lunes, 29 de abril de 2013

PARA QUE TODO VUELVA A ANDAR


            Un día, hace muchos años, miramos por la ventana de nuestra casita, allá en el pequeño pueblo en el que nacimos, y decidimos que el corral se nos había quedado pequeño. La tierra daba para vivir demasiado justos, los animales nos hacían sentir esclavos de sus necesidades porque las gallinas también comen en domingo, y a las vacas les da igual que sea festivo, han de ser ordeñadas de mañana y de tarde aunque el número del calendario esté en rojo. Había que hacer demasiadas cosas a mano, y la vida perdió alicientes.

            Los más valientes se habían ido a la ciudad, y cuando venían en vacaciones hablaban maravillas. Traían coches nuevos, ropa de boutique, y contaban cómo era su trabajo en las grandes fábricas: solamente ocho horas, los domingos y festivos de paseo, como los señores. Las calles de la ciudad, de asfalto y sin barro, permitían lucir preciosos e inmaculados zapatos de brillante charol. Los niños iban a colegios de ciudad, serían futuros bachilleres, y después sobresalientes universitarios. Con un gran futuro por delante, sin mancharse las manos con la tierra ni tener que pelear con el ganado. Eso era lo que necesitábamos: progresar. E hicimos las maletas, cerramos la casa y marchamos en pos de la civilización.

            Aprendimos lo que era comprar a crédito, y nuestro mundo se amplió considerablemente. Además, nos vendieron (en cómodos plazos) una ventana con antenas que nos llenó los ojos de mentiras y la cabeza de fantasías. Entonces comenzamos a hacer horas extras en aquellas grandes fábricas, porque necesitábamos tener más cosas: un piso propio con macetas en el balcón, en una colmena llena de otras personas de las que no sabíamos ni el nombre. Un coche más grande. Los muebles que vimos en aquella revista.

            Nuestros hijos aprendieron muchas cosas en las escuelas de la ciudad: logaritmos, recursos estilísticos, arte contemporáneo, reacciones químicas. Paralelamente, aprendieron con la práctica que los pollos son unas cosas frías y desnudas que hay en los supermercados, que la leche viene del tetra-brick, y que te puedes comer un kiwi cultivado en el culo del mundo despreciando las manzanas de tu propia provincia. Que ya no hay estaciones, porque las naranjas en verano vienen de Argentina, aunque en enero, cuando estaban en plena temporada, no nos apetecieron. Que los huevos son todos del mismo tamaño y color, y que no saben a nada. Y mamá se puso también a trabajar porque para comprar la ropa, los zapatos, pagar el coche, el piso, los libros, el ordenador, la tele de plasma y las vacaciones con un sueldo no alcanzaba.

            Todos los días nos mirábamos en un espejo, y nos veíamos más viejos, pero no más felices. Necesitábamos más, ilusiones nuevas, objetivos cada vez más lejanos. Pero un día el espejo se rompió, y vimos que el horizonte desde nuestra ventana con macetas no era más amplio que el trozo de calle hasta la pared de enfrente, que el ruido de tantos coches no nos dejaba dormir, que en vez de arrugas en las comisuras de la boca de tanto reír teníamos un profundo surco entre las dos cejas, de andar con el ceño fruncido por la preocupación.

            Mamá perdió el trabajo, y descubrimos que no pasaba nada por ir tres otoños seguidos con la misma ropa, por mucho que la ventana con antenas siguiera intentando convencernos de lo contrario. Descubrimos también que habíamos pasado gran parte de la vida entregando nuestro tiempo a cambio de un dinero que después le dábamos al banco porque le debíamos la casa, el coche, el ordenador y las vacaciones. Y finalmente descubrimos que nuestros hijos tenían una carrera universitaria que solo les iba a servir para tener un título colgado en la pared, porque no existía mercado que demandase sus servicios.

            Volvimos la vista hacia el pequeño pueblo que dejamos atrás, y añoramos el cacareo de las gallinas en el corral, los trinos de los pájaros en la amanecida, el olor de la vaca al entrar a ordeñarla. Recordamos el sabor de las lechugas del huerto, el desear los tomates hasta que maduraban, las cerezas de tres en tres robadas del árbol, el salir a por higos y cambiar los huevos a la vecina por una cuña del queso de su cabra. Y nos dimos cuenta de que debimos irnos cuando nos fuimos, pero que era hora de regresar, porque la ciudad ya no tenía nada de lo que nosotros necesitábamos.

            Para que todo vuelva a andar, muchos deberemos retornar a los pueblos, aplicar en ellos lo que hemos aprendido en estos años de safari urbano, y entender que el encanto de la vida no está en tener mucho, sino lo suficiente. Y que el tiempo no es dinero, sino una oportunidad para compartir las horas con quien nosotros queramos. Volver no es una derrota. Es el triunfo de la razón.
 

domingo, 28 de abril de 2013

LOS CARACOLES DE REME


            “Los caracoles de abril, para mí. Los de mayo, para mi amo”. Eso decía mi abuela, así que la semana pasada, cuando amaneció lloviznando, lo tuve claro: al campo, a por caracoles. En un par de horas de paseo pude reunir los suficientes como para el entrante de una cena para los cuatro que somos en casa. Después, al llegar a la cocina, los metí en una bolsa de red, como tantas veces he visto en los balcones de mis convecinos, para que purgasen unos días cualquier hierba que pudiesen haber comido.

            Esta mañana me dispuse a cocinarlos, pero decidí no hacerlos a la manera de mi tierra, sino prepararlos al uso de esta zona en la que el destino me puso un día, es decir, la Huerta Sur de la hermosa Valencia. No sabía cómo ni con qué, pero hice lo que me enseñaron desde pequeñita: “cuando no sepas, pregunta, que preguntar no es ofender”. En el colmado me dijeron, sin duda alguna, que fuera a ver a Reme, que ella me enseñaría. Me dieron su dirección, y allá me fui para hablar con ella, libreta y boli en mano.

            En un par de minutos llegué a la casa; la ventaja de vivir en un pueblo pequeño es que todo está muy cerca. Me abrió la puerta una mujer mayor, vestida con un delantal gris de cuadros y una bata de color negro. Pregunté: “¿Es usted la señora Reme?”, y, ante su amable asentimiento, le expuse el motivo de mi visita. Sonrió, encantada de tener un rato de compañía. “Trae tus caracoles, que lo mejor es que veas cómo se hacen. Así no olvidarás la receta nunca”. Y yo, obediente y bien mandada, fui a casa a buscar la bolsa con los bichos.

            Se arremangó para no mojarse; después, abrió la cremallera de la bolsa, puso el tapón en el fregadero y echó allí todos los gasterópodos. Los fue tocando mientras charlábamos: “mmm, qué buen tamaño, chica. ¿De dónde los cogiste?” Se lo dije, y asintió. “Sí, mejor allí, donde la hierba está limpia y los animales sanos”. Los fue enjuagando con ambas manos, unos contra otros bajo el grifo de agua, con cuidado de no romper las cáscaras. Después, tanteó por la cocina (me extrañó que la estancia estuviese casi a oscuras, pero supuse que quizá el tubo fluorescente estaría fundido, y ella sola no se había atrevido a cambiarlo. Tomé nota mentalmente de ese detalle para repararlo como agradecimiento a su ayuda culinaria) y sacó un cazuelo grande. Lo llenó de agua hasta el borde, echó los caracoles, puso un plato llano para tapar y un gran tarro de aceite para que no pudiesen levantar la tapa y escapar. “Hay que engañarlos para que saquen la chicha. Así sabremos si hay alguno muerto para quitarlo. Vuelve hacia las siete de la tarde, que ya se podrán limpiar”.

            A la hora convenida volví a su casa. Encendió el calentador de gas. “Yo te ayudo. Mira, hay que verlos uno a uno. Si tiene la chicha fuera, al escurridor. Si no, a la basura. Así, debajo del grifo de agua tibia los iremos limpiando”. Se manejaba de nuevo casi a oscuras. Me costaba ver lo que tenía entre las manos, pero no dije nada. “Ahora, otro enjuague. Y otro más. Venga, al fuego con agua y un puñado de sal. Lo ponemos lentito, para que les limpie toda la baba que les quede”.

            Nos sentamos, con un vaso de naranjada cada una, a esperar a que el fuego hiciese su trabajo. Me contó cómo era el pueblo antes, cuando los chavales se bañaban en el barranco y entraban a robar nísperos al huerto del Chambero. “¡Corre, baja el fuego, que ya hierven! Se saldrá la espuma si no lo haces. Venga, ahora cuenta tres minutos, y los apagas”. Me pregunté cómo supo que ya hervían estando, como estaba, sentada de espaldas a la cazuela.

            Otro enjuague y comenzamos a preparar el sofrito. Los ingredientes estaban dispuestos ya sobre la mesa. “Ralla la cebolla, y mide con tu mano: no más de lo que te quepa en el hueco de la palma. Aceite de oliva, lo que caiga en tres segundos de chorro de la aceitera. Y el fuego, suave. Un poco de sal, de la gordita. Coge la cuchara de palo, y no pares de mover, que se pega. Ahora el tomate rallado, igual cantidad, y un diente de ajo picado. ¡Ay, las guindillas! Espera, que salgo al patio a coger un par de ellas de la maceta”. Las añadió después de lavarlas, y luego olió el sofrito. “Un par de minutos más, que el tomate está poco hecho”. Yo la miraba, sin dejar de asombrarme. Ningún detalle se le escapaba.

            “Ahora las especias. A ver: clavo, una pizca. Pimentón dos pellizcos. Pimienta, con alegría. Y la hierbabuena, seca y molida, bien generosa”. Destapaba los botecitos, olía el contenido y después medía la cantidad con sus dedos huesudos. Le dio unas vueltas y acercó la nariz. “Falta hierbabuena y algo de clavo”. Rectificó y volvió a oler.

            Sacó una cazuela limpia, le puso tres dedos de agua y la colocó en el fuego. “Anda, enciende, que ya vamos a terminarlos”. Puso otro diente de ajo picadito, algo de sal y otro pellizco de hierbabuena, y en cuanto rompió a hervir le echó los caracoles que esperaban, ya limpios y cocidos, en el escurridor. Volcó el sofrito sobre ellos y les dio unas vueltas. “Prueba”, me dijo. Deliciosos.

            Quise pagarle por la lección de cocina, pero se negó. “Señora Reme, mañana iré a comprar un tubo fluorescente nuevo y le arreglaré la luz, que tiene la cocina a oscuras. Y le voy a regalar uno de mis libros de cuentos, para agradecerle su ayuda”. Se echó a reír como si le hubiese contado un buen chiste. “Nena, la luz funciona perfectamente. Y por el libro, no te molestes, porque no sé leer ¿Aún no te has dado cuenta de que soy ciega?” Me quedé sin saber qué decir, recordando sus gestos durante todo el tiempo que estuvimos juntas. Adivinó el hervor de los caracoles por el sonido de las cáscaras al entrechocarse. Medía con sus manos, olía las especias para asegurarse de lo que estaba añadiendo. Se movía a tientas. Me sentí estúpida.

            Me he propuesto ir a leerle algunas historias una vez a la semana. La primera que voy a contarle es esta. Espero que le guste. ¡Ah! Por cierto, los caracoles, deliciosos.
 

miércoles, 24 de abril de 2013

SI LO DEL KARMA FUERA CIERTO


            Alfredo vivía en un pueblo. Desde pequeño, trató a los animales como si fueran cosas. Cosas de usar y tirar. Si la gata que tenían para mantener la casa limpia de ratones paría, su padre le daba los cachorros para que los “eliminara”, y él jugaba al baseball con ellos. Con ellos como pelotas, se entiende. Cuando se aburría de ese juego, echaba los supervivientes al pilón, a ver cuál tardaba más en ahogarse.

            Siempre hubo perros en su casa. Los usaban para cazar, y los tenían encerrados en una caseta miserable, las hembras pariendo una camada tras otra. Los que salían buenos rastreadores, hábiles para señalar las perdices y conejos, abandonaban el encierro y pasaban a vivir en el patio de la casa. Los que no, eran abandonados en la carretera, o le servían de objetivo para entrenar con la escopeta. Jamás gastó un duro en veterinarios: si un perro enfermaba y moría, ¿qué importancia tenía? Sus perras le darían nuevos cachorros en poco tiempo.

            Alfredo era una de esas personas que piensan que los animales solo sirven cuando se pueden comer o te pueden ayudar a conseguir lo que deseas. El resto de bichos están de más. Nunca miró a los ojos a sus perros, nunca se cuestionó que tras aquellas miradas de miedo, en aquellos pechos flacos y llenos de garrapatas y pulgas, había muchos más sentimientos que los que él había experimentado jamás. Nunca imaginó que en aquellos animales, a los que utilizaba y desechaba como a vulgares moqueros de papel, había mucha más humanidad de la que él nunca albergaría.

            Sus hijos crecieron viendo cómo su padre pateaba a los perros si no le obedecían, cómo ahogaba la mayoría de camadas en el pilón. Les enseñó a manejar la escopeta de perdigones apuntando a los gatos callejeros, y también a ahorcar a los galgos que ya no señalaban las piezas a tiempo de disparar. Si alguno de los perdigueros favoritos se le orinaba dentro de casa, lo molía a palos para que aprendiese que “eso no se hace en casa del amo”. Los niños aprendieron todo aquello, y se reían de los otros chicos de su edad, los que tenían un animal de compañía. ¿Cepillar al perro? ¿Vacunar al gato? ¿Chip? ¿Esterilizar, con la pasta que vale? ¿Pagar una residencia canina durante las vacaciones? ¡Mariconadas! ¿Pensar en el bienestar de un bicho? ¡Que piense él en el mío!

            Pero Alfredo se hizo mayor, y la vista comenzó a fallarle. Ya no tenía puntería con la escopeta, su pulso dejó de ser firme, y sus piernas ya no resistían las largas caminatas por el monte. Si lo del karma fuera cierto, sus hijos habrían debido colgarle de un algarrobo, como hizo él con tantos galgos, pero no, no lo hicieron.

            Cuando empezó a orinarse encima, trató de lavar su ropa a escondidas por vergüenza, pero pronto no pudo esconder aquello, porque lo que en un principio fueron pequeños escapes se convirtió en franca incontinencia en pocos meses. Si lo del karma fuera cierto, sus hijos debieron patearle las costillas y frotarle el morro en su propia porquería, como tantas veces hizo él con sus perros. Pero no, no lo hicieron. Le limpiaron y le pusieron pañales.

            Cuando llegó el ictus y vieron que no movía la mitad de su cuerpo, no le dejaron agonizar en casa, no lo remataron para que no sufriera ni tiraron su cuerpo en el monte, como habrían hecho si lo del karma fuera cierto. Le llevaron a un hospital, con un ejército de médicos y enfermeras para cuidarle, y luego lo ingresaron en una residencia (bastante más cara que una canina, obviamente) para que estuviera bien atendido. Y cuando murió fue enterrado cristianamente en el cementerio de su pueblo, con responso, agua bendita y toda la parafernalia.

            No deja de resultar curioso lo que ocurre sobre su lápida. Cada pájaro que la sobrevuela deja caer su contenido intestinal sobre el mármol. Los gatos del cementerio van todos a agacharse sobre esa tumba en concreto, dejándola llena de plastas y chorreando. Y no hay perro que pase por la puerta que no entre, para levantar la pata, cuando no el rabo, precisamente ahí, en la sepultura de Alfredo. Una tumba que solamente tiene flores una vez al año, por Todos los Santos, pero que los otros 364 días está cubierta, literalmente, de mierda. Bueno, quizá lo del karma sí que sea un poquito verdad después de todo…
 

martes, 23 de abril de 2013

RECICLANDO


            Sí, es verdad, lo reconozco. Soy una maniática del reciclaje. De hecho, mi casa está llena de cubos para separar escrupulosamente todo lo que se tira, pero eso no es malo. El problema viene cuando te das cuenta de que vives en un lugar en el que la gente se instaló hace mucho tiempo en la indolencia más necia que imaginarse pueda, y eso hace que todos mis esfuerzos se queden en nada.

            Cuando bajo con mi bolsita de envases de plástico para tirarla en el correspondiente contenedor AMARILLO, ese que está identificado con letras negras que dicen “PLÁSTICOS, LATAS, TETRA BRICKS”, me encuentro con mi vecino, que baja también la basura. Y ves asomar de su bolsa un par de botellas de agua vacías, y te pasmas con su estilazo a la hora de encestar el fardo en el contenedor… de basura orgánica. Para luego, además, escupir el chicle al suelo, abrir el paquete de tabaco dejando caer el precinto, el plástico y el papelito al bendito asfalto, y marcharse fumando tan campante. ¡Pero tío! ¡Que tenías los contenedores delante! ¿Tanto te costaba tirar todo eso en ellos? ¿No sabes leer, o qué? Donde pone “ORGÁNICO” quiere decir eso, orgánico. Y donde pone “PLÁSTICOS, LATAS, TETRA BRICKS”, pues eso, y donde pone “SOLO VIDRIO”, pues solo vidrio. Y no me vale que me digas que no sabes leer, porque están llenos de dibujitos explicativos, que hasta el más lerdo acierta.

            Luego viene la segunda parte, que es cuando termino de acordarme de los antepasados de mi incívico vecino, y voy a echar mis botellas de plástico en su sitio. Y me lo encuentro lleno de cartones, restos de verduras, un par de tablones, y todo el mondongo que organiza el paisano de enfrente cuando limpia el palomar que tiene en su casa: guano de pájaros, periódicos, plumas e inmundicias varias. Y levanto los ojos al cielo y me pregunto: ¿qué hice yo para merecer vivir entre gente así?

            Yo no sé qué es lo que tiene el reciclaje, pero para algunos es tan complicado como la física cuántica. Así, a pesar de los carteles, las campañas publicitarias, los folletos explicativos, y los años que hace que está todo lleno de contenedores de colorines varios, no atinan ni a la de cuatro. Tiran las revistas al azul, pero metidas en bolsa de plástico (meeeec), o las latas vacías al amarillo metidas en una caja de cartón (meeec, meeeec), o las botellas de litro de cerveza con el tapón de aluminio puesto (meeec, meeec, meeeec). Faltaban los contenedores del aceite usado, que me parecen algo tremendamente útil y que debía existir desde hace muchos lustros; en ellos pone bien clarito que se deposite el aceite en botellas de plástico con su correspondiente tapón. Y no falta la ceporra de turno que baja, en bata guateada y babuchas, y vuelca allí, directamente y sin anestesia, el cacharro de lata en el que ha ido juntando el girasol de las fritangas. Es para tirarse de los pelos.

            A veces me gustaría que la Madre Tierra fuese un poco más gamberra. Me encantaría que le pusiera la zancadilla a los que tiran los botellines vacíos por la ventanilla del coche en marcha, que el mar escupiera cada inmundicia que le tiran directamente en la cara de los que lo ensucian, y que el aire soplase a las narices de los que liberan gases contaminantes toda esa porquería para asfixiarlos solamente a ellos, y no a todos los demás. Me encantaría que ser limpio resultase más barato que ser un guarro, pero desgraciadamente no es así. Y el común de los mortales, en lugar de echar una mano con las cositas cotidianas, aprendemos a manejar cualquier cosa menos unos simples cubos de colores.

            El día menos pensado, el planeta será como la casa de alguien con síndrome de Diógenes, pero a lo bestia. Y ya veremos quién es el chulo que sobrevive. Yo me niego a rendirme, y sigo separando absolutamente todo. Ojalá el mío sea un mal contagioso.
 

lunes, 22 de abril de 2013

LO QUE HAY DESPUÉS


            “Abuelo, cuando las personas se mueren, ¿qué les pasa después?” Adriana desplegaba sin pudor alguno la curiosidad propia de sus diez años. Ya sabía lo que le habían dicho en catequesis, el cielo, el infierno, el limbo, el purgatorio, y le sonaba todo a cuento. También sabía que otras teorías circulaban por ahí, sobre todo en las noches de fiesta pijama y alrededor de los fuegos de campamento: historias de miedo, fantasmas, asuntos pendientes que los espíritus vienen a solucionar… Si a eso se le sumaban las creencias populares de su tierra natal, como la Santa Compaña y demás (ya lo habréis adivinado, Adriana es gallega) el resultado era un impresionante jaleo que la chiquilla trataba de aclarar como podía.

            El abuelo Antón la quería tanto que casi le dolía. Verla crecer le encantaba y le pesaba a partes iguales, porque los dos sumaban años a la vez, y cuando ella cumplió diez, él cumplió ochenta. Por eso, cuando Adriana le hizo aquella pregunta, no pudo ser todo lo sincero que debía. No hacía ni un mes que sus problemas para orinar y su dolor al respirar habían cambiado de nombre para pasar a llamarse “cáncer de vejiga con metástasis pulmonar”, y posiblemente, o tal vez no, las luces que vio en el bosque un par de días antes fueron efecto de la morfina. O quizás era que ya la procesión de almas venía a buscarle. Lo cierto es que, con su habitual voz cascada, le contestó a su nieta: “No lo sé, Adriana. No sé lo que pasa después. Muchos dicen, dicen, dicen, pero lo cierto es que ninguno de los que se fueron ha vuelto para contarme nada”.

            “Abuelito, si tú te vas antes que yo, ¿volverás para contármelo? Así, cuando me toque a mí, estaré preparada y no tendré miedo”. Y Antón, que nunca pudo negarle nada a aquella criatura que tanto se le parecía, le prometió volver. Pero no tuvo valor para decirle que su viaje estaba más que próximo. Por eso, cuando solamente una semana después ingresó en el hospital para ya no volver más a casa, Adriana se sintió horriblemente culpable. Su corta edad le hizo pensar que su abuelo había muerto por complacerla a ella.

            La pena se apoderó de sus días, y el remordimiento lo hizo de sus noches. Le echaba terriblemente de menos, deseaba que le hiciera esa visita prometida para poder rogarle que la perdonase. Ella no quería que él se fuese tan pronto, aún le hacía mucha falta, y necesitaba decírselo, pero él no volvía. Dejó de dormir, y después dejó de comer. Sus padres ya no sabían cómo consolarla, y recurrieron a un psiquiatra, pero por más que éste intentó encontrar el origen del mal que estaba devorando a Adriana, no lo logró. Ella no quiso decirles la verdad, que sin querer había hecho morir a su propio abuelo.

            Cuando la ingresaron, apenas era un suspirito. Había perdido mucho peso, tenía los ojos abiertos, pero estaba como sonámbula. La desesperación se comía a sus padres, ningún médico conseguía sacar a la niña de ese estado de tristeza, ni dormida ni despierta, en el que se había instalado. Sus ojeras brillaban en la carita pálida, y las pocas palabras que pronunciaba eran para Antón: “abuelito, vuelve, por favor. Me lo prometiste”.

            Hay cariños que lo pueden todo, y uno de ellos es el que los abuelos sienten por sus nietos. La relación tan especial que les une va más allá de la sangre, y también más allá de los límites de lo explicable. Aquella noche, mientras el hospital dormía y Adriana velaba llamándole, él la vio tan débil y tan perdida que, a pesar de que los de “allá” tienen prohibido visitar a los de “acá”, volvió para consolarla. La abrazó, y ella enterró la cabecita en su pecho, dejando que le revolviera los rizos, como siempre hacía. “No, mi niña. Tú no tienes la culpa. La tengo yo, que me moría y no te lo dije por miedo a que sufrieras. Así, lo único que he conseguido es hacerte enfermar. Te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie: el otro lado es como este. Tiene ratos buenos, y también los tiene malos, todo depende. Cuanto más cariño dejamos en esta orilla, mejor estamos en la otra. Cuantas más cosas felices podemos recordar, más ricos somos, pero no en dinero, sino en alegría, que es lo que realmente cuenta. Así que, mi querida Adriana, mi nieta del alma, vive y sé feliz, reparte y contagia tu cariño, y no tengas miedo cuando llegue tu momento. Yo tengo allí una vida estupenda, ¿sabes por qué?”

            La niña negó con la cabeza, y acariciando su mejilla por última vez, el abuelo Antón le respondió: “Porque he tenido la suerte de que hayas sido mi nieta, y por lo mucho que tú me querrás siempre”.

            Y por fin, después de aquella conversación que jamás contaría a nadie, Adriana despertó a su madre para pedirle un bocadillo de mortadela, durmió una semana entera, y continuó con su vida.
 

jueves, 18 de abril de 2013

DE SEGÚN CÓMO SE MIRE


            Raúl e Irene alquilaron el pub con mucha ilusión. Pensaron que podían sacarlo adelante, ganar el dinero suficiente como para vivir de él. Eran dos, suficientes como para abrir de ocho de la tarde a tres de la madrugada de jueves a domingo sin necesitar de ayuda; si no tenían que contratar otros camareros, los beneficios serían solo para ellos.

            Comenzaron muy bien. Ya se sabe, la novedad atrae. Ponían buena música e instalaron pantallas por el local con imágenes de video-clips actuales. De vez en cuando se les colaba algún menor, pero hacían la vista gorda. Pronto recibieron las primeras quejas de los vecinos: la gente que salía a fumar fuera armaba jaleo hasta la hora de cierre. Llegó la primera inspección, y también la primera multa.

            A los tres meses decidieron no abrir los jueves. Apenas acudían clientes, no les salía rentable. Los viernes y sábados se vieron obligados a cerrar a las dos de la madrugada. Una vecina llamaba a la policía cada fin de semana porque decía que oía la música del local desde su cama. Nueva inspección con medición de decibelios. No sobrepasaban el límite, pero la vecina neurótica les seguía denunciando porque no podía dormir. La ilusión inicial por aquel proyecto se les iba apagando.

            Intentaban animar a la gente a consumir para hacer más caja; rebajaron el precio de las copas, pero la gente joven compraba bebida en el supermercado, se la tomaba fuera y después entraban solo a bailar, sin dejar apenas beneficio. Decidieron cobrar entrada, y en poco tiempo el público dejó de ir. Se vieron solos, fritos a gastos, decepcionados y sin salida. Un año después de haber abierto, cerraron la persiana y colgaron el cartel de “se alquila”.

            Rosalía y Rosario eran compañeras de trabajo en una empresa textil. Aquel año se fueron de vacaciones a París juntas, e hicieron una curiosa foto cogiendo la Torre Eiffel con los dedos, como si fuera un juguete. Se lo pasaron en grande. Pero al volver al trabajo recibieron la carta de despido por reducción de plantilla, y se quedaron las dos en la calle.

            Buscaron trabajo pateando las calles con el currículum bajo el brazo durante días, y se fijaron, por casualidad, en el cartel de “se alquila” del pub. Preguntaron por los comercios de la zona las razones del cierre, y les contaron todo lo que había ocurrido. ¿Les convenía tratar de reflotarlo o era un esfuerzo inútil? Lo hablaron con detenimiento, haciendo cuentas, planeando, proponiendo, y los “contras” ganaban a los “pros” por goleada. Con la misma vecina quisquillosa, la crisis y un horario tan reducido, no parecía viable que ellas tuvieran éxito donde Raúl e Irene habían fracasado. Pero, ¿esa era la única manera de regentar así un local?

            Lo primero fue cambiar el nombre, que pasó de “Mojito Loco” a “Roses”, y la decoración; si los jóvenes no estaban dispuestos a dejarse el dinero, no eran la clientela deseada. Había que reorientar el establecimiento. Instalaron una cafetera, y comenzaron a abrir por las tardes, a eso de las cuatro. Colocaron una gran estantería con libros. “Libros libres”, decía el letrero que pusieron sobre ella. Cualquiera podía llevarse uno a casa si a cambio dejaba otro, como una especie de biblioteca cambiante. Los lunes, Rosario leía cuentos para niños en un rincón, y mientras, las mamás tomaban café tranquilamente. Los martes, la hermana de Rosalía, que era profesora de inglés, iba a eso de las siete para charlar en ese idioma con cuantos quisieran acudir. Más cafés, refrescos y algún pincho. Estudiantes extranjeros iban mezclándose con gente de la zona que aprovechaba para practicar su inglés en aquellas conversaciones, que se ampliaron los miércoles con una chica alemana que se prestó encantada a cambio de hacer nuevos amigos y tomarse alguna coca-cola gratis.

            Inventaron una actividad para cada día de la semana, y abrieron un espacio para quien gustara de sentarse a cantar los viernes y los sábados por la tarde, siempre y cuando fuera música melódica y tranquila; no pagaban mucho, pero nunca pidieron a nadie que trabajase gratis, porque valoraban a todos los valientes que trataban, como ellas, de abrirse camino. Y, para evitar las quejas, a partir de las diez de la noche sustituían parte de las sillas por hamacas, ponían música chill-out suave, encendían velas e incienso y servían copas a la gente que no buscaba bullicio ni fiesta loca, sino tomarse un buen gin-tonic o un whisky charlando con los amigos o la pareja. Empezó a acudir público de cierta edad que pagaba gustoso un par de copas con tal de disfrutar de aquel ambiente relajado y acogedor. El “Roses” funcionaba.

            Hicieron ampliar aquella foto, y la enmarcaron para colgarla en la pared de la barra del local. Ella les recordaría siempre que todo depende de según cómo se mire, y que, cambiando la perspectiva y añadiendo mucha ilusión, cualquiera puede conseguir lo que sea. Hasta levantar la Torre Eiffel con dos dedos.
 

miércoles, 17 de abril de 2013

UNA NANA PARA ALICIA


            Elisa estaba preocupada. Nunca fue de las que se deshacen cuando ven un bebé, de las que cogen en brazos a los niños de todas las amigas y juegan con ellos. Tampoco es que, como les pasa a algunas personas, odiase a los pequeñajos. Simplemente, no le apasionaban. Ese tema nunca le interesó demasiado, y por eso no se había molestado nunca en aprender a cantar nanas.

            Un día, sin embargo, ella y su pareja comenzaron a plantearse el tener un hijo. No siempre se está a tiempo de hacerlo; la naturaleza, con sus implacables leyes, te da unos plazos, y si los excedes, por mucho que luego lo intentes, no hay manera. Elisa pensaba: “bueno, un hijo solamente es pequeño un tiempo. Luego se convierte en una persona. No será un niño para siempre. Además, si pasas por la vida sin tener un hijo no dejas herencia alguna, cuando te vas es como si nunca hubieses existido”. Lo pensaron y se decidieron. A por él.

            Llegó el día en que el cuerpo de Elisa dijo: “Ooooh, algo me pasa. Tengo ganas de vomitar”. El embarazo ya era un hecho, y con el resultado positivo comenzó el miedo. Aún no había aprendido a cantar nanas, y de pronto solamente tenía nueve meses para aprender. Y, para colmo, sufría tantas náuseas y mareos que muchos días no podía ni salir de casa, se pasaba las horas arrastrándose del sofá a la cama y de la cama al sofá. No tenía ella el cuerpo como para pensar en canciones.

            En aquellos primeros cuatro meses de embarazo, vomitó de todas las maneras posibles: sentada, de pie, acostada, de día, de noche, en el sofá, en la cama, en el coche, en casa, en la calle… más que un bebé en formación parecía que tenía una enfermedad, pero aquello, aunque se le hizo muy largo, terminó aplacándose. Recuperó el color, el equilibrio y las ganas de comer, su estómago se aquietó y todo comenzó a ir mejor, pero… ya solo tenía cinco meses para aprender a cantar nanas. Tenía que ponerse las pilas.

            Empezó a leer revistas sobre el tema, y también artículos en internet. Resultó que había mil maneras de hacerlo distintas, y cada uno opinaba que la suya era la idónea y las demás estaban equivocadas. Para unos, había que cantárselas solo por la noche. Para otros, a oscuras. Para los de más allá, con luz natural y a cualquier hora. Según un especialista, con versos de once sílabas, no más de cuatro estrofas y en tonos menores, para no poner nervioso al niño. Según otro entendido en la materia, el tono indicado era el Do Mayor, para estimular la inteligencia, pero evitando los agudos, que evitarían que pudiese conciliar el sueño.

            Elisa tenía un cacao mental importante, pero sobre todo un miedo enorme a hacerlo mal, a no saber actuar llegado el momento. Además, familiares y amigas la llenaron de consejos y recomendaciones: para las más mayores, los versos debían ser cortos, no más de dos frases sencillas, y repetir todo el tiempo mientras se le acuna en brazos. Algo así como “ea, ea, ea, á, si no te duermes el coco vendrá y te comerá”. Para las más jóvenes, eso era una equivocación: lo indicado eran los conceptos reales, tales como “mi niño se duerme porque si no, no crece. Y no abre los ojos hasta que amanece. Después su mamá le da la lechita, y se queda durmiendo otra siestecita”. Pero eso sí, nada de brazos, que se malacostumbran y luego los tienes que llevar a cuestas hasta que hacen la Primera Comunión.

            Con tanta recomendación contradictoria, Elisa, en lugar de disfrutar plenamente del embarazo ahora que su estómago ya no rechazaba los alimentos, desarrolló un miedo enorme de tener a la criatura en brazos y no saber cómo cantarle. Las dudas que tenía eran tremendas. Temía no ser buena madre, hacerlo mal, así que decidió ir escribiendo sus propias nanas, para estar preparada cuando llegase el momento del parto.

            Se estrujó los sesos durante semanas, tratando de aplicar en los versos y las melodías todas las recomendaciones que le habían dado, y cuando todas las hojas estuvieron llenas, guardó la libreta en la cómoda del cuarto del bebé, para tenerla a mano en el momento oportuno. Y, cómo no, la naturaleza hizo su particular milagro, y Alicia decidió salir por fin. Elisa estaba confiada en su cuaderno salvador, y cuando llegaron a casa con la niña en brazos, lo sacó del cajón y trató de dormirla con aquellas nanas que había fabricado, pero la niña no paraba de llorar. Al fin, desesperada por tanto llanto, tiró la libreta por la ventana, cogió entre sus brazos a su hija, la acunó y le cantó lo que le salía del corazón. No tenía sentido, ni métrica, ni melodía coherente, ni nada, pero era lo que Alicia necesitaba, y al fin se quedó tranquila y se durmió.

            Las mujeres llevamos miles de años pariendo y criando nuevos seres. No te preocupes: cuando llegue el momento, sabrás lo que tienes que hacer, y lo harás bien. Disfrútalo, sin angustias, porque un bebé no necesita una puericultora experta, sino una madre tranquila.

domingo, 14 de abril de 2013

LA BICICLETA DE TÁRSILO


            La veía muchos días, cuando iba a limpiar aquel portal. La empresa de servicios para la que trabajaba me daba a diario la hoja de ruta con los clientes a quienes tenía que atender cada mañana, y ese edificio, situado en una zona cara cercana al parque del Río, siempre era el primero de los lunes, miércoles y viernes. A las siete y media ya estaba, escoba y trapo en mano, con el sueño aún pegado a los ojos, para dejar reluciente el piso, la puerta, las barandillas y la escalera. Y aquella bicicleta siempre estaba ahí, encadenada a la farola que quedaba enfrente del portón de forja.

            Más o menos, las personas que nos encontrábamos allí éramos siempre las mismas: las tres chicas que iban a servir a los abogados del primero, a la arquitecta del cuarto y a la “marquesa” (no sé si de verdad aquella señora ostentaba ese título de verdad) del ático entraban a las ocho menos diez, siempre corriendo y después de apurar un cigarrillo en la calle. A las ocho y media, el portero con los periódicos, malhumorado y a vueltas con su úlcera de estómago. Inmediatamente, la chica que recogía a los seis niños del quinto, una familia de esas de “los que mande Dios”, todos con su uniforme de colegio privado y su raya al lado pulcramente peinada. Después, a las nueve, la enfermera que venía a atender a Don Anselmo, el vecino del segundo que estaba impedido y jamás salía de casa. Todos nos saludábamos tratando de que no faltase una sonrisa junto al “hola” de cada mañana. Éramos “los pobres” que servíamos a “los ricos” de aquel edificio a cambio de un jornal bastante magro, sólo faltaba que entre nosotros también fuéramos tacaños a la hora de regalar una sonrisa.

            Siempre supuse que la bicicleta pertenecería a alguien del servicio que madrugaba más que yo. Era un artefacto artesanal; el cuadro estaba hecho con barra metálica de agujeros, de esa que se emplea para fabricar las estanterías de los almacenes. El manillar debió ser en su día sacado de un desguace. Las ruedas, eso sí, eran casi nuevas, pero desde luego no era una máquina de calidad, ni siquiera adquirida en ninguna tienda de segunda mano. Las palancas de los frenos eran cada una de una clase, y estaba sin pintar. En aquel edificio el garaje estaba lleno de coches de alta gama, y si alguna bici había era de las que no bajan de los cuatro mil euros, y dormían en los trasteros, bajo llave. Imposible que fuera de ninguno de los residentes fijos de aquella casa.

            Un día, de pronto, vi a alguien manipulando el candado. Era un hombre de mediana edad; salió del ascensor, me saludó mientras se colocaba la chichonera y se colgó una pequeña mochila sobre los hombros antes de montar en el “engendro” de dos ruedas y alejarse pedaleando. Me quedé de piedra: el traje que llevaba aquel hombre parecía de buena calidad. ¿Qué narices pintaba alguien así sobre semejante vehículo? El portero me pilló mirándole y carraspeó sonoramente para que volviese a mi trabajo; si yo no dejaba todo bien limpio, la “marquesa” se quejaba, y no tenía ganas de aguantar sus manías.

            ¿Conocéis a alguna mujer que se quede con una duda o sin satisfacer una curiosidad? Bueno, sí, alguna habrá, pero yo no soy de esas. Me las apañé para sobornar a la canguro de los pequeños repeinados del quinto; le prometí enseñarle un truco infalible para quitar las manchas de bolígrafo de los uniformes de los críos, tema con el que la mamá y las monjas del colegio eran bastante puntillosas, a cambio de que me contase por qué un rico se movía por la ciudad sobre un trozo de chatarra. La explicación me enseñó una lección que no olvidaré.

            “Társilo es la pareja de Don Anselmo, el señor del segundo que nunca sale. Cuando se conocieron, él era un muchacho cubano de apenas veinte años que no tenía dónde caer muerto, y Don Anselmo contaba casi cincuenta, era rico, estaba casado y tenía hijos casi de la misma edad que el chico. Fue un escándalo tremendo, imagínate. En el divorcio, la ex le sacó cuanto pudo, por no hablar de todo lo que salió por su boca; los amigos y familiares le dieron la espalda, y los hijos no han vuelto por aquí. Társilo nunca quiso vivir con él en este barrio, y solo se mudó a la casa cuando Don Anselmo tuvo el accidente y quedó mal; cuida de él cuando no trabaja en su puesto de ingeniero, paga los gastos del piso y la enfermera, pero se ha negado a que ponga a su nombre la casa. Ni siquiera usa el coche, que está muerto de risa en el garaje. Sigue desplazándose en la vieja bicicleta que se fabricó de muchacho, porque es la que hace que no se engolosine al lujo de este ambiente, le mantiene con los pies en el suelo, en contacto con la realidad. A pesar de que siempre le acusaron de estar con Don Anselmo por dinero, dice que con nada vino y con nada se irá, pero que se llevará lo mejor: haber podido dar el cariño y el cuidado al amor de su vida sin que nadie tenga luego que reclamarle nada”.

            Desde aquel día miro la bicicleta con otros ojos. Ya no me parece un engendro de chatarra, sino una bofetada de verdades sin azúcar capaz de cerrar las bocas hipócritas de lo que llaman “buena sociedad”. Lo de Don Anselmo y Társilo es amor. Y lo demás, fotocopias.
 

viernes, 12 de abril de 2013

ESPERAS


            Suelo quedarme observando a la gente en las salas de espera. Para mí es más entretenido que las revistas. Me gusta tratar de deducir cómo son sus vidas observando cómo visten, los complementos que lucen, las huellas de la vida en sus caras… Las conversaciones ayudan, qué duda cabe; en una sala de espera cualquier cosa de la que charles con quien te acompaña es inevitablemente escuchada por todos los demás. No hay afán cotilla alguno, simplemente es que los ojos se pueden cerrar, pero los oídos no.

            Ahora mismo, en la sala de espera de quirófanos en la que aguardo mientras intervienen a mi madre, me ocupo en observar, deducir e imaginar lo que atañe a todos estos desconocidos que me rodean aquí fuera, porque así no pienso, ni deduzco, ni imagino lo que estará ocurriendo ahí dentro, en esa helada sala a la que se han llevado a alguien tan amado.

            Detrás de mí, una mujer rellena los impresos de consentimiento para unas pruebas. Se la ve bien vestida, pero preocupada. Y sola. Y embarazada. Supongo que espera a alguien, porque ya me ha preguntado dos veces la hora en los últimos diez minutos. Imagino que viene para una amniocentesis, para eco normal no firmas papeles, ni tienes esa cara de terror. Quizá sospechan un Down, calculo que la mujer tendrá mi edad, está en grupo de riesgo. Bolso pequeño: no tiene más hijos. Las mamás adquirimos la costumbre de los bolsos grandes y ya no la abandonamos nunca. La llaman a consulta; el padre de la criatura no ha llegado. Imagino su zozobra, y la bronca que le va a caer a él cuando esto termine.

            Solamente ha estado cinco minutos con la doctora, y ya se va, acompañada de la enfermera, hacia la zona de quirófanos. No me equivoqué, el macro-sobre que lleva en la mano la sanitaria pone en grande: AMNIOCENTESIS. Viva la discreción.

            Suerte, princesa. Ojalá no tengas que tomar ninguna decisión que marque el resto de tu vida. Y si has de hacerlo, espero que, al menos esta vez, él llegue a tiempo de tomarla contigo.

            Una hora desde que se cerró la puerta.

            Hace rato llegó otra mujer. Vino a sentarse justo a mi lado. Sola, con su teléfono móvil y una bolsa de resultados. La etiqueta impresa dice ONCO. Cuatro letras terribles que ponen los pelos de punta. ONCO. El pelo cortito, zapatillas de deporte, ropa masculina y oscura. Cuarenta y muchos, sin alianzas ni pendientes. Soltera, seguro. Sin hijos, lo más probable. Canas indisimuladas. Me pregunto: ¿mama, ovarios, cuello de útero? Me quedo con la duda, la llaman a consulta. Tiene el andar cansado, como de anciana. Sigo sin entender por qué hay tantas personas a las que les toca sufrir esto.

            Sale sonriendo, buena señal. Conecta el móvil. “Mamá, es benigno. No es cáncer. (….) Sí, era hoy. (…..) ¿Y para qué tenías que estar aquí tú también, padeciendo? (….) Vale, voy a comer. (….) Lo que quieras, mamá, hoy me como lo que tú me pongas. (….) Yo también, mamá. Un beso”.

            Camina hacia el ascensor ligera, como una pluma. Las cuatro letras que tanto le pesaban se quedaron en la papelera del hospital. Me alegro, mujer. Te acaba de tocar la lotería, disfrútalo.

            Dos horas.

            Pasa una cama con un hombre recién intervenido. Por la cara de su mujer, infarto. Por la de él, cateterismo recién hecho y muerte vista de cerca, pero burlada por la ciencia esta vez. Te acaban de dar otra oportunidad, amigo. Aprovéchala bien y deja de fumar, que en los dedos y en la piel se te nota, no me hace falta verte el cigarrillo en la boca.

            Preguntan por mí. Ya sale, por fin. El cirujano viene silbando una canción, así que puedo estar tranquila. Os dejo, que hoy tengo un trabajo importante que hacer: ella me necesita.
 

martes, 9 de abril de 2013

CANTANDO BOLEROS


            Lo he dicho más de una vez, y no me avergüenzo, que en cuestiones musicales soy bastante antigua. No se trata de, como hacen algunos, denostar los estilos melódicos modernos proclamando aquello de que “ya no se hace música como la de antes”. Se trata, simplemente, de que si me piden que cante una canción, seguramente no será de las que salen hoy día en la radio. Lo más fácil es que, sin pensar, se asome a mis labios un bolero.

            El bolero es la manera natural con que se expresa el incurable romántico, porque no sé qué es lo que esas canciones tienen, pero no hay otras que hagan brillar los ojos como lo hacen ellas. Un bolero enamora tanto al que lo entona como al que lo escucha, porque es imposible cantarlo sin sentirlo, y sus notas vuelan transportando esa emoción igual que las abejas hacen con el polen de las flores. Son sonidos y sílabas que, inocentes, penetran en la mente de los demás preñando sus pensamientos de caricias, promesas, requiebros y besos, encuentros y despedidas grabadas a fuego por la química del amor.

            Crecí escuchando boleros, y por eso forman parte de mi carácter. Empujada por ellos me hice músico, y los he cantado infinidad de veces, algunas incluso con público numeroso, pero la mayoría en la intimidad. Ahí sí que han sido incontables las hiedras, los nosotros, los motivos, los piensa en mí, los bésame mucho, las tardes que vi llover… No solamente una vez, sino muchas, y sin ser, que no lo he sido, la mujer que pudo con Dios hablar, sí vestí mi playa de amargura en más de una ocasión, porque ya no estabas más a mi lado, corazón, y en mi alma solo tenía soledad. Pero el desamor se cura, y cuando hizo falta, si él me dijo “ven”, lo dejé todo. Y sí, pinté rosas de azul contigo en la distancia, y el día que me quiso las estrellas, celosas, nos miraron pasar, y condené al reloj a no marcar las horas, no quiero que te vayas, la noche está muy fría… Apagué mil veces la luz para pensar en ti, porque contigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones, sentí envidia del pañuelo que una vez secó tu llanto, y me engañé y me desengañé, y también, por qué no decirlo, enredé y desenredé en mis primeras incursiones en el mundo del romance, allá por el pleistoceno, cuando aún no sabía lo que era estar enamorada de verdad.

            Sigo cantando boleros, he de reconocerlo, aunque ya no les doy el mismo uso romántico de antaño. Los sigo escuchando en mis viejos discos, porque para alguien como yo, que trabaja con los sentimientos de los demás, son una fuente fundamental de inspiración. No hay nada que el ser humano pueda sentir que no esté en la letra de alguna de esas impagables canciones. Solamente hay que bucear un poco en el cancionero de ese género musical, es como una inmensa biblioteca que desmenuza todas las clases del querer.

Cantar y tocar un bolero es algo que no se improvisa. Para elevarlo de simple canción a momento mágico hay que hacerlo como se hace el amor, despacio, sin ninguna prisa. Sabiendo en cada instante lo que uno quiere provocar en el otro. Sintiendo y acariciando cada nota, y dándole a cada palabra pronunciada la intención justa. Empleando no solamente las manos en las cuerdas de nuestro instrumento o el aire en nuestras gargantas, sino también la mirada, y los ojos que se cierran, el pecho entero, el gesto de la cabeza, el ritmo de las caderas. Los boleros son, sin lugar a dudas, una danza que un día bailaron el dios del amor y las musas de la música y la poesía para enseñar a los hombres a saborear la vida.

Reconozco que me gustaría formar parte de algún buen grupo de boleros, y seguir haciendo por divulgarlos, para que las nuevas generaciones de seres sintientes aprendan a disfrutar (y a adoptar como recurso) estas canciones sin fecha de caducidad. Mientras tanto, me conformaré con seguir escuchándolos en las voces de algunos buenos amigos que entienden, como yo, que hay canciones que no morirán jamás mientras sigamos siendo capaces de enamorarnos. Larga vida, pues, a todos los boleristas, a compositores e intérpretes. Larga vida al bolero.
 

domingo, 7 de abril de 2013

EL VALOR DE LAS COSAS


            Aprendí hace mucho tiempo, y convendréis conmigo en que es una verdad como un templo, que muchas veces no valoramos como debemos lo que nos resulta fácil de conseguir. Lo de “total, como es gratis” nos conduce a despreciar, a malgastar, a no saborear ni sacar partido de las cosas. Nos vuelve egoístas, exigentes, impacientes.

            Me lo decían hace poco unos amigos, dueños de dos perros de raza, amantes de los animales, y tan absolutamente respetuosos con la vida que ni siquiera comen carne ni pescado para no ser causa de muerte o sufrimiento de ser vivo alguno. Cuando su perra se les quedó preñada, pese a haberla separado del macho en cuanto se dieron cuenta de que había entrado en celo, decidieron regalar los cachorros a familias que los quisieran, porque se negaban a comerciar con la vida de los perritos. Y, para su sorpresa, a pesar de que los animales eran nobles y de pura raza, vieron cómo algunos de los adoptantes los alimentaban en exceso y con negligencia, los educaban mal o descuidaban su higiene, vacunas y cuidados. Un par de ellos, incluso, les fueron devueltos porque ladraron una noche, lloraron al quedarse solos o mordieron una zapatilla.

            “Debimos pedir dinero por ellos”, comentó mi amiga. Yo la miré, absolutamente extrañada por un comentario tan opuesto a sus principios. Debió adivinar, por la expresión de mi rostro, lo que estaba pensando. “Si a cada uno de los que nos pidieron un perro le hubiéramos cobrado cien euros, solamente se los habrían quedado quienes realmente deseaban tener una mascota así. Nadie se gasta dinero en un setter irlandés para tenerlo encadenado en el garaje. Habríamos donado la recaudación a un refugio para animales sin hogar, nuestros cachorros habrían salido ganando, y los perros abandonados también. Al no costarles nada, no los han sabido valorar”.

            Pensé en aquello durante mucho tiempo, y traté de comprobarlo trasladando el ejemplo a otros ámbitos, como pueden ser, por decir uno cualquiera, las fiestas populares. El pueblo en el que vivo tenía por costumbre instalar, uno de los días del mes de julio, grifos de cerveza en la plaza. Invitaban a todos los que quisieran ir a cuantas cervezas frías quisieran tomar. Y el resultado era que la gente pedía una, le daba dos tragos, y después rociaba a los amigos (o a quien pasara cerca) con el resto de la bebida. Al final de la mañana, la plaza era un inmenso charco de cerveza en la que jóvenes y no tan jóvenes, borrachos como cubas, chapoteaban torpemente. El olor y las moscas eran más que molestos. Yo bajé a tomar una caña el primer año, y cuando vi el panorama y fui rociada por un imbécil a quien no conocía de nada (ahora me lo cruzo a diario y certifico que sigue siendo igual de imbécil que entonces), me enfadé tanto que no he vuelto a participar en esa fiesta. Me pareció indignante ver en qué se despilfarraba el dinero de mis impuestos, y estoy segura, pero segurísima, de que si les hubiesen cobrado un euro por caña servida no la habrían tirado con la misma ligereza. Vamos, no les habría caído ni gota. Solo la tiraban porque era gratis.

             A mí me enseñaron a valorar y cuidar las cosas por necesidad. No entiendo por qué hemos dejado de inculcarles eso a nuestros jóvenes, pero no nos va a quedar más remedio que recuperar tan sanísima costumbre, y no solo por razones económicas, sino por algo mucho más importante: se empieza por no apreciar el valor de las cosas y se termina por hacer lo mismo con las personas. Si le fallo a un amigo y deja de hablarme, ya haré amigos nuevos, en el mundo hay gente de sobra. Si le fallo a mi novia y me abandona, no pasa nada, ya me ligaré a otra, que las tías abundan. Pero los corazones, hasta donde yo sé, aún no son de usar y tirar.

            Deberíamos llevar las palabras “Respetar” y “Valorar” grabadas a fuego en nuestro código genético, pero como no es así, enseñémoslas a los que nos rodean. Es una de las cosas que podemos hacer cada día para cambiar el mundo y hacerlo un poco mejor.
 

sábado, 6 de abril de 2013

EL REPARTO


            Cuando Gina y Joan llevaban ya demasiado tiempo poniendo excusas para no acostarse a la misma hora, se dieron cuenta de que algo iba muy mal. Ya ni siquiera en el momento de dormir se sentían cómodos el uno junto al otro, ella no le buscaba los pies para calentar los suyos, él no enterraba ya su nariz en la melena morena para aspirar el olor de su champú. Nada les unía, así que lo mejor era tomar caminos distintos.

            Comenzaron a tramitar su separación como personas civilizadas: tus discos son tuyos, mis libros son míos. Tu ropa, mi ropa, llévate tus apestosas zapatillas de deporte, haz tú lo mismo con tus horrendas botas de motera sin moto. Las toallas de tu madre para ti, que cada vez que me seco con ellas me acuerdo de sus albóndigas infames de los domingos; las sábanas que nos regaló la tuya te las pones de turbante, a mí me dan pesadillas. Con cada objeto, por pequeño que fuese, salía pegado un reproche, algo que nunca antes habían dicho.

            Continuaron el reparto con los amigos: los que tú aportaste de tu juventud “antes de mí”, para ti. Los míos, para mí. Los que hicimos mientras fuimos algo que ya no somos, a sorteo. No fue justo, y ambos se dieron cuenta de que perdían en el proceso. Las fotos de los momentos felices, ¿tú las quieres? Yo tampoco. Por mí como si las quemas en uno de tus aquelarres con tus amigas. Las jarras de cerveza que compramos en Alemania me las quedo yo. Nunca me gustaron, pero a ti sí, y por eso las quiero. Para que no puedas disfrutarlas con esa piara de amigos que colonizaban mi salón las tardes de fútbol, poniendo sus pies en mi mesita del café y sus desagradables risotadas en mis oídos.

            En los años en que vivieron juntos, jamás se habían dicho cosas como aquellas, pero no porque no las sintieran, sino porque no quisieron estropear la ilusión del amor con esos accesos de cotidianeidad mal llevada. Todos los reproches que no salieron de sus bocas a tiempo se les habían acumulado dentro, de manera que sus interiores padecían una suerte de “síndrome de Diógenes”, convertidos en auténticos basureros emocionales. Eso, y no otra cosa, fue lo que pudrió aquel amor que un día había sido grande.

            El perro para ti, la perra me la llevo yo, que entre mujeres nos entendemos mejor. Eso, llévate la perra, que cuando se pone en celo no hay quién la aguante, mujer tenía que ser. Cada palabra se había convertido en una bofetada seca e hiriente propinada directamente en la cara del contrario. Desapareció la civilización inicial para dar paso a una guerra abierta.

            Cuatro días duró aquella agria contienda. Cuatro días hasta que se vieron sentados en el suelo del piso vacío. Solamente quedaba una cosa por decidir. Yo me quedo la guitarra. No, la compré yo, y me costó una pasta. Pero me la regalaste a mí. Ya, pero no te la mereces. Tú no sabes tocarla. Y tú lo haces fatal, y desafinas como un gato al que han pisado la cola. Bueno, antes te encantaba que te desafinara bajito al oído. Sí, pero un día dejaste de hacerlo, y aún no me has dicho por qué. Pues porque tú dejaste de reírte cuando lo hacía.

            Él sacó la guitarra de su funda, y rasgueó unos acordes que sonaron a nostalgia. Una vieja, viejísima canción afloró a sus labios a la vez que las lágrimas a sus ojos, y ella recordó una ternura que yacía, medio muerta, sepultada por las toneladas de reproches nunca expresados, en el fondo de su alma. Poco a poco dejaron que volvieran los discos, y los libros, y los amigos, y los pies fríos en la cama. Y regresaron también la risa, y los perros, y la mesita del café, y las jarras de cerveza, y las fotos de los dos, las sábanas horribles y las toallas rasposas, pero esta vez lo hicieron acompañadas de una promesa firme: nunca más callarse nada.
 
Imagen: acuarela original de P. Barahona.

jueves, 4 de abril de 2013

EL CARRO DE ARAYA


            Araya era una chica lista. Se dedicaba a caminar desde su pueblo, que estaba situado en un llano, hasta la fuente más cercana, que distaba de su casa un par de kilómetros monte arriba. Allí, cargaba dos tinajillas de agua fresca, las apoyaba en sus caderas y volvía para ofrecer el líquido a los vecinos. Cobraba una moneda de cinco pesetas por el contenido de cada tinaja, y así se ganaba la vida. La gente necesitaba el agua para beber, abrevar el ganado, lavarse y asear las ropas; el camino era pesado y muchas de aquellas personas no tenían tiempo, o tal vez les faltaban fuerzas, para andar el sendero arriba y abajo acarreando las vasijas. Por ello, a Araya no le faltaban clientes para su modesto servicio.

            Una mañana, mientras subía ligera con sus cántaras vacías, vio un carro parado al borde del camino. No era de los que tenían tiro de bestias, sino mucho más pequeño. Estaba diseñado para ser arrastrado por un ser humano. El carretero, un anciano que apenas se tenía ya en pie, le dijo a Araya: “niña, si vas a por agua y aún estoy vivo a tu vuelta, dame de beber y lávame la cabeza. Si haces eso por mí, te regalo el carro. Te servirá para acarrear más tinajas cada vez, y con menos viajes ganarás más dinero cada día”. Ella, contenta, aceptó la propuesta del anciano. A la vuelta él aún alentaba, de modo que le dio de beber, lo lavó y recibió, a cambio, lo que habían convenido.

            Araya había dejado de ganar diez pesetas al darle el agua al carretero, pero a cambio recibía algo mucho más valioso. Se sintió afortunada y, mientras veía alejarse al anciano, agradeció a su buena suerte aquel cambio tan ventajoso. Sin embargo, cuando levantó los varales para tirar del carro hasta el pueblo, se dio cuenta de que le costaba moverlo muchísimo más esfuerzo del que había calculado. Lo miró, lo volvió a mirar, y no le encontraba explicación a tal fenómeno: iba vacío, parecía ligero, pero cuando tiraba de él se deslomaba para avanzar unos metros. Así, cuando lo cargó con las diez vasijas de agua que le cabían, no pudo moverlo.

            Araya, contrariada, fue quitando cántaras, y al final, cuando consiguió alcanzar el pueblo, en el carro ya solamente iban cuatro, y ella estaba tan cansada como si hubiese hecho diez viajes de los de siempre, con una tinajilla apoyada en cada cadera. El mismo esfuerzo y tiempo con que hubiese ganado cien pesetas, y solamente había conseguido veinte. ¡Pues vaya negocio había hecho! Se sintió estafada, y muy triste y contrariada se fue aquella noche a dormir.

            Apenas rompió el alba, la muchacha fue a aprestar el carro. Quizá era su técnica a la hora de tirar. A lo mejor el fallo estaba en ella, y no en el artefacto. Lo intentó con más ganas, pero el resultado fue el mismo. Araya, furiosa, le dio una patada a una de las tinajas, con tan mala suerte que se le rompió. Acababa de redondear las pérdidas del día, y aún más enfadada que la noche anterior, se fue a dormir.

            Después de una larga semana de intentos, paró el carro al borde del camino y decidió prenderle fuego y volver a su antiguo sistema, pero cuando ya tenía el misto en la mano, vio venir por el camino otro carro, y se le encendió una luz. Hizo parar al carretero, que venía de tierras lejanas, y mientras le daba de beber agua fresca colocó ambos vehículos juntos y se dispuso a compararlos: quería encontrar la razón, el porqué de la ligereza del uno respecto a la pesadez del otro. La respuesta estaba en las ruedas. El suyo las tenía cuadradas, mientras que las del otro eran redondas.

            Araya hizo venir al herrero y le explicó el problema. Él le contestó: “aquí siempre se han hecho los carros así, con las ruedas cuadradas”. La respuesta de la muchacha fue tajante. “Aquí siempre se han hecho mal, pero yo no tengo por qué sufrir los errores del pasado. Quiero unas ruedas como esas. ¿O es que no eres capaz de hacerlas?”

Herido en su orgullo, el herrero le fabricó buenas ruedas de hierro y madera a cambio de un mes entero de agua para la fragua. Necesitaría trabajar mucho para pagar aquella deuda, pero cuando consiguiese amortizar la inversión todo iría, esta vez sí, “sobre ruedas”. Y lo único a lo que le prendió fuego fue a aquellos malditos cuadrados que le habían costado tantos quebraderos de cabeza.

            Cuando algo no funciona, antes de abandonarlo, busca el porqué. Y luego decide. No te limites a deslomarte sin buscar la explicación, no tires la toalla ni aceptes las cosas “porque siempre fueron así”. Usa el cerebro, como hizo Araya, para averiguar lo que está mal, y si quieres mejorar, cámbialo.