viernes, 29 de marzo de 2013

LA MALETA DE DAVID


            Cuando David nació recibió como regalo una maleta. Era un obsequio de la Experiencia, que otorgaba una a todo ser que venía al mundo. La colocó junto a su cuna y le susurró al oído al niño que dormía: “aquí tienes la maleta de tu existencia. En ella podrás guardar lo que quieras: tus triunfos, tus decepciones, tus malos humores y tus risas, tus esperanzas y tus desesperaciones. Solamente tú puedes elegir lo que meterás en ella, pero ten en cuenta que caminarás arrastrándola hasta tu último día. Nunca podrás olvidarla en ningún aeropuerto ni extraviarla en un taxi o tirarla al río. Forma parte de ti, es como una prolongación de ti mismo. Cuando mires a los demás piensa que todos y cada uno de ellos lleva una igual que la tuya, aunque no la veas. Crecerá contigo, y no te preocupes por su capacidad, en ella cabe todo lo que tú quieras meter dentro. Y ahora, pequeño David, bienvenido al mundo y que disfrutes de este irrepetible viaje que es tu vida”.

            David fue creciendo, y hacia los doce años, cuando ya su voz estaba llena de gallos que anunciaban el cambio de la pubertad, se sentó un día en la cama, abrió la maleta y repasó su contenido. En ella había miles de besos de sus padres, la imagen de la abuela Fina en su cama antes de morir, sonriendo para que no guardara de ella una última visión fea o desagradable, una gran discusión con su amigo Marcos por un puñado de canicas que le habían costado perder a su más querido compañero de la infancia por no saber pedir perdón, y también un trozo de escayola, la que le pusieron en la pierna que se tronchó por no hacer caso al maestro que le dijo “no te subas a la portería del campo de fútbol, David”. Decidió que todas aquellas experiencias le podían servir en el futuro y no quiso deshacerse de ninguna, así que cerró la maleta con todo su contenido y emprendió el camino definitivo hacia el mundo de los adultos.

            Cuando cumplió los cuarenta años David se dio cuenta de que apenas podía caminar. Estaba divorciado y vivía en un apartamento decorado con muebles baratos de nombres suecos e impronunciables. Solamente podía ver a sus tres hijos un fin de semana de cada dos y la mitad de las vacaciones. Por lo demás, tenía trabajo y estaba sano; no tenía pareja, pero sí un puñado de buenos amigos. No podía quejarse demasiado de su suerte pero, por alguna razón, cada vez caminaba más lentamente, le costaba más levantarse por las mañanas, se sentía cansado y cada cosa que tenía que hacer le costaba más trabajo. Llegó un momento en que solamente pensar en tener que levantarse de la cama para ir a la oficina le producía agotamiento. Cuando los niños estaban con él no encontraba las fuerzas necesarias para llevarlos al parque. ¿Qué podía estar pasándole?

            Su médico, después de varias pruebas, le dijo que el problema no estaba en su cuerpo y lo envió al psiquiatra. Éste buscó conflictos infantiles y patologías varias, y al no encontrar ninguna echó su diagnóstico al cajón de sastre llamado “depresión y estrés”, que es a donde va todo caso que los médicos no aciertan a resolver.

            Una noche, entre sueños, recordó lo que la Experiencia le dijera aquella lejana tarde en que había nacido, cuando le regaló la maleta: “solamente tú puedes elegir lo que meterás en ella, pero ten en cuenta que caminarás arrastrándola hasta tu último día”. Con mucho esfuerzo la levantó del suelo para subirla a la cama y la abrió, sentándose junto a ella para examinar su contenido. Allí seguía lo que conservaba de su niñez, y además una gran cantidad de decepciones: el trabajo del que le echaron por negarse a ser explotado, con su carga de rabia e impotencia, el rechazo de aquella chica cuando tenía veinte años, la enorme bronca con su mujer cuando aún estaban casados y le pilló en una infidelidad. También estaban la culpa, la tristeza por el divorcio, el arrepentimiento no atendido por ella, los llantos de los niños cuando tuvo que marcharse de casa, el resentimiento que generó la pelea por su custodia, la enorme presión de mantener el cariño de aquellas tres criaturas a pesar de verlos tan poco… Todas esas cosas tapaban la alegría que sintió al ser padre, lo feliz que un día fue junto a quien ahora era su rival en el corazón de los hijos, el éxito laboral y los pocos buenos ratos de los últimos años junto a los amigos.

            David cogió una alegría con su mano derecha y una frustración con la izquierda. Era curioso: mientras que una era ligera como una pluma la otra pesaba mucho más de lo que parecía. Eso era lo que le lastraba, lo que hacía que apenas tuviese fuerzas. Esa era su enfermedad, ir por la vida arrastrando una maleta llena de plomos que no le aportaban nada. ¿Por qué había almacenado todo aquello en lugar de conservar los buenos momentos solamente? No lo sabía, pero era hora de hacer algo al respecto.

            No es fácil liberarse de algunas cosas que tenemos guardadas: la culpa, la ira, la amargura y el resentimiento tiran de nosotros y no nos dejan avanzar. Hagamos como hizo David, que decidió aligerar su maleta tirando todas esas cosas, una a una, por el inodoro. Algunas se llevaron, cierto es, parte de su piel al tocarlas, como última venganza por alejarlas de sí mismo, pero fueron heridas que cicatrizaron pronto. Y ahora que ha vuelto a sonreír, que se siente feliz y ligero como cuando su voz estaba llena de gallos, sabe que en su maleta ya solo cabe aquello que le dé alas.

miércoles, 27 de marzo de 2013

CAFÉ DE RESERVA


            Esta es una historia que he conocido hoy. Me ha conmovido, y aunque no ha nacido de mi imaginación, no puedo dejar de contárosla. Seguro que, cuando terminéis de leerla, convendréis conmigo en que merecía la pena ponerla también aquí. Las cosas bonitas hay que contarlas.

            Carmen comenzó a trabajar en una nueva empresa. Estaba en el centro de su ciudad, y aquel empleo la había llenado de ilusión, aparte de solucionar su situación económica, que hasta aquella bendita entrevista en que decidieron que ella era la mejor candidata al puesto vacante, había sido bastante precaria.

            Desde el minuto uno cayó bien entre los compañeros. Bajaban juntos cada día a tomar algo a una cafetería que había cruzando la calle; eran ocho, y se organizaban para no perder tiempo, porque apenas contaban con veinte minutos para un café y un bocado. Así, cada mañana uno de ellos tomaba nota de toda la comanda, iba a la barra a encargarla y la traía a la mesa para que todos desayunaran. El día en que le tocó a Carmen, se extrañó al oír que otro cliente, junto a ella, pedía “cuatro cafés, y uno de reserva” para su mesa. Y en la mesa solamente había tres personas. La cuenta no le cuadraba: tres sentados y uno en la barra hacían cuatro. ¿Y el de reserva para quién era? El camarero puso cuatro tacitas.

            En sucesivos días, Carmen estuvo pendiente de la barra más que de la conversación de sus compañeros. Así, una mañana vio a una mujer que pedía dos cafés y uno “de reserva”, le servían dos y pagaba los tres, y un muchacho que estaba con sus amigos pidió siete refrescos y un café “de reserva”, les sirvieron las bebidas pero ningún café. ¿Qué demonios era aquello de la reserva? ¿Lo deberían de otro día que no llevaban suficiente para pagar? Aquello era muy raro.

            No hay cosa que más mortifique a algunas personas que la curiosidad insatisfecha. Carmen era de “esas” personas. Se acercó una tarde a la cafetería, fuera de horarios de oficina, y comprobó que también a esas horas había clientes que pedían cafés “de reserva”. No pudo resistir, y ella misma pidió un té con un bollo para merendar, y uno de esos extraños cafés. Después miró la cuenta. Un euro diez del té, uno cincuenta del bollo, uno diez del café. Total: tres euros con setenta céntimos. Pero no le sirvieron café ninguno.

            Al fin, llamó al camarero para preguntarle. “No hace falta que yo le explique nada, señora”, contestó el hombre. “Quédese un rato más, y usted misma podrá comprobar qué es lo que acaba de comprar”. Carmen sacó un libro de su bolso y, sin dejar de mirar a su alrededor, lo abrió por donde tenía la marca.

            A eso de las siete se asomó a la puerta un hombre. Iba desaliñado, su ropa estaba raída y llena de lamparones. A todas luces, un hombre pobre, y posiblemente sin un techo para cobijarse. Discretamente, preguntó al camarero de la barra: “Disculpe, ¿hoy hay algún café de reserva?” Ante el gesto afirmativo del barman, se sentó en la mesita del rincón (todas las cafeterías tienen una mesita del rincón) y esperó a que le sirvieran. Se tomó el café con leche despacio, bien caliente, con cara de estar rozando el cielo con los dedos gracias al contenido de aquella taza.

            Para eso eran los “cafés de reserva”: para las personas del barrio que ni siquiera tenían para procurarse algo caliente con que llenar el estómago una vez al día. Era una manera que vecinos y visitantes tenían de echar una mano, anónimamente, beneficiando a la vez a los negocios de la zona y a las personas sin recursos. Carmen se quedó tan sorprendida, que, sin querer, expresó en voz alta sus pensamientos. “¡Claro! Es una forma de caridad. ¿Cómo no me di cuenta antes?” El señor que merendaba en la mesa de al lado la corrigió. “De caridad no. De humanidad, señorita. De humanidad”.

            Cada día desde aquel, Carmen lo cuenta en cada sitio al que va, por si se animan a adoptar la idea. Y por eso mismo os la cuento yo hoy, porque ejemplos como este son los que me reconcilian cada día con la raza a la que pertenezco, la humana. A ver si cunde el ejemplo.

lunes, 25 de marzo de 2013

UNA DE INDIOS


            La historia de hoy la voy a empezar contándoos, a grandes rasgos, en qué consiste la fiesta de las Fallas de Valencia. Sé que muchos ya estáis al tanto, pero en Hispanoamérica no es tan conocida, de modo que hoy os pongo al día (ya sabéis, “nunca te acostarás sin saber una cosa más”, “el saber no ocupa lugar”, etcétera, etcétera).

            Las Fallas son unos monumentos de material combustible (léase madera, cartón piedra, poliespán y similares) que utilizamos para representar lo que nos rodea y nos preocupa, lo que no nos gusta. Lo usamos para ridiculizar a nuestros políticos, las situaciones adversas, problemas, crisis y cualquier otra cosa que se nos ocurra. Lo cual no quiere decir que todo lo que se pone en una Falla sea para escarnio público: con los años, los monumentos compiten en belleza, con lo cual lo que suele ocurrir es que las figuras centrales son como enormes estatuas, homenajes o alegorías, y se dejan las escenas inferiores, más pequeñas, para los menesteres de bufonada, denuncia y protesta. Así, por ejemplo, el tema central puede ser la primavera, personificada en una hermosa joven alada que toca el mundo con su varita haciéndolo florecer, y a sus pies pueden estar la alcaldesa con cuerpo de avispón, el presidente encarnado en un escarabajo pelotero de la Merkel, que sería una mantis religiosa, y así todo. Y después, por supuesto, el conjunto es pasto de las llamas el 19 de marzo por la noche, invariablemente y sin excepción.

            Mucha gente pregunta por qué se queman cosas tan primorosamente hechas, con tantos detalles, tan bonitas en su mayoría, y la explicación es sencilla: porque para eso nacieron, su fabricación genera puestos de trabajo por docenas entre carpinteros, artistas, ayudantes, camioneros, operarios de grúa, pintores… y a su alrededor se celebra una fiesta que atrae el turismo en manadas, lo cual repercute en toda la ciudad. Si decidiéramos conservarlas, no habría dónde guardarlas, ni se fabricarían nuevas. Y todo esto perdería su sentido.

            Tanta explicación sirve para contaros una cosita que ocurrió este año. Resulta que una de las comisiones más conocidas (y de gran presupuesto) plantó este año un monumento de motivos hindúes: figuras con su estética, danzarinas del vientre, un elefante al que ellos adoran como uno de sus dioses… todo con mucho dorado y mucha purpurina. Muy bonito, para mi gusto. “Viejos cuentos de La India” era el título de la Falla. Y resulta que una asociación hindú con sede en Valencia, de pronto, se destapa con una denuncia por agresión a sus motivos sagrados. “Pretenden quemar a nuestro dios Ganesha, y a Shiva Nataraja, que está a su lado. No permitiremos semejante sacrilegio”. Y no solo eso, sino que alguno pretendió incluso inmolarse, quemándose a lo bonzo, para evitar que le prendieran fuego al monumento fallero.

            Convertir un homenaje en un sacrilegio solo depende de los ojos que lo miran. Esas personas llevan mucho tiempo aquí y aún no han comprendido que, cuando un país te acoge, debes respetar sus costumbres. Y si éstas no son de tu agrado, el globo terráqueo está lleno de naciones a las que emigrar. No quiero que con ello me juzguéis xenófoba, que no lo soy: me parece bien que vivan aquí, que se vistan como suelen, que cocinen lo que les gusta, que tengan sus cultos y sus altares con cuantos dioses les dé la gana. Pero si aquí le pegamos fuego a las Fallas con figuras del presidente, la alcaldesa, el Papa de Roma y todo lo que se ponga por delante, un elefante rosa y una moza con cuatro brazos hechos de corcho blanco y pintados con Titanlux no me parecen ni más ni menos dignos de arder o salvarse que los demás.

            “Si quemaran un crucifijo a ti, como católica, no te sentaría bien”, me han dicho algunos. Puede ser, pero no amenazaría con matarme para evitarlo. Será que no tengo madera de mártir. Lo que sí es cierta es una cosa: un país como La India no es, desde luego, un modelo de buenos usos y costumbres. Allí la violación de las mujeres es una práctica habitual. Allí se casa a niñas de once años a la fuerza. Allí las mujeres se hacinan en autobuses o van andando en grupos, porque si alguna osa tomar un transporte en el que también viajan hombres se expone a ser violada por seis o siete y después asesinada. Allí, cuando una mujer queda viuda, muchos de sus vecinos piensan que puede ser usada por todos porque está estrenada y no es de nadie. Allí, cuando una mujer ve morir a su marido, sabe que sus suegros y cuñados posiblemente intenten quemarla viva para no tener que mantenerla.

            Para vuestra tranquilidad os diré que, por tener la fiesta en paz, se retiraron el elefante y la de los múltiples brazos antes de darle candela a la Falla, porque si se hizo ese monumento fue como homenaje, y en ningún momento nadie tuvo en mente ofender ni escarnecer al colectivo hindú. Pero digo yo que antes de ir a casa de nadie a amenazar por una estupidez así, más les valdría quedarse a arreglar la suya y barrer bien bajo los sofás, sacudir las alfombras, lavar las cortinas, ventilar y esparcir lejía. O agua bendita del Ganges, a su gusto.

domingo, 24 de marzo de 2013

VIDEOCUENTO: ELEGIR UNA CRIATURA TERRESTRE

       Vuelvo a la carga con un nuevo vídeo: el tercero de los hijos de la Madre Naturaleza va buscando esposa. ¿Quién será la escogida?
       Aquí os dejo el enlace del vídeo. Espero que os guste.

       Un abrazo a todos y gracias por perder un ratito escuchándome.

       http://www.youtube.com/watch?v=onl9Y9uL9X4

jueves, 21 de marzo de 2013

OPERACIÓN... ¿LO CUÁLO?


            Hoy que he empezado ya la “operación bikini”, me ha venido a la cabeza una canción. Seguro que cuando ponga la letra muchos de vosotros la tararearéis: “Si eres buena cocinera, poropompóm, Maaaaanuelaaaa, nos casamos sin demora, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa. Si me haces buenos guisos, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa, yo te compro el mejor piso, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa”. Mi madre siempre me decía que, si quería casarme, debía aprender, antes que nada, a cocinar.

            Yo, por aquellos entonces (tendría ocho o nueve años, no más), era de las que pensaba que no me casaría nunca, que mi vida sería la de una mujer moderna e independiente, con apartamento propio, un buen trabajo y el pasaporte lleno de sellos extranjeros. Que el que quisiera comer bien a mi lado debería hacerlo pagando la cuenta de los restaurantes de calidad en los que iba a invitarme, y que los mejores guisos que habría en mi nevera serían los contenidos en las fiambreras de mi progenitora (que es, para quien no lo sepa, una de las mejores cocineras del mundo mundial y parte de la galaxia). Pero hete aquí que el amor de mi vida cruzó ante mis narices a los dieciocho años, y nos casamos cuando yo aún no había cumplido los veintitrés. Cambié el soñado apartamento por la hipoteca de un piso que habría de albergar nuestro proyecto de familia, el gran empleo bien pagado por cualquier cosa que me saliera porque el banco no perdona un recibo ni por equivocación, y los restaurantes buenos por alguna esporádica cena en la hamburguesería del letrero amarillo y rojo y los menús guarretes e hipercalóricos.

            El caso es que él me quiso aunque mi repertorio cocinil no sobrepasaba la docena de platos (cosas del amor), pero claro, por pura necesidad de variar los menús, me vi en la tesitura de aprender. Y nos pasábamos los fines de semana comiéndonos mis experimentos. Así nos pusimos los dos, claro. Como dos ceporrillos. Eso sí, aprender, lo que se dice aprender, aprendí un montón.

            De pronto, como quien no quiere la cosa, una nochevieja después de una cena hecha por la “muá” de exquisito salmón al cava con salsa de nata y chalotas caramelizadas, a mi chico le dio un ataque de apendicitis. Y en el hospital, aunque yo ya se lo traía casi diagnosticado de casa (para quien no lo sepa soy profesional sanitaria), los médicos de urgencias, al verlo tan lucido (ejem) dictaminaron empacho. Cuando conseguí que me hicieran caso, aquello ya estaba gangrenado y desparramado, estuvimos en un “ay” de peritonitis gorda, y salvamos los muebles por lo requetepesada que me puse.

            El caso es que el incidente nos dejó algo bien claro: era necesario adelgazar unos kilos. Esa fue nuestra primera gran “operación bikini” (la llamo así porque así la llama todo el mundo, no por otra cosa. De hecho, el verano pasado me puse el bikini una tarde para ir a la piscina, y otra para ir a la playa. Vamos, que el traje de baño no es uno de mis atuendos veraniegos más habituales). El caso, que me disperso, es que desde aquel año, cada vez que cambiamos el calendario de la pared por uno nuevo, comenzamos una nueva operación anti-grasa.

            El rollo es el siguiente: aprendí a cocinar “rico, rico, y con fundamento”. Y luego tuve que re-aprender a cocinar quitando lo de “fundamento”, hecho este el cual que le resta uno de los “rico” a la frase inicial. Y lo peor de todo: comprobar que cuanto menos fundamento, menos rico, hasta llegar al extremo de las acelgas hervidas sin patata, con medio gramo de aceite, y un filete de pescado blanco a la plancha con ajo y perejil, que como te descuides se deshace en agua, te cuece el ajo, y termina por no saber más que a un lejano recuerdo del mar. Penoso.

            De todos modos, y por mucho que yo me esfuerce, tengo al lado a mi madre, y ella, respetando su filosofía, continúa haciendo el repaso de todo el calendario a través de la gastronomía, sin perdonar fecha. Así, turrones en Navidad, cordero asado en Año Nuevo, roscón en Reyes, orejas en Carnaval, buñuelos y churros en Fallas, torrijas en Semana Santa, Rubiols y empanadas en Pascua, y si sigo no paro. Con semejante repertorio, ¿quién tiene narices de hacer una operación bikini como Dios manda? Dice que, como yo no cuido a mi marido (que no le doy más que forraje), ya lo cuida ella para que no se me vaya. Estas madres… qué ricas son, por Tutatis.

            Os dejo, que acaba de venir mi padre con un táper. ¿A qué huele? Mmmmm… ¡croquetas de puchero! Creo que este verano me bañaré con traje de neopreno.

domingo, 17 de marzo de 2013

CUERVOS


            El labrador preparó la tierra para sembrar maíz en ella. Deseaba, con lo que obtuviera de la cosecha, aliviar un poco su estrechez económica, y también mantener el campo cuidado, trabajado y cultivado para que, cuando llegase el momento de que sus hijos se hiciesen cargo de él, tuvieran el terreno preparado, y no tuvieran que lidiar con los mismos problemas que él encontró cuando lo arrendó.

El día en que aquel hombre, honrado y noble, se hizo cargo de ese trozo de terreno, era un pedregal seco y abandonado. Las lindes no estaban claras, le faltaba abono, oxígeno, agua y mucha voluntad. Invirtió cuatro años arándolo con mimo, arrancando las malas hierbas con sus propias manos, y quitando las basuras que algunos vecinos arrojaban en él aprovechando su antigua falta de uso. Echó a las ratas que anidaban en las raíces muertas de los viejos árboles, y con mucho esfuerzo arrancó los tocones inútiles que ocupaban espacio sin dar provecho alguno. Trabajó en mil cosas para ir comprando o alquilando la herramienta necesaria, estudió las posibilidades de la tierra, pagó expertos que le dijeran cómo cultivarla. Y al fin, afrontó la dura prueba de sembrar la primera cosecha.

Antes de hacerlo, habló con las dos fuerzas vivas del municipio, el cura y el alcalde, y ambos le dieron su palabra de que ayudarían en cuantas cosas necesitara con tal de que el campo volviese a ser un lugar productivo en lugar de un erial. “Quien siembra, recoge”, le dijo el alcalde. “Pedid y se os dará”, le dijo el cura. Y el labrador, confiado, se dejó muchas horas y dinero en aquella siembra.

Una bandada de cuervos pasó volando sobre el campo y se posó en la cerca. El labrador, amable, les habló. “Por favor, señores cuervos: no se coman el maíz que acabo de sembrar. Si lo hacen no dará fruto, y yo perderé cuanto he invertido en esta empresa. Si respetan mi trabajo, yo les daré, cuando llegue la cosecha, una parte de lo que obtenga. Ustedes solamente tendrán que colaborar abonando la tierra con sus deposiciones, y comerse los bichos que agreden a las plantas. De este modo ganamos todos. ¿Qué opinan?” Los cuervos, muy serios, se comprometieron a no comerse las semillas y a ayudar en lo que pudieran. El labrador, contento, estrechó sus alas, les dio cobijo las noches de tormenta en su cobertizo, e incluso los alimentó durante el frío invierno con comida de su mesa.

Al llegar la víspera de la cosecha, los cuervos se sentaron en la cerca a esperar. El labrador les dijo: “No habéis cumplido con vuestro compromiso de ayudar a abonar la tierra, ni tampoco el de comeros los insectos, pero bueno. Yo sí voy a respetar mi parte del trato. En cuanto termine la recolección del maíz, os daré la parte que os prometí. No es necesario que estéis aquí vigilándome; cumpliré mi palabra”. Los cuervos sonrieron, y en cuanto el labrador se fue a descansar para poder afrontar la dura jornada de siega que le esperaba, cayeron sobre el maíz y se comieron casi todo el fruto del trabajo ajeno. Cuando, al siguiente amanecer, el hombre vio lo que habían hecho, se sentó a llorar en el camino. Los cuervos, desde la valla, le gritaron: “no nos molestes con tus quejas, estamos muy cansados. Hemos trabajado mucho para comernos todo lo que había en el campo. Con la cantidad de faena que te acabamos de ahorrar, deberías darnos las gracias en lugar de llorar como un idiota”. Y se marcharon volando, entre risas y burlas.

El hombre, profundamente entristecido, decidió sacar la escopeta y exterminar la plaga de cuervos. Fue al ayuntamiento a pedir permiso para ello, y el alcalde se lo negó. “El día de mañana, tus hijos también se comerán lo que otros trabajen, y no te gustará que nadie intente llenarlos de perdigones. No te autorizo a usar tu escopeta, y si lo haces, te multaré”. Fue entonces a ver al cura y le preguntó si estaba bien o mal querer matar a los cuervos. El sacerdote le contestó: “Son criaturas de Dios y también tienen derecho a la vida. No te daré la absolución si los matas”. Entonces, después de cuatro años y un montón de dinero, ilusión y trabajo invertidos, después de haber creído que contaba con apoyo suficiente como para lograr el éxito, el labrador se dio cuenta de que estaba solo y de que le habían tomado por imbécil.

Como ya habréis supuesto, el campo pronto volverá a ser un pedregal árido e infértil. Cuando las ilusiones se rompen, no hay pegamento en el mundo capaz de recomponerlas.
 

jueves, 14 de marzo de 2013

EL CAMPO DE MANDARINAS


            Había una vez un campo de mandarinas que producía muchas toneladas al año de ricas frutas. Como eran cítricos sanos, gordos y jugosos, de ellos se obtenía gran cantidad de zumo; esto hacía que el agricultor dueño del campo obtuviera buenos beneficios con cada cosecha, que le permitían vivir muy holgadamente. Los árboles también se beneficiaban de las ganancias, ya que parte de ese dinero se destinaba a la compra de agua con la que regarlos, tratamientos para combatir las plagas y abono que los mantenía bien nutridos.

            Durante bastantes años, el agricultor se acostumbró a ganar mucho dinero con el zumo de los frutos que su campo criaba. Se hizo una buena casa, compró un par de coches de lujo, renovó todo su armario e hizo viajes a sitios exóticos alojándose en los mejores hoteles. Además, compró un tractor para cuidar el campo. Envió a sus hijos a estudiar al extranjero, y se echó una amante a la que regalaba joyas y pieles iguales que las que regalaba a su mujer.

            Cuando se dio cuenta de que había asumido demasiados gastos como para poder hacerles frente, en lugar de reducir su tren de vida disminuyó el presupuesto de los tratamientos para las plagas del campo de mandarinas. Total, no tenía por qué pasar nada, ¿verdad? De ese modo, él podía cumplir con sus préstamos y lujos, aunque los árboles del fondo del campo no recibieran los productos que necesitaban.

            Al llegar el tiempo de cosecha, los naranjos no tratados habían sido atacados por la mosca de la fruta, y sus mandarinas estaban llenas de pequeñas larvas. Hubo que tirar toda su producción; el agricultor, contrariado, no discurrió mejor solución que pedir al resto de los árboles un esfuerzo para obtener de cada uno de ellos un poco más de zumo. Así, entre todos repondrían lo que los árboles infestados no le habían podido dar. “Necesitaremos más agua para todos, entonces”, respondieron. “Si no bebemos no podremos hacer las mandarinas más gordas y jugosas para cumplir tus exigencias”. Más agua. El agricultor no tenía dinero para comprar más agua, pero tuvo suerte, y aquella misma semana llovió copiosamente durante tres días enteros. Consiguió entregar la cantidad de zumo necesaria para obtener los ingresos que quería, y continuó con su buena vida un año más.

            Al llegar la cosecha siguiente, su esposa había descubierto la existencia de la amante; el divorcio le había costado un riñón, de modo que había renunciado a abonar suficientemente el campo, confiando en la bondad de la tierra y en la calidad de sus árboles. La hilera de los que el año anterior enfermaron había dejado de ser regada para no desperdiciar agua en ellos, y se habían secado. El resto dieron menos frutos por la falta de nutrientes. El agricultor se enfadó con ellos: “Me estáis decepcionando”, les dijo. “Si no producís más, nuestro sistema se hundirá. Tenéis que hacer esfuerzo extra o no podremos continuar adelante”. Los árboles se encogieron de ramas, y dieron parte de su savia al fruto para engordarlo. La cantidad de zumo aumentó un poco, pero quedaron debilitados. El agricultor, molesto, echó agua con azúcar en los tanques para completar los litros que faltaban. No era correcto, pero era eso o tener que vender uno de sus coches de lujo.

            Al siguiente año hubo sequía; tuvo que elegir entre los quince días esquiando o el riego del campo durante dos meses, y ganó el esquí. En lugar de vender uno de sus cochazos, vendió el tractor. La plaga de los primeros árboles se había extendido a las dos hileras siguientes, pero si los trataba con los productos, que no eran baratos, tal vez la niña en lugar de estudiar en el internado inglés tendría que hacerlo en un colegio público, y no lo podía permitir. Además, descubrió que algunos árboles, para conseguir un poco más de agua para vivir, vendían a escondidas a un florista el azahar de sus ramas. El agricultor, enfadadísimo, los marcó para que no fueran regados en lo que quedaba de año. Sus frutos fueron los más ruines que se recuerdan, y dos de ellos murieron de sed.

            El agricultor amenazó con severas represalias a los naranjos que le quedaban en condiciones de producir; exigió una cuota de frutos imposible, y una parte de ellos se declararon en huelga. Algunos tiraron las mandarinas al suelo antes de que madurasen, y se estropearon. Otros consiguieron dárselas a un frutero ilegal que las vendía en los mercadillos, y a cambio obtuvieron un poco de abono para resistir. Los más críticos fueron talados por el dueño del campo, así como los enfermos y los secos. En su lugar plantó pimpollos sanos, pero éstos tardarían al menos tres años en comenzar a dar fruto, y mientras tanto debía invertir en agua, abono y productos para ellos. No lo hizo, y se volvieron estériles o murieron.

            Los compradores del zumo descubrieron el fraude del agua con azúcar y dejaron de comprar. El agricultor cada vez tenía menos producto que ofrecer, y casi ningún cliente a quien vendérselo. Al fin, casi toda la producción acabó en la alcantarilla. Hipotecó de nuevo su casa para mantener el nivel de vida, pero no empleó ese dinero en darle al campo lo que le era vital para volver a ser productivo, sino que se endeudó para pagar las anteriores deudas sin renunciar a sus posesiones. Los árboles agonizaban, daban mandarinas pequeñas y enfermas, pero él seguía yendo a amenazarles con nuevos castigos si no comenzaban a trabajar más para darle lo que quería.

            Este cuento puede tener tres finales.

Final A: Todos los árboles murieron y el agricultor tuvo que emigrar a Alemania.

Final B: El agricultor abandonó el campo a su suerte y además obtuvo un puesto como directivo en Telefónica. Los árboles tratan de sobrevivir como pueden hasta que llueva.

Final C: Los árboles se rebelaron, echaron al agricultor y buscaron a otro para hacerse cargo del campo, pero fueron ellos los que pusieron las condiciones. Éstas eran: menos lujos para ti, pero a cambio comerás y podrás vivir. Agua suficiente, abono y tratamientos para nosotros, y cuando consigamos buenas cosechas, compra un poco más de tierra, planta otra hilera de pimpollos y trátalos como es debido. Y si aún sobra para que vayas de vacaciones, irás, pero no a costa de quitarnos a nosotros lo que necesitamos.

            Ahora, decidid qué opción os gusta más. Y tenedla en cuenta cuando lleguen las próximas elecciones.

miércoles, 13 de marzo de 2013

EL AFINADOR DE PIANOS


            Es curioso: cuando me levanté esta mañana no imaginaba que hoy, un miércoles cualquiera de un marzo cualquiera, fuera a ocurrir nada extraordinario. Pero ocurrió. Hoy, sin querer, he recuperado algo que había perdido.

            Hace unos años recibimos de Consellería de Educación un piano para dar clases en la escuela de música, y la profesora estaba ya aburrida de decir que era necesario afinarlo. Reconozco que la chica tenía razón, pero la escuela vive al día, nunca hay un euro de sobra en la caja, y un experto cobra acorde a su maestría, como debe ser. Ha habido que esperar a recoger algo de dinero, pero al fin hemos podido contratar sus servicios. El afinador de pianos me ha llamado esta mañana, a las nueve y media, para que le acompañase a conocer al “viejo tecloso”.

            El maestro afinador es un hombre de mediana edad, delicado de gestos, canoso y amable. Me ha explicado todo lo que quise saber acerca de nuestro amigo: que es de fabricación coreana, que los ratones han paseado a sus anchas por el interior, que sus tripas son delicadas y complejas… Menos mal que el estado de conservación no era malo, y no encontró graves desastres que precisasen cirugías mayores. Lo dejé inmerso en su tarea y me marché, aunque, cuando más absorto estaba, le observé sin molestarle durante un rato, asomada a la ventanilla de la puerta del aula. Sus manos tocaban aquí, apretaban allá, percutían, movían, ajustaban. Escuchaba, tocaba, tensaba, volvía a escuchar. “Trabajo de chinos”, pensé yo.

            Pasé el resto de la mañana en el aula contigua a la suya, la de las flautas y los saxofones, escribiendo en mi inseparable “Fermín”, en el que ahora mismo tecleo. Tenía que terminar unos encargos para el día del padre, de modo que me abstraje del golpeteo, y de las notas sueltas y repetitivas que él emitía para ir afinando cuerda a cuerda.

            Se me fue el tiempo sin darme cuenta, y cuando escuché que comenzaba a tocar melodías en lugar de notas inconexas, miré el reloj. La una y pico. Estuvo un rato tocando fuerte, y de nuevo ajustó cuantas cuerdas notó desafinadas. Tocó de nuevo. Y ahí comenzó el pequeño milagro de hoy.

            Una de las obras que inició para probar el piano me sonaba mucho. Muchísimo. Le pedí el nombre de esa pieza, y él me preguntó: “¿Cuál de todas las que he esbozado es la que tú conoces?” No supe decirle. Tocó los primeros compases de unas cuantas, me dijo los nombres, pero no la reconocí. Era un pasaje preciso el que había abierto una puerta en mi memoria, pero nos pudo la prisa y lo dejamos estar.

            Lo siento, pero si algo tengo, como leonesa de pura cepa que soy, es el gen de la testarudez. Yo no puedo tener algo rondando mi cabeza y no identificarlo. Esa sensación de “en la punta de la lengua” me mata, necesito averiguar. Si no, no me quedo tranquila. Y eso hice, en cuanto puse la comida en marcha (emergencia, se ha hecho tarde, macarrones rápidos, ya sabéis de qué os hablo). Encendí el ordenador, entré en youtube, y comencé a buscar.

            Tecleé los nombres de las que él me había sugerido como posibles. La primera no era. La segunda tampoco. La tercera, “Claro de luna”. Hay dos: Beethoven y Debussy. Primero escuché el más antiguo. Ni de lejos, demasiado lenta, demasiado tristona. Beethoven descartado. ¿Debussy? Pinché el enlace y comenzó a sonar. Los primeros compases no dieron en la diana, pero a medida que avanzaba la interpretación, las notas fueron cayendo dentro de mi memoria como lluvia, refrescando. Despertándome. Allí estaba.

            Ahora venía la segunda parte: ¿en qué momento de mi vida escuché yo ese pasaje, para que se me quedase ahí, suspendido en la mente? No podía recordarlo. Al margen de la pantalla, el programa informático me sugería otras piezas de Debussy, y una decía: “Arabesque”. Pinché, por curiosidad.

            “Arabesque”. El desconocido intérprete desgranó sus notas, y al tercer compás me vi de pronto con ocho años, sentada delante de la televisión. Una voz, con eco, decía dentro de mi cabeza: “Planeta Imaginario, Planeta Imaginario, Imaginario, Imaginario…” Era la cabecera de un programa infantil, un espacio televisivo que no le gustaba a ninguno de mis amigos del colegio. Solamente lo veía yo, y me apasionaba. Fue uno de los culpables de que comenzase a valorar que mi fantasía podía ser algo positivo, que podía hacer con ella cosas buenas, cosas que aportasen algo a los demás. Un programa tan libre, tan imaginativo y maravilloso que duró en pantalla lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Era demasiado especial para permanecer. Pues bien: en ese programa, con música de Debussy en la cabecera, era donde yo había escuchado “ese” pasaje de “Claro de luna”, y otras obras del mismo compositor. El médico de las teclas, sin querer, me acababa de devolver un trozo de mi infancia.

            Casi nadie recuerda aquel programa. Yo lo guardé tanto para que no se me perdiera que casi lo olvido. Señor afinador de pianos, hoy me ha regalado usted mucho más que una llave para la cerradura del “viejo tecloso”. Hoy me ha recordado una de las cosas que hizo de mí la escritora que soy. Muchas gracias, caballero.

martes, 12 de marzo de 2013

INDECISIONES


            Laura era patológicamente indecisa. Cuando estaba a punto de nacer, a su madre le tuvieron que hacer una cesárea, porque la criatura no era capaz de decidir en qué momento lanzarse al mundo, y cuando ya se había pasado tres semanas del tiempo normal de gestación, el médico decidió por ella y la extrajo de una vez.

            Desde bien pequeña fue la desesperación de todo el que la conoció. En la guardería no podía determinar si comerse el bocadillo o no, y siempre había algún niño más rápido que le birlaba el chocolate. De más mayor, en el colegio y el instituto, los exámenes la volvían loca, porque si había más de una respuesta posible era incapaz de decidir cuál poner, y al final se le acababa el tiempo de la prueba y la hoja quedaba en blanco.

            A Laura le compraba la ropa su madre. Ella lo intentó alguna vez, pero fue imposible. Se probaba las cosas una, dos, tres y cuatro veces, y no había forma de que se decantase por ninguna de las opciones que se le ofrecían en las tiendas. Desesperaba a las dependientas, preguntándoles una y otra vez: “¿Este pantalón me hace culo? Es que de este otro me gusta el color, pero no la forma. Y este me queda mejor, pero la tela es muy fina. El otro me hace buena cintura, aunque el color es horrible. Y este… “. Como al final no podía decidirse, después de entretener a las pobres muchachas toda la tarde, se iba sin comprar nada, de modo que ya estaba declarada como “persona non grata” en la mitad de los comercios de la ciudad.

            Por las mañanas, si quería que llegase puntual al instituto, su madre tenía que dejarle preparada toda la ropa que se había de poner. Como se le olvidase dejarle alguna prenda, aunque fuesen los calcetines, ya era seguro que perdería, al menos, la primera clase, porque estaría más de una hora mirando, con el cajón de la ropa interior abierto, qué dibujo y qué colores combinaban mejor con el pantalón. Incluso llevaba el pelo corto, para no tener que decidir si hacerse coleta o dejarlo suelto, porque a veces esa sola elección le llevaba horas.

            Apenas tenía amigas de verdad. Nadie la tomaba en serio, a pesar de que era amable, incluso simpática; su carácter hacía que se burlasen de ella a sus espaldas, porque lograba acabar con la paciencia de cualquiera. Al terminar el instituto, le llevó un año entero decidir qué carrera iba a estudiar, eran muchos los “pros” y los “contras” que debía sopesar, y conociéndola… En fin, todas sus antiguas compañeras ya sabían qué camino iban a tomar y ella aún estaba con el “esta. No, la otra mejor. Aunque bueno, quizá esta otra tenga más salida, pero la de más allá me hace más gracia, y…”. Al final, optó por una ingeniería; las ciencias exactas no albergaban más que una respuesta precisa por pregunta, lo cual le evitaría múltiples problemas.

            El tema de los chicos merece capítulo aparte. Llegó a salir con tres a la vez porque a los tres les gustaba, pero ella no lograba decidir cuál le convenía más. Ni siquiera sabía escuchar a su corazón, para que éste le diera la respuesta. Al final, uno se cansó de esperar; otro se lo levantó una chica que vino con beca Erasmus, y ella, por no quedarse sola, se agarró a lo que le quedó. Que no era, ni de lejos, el hombre de su vida.

            Al terminar la carrera, no sabía si casarse o no. Pero como tampoco se decidió rápido por ningún método anticonceptivo (había que mirar el que más comodidades ofreciera con los mínimos efectos secundarios, y claro, eso lleva su tiempo), se quedó embarazada y su estado decidió lo de la boda. Ni siquiera eligió nombres para los dos niños que nacieron, porque cuando llegó la hora de ir al registro civil a inscribirlos, aún no había decidido cuáles eran los más adecuados entre tanta oferta existente. El marido les puso como quiso, y después le pidió el divorcio, harto de tener que ser él siempre quien lo decidiera todo.

            La empresa para la que trabajaba Laura le dio a elegir destino. Si quería conservar el puesto, debía trasladarse. Todos los candidatos decidieron su preferencia antes que ella, y como se le pasó el plazo sin haber tomado una opción, terminó en el puesto al que nadie quiso ir, es decir, allá donde Cristo perdió el gorro. Y allí sigue porque, aunque siente añoranza, no sabe si será mejor volver o quedarse.

            Siempre he pensado que es mejor arriesgarse y equivocarse que moverse solamente cuando las circunstancian así lo determinan. El mundo no es de los indecisos; los pusilánimes, al final, son los que se quedan con las sobras.

Actúa.

lunes, 11 de marzo de 2013

POR TIEMPO QUE PASE


            Estoy segura de que hoy, en algún momento del día, os ha venido a la mente la fecha que es y por qué, cuando vemos juntas las palabras “once de marzo”, todos pensamos en aquello.

            Aquello. ¿Cómo olvidarlo? Imposible borrar de nuestra memoria el momento en que supimos que “aquello” no solamente les pasa a los americanos. Que si querían, podían dinamitarnos el corazón, como de hecho lo hicieron. No hemos vuelto a ser los mismos desde “aquello”, desde el momento en que los trenes comenzaron a estallar haciendo pedazos la plácida rutina, la falsa sensación de invulnerabilidad en la que tan cómodamente instalados estábamos.

            Si me esfuerzo un poco puedo recordar lo que llevaba puesto esa mañana. Tenía un bebé de pocos meses, no escuché noticia alguna hasta llegar a la puerta del colegio para dejar a mi hija mayor. Entonces, al oír a otras mamás comentarlo, pálidas e incrédulas, volví a casa y puse le televisión. Después todo fue llamar a cuantos familiares y amigos tengo en Madrid, tratando de asegurarme de que estaban bien. Era prioritario localizarlos a todos, y una vez lo hice, fue cuando me dejé llevar por el corazón.

            Insulté, pero no sabía a quién insultar. Maldije, sin saber bien a quién maldecía; de hecho, tanta prisa había por buscar un culpable que se señaló en la dirección equivocada. A asesino salíamos, desde luego, pero no es lo mismo. Luego vinieron los detalles, los testimonios, el sensacionalismo televisivo, y todo era llorar, llorar y dolerme el corazón pensando en las madres, en los hijos, en los hermanos. En los bebés. En el terrible, absoluto desgarro que cubriría de luto todo el resto de sus vidas. Ni esa noche, ni la siguiente, pude dormir.

            Salí a la calle, igual que otros cientos de miles de ciudadanos, y el silencio era sobrecogedor. La cabeza de las manifestaciones llegaba al final del recorrido sin que más de la mitad de asistentes nos hubiéramos podido mover del sitio. Eran horas las que esperábamos, de pie, apiñados, antes de poder caminar, con los pies arrastrando una infinita pena, velas en las manos, los ojos fijos en el asfalto, y una persistente lluvia que no venía del cielo, sino de tantos párpados atónitos que no sabían cómo liberar el dolor. Por un momento olvidamos las diferencias, y todas las gargantas ahogaron el mismo grito.

            Mientras tanto, los médicos batallaban contra la muerte, los sanitarios, bomberos, policías y voluntarios que estuvieron allí expusieron su alma a heridas que jamás curarán del todo, y el país entero se preguntaba quién y por qué podía nadie odiarnos tanto. El “quién” se aclaró bien pronto. Lo del “por qué” es un auténtico nido de porquería, como todo aquello en lo que interviene la política. Ahí lo dejo para no levantar suspicacias. A fin de cuentas, los autores materiales ya estaban localizados, y culpabilizar a nadie más es, nueve años después, bastante absurdo. Sobre sus conciencias pesará, en caso de que tengan de eso.

            Me dio coraje, mucho, la manera de decirlo en las noticias. “Los terroristas islámicos autores de la matanza del 11-M se inmolan en un piso de Leganés al verse sitiados por la policía”. “Se inmolan”, decían. Ja. El diccionario de la Real Academia Española dice que inmolar es “Dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo”. Allí lo que ocurrió no fue, ni más ni menos, que el suicidio cobarde de un puñado de ratas que se vieron acorraladas, y que después de la barbaridad cometida sabían que lo que les podía esperar iba a ser de todo menos bueno. Ni honor, ni provecho, ni peras al vino.

            Nada puede justificar horror como el que se vivió aquel día. Los responsables están muertos, pero los nuestros no volverán. En ninguna parte del Corán, según dicen los musulmanes (yo no lo he leído, ni ganas), pone que se haya de matar así para alabar a su Alá, pero en su nombre se cometió la atrocidad que hoy recordamos. Siento decir que, gracias a los que la perpetraron, el nombre de ese dios fue, y será, ampliamente maldito por casi todos los españoles. Bonita ganancia la suya.

            Francamente, espero que ese paraíso que les prometen a los descerebrados como aquellos que se suicidaron en Leganés en nombre del Innombrable, sea un timo. Que las catorce vírgenes con las que se supone que van a refocilarse per sécula seculorum lleven cinturón de castidad con púas, y que ellos ardan en el infierno de los infieles, a ser posible bien untados en grasa de cerdo. No hay mártires en este asunto. Solamente víctimas y verdugos.

            Hoy hace nueve años. Descansen en paz, con nuestro recuerdo y cariño, los ciento noventa y dos asesinados aquel día. Una paz que espero que los terroristas no alcancen jamás. No hay olvido. Y por supuesto, no hay perdón.

jueves, 7 de marzo de 2013

DEVUÉLVEME MIS ZAPATOS


            Un viejo mago se sentó en una piedra, al borde del camino que llevaba a la ciudad. Llevaba unos andrajos impropios de él; la camisa hecha jirones, los pantalones rotos y atados con un simple cordel, los calcetines llenos de tomates. Sin embargo, se colocó en los pies unos zapatos nuevos, relucientes como negros espejos, que destacaban en sus pies como dos joyas. Tenía el aspecto de un mendigo que hubiese atracado una zapatería.

            Por allí pasó un joven que caminaba con prisas. Llevaba un traje bastante decente, aunque pasado de moda. Heredado, posiblemente, de algún familiar. Sin embargo, sus pies calzaban unas viejas botas con agujeros y grietas por todas partes. Al pasar junto al mago disfrazado, se detuvo. “Bonitos zapatos, qué bien me vendrían para buscarme la vida en la ciudad”, le dijo al hechicero. Éste le miró de arriba a abajo, y le preguntó: “¿Vas en busca de un trabajo, de fortuna o de felicidad?”

            El ambicioso joven no dudó al contestar. “De fortuna, señor. Estoy harto de ver miseria a mi alrededor. Me crie descalzo y casi desnudo, nunca he tenido nada. Por eso, cuando mi vecino murió y me dejó en herencia este traje, lo vi claro. Con él puesto podría ir a la ciudad a hacerme rico. Pero si me ven llegar con estos zapatos se darán cuenta de la pobreza de mi origen y me cerrarán todas las puertas. ¿Usted me los cambiaría por los suyos?”

            El anciano hechicero le propuso un trato. “Yo te los vendo, pero a cambio, como pago, quiero algo: tu dignidad. Entrégamela y podrás entrar en la ciudad calzado como un señor”. El chico aceptó aquel trueque al instante. El viejo le vio marcharse por el camino, con sus relucientes zapatos de hombre rico, y sacudió la cabeza con pesar. “Qué poco le ha costado decidirse. Llegará lejos, seguramente”.

            A la vuelta de unos años, el anciano brujo fue a ver al joven a su despacho. Se había convertido en un importantísimo banquero, peinaba canas, le hacían la manicura y era asquerosamente rico. “Vengo a verle porque están a punto de desahuciarme de mi casa por una deuda con su banco. Le ruego que no me eche a la calle, no tengo a dónde ir ni nadie que me acoja. Solo poseo esa casa, los andrajos que llevo puestos y estas viejas botas”. El banquero no le reconoció, ni tampoco recordó que aquel calzado lleno de agujeros estuvo un día en sus propios pies. “Lo siento, señor. Yo no hago las normas; o paga o me quedo con su casa”. El viejo se echó a reír. “Vaya, veo que no tener dignidad te ha facilitado mucho las cosas. Lo has conseguido, ya eres el hombre rico que querías ser. Ahora ya puedes devolverme los zapatos y el favor: tú me perdonas la deuda y yo te restituyo tu dignidad”.

            El banquero se levantó de su cómodo sillón, se acercó al anciano y le susurró al oído: “cuando la dignidad sirva para hacerse rico, ya se la pediré. Mientras tanto, úsela como abrigo porque en la calle hace frío. Tiene veinticuatro horas para darme su casa. Aquí no se perdona nada, esto no es una institución de caridad, es un banco. La próxima hipoteca, pídasela a una ONG. Buenos días”.

            El brujo se marchó deseándole un mal infarto al banquero. Lástima. Cuando en la escuela de brujería dieron lecciones de cómo provocar enfermedades mortales a la gente sin alma, el mago se saltó la clase.

            Moraleja de esta historia: faltar a clase siempre es un error. Lo que explicaron ese día te hará falta cuando menos te lo esperes.

miércoles, 6 de marzo de 2013

UN CASCABEL PARA GRETA


            Decidieron tener un hijo solamente. Tal y como estaban las cosas, no era conveniente pensar en más. Trabajos precarios, hipotecas, inseguridad… Criar un hijo es un capital, y ni Juan ni Pilar querían correr riesgos. “Y a ser posible, que sea niño”, pensaban. Para cualquier empleo, en igualdad de condiciones, un chico lo tendría más fácil y ganaría más. Todo sería más sencillo. Pero sucedió lo que suele ocurrir: tú planeas, y la vida te da lo que a ella le viene en gana. El embarazo llegó, y la ecografía dijo que venían dos. Dos niñas.

            Nacieron un mes de abril. Ana, su madre, eligió para ellas los nombres de sus actrices favoritas. Dos divas del cine: Greta y Marlene, las reinas del glamour en la época dorada del séptimo arte. Aparentemente todo había ido bien; las niñas eran como el día y la noche en cuanto a carácter, y ni siquiera se parecían físicamente. Pero pronto comenzaron a apreciar signos de que había una diferencia más: Greta iba a necesitar más ayuda para todo. Tenía un retraso. No era grande al principio, pero con la edad se fue haciendo evidente.

            Mientras Marlene destacaba en todo, Greta no lo hacía en nada. La primera echó a andar enseguida, la segunda casi tenía dos años cuando soltó la mano de su madre para caminar. Con el habla pasó algo parecido; Marlene manejaba cientos de palabras cuando Greta solamente pronunciaba “mamá”, “agua” y “pupa”. Algo en su mirada denotaba cómo se perdía hasta en los razonamientos más sencillos. Solamente en una cosa iba por delante de su hermana. Era su risa: un cascabel que sonaba continuamente, frente al ceño fruncido de su melliza. Greta reía por cualquier cosa, porque para ella cada pequeño descubrimiento cotidiano era un motivo de felicidad: una mosca que se posaba en su mano, un juguete que hacía ruido al caer, la cara de su madre, la barba de papá al besarle por la mañana… Cuando por fin comprendía algo, reía para celebrarlo. Cuando no lograba comprender otra cosa, reía para ahuyentar la frustración. No era muy inteligente, pero rebosaba alegría de vivir.

            Cuando las dos hermanas llegaron al colegio, pronto fueron etiquetadas: Marlene era “Marlene la lista”. Greta era, simplemente, “la tonta”. Se fue quedando cursos atrás, y su hermana la defendía en los recreos de las burlas del resto de niños. Hasta que no aguantó más, y pidió a su madre que cambiara a Greta de centro escolar. “No puedo ser siempre su niñera, mamá. Ni siquiera puedo jugar con mis amigas, continuamente tengo que estar pendiente de ella. Dejadme ser una niña normal, por favor”. Greta miró a Marlene. “¿Ya no quieres ser mi hermana?”, preguntó con semblante triste. Ana la sentó en sus rodillas para explicarle el problema. “Cielo, sí quiere ser tu hermana, Marlene te quiere mucho, pero tú necesitas otro tipo de cole en donde te protejan de los niños estúpidos que te insultan. Necesitas un cole para niños listos, como tú, en donde todos vean lo mucho que vales”. Greta, feliz, se echó a reír como un cascabel agitado por una mano inquieta.

            Cuando cumplieron los dieciséis años, Marlene se negó a salir de casa con su hermana. “Mamá, no me cargues con Greta, por favor. Mis amigas quieren salir conmigo, no con ella. Espanta a los chicos, se ríe todo el tiempo porque no entiende nada. Me da vergüenza”. Y es que el cuerpo de Greta era el de una adolescente bien proporcionada, pero su mente se había quedado en los diez años, y de ahí ya no iba a pasar. “Es carne de centro ocupacional”, decían las vecinas. “La minusválida”. “La tonta”. “La retrasada”.

            El dolor que Greta sentía por el rechazo de Marlene, de su melliza, era peor que cualquier etiqueta. El cascabel se apagó, y ya no reía cuando la otra estaba delante. La otra crecía, iba a la universidad, salía, se echó novio. La otra iba a tener una vida que ella no podía ni soñar. Ella, que solamente pudo terminar estudios primarios, hizo varios talleres para discapacitados, y al fin pudieron colocarla en una fábrica de juguetes de madera.

            Marlene estudió para abogada, y no encontró empleo. La cogieron de pasante en un bufete donde hacía de chica para todo por cuatro duros; la insatisfacción, la frustración que sentía por ver su capacidad desaprovechada la tenía de mal humor todo el tiempo. Greta, sin embargo, era feliz con su trabajo. No aspiraba a más, se desenvolvía sola, sus compañeros y sus jefes la trataban bien y la querían, ganaba un sueldo digno. Reía todo el tiempo, menos cuando su hermana llegaba a casa.

            Un día, al volver del trabajo, Greta encontró a Marlene acostada. El médico acababa de irse. “Está enferma de depresión”, le dijeron. Se sentó en el suelo, junto a su cama, y la cogió de la mano. Esperó a que despertara. “¿Por qué estás tan triste siempre? ¿Es porque eres lista y nadie lo ve? Pues para eso, prefiero no ser lista, Marlene. Soy retrasada, pero no lloro. Llego hasta donde puedo, y me basta”. Malhumorada, Marlene no contestó.

            Semanas después las dos mujeres cumplían los veinticinco años. Greta hizo para su melliza un tiovivo de madera especial; separó uno de los que montaba en la fábrica, lo pintó con sus colores favoritos, y luego puso, pegadas a los caballos, pequeñas fotos de ella recortadas. Se lo dio envuelto en papel azul, con un gran lazo. Marlene se echó a llorar al verlo. “Greta, ¿lo has hecho tú sola? ¿Tanto te importo, a pesar de lo mal que te hago sentir? Dejaste de reír delante de mí hace años, cuando ya no quise que vinieras conmigo a ningún lado. No merezco que te hayas tomado tanto trabajo por mí, eres mejor persona que yo. No todo en la vida es ser listo”. Greta la abrazó. “Creí que mi risa no te gustaba, y que por eso no querías que nos vieran juntas”. Marlene se aferró a su melliza. “Tu risa me hace falta para vivir. A lo mejor eso es lo que necesito para curarme”, le dijo, tendiéndole su regalo.

Al abrir la cajita, Greta encontró un cascabel enorme, que sonaba al agitarlo como una carcajada limpia y profunda. Se echó a reír, feliz, sacudiendo su regalo con energía, y Marlene, entre lágrimas, recuperó la sonrisa.

            Ya nunca más se han separado.

martes, 5 de marzo de 2013

DE NOMBRE MALDITO


            Se dio cuenta demasiado tarde, como suele ocurrir en estos casos. En el pueblo no había muchos mozos casaderos, y Caridad había conseguido ennoviarse con el más guapo. Sus suegros le dieron una casa y algunas vacas para poder empezar, y eso era ya todo un capital. Todas le tenían envidia: “Cari, qué suerte tienes, Basilio es un buen partido. Ojalá se hubiera fijado en mí, pero a él le gustan rubias, como tú”. Paseaba, orgullosa, de su brazo. Los ojos verdes de él, en ocasiones, parecían melancólicos, pero la quería.

            Un domingo no quiso salir. Tampoco quiso verla. Su madre le disculpó. “Anoche durmió mal, le duele la cabeza. A veces le pasa. Deja que descanse, mañana estará bien. Hay temporadas en que le cuesta conciliar el sueño por las noches, pero le ocurre a mucha gente. El médico le ha dado unas pastillas. Ya os veréis mañana”. No consiguió verle en toda la semana. El viernes, sus padres le llevaron al hospital, estuvo ingresado tres días. No permitieron que ella le visitara. “Es una jaqueca terrible, no se le debe molestar. Cuando le den el alta te llamará”.

            Se casaron un radiante día de primavera. Ella, de blanco, como debe ser. Él, de gris, capricho de la madrina, que decía que ese color iba mejor con los maravillosos ojos verdes de su único hijo. La noche de bodas, antes de acostarse, tiró sus pastillas para dormir por el retrete. “Ahora que estoy contigo ya no voy a necesitarlas”. Ella, enamorada y feliz, confió en que así sería. Se equivocó.

            Cuando tuvo el primer brote serio Caridad ya estaba embarazada de la niña. Basilio llevaba dos noches sin pegar ojo; a la tercera comenzó a darse cabezazos contra la pared. Cuando ella intentó calmarle, la golpeó en la cara. El médico del pueblo, por la mañana, vio a Cari llorar en la sala de espera. “¿Tu marido se está tomando la medicación?”, le preguntó. Ante la muda negativa de la chica, el facultativo montó en cólera. “¿Cómo es posible? ¡Un esquizofrénico jamás debe dejar su tratamiento! Tienes que traerlo para que yo lo vea, Caridad, o intentará suicidarse otra vez”.

            Esquizofrénico. El médico lo sabía, los padres lo sabían. Nadie le dijo nada. Indignada, fue a pedirle explicaciones a su suegra. “Si te lo hubiera dicho no te habrías casado con mi hijo. ¿Quién iba a cuidar de él cuando nosotros faltemos? Si se ve solo, se matará”. Cari se echó a llorar, desconsolada. “¿Y eso te da derecho a engañarme para condenarme? ¿Crees que media docena de vacas y una casa son suficiente pago como para dejar mi vida cuidando a un enfermo mental?” Se marchó dando un portazo. Jamás volvió a hablarles.

            Él la vio haciendo la maleta. Se echó a llorar como un niño. “Cari, yo te quiero. No me abandones, por favor. No me prives de ti, ni del niño que vamos a tener. Sois todo lo que tengo. Si te vas no sé lo que voy a hacer”. Le dio mucha pena, estaba enamorada, pero no podía quedarse. La habían engañado, le habían endosado a alguien que tenía una enfermedad incurable y peligrosa. Por la mañana la llamaron del hospital. Se había cortado las venas.

El chantaje funcionó. Volvió a su lado para evitar que se matara. Se resignó a su suerte, y cometió el error de quedarse de nuevo embarazada al poco de nacer la niña. El médico le recomendó ponerse un DIU. “Si se entera me mata”, dijo. “Los hijos pueden heredar la enfermedad del padre”, le advirtió el doctor. Se puso el dispositivo.  

Los cambios de tiempo le desestabilizaban. Una noche mató a todas las vacas porque “me miraban y querían pisarme la cabeza”. Cari contó sus pastillas. Hacía un mes que no las tocaba. Discutieron otra vez; los niños, aterrados, trataban de no oír los gritos tapándose la cabeza con la almohada de sus camitas. Llamó a la Guardia Civil, que vino, bajo una lluvia infernal, a llevárselo para ingresarle a la fuerza. Lloraba como un niño: “Cari, amor mío, no me encierres, por favor”.

Hace poco la vi. “Cuando me acuesto por las noches no lo hago con él, sino con el miedo. Cualquier día nos mataremos el uno al otro”, me dijo. “Cuando la niña se fue de casa me culpó de su marcha. Me empujó, y atravesé la puerta de cristales de la terraza sin abrirla. Desde entonces no puedo trabajar, los vidrios rotos me cortaron dos tendones y un nervio del brazo derecho y, aunque me operaron, no quedé bien. Ahora me ayuda el chaval, pero se irá también en cuanto pueda. Ellos no tienen por qué seguir aguantando esa enfermedad de nombre maldito”.

“Tú tampoco, Caridad. ¿Por qué sigues a su lado?”. Se encogió de hombros. Al principio, por amor. Luego, por sus hijos. Al final, por resignación, por costumbre, por piedad. “Si le abandono se suicidará. Yo soy como los esclavos: no pidieron serlo, pero al final se acostumbraron a las cadenas. Es un enfermo. Me da pena porque un día le quise, pero sé que en cualquier momento puede que me mate”.

ESQUIZOFRENIA es un nombre maldito. A veces, AMOR también es una palabra envenenada.