jueves, 30 de mayo de 2013

LO SÉ SIN VERTE


            No soy adivina, pero hay cosas que sé sin que nadie me las tenga que decir. Llámalo sexto sentido, si quieres. Y no te lo cuento porque esté haciendo oposiciones a quedarme con el puesto de la Bruja Lola, que una está en paro y es pobre, pero aún tiene dignidad. Te lo digo porque hoy es un día especial, de los que se quedan en rojo en el calendario de la vida.

            Te intuí antes de saberte cierto; no sé, quizá fueron las ganas o la ilusión, pero cuando dije que venías no erré el tiro. Creo que nunca he visto a tu madre tan guapa como ese día, te llevaba escrito en la sonrisa. Tu presencia bailaba en el brillo de sus ojos redondos. Por eso, cuando llegó la confirmación, yo no me sorprendí. Estaba segura de que en un rincón escondido, lejos de la vista del mundo, un corazón diminuto había comenzado a latir, tan leve como las alas de un pajarillo, lleno de ganas de vivir.

            Hay muchas cosas sobre ti que sé sin necesidad de verte. Que serás una buena persona, porque tu padre y tu madre lo son, y no tendrás opción a aprender nada que no sea bueno. Que tienes la nariz de botón, y unos ojos redondos y enormes incapaces de mentir. Que serás el más alto, y también el primero de tu clase, y que comenzarás a bailar tan pronto como consigas tenerte de pie tú solito. Que eres la concreción de un sueño compartido, el de tus padres por serlo, el de tu tía Marta por tener quién la llame “Tía”, el de tus cuatro abuelos, unos por estrenarse como tales, los otros por ver cómo su familia suma uno más, y que tu llegada supone un “antes” y un “después” en unas cuantas vidas.

            Es curioso que te esté contando todas estas cosas cuando tú no has hecho más que empezar a respirar; recibirás mis mimos y mis arrullos mucho antes de poder leerlo, pero quiero que sepas que, aunque no compartimos sangre, a mí me da igual. Soy tu tía postiza, la besucona, la que te cogerá en brazos cada vez que tenga la oportunidad, la que te cantará sobre los escenarios como hace con tu primo Garbancito, como hizo en su día con tus primas, y como hará con el resto de hermanos y primos que vayan llegando. La que te contará todos los cuentos que tú le pidas, incluyendo el de Kiko, el gorrión de la patita torcida. Soy la que te inflará a cosquillas y te dará chapuzones en la piscina de Benicàssim.

            No tengo ninguna foto tuya con que ilustrar este cuento porque aún no te conozco, pero sin verte sé que eres grandote y muy blanco, que todo el mundo querrá pellizcarte los mofletes, que tienes las manitas aún arrugadas y el llanto fuerte, y que tu madre no te puede quitar los ojos de encima ni un momento. Sé todo eso, y también sé que no eres nada mío. Pero yo sí que soy toda tuya, y espero acompañarte toda tu vida, o mejor dicho, toda la mía.

            Que ya te quiero también lo sé sin verte. Bienvenido al mundo, Eric.

miércoles, 29 de mayo de 2013

GENIO Y FIGURA


            Se llamaba Palmira, y era la mujer mejor compuesta que había en el pueblo. Jamás salía de casa sin que sus zapatos estuviesen limpios, su delantal pulcramente planchado, sus labios pintados de rojo y unos pendientes colgando de sus pequeñas orejas. Era bajita y regordeta, y desde lejos se la reconocía cuando venía andando por la calle hacia el horno, a comprar el pan, con su bolsa hecha de primorosa labor de ganchillo doblada sobre el brazo izquierdo.

            Palmira tenía algunas máximas que cumplía a rajatabla. “La mujer que bien se peina, en su casa es una reina”, y ella cuidaba su permanente con mimo poniéndose rulos y pinzas cada noche, y rociándose de laca cada mañana, hasta dejar cada caracol en su sitio antes de salir a la calle. “Aunque no haya comida en la mesa, la cara bien alta y la espalda tiesa”. Ella, que tuvo que afrontar épocas muy difíciles en las que su marido no tenía un jornal que traer a casa, no dejó ni un solo día de pintarse los labios y arreglarse igual que siempre, como si nada pasara. “Mujer sin pendientes es como burra sin dientes”: eran su único vicio y, cuando podía permitírselo, se los compraba a plazos al joyero del pueblo vecino. Tenía justa fama de limpia, su casa estaba siempre tan impecable como ella, y se enfadaba con sus hijos cuando venían de jugar en la calle llenos de barro y con las rodillas sucias.

            La gente sabía de ella que era una mujer de su casa, pulcra y poco dada a cotilleos ni reuniones. Lo que nadie sabía era que estaba enferma. Desde hacía años, su corazón no funcionaba bien; se cansaba mucho, hacía muy despacio las labores del hogar, y aún así terminaba rendida. Por eso, si tenía que salir a hacer algún recado, se pintaba los labios, morados por la insuficiencia cardíaca, para que nadie le notase nada. Un poco de colorete para la palidez, delantal limpio, y a la calle. Andaba lentamente, a pasitos cortos: “Hay que caminar femenino”, decía. Pero la realidad es que no podía apresurarse más.

            La mañana en que se levantó más fatigada que nunca, Palmira se vistió, se arregló y se fue a la peluquería. “Ponme muy guapa, que me voy de fiesta”, le dijo a la peluquera. Ésta, sonriendo, pensó que quizá estaba invitada a alguna boda, ya que era viernes. Después de bien peinada, la mujer volvió a su casa, almidonó su mejor delantal, se lo puso y se sentó en el sillón de hacer la siesta, no sin antes colocarse los pendientes menos valiosos de su joyero.

            No llamó al médico, habría sido una inútil pérdida de tiempo. Sabía que iba a morir, así que se pintó los labios de rojo, como siempre, y eligió el mismo tono para las uñas. No quería que nadie viese el horrible color morado que por momentos iban adquiriendo. Y aunque su corazón clamaba por pararse, no se lo permitió hasta que hubo conseguido terminar su manicura. Entonces cerró el frasquito de laca, no fuera a derramarse manchando su delantal, lo dejó en la mesilla del café y se felicitó a sí misma por haber limpiado pocos días antes la lámpara del comedor, bajo la que seguramente la velarían sus allegados.

            Así somos los humanos: cada uno con su carácter y sus rarezas hasta el final. Genio y figura.

domingo, 26 de mayo de 2013

RECONCILIACIONES


            Andaba yo, desde hace un tiempo, un poco enemistada con mi voz. La cosa empezó hace cerca de un año, cuando pasé por una época en que perdí las ganas de cantar. No me encontraba con ánimos; hay cosas que te tienen que salir de dentro, y a mí, durante ese tiempo, no me nacían las canciones. “Los canarios, cuando están tristes, no cantan”, me dijo alguien. Y eso era lo que me pasaba a mí.

            Justo cuando se me repuso el alma de la melancolía, llegó el primer resfriado del otoño, y con él la faringitis. Prohibido usar la garganta más que para hablar lo imprescindible. Entonces, para no perder las ganas, me ponía música en los auriculares y cantaba con el pensamiento; lo malo es que encadené varios catarros seguidos, y con tanto moco y tanto dolor de cabeza no estaba el horno para bollos. Ni mis cuerdas vocales para gorgoritos.

            La crisis vino a rematar la faena: durante meses no tuve ninguna actuación con mi grupo de folklore, ni me llamaron para ninguna ronda de “albaes”, ni nada. Y pasó lo que tenía que pasar, que cuanto menos practicas, menos te sale. Vas perdiendo los agudos, los graves, la columna de aire, el aplomo… No hay que olvidar que las cuerdas vocales son músculos, y todo músculo, si no se entrena, pierde elasticidad y vigor hasta quedarse reducido a un puñado de fibras desinfladas y mustias. Me centré entonces en las satisfacciones que me proporcionan la escritura y el saxofón y, quitando algún rato tonto planchando, dejé de ejercitar la garganta.

            Pero llegó la primavera, y con ella las celebraciones, las ganas de fiesta en la calle, y las fechas ineludibles de salir a cantar. El lunes pasado fui a dedicarle unas “albaes” a la Virgen de la Huerta, pero a pesar de que calenté las cuerdas antes, no estuve bien. Las notas altas, forzadas; los “tenutos”, temblorosos, y el vibrato, más bien chuchurrío. Cumplí el expediente, pero no hubo brillo, y me fui para casa bastante tristona. Creí que había perdido mi “toque”, que ya no tenía gracia. Una gracia que durante años hizo sentir bien a la gente que entiende y aprecia el canto folklórico valenciano, una disciplina exigente y bella, adornada por el hecho de ser cantada en este idioma dulce y acariciador que lleva en sus sílabas el susurro del Mediterráneo, el olor del azahar y el sabor de las almendras. Creí que ya no podía, y me sentí mal.

            En mi casa me enseñaron muchas cosas: a pedir por favor, a dar los buenos días y las gracias, a comer de todo, a no poner la música alta y a no rendirme. Por eso el martes me sacudí la frustración, me metí en la ducha e hice ejercicios vocales. El miércoles, aprovechando que en el vestuario del gimnasio no había nadie, repetí. El jueves, en el campo y sin más espectador que mi perro, escalas y notas largas. Por la tarde me fui a hurtadillas a una de las aulas insonorizadas de la escuela de música, y el viernes también lo hice. El sábado tenía una actuación.

            Ayer, con todo el público expectante y una temperatura en la calle bastante fresca, mis compañeros comenzaron increíblemente, pero a mí el primer canto no me salió bien. Uno de los melismas principales se me fue al cuerno. “Vaya, no ha servido de nada el esfuerzo”, pensé. No sabía cómo atacar el segundo, eché el resto para no fallar y me excedí con la columna de aire. Sonaron todas las notas, pero quedó excesivamente “gritón”. Cuando me senté estaba a punto de llorar. Tres o cuatro piezas más adelante me tocaba cantar otra vez, y me entró el pánico: era una nana, que para quedar bonita exige un control vocal y una sensibilidad de los que ya no me creía capaz. “Ahora, a media actuación, ya no puedes decir que no”, me dije. Llevaba un bebé de plástico, pero mi “hermana de cariño” Marta me ofreció a su hijo de diez meses, de modo que cogí en brazos a Garbancito, lo senté en mi regazo, ajusté el micro delante de mí y cerré los ojos mientras lo acunaba.

            No sé cómo lo hice pero, cuando terminé de arrullarle y miré hacia el público, vi nadar algunos pares de pupilas. Había recuperado el ángel. A partir de ahí, todo fue sobre ruedas.

            Esta mañana he cantado una misa, y algunas personas han querido saludarme al terminar. Me he reconciliado con mi garganta, y prometo no descuidarla más. Ni a ella, ni a la confianza en mí misma.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL HOTEL


            Cuando el monitor llamó al hotel para realizar la reserva no pensó en lo que iba a ocurrir. Únicamente buscaba un lugar cerca de la playa para que su grupo de muchachos pasase unos días alegres, llenos de sol, mar, buena comida y descanso. Unas vacaciones, como las que pueda desear cualquiera. No se le ocurrió mentir al empleado del establecimiento, porque no imaginaba que la condición de los chavales supusiera ningún problema para nadie.

            Cuando lo dijo, lo hizo inocentemente. “Es un grupo de chicos azules”, comentó. “Pero yo me responsabilizo de ellos, no darán ningún problema”. El empleado se excusó: “tengo que comprobar si para esas fechas hay plazas. No se retire, por favor”. Lo consultó con el gerente. Su reacción fue tajante. “¿Chicos azules? ¿En este hotel? ¡Ni hablar! La gente azul es ruidosa y molesta, su piel destiñe y ponen la piscina perdida, la lencería de las habitaciones se ensucia de azul y hay que lavarla más veces. A la gente normal le resultan incómodos, y no quiero perder el favor de mis clientes habituales. ¿Quieres que aparezcamos en las páginas especializadas como un hotel en el que gente azul deambula por los pasillos? ¡Ni hablar! Que se vayan a otro sitio. Diles que no hay habitaciones libres”.

            El empleado, atónito por la reacción de su jefe, no sabía cómo decirle a quien esperaba al otro lado del hilo telefónico que los “azules” no eran bienvenidos en el hotel. “No hay vacantes”, titubeó. “En la web pone que sí hay vacantes”, contestó el responsable del grupo de chicos azules. El empleado no quería mentir. Él tenía un sobrino azul, y no entendía qué podía haber en él tan malo, ni tan molesto, como para no admitirlo en un hotel. “Señor, en gerencia no quieren ni oír hablar de alojar azules aquí. Dicen que incomodan a los clientes blancos. Por favor, busque otro lugar para ellos”.

            La denuncia del asunto a la prensa fue inevitable. “Hotel de la costa se niega a alojar a un grupo de muchachos azules, discriminándolos por no ser blancos”. Y una gran parte de la clientela habitual, escandalizada, anuló su reserva allí ocasionando graves pérdidas económicas al negocio. Muchas más de las que temía el gerente en caso de haber aceptado la estancia de aquellos chicos. “También hay hoteles en los que no se aceptan críos, y a ellos van personas a las que no les gustan los niños, gente que quiere descansar sin tener ningún enano llorando o alborotando cerca, y nadie se escandaliza por eso”, se defendía el director. Pero era tarde, el daño a la reputación del establecimiento ya estaba hecho.

            El grupo de muchachos azules fue a pasar sus vacaciones a un complejo muy similar al que los había rechazado, a pocos metros de aquel; el último día de su estancia fueron todos a visitar al gerente que no había querido alojarlos. Llevaban girasoles en las manos, y camisetas en las que se podía leer: “SÍ, SOMOS DISTINTOS. NOSOTROS TENEMOS CORAZÓN”. No quiso recibirlos, de modo que dejaron la recepción llena de flores y se marcharon, sin molestar, sin manchar a nadie, sin incomodar a nadie, con su sonrisa puesta en la cara y ningún rencor en sus mentes inocentes.

            Sé lo que os estáis preguntando ahora mismo: “¿Por qué girasoles y no cualquier otra flor?” La explicación es muy sencilla, veréis: si siempre giramos la cara para mostrarla al sol que más calienta, puede que al principio crezcamos, pero al final nos quemaremos. Las estrellas también tienen derecho a que volvamos el rostro hacia ellas, porque, aunque más pequeños, son astros igualmente.

martes, 21 de mayo de 2013

EL PERRO DE ALFREDO


            Podría empezar esta historia diciendo algo así como: “Alfredo era un chico como los demás”. Pero no lo voy a hacer, porque estaría mintiendo. No era un chico como los demás, porque todos somos distintos y especiales. Es lo que tiene ser eso que se llama “individuos”: la palabra lleva implícito lo de que nuestras características son propias, únicas e individuales, valga la redundancia. Comencemos, pues, la historia de nuevo.

            Alfredo era un individuo que vivía entre otros individuos. Pertenecía al grupo social de los que llamamos “adolescentes”, que no son otra cosa que seres a medio camino entre la niñez y la edad adulta, más lo uno o lo otro dependiendo de quién opine. Para los adultos, niños. Para los niños, adultos. Para ellos mismos, algo rarísimo que no entienden. Y en esas estaba Alfredo, tratando de comprender lo que le ocurría cada día, con granos en la cara, pelos en sitios en los que ni sabía que podían salir pelos, sueños raros y reacciones corporales inquietantes.

            Nuestro protagonista no era un mal estudiante, pero con tanta hormona suelta corriendo por su cuerpo y tanto cambio, estaba hecho un lío. No sabía lo que debía hacer, ni cómo comportarse. Le repelían los “tipos duros” del instituto, esos que no pegan un palo al agua, pasan de las clases y coleccionan expulsiones y partes disciplinarios, pero le daba la impresión de que las chicas les miraban más a ellos. Los estudiosos parecían invisibles a los ojos de las rubias. Y él quería que esas rubias se fijasen en él. Tal vez si fumase, como hacían los mayores, parecería mayor él también, y quizá entonces “esa” que solo tonteaba con los de tercero y cuarto le dedicaría una de sus sonrisas. Pensaba todo eso, y después pensaba en su madre, en lo que diría si viese suspensos en su boletín, faltas injustificadas en el informe escolar… o, mucho peor, si le pillaba fumando. Iba a estar castigado hasta que las ranas criasen pelo.

            A veces Alfredo se perdía en ese laberinto de sus cavilaciones cuando estaba en clase. Si la lección era tediosa su concentración se volatilizaba, y él, en lugar de tomar apuntes, dibujaba perros en su cuaderno mientras su mente volaba lejos. Esos trazos infantiles en forma de chucho le ayudaban a pensar. Tenía que decidir qué y quién quería ser, qué deseaba estudiar, hasta dónde iba a llegar y cuánto esfuerzo necesitaría para conseguirlo, pero no podía hacerlo porque lo único que ocupaba sus pensamientos era cómo demonios lograr que la rubia le mirase a él y solamente a él. Y lo peor de todo es que no le podía contar aquello a nadie, porque se reirían en su cara. Por eso dibujaba perros, porque si escribiese poemas para ella y alguien se los pillase quedaría como un panoli, y eso sí que no. Quedar como un panoli era lo último. Sería su ruina social.

            Alfredo piensa que sus problemas son enormes, que lo que le ocurre solamente le ocurre a él, y que nadie le entiende. No se da cuenta de que el proceso de crecer y madurar es casi el mismo para todos, y que su identidad de adulto dependerá de los caminos que escoja ahora. Y no, no me refiero a que decida ya si quiere estudiar ciencias o letras, sino a algo muy distinto: me refiero a si se dejará llevar por los que ya han elegido no tener futuro o peleará por el hombre brillante y triunfador que puede llegar a ser si se esfuerza.

            Me regaló uno de sus perros garabateados. Lo guardaré, porque sé que en unos años podré enseñarlo orgullosa diciendo: “Este es un dibujo original de Alfredo, el gran (póngase aquí arquitecto, médico, director de cine, chef o lo que proceda), que estudió con mi hija cuando era jovencillo”.

            Y no te preocupes por la rubia, muchacho. Lo más probable es que dentro de unos años te gusten las morenas.
 

lunes, 20 de mayo de 2013

LA GALLETERA


            Ana, cuando era pequeña, soñaba que era médico pediatra. Estaba convencida de que era lo que iba a hacer con su vida, de modo que pidió, por Navidad, un maletín de doctora, la bata blanca y el fonendoscopio. Extrañamente, todos sus muñecos fueron enfermando de distintas patologías, y ella los trató con el mayor cuidado. La infección de los puntos rojos de su Nenuco (ella misma le pintó los síntomas con rotulador) se solucionó con unas cucharadas de azúcar simuladas y unas friegas de alcohol de 96º, que disolvió la tinta y sanó al enfermo. La calvicie repentina de otro de sus “niños” de plástico resultó incurable, porque después de arrancado el cabello y pegado con cola de carpintero parecía que, más bien, el paciente tenía una rara tiña bastante antiestética. Por último, trató a una Barbie de la “enfermedad del trasero azul”; la tinta reaccionó mal con el látex de la muñeca y, por muchos lavados que le hizo con distintas sustancias, solamente consiguió normalizar su color en un 80%. Como recurso desesperado echó mano del aguarrás, y a la pobre Barbie se le derritieron las posaderas. Estaba claro que la medicina no era lo suyo.

            Abandonado el campo sanitario, a la niña se le metió en la cabeza que, si no podía ser pediatra, sería maestra. Hizo que su padre le instalase en su habitación una gran pizarra, y pasaba las horas explicando cosas a sus alumnos, los (de nuevo) sufridos muñecos. En honor a sus minusvalías, la Barbie sin nalgas y el niño tiñoso ocupaban la primera fila en su aula. Abandonó la vocación cuando puso su primer examen y todas las hojas quedaron en blanco. “¿Ni vuestro nombre habéis aprendido a poner?” le espetó, muy enfadada. “¡Analfabetos! ¡Tenéis todos un cero!”

            Ana se sentía fracasada. Una fracasada de seis años, sí, pero fracasada al fin y al cabo. Pensó que quizá era demasiado pronto para estar segura, así que se dio a sí misma un largo espacio de tiempo para decidir a qué quería dedicarse de mayor. Deseaba ser útil a los demás, darles algo que les hiciese un poco más felices. Pero no se le ocurría nada que cumpliese con esa condición, y con otra mucho más importante: que también la hiciese feliz a ella. Que llenase sus horas, espolease su imaginación y le exigiese ser un poco mejor cada día. Que le permitiese relacionarse con la gente, conocer, charlar y sonreír.

            Con esa idea en la cabeza fue creciendo, y un día, como por casualidad, encontró lo que buscaba. Paseaba por una calle de su ciudad, y un delicioso olor a vainilla la atrapó, guiándola hasta un escaparate lleno de galletas. Las había de todas las formas y colores imaginables: como animales, como monedas, flores, muñecos… No les faltaba detalle alguno, y casi daba pena pensar en hincarles el diente. Curiosa, entró en la confitería, preguntó, compró una y la mordió. Dulce como un caramelo sobre la tibia blandura de la masa de galleta de mantequilla, como un beso de la abuela pintado con tonos vivos, como un soplo de infancia vestido de juguete recién salido de su embalaje en Reyes. Eso, exactamente eso era lo que quería hacer.

            Desde entonces, Ana, la galletera, modela los deseos de los demás y los convierte en galletas de colores que, invariablemente, provocan una sonrisa en quien las recibe. Sus pequeñas y efímeras obras de arte hacen que la gente se sienta especial, y eso hace que ella afronte su trabajo cada día sonriendo. Con sus manos, que no tienen más límite que el de la imaginación, soluciona ese moderno problema que a todos se nos ha presentado alguna vez: “Y yo, a esa persona, ¿qué diantres le regalo?” Si alguno de ustedes se ve en ese dilema, mi mejor consejo es que acuda a ella.

            De las galletas también se pueden aprender cosas. Esos pequeños trozos de masa horneada y decorada le mostraron a Ana que, cuando uno pone pasión en lo que hace, eleva su oficio a la altura de las profesiones más valoradas. Ella, con sus dulces, puede curar tristezas sin ser médico, enseña a apreciar los detalles sin ser maestra, y todo eso, unido a la ilusión que ve en la sonrisa de sus clientes, la hace feliz.

            Estoy permanentemente a dieta, pero jamás diría que no a una de tus obras, Ana. Son mi antidepresivo favorito. ¿De qué las hiciste hoy?
 

jueves, 16 de mayo de 2013

MENSAJES EN EL MURO


            Después de terminar las obras de la línea férrea, construyeron un hermoso parque lleno de paseos, árboles, bancos y sombras. Y para separar ambas cosas, un larguísimo muro, que pintaron de gris. Los gamberros del espray de colores y el nulo respeto por la propiedad común lo llenaron de dibujos de todo tipo, pero lo hicieron por la parte del tren. La cara que daba al parque, durante unos meses, permaneció limpia.

            El poeta iba a soñar bajo una buganvilla, en uno de los bancos de madera. Allí leía, escribía, se enamoraba de cada mujer que veía pasar corriendo o caminando, se desenamoraba cuando pasaba otra y la encontraba más bella que la anterior, y por todas escribía hermosos versos de pasión encendida. Pero todo cambió el día que la quiropráctica paró su entrenamiento frente a él para preguntarle la hora; había olvidado su reloj, y no quería llegar tarde a trabajar. El poeta la vio tan hermosa y deslumbrante como un ángel, y le dijo: “Las cinco menos veinte. La amo”. Ella se echó a reír y continuó corriendo sin mirar atrás.

            Al día siguiente, el poeta esperó a la quiropráctica junto al muro. Al verla venir con su trote habitual y sus mallas ajustadas, la hizo parar. Le ofreció un ramo de margaritas blancas y una frase que, para ella, había escrito con espray negro sobre el muro gris. Decía así:

            “PREGÚNTALE A LOS PÉTALOS”.

            Ella sonrió con cortesía, le reconoció la amabilidad, y rechazó suavemente su regalo. “Muchas gracias, caballero, pero no tengo costumbre de hablar con las flores”. Al día siguiente, él la esperaba en el mismo lugar con un nuevo ramillete de margaritas. Esta vez había escrito su frase en color azul cobalto. Ella volvió a parar. “Gracias, pero ya le dije ayer que no me interesa”.

            Al tercer día, el poeta, que ya había escrito treinta febriles poemas de amor desesperado y quiropracticado, la esperó de nuevo, con la frase pintada en verde esperanza y las flores en la mano. Y ella, un poco contrariada, se detuvo ante él, rechazó sus flores y le amenazó con denunciarle por acoso. Al cuarto día, la frase era amarilla, las flores blancas, y ella ni siquiera se detuvo. Pasó sin dignarse a mirarle.

            Inasequible al desaliento, el poeta escribió cada día sus sentimientos con un color distinto, y llenó el muro con la misma frase durante tres largos meses. Noventa ramos de margaritas que se fueron marchitando en sus manos y en la papelera más cercana, que era donde los depositaba después de ser ignorado. La vio pasar noventa veces, y todas ellas la admiró. Para él, su ropa ajustada era la segunda piel de una mariposa; su melena teñida de rubio recogida en una cola de caballo era una madeja de oro hilada por el mismísimo Sol, y la firmeza de sus piernas y brazos, la esbeltez de su cuello, la tersura de su vientre, la rectitud de su columna, eran los rasgos que una diosa griega debió dejarle en herencia para que fuese la criatura más hermosa del mundo. Hasta el sudor de su prolongada carrera, que le llenaba la ropa de manchas oscuras bajo los brazos y en la espalda, era rocío perfumado de las rosas del mismísimo Olimpo. Dos libros completos de poemas le había escrito ya. Y ella no se molestaba siquiera en regalarle una mirada que le diera un poco más de esperanza.

            El sentido práctico de la quiropráctica le decía que al final se cansaría y la dejaría en paz, pero en vista de que los días pasaban y él no cejaba en su empeño, se paró a pensar en cómo hacer para desengañar al poeta y librarse de su insistente y pegajoso desespero. Pensó en denunciarle, pero le dio pena. No era más que un loco infeliz.

            Al día siguiente, cuando el poeta fue a pintar de nuevo su frase con el color número 91, un lila vibrante y lleno de primaveras florecidas, encontró en el muro, escrito en marrón de muerte otoñal, este mensaje:

“Pregunté a los pétalos y éstos me contestaron: “NO”. No mates una sola margarita más por mi”.

Y el poeta, triste y por fin desengañado, se fue a buscar otra corredora de la que enamorarse.

Hay personas que solamente entienden cuando les hablas en su mismo idioma.
 

martes, 14 de mayo de 2013

UN TELEDIARIO


            El año pasado me exilié voluntariamente dos meses a la montaña. Me fui a mi refugio tuejano, dediqué mi tiempo a contemplar el ir y venir de las golondrinas, a pasear con mi perro, a hacer puzles y jugar al scrabble con mis hijas, leer, escribir, dormir y charlar con los vecinos de mi calle. Decidí, de forma consciente, no ver durante ese período ni un solo informativo en televisión, y tampoco conectarme a las páginas de noticias de Internet. De hecho, ni siquiera tuve acceso a la Red durante la mayor parte del tiempo. Ya podía haberse hundido medio mundo en esos días, que yo no me habría enterado. Reconozco que fue un tiempo de ignorante felicidad.

Fueron dos meses los que estuve desconectada. Ocho semanas. Sesenta y un días. Cuando me desenchufé, en mi Comunidad Autónoma estábamos así: los edificios recién construidos en la Ciudad de las Ciencias estaban llenos de goteras y se les caía el revestimiento exterior. El nivel de paro era de escándalo. El índice de pobreza había aumentado de manera alarmante, de forma que muchos niños de los barrios más deprimidos solamente hacían una comida diaria, y era gracias a la ayuda de los profesores de sus colegios. Unos profesores, por cierto, con el sueldo medio amputado. Se juzgaba a varios políticos por corrupción galopante, el aeropuerto nuevo de Castellón seguía sin aviones (pero eso sí, tiene una estatua muy chula en la puerta). Las farmacias cerraban día sí, día no, porque se les debían los medicamentos de meses. A los inmigrantes ilegales o sin trabajo se les había retirado la asistencia sanitaria. Y bueno, algunas cosillas más, pero en la misma línea.

            Pensé en ver, para empezar, un telediario de los del canal autonómico: creí que sería más soportable que uno nacional. Ya sabéis, por aquello de volver a la realidad poquito a poquito e ir subiendo la dosis de información gradualmente. Y esto es lo que vi. Vi que el telediario del canal de (casi)todos los valencianos, que ya antes era una máquina de propaganda política, se había convertido, además, en el boletín de los Mundos de Yupi: qué buenos son nuestros mandamases, qué guay es la Comunitat Valenciana, qué bien nos va todo, tenemos playa y pibones, paella y horchata a montones, tenemos barcos y aviones, coches que corren y hacen burrúm, burrúm, falleras y una Ciudad de las Ciencias sin parangón en todo el orbe. Te da la impresión de que en cualquier momento la Alcaldesa y el President van a salir de la mano de Epi y Blas, y jugarán al corro de la patata contentos y felices en el prado verde de los Teletubbies. Pensé: “Vaya máquinas, en dos meses lo han arreglado todo, y todo, y todo, como decía aquel anuncio de seguros”. Pero no. La cara “B” del disco, eso de que no podemos pagar nada de todo lo anterior, que esto es la cueva de Alí Babá y demás “detallitos”, no tienen la importancia suficiente como para salir en las noticias. Se me quitaron las ganas de ver más informativos.

            No se engañen, no crean que lo hacen para evitarnos la cruda realidad. Lo hacen porque piensan que somos idiotas. Porque si tapas la puerta de un estercolero con seda y echas suficiente ambientador, quizá desde fuera no se note lo que hay dentro. Pues hale, ¡viva la madre superiora, y viva la objetividad periodística de mi pueblo!

            Estoy deseando que lleguen las vacaciones escolares para volver a exiliarme. Al final haré caso a mi padre, y solamente veré películas de Clint Eastwood. Saldré ganando, y disfrutaré de la inimitable voz de Constantino Romero, en paz descanse.
 

domingo, 12 de mayo de 2013

LA PISCINA


            Llevaba mucho tiempo meditando el asunto: los pros, los contras, beneficios e inconvenientes de apuntarme a nadar en la piscina cubierta. En un lado de la balanza puse mi condición física, que es francamente mejorable (por no decir tirando a penosa), lo lechoso de mi epidermis, que hace que vaya siempre huyendo de quitarme ropa porque la tripa de una rana está más morena que yo, y la falta de tiempo que me aqueja en todas las épocas del año: siempre tengo algo que escribir, o que corregir, una lección de saxofón que estudiar, o una nueva pieza de laúd que practicar, o algo que planchar, o… vaya, que cualquier excusa es buena. En el otro platillo de la balanza puse las ventajas: la tengo cerca y no es cara.

            Es notorio que ganaban por goleada los inconvenientes, pero hete aquí (oye, qué bonito queda eso: hete aquí, hete aquí. Parezco una escritora de verdad y todo) que fue a caer en mis manos un arma peligrosa, de esas que carga el diablo, llamada “libro de autoayuda”. Ese libro y nadie más ha tenido la culpa. Ese manual de bricomanía para psicólogos caseros se empeñó en decirme: “convierte los inconvenientes en ventajas que jueguen a tu favor. Todo lo negativo tiene una cara positiva, y debes darle la vuelta para favorecer tu desarrollo. Por ejemplo: si no encuentras ropa que te guste, no te conformes y aprende a cosértela tú misma. Si no encuentras un taxi, aprovecha para dar un beneficioso paseo. Evitarás la frustración, tan peligrosa para el ánimo, y mejorarás otros aspectos de tu vida, como son tu salud o tu creatividad”. Hale. Y el autor se quedó tan ancho.

            Pasé la noche pensando en ello, y las palabras del libro sonaban en mi cabeza como un eco: “convierte los inconvenientes en ventaaajaaaaas, convierte los inconvenientes en ventaaaaajaaaaasssssss”. ¿Y si tenía razón? ¿Y si realmente le podía dar la vuelta a todo? ¿Que estoy floja? Nadar mejoraría mi condición física. ¿Que soy blanca? Pues a quien no le guste, que no mire. ¿Que no tengo tiempo? Bueno, las horas del día no se estiran, pero si me quito la siesta, madrugo más para planchar y obligo a mi familia a que eche una mano en casa, quizá pueda arañar unas horas a la semana para ir a nadar. Y mi entusiasmo fue creciendo a medida que yo organizaba mi nueva y fantástica faceta de nadadora: “haré una horita de largos en la piscina, y quizá antes me dé tiempo de subirme a la bicicleta, o a la cinta de caminar. Y en dos o tres meses veré cómo mi cuerpo cambia, mis hombros de pollo se ensanchan, mis brazos flácidos se tornean, mis muslos adiposos se reducen, mi contorno barrilete adquiere la forma de guitarra que un día tuvo y no sé en qué momento perdió”.

            Cuando me desperté esta mañana desbordaba entusiasmo, ilusión y ganas por zambullirme en la piscina y ponerme a nadar cual Esther Williams del siglo XXI, de modo que busqué los trastos de darle al crawl, los metí en una bolsa, y allá que me fui. Caminé hasta el polideportivo como si llevara alas. Ni siquiera me pesaba la bolsa deportiva. Formalicé mi inscripción en un plis-plas, me metí en el vestuario, me desnudé y me calcé el bañador. Digo me calcé porque es un modelo de hace unos años, y no me entraba ni a tiros, pero al fin conseguí embutirme en él. El gorro de silicona, que previamente había empolvado, hacía que pareciese un gallo con cresta y todo, pero bueno, eso no me tenía que desanimar. A nadie le sienta bien el gorro de nadar. Con las chanclas tuve un conflicto: había cogido las de mi hija por error, y son dos tallas menos, pero en fin, me apañaría como pudiera. Me coloqué las gafillas, y atravesé el vestuario para acceder a la piscina, cometiendo el error (tan femenino, oigan) de mirarme al espejo al pasar. Era algo así como un sapo albino con ínfulas punk.

            Después de la ducha preceptiva, me lancé al agua de cabeza, como en mis tiempos mozos. Un planchazo de antología. Las gafillas se me pusieron de collar, me atraganté y se me quedaron los muslos de color escarlata. Fantástico para empezar. Los nadadores de las otras calles ni me miraron, menos mal. Comencé a bracear tratando de no desanimarme. La piscina me había parecido más pequeña desde el exterior. Perdí el resuello seis veces antes de llegar al borde de enfrente. Traté de recordar las lecciones que tomé de niña, pero solamente pude evocar la cara de iguana que tenía aquella profesora.

            Tres largos. Tres. Ya no me atreví a atacar el cuarto. Para ser una morsa epiléptica con un ataque de asma tratando de mantenerse a flote solamente me faltaba el bigote. Lo demás lo tenía todo.

            He tirado el libro de autoayuda y el gorro de silicona. Me conformaré con dar un paseíto por mi barrio cada día; quizá no sea tan efectivo, pero al menos mantendré la dignidad intacta.
 

jueves, 9 de mayo de 2013

LA REGATA


            Cuando me enseñaron la barca, pensé que estaban locos. “Este es el objetivo de tu presente: reunir una tripulación de trainera. Como ves, cada remo es el puesto de un remero. Tu misión será encontrar a las personas que van a ocupar esos bancos y conseguir que aprendan a remar todas a la vez, de manera que puedas ganar una regata. Debes elegir individuos fuertes, que boguen con vigor, y un patrón lo suficientemente audaz e inteligente como para guiar la trainera entre las olas de un mar bravo. La idea es intentar que tu barca llegue a puerto, sin volcar, y a ser posible antes que las demás”.

            ¡Menudo encargo! Los Hados, a veces, nos piden unas cosas… Pero bueno, si esa era la misión de mi presente, tendría que espabilarme y buscar tripulación para aquella trainera que ni siquiera tenía nombre pintado en los costados de proa. Comencé mirando en los gimnasios. Buscaba mozalbetes fortachones, sobre todo en las máquinas de simulación de remo. Me inflé a ver torsos fornidos de chicos que se miraban los bíceps al pasar ante cada espejo. Reuní un buen puñado de ellos y les propuse un paseo por el puerto. Dos se marcharon nada más comprobar con la mano la temperatura del agua. Otro más lo hizo al ver que no había salvavidas ni cascos. “La seguridad ante todo”, dijo.

            Con el resto repartidos por la trainera y mis manos en el timón, comenzamos el paseo. Una ola casi nos hizo zozobrar, y “mis chicos” comenzaron a discutir entre ellos. Algunos se cambiaron de borda porque el ataque con el remo era mejor del otro lado, y desequilibraron las fuerzas. Cuando llegó la segunda ola, me acusaron de mal timonel y comenzaron a disputarse entre ellos mi puesto. Yo me senté y cogí un remo, esperando que alguien empuñase la caña del timón. No lograron ponerse de acuerdo, y después de unos minutos sin gobierno, la tercera ola nos mandó a todos al agua. Mi primer intento de reunir una tripulación había fracasado.

            “No elegiste a las personas adecuadas”, me dijeron los Hados. “Esta regata es tu presente, y se convertirá también en el presente de quienes conformen tu tripulación. Piensa que la implicación de todos debe ser tal como para llegar a puerto. Si hay un problema, debéis seguir remando. Si a alguien le duele un brazo, debe seguir remando. Si alguien se fatiga o desmaya, hay que ayudarle a seguir remando. Si surge un imprevisto, hay que solucionarlo cuanto antes y seguir remando. Esto es como la vida. Tenlo en cuenta”.

            Lo pensé despacio, y me di cuenta de por qué había fallado en mi primer intento: solamente miré lo de fuera, y las cualidades necesarias para afrontar este reto vital se esconden dentro de las personas. Por eso rompí mis criterios, vencí mis prejuicios y comencé a llamar a sus puertas.

            Primero fui a buscar a Rocío y a Ana, dos mujeres jóvenes que persiguen el sueño de ser madres. Ambas saben ya lo que es ver frustrado un anhelo profundo una y otra vez, y, aún heridas en su condición de mujeres, se levantaron y siguieron peleando para lograrlo. Ellas fueron mis primeras remeras. Después fui a por Conchi, Olga y María Jesús, tres fieras que lucharon contra el cáncer de mama y vencieron. La aparente fragilidad física de dos de ellas es eso, solamente apariencia. Busqué también a Nandi, que está en plena batalla para vencer a la misma enfermedad. A pesar de las veces que pareció que remitía y volvió, ella sigue empecinada en ser más fuerte que el mal y superarlo, y lo hará. Las cuatro ocuparon su puesto en la trainera, empuñaron sus remos y se ayudaron a vendarse las manos para no llenarse de ampollas.

            Continué buscando miembros para mi tripulación. Llamé a mi paisana Ana, que en tres años vio cómo moría su marido, se hundía su empresa y le quitaban cuanto tenía, incluida su casa, dejándola sin medios para criar a sus dos hijos pequeños. La recordé matándose por salir a flote sin perder la sonrisa, y supe que alguien con tanto coraje era imprescindible en nuestro barco. También Teresa y Gloria, cuyos compañeros de vida enfermaron de males crónicos y terribles, y que tiran adelante con los hijos, la casa, las dudas y los miedos, las constantes visitas médicas y las secuelas permanentes, se subieron al barco. Ellas tres saben bien lo que es bogar contra corriente sin descanso, día y noche, y ser capaces de mover con su fuerza incluso navíos anclados.

            Mayte y Àngels pensaron que no podían, porque la fibromialgia es mala compañera de viaje, pero para mí eran dos remeras necesarias: están acostumbradas a pelear contra sus dolores y contra la incomprensión de todo el mundo. Las convencí, y se embarcaron.

            Esta, y no otra, es mi tripulación. Nos turnamos al timón, porque todas sabemos cuál es el rumbo: hacia delante, siempre. Cuando una se cansa, otra la releva. Hablamos, nos entendemos, compartimos, porque lo que una no sabe la otra se lo enseña, y sé que llegaremos a puerto. Tal vez no tan rápido como otros, quizá nos cueste más tiempo y esfuerzo, pero nuestra barca no se hundirá. Para algunas he escrito cuentos, a otras las conozco solo por la Red, y a otras tengo la fortuna de haber podido abrazarlas, y sé que ellas, más que nadie, merecen que esta singladura tenga éxito: en la regata de la vida, todas son campeonas.

            Esta trainera, llena de fantasía y optimismo, de sueños, coraje y experiencias vividas, solamente podía tener un nombre. Hubo un total consenso al elegirlo. Se llama ADELANTE. Es un honor para mí remar junto a heroínas como ellas.

martes, 7 de mayo de 2013

COMO EL VIENTO


            El grupo llevaba ya dos días en la playa. Era la acampada anual de la pandilla, la que llevaban haciendo puntualmente cada primavera desde hacía quince años. Cuatro días, solo para adultos, en los que dejaban de lado la vida habitual para ser un poco más libres, pasear, charlar, cantar junto al fuego por las noches, darse algún chapuzón y mirar las estrellas.

            Sergio siempre había ido solo, hasta ese año. Era el recalcitrante soltero, pero también el simpático, el ingenioso de la cuadrilla. El que tenía continuamente el chiste a flor de labios, la canción adecuada, la chispa. El resto del grupo había sido el mismo desde la primera acampada: tres matrimonios más, todos juntos desde muy jóvenes.

Paula y Julio eran los que más se relacionaban con Sergio el resto del año. Para ellos, la eterna pareja perennemente enamorada de las manos enlazadas y los largos paseos a la luz de la luna, su amigo era alguien de total confianza, muy cercano y querido. Por eso, al verle aparecer en la playa con una chiquita colgada del brazo, se alegraron tanto o más que el resto. Al fin el soltero de oro había encontrado alguien con quien compartir su tiempo.

Aquella segunda noche, Julio se durmió, agotado por la jornada de pesca. Vera, la nueva, bebió demasiado, y después de vomitar se enrolló en su saco de dormir y ya no se movió en el resto de la noche. Por eso, cuando Paula decidió ir a la furgoneta a por más cervezas, Sergio se levantó para acompañarla.

–Bueno, no me has dicho qué te parece mi novia.

–Porque no se te despega de la boca. Menos mal que se le ha ido la mano con el ron, si no, no te deja ni hablar en toda la noche –bromeó Paula.

–No, en serio –le apremió Sergio–. Dime qué te parece.

–Pues que me alegro de verte tan enamorado, ojalá os dure –contestó ella sin mirarle.

–No es eso lo que te he preguntado –la detuvo cogiéndola suavemente del brazo y volvió a inquirir–. Hablo de Vera. ¿Qué te parece?

Paula intentó sonreír, pero no le salió.

–No sé, Sergio. Muy joven. Muy callada. Muy sosita. Muy seria. ¿Qué le ves? Siempre pensé que acabarías con alguna mujer más… ¿cómo lo diría? Necesitas alguien alegre, una persona asentada, segura, que cante contigo y que ría contigo, que sepa entender tu humor y seguir tu ritmo, y yo a Vera no la veo así. Igual me equivoco, pero creí que cuando te emparejases lo harías con alguien más parecido a ti.

–Sí, yo también esperaba encontrar a alguien como tú, pero sigues casada, y no tienes ninguna hermana gemela, de modo que…

Paula se echó a reír.

–¿Ves? Ni siquiera cuando se habla en serio eres capaz de dejar de bromear.

Sergio la miró.

–¿Quién ha dicho que esté bromeando?

Paula quedó muda, incapaz de reaccionar, y el eterno amigo, sin dejar de mirarla a los ojos, dejó salir todo lo que jamás habría dicho si Julio estuviera delante y si los cuba-libres no le hubiesen soltado la lengua.

–Llevo quince años viéndote y deseando haberte conocido antes que él, porque si en vez de ser la mujer de mi amigo lo fueras de cualquier otro, ya sabrías a qué saben mis labios. Pero, como no es así, me he conformado con soñar que son mis dedos, y no la brisa, lo que enreda tus rizos locos, y que son mis manos, y no el viento, quien dibuja tu silueta irrepetible bajo ese vestido de flores que te pones para pasear por la arena. Me he conformado con darte un casto abrazo y dos besos de amigo en las mejillas cuando nos encontramos, y lo que de verdad deseo es tumbarme contigo en la orilla para dejar una sola huella de dos cuerpos confundidos. Tú eres mi mitad, tú y ninguna otra, y…

Paula se levantó, y sacudiéndose la arena del vestido, comentó: “Voy a por unas cervezas. Julio, ¿me acompañas?” Pero su marido no le respondió, se había quedado dormido, agotado por la jornada de pesca. Vera, la nueva, dormía también, pero de la borrachera que llevaba. Sergio no se movió. “No, yo creo que me voy también a dormir. Buenas noches a todos”.

Sin mirar a nadie, para no delatar los pensamientos que le habían invadido unos minutos antes, el eterno soltero levantó a su ya casi ex novia de la arena y la llevó a la caravana mientras murmuraba: “a veces me gustaría ser como el viento”.
 

domingo, 5 de mayo de 2013

"MAMÁ" NO ES SOLO UNA PALABRA


            No puedo imaginarlo. Ni siquiera me atrevo a pensar qué habría sido de mí y de mi vida si no hubiese tenido conmigo a mi madre. Estoy segura de que yo sería distinta, porque ni siquiera, a estas alturas, habría conseguido llegar a entenderme a mí misma si no hubiera podido mirarme en el espejo que es ella.

            “Mamá” no fue la primera palabra que pronuncié. Ni siquiera esa mínima satisfacción fui capaz de darle, a la pobre. Después de vomitar por mi culpa todo lo que comió durante semanas, después de deformar su cuerpo, restarle sus recursos, poner en peligro su vida y ocasionarle meses de incomodidad y largas horas de intenso dolor, después de derramar su sangre y alimentarme de su pecho, robarle el sueño y estropear sus manos obligándola a lavar pañales una, y otra, y otra vez, lo primero que dije fue “papá”. Pero ella no me guarda rencor por eso. Ni por eso, ni por nada, porque no hay capacidad de perdón mayor que la de una madre hacia sus hijos.

            No sé, de verdad lo digo, si llegaré en mi vida a ser tan madre como lo eres tú, mamá. Tus manos fueron mágicas para mí a la hora de aliviar mis dolores de niña: la barriguita, los dientes, los mocos, las caídas y chichones. Sé que muchas veces deseaste sufrir tú ese dolor para que no lo tuviera yo, y sé que pasaste muchas noches sin dormir junto a mi cama vigilando mis fiebres, o evitando que me rascara los granitos de la varicela y me quedasen cicatrices imborrables. Tus manos, que son como serán las mías dentro de unos años, lo podían todo.

            De ti he aprendido, y sigo aprendiendo. A cocinar, aunque nunca llegaré a tener la gracia con los guisos que tú tienes. A tejer, aunque no pasaré horas, como pasaste tú, moviendo las agujas para terminarme un jersey a tiempo de estrenarlo el domingo. Y el amor por los libros, que me nació de verte continuamente con alguno entre manos; me decías que leer era la mejor manera de viajar sin moverse del sitio, y tenías razón. En casa pudieron faltar algunas cosas, pero jamás faltó un libro para leer

 Mi juventud y mi inexperiencia me impidieron pararme a valorar esas cosas hasta ahora. No quise sentarme a tu lado para que me enseñases a coser, siempre encontraba algo mejor o más interesante que hacer. Tampoco puse mucho empeño en ayudarte a limpiar, aligerando de trabajo esa espalda que te dolía a diario, aunque no lo dijeras. No te veía, porque lo hacías mientras yo estaba en el colegio, acarrear las pesadas bolsas de la compra cuesta arriba hasta casa. Cuánto esfuerzo, mamá. Cuánto, nunca pagado, nunca reconocido. Ojalá lo hubiera visto antes.

            Sé que nunca dejaste de estar detrás de mí, aunque no te viera, y que me ayudaste a resolver mis conflictos adolescentes con tus consejos. Unos consejos que no busqué, porque pensaba que tú no sabrías nada de esos asuntos que me preocupaban. Me contestaste muchas preguntas que no te hice, me adivinaste muchos pensamientos que no expresé, y yo no entendí cómo lo hacías, pero lo hacías. Me apoyaste aunque no te gustase la decisión que había tomado, preparando una tarta para celebrar, o aguja e hilo para recoger los pedazos y volverlos a juntar en los casos de absoluto batacazo, que los hubo. Siempre estuviste y ahí sigues, aunque parezca que no, tratando de comprenderme y de ayudarme, porque cuando yo voy, tú ya has ido y has vuelto más de una vez.

            Nunca te faltaron ejemplos para darme; lo que estaba haciendo mal, alguien lo hizo mal antes que yo y sufrió las consecuencias. No me explicaba cómo, pero te salían familiares hasta de debajo de las piedras: “el tío Fulano, por no comer verdura, se murió de un gran atasco”. “La tía Menganita, por jugar con un petardo, se voló un ojo y ahora lleva un parche como los piratas”. Tardé en saber que las madres se inventan los cuentos sobre la marcha, para ayudar a los hijos a entender algunas cosas que han de asumir rápidamente por su propio bien. El refranero popular, de hecho, estoy segura de que lo inventaron las madres.

            “Eres madre desde que tu hijo abre los ojos hasta que tú los cierras”. No recuerdo quién me dijo esa frase, pero sé que, cuando la escuché, inmediatamente pensé en ti, mamá. Que no fuiste mi cómplice de niña, porque tu deber no era ser mi amiga, sino ser mi guía. Que ensanchaste tu pecho y tu regazo tanto como para que cupiéramos en él tus hijos primero, y tus nietos después, porque ellos son también parte de tu obra, ya que tú, con tu ejemplo, me enseñas cada día cómo ser mejor madre. ¿Cómo sabría yo luchar así si tú no me hubieras enseñado a hacerlo?

            Por todo eso, mamá, te regalo hoy este cuento. Porque aún me escondes tus dolores mientras me preguntas por los míos. Porque sigues adivinando en el tono de mi voz que alguna preocupación me ronda la cabeza, y no paras hasta que averiguas lo que es para tratar de ayudarme a remediarlo. Porque no hay flores en el mundo suficientemente hermosas como para regalarte, y además, ellas se marchitan y mueren, y lo que yo siento por ti, mamá, solo morirá cuando yo deje de respirar.

            El día que ya no estés conmigo sé que usaré algunas de tus cosas: tu rosario, tu pastillero de plata, tu collar de perlas de Mallorca… pero no porque yo no tenga objetos parecidos, sino porque esos serán para mí tesoros solo porque un día fueron tuyos. Porque tus manos los tocaron, y al tocarlos yo podré imaginar que siento aún tus dedos sabios, esos que peinaban mi melena rebelde y arreglaban cada otoño el bajo de mis pantalones. Pero ese día aún queda muy lejos, porque hoy celebro que aún estás conmigo, que aún puedo hacerte reír, abrazarte y quererte. Qué orgullosa estoy de que tú seas mi madre. No imagino a nadie que pudiera haberlo hecho mejor.

            No sé cómo medir lo que te quiero, si en grados, como los terremotos, o en toneladas, o en kilómetros. O mejor te digo que te quiero todo lo que me cabe en el corazón, y una pizca más, y por eso quiero que sepas que hoy no celebro el día de la madre. Hoy celebro la suerte que tuve por haber nacido de ti, precisamente de ti y de ninguna otra. “Mamá” no es solo una palabra. ”Mamá” es algo que empieza en tus ojos y acaba en los míos, y tiene un mundo entero entre medias: el que tú creaste para mí. Y para agradecerte eso, mamá, no me alcanzará la vida. Feliz día, mi Reina. 
 

jueves, 2 de mayo de 2013

PODRÍA SER


            Nines se despertó sobresaltada. Lo último que recordaba era el dolor antes de quedarse dormida. No había sido tan terrible, después de todo. “Fue peor el parto de mi Mario”, pensó. Miró a su alrededor con curiosidad. Se movía ligera, como cuando era mocita. Ella, vital e independiente hasta la vejez, había mantenido siempre el ánimo joven, lleno de ilusión por las pequeñas cosas. Por eso, cuando pasó ante un espejo, se vio estupenda, con aspecto de veinteañera en plena excursión por el campo.

            Caminó por aquel nuevo lugar; estaba lleno de gente, y no parecía muy distinto al mundo que acababa de dejar atrás. Olía bien, los jardines tenían flores, el viento era calmo y susurrante, y todo invitaba a la sonrisa y al descanso. El resto de personas que paseaban, charlaban o tomaban algo en las terrazas tenían la misma luz en la cara, la misma sonrisa tranquila que ella lucía. Preguntó dónde estaba, y los más cercanos a ella le dieron la bienvenida. “Estás en el mundo SÍ. Aquí venimos todos los que vivimos aceptando y sonriendo, favoreciendo y entregando, los que mantuvimos el espíritu positivo y constructor. Es el mejor mundo, desde luego”.

            Nines, curiosa, continuó andando. Se sentó a tomar una horchata fresca junto a un kiosko del parque, y enseguida pegó la hebra con todos los que estaban por allí. “¿Acaso hay otros mundos en este lado, aparte del mundo SÍ?” Los demás la miraron con benevolencia. “Hay otros, pero no tenemos contacto con ellos. Cada mundo es un sistema cerrado que no se comunica con los demás. Es mejor así, créenos. El único mundo al que podemos asomarnos de vez en cuando es el que acabas de dejar atrás. De los otros, ni te preocupes”.

            Cuando terminó su refresco, la mujer decidió continuar explorando su nuevo hábitat. No encontró en él suciedad, ni frío, ni nada incómodo. La paz era total, y se sintió feliz. Pero aún tenía curiosidad por saber, de modo que se sentó frente a un hombre que leía, y le preguntó sobre los otros mundos. Supuso que alguien que tenía entre sus manos un libro titulado “A dónde vamos cuando nos vamos”, sabría mucho del tema. Él, sonriendo, la invitó a leer a su lado.

            “En este lado hay varios destinos, que forman una especie de pirámide. En la base hay cuatro mundos, y son los peores lugares, los sitios donde uno no espera acabar.

El primero es el mundo NO. En el NO es donde viven aquellos que pasaron la vida negando la felicidad a los demás. Malos jefes, tiranos y explotadores viven ahí, privados de las riquezas que con tanto afán amasaron en vida. También lo pueblan los que se regocijaban viendo fracasar a los demás, y aquellos que no ayudaron cuando pudieron hacerlo. En ese mundo, a nadie se le concede nada: NO pueden morir, NO pueden ser felices, NO pueden comer, NO pueden dormir.

Luego está el mundo MIEDO. En el MIEDO viven instalados aquellos que causaron ese sentimiento en los demás. Está lleno de maltratadores de mujeres, hombres y niños, y también están los que maltrataban y abandonaban animales, además de los agresores sexuales, que dejaron a sus víctimas con un pavor insuperable de por vida. Además, terminan ahí algunos soldados y policías, que aprovecharon su uniforme y su poder para abusar en vez de para ayudar, proteger y defender, que fue lo que juraron. En ese mundo viven en permanente MIEDO a ser golpeados, agredidos, maltratados, humillados. MIEDO a que les devuelvan lo que ellos dieron a los demás.

 En el mundo DOLOR, como su propio nombre indica, están los que causaron dolor a los otros. Asesinos y torturadores, terroristas y presidentes que propiciaron guerras. Solo los más perversos viven allí. El aire es asfixiante e irrespirable, van desnudos y descalzos, el frío es terrible y el suelo está lleno de vidrios rotos. Todo lo que hacen les produce DOLOR, y no pueden evitarlo de ningún modo.

Por último, está el mundo ENVIDIA, que es a donde van los que pasaron su tiempo amargados por ese sentimiento, y amargando a los demás por ello. En ese mundo solo ven y oyen cosas buenas sobre otros, y sienten tanta ENVIDIA todo el tiempo que no pueden vivir, están llenos de úlceras de estómago y tics nerviosos. Una pena”.

Nines siguió leyendo y vio que había un segundo escalón, con un mundo llamado ROTO, otro llamado GUARRO y otro llamado COTILLA. No le hizo falta leer toda la explicación para saber que en esos lugares también se devolvía lo practicado en vida: a los que rompían los bienes comunes, a los que ensuciaban mares y cielos, y a los que solo sabían hablar de los demás se les hacía vivir entre escombros, contaminación y maledicencia.

El tercer escalón tenía un mundo llamado CASI y uno llamado INSULSO. “No son malos lugares, pero tampoco buenos. Allí no son felices ni infelices. Solamente están mortalmente aburridos, indecisos y desapasionados. Los del CASI tienen siempre la miel en los labios pero no pueden probarla, por perezosos e indolentes. Los del INSULSO comen soso y siempre lo mismo, porque en vida todo les dio igual”.

Al saber lo que le habría esperado de haber terminado en alguno de los otros mundos, Nines se sintió afortunada. Por fin, preguntó al hombre del libro: “¿Y por qué no se pueden comunicar unos destinos con otros?” El sabio le contestó: “Si eso fuera posible, buscarías a tus familiares, y si los vieras en un mundo de los del primer escalón dejarías de ser feliz. En el mundo SÍ la felicidad es obligatoria. Si vivieras, por ejemplo, en el mundo MIEDO y vieras a tu madre en el mundo SÍ, sentirías alivio, y en el mundo MIEDO solo se puede sentir miedo. Imagina lo que sería, todo el orden se iría al garete ¿Lo entiendes?”

Nines se despertó en su cama. El dolor continuaba ahí, y su hijo Mario también, sentado junto al lecho. Le sonrió y le pidió un beso y otro calmante. “Acuéstate y descansa un rato, hijo”, le dijo. “Verás cómo mañana estaré mejor”. No le dijo que amanecería en otro lado, pero se durmió segura de que un día le vería llegar al mundo SÍ para estar junto a ella.