jueves, 31 de enero de 2013

EL SALT DE LA BELLA DONA


            Mallorca es un pequeño mundo lleno de hermosos paisajes. Sus costas acogen playas escondidas, calas casi vírgenes y anchos y concurridos arenales. Su interior esconde montañas sembradas de senderos casi invisibles, precipicios, pinares, pueblos llenos de encanto, carreteras imposibles, olivos centenarios, almendros… No es, desde luego, un lugar que solamente tenga sol y agua salada, sino mucho, mucho más que eso. Yo recorrí la isla bastante a fondo durante los cuatro años que viví allí, y hoy os traigo una leyenda que conocí visitando uno de sus más hermosos rincones.

            El santuario de la Virgen de Lluch está en una montaña. La carretera que llega hasta allí sube dibujando un zig-zag de vértigo, lleno de curvas cerradísimas y empinadas rampas. A un lado, la pared de roca. Al otro, saltos y precipicios. Recuerdo que fuimos allí un domingo, a recoger a mi madre, que había llegado caminando desde Caimari el día anterior, con una peregrinación organizada. El santuario contaba con un monasterio anejo; parte de las celdas estaban destinadas a hospedar a los peregrinos por un simbólico precio, y allí pernoctó el grupo, en camas iguales a las de los religiosos, entre aquellos muros llenos de austeridad y silencio.

            Recuerdo que el viaje en coche se me hizo eterno; me mareé y tuvimos que parar varias veces, y el malestar no me dejó disfrutar del paisaje, ni de nada. En una de aquellas paradas forzosas, mi padre arrimó el coche a un mirador que se abría en un lado de la carretera. Una pintada de spray, con grandes letras rosa fosforito, decía: “EL SALT DE LA BELLA DONA”. Pregunté qué significaba, pero mi padre no lo sabía.

            Pasamos un día muy bonito, la verdad. Un pic-nic con bocadillos caseros, naturaleza, aire libre… Mi madre me compró un rosario y lo pasó por el manto de la Virgen. Durante años lo usé para rezarlo con ella todas las tardes, pero ahora duerme en un cajón de mi mesilla porque perdí ya hace mucho la costumbre de hacer rezos tan largos. Me gustó ver la fe de la gente que acudía allí caminando, gran penitencia, porque no os podéis imaginar lo que eran esas cuestas. Desde mi óptica infantil, subirlas a pie constituía casi una heroicidad.

            En el camino de vuelta me mareé de nuevo. Aquella carretera me ponía el estómago del revés, y mira tú por dónde, volvimos a parar en el mismo mirador. Entonces fue cuando mi madre dijo: “ayer, cuando íbamos andando, me contaron por qué este sitio se llama así”. Inmediatamente levanté las antenas, y ella comenzó a relatar.

“Un matrimonio, hace muchísimos años, estaba haciendo la misma peregrinación que hice yo. Caminaban solos, él detrás de ella, pero sus pensamientos no eran los mismos. Ella lo hacía llena de fe, pidiéndole a la Virgen que su hombre tornase su feo carácter en dulzura. Él sin embargo iba maquinando cómo deshacerse de su esposa. Ya no la quería, se había encaprichado de una más joven. El divorcio no existía, y solo la viudedad le libraría de estar atado a ella por los lazos del matrimonio sagrado e inviolable que un día contrajeron. Cuentan que era un bestia, que bebía y la maltrataba, y que ella era muy, muy hermosa, y le amaba a pesar de lo mucho que la hacía sufrir.

Al llegar a este mirador, se aseguró de que nadie más venía por el camino, y le dijo a su esposa que se asomara, que las vistas eran maravillosas, como en verdad lo son, ya lo veis. Y ella, inocente y confiada, obedeció. La empujó, despeñándola por el precipicio. Después, viendo cerca la noche, continuó hasta el monasterio, pidió posada a los monjes y fue a lavarse para rendir reverencia a la Virgen, como un peregrino más. Pero su conciencia estaba manchada por el crimen cometido, aunque nadie lo supiera.

Entró por fin en el santuario, y se quedó helado al ver a su esposa allí, arrodillada, descalza y con el velo puesto, rezando piadosa con los ojos puestos en la imagen de Nuestra Señora de Lluch. No podía creer lo que estaba viendo. La bella se volvió hacia él y le sonrió, y el asesino, presa de terribles remordimientos, se colgó de una viga aquella misma noche, devorado por la culpa. Por eso, desde entonces, el mirador se llama así: el salto de la bella mujer”.

Fue la primera historia de miedo que escuché en mi vida, y quizá por eso no la he podido olvidar. Imaginad cómo se me quedó el cuerpo: alcoholismo, malos tratos en el ámbito familiar, adulterio, asesinato, aparición sobrenatural, suicidio… Demoledor. Y ya entonces, con ocho años, hice la misma pregunta: “¿Y por qué no se colgó él primero, y la dejó vivir a ella, que no había hecho nada malo?” Desgraciadamente, me he hecho esa pregunta muchas más veces a lo largo de mi vida.

El “la maté porque era mía” existe desde hace milenios. Y aún no hemos tenido narices de erradicarlo. Por lo visto, no estamos tan civilizados como pensamos.

miércoles, 30 de enero de 2013

EMILIA


            Emilia tuvo, hace cinco años, varios “encuentros” de distintas variedades. Se encontró con que tenía dos hijas pequeñas y no contaba con un trabajo que le permitiese mantenerlas. Se encontró también con que estaba sola para sacarlas adelante. Se encontró la nevera de su casa vacía, y los platos de las niñas también, y se encontró con que ni siquiera tenía pañales para ponerles. Se encontró con la más grande de las desesperaciones, que es la de no tener nada con que calmar el hambre.

            Cuando encontró la cartera en el suelo, debió pensar “vaya, Dios aprieta, pero no ahoga”, aunque al ver que no había dinero en ella seguramente maldijo su suerte. Y al fin, viendo que lo que sí contenía era una tarjeta bancaria y un carnet de identidad, hizo lo que la mayoría de madres en su situación hubiera hecho: usar esos dos trozos de plástico para llenar su frigorífico y procurarse pañales con que mantener limpias y secas a sus dos criaturas durante algunas semanas. Ciento noventa euros. Pensó que nadie se daría cuenta, que no habría forma de averiguar que había sido ella. Y se encontró con que no tardaron nada en pescarla.

            Ahora os voy a decir lo que me encuentro yo. Me encuentro una joven en la televisión pidiendo ayuda, una muchacha que con veintidós años ya tenía dos hijas sin padre, y que por su manera de hablar no debe contar con un nivel de estudios significativo. Posiblemente, lo uno sea consecuencia indirecta de lo otro, y lo otro de lo uno, pero imagino que sus posibilidades de encontrar un trabajo para mantener a esas dos chiquillas son bastante escasas. Le cae del cielo la manera de poner un parche a su situación y no lo duda, porque sabe que eso es robar, pero por los hijos se hace lo que sea, no será la primera, ni tampoco la última. Y en los cinco años que han pasado desde aquello, sabiendo que está pendiente de juicio y que lleva las de perder, se arrima (o se casa, me es indiferente) con otro hombre y se deja hacer otra criatura, estando él también en el paro. Para aumentar aún más su miseria. Esto no hace sino ratificarme en mi convicción de que todo este cúmulo de tropiezos, situaciones y despropósitos no son sólo fruto de la crisis, sino que también lo son de la falta de cultura, formación y estudios. Que una chica que ha estudiado tropieza una vez, pero no tres. Que alguien a quien se han preocupado de cultivar no se ve, con esa edad, en ese brete, y si se ve en él no lo empeora de tal manera.

            No desprecio, ni mucho menos, a Emilia ni a las mujeres que son como ella, pero es imposible no darse cuenta de que la formación es importantísima para la vida. La cultura, es cierto, baja el nivel de natalidad, pero también el de pobreza. Una mujer con una formación intelectual suficiente sabe cómo evitar que le hagan tres criaturas antes de cumplir los veinticinco si no cuenta con medios para sacarlas adelante. Si es la hija de la Preysler, que tenga los que quiera y tan pronto como le dé la gana, pero no en las circunstancias de esta pobre chavala.

            Ahora, después de pagar 900 euros de multa (contra 190 que ella sustrajo), después de hacer trabajos para la Comunidad (como barrendera, oficio tan digno como cualquier otro, dicho sea de paso) para reducir la pena, se encuentra con que tiene que ingresar en prisión para cumplir veintidós meses de reclusión. El indulto, solicitado hace casi un año, no llega. Y se arma el lío, porque su parejo (o novio, o marido, o lo que sea) sólo se hace cargo de la hija pequeña, que es la suya, con el pretexto de “es que, con la ayuda de 400 euros no puedo mantenerlas a las tres, yo estoy en paro”. Y ningún niño se merece verse en la tesitura de tener que vivir casi dos años en el bar del abuelo o en un centro de acogida.

            Requena es una ciudad turística, preciosa, llena de historia, con una industria vinícola muy importante. No es el tercer mundo, es aquí al lado. Y aunque el pueblo se ha volcado para pedir ayuda, para clamar por el indulto de esta chica, los que lo tienen que conceder están demasiado ocupados. Poco importa que este mismo mes hayan indultado a un conductor kamikaze que, con su conducta temeraria, segó la vida de un joven. “Pobrecito, es buen chico, le han diagnosticado epilepsia y por eso iba por el carril contrario” (traducido al cristiano: tenía dinero para pagar un buen abogado y un informe médico). Poco importa la cantidad indecente de euros que se han gastado en traer a Carromero de Cuba, donde estaba en prisión por conducir sin carnet y provocar un accidente con un saldo de dos muertos, para darle la suelta en una semana escasa. “Pobrecito, es buen chico” (traducido al cristiano: lo mandó allí el partido a “conversar” con los disidentes, y si no le sacamos del lío a ver si va a hablar más de la cuenta). ¿Y Emilia? ¿No es buena chica? Pues sí, sí lo es. Solamente ha pecado de ignorante, y eso, que yo sepa, no es delito.

            A estas alturas, con lo que llevo visto y vivido, nadie me quita de la cabeza un convencimiento: cuanto más recorten en educación, peor para todos. No se trata de que llenar España de ingenieros o abogados. Se trata de que los jóvenes, aunque sean “de pueblo”, sepan defenderse en la vida, porque cuando tengan un problema, si esperan a que los de “arriba” les echen una mano, lo llevan claro. Se trata de que puedan moverse en el mundo real, sobrevivir en esta jungla que solamente es un apacible jardín para los ricos. La justicia nunca fue igual para todos, y ahora menos que nunca. Chicos, chicas, por lo que más queráis, sed listos de verdad, y estudiad hasta donde podáis. Y los mayores, padres, madres y demás, defended la educación como un bien fundamental, porque no seréis eternos, y no quiero tener que firmar suplicando el indulto de más Emilias.

lunes, 28 de enero de 2013

AGUJEROS


            Hace unos pocos años, tuve que entrar en quirófano para extirparme un quiste de grasa, bastante evidente, que se me había formado en un brazo. Por entonces tenía yo una criatura de tres años y otra de un mes escaso, a la que di de mamar en la sala de espera cuando estaba a puntito de pasar a cambiarme, de manera que cuando acabase la cirugía pudiese llegar a tiempo de darle la siguiente toma (y evitar el escándalo de berridos, porque la señorita no tenía espera a la hora de exigir ración de teta).

            Tengo que decir que estaba ese día yo bastante molesta. Los puntos de ese sitio que todas sabemos (las que hemos parido los conocemos uno a uno) aún me molestaban, la subida de la leche todavía me era dolorosa, por no hablar de las grietas que no acababan de cicatrizar y aún sangraban en cuanto mi gordita comilona comenzaba a chupar. Para más recochineo, tenía que asistir a un entierro a última hora de la tarde, de modo que, cuando me puse la bata, los patucos y el gorrete, no estaba, precisamente, ni tranquila ni de buen humor.

            En una sala de espera estéril y helada estuve, sentada en un taburete, casi una hora. A mi lado vino a colocarse una chiquita de catorce años, a la que el ayudante de quirófano le dio la bata y las indicaciones: “quítate todo, incluidos pendientes y piercings”. Ella, tan tranquila, preguntó: “¿el de la lengua también? Es que me lo hice hace dos semanas y aún no ha cicatrizado, si me lo quito no me lo podré poner de nuevo yo sola”. El enfermero y yo nos miramos. “Déjate ese, no pasa nada”. Y se fue, mientras yo, disimuladamente, miraba a la poco-más-que-niña quitarse el del ombligo, el del pezón izquierdo, uno en el labio superior, dos de la nariz, seis o siete de las orejas y otro del… bueno, de ahí.

            Comparé su situación y la mía. Ella catorce, yo veintiocho. Ella con sus adornos en los mismos sitios en que yo lucía recientes grietas, estrías, inflamaciones y puntos de sutura. Pensé en el ombligo de mi bebé, que se había infectado y aún necesitaba tratamiento de pomadas y antibióticos para terminar de cicatrizar; recordé mi preocupación por que le quedase bien, por que no se le herniase ni le diese problemas de mayor, y no pude dejar de compararla con la despreocupación de aquella mozalbeta llena de agujeros, cuya madre quizás pasó el mismo calvario para curar su ombligo, y todo para que ella luego se lo pusiera como un colador. No me dio pena ella, que sarna a gusto no pica. Me dio pena su madre.

            La vi temblar. Iban a quitarle dos quistecitos, similares al mío pero bastante más pequeños y superficiales, de una pierna. Le pregunté si tenía frío. “No. Nunca he entrado en un quirófano. Tengo miedo”. Creo que se mosqueó un poco porque me eché a reír a carcajada limpia; era lo que me faltaba por oír ese día. “¿Te dejas agujerear por todos los sitios, de manos de quién sabe qué sujetos, tatuadores, piercingueros, o quien sea que pone esas cosas, en quién sabe qué condiciones higiénicas, y ahora tienes miedo? ¿En qué estáis pensando los jóvenes de ahora?”. Para qué preguntaré. Su respuesta me dejó tiesa.

“Pues pienso que, para celebrar los quince, que los cumplo dentro de tres meses, me voy a hacer un tribal en la base de la espalda”

            Toma ya, Kas manzana. A la otra, vuelves a ser curiosa.

Deseé que el tatuador al que acudiese tuviera la suficiente mala leche como para grabarle en la antesala de su trasero un tribal que significara “EL MÁS TONTO DE LA TRIBU”. ¿No querías caldo? Pues toma dos tazas.

            El día de mañana, cuando mis hijas crezcan, seguramente llegará un momento en que me planteen que quieren hacerse algún agujero suplementario, o un dibujo indeleble y ridículo que estropee esas pieles blancas que tanto me ha costado criar. Con toda probabilidad, discutiremos y se lo prohibiré. Y luego ellas harán lo que les dé la gana. Ay.

            ¿Alguien me presta su hombro? Necesito llorar un rato.

domingo, 27 de enero de 2013

MERCADOS DE ARTESANÍA


            Cuando era más joven, y en aquellos lejanos tiempos en que era una trabajadora con nómina y algo de soltura económica, solía ir a ver los mercados de artesanía que ponían por ahí, en la calle. Me gustaba especialmente uno que se hacía cada año por Navidad en la Plaza Porticada de Santander, donde se podía encontrar bisutería de todos los pelajes, pañuelos, juguetes de madera, jabones de colores, perfumes de imitación… Reconozco que no solía comprar nada en ellos, porque soy bastante poco presumida (muy a pesar de mi madre y mi marido, que me insisten continuamente en que me arregle más), y siempre me avío deprisa y corriendo. Tengo pañuelos en casa que jamás me pongo, y solamente uso tres o cuatro pares de pendientes; cuando un par me aburre, cambio durante una temporada, luego vuelvo a cambiar, y así hasta completar la rueda y volver a empezar.

            Durante los años en que mis niñas eran pequeñas, tampoco me arrimaba demasiado a esos tenderetes de artesanía, básicamente porque a ellas se les antojaba todo, y ante tener que estar diciendo “no te lo compro” hasta la saciedad, prefería no ir. En el fondo, siempre pensé que estas cosas las hacían personas a las que no les encajaba la vida “domicilio fijo, trabajo estable, oficina, horario invariable, treinta días de vacaciones”; esto era más actividad de hippies, okupas, bohemios, artistas inquietos, sujetos que viven en pensiones cutres, hacen bicicletas con latas de refresco y alicates de corte, y cositas así. Era la idea preconcebida de alguien que siempre había vivido encajada en lo que consideramos “normal”. Y, como suele ocurrir, los tiempos cambian, y lo que antes era, ahora ya no es, o quizá es que nunca fue.

            Con las cosas como están, y el nivel de paro en alturas indecentes, esta que escribe lo hace, ahora mismo, desde un mercadito de artesanía. Todas las personas que estamos aquí somos mamás en paro, farmacéuticas en paro, administrativas en paro, filólogas en paro, químicas en paro, buscándonos la vida. Mi mesa está situada entre la de una chica que hace pulseras y otra que modela pendientes, engarza piedras semi-preciosas con metales variados y trenza cuero para crear brazaletes. Un poco más allá, otra tiene la mesa llena de jabones artesanales y botellas de detergente casero para la lavadora. Al otro extremo del local, una mujer muy llamativa descubre bandejas de canapés y tapas cocinadas al estilo indio, llenando el aire de olor a especias exóticas. En el otro rincón, enormes tartas de pañales llaman la atención, envueltas en celofán y adornadas con chupetes y lazos de colores. Desde mi puesto veo chucherías de mil formas, collares, diademas con calaveras y mariposas, muñecas de trapo, azulejos de colores… De todo.

            Todos los que estamos aquí, o al menos la mayoría, somos gente normal, con estudios, con familia, hipoteca por pagar, creatividad a raudales, mucho que ofrecer y ninguna ayuda por parte de nadie. Yo misma tengo cajas y cajas de ejemplares de mi libro de cuentos en casa, y de algún modo les tengo que dar salida. Por eso vengo a estos mercados, pongo mi mesa con mi ordenadorcito, libros, algunos cuentos personales de muestra por si alguien se interesa en hacer un encargo, una caja de tarjetas y un bolígrafo, por si un posible comprador quiere una dedicatoria en la página uno. Y me pongo pañuelos de esos que nunca me ponía, y pendientes llamativos, para que la gente me recuerde. Me pinto los ojos, me resalto los coloretes para no estar tan pálida, los labios de rosa para enseñar mi mejor sonrisa, y espero. Espero, como todos los artesanos que me rodean, a que alguien pase y me pregunte, se interese, le pique la curiosidad y me compre un libro.

            Hoy ha habido suerte; un amigo muy querido ha pasado a verme (Dios, cuánto tiempo hacía que no le veía, qué sorpresa más bonita me ha dado viniendo), y se ha llevado un ejemplar, y de paso, un abrazo.

Ojalá alguien más se anime a llevarse el libro. Pero sin abrazo, ojo: esos están reservados para unos pocos privilegiados.

viernes, 25 de enero de 2013

EL MONSTRUO


            Se despertó de improviso, en mitad de la noche. Un ruido extraño la había sacado de su sueño. Sentía la cabeza abotargada, la lengua confusa, como si la hubiesen drogado. Quiso levantarse para averiguar qué estaba pasando, pero no fue capaz: estaba atada a la cama con unas ligaduras tan fuertes que no pudo más que patalear boca arriba, como una cucaracha a la que algún crío travieso hubiese puesto al revés para verla sufrir.

            Miró a su alrededor; estaba en su habitación de siempre, pero sus captores, fueran quienes fueran, se habían llevado su cama de matrimonio, y la habían sustituido por el camastro al que estaba atada. Su marido tampoco estaba. Sintió miedo. ¿Y si los secuestradores le habían hecho algo malo? ¿Por qué se lo habían llevado, dejándola a ella allí, sola, encerrada y sin poder ayudarle?

            Su mente trataba de desperezarse de la niebla de los narcóticos. ¡Sus hijos! ¿Dónde estaban sus hijos? Dormían, un rato antes, en la habitación de al lado. Sus preciosos niños… No les oía gritar, ni llorar. El pequeño Daniel, que se hacía pis en la cama casi todas las noches, solía ir a refugiarse a la de sus padres en cuanto se notaba mojado, pero esa noche no había asomado su carita a la puerta de la habitación. Una puerta que ahora estaba cerrada, cuando ellos jamás la cerraban. Una terrible angustia se apoderó de ella. ¿Qué les habían hecho a sus hijos?

            Comenzó a gritar pidiendo ayuda. Tal vez la oyese algún vecino, aquel edificio siempre había sido como una gran familia. Seguro que alguien la escuchaba y llamaba a la policía. Una sombra oscura entró a la habitación. “¡Cállese!”, le ordenó. Pero no se iba a callar, no se podía callar, y siguió gritando. “¿Qué habéis hecho con mis hijos? ¿Qué queréis de nosotros? No tenemos dinero, os habéis equivocado de casa. ¿A dónde habéis llevado a mi marido? Si le habéis hecho daño os lo haré pagar muy caro. ¡Criminales! ¡Asesinos!”.

            La sombra oscura le hizo tragar una cucharada de algo muy amargo; intentó resistirse, pero fue inútil. La droga la dejó fuera de combate, y apagó sus gritos en unos minutos. Otra sombra oscura entró y la miró. Alargó las manos tratando de arañarla, pero las fuerzas la abandonaban, y al fin, derrotada, se quedó dormida.

            Volvió a despertar entrada la mañana. Estaba sucia y mojada; seguramente aquella gentuza, aprovechando que estaba narcotizada, habría hecho con ella quién sabe qué porquerías. Tenía la boca seca. Su marido y sus hijos seguían desaparecidos, y ella continuaba cautiva, amarrada a aquella cama. Comenzó a gritar de nuevo, y una mujer desconocida entró en la habitación. “¡Dejadme salir de aquí! ¡Quiero ver a mi marido y a mis hijos!”. La mujer le dijo que sí, que no se preocupara, pero mentía; la liberó de sus ligaduras, la ayudó a sentarse en la cama y comenzó a desnudarla. Ella se resistió con todas sus fuerzas, pero la otra no cedió; la obligó a ir hasta el cuarto de baño completamente desnuda y trató de meterla en la bañera. Era el momento de escapar.

            La arañó con todas sus fuerzas, la insultó y la mordió. Le dio un empujón tan violento como pudo para zafarse de ella, y salió tambaleándose del cuarto de baño, gritando. Un hombre, también desconocido, la agarró por las muñecas. Le decía algo, pero ella no le escuchaba entre tantos gritos. Trató de morderle a él también, pidió socorro a voces, pero él era más fuerte, y al fin, ayudado por aquella maldita harpía, la redujo y la metió en el agua caliente. No la ahogaron, como ella temía. Solamente la bañaron.

            Le dieron unos trapos para que se tapara, pero estaba tan confusa por el secuestro y la violencia que ejercían contra ella que no supo cómo ponérselos. La delincuente desconocida la vistió. No le dijo nada de su marido y sus hijos. ¿Los habrían matado?

            Le dieron para comer una papilla asquerosa, y estrelló el plato contra el suelo. El hombre dio un puñetazo en la mesa, irritado. “¡Madre, si no quiere comer, no coma, pero no tire las cosas al suelo!” ¿Madre? ¡Ja! No iba a engañarla con ese truco tan burdo, sabía perfectamente que sus hijos eran pequeños y que esa gente se los había quitado. Comenzó de nuevo a pedir socorro a gritos, a insultar a sus captores. Pataleó, tiró una silla, trató de herir con la cuchara al hombre que la retenía. La drogaron otra vez y la metieron en la cama, atándola para que no pudiese escapar.

            Se despertó de improviso, en mitad de la noche. Un ruido extraño la había sacado de su sueño. Sentía la cabeza abotargada, la lengua confusa, como si la hubiesen drogado. Quiso levantarse para averiguar qué estaba pasando, pero no fue capaz: estaba atada a la cama con unas ligaduras tan fuertes que no pudo más que patalear boca arriba, como una cucaracha a la que algún crío travieso hubiese puesto al revés para verla sufrir. Lloró, gritó, llamando a su marido, muerta de miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaban sus hijos?

            En la habitación de al lado, Daniel y su mujer discutían. “Daniel, hay que hacer algo con tu madre. No puedo más. Su Alzheimer nos matará a todos. Llevamos dos meses sin poder dormir una noche entera, ya no sé las veces que me ha pegado, tengo los brazos llenos de surcos de sus uñas. Cada vez hay que darle más medicamento para calmar los brotes agresivos que tiene. ¿No te das cuenta de que esto no es vida para ninguno de nosotros?” Y Daniel, infinitamente triste, se levantó para intentar calmar a aquella mujer que no le reconocía, derrotado por ese terrible monstruo de nombre extranjero que les estaba devorando a todos.

jueves, 24 de enero de 2013

A CADA UNO, LO SUYO


            Hoy se ha sabido de la muerte de Sor María Gómez Valbuena, imputada en el caso de robo de bebés, y acusada directamente por muchas madres, a las que arrancó a sus hijos de las manos para luego entregarles un legajo de aborto falso y vender las criaturas a familias con dinero. Al hilo de esa noticia, hice un comentario en Facebook que dolió a alguno de mis amigos. Uno en concreto, al que aprecio mucho, se entristeció porque la iglesia católica solamente es noticia cuando se destapa el caso de algún cura pedófilo, o de alguna monja como Sor María, y jamás se habla de la buena labor que la mayoría de religiosos y sacerdotes católicos hacen.

            Siempre me gustó ser justa, y dar a cada uno lo suyo, de modo que hoy he decidido hablar sobre eso, y contaros mi experiencia.

            Cuando era jovencita trabajé durante años en una residencia de ancianos. Las auxiliares éramos externas contratadas, pero las enfermeras, una por planta, eran todas carmelitas misioneras. Salvando la distancia generacional que nos separaba (la mayoría de ellas me sacaba entre cuarenta y cincuenta años por entonces), que hacía que en algunos aspectos mis opiniones y las suyas difiriesen un tanto, debo decir sin faltar a la verdad que fueron las mejores maestras que hubiera podido encontrar.

            Como enfermeras eran, desde luego, maravillosas. No eran de las que dejaban el trabajo sucio al que viniese en el turno siguiente (cosa que sí hacían muchos de mis compañeros seglares), limpiaban, curaban y cuidaban día y noche. Tenían a su cargo docenas de ancianos, algunos deficientes mentales, y un puñado de personas jóvenes sin movilidad por tetraplejias accidentales, artritis anquilosantes y otras enfermedades. Si algo te ordenaban hacer era siempre porque lo consideraban necesario, y trabajaban tanto como los contratados. Yo las he visto ponerse al tajo sin una queja después de pasar la noche velando a algún anciano que iba a morir, y si habían de ausentarse dejaban junto a ese lecho a alguien de guardia, para que nadie tuviera que morir solo.

            De ellas aprendí que, cuando se trabaja con seres humanos, a veces hay que doblar turnos sin pedir contrapartida, porque aquellos a los que cuidas te necesitan. Aprendí también que, en ocasiones, hay que acompañar un rezo, aunque no sea tu obligación, para guiar el de alguien que sí cree y necesita tu ayuda para recordar las palabras de una oración, perdidas en los vericuetos de su mente senil. Las recuerdo, con sus batas blancas, desbridando llagas, luchando contra el dolor cuando ya la muerte esperaba en el pasillo de algún paciente, y si alguna vez me llamaron la atención por algo, jamás fue por capricho, sino porque tuve algún descuido en mis funciones.

            Recuerdo a la Hermana Jesusa, trabajando a jornada completa siendo ya septuagenaria, a la Hermana Mercedes, con su buen humor, bromeando con los residentes, y a la Hermana Amalia, menuda y dulce, pero laboriosa como una hormiga. No olvidaré a la Hermana Margarita, que tanto me defendió de algunas malas compañeras, y que hacía temblar el piso cuando llegaba con su hablar recio y su risa sonora. Ella, que había estado muchos años trabajando como misionera en las zonas pobres del Perú, nos contaba a menudo cuántas veces daba las patatas a las jóvenes madres sin recursos a las que recogían en su Misión, y ella se comía las pieles hervidas con un poco de sal, porque no había nada más en la despensa.

            Aquellas mujeres, aquellas admirables y buenas mujeres, me enseñaron muchas cosas con sus manos y su ejemplo, cosas que no hay en los libros de enfermería. Sabían escuchar y comprender, y también imponerse si el caso lo requería. Decían las verdades sin tapujos ni pelos en la lengua, y atendían igual, con la misma dulzura, a ricos que a pobres. Exigían limpieza escrupulosa y trato humano a cuantos trabajábamos allí, y vestían con la misma delicadeza y cariño a los vivos que a los que fallecían. Si a una mujer le gustaba arreglarse, aunque no fuera a salir de la residencia, el domingo se le ponía el collar de perlas y se le pintaban las uñas. Si un caballero gustaba de llevar corbata, se le vestía con ella, aunque fuera poco práctica. “Son residentes, no presos. Se deben respetar sus gustos”. Ellas daban sentido a lo que llamamos “caridad cristiana”, eran un ejemplo verdadero de entrega a los demás, y siempre las admiraré por ello.

            En todos los rebaños hay ovejas negras, y eso no debería empañarnos la visión de las que no lo son. Por eso he querido que protagonizasen la historia de hoy las ovejas blancas, las que hacen que mucha gente sufra un poco menos, las que ayudan, las que practican la misma bondad que predican. Hablemos también de ellas alguna vez. A cada uno, lo suyo.

miércoles, 23 de enero de 2013

LAS MUJERES DE JULIÁN


            Julián no era un chico como los demás. Esto realmente es una obviedad, porque todos somos distintos unos de otros, ejemplares únicos en nuestra especie, diferentes. Por eso, sin temor a equivocarme, podría decir que Julián era un chico singularmente singular. Además, viniendo de una familia como la suya, llena de artistas del corte y la aguja, lo difícil habría sido que no desarrollase un sentido estético especial.

            Había dos cosas que fascinaban, más que ninguna otra, a este artista en ciernes: los viajes y las mujeres bien vestidas. Los escenarios de la vieja y romántica Europa le atraían poderosamente, y también el estilo de las mujeres que viven en ellos. Quería recorrerlos todos, pero hasta que pudiese realizar aquellos viajes tan deseados, hizo lo que hacemos todos los mortales con las cosas que anhelamos conseguir: soñarlas. Lo hacía despierto y dormido, de día y de noche. Imaginaba cómo sería pasear por París, sentarse a contemplar esos rincones que tantas veces había visto en los libros y en televisión. Quería respirar ese aire, tomarle el pulso a la ciudad, sumergirse en sus arterias y dejarse llevar por ese latido. ¿Y Londres? ¿Cómo sería Londres? Con sus brumas, sus calles ordenadas, sus palacios llenos de historia… A las mujeres parisinas, las veía con los especiales y poderosos ojos de su fantasía paseando junto a la Torre Eiffel con graciosas faldas, pañuelos al cuello y coquetas boinas. Las londinenses, desde luego, tendrían otra imagen. Quizá esperarían, a los pies del Big Ben, al galán con el que habían quedado para cenar, y se protegerían del frío con abrigos de grandes botones ceñidos con cinturón. Nada de cortes capa, porque esas cinturas esbeltas no se deben esconder, sino lucir con orgullo. Llevarían imponentes stilettos calzando sus diminutos pies, tendrían piernas esbeltas e interminables, y no les faltarían paraguas de lunares que les dieran un toque desenfadado. Su cabeza saltaba de Praga a Milán, de Madrid a Atenas, y en cada sitio ellas serían distintas, pero llenas de estilo en cualquier caso.

De tanto imaginar, de tanto soñar con aquellos lugares que quería visitar y en cómo vestirían todas aquellas mujeres, se quedó sin sitio en la memoria; la chica que había visto en Roma vestida como una moderna Audrey Hepburn se le desdibujaba en el recuerdo, y el caso es que estaba tan linda, sentada en una cafetería junto al Coliseo… ¿Qué podía hacer para retenerlas a todas? Sus lápices de dibujo se removieron inquietos en el escritorio. “Úsanos”, le pidieron. Y Julián se sentó a dibujar.

            A partir de aquel día, todo lo que quería ver, todo lo que esperaba encontrar, todo lo que había soñado, despierto y dormido, se fue materializando en sus papeles. Las mujeres de Julián iban tomando forma, con sus flequillos, sus bucles sueltos escapando graciosos de los recogidos, ruborosas por efecto del largo paseo dado, del calor de la primavera, o quién sabe si de algún pensamiento travieso inspirado por un chico guapo al que vieron pasar. Todas ellas estaban llenas de estilo y glamour, eran como modelos cotidianas, llenas de detalles “chic”.

            Cuando su fantasía agotó Europa, voló libre por el mundo, y a partir de ahí ya no hubo frontera posible para él. Imaginó delicadas japonesas, con su oscuro cabello brillante bajo la luz del sol naciente, y también sabrosas caribeñas de grandes aros en las orejas, pañuelos en la cabeza y volantes en las mangas de sus blusas. No se dejó rincón del planeta por visitar, ni raza por imaginar. Pronto los cinco continentes se le quedaron pequeños, y comenzó a dibujar el mundo de los cuentos.

            Menos mal que Walt Disney ya no está, porque si viera a sus princesas más famosas convertidas en mujeres de Julián se daría cuenta de que todas esas películas se tendrían que hacer de nuevo. Pero esta vez deberían tener la estética de Les femmes de Jul’s, mucho más moderna y atractiva, sin la sobredosis de azúcar que las ha caracterizado hasta ahora.

            Después de hacer suyas a Campanilla, Rapunzel, la Sirenita y algunas más, el inquieto creador decidió retratar, pasadas por su filtro, a las grandes divas de la canción, y también a algunas diosas mitológicas. Y como su imaginación es tan activa, pronto tendrá que inventar mundos nuevos en los que sus chicas vestirán como a él se le ocurra, y todas serán atractivas, glamurosas y sexis. Todas serán mujeres de Julián.

            Me gustan los artistas como él: emprendedores, valientes y llenos de talento, que pasan la mano sobre cualquier objeto y lo llenan de estilo. A ver si tengo suerte y un día dibuja una escritora con rizos, jersey de rayas y gafitas, con su libreta y su boli, porque yo también quiero ser una “Femme de Jul’s”, ruborizada, perfecta y muy, muy chic.

 

            Para muestras, botones:

lunes, 21 de enero de 2013

LA ENCUESTA DE ENERO


            De vez en cuando nos sorprenden (para quien se sorprenda, que yo ya agoté mi capacidad de eso en cuanto a noticias) en los telediarios con una nueva encuesta sobre algo. Si estamos en época de elecciones, suelen tratar sobre la intención de voto. En ellas la gente miente de forma habitual, yo la primera, porque hasta donde yo sé, el voto es secreto, y no tengo por qué proclamarlo en público si a mí no me da la gana. En caso de que hablemos de otras épocas no electorales, la encuesta en cuestión puede tratar de los más variopintos temas.

            Hay una serie de empresas que se dedican a esas cosas: o bien telefónicamente, o asaltándote en plena calle, te interrogan sobre esto o aquello, o sobre lo que el que paga el estudio haya tenido a bien encargar que te pregunten. Las encuestas son un elemento muy útil para todo, sobre todo para vender, que últimamente parece ser lo único que interesa. Con tal de encasquetarnos lo que sea (habitualmente algo que no necesitamos, no queremos o no nos conviene, como por ejemplo un gobierno, una bajada de sueldo, una subida de impuestos y menudencias por el estilo), se encargan las encuestas que hagan falta. Y eso sí que no.

            Paso por las encuestas de consumo con retribución en especie; una vez hice una, se trataba de saber si tomabas cerveza, la preferías rubia o negra, barata o cara, con regustillo a tabaco o a regaliz, si la consumías a solas o con amigos, en casa o en el bar. Y luego te invitaban a una birrita sabrosa por tener la amabilidad de contestar. Me convino el trato, y contesté a todo. Después, analizando solamente mis respuestas, sin mirar la columna de las preguntas, reparé en que se me podía tomar por lo que no era: “Sí, rubia, barata, con gusto a tabaco, con amigos y en casa”. Talmente una orgía. La encuestadora (o encuestatriz, o encuestante, no sé cómo se dice) aún se debe estar preguntando de qué me reía.

            Otro rollo son las encuestas telefónicas. No contesto ni una. A veces pongo acento de mucama caribeña y me excuso “aaay, discuuulpe, la señora no se encueeentra, el señor salió de viaaaje, y yo de eso no sé naaaada”. No sé si cuela o no, pero mis hijas me oyen y se parten. Ese es un truco que aprendí de mi padre, catedrático de latín, que suele decir “señor, yo es que soy un jubilado que no sé leer ni escribir, y de eso no entiendo”. Da igual el tema. Mi tiempo es mío y lo pierdo como a mí me da la gana, que no suele ser contestando preguntas, sin contrapartida alguna, para que después me vendan cosas.

            No suelo hacer caso de las encuestas que de verdad hablan de cosas importantes: la de la población activa suele estar manipulada a conveniencia de los de turno, y no me la creo. La general de medios no sé cómo la hacen, pero para mí que los que la contestan mienten, como hago yo con las de intención de voto. Si no, de verdad que no me explico cómo es posible que los informativos de la 1 y las tertulias de Intereconomía destaquen tanto. Y, por último, está la reina de las encuestas: la de “lo que preocupa a los españoles”, realizada por el C.I.S. Este organismo para los políticos es como la Sibila de Cumas, el gran oráculo, la boca de la verdad. Lo que dice el C.I.S. va a misa, y curiosamente, no suele estar de acuerdo con mi opinión. Cuando al gobierno le interesa que a la población le preocupe una cosa, resulta que esa cosa es la primera en la encuesta del C.I.S., desviando la atención y creando una conveniente cortina de humo. Por ejemplo, ahora, con el escándalo de la corrupción de los políticos, lo que más nos preocupa es el incremento del IVA (que ya se nos ha olvidado). Cuando iban a subir el IVA, lo que más nos preocupaba (según ellos) era el terrorismo de ETA (que ya había cesado), y no veíamos más impuesto que el revolucionario. Del otro ni hablábamos, o eso decían. Dentro de nada, y con el ritmo de manipulación de la información que llevamos, nos preocupará más a todos los españoles (siempre que no haya fútbol y la Roja vaya bien) el sexo del hijo que espera la Mónica Cruz que los desahucios vergonzosos que los bancos (en connivencia con los políticos) perpetran a docenas cada día, dejando a la gente con una mano delante y la otra detrás, desnudos, desprotegidos, despojados. Des-todo.

            Si quieren fiarse de una encuesta real, que toma el pulso de la calle como hay que tomarlo (con autenticidad, sin esconder nada, en carne viva y sin aviesas intenciones), háganle caso a la encuesta de enero de “EL OTRO C.I.S.”: Carnaval Irreverente y Satírico, o Cádiz Informa y Señala, o Callarse Infecta a la Sociedad. Pásense por el carnaval de Cádiz, escuchen a sus comparsas y chirigotas, y verán qué es lo que realmente nos afecta, nos importa, nos indigna a los españoles. No dejan títere con cabeza. Ni falta que hace.

            Si yo fuera política (que va a ser que no), pasaría de los del C.I.S. y llenaría mi gabinete de consultas con chirigoteros gaditanos. Y los pondría a cantar en la tribuna del Congreso, a decir las verdades bien dichas. Se iban a enterar más de cuatro.

sábado, 19 de enero de 2013

UNA ROSA ROSA


            Patricia era una mujer chapada a la antigua. Creía en el matrimonio para toda la vida, en la fidelidad, en la conveniencia de que la esposa se quedase atendiendo el hogar y los hijos en lugar de trabajar fuera de casa… Así la educaron, y así deseaba que fuera su vida. Al terminar los estudios elementales, dejó los libros y aprendió a bordar, a planchar, a cocinar, y todo cuanto a su madre se le ocurrió que debía saber para ser una buena esposa.

            Ramón y ella tuvieron un noviazgo como los de antes: manitas en el parque, respétame hasta que sea tu esposa, presentación oficial a la familia, sábanas y toallas con las iniciales de ambos entrelazadas y petición de mano. A ella le gustaban las rosas de color rosa (“rosas redundantes”, como él decía), y esas fueron las flores elegidas para el ramo de la novia. Quizá si hubiese sabido que Ramón, cuando la dejaba en casa a las diez, en lugar de irse a dormir se iba de parranda, no se habría casado con él. Lo cierto es que a su novia oficial la respetaba, pero a sus espaldas se acostaba con cualquiera que se le pusiera a tiro.

            Estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo cuando una conocida vino a decirle que él tenía otra. Y que “la otra” no era la primera “otra” que tenía. Resumiendo: que el globo de ilusión en el que Patricia había vivido durante aquellos años se pinchó de pronto, y se dio cuenta de que, si él se iba, no tenía medios para salir adelante. Jamás pensó que una cosa así le pudiese pasar a una mujer honrada como ella. ¿Qué podía haber hecho mal? Cuidaba de él, le lavaba y planchaba la ropa primorosamente, le hacía las comidas que le gustaban, mantenía su casa limpia, ordenada y reluciente, y nunca le negaba en la cama lo que él pedía cuando él lo quería. Le había dado ya un hijo varón, y estaba a punto de parir al segundo. No había nada, como esposa, que él pudiese reprocharle. ¿Qué era lo que no encontraba en ella?

            De la noche a la mañana, lo que para Patricia era un matrimonio idílico se convirtió en una gran mentira. Aguantó sin decir nada unos días, mientras aclaraba sus ideas. Decidió quedarse a su lado de momento, ya que no tenía otro modo de vivir, y menos en su estado, ya cumplida de cuentas y con un niño aún en pañales. Se arrepintió vivamente de no haber aprendido otro oficio que el de esposa, porque eso la ataba a un hombre que se acostaba con otras mujeres; llegó a plantearse si tendría que consentir y disculpar la “flojera de bragueta” de Ramón, como hacían nuestras abuelas, con tal de mantener a sus hijos.

            No fue necesario que ella tomase ninguna decisión al respecto, porque al día siguiente del bautizo del pequeñín, Ramón se marchó con la otra. La dejó con los dos niños, una pensión corta para su manutención, y una disculpa torpe y cobarde: “me casé porque era lo que tú querías”. Y ya está. Divorcio rápido, y un fin de semana de cada dos con sus hijos, porque la custodia compartida era mucha molestia para él. Patricia vivió el proceso como si fuera un sueño (esto no me está pasando a mí, esto no me está pasando a mí). Pero era una mujer, y como tal, terminó encontrando en sí misma los recursos para salir adelante.

            Llegó el cumpleaños de Ramón, y cuando salió de su nuevo piso de divorciado por la mañana encontró, en el escalón de la puerta, una rosa rosa. Al verla, supo de inmediato que había sido ella. “Vaya, me ha perdonado”, pensó. Un año después, se repitió el detalle, y también al siguiente, y al siguiente cumpleaños. No hablaban, no se veían nada más que lo indispensable por los niños, pero ella seguía teniendo esa atención con él. No se lo dijo a “la otra”, ni a la otra que siguió a esa “otra”, ni a ninguna de las mujeres con las que vivió. No era algo que debieran saber. Cada año, el día de su cumpleaños, se sentía halagado al encontrar en su puerta la “rosa redundante”.

            Cuando el hijo mayor cumplió los treinta años, se casó con una chica estupenda. Patricia y Ramón fueron a la boda, como es natural. Ella lo hizo sola, y él con la pareja de aquella época. Se vieron, se saludaron, y la vio tan guapa, tan serena y madura, sonriente mientras atendía a los invitados, que le pareció que no había otra mujer más hermosa en la ciudad, y dejando sentada (y bastante enfadada) a su acompañante, invitó a su ex mujer a bailar. Ella no accedió. Después, al día siguiente, la llamó para charlar con ella, y tampoco accedió. Fue a esperarla a la empresa de limpieza en la que trabajaba, pero Patricia no quiso que la acompañase a casa. Se enamoró como un loco.

            Anduvo un año detrás de ella, insistiendo, hasta que le concedió una cita. Para entonces, su pareja se había cansado de ser ignorada y había hecho la maleta. Cenaron en un coqueto restaurante italiano, y él no paró de hablarle de amor, de recuperar lo que tenían, de lo mucho que la había extrañado, de lo estúpido que había sido… y de lo conmovedor que había resultado para él encontrar la rosa rosa cada año. “Te ganaste mi corazón con esas flores, amor mío, porque con ellas me decías que no podías olvidarme, que me seguías queriendo a pesar de lo que te hice. Jamás encontraré otra mujer como tú, y quiero que volvamos a casarnos”. Y se sacó una alianza del bolsillo. Así, sin más.

            Patricia se echó a reír a carcajada limpia, se levantó y pidió su abrigo. Pero antes de dejarle con el anillo en la mano y una impresionante cara de estúpido integral, le dijo: “soy una mujer chapada a la antigua, Ramón, y a mí me enseñaron que a los muertos se les recuerda llevándoles flores. Esa rosa anual no era una señal de amor, sino de respeto por un difunto. Era para recordarte que estás muerto para mí, así que… ¡por ahí te pudras!”

Y, poniéndose el abrigo sobre su espléndida dignidad de mujer, se marchó sin pagar siquiera la cuenta del restaurante.

miércoles, 16 de enero de 2013

EN EL BALCÓN


         Hará cinco, tal vez seis años, el marido de Blanca llegó a casa con una ramita en la mano. Sólo era un trozo de tallo blando, con algunas hojas redondeadas y verdes. Era un día de viento, igual que hoy, puede ser que, incluso, también fuera un mes de enero. “Es un esqueje de la planta del dinero”, le dijo. “Dicen que esta planta solamente funciona si te la encuentras, o si te la regalan. No vale comprarla. Según cuentan, en la casa en la que tienen una, mientras la cuiden y no la dejen morir, nunca les faltará el dinero para tirar adelante”. A ella le pareció curiosa la historia, así que adoptó al esqueje, que se debió romper de alguna maceta, a saber de qué balcón vecino, gracias al viento.

            Blanca no era la reina de la botánica, desde luego. Entre que no se le daban muy bien las plantas, que sus gatos escarban la tierra de las macetas y que no había rincón de su casa en el que diera el sol en condiciones, hasta entonces nada de lo que había plantado había conseguido sobrevivir. Pero aun así, lo intentó: metió el extremo de la ramita en un vaso de agua, esperó unos días, y las radículas comenzaron a brotarle. Cuando consideró que ya tenía suficientes, la plantó en un tiesto, y en poco tiempo se agarró con ganas a la tierra, y tallos y hojas comenzaron a reproducirse con rapidez. Con rapidez respecto de otras plantas, claro.

            Al año siguiente, compró una violeta africana y un girasol ornamental, y puso las tres macetas juntas, en el balcón. Cuando quiso darse cuenta, las flores languidecieron, y la planta del dinero extendió ramas hacia sus tiestos y echó también raíces en ellos, terminando de asfixiarlas y quedándose con su tierra. Estaba frondosa y verde, incluso floreció. Paralelamente, a Blanca y a su marido las cosas les iban bien. Los dos tenían trabajo, un sueldo decente, y pudieron permitirse algún que otro lujo impensable en otras épocas; nada del otro jueves, no vayáis a creer, pero bueno. Para quien siempre había pasado más o menos con lo justo, aquello era vivir bastante bien.

            Por entonces, un cliente de la empresa en la que ella trabajaba como recepcionista le regaló a su jefe una matita de romero. Blanca se cansó de verlo morir de sed en el despacho, porque él no lo cuidaba, y lo adoptó. Lo puso sobre el mostrador de recepción, lo trasplantó, lo regaba con mimo, y creció mucho en los casi tres años que lo tuvo. Se hizo tan grande que, al fin, hubo de regalarlo a alguien que tenía un jardín para que lo colocara en él, porque ya no era para tiesto, sino para parterre. Y como echaba de menos su presencia, y además la empresa no iba muy bien, al llegar a su casa separó una de las macetas de su balcón, con parte de la planta, para llevarla a la oficina. De paso, podó el resto, porque ya ocupaba mucho espacio, era una gran maraña de tallos y hojas. En qué mala hora se le ocurrió hacerlo.

            Al ver que llegaba con la planta en la mano y la colocaba en el lugar que dejara vacío el romero, el jefe abandonó por un momento su trono y salió de su despacho para reírse de ella. “Una planta del dinero. ¿No me digas que crees en esas patrañas? Lo que hace que una empresa prospere son las buenas decisiones de los gerentes, las inversiones hechas con inteligencia. El dinero lo hace la gente como yo, que sabe aprovechar la oportunidad cuando se presenta, no las plantas”. Blanca se quedó mirándole mientras volvía a su cubil, pensando que a todos los prepotentes como él se les tenían que caer los pantalones en público cada vez que dijeran una fantasmada de aquel calibre.

            Cuatro meses tardó en despedirla. Ella, como los demás, lo veía venir, porque a fuerza de decisiones necias y de inversiones descabelladas, la empresa no levantaba cabeza. Les debían varias nóminas, y al fin se deshicieron de más de un tercio de la plantilla. Dos días después, Blanca metió todas sus cosas en una caja, la llevó a su coche y arrancó para marcharse a casa; de pronto, recordó la planta, y apagó el motor del coche. Tranquilamente, entró de nuevo en la empresa, la cogió de su lugar sobre el mostrador, salió con ella a la calle y la tiró en el contenedor de basura.

            En el balcón de Blanca, la planta original sigue viva. Su antigua empresa ha quebrado, y su inteligente ex jefe, el de las inversiones acertadas y las oportunidades bien aprovechadas, ha perdido hasta la camisa. Ella, cuando se enteró, no quiso alegrarse. No quiso. Pero no pudo evitarlo.

martes, 15 de enero de 2013

MI BOLSO


            Pocas cosas hay en el mundo que sean más sorprendentes que los bolsos femeninos. Yo suelo decir que me gustaría tener el de Mary Poppins, aquel famoso bolso-maleta de tapicería colorida al que le cabía todo, hasta una lámpara de pie. Así podría llevar conmigo todo cuanto necesito a diario sin dificultad.

            Lo primero que llama la atención es el precio del artículo. Vale, la piel es cara, pero… ¿tanto? Si compras un bolso de plástico, en dos días se te estropea. Si compras uno de piel, te dejas una pasta, de modo que cuando te atreves con un bolso de este material, lo haces una vez cada cinco o seis años. No más. Ni hablar de tener en varios colores, negro y ya, que va con todo. Si tengo que tener uno rojo, uno marrón, uno verde, uno azul y uno negro, necesito pedir una segunda hipoteca al banco, y va a ser que no. Los fashionistas de pro que salen en la tele y en las revistas suelen decir que “un buen bolso es una inversión segura”, y luego te sacan un ejemplar con nombre propio de alguna marca de campanillas, te sueltan con toda la naturalidad del mundo que el “animalico” cuesta en torno a cuatro mil machacantes, y que ya lo tienen la Beckham, la Miley Cyrus, la princesa Letizia y la Longoria. Y se quedan tan anchos. A ti lo que se te pone es una mala leche y una cara de tonto que estás para hacerte una foto y subirla al Facebook. ¿Cuatro mil euros por un bolso? ¡Cuatro mil euros son seis meses de sueldo de la mayoría de españoles de a pie! (de esa casta privilegiada que tienen trabajo y sueldo, por supuesto). ¿Cómo puede alguien en su sano juicio gastarse ese dinero en un bolso, por muy de piel que sea? La explicación: “es que está hecho a mano, piel legítima, es de diseño, tiene control de calidad de la marca, y bla, bla, bla”. Pues vale.

            Tomás, el pastor de Salvacañete, tiene un zurrón. Legítima piel de cordero, en concreto de un par de animales que le mordió un lobo y se le “alobadaron”; los tuvo que matar y no se pudieron comer, de modo que los desolló, curtió la piel y la empleó para hacerse su bolso. Las piezas las cortó su señora (diseño exclusivo), lo cosió a mano (cuidadosa manufactura), reforzó y revisó bien las costuras para que le durase mucho (control de calidad) y él lo lleva orgulloso, como pieza única que es, todos los días al campo. Desde hace veinte años. El mismo. Le va bien con todos los pantalones de pana que usa en invierno, y con los de tela de verano. Y no le costó cuatro mil euros. Con ese dineral compra un puñado de ovejas jóvenes para mantener el rebaño con el que trabaja, el que alimenta a su familia y saca adelante su casa.

            Lo segundo que llama la atención de un bolso es su contenido. Viendo lo que lleva dentro de ese complemento, sabes cómo es una mujer. Yo, como me conozco, suelo comprar bolsos con muchos compartimentos y cremalleras, porque no me gusta tener que rebuscar desesperada las llaves, o el móvil cuando suena. Cada cosa tiene su sitio, y no la coloco en ningún otro lado: la llave del coche en su bolsillo, las de casa en otro, las primitivas con la estampita de Fray Leopoldo de Alpandeire (nunca se sabe) en otro, el monedero en su lugar… y todo así. Cuando tenía niños pequeños, solía haber algún pañal junto a la cartera, la cajita del chupete, juguetes y un par de caramelos sueltos. Ahora eso ya pasó a la historia, todo el espacio es para mí. Además de llaves, documentación y algo de calderilla (jamás llevo más de cinco euros encima, por si los cacos), suelo poner dentro una libreta (tamaño cuartilla, nada de pequeñeces en las que necesitas catorce hojas para una sola reflexión), y un estuche con bolígrafos. La explicación es que a mí las ideas me asaltan en cualquier lado, menos cuando me siento a escribir. En el momento pongo el trasero en la silla ante el teclado, más me vale ya tener un argumento en la cabeza, porque si no, hasta que se me ocurra algo, me pueden dar las doce de la noche. Así que, si la inspiración llega en el autobús, en la cola del supermercado o mientras paseo, necesito atraparla y anotarla. Si no, estoy vendida.

            Otra cosa que nunca me falta en el bolso son los pañuelos de papel. Soy muy de llorar, y sin ellos no sé qué sería de mí. Además, cuando necesito usar (muy a mi pesar) un aseo público, nunca acierto con el que tiene papel, de modo que si no tengo kleenex, la situación puede ser francamente incómoda. ¿Qué más llevo? ¡Ah, sí! Tiritas. Y un mini-kit de costura. Por si salta algún botón. Y mi ratón de peluche, que no me falte, es mi seña de identidad, si no ya sabéis que no soy una Susanita completa. Esperad, que miro a ver qué más hay. Un par de púas del laúd, indispensables. Una maraca en miniatura que me trajo mi amiga Mabel de Cuba; no sé por qué la llevo, pero la llevo. El móvil, claro. Un destornillador de precisión, por si las gafas se me estropean. El metrónomo, para las clases de saxofón. Una mini-cinta métrica, nunca se sabe en qué momento una va a tener que tomar medidas. Y las gafas de sol, que no se me olviden. Bien grandes.

            Me queda un huequecito libre para la cámara de fotos, que alguna vez la tengo que coger, pero ya no me cabe nada más. Vamos, que si preciso de empolvarme la nariz, no tengo con qué. ¿Veis como necesito el bolso de Mary Poppins? Cuando voy de boda, con uno de esos bolsitos mínimos, tan decorativos como inútiles, no soy más que medio yo. Esos monederillos festivos son ridículos, no cabe en ellos nada de nada, solo un pañuelo y el móvil, y eso dependiendo del modelo del aparato, porque los smartphones esos son grandes como ladrillos, y tampoco caben. En esas ocasiones, todo lo indispensable para pasar el día termina en los bolsillos del traje de mi marido, que el hombre va que parece que lleve alforjas. Pobrecico mío.

            Me he comprado un bolso nuevo para Reyes, que ya me tocaba. La dependienta me miraba raro porque lo medí antes de comprarlo. Maniática que es una…

lunes, 14 de enero de 2013

VIDEOCUENTO: ELEGIR UNA CRIATURA DE LAS AGUAS

       ¡Hola a todos!
       Aquí os dejo el enlace de un nuevo vídeo. En él os leo "Elegir una criatura de las aguas", continuación del anterior, "elegir una flor". ´
       Recordad que aún faltan dos relatos de la misma serie, esos serán los próximos videocuentos que publiquemos en el blog.
       Feliz lectura, visionado o las dos cosas.

http://www.youtube.com/watch?v=wjF-SFE_5PI&feature=youtu.be

sábado, 12 de enero de 2013

REGALOS INESPERADOS


            Caminaba yo un día, como acostumbro a hacer, a paso de legionario por un camino rural. Me acompañaba, cómo no, mi inseparable “Pelos”, y mi no menos inseparable aparatito de escuchar música, elementos ambos sin los que no salgo a pasear: antes muerta que sin música ni perro. Era una mañana especialmente bonita, sin viento, con sol y una temperatura más que agradable. Una mañana perfecta para disfrutar del aire libre, la naturaleza y la luz de este rincón de España en el que vivo.

            Ahora que nadie nos oye, confesaré que, si veo que no hay más paseantes cerca, ni diviso bicicletero, corredor o agricultor alguno, suelo cantar a voz en grito sin pudor ni rebozo todo lo que se me pasa por la cabeza. Igual me da un bolero, que una canción moderna en inglés (y no sé inglés, imaginad el wanchu-wanchu cómo va), que canción melódica, que folklore de cualquier parte del país, que lo que sea. Mi perro se parte de risa, y a veces, si se la sabe, me hace los coros. En ocasiones me paro frente a algún campo cultivado y les dedico una a las hortalizas, que me miran curiosas. Después, al acabar, como no tienen manos para aplaudir, agitan sus hojas como ovación si lo he hecho bien. Si no, me ignoran para que deje de torturarlas con mis cantes, y yo sigo caminando.

            Esa mañana estaba yo de especial buen humor, como os decía, disfrutando de mi paseo; además, tenía la garganta especialmente afinada, porque me arranqué por Nino Bravo ante unas lechugas que crecían en una parcelita colindante al camino, y les gustó tanto que me hicieron la ola. Continué andando sin encontrarme más bicho viviente que los pájaros (pero ellos no se chivan de mis conciertos improvisados, no me importa que me oigan) y algún erizo despistado, así que seguí dale que te pego a la cuerda vocal. Y de pronto, le vi.

            Mira que he pasado veces junto a esa valla, pero nunca me había dado cuenta de que él estaba allí. Precisamente esa finca, que tiene la cerca de malla metálica cubierta por una especie de tela plástica color verde, es uno de mis puntos preferidos para coger caracoles, porque los más gordetes suelen trepar por esa tela, que les atrae por alguna razón que se me escapa, y no tengo que buscar ni que agacharme: los cojo sin dificultad, a veces por docenas. Pero, por efecto de los días de viento, la tela se había soltado de sus anclajes y yacía en el suelo hecha un desastre, con lo que, por primera vez, pude atisbar a través de la valla metálica lo que había dentro. Entre larguísimas filas de plantones de higuera (de esas que dan higo calabacita, fruta que tanto aprecian los ingleses rellena de praliné y bañada en chocolate), había un hermosísimo pomelo que movía sus ramas, llenas de amarillas, gordas y atractivas frutas, al compás del rock-and-roll que iba yo cantando.

            Me paré, sonriendo al verlo bailar, y le dije: “¡pero mira que árbol de pomelos más guapo había aquí, y yo sin saberlo!”. Y me respondió, sonriendo: “Dirás guapa, porque soy chica, que me llamo María Dolores. Gracias por el piropo, eres muy amable”. Rebusqué en mi repertorio, y decidí regalarle una canción con su nombre, esa que dice “olé, y olé, te mueves mejor que las olas”, y, para terminar mi interpretación, cambié la letra y acabé con un “… y en vez de decirte un piropo, María Dolores, te canto un pomelo”. Como una reina quedé. Ovación y vuelta al ruedo. Las jóvenes higueras, entusiasmadas, me llenaron de “bravos” y de “oles”, y María Dolores, sacudiendo una de sus ramas, me lanzó un pomelo maduro como regalo.

            Me lo merendé aquella misma tarde, con la misma satisfacción o más que quien se pone tibio del caviar más caro. A gloria bendita me supo. Me encantan los pomelos, y más si son como aquel, un regalo inesperado de uno de mis fans. Ay, qué bonita es la vida del artista…

jueves, 10 de enero de 2013

ENTRADA NO APTA PARA MENORES: LAS CINCUENTA SOMBRAS DE MARRAS


            He leído de todo sobre ellas: que si sí, que si no, que tiene interés, que no vale un pimiento, que el argumento está bien traído y bien llevado, que no hay por dónde cogerla… pero el caso es que el rollito sado-light que vende el libro de marras tiene enganchado a medio mundo. Concretamente, al medio mundo que usa falda y tacones.

            Si tecleas ese título en google, te sale ahí de todo. Opiniones, artículos, críticas, vídeos alusivos, apuestas sobre quién le pondrá cara en el cine, y hasta anuncios de lubricantes y juguetes sexuales que una conocida marca de productos del ramo vende junto con la trilogía. “Para que lo disfrutes”. Toma ya, Kas naranja. Para mingitar y no echar ni gota. Las mujeres se lo recomiendan unas a otras, y se lo prestan, con una sonrisa de medio lado, como hacían antes los chavales con la “playboy” que le robaban a papá de debajo del colchón.

            Yo me preguntaba dónde estaba el misterio, la gracia, el “aquel” de la novela para justificar semejante pelotazo editorial, casi equiparable al del niño mago de las gafitas, y después de resistirme durante meses a echarle un ojo, al fin me decidí. Pura curiosidad profesional, lo juro por Snoopy. Ahora ya sé dónde está el truco, ya no me hace falta que me lo cuente nadie.

            Recuerdo en concreto dos películas de cine que fui a ver en su día, y que dieron la campanada (y gorda) en la época: “9 semanas y media” y “Las edades de Lulú”. En las dos, la gente salía del cine del mismo modo: encendidos en candela. La primera, al ser americana y con la Kim Basinger en paños menores, triunfó tanto como la Coca-Cola. La otra un poco menos, era española y el prota masculino era Óscar Ladoire, que no es precisamente un sex-symbol, pero bueno. El caso es que ambas exhibían erotismo de alto voltaje, con sus infinitas posibilidades, en las salas de cine normales, es decir, no en las X (que ya no deben existir, porque ahora el porno se compra sin problemas en cualquier lado, no hace falta ir a un sórdido sótano de entrada medio camuflada). Y vaya que sí, hicieron historia, y si no, preguntad a cualquiera que tenga de cuarenta para arriba, y veréis lo que os dice. Pues bien: esas dos películas, antes de salir a la pantalla, fueron libros. No se vendían en cualquier parte, desde luego. Los hacían imprimir sellos editoriales como “La sonrisa vertical”, y cuando alguien compraba uno lo tenía escondido en el rincón más recóndito del armario, como algo secreto y pecaminoso, pero ampliamente disfrutable. Lo que se ha hecho con las cincuenta sombras de marras es, ni más ni menos, sacar la literatura erótica del cajón de las braguitas y venderla en Carrefour.

            Me resulta curioso encontrar esta trilogía en toda librería, papelería y centro comercial en que entro. Y aún me resulta más curioso ver a gente leyendo uno de esos negros volúmenes en el aeropuerto, la playa o un banco del parque, como quien lee “Cien años de soledad” o “Los pilares de la Tierra”. No tiene nada de mágico, ni de espectacular; es solamente literatura erótica al alcance de cualquiera. Ni el argumento es ninguna maravilla, ni pasará a la historia como una obra maestra de las letras, ni nada. Lo que puede que haga es subir un poco el índice de natalidad, que tampoco vendrá mal, y quizá mitigar un poco tanta mala leche que hay suelta por ahí. Todo ese tochazo de libro (al menos, el primero) se podría condensar en menos de la cuarta parte si dejáramos solamente las páginas que interesan: las de los polvazos espectaculares que se marcan el Grey y la churri. Si, tal y como me han dicho, los otros dos libros son algo menos interesantes, me los ahorro. Eso sí, está dando para largas conversaciones entre féminas, llenas de picardía, grititos, risas y rubores. Si algún hombre pasa cerca y las escucha, se queda de pasta de boniato (Dios mío, qué cosas está diciendo mi mujer. Así me las dijera a mí de tanto en tanto…)

            Si de una vez va a popularizarse el uso y disfrute sin pudor de la literatura erótica, por favor, que alguien me avise, a ver si estoy yo aquí venga a darle al cuento inocente y con moraleja, y resulta que lo que de verdad mola es lo otro. Que yo también quiero dar un pelotazo editorial, y dinero no tendré, pero lo que es imaginación…