lunes, 2 de diciembre de 2013

PEDIR PERDÓN


            Pancho llevaba ya una larga temporada en muy malas condiciones. Sabía que la relación con Arancha era destructiva para los dos, que los años pasados con ella le habían convertido en un Pancho muy distinto al de antes. Por mucho que se ame a una persona a veces es necesario tomar distancia, respirar y darse cuenta de que el amor no nos está haciendo mejores, sino todo lo contrario. Le costaba reconocer que la unión con ella era absolutamente perniciosa, que eran como yunque y martillo, como fusta y pellejo, hacha y tronco, residuo e incineradora, dos elementos que no se entendían el uno sin el otro, pero que se herían todo el tiempo.

            Hecho el balance de la convivencia, era necesario tomar una determinación. Seguir adelante era un suicidio, pero romper dolería como la muerte misma, sería como amputarse el corazón y seguir caminando envuelto en el frío, muerto en vida. Cada día que la veía quería decírselo, pero cada día se mordía la lengua después de besarla, iniciaban una nueva discusión por cualquier estupidez, y envuelto en la dialéctica hiriente y chillona de la trifulca se acaloraba, se consumía, se envolvía en sí mismo para protegerse de los dardos que salían de la boca amada… y no decía nada. Hasta que llegó una tarde en que, por sorpresa y sin anestesia, antes de que pudiesen comenzar a pelear, ella le dejó. Le dejó a él, y le dejó con la palabra en la boca, porque fue el único día desde que comenzaron a andar juntos en que no quiso discutir para no alargar más la agonía.

            Pancho se quedó en shock. Helado. Le faltó buscar la morgue y tumbarse en una de las neveras a la espera del forense. Y fue en ese momento, y solo en ese momento, cuando advirtió que estaba solo. Pero no porque ella se hubiese ido para no volver, sino porque él, en la destructiva vorágine de aquella relación tóxica que tanto se había alargado en el tiempo, se había deshecho de todos los suyos.

            Se había alejado de su familia, harto de que le dijesen que esa chica no le convenía. Habían dejado una cena de Nochebuena a medias para marcharse abruptamente porque Arancha les faltó al respeto a sus padres y él, en lugar de defenderlos, había callado para no enfadarla más. La falta no solo estuvo en ella, sino en la propia falta de sangre para enfrentarla. Después le dio vergüenza volver a su casa, de modo que padres y hermanos quedaron apartados de su mundo de pareja. Ella, inestable, caprichosa, llena de orgullo, no había consentido verles más, y tampoco le habría hecho gracia que él les viera a sus espaldas, a escondidas. Total, por un comentario que ella se tomó mal y que él ni siquiera era capaz de recordar. Toda su relación paterno-filial y fraternal perdida por una lealtad y un afecto mal entendidos.

            Los amigos habían huido. A ella no le gustaban los de él, los consideraba simplones, estúpidos y en nada merecedores de su atención, y no tardó en ahuyentarlos. Le impuso los propios, pero éstos también les terminaron abandonando, incómodos porque cada reunión terminaba en una de las violentas discusiones que mantenían todo el tiempo. Al final se habían quedado solos, él y ella, ella y él y su destrucción mutua. Ellos dos solos con sus gritos, con sus puñetazos a las paredes, con sus insultos. Con las puertas del piso rotas a patadas, con los vasos diezmados y el cubo de la basura lleno de vidrios estrellados. No eran malas personas, no eran maltratadores, no eran monstruos, pero no sabían quererse sin destruirse mutuamente.

            Pancho miró a su alrededor y no vio a nadie que le tendiese una mano. Necesitaba a toda aquella gente, pero no los tenía. Y no se sentía con fuerzas de volver a la vida sin su ayuda. No quería estar solo y tenía que hacer algo. Solamente había dos opciones: intentar recuperar a Arancha por todos los medios, porque con ella no podía vivir pero sin ella se sentía muerto, o buscar el calor de los amigos de siempre, de la familia, y tratar de cicatrizar con el bálsamo de su cariño. Pero es tan duro pedir perdón cuando uno sabe que se ha equivocado…

            Fue a buscarla. Llamó a su puerta, necesitaba ablandarla para que le aceptase de nuevo en su cama. Pero en el relámpago de su mirada furibunda al verle en el descansillo de la escalera ya no se vio reflejado. “Solamente venía a pedirte mis vaqueros de la suerte. Se quedaron en tu cesto de la ropa sucia, con las últimas sábanas que sudamos juntos. Adiós, Arancha”.

            Ya solo le quedaba un camino: el de pedir perdón a todos. Y cuando lo hizo se dio cuenta de que no era tan difícil, de que ellos estaban dispuestos. Nadie le había dejado de querer, la relación con los suyos era un gran oso en hibernación, y acababa de llegar la primavera por fin.


 
 
 
 

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