla. Aprovechamos una de esas raras tardes en que no llovía, recorrimos todo el centro de la ciudad, y al final localizamos uno de buen tamaño en una pequeña ferretería cercana a la Plaza Porticada. Me sorprendió que el ferretero lograse encontrarlo, dada la infinidad de artículos que almacenaba en un local tan escaso de metros, pero al fin triunfamos y volvimos a casa con el molde. Cuando estábamos a medio camino de regreso comenzó a llover con ganas, y llegamos empapadas de agua, lo que hizo que aquel cacharro ya quedara, para siempre, con el sobrenombre de “el chaparrón”.

            Conseguir los ingredientes fue mucho más sencillo. Los huevos nos los traía un chico llamado Toñín que tenía granja en Los Corrales de Buelna; él mismo los repartía con su furgoneta, colocados en grandes cartones de dos docenas y media. Cada semana, los jueves y con puntualidad británica, llamaba al timbre y nos entregaba aquellos huevos pintos, medianitos y recién puestos, acompañados de un “Buenos días”, un “Gracias” y una sonrisa, bienes éstos que eran correspondidos por mi madre de igual manera, porque ser humildes y trabajadores no está reñido con la educación y la amabilidad.

            Al elegir los sobaos se creó una pequeña polémica, más que nada por una cuestión de tamaños. Podíamos escoger los de Martínez, que tenía la fábrica en Monte, a tiro de piedra de mi casa, y vendían también al público. Allí solíamos comprar cajas enteras de dos kilos de palmeritas rotas, magdalenas deformes o sobaditos más tostados de la cuenta, por ciento cincuenta pesetas. Eran productos deliciosos que no se podían vender por su aspecto, y mi madre los traía para abastecer los desayunos de toda la familia. La otra opción era acercarse hasta la iglesia de la Bien Aparecida. Enfrente había una tiendecita, de aquellas antiguas con el mostrador de madera y la báscula de plato y aguja, que traía, directamente desde Selaya, en la Vega de Pas, sobaos artesanales de Macho, de los de toda la vida: enormes, compactos y con un delicioso olor a mantequilla auténtica. No eran baratos, pero eran la bomba. Al fin nos decidimos por los de Martínez, más ligeros y pequeños, por aquello de que no le quitasen protagonismo al resto de la tarta.

            Los quesitos, la leche entera y el azúcar se añadieron a la lista del supermercado; los sobres de cuajada Royal ya los teníamos en casa, era un artículo que usábamos mucho por entonces. Desde que mi madre y yo habíamos probado la cuajada que las monjas hacían, en cantidades industriales, para los ancianos de la residencia de Cajo en la que las dos trabajábamos, la habíamos incorporado a nuestra dieta habitual. Era más barata que el yogur, muy sabrosa con miel o con azúcar, y no generaba envases que tirar a la basura. Todo ventajas.

            El asunto de la mermelada era un tema aparte. La receta decía que arándanos, por aquello de que es lo clásico. Pero a mí los clasicismos nunca me han satisfecho del todo, y además, las mermeladas comerciales suelen quedarse cortas de fruta y largas de azúcar. Prefiero, sin dudas, las que hace mi madre, de modo que bajé al almacén para elegir. Allí estaban, distribuidas en frascos de varios tamaños, agrupadas por colores según lo que contuvieran, y coronadas con graciosos “gorritos” de tela que ella les confeccionaba en sus ratos libres con retales de colores y ribete de ganchillo. Solía hacer aquellas confituras con cajas de fruta muy madura que negociaba a buen precio en el mercado de México, cerca de Cuatro Caminos. Dudé entre albaricoque, que le quedaba divina, o fresa, mi favorita. Ambas tenían la nota ácida de la manzana verde y el zumo de limón que ella añadía al fabricarlas, buscando espesar, conservar mejor el color original y conseguir que no quedasen empalagosas; así es mi madre, poniendo su “toque diferente” en todo. Supongo que en mí también puso ese “toque”, y por eso soy como soy. Por cierto, que me voy por los cerros de Úbeda: elegí fresa. Si tengo que comprar la mermelada, me decanto por la grosella roja, más alegre de color y menos dulzona que otras. En realidad, cualquiera queda bien.

            Aquel sábado nos pusimos el delantal para hacer la tarta juntas: mano a mano, mi madre y yo, con la receta sobre la mesa. Un litro de leche entera, al fuego en una cazuela grande. En el vaso de la batidora que acababa de comprar para mi ajuar pusimos un tazón más de leche, catorce quesitos, tres huevos, tres sobres de cuajada Royal y diez cucharadas de azúcar. Mientras yo trituraba bien la mezcla, ella fue quitando a los sobaos el papel, los cortó por la mitad para que la capa de base fuera más fina, y cubrió con las láminas resultantes todo el fondo de “el chaparrón”, presionando un poco, pero no demasiado, para no aplastarlos. Cuando la leche comenzó a hervir, añadí la mezcla batida, bajé el fuego y removí sin parar usando la cuchara de palo hasta que rompió de nuevo el hervor. Miré el reloj y continué removiendo dos minutos más: me habían advertido ya que, si la cuchara paraba, se me pegaría la masa al fondo de la cazuela, de modo que tuve buen cuidado de no detener el meneíto hasta que al fin apagué el gas. Inmediatamente después, con ayuda de un cucharón para no levantar los sobaos ya dispuestos, vertimos despacio la masa caliente en el molde, dejamos que se enfriase un par de horas y le hicimos un sitio en la nevera, donde había de estar hasta el día siguiente.

            Recuerdo aquella comida de domingo como una ocasión muy especial: mi cumpleaños número 22, el último como soltera, el último en casa de mis padres. No hubo regalos, como era nuestra costumbre. Solo besos, risas y mermelada de fresa chorreando sobre la tarta fría y recién desmoldada un minuto antes de sacarla a la mesa.

            Las ciudades también tienen sabor. Cada vez que hago este postre vuelvo a saborear Santander. Espero que a vosotros también os guste. Buen provecho.

1 comentario:

  1. Que entrada tan dulce ;)
    Me pregunto cómo lo haces. Cómo puedes enganchar a alguien a un texto, solamente, contando una receta. Pero es la forma en que lo cuentas. La forma de narrar tan "tuya"
    Da por sentado, que voy a hacer esta tarta. Y cuando la tome, yo, no recordaré Santander, recordaré un día leyendo el blog de Isasaweis en el que conocí a una escritora fabulosa.

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