domingo, 30 de junio de 2013

COSTALEROS SIN FE


            La cofradía era una de las agrupaciones más antiguas y emblemáticas del pueblo. Tradicionalmente cargaba con el anda de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo, un paso muy pesado, antiguo y que entrañaba una gran dificultad a la hora de llevarlo por las estrechas calles de la población. Eso sí, no podía faltar en la Semana Santa, de modo que era necesario contar con el número de costaleros suficiente para cargarlo sobre sus espaldas y procesionar con él guardando la dignidad adecuada.

            El entrenamiento para poder ponerse debajo de la mole de madera, metal, flores y cera era bastante sacrificado y laborioso. Había que hacer ensayos, porque era preciso que todo el mundo acompasase y midiese bien los movimientos. Era imprescindible saber caminar como un solo hombre, todos los pies derechos a la vez, todos los pies izquierdos a la vez, y mantener el respetuoso silencio que exigía la solemnidad de los actos procesionales. Había que saber cuándo levantar, cuándo apoyar, cuándo arrancar y parar, obedecer las órdenes del cofrade mayor, y estar concentrados en el trabajo. Y también había que fortalecer las piernas, los brazos y las espaldas ejercitándolos de manera individual, en casa o en el gimnasio. Si no, era imposible ser costalero con garantías de éxito.

            Muchos eran los que querían ser cofrades de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo; en la agrupación se daba la oportunidad a todo el que lo pedía, aunque también muchos abandonaban en los primeros meses por no ser capaces de realizar tanto esfuerzo y sacrificio, o por no tener suficiente fe. Sin embargo, los que se quedaban salían orgullosos bajo el anda, y eran contemplados con emoción, con admiración y con respeto por todo el público que acudía a las procesiones.

            Sucedió que, durante un tiempo, los más antiguos del grupo vieron cómo entraban un puñado de jóvenes cuya presencia podía ser vital para la supervivencia de la cofradía. Al fin y al cabo, las fuerzas de los mayores no resistían ya colocarse en las esquinas y el nervio central, que eran los puntos de mayor peso del anda, y los jóvenes garantizarían que la Virgen pudiera salir y caminar todo el recorrido con gracia. Los chavales se comprometieron a trabajar duro para dejar en buen lugar a Nuestra Señora en la siguiente procesión. Parecía que todo iba a ir como la seda. Aseguraron que su fe era grande, y que nada se les pondría por delante a la hora de cumplir su compromiso.

            Los jóvenes fueron a los dos primeros ensayos con entusiasmo y devoción. Se les reprendió porque no callaban cuando había que hacerlo, pero después se les felicitó por el trabajo realizado. Al siguiente ensayo faltaron dos, y hubo que repartir el peso entre menos personas. Las espaldas de todos se resintieron. Una semana después, no apareció ninguno, y tampoco avisaron. El anda no se pudo levantar; los antiguos llamaron a los nuevos y les pidieron un poco más de implicación. La Semana Santa estaba ya cerca. Prometieron esforzarse más.

            El día de la procesión, los jóvenes se colocaron en donde les dio la gana, y no en los lugares que se les había adjudicado, pero nadie les dijo nada por miedo a que se marchasen y la Virgen no pudiera salir. Los viejos cargaron las esquinas y el nervio central sacando fuerzas de donde no las había. Y los nuevos pasaron la procesión asomando los brazos bajo el anda para saludar a sus familiares, charlando entre ellos, sin prestar atención a los movimientos de los demás y dificultando el trabajo de todos. El paso iba casi trastabillando por la calle, parecía que Nuestra Señora andaba coja, los cirios se apagaban, las flores se caían, y al terminar, la corona de plata colgaba por detrás de la espalda de la imagen, sujeta solamente por la oscura melena despeinada. Fue un auténtico desastre. Pero nadie les dijo nada por temor a que abandonasen el grupo.

            Cuando llevaban cuatro Semanas Santas como costaleros, los más mayores ya no podían más. Las procesiones empezaban con retraso porque los chicos no llegaban nunca cuando se les decía, evitaban ensayar, se inventaban excusas para huir del trabajo, no entrenaban en casa y les faltaba la fuerza precisa. No estaban allí por fe ni devoción, sino por figurar. Quedaba muy bien para sus mamás el decir eso de “es que mi hijo es costalero de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo”. La gota que colmó el vaso fue la última salida del anda: uno de los chavales dejó su puesto en plena procesión y salió a fumar y charlar con una amiga que pasaba por allí, ocasionando la caída de su lado del paso, que se astilló contra la acera lesionando a dos compañeros. La situación y la actitud de los chicos eran nefastas, y la tensión se iba volviendo intolerable. Al ver el desastre, uno de los mayores comentó con el cofrade de al lado: “vaya porquería de juventud tenemos”. Para su desgracia, alguien lo oyó.

            Los jóvenes dejaron de asistir a los ensayos, lo que no era nada raro, pero llegó el día de la siguiente procesión y, sin previo aviso, no aparecieron. Hubo que pagar costaleros de otras cofradías para no defraudar a los fieles que esperaban a la Virgen de las Angustias. Se les preguntó a los chicos por qué no habían acudido, y se descolgaron con la excusa de “es que, ¿para qué vamos a venir si nos critican? Estamos ofendidos”. Y el cofrade que había hecho aquel comentario tan desafortunado pero tan cierto fue presionado y duramente reconvenido. Se vio obligado, para mantener la dignidad, a abandonar la agrupación a la que tanto tiempo había dedicado y por la que tanto había trabajado. Los jóvenes, sin dar un palo al agua, quedaron por encima.

            No hace falta ser muy listo para saber que la Virgen, la siguiente Semana Santa, ya no salió a la calle. Nada bueno puede salir cuando no hay ninguna capacidad de comprometerse, cuando no se tienen ganas de trabajar, cuando se usa más tiempo en inventar excusas que en cumplir con un deber. No se puede ser costalero sin fe.
 

jueves, 27 de junio de 2013

UNA MIRADA DISTINTA


            El campo de trigo anunció que las semillas estaban comenzando a germinar, y el Sol soñoliento, desde el cielo, prometió, como siempre, que él les daría la luz y la fuerza para crecer. Y así lo hizo, fiel a su palabra eterna, hasta que le vio a él.

            Era rubio y tierno como el trigo maduro, su talle espigado como los juncos del río, su torso forjado en las tareas del campo, sus ojos del color de la miel por cosechar. Exponía su piel a la caricia del astro, de tal manera que, de tanto rozarlo mientras trabajaba, se enamoró de él. No olvidemos que el Sol es una estrella, y por tanto, mujer. Y como mujer, deseosa de seducir al amado para llenarse de él y hacerlo suyo.

            El muchacho fue haciéndose tanto más rubio de cabello y moreno de piel cuanta más atención le procuraba su amante Sol, que con cada rayo le enviaba un poco del desordenado amor que sentía. Él, ajeno al sentimiento que la estrella le profesaba, descubría su cuerpo sin pudor alborotando al astro y elevando sus expectativas de poseerlo, de atraerlo hacia sí y fundirse con él en el largo abrazo de la pasión. Dicen que fue la proximidad del solsticio de verano, pero la realidad es que Sol alargaba los días para estar con él más tiempo, robándole horas a la noche.

            Cuando apareció ella, la intuición femenina de Sol se puso en guardia. Era rubia y tierna como el trigo maduro, su talle espigado como los juncos del río, su melena del color de la mies a punto de ser cosechada, sus ojos dorados como los de un felino. Vio sus miradas y gritó de rabia desde el cielo, pero nadie oyó sus gritos. Ellos, ajenos a los celos que estaban provocando a quien les alumbraba, se fueron aproximando con el paso de los días. El sembrador y la pastorcilla vivieron el final de aquella primavera como el albor del primer amor adolescente. Y Sol, inclemente en su despecho, comenzó a atacarles con intensidad, quemando la piel del rostro de ella, provocando ampollas en los hombros de él y obligándoles a cubrirse ante su presencia.

            La tarde de plomo en que sus cuerpos se encontraron por fin entre las espigas del mar de trigo, las nubes del enojo llenaron el horizonte, y pronto rayos y truenos  invadieron el cielo, obligando a los amantes a huir y buscar refugio en una cabaña. Sol envió destellos de furia sobre el campo, cómplice y testigo de los amoríos de la pareja, tratando de prenderle fuego y arrasarlo. Pero una espiga, joven y valiente, le plantó cara. “Descarga tus celos en otra parte, Sol. Nosotros no tenemos la culpa de que ellos hayan buscado la blandura del trigo para su encuentro. No quemes la cama, porque es inocente. ¿No entiendes que tu pretensión era imposible? ¿No te das cuenta de que jamás habrías podido poseerle?”

            Sol, sacudido por la culpa y la pena, rompió entonces a llorar, y las nubes le acompañaron, apagando el conato de incendio. Ya a salvo, la espiga sintió que debía consolar al astro, ya que había sido ella la que había sacudido su conciencia para salvar el campo. Le daba lástima ver la desolación de quien había dado su luz para que todo el trigo pudiese crecer. “Pídeme un deseo, Sol, y si está en mi mano, lo tendrás”. Y Sol, sacudido aún por el hipo de tan profundo llanto, formuló su petición. “Ojalá pudiera parecerme a ella, aunque fuera un instante. Así él vería en mis ojos el amor que le he tenido”.

            La espiga entonces, sonriendo, se inclinó para cumplir con aquel deseo, y convirtió a Sol poniente en una maravillosa mirada de amor femenino.
 

martes, 25 de junio de 2013

UN SUPERVIVIENTE


            Vamos a llamarle Juan, como en las películas americanas. Juan Nadie es el nombre que les dan a los hombres que aún no están identificados, y ese es el nombre que le daremos a este superviviente, para poder referirnos a él de una manera más amable que la impersonalidad de “el sujeto”.

            Los últimos meses de Juan no habían sido demasiado agradables. Aprisionado en un lugar cada vez más estrecho, escuchando continuamente el llanto de su carcelera. Él quiso quererla, como si padeciera un síndrome de Estocolmo. Era lo único que tenía mientras estuvo allí encerrado, pero ella le odió desde que supo que su celda iba a ser ocupada. Juan Nadie, por no tener, no tuvo ni la compasión de aquella mujer. Lo alimentaba mal, no cuidaba de que su celda estuviese en condiciones de albergar a un ser humano. A menudo lo regaba de alcohol, lo zarandeaba para que se sintiese aún peor. Deseaba que muriese para no ser ella la que tuviese que mancharse las manos matándolo. Incluso quiso encargar su muerte, pero no reunió dinero suficiente como para que nadie lo eliminase. No era un preso enfermo, ni tampoco peligroso. Simplemente inconveniente.

            Cada día que pasaba, Juan veía más necesario escapar. Por eso inició una fuga a la desesperada dos meses antes de que terminase su condena en aquella cárcel asfixiante y llorosa; seguir allí no conducía a nada. Si trataba de huir tendría una oportunidad al menos. Por eso hirió a su carcelera en lo más profundo, y reptando, arrastrándose como un gusano torpe, salió al exterior perseguido por los gritos de ella. Desnudo, ensangrentado, debilitado por el hambre y el maltrato, Juan vio por fin la luz de la libertad, pero ella fue más rápida: se revolvió, dolorida, y aprovechándose de las escasas fuerzas del prisionero consiguió inmovilizarlo. No hubo piedad para él.

            El golpe le partió un brazo y llenó su cuerpo de heridas. El hedor de aquel agujero al que le había arrojado era insoportable. Juan no entendía por qué la vida lo trataba tan mal, pero la pregunta se le atascaba en la garganta y no lograba gritarla. Apenas podía respirar, pero no quería morir. El saco de plástico en el que aquella loca desgraciada lo había envuelto para asfixiarlo evitó que las cucarachas pasearan sobre su cuerpo mientras estaba allí, inmóvil, luchando por no morir de sed, de calor, de miedo. Quiso pedir auxilio, pero solamente lograba emitir un quejido débil, como de gato indefenso. Su instinto le decía que no se rindiera, que, mientras le quedase un soplo de vida y una brizna de fuerza, debía continuar pidiendo ayuda. Corría el riesgo de que ella se diera cuenta de que aún vivía y bajase allí a terminar el trabajo, pero también podría ser que otra persona le oyese y llegase antes que la bestia feroz que le había torturado de aquel modo.

            Cuarenta horas. Casi dos días. Un bebé prematuro, con el cordón aún sin cortar, metido en una bolsa de basura y arrojado por su propia madre al respiradero de los cuartos de baño de un edificio, con un calor de infierno, aprisionado entre dos tuberías de aguas fecales. Y ha conseguido seguir respirando y llorando hasta que alguien se ha percatado de que aquel diminuto quejido era un grito de vida humana. Eso es un superviviente, con mayúsculas, con todas las letras.

            Juan Nadie se merece unos brazos que le acunen, un nombre y unos apellidos que le amparen y unos padres que lo amen más que a su propia vida, como todo niño que viene al mundo. Espero que las administraciones públicas se den mucha prisa en proporcionárselos, porque el ser humano es capaz de las mayores bondades y de las más espeluznantes crueldades, y el diminuto superviviente ya ha tenido bastante de las segundas.

Ojalá jamás recuerde cómo fue su venida al mundo, será la más bendita de las amnesias. Gracias por no rendirte, pequeño Juan.
 

domingo, 23 de junio de 2013

MERCENARIOS


            El guitarrista llevaba tocando su guitarra desde que tenía memoria. Había comenzado con una vieja caja de zapatos procedente de un desván; alguien se la encordó y le enseñó a afinarla, y los largos domingos de chaval pobre metido en casa le enseñaron a tocarla. Antes que músico con formación, antes que saber leer e interpretar una partitura, antes de conocer que la posición de su mano en el mástil se llamaba DO, o MI, o Sol Séptima, fue músico por instinto, músico de oído, músico con alma, con pasión.

            Solía acompañar con su rasgueo preciso a las vecinas de su barrio, le daba igual que fuera por los Mayos, que de serenata, que en un bautizo con juerga flamenca: él sacaba a su amada compañera, la templaba y comenzaba la fiesta. Era fácil saber cuándo en alguna casa o local estaba Suso tocando, porque la algarabía, las risas y la jarana se oían desde lejos.

            Con el tiempo, el guitarrista se fue dando cuenta de sus limitaciones. Quiso mejorar, y era bueno que así fuese, de modo que, con los cuartos que iba sacando de tocar aquí o allá, compró una guitarra mejor y se apuntó a una escuela. Era un adulto raro entre niños que llegaban, con instrumentos de olor a nuevo en impecables maletas negras, para aprender a dominar la técnica de un mágico trozo de madera con cuerdas de nylon y acerados bordones de vueltas plateadas. “Vaya, esto es una auténtica fábrica de músicos”, pensó.

            Los alumnos repetían, y repetían hasta la saciedad las lecciones de solfeo y los ejercicios de técnica. Suso se aburría sobremanera, pero estaba decidido a aprender los fundamentos teóricos de su guitarra, porque pensaba que, cuando se ama algo tan profundamente como él amaba su instrumento, hay que hacer lo posible por comprenderlo del todo, cuanto más, mejor. Y repetía acordes ya sabidos poniéndoles sus nombres, y arpegios ascendentes y descendentes, y rasgueos definidos y fabricados en serie que el resto de alumnos reproducían como exactos robots japoneses. Después de las clases, Suso seguía cantando boleros, bossa nova, rumba flamenca y todo lo que siempre había cantado, en los viejos locales y las casas de siempre. El resto de alumnos no hacían nada, o se integraban en conjuntos de guitarras que ejecutaban partituras clásicas para auditorios más selectos.

            Aquellos fueron años en los que Suso se preguntó muchas veces si llegaría a tocar como los grandes virtuosos, los alumnos de los cursos superiores, a los que veía en las audiciones mover los dedos como si fueran veloces arañas, pulsando con precisión milimétrica cuando el papel decía que debían pulsar, y emitiendo melodías maravillosas, apabullantes. Y al fin, tras años de esfuerzo, llegó el día en que le dieron un título para enmarcar y colgar en la pared. Sus estudios habían terminado, y ya podía tocar en un gran concierto, como aquellos guitarristas de veloces manos a los que admiraba.

            En los camerinos, mientras esperaba su turno, no podía estar quieto, de modo que se sentó y comenzó a tocar. La samba, la bossa, el fado, retazos de unas cosas y otras fluían de sus dedos mientras sus labios susurraban las viejas canciones que aprendió en la calle, y el resto de músicos lo miraron con desdén. Apoyados en las paredes, sentados en las sillas, con cara de indolencia y de supino aburrimiento, los niños de antaño, jóvenes hombres y mujeres ahora, que comenzaron los estudios de guitarra con él, no se habían convertido en músicos, sino en algo muy distinto. El instrumento no hablaba con ellos, los dedos no les pedían ritmo, no sentían pasión al tocar. No sabían qué hacer con ese pedazo de alma con cuerdas que tenían entre las manos si no había delante una partitura que les dijera qué debían tocar. No sabían seguir a una voz, ni acompañar un lamento, ni una alegría, ni soleá, ni bulería, ni tango, ni nada. Eran autómatas de la música, mercenarios que necesitaban un concierto, una orden, un motivo para tocar, pero que no amaban el trozo de madera que se les había concedido para ser felices. No tenían sangre, eran unos tibios que no sabían divertirse ni volar, no sonreían al tocar. Eran profesionales de algo que no les remecía las entrañas cada día, y sin emoción, sin pasión, lo que sale no es música, sino sonido decorado con plantillas del Ikea.

            Cuántos años perdidos en algo que no llegarían nunca a sentir de verdad. A Suso le dieron pena. Mucha, mucha pena.

jueves, 20 de junio de 2013

LA SUPER-LUNA


            Nunca había oído que ese fenómeno pudiese existir. Tampoco es que yo sea una estudiosa de los temas astronómicos ni nada parecido, pero no me sonaba de nada eso de la “super-luna”. Para mí, la luna no era más que un trocito de luz suspendido en el cielo nocturno, una roca sujeta a que el sol le cediese algo de brillo y la propia Tierra fuese variando su sombra sobre ella para mostrarlo todo, o solamente una parte de su anatomía.

            No he sido tampoco mujer crédula en brujerías, supersticiones y creencias populares de las que se atribuyen a la luna, de modo que no me fijaba en ella más que lo imprescindible. Me daba igual cortarme el pelo o las uñas en creciente o en menguante, mis ciclos tampoco los observaba comparándolos a los suyos, siendo para mí lo de la coincidencia de fechas y fases un mero hecho casual. Por eso, cuando aquella anciana me abordó en la calle y me dijo aquello, no le hice mucho caso.

            “Parirás mañana, con la super-luna”, me dijo. Cierto era que yo no tenía más que ganas de dar a luz y ver por fin la cara de mi bebé, pero me faltaba una semana para salir de cuentas, de modo que el día siguiente era una fecha tan probable como el siguiente, o el siguiente del siguiente, o esa misma noche. Tampoco sé qué le indicó a aquella mujer que yo estaba ya casi a término, porque no soy de las que se ponen redondas con los embarazos, y mi tripa era, por fuera, más bien discretita comparada con otras que he visto. “No creo en esas cosas, señora” le dije para no ser maleducada y marcharme sin siquiera contestarle.

            Era pequeña y enjuta, arrugada como una pasa y con el pelo muy blanco. Blanco lunar. Su vestido, demasiado grande y repleto de amapolas, le daba el aspecto de una lunática recién levantada de una larga siesta. Su mano sarmentosa se acercó a mi vientre con la palma vuelta hacia arriba, como pidiendo limosna. Instintivamente, me aparté. No quería que me tocase.

            “Tranquila, mujer, que no voy a hacerle daño a tu niña. Deberías creer en la luna, ella es la que rige todo lo femenino del mundo: las hembras, las mareas, la savia de las plantas… Los partos se desencadenan cuando ella cambia, los pájaros emigran, los bancos de peces van y vienen, y es ella quien los obliga. Tú parirás mañana, y tu hija llevará mi nombre, que es el mismo que el suyo: Selene”.

            A mí todo aquello me empezó a dar escalofríos. ¿Cómo sabía aquella mujer que mi bebé era una niña? ¿Qué le hacía pensar que alumbraría al día siguiente, coincidiendo con la super-luna? Y, sobre todo, ¿Selene? El nombre sonaba siniestro en labios de aquella especie de hechicera de las amapolas que me miraba fijamente con sus ojillos de roca milenaria. “La super-luna solamente es un disco grande en el cielo. Y yo pariré cuando lo que llevo dentro quiera o los médicos decidan, de modo que tenga una moneda y deje de molestarme”, le dije, intranquila. Ella se guardó los cincuenta céntimos y sentenció: “cuando ella diga que la marea en que flota tu hija debe moverse, se moverá sin que tú puedas pararla. Pero no te apures, que todo irá bien”. Y se alejó después de enseñarme su sonrisa desdentada. Aquella noche no dormí, y durante todo el día siguiente me vigilé por si notaba algún síntoma.

            Di a luz cinco días después de la famosa noche de la luna gorda, en pleno cuarto menguante, y le puse a mi hijo Pablo, como su padre y su abuelo. No volví a ver a la anciana del pelo blanco, pero confío en que alguna institución psiquiátrica se haya hecho cargo de ella. Hay cada loco suelto por ahí…

miércoles, 19 de junio de 2013

LA CALLE DE LOS BESOS


            No sabía si realmente me gustaba aquel hombre, o simplemente estaba deslumbrada por su planchado traje de ejecutivo y su sonrisa perfecta, pero lo cierto es que, cuando mi teléfono sonó y vi su número en la pantalla, descolgué. Pude hacer lo que otras veces, silenciar el aparato y no contestar a sus llamadas dejando que se aburriese de insistir, pero aquella vez contesté y acepté esa cena.

            Las recepcionistas de hotel estamos hartas de ver citas clandestinas entre hombres como ese y mujeres que entran con gafas de sol y guardando el aro de casadas en el bolso; por eso siempre fui reticente a quedar con ninguno de los huéspedes fuera del trabajo, pero la verdad es que aquel hombre, cuando venía a Barcelona, se hospedaba siempre en el mismo hotel del Ensanche donde yo atendía la recepción, y jamás lo vi con compañía alguna ni nadie preguntó por su número de habitación. Se quedaba una noche, dos a lo sumo, y nunca se sabía cuándo iba a volver.

            Siempre tenía una broma para mí al llegar y un “gracias por todo” cada vez más afectuoso al marcharse. Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero a medida que pasaban los meses su predilección por mí se fue haciendo cada vez más patente, hasta las camareras de planta murmuraban a sus espaldas. Cotilleé su ficha: era de Madrid. Su maleta solía llevar, al llegar, la etiqueta de facturación de alguna compañía aérea.

            “He venido a Barcelona docenas de veces, y nunca he salido a ver la ciudad por la noche. ¿Usted me acompañaría a cenar mañana?” Desconcertada, pero con el corazón al galope, anoté mi número en el reverso de una tarjeta del hotel y se lo di con discreción. Las relaciones personales con los clientes están mal vistas en los establecimientos de más de cuatro estrellas.

            Después de aquella llamada me arreglé con cuidado: ni muy provocativa, ni monjil. Ni excesivamente elegante, ni demasiado informal. Ni muy pintada, ni demasiado discreta. Ropa interior sexy, perfume de los de noventa euros le frasquito (olvidado por una clienta del hotel, mi sueldo no da para tanto), y un recogido que dejaba caer mechones locos sobre mi nuca, algo a lo que los ejecutivos de traje y corbata difícilmente se resisten.

            Cenamos en un restaurante del Paseo de Gracia, y después paseamos por Las Ramblas, el barrio gótico… Iba traduciéndole los nombres de las calles, escritos en catalán, y los carteles que no entendía, mientras charlábamos de todo un poco. Los dos íbamos estrechando el cerco sobre el otro con cuidado, en una suerte de cortejo nupcial que ambos sabíamos cómo acabaría. Era terriblemente atractivo, culto, elegante, caballeroso, atento. El sueño de cualquier chica.

            Pasamos por el Carrer dels Petons, hacia el que yo hábilmente le había conducido como por casualidad. Me preguntó qué significaba aquel nombre. “Calle de los besos”, susurré junto a su hombro. Era el momento, mi momento de expresión inocente y labios entreabiertos que él no pudo resistir besar como un adolescente huracanado.

            Cogimos un taxi para ir hasta mi piso, en Hospitalet de Llobregat. El taxista casi nos echa del vehículo por olvidar el decoro, y no le culpo; traté de darle conversación para mantener controladas su boca y sus manos hasta el final del trayecto, porque supuse que el pobre conductor estaría pasando bastante apuro, y ahí fue donde todo se estropeó.

            Le pregunté a qué se dedicaba. Era obvio que él conocía mi profesión, pero yo no sabía nada de la suya. “Soy ejecutivo de banca. Pertenezco al consejo de administración de una gran entidad que acaba de fusionarse”. Adivinó por la expresión de mi cara lo que iba a decirle. Puede que no fuera la primera vez que lo escuchaba.

            Me bajé del taxi yo sola, y él volvió al hotel. Puedo ser muchas cosas, pero… ¿acostarme con un banquero? ¡Ni hablar! Que una es pobre, pero tiene su dignidad.

lunes, 17 de junio de 2013

LAS DUDAS DE DARÍA


            Desde que comenzó su andadura en el complicado mundo de las relaciones humanas, Daría no levantaba cabeza. Iba de fracaso en fracaso, de decepción en decepción, y no entendía por qué. Ya en la guardería era capaz de regalar su chupete, el babero y hasta los pañales de reserva que llevaba en su bolsa a los otros niños, volvía a casa sin nada, pero tampoco podía decir que entre sus compañeros de aula infantil tuviera ningún verdadero amigo. Esto le siguió pasando en el colegio, donde a veces se quedaba sin almorzar por repartir su bocadillo y regalar su zumo a sus “amigas”, para luego encontrarse con que, a la hora de jugar a la cuerda en el patio, nadie quería ser su pareja.

            Peor aún fue la adolescencia; a pesar de que siempre prestaba los apuntes, sus libros y sus discos, nadie quedaba con ella para estudiar, y al final hacía los trabajos en grupo siempre con alguno de los llamados “marginados” del instituto, entre los que ya era una más. Y Daría se preguntaba cuál era la razón. Daba cuanto tenía a quien se lo pedía, y más daría si más tuviera, pero su generosidad no era entendida ni apreciada; quien necesitaba algo acudía a ella, y en cuanto obtenía los esquemas, el libro, o lo que fuera que buscaba, desaparecía y no quería más tratos con la pobre chica.

            Terminó de crecer igual de cálida y generosa, pero bastante triste. Aunque, eso sí, el patito feo de la pubertad devino en cisne, de modo que los moscones pronto revolotearon a su alrededor, pasando lo que tenía que pasar: que al final se enamoró de uno de ellos. Y Daría, tan confiada como siempre, tan desprendida, entregó en esa relación todo cuanto era. Le llenaba de atenciones, aprovechaba todo su tiempo libre para ir a verle… Aún él no había dicho “agua quiero” y ella ya estaba construyendo un pozo. Se volcó del todo, lo apostó todo, porque así era su carácter y así la habían parido. Pero él solamente quería una chica mona con quien salir cuando le apeteciera, que no era siempre. Algún rato, alguna copa, un retoce de vez en cuando, pero nada más. Nada de planes, ni de compromisos, ni de entrega. “Me agobias”, le dijo. Y Daría recibió la bofetada con la mejilla izquierda de su corazón y lloró hasta que se vació por dentro.

            Le pasó tres veces más, y no aprendía. Se enamoraba, lo daba todo por él, e invariablemente terminaba abandonada, con el músculo del querer apaleado y la sensación de haber sido estafada de nuevo. Llegó a dudar si la culpa era suya, si querer no implicaba darlo todo sino sólo un poquito de uno mismo. Llegó a pensar que debía dar menos, ser menos Daría, esconder su generosidad para no quedarse sola. Dudó entre ser egoísta y perder la esperanza. Solamente cuando encontró alguien hecho de su misma pasta logró definitivamente afirmar que, de verdad, se sentía amada. Con Duero todo era fácil: las flores eran respondidas con flores y no con sonrisas de compromiso, los poemas con poemas y no con burlas, los besos con besos plenos que no esquivaban su boca, las miradas profundas con miradas iguales y no con vistazos esquivos, el tiempo con tiempo y no con prisas, los síes con síes y no con excusas. Y descubrió que él tenía la mejilla derecha del corazón hecha callo de tanta bofetada recibida desde la infancia, de modo que de los dos miocardios hicieron uno solo, fuerte y curtido, y Daría pudo ser, por fin, feliz. A partir de entonces, le diera cuanto le diera, siempre recibiría otro tanto de vuelta, y ya no dudaría más.

            Daría y Duero siguen siendo igual de generosos con sus amigos y con la gente a la que van conociendo, pero han aprendido la lección: cuando alguien empieza con las excusas, los retrasos y los plantones, cuando el nivel de implicación no es el mismo entre ellos y esos amigos, o esos primos, o lo que sea, ya no dudan ni gastan energías. Cortan por lo sano, evitando una decepción mayor, y sólo vuelcan su cariño y su atención en quien sabe apreciarlos y corresponderlos.

            Más tarde o más temprano, todos aprendemos qué tenemos que hacer para ser más felices.

jueves, 13 de junio de 2013

LOS MATERIALES DEL AMOR


            La mujer le preguntó a Dios qué era el amor. Él le contestó que es cuando dos personas sienten que su mayor deseo es estar siempre una junto a la otra. Que cuando dos se aman, la mayor felicidad es compartir todos los momentos y todas las cosas, da igual si son buenas o malas, dulces o amargas, tiernas o duras: siempre serán de los dos.

            “¿Y cómo sabré si el otro siente lo mismo que yo?”, siguió preguntando la mujer. Dios le respondió: “porque te lo dirá”. “Pero, ¿y si miente?”, quiso saber ella. Él se encogió de hombros. “Tendrás que fiarte de su palabra”.

            La mujer, al cabo del tiempo, conoció a un hombre y se enamoró. Vio que, efectivamente, lo que más deseaba era compartir todo con él: el mantel y las sábanas, los días y las noches, la risa, las lágrimas, el frío y la canícula, el dinero y hasta el aire para respirar. Se lo dijo a aquel hombre, y él le contestó que quería lo mismo, que lo serían todo el uno para el otro mientras su pecho albergase el latido de la vida. Y decidieron casarse.

            Antes de hacerlo, la mujer volvió a entrevistarse con Dios. “¿Cómo sabré si mi matrimonio funciona bien?”, preguntó. Él le dio una balanza. “Este es mi regalo de bodas. Sobre ella viviréis, cada uno en uno de los platillos. Si dentro de diez años no ha cambiado el material del que está hecho vuestro corazón, estaréis a la misma altura. Si no es así, si uno de los dos está arriba y el otro abajo, significará que las cosas no han funcionado como debían”. Ella le dio las gracias por aquel presente y lo llevó al hogar que iba a compartir con el hombre al que amaba.

            Los dos esposos se subieron a la balanza y quedaron a la misma altura, porque sus corazones eran de carne palpitante, sangre caliente, miel y juventud, y se amaron durante un tiempo. Pero a medida que iban pasando los años ella iba bajando y él iba subiendo, y la mujer no hallaba la razón de aquel desajuste. “Si yo te sigo queriendo igual que antes, ¿cómo es que mi lado es ahora más pesado que el tuyo?”, le decía a su esposo. Y él contestaba: “eres tan buena y tan generosa que es normal que peses más”. Pero con el discurrir de los meses la diferencia cada vez se hacía mayor. “Eso es porque los hijos que me vas dando hacen que tu corazón se agrande para amarnos a todos”.

            Al término de los diez años, la mujer subió de nuevo a hablar con Dios. “Mi matrimonio no va bien, y no sé por qué. La balanza está descompensada, pese a que yo hago todo lo que puedo para que no sea así. Mi corazón no ha cambiado, ¿ves? Es de carne, sangre y miel, solamente se ha ido de él la juventud, pero en su lugar está la experiencia. ¿Qué ha cambiado en el suyo?” Dios no se lo dijo, pero le dio un espejito para que lo colocase frente al pecho de su esposo. Allí, en ese reflejo, vería los materiales de su interior y sabría la respuesta.

Aquella misma noche, mientras él dormía, ella miró al cristal y vio que lo que latía en aquel hombre era de plástico, mentiras y besos de otras bocas. El dolor fue tan intenso que su propio palpitar se hizo de plomo, y su platillo de la balanza cayó hasta tocar el suelo mientras el de él se elevaba hasta perderse por encima del tejado de su hogar.

Trabajosamente, la mujer fue a devolverle a Dios su regalo de bodas. “Mi matrimonio está roto, de modo que ya no necesitaré el presente que me otorgaste”. Él tronó: “¡Mujer ingrata! ¿No sabes que mi ley no permite el divorcio? Lo que yo he unido tú no puedes separarlo, aunque no te vayan bien las cosas. Si él ha mentido y te ha faltado, ya rendirá cuentas ante mí en el Juicio Final, pero tu deber de esposa es continuar a su lado”.

La mujer volvió a la Tierra, echó la balanza al contenedor del reciclaje y a su marido de casa, pidió el divorcio y se quedó con el piso, el coche y los niños. Cuando terminó los trámites le dijo a Dios: “Cuando una pierna se pudre hay que amputar para conservar la vida. Yo acabo de extirparme los cuernos. Dudo mucho que dejar consumirse mi existencia junto a alguien que no me quiere me haga mejor persona, de modo que apúntame el pecado de divorciarme en mi lista, porque de aquí al Juicio Final tengo aún muchas oportunidades de ser feliz”.

Y, dicho esto, buscó un campamento de verano para los niños y se fue en uno de esos “cruceros para singles” con la maleta llena de vestidos de fiesta.
 
 

martes, 11 de junio de 2013

SUPERHÉROES


            Cuando era pequeña trataron de venderme superhéroes de mentira. Aún recuerdo a Supermán en su primera versión (Christopher Reeves, con su cliso en la frente al más puro estilo Estrellita Castro, los gayumbos por encima de las mallitas, tan colorido él), y el chasco de todos los niños de mi edad cuando supimos que no volaba, y que lo único que tenía de acero eran los cables de los que iba suspendido mientras le daban aire con un ventilador. Tampoco se me puede borrar de la memoria Spiderman, picado (¡uf!) por una araña mutante (uacs!) a la que nadie tuvo la precaución de aplastar con la zapatilla, y claro, así le iba al muchacho, todo el día liado con la tela y el traje de arácnido camuflado, muy discreto, en rojo pasión.

            El caso es que aquellos superhéroes eran de lo más deslumbrante, pero resultaron un auténtico fiasco. Nunca estaban cuando se les necesitaba. De hecho, una vez invoqué a Supermán mientras cuatro chavales de quinto me acorralaban para quitarme los regalices rojos y los chicles, y no acudió el muy cobarde. Ahí me di cuenta de que los superhéroes de verdad los tenía que buscar en otra parte.

            Andando el tiempo supe que las cualidades extraordinarias no tienen nada que ver con la fuerza descomunal, la visión de rayos X o la facultad de volar, sino con cosas muy distintas como la bondad, la ternura, la amabilidad, la imaginación, la empatía… Y mi manera de mirar a las personas cambió hasta dejarme ver dónde estaban de verdad los superhéroes: a muchos los tenía delante, y ni siquiera me había dado cuenta.

            No hace mucho tiempo he conocido, a través de internet, a una “miembra” de esa raza de seres extraordinarios, y os voy a contar cómo es.

            Para empezar, es mujer, hecho este que ya la hace especial de por sí. Su figura llenita llama a engaño; no está gorda, sino que tuvo que ensanchar porque un corazón tan grande no cabe en un pecho pequeño. Fue capaz de parir hijos (clín, clín, seguimos sumando puntos por heroicidades) y de criarlos sanos, educados y buenos (clín, clín, clín, más puntos). Cuida de todos los que la rodean, se preocupa, se interesa. Es de recia raza donostiarra, aunque no practique el “aurresku” sino el “zumba”, menos ceremonioso pero mucho más práctico. Ama a los animales, y si no que se lo digan a “Lunita” y a “Gordi”, y hay placeres que no perdona: los amigos, la familia y los fines de semana en la aldea.

            Podréis pensar: “esta Susana está un poco alelada, mira que ver una superheroína en un ama de casa como todas las demás…” Pues sí, porque hay un detalle que aún no os he contado, y es el que, para mí, termina de ponerle la capa, las mallitas, la supermáscara y todo el boato: desde que aprendió a leer de niña ha tenido siempre un libro entre las manos. Ha leído cuanto le ha caído cerca, todo lo que le han recomendado y también lo que no, lo que le han prestado y regalado, lo que se ha podido comprar y cuanto se le ha presentado ocasión de leer. Sus hijas siempre la han visto buceando entre las páginas de alguna novela, y gracias a eso aprendieron a ser también devoradoras de historias. Cuando hay que obsequiar a alguien, le compra un libro o le encarga un cuento, porque gracias a la lectura ha podido correr aventuras increíbles, viajar, vivir vidas distintas, emocionarse y ser mejor en todos los aspectos, y es tanto lo que disfruta que no se cansa de compartirlo con los suyos y de animar a leer a todos los que la rodean. Yo creo que, si no aprendió a nadar hasta bien mayor, fue porque en la piscina no se puede meter un libro sin mojarlo y echarlo a perder.

            Mientras existan personas como ella tendrá sentido el trabajo que nosotros, los escritores, hacemos a diario. Por eso sé que Mari Benito es una de las superheroínas que hacen posible que yo sea lo que soy, porque si no tuviera a muchas Super-Mari para zambullirse en mis historias, seguramente ya no las contaría.

            ¡Ah! Por cierto, creo que andas de cumpleaños. Algún libro te cae, seguro. Y yo que me alegro. Felicidades, y toda mi admiración.

lunes, 10 de junio de 2013

ME LLAMAN MALEDUCADA


            En el colegio aprendí muchas cosas. La primera fue que a los coles como el mío, del sistema público y situados en los barrios obreros de las grandes ciudades, no va ningún político a hacerse fotos. Si hay una gotera, se convive con ella. Si se rompe un grifo, hasta el curso siguiente puede que no sea reparado. No hay papel higiénico porque somos unos asilvestrados y lo malgastamos haciendo bolas, mojándolas y pegándolas al techo. Y si te toca en un aula con treinta enanos de tu edad, o te espabilas mucho o te quedas atrás, porque un profesor para tantos no puede atender a todos de forma personal. Los lentos se van quedando en las cunetas.

            La segunda cosa que aprendí es que, cuando coincides en una excursión a algún museo con los chavales de un cole “de los de uniforme”, vas a ser radiografiado por todos ellos, que ya desde bien chicos aprenden a distinguirse de los pobres, y te van a mirar como si tuvieras piojos. Claro, no es lo mismo polo del Corte Inglés y pantalón planchado con raya que chándal de oferta del Decathlón. Y que tus padres, que son limpiadores, tenderos, obreros de fábrica, peluqueros o camareros, trabajan para los suyos, que son abogados, arquitectos, cirujanos o asesores de algo.

            La tercera cosa que aprendí fue que mis armas eran el “por favor”, el “gracias”, el “buenos días”, los libros y mi cerebro, apoyados por mi esfuerzo. Y con eso tenía que labrarme un futuro.

            Comencé la carrera, y pude ir matriculándome gracias a las becas, a las propinas que mi abuela sisaba trabajosamente de su pensión (a costa, lo sé, de comer mucho más pollo que ternera, y muchos más macarrones que fruta fresca), a las horas extra pagadas en negro a mi padre en la fábrica, y a la porquería que mi madre quitaba de escaleras, portales y casas ajenas. Me partí los cuernos estudiando mientras los demás salían, pedí favores, recorrí bibliotecas, puse copas los fines de semana mientras los otros se las tomaban, y así fui afrontando tasas, libros, fotocopias, materiales de dibujo, la compra del ordenador, la cuota de internet en casa para poder avanzar.

            Han sido años muy duros, en los que he sudado para estar siempre la primera, o de las primeras. Nada de cervezas en el bar de la facultad, nada de fiestas, nada de nada, porque tenía pocos años para alcanzar mi meta, la economía de casa de mis padres no iba a sostenerme eternamente, y los títulos no los regalan. Que ni novio he tenido para no distraerme de mi objetivo. Pero lo conseguí: primera de mi promoción, premio especial del Ministerio de Educación por mis brillantes resultados. MIS brillantes resultados. MÍOS, pero también de mis profesores, de mis padres, de mi abuela, de mi cole de barrio obrero, de las becas que me concedieron.

            Hoy he recogido mi premio, y ahí también se distinguía a la perfección de dónde veníamos cada uno, como en aquellos museos de cuando pequeña en los que las trenzas perfectas y con lazos de aquellas niñas, y las rayas bien peinadas y engominadas de aquellos niños, contrastaban con los prendedores de mercadillo que llevaba yo, con mis zapatillas heredadas y mi chándal de parches en las rodillas. También ellos, los favorecidos, los que solamente se tuvieron que preocupar de estudiar, los de las universidades católicas, los colegios de pago y los profesores particulares, han venido a por sus premios. Ellos son como campos arados con potentes tractores, abonados con los mejores productos de última generación, sin un insecto ni una mala hierba gracias a carísimos fitosanitarios, regados con agua de manantial, y ahora recogen sus impresionantes lechugas. Nosotros, los de los pantalones vaqueros y las camisetas verdes, somos como terrenos cultivados en pendiente. En pendiente cuesta arriba. Arados a mano y con sudor, abonados con la basura recogida de los hogares, regados con agua reciclada y con la lluvia que nos ha querido caer, librados de las malas hierbas con azadón y callos en los dedos. Los caracoles que vinieron a roer nuestro esfuerzo nos los hemos cenado, y al final nuestras lechugas son tan impresionantes como las suyas. Menos numerosas, eso sí, pero igual de buenas.

            En esta ocasión los políticos sí vinieron a hacerse la foto. Concretamente uno que ha creído oportuno, viendo los resultados, encarecer las tasas, aumentar los alumnos por aula en los colegios públicos, quitar asignaturas que nos enseñaban a ser mejores personas para sustituirlas por doctrinas de fe, reducir las becas a la mitad, dar dinero a los coles en que separen los niños de las niñas, bajar el sueldo a los enseñantes públicos. Si yo, premio especial por mi expediente académico, tuviera que empezar a estudiar ahora, no podría hacerlo. Por muchas escaleras que fregase mi madre.

            Hoy he recogido mi diploma y me he negado a saludar al político. No le he insultado, no le he agredido, no le he escupido, pero tampoco le he dado la mano, ni dos besos, ni nada. No es mi amigo. Solamente es un señor que ha venido a cosechar el fruto de lo que plantaron y cultivaron otros. Curiosamente, un señor que pretende que, el día de mañana, las únicas lechugas que haya en el mercado sean todas lechugas pijas. Y me ha mirado desdeñoso, como si yo tuviera piojos, con la misma mirada de los niños de polo Corte Inglés y pantalón planchado con raya.

            Por negar ese saludo me llaman maleducada. Pero al menos no me siento hipócrita.
 

jueves, 6 de junio de 2013

NO HE CAMBIADO


            Cuando yo lo conocí le llamaban “El chaval de Don Eusebio”, aunque en su carnet de identidad ponía Carmen. Era la mediana de tres hermanas, pero ya desde pequeña organizaba unas terribles pataletas cuando su madre pretendía vestirla con faldas y lazos. Un día, al salir del colegio, se cercenó las trenzas con las tijeras de podar de su padre. Ya sabía que no quería ser como las demás niñas. No se sentía como ellas.

            Pese a que subirse a los árboles, correr tras el tren y tirar piedras al río eran sus principales aficiones (además, claro, de pelearse con los otros chicos a puñetazo limpio), Carmen tenía una sensibilidad artística muy acusada; quemaba corriendo por el campo el exceso de energía, y después se sentaba a pintar. Esos eran sus dos lados, el femenino y el masculino, en un cuerpo confuso que libraba ya dos duras batallas: la interior, en la que su sistema hormonal y su cerebro se cruzaban dardos contradictorios, y la exterior, contra todos los que la miraban crecer como un muchacho sabiendo que en realidad no lo era. De ahí le vino el mote de “El chaval de Don Eusebio”, de las veces que se peleó para que dejasen de burlarse de sus cambios, ya que en lugar de pasar de niña a mujer estaba pasando de niña a hombre, y el “Carmencita” que le dedicaban los demás al verla le parecía una burla cada vez más cruel.

            Tampoco fue agradable para sus padres, que sabían que el rumor estaba en boca de todos. No es fácil oír a los demás murmurar sobre tu hija en términos “lesbiana”, “bollera”, “marimacho” y cosas parecidas. Para una madre, un hijo es un hijo, un ser singular y amado hasta las últimas consecuencias. Su padre, en cambio, tardó bastante tiempo en comprender, pero al fin no pudo sino rendirse a la evidencia.

Decidieron hablar con ella seriamente en cuanto dejó atrás la pubertad. Vestía como un hombre, hablaba como un hombre, buscaba a las chicas como hacían los otros jóvenes. Era un escándalo en el pueblo. “Mamá, papá, me voy a poner en tratamiento. Quiero solicitar el cambio de sexo para estar completo en lo que soy. Necesito que en mi documento de identidad ponga lo que tiene que poner, un nombre de varón”. Tímidamente, su madre le rogó que lo pensara. Pero lo había decidido con apenas diez años y ya casi tenía diecinueve. Era algo más que meditado.

            En poco tiempo las hormonas obraron el milagro. Sus bíceps crecieron, su silueta se afinó y pronto comenzó a afeitarse. Su pecho casi inexistente pareció sumirse del todo, y el irregular período, que le hacía sentir tanta repulsión por sí mismo, dejó de aparecer. Trabajó como un mulo en las huertas, pintando casas y haciendo bocetos de esculturas y murales decorativos, su gran pasión, para pagar la cirugía que le era imprescindible; el préstamo, sin embargo, tuvieron que pedirlo sus padres, porque los del banco no consideraron oportuno conceder un crédito a alguien tan joven para un proyecto “tan arriesgado”.

            Ahora se llama Christian; el paso del tiempo ha puesto las cosas en su sitio, todo el mundo le conoce ya por ese nombre, vive con una chica desde hace años y son una pareja más. Se impusieron la cordura y la tolerancia después de mucho tiempo de lucha e incomprensión, pero es que los caminos solamente los abren los valientes. Los valientes como él, que ni siquiera pensó en cambiar de pueblo para empezar de cero y no tener que soportar burlas, lástimas ni maledicencias.

            Hace pocos meses fue requerido para pintar una casa; pertenece a un matrimonio mayor, emigrantes en Suiza, que han vuelto para disfrutar de su retiro. Al hacer la señora la típica pregunta de “Tú no eres del pueblo, ¿verdad?”, él contestó que sí. “Soy Christian, el hijo de Don Eusebio”. La pregunta no llegó a salir de los labios de ella, pero se dibujó claramente en su rostro de asombro. “No, señora Luisa, no he cambiado. Yo siempre fui lo que ve. Los que han cambiado son los ojos de los demás. Por cierto, ¿qué le parece si le pinto un mural decorativo en la pared del comedor? Si quiere le traigo unos dibujos”.
 

martes, 4 de junio de 2013

NUESTRO JARDÍN


            Durante dos años, mi compañera María Josep y yo hemos estado cultivando un jardín muy especial. Solamente teníamos ocho flores, pero han crecido tan bonitas que, ahora que se acaba el curso, nos da pena pensar que tendremos que trasplantarlas a otro lugar y ya no verlas tanto.

            Cuando pusimos en marcha el proyecto del jardín musical, lo hicimos teniendo claro que nos las teníamos que ingeniar para contagiar el amor por la música a un puñado de niños de cinco años que solamente tenían ganas de jugar y pasarlo bien. Y eso es lo que hemos hecho, jugar y pasarlo bien. Aunque no sé quiénes han disfrutado más, si las flores o las jardineras.

            Recuerdo que el año pasado, cuando comenzamos, los niños nos miraban como a “maestras”. Incluso nos llamaban “señoritas”. Hicieron falta unas cuantas sesiones de cantes y cuentos para que se dieran cuenta de que aquello no iba a ser como el cole. Teníamos una canción para todo: para saludar, para aprender los nombres de los compañeros, para respetar el turno de palabra… Cada clase era una aventura, unas veces venían a vernos los gigantes que hablaban “forte” seguidos de los enanitos que hablaban “piano”; otras veces, un pandero se rompía y tenía que emprender viaje hasta la casa del señor que los repara, de donde volvía como nuevo… Así, poco a poco, aprendieron a cuidar los instrumentos, y también que la escala musical es una escalera infinita que llega al cielo, y que el Maestro Octava sube los escalones de ocho en ocho, pisando solamente los que ponen DO. Les he contado cuentos en los que el bombo se enfadaba y tapaba con su sonido al resto de instrumentos, arruinando así el trabajo de toda la orquesta, para enseñarles a no gritar por encima de las voces de los demás, y también historias en las que un cantante de ópera no tiraba el chicle antes de empezar, y en lo mejor de su aria la goma de mascar salía disparada de su boca para darle en el ojo a un espectador de la primera fila. Han aprendido muchísimas cosas que les servirán después para ser músicos y también mejores personas.

            Pero no penséis que solamente son ellos los que saben más que hace dos años. Nosotras, las que nos lanzamos a esta aventura, también hemos aprendido a asombrarnos con su capacidad de retentiva, su creatividad sin límites y su energía inagotable. Ahora sabemos que todos los niños necesitan tener una canción particular, que sea solo suya, para sentirse importantes, y que les encanta competir, pero llevan muy mal lo de no ganar siempre, y a menudo alguno termina llorando. Que no toleran a los tramposos, las normas son para todos, y si yo las respeto, tú también. Y que una canción siempre suena más bonita cuando la canta una boquita a la que el Ratoncito Pérez acaba de visitar.

            Han sido dos años en los que nos hemos reído mucho, enfadado alguna vez, agobiado en ocasiones, pero disfrutado a raudales. De nuestra mano se han estrenado como letristas y han pisado su primer escenario, y creo que hemos conseguido que entiendan que nuestro objetivo no era fabricar profesionales de la música, sino enseñarles a disfrutar con ella, a buscarla como refugio y consuelo, como fuente de diversión o como calmante. Han comprendido que a través de ella pueden hacer vibrar y emocionar a los demás, y que de su mano pueden llegar más lejos en lo que se propongan, porque un médico que además es músico es mejor médico, y un maestro que además es músico es mejor maestro. Y un arquitecto, y un dependiente, y un pescador…  

            Un niño pequeño siempre es un gran talento en bruto, y dependiendo de las condiciones en las que crezca desarrollará más o menos esa enorme capacidad que esconde en su cabeza. No dejéis de usar para ayudarles esa impagable herramienta que es la música. Y si no se la facilitan en el sistema educativo porque la cerrilidad de los de arriba lo impide, buscadla fuera de él; quizá de ese modo esta sociedad, que tan enferma está ahora mismo, tenga una oportunidad de futuro.

            Me quedo con muchos momentos vividos durante estos dos años junto a esas ocho florecillas, pero sobre todo con dos: los ojillos húmedos de sus madres cuando les cantaron la canción que compusieron entre todos, y el “Crescendo” con el que levantaron un auditorio entero que premió su esfuerzo con el más emocionante aplauso que puedo recordar.

            No sé cuántas flores nuevas tendré el año que viene, pero estos, la primera promoción, serán siempre “mis niños”.

domingo, 2 de junio de 2013

FAMAS INJUSTAS


            Supongo que si yo hubiese nacido en África, en América del Sur o algún otro sitio tropical, este cuento no habría tenido sentido, porque allí lo tienen más fácil: ellos cuentan con la ayuda de una mosca, la “tsé-tsé”, que aquí no se da. Con lo cual las mamás tuvimos que desarrollar un recurso alternativo.

            Para los que andáis un poco perdidos, os lo voy a explicar con un poco más de detalle. Cuando los niños pequeños no se quieren dormir, en mi familia siempre les hemos contado el cuento de la Araña Tomasina. Mi madre ya lo hacía conmigo, mi abuela con ella, y no sé cuánto más atrás en mi árbol genealógico se remontará esta historia: la Araña Tomasina era la que venía a picarte cuando no querías irte a dormir, y te dejaba grogui una semana seguida con su veneno soporífero. De modo que, para evitar tamaño desastre, cerrábamos los ojos enseguida, no viniera el dichoso bicho y le diera por picarnos. Allí donde no tenían ningún efecto el Coco, la Bruja y demás, la Araña Tomasina obraba el milagro. Básicamente porque yo nunca había visto ningún Coco (aparte del simpático de Barrio Sésamo) ni ninguna bruja, pero arañas había visto ya unas cuantas. Era de lo más creíble.

            El caso es que, cuando llegó mi turno de ejercer de mamá, también recurrí a Tomasina a la hora de vencer las recalcitrantes ganas de jugar de mis retoñas cuando ya debían estar durmiendo, y estaba de lo más contenta porque, aunque viejo, el cuento funcionaba a la perfección. Hasta una noche en que, después de invocar a la araña porque no había manera de parar los saltos en la cama y la lucha de almohadas, me senté a leer en cuanto la paz del sueño infantil se hizo dueña de la casa. No llevaría más de media hora abstraída en mi libro cuando sentí unos golpecitos en el hombro izquierdo. Miré, molesta por la interrupción, y vi una asquerosa araña que me miraba, suspendida del hilo que le salía del trasero, con dos de sus ocho patas cruzadas en actitud reprobatoria y sus cuatro pares de ojos fijos en mí. Era barrigona, peluda y extremadamente fea, y yo di un respingo del susto.

            “¡Puaj, qué asco, una araña!”, dije. Ella carraspeó. “O sea, hace un rato me pones verde delante de tus hijas, y ahora encima me dices que te doy asco. ¿Tú de qué vas?”. Imaginad mi cara de pasmo. Aquel bicho me estaba hablando. ¡Me estaba hablando! Traté de serenarme, recuperé la compostura, y ella comenzó a reconvenirme, muy enfadada: “Que sepas, inmunda humana, que me llamo Tomasina, y que mentir está muy feo. El único insecto cuya picadura provoca somnolencia es la mosca “tsé-tsé”; yo, como ves, no soy una mosca. Yo las moscas me las como rebozadas, esa es toda mi relación con ellas. Ni siquiera soy un insecto, soy un arácnido, y tú y tu familia me tenéis frita con tanta mala prensa de que si pico al niño lo voy a dejar fuera de combate una semana entera. Así, claro, cuando esas criaturas ven una araña, gritan como locas, lo cual es bastante desagradable”.

            Yo, ante tal regañina, no pude evitar defenderme. “Vale, lo de dormir no es cierto, pero no me negarás que vosotras, las arañas, picáis. Algunas sois incluso capaces de matar a un ser humano, de provocar dolorosas ronchas y reacciones alérgicas. Otras os coméis a vuestros machos, y encima tenéis hijos por millares, que infestan los lugares en que nosotros vivimos. Es de lo más lógico que no nos gustéis, ¿no te parece?”

            Ante mi estupefacción, la araña se echó a reír. Diantres, en ella era feo hasta la risa. “No pretendo caerte bien, humana. Me basta con que dejes de levantar falsos testimonios sobre mí. Y si picamos es porque somos molestadas; si nos dejarais en paz, estas cosas no pasarían. Así que, en lo venidero, abstente de decir mentiras sobre mi arácnida persona, o llenaré tu casa de hijitos míos que os pondrán finos a ronchones. ¿Entendido?”

            “Por supuesto”, le contesté. “Prometo no volver a contar a mis niñas el cuento de la Araña Tomasina”. Y acto seguido, me quité una zapatilla y aplasté al bicho asqueroso antes de que se le ocurriese hacer nido o picar a alguien. Está la cosa como para fiarse de una araña sabihonda y exigente como aquella.

            Por cierto, no he faltado a mi palabra, ahora el cuento se llama de la “Araña Catalina”. Por si acaso.