lunes, 29 de julio de 2013

UNA SIRENA


            Hay muchos mitos, muchas leyendas que hablan de las sirenas. Ya Homero las incluyó en la Odisea de Ulises, describiéndolas como bellas mujeres de cuerpo de pez y voces hechiceras que atraían con su magia a los marineros hacia la perdición y la muerte, ahogándolos en el fondo del mar. Después llegó Hans Christian Andersen y se inventó una sirenita enamorada de un humano, que sacrificaba su capacidad de hablar y cantar a cambio de unas piernas para estar más cerca de su príncipe; en el cuento original, lo pagaba con la vida. Y luego llegó el señor Disney y cambió el final, como siempre, dejando a la de Andersen como una boba.

            Esos tres señores tenían mucha imaginación, pero no han contado con la suerte que a mí sí me ha sonreído. Porque estos días he conocido a una Sirena, he nadado junto a ella, y sin decirme una sola palabra me ha enseñado y demostrado muchísimas cosas. Hoy voy a hablar de cosas reales, lugares reales y personas con nombres reales, porque lo auténtico, lo mejor de la vida, no tiene por qué ocultarse detrás de ningún seudónimo, ni supuesto, ni nada. Lo que es de verdad, es de verdad, y como verdad se muestra.

            Este fin de semana lo he pasado en el Hotel Intur Orange, en la localidad costera y castellonera de Benicàssim. Vamos allí tres días cada verano; llevamos haciéndolo ya dieciséis años, y siempre hemos sido bien tratados, bien atendidos y felices. Este año había otro grupo alojado en el hotel; a la mayoría los habían colocado en las habitaciones de mi pasillo, y al saberlo, pensé: “madre mía, como sea juventud aficionada al botellón no va a haber quien duerma por las noches”. Y sí, juventud era. Pero no dieron un ruido, lo puedo asegurar.

            Vimos a algunos el viernes, durante el baile, pasándolo como los indios en la pista. Lo suyo era alegría contagiosa que corría por el hotel y se reflejaba en las caras de todos. Pero lo mejor llegó cuando se metieron en la piscina. Eran un grupo grande de discapacitados psíquicos, con sus monitores. Me contaron que venían de Toledo, y los identifiqué como los que dormían en el mismo pasillo que yo.

            Hace un par de meses me hice eco, y protesté desde estas páginas, del rechazo de un hotel a alojar un grupo de estas características. Yo puedo deciros que entre los mil huéspedes del Orange ninguno se sintió mal por tenerlos cerca, por compartir comedor e instalaciones. Nadie se salió de la abarrotada piscina cuando ellos entraron. Al revés, hubo muchas manos dispuestas a ayudar a aquellos que no podían hacerlo solos. Y ahí fue cuando conocí a la Sirena, con su bañador azul y las palabras de sus ojos.

            La deslizaron al agua entre tres, y en la piscina la abrazó una monitora para mantener su cabeza a flote. Ella, como la del cuento de Andersen, no tenía voz, pero hablaba con la mirada. Yo la entendía perfectamente. Desprendida de su propio peso corporal, lejos de la silla de ruedas y de las correas, libre de su propia inmovilidad, flotaba relajada, ligera, y su sonrisa ancha brillaba tanto que el sol de Benicàssim pensó, por un momento, que le había salido competencia. Tamara miraba al cielo azul con los ojos muy abiertos, y luego miraba a la monitora que la sostenía y le hablaba, y le respondía con esos ojos inmensos que decían: “gracias por quererme, gracias por ayudarme. Gracias por darme estos días de sol y playa, de agua, de vida, de felicidad. Gracias por no ser simplemente una enfermera con la obligación de cuidarme, sino alguien que me estimula, que me da cariño, que me sostiene y me proporciona la seguridad de que nada malo puede ocurrirme. Gracias por tus brazos, por tus manos, por la generosidad de tu gesto, por la ternura de tu abrazo”. Me conmoví viéndola flotar tan feliz entre sus compañeros, que chapoteaban jugando al bingo acuático a su alrededor.

Fue divertidísimo ayudarles a encontrar las pelotitas de ping-pong que flotaban, con sus números pintados, por todos los rincones de la piscina. Yo se las daba disimuladamente por debajo del agua, y les decía: “¡levanta la mano, la tienes tú! ¡El veinticuatro, el veinticuatro!” Jugamos, nos salpicamos, gritamos, alborotamos, lo pasamos en grande. Y la Sirena, como un ser especial, seguía flotando, percibiendo la energía positiva de todos a través del agua, y cargando sus pilas de sol y dicha para todo el resto del año.

He vuelto a casa sintiendo que he conocido a un montón de seres especiales. Entre ellos a una genuina Sirena cuya alegría de vivir no voy a olvidar. Gracias, Tamara, por enseñarme que la felicidad más auténtica está en tu sonrisa.
 

viernes, 26 de julio de 2013

DORME, ROSELA, DORME


            Desde que supo que Rosela quería estudiar Bellas Artes, Genoveva ya intuyó que vería bien poco a su hija. Orense no es, precisamente, la capital mundial del arte, y la niña no deseaba ser profesora, sino ilustradora. Libros, carteles, cómics, lo que fuese. No quería enseñar dibujo en ningún instituto, ni en ninguna escuela, ni nada. Quería crear, dibujar, expresar todo lo que llevaba dentro. Por eso, desde que la contrató esa empresa de ilustración de Madrid, ya no le decía cuánto la echaba de menos: la veía tan feliz, tan realizada, tan bien situada, que no la quería amargar con añoranzas de madre.

            La había llamado unos días antes: “¡Mamá, me dan vacaciones la semana que viene! Vamos a estar veinte días juntas. Tengo tantas cosas que contarte… ¿Me harás empanada de lamprea, mami? Anda, “Veviña”, por favor, que no la he probado en meses”. ¿Cómo ocultar la alegría de volver a tener a la niña en casa? Cantando para sus adentros, Veva se fue al mercado, compró dos kilos de bocartes, los limpió y los congeló para matar el anisakis. En dos días podría meterlos en adobo, y en cuatro tendría una estupenda bandeja de boquerón en vinagre, un plato que enloquecía a Rosela desde chiquitina. La empanada de lamprea la podía encargar en la confitería de la plaza; desde que se le había averiado el horno le era imposible preparar muchas de las cosas que normalmente hacía, pero el técnico le había dicho que era muy viejo, que mejor cambiarlo, y ahora no le venía demasiado bien. La pensión de viuda había mermado bastante, y no quería que Rosela lo notase: no deseaba que se viese obligada a darle dinero, bastante hacía con mantenerse sola en Madrid, con lo cara que va la vida en la capital.

            La víspera de su llegada, Genoveva limpió otra vez el cuarto de su hija. No le dio tiempo de darle hermanos, él se le murió demasiado pronto, malditas carreteras gallegas, húmedas y llenas de trampas, curvas y peligros. Por eso Rosela y ella estaban tan unidas: solamente se tenían la una a la otra. Sacó las sábanas de osos, sus favoritas. Cuando venía a casa le gustaba sentirse un poco niña, dejarse mimar. El resto del tiempo era una mujer de veintiséis años, resuelta, adulta, pero en casa podía dejar la coraza de abrirse camino en el mundo y ser, simplemente, Roseliña.

            Miró el cuadro de la cabecera de la cama. Lo había pintado ella, copiando una foto de las dos juntas. Debajo había escrito los versos en gallego de la nana que, de niña, le cantaba Genoveva:

            “Dorme, Rosela, dorme,

            que mamá che canta e fóra chove.

            Dorme, dorme, Rosela,

            que a lúa mira e a túa nai vela”.

Duerme, Rosela, duerme, que mamá te canta y fuera llueve. Duerme, duerme, Rosela, que la luna mira y tu madre vela. Cuántas noches, cuántas. De pequeñita tuvo mal dormir, lo de su padre le dio pesadillas durante años. Perdió la cuenta de las veces que la acunó. Por eso al crecer le había hecho aquel homenaje en forma de cuadro. Para Rosela, su madre era toda la ternura del mundo. Para Genoveva, esa hija era toda la ilusión de su mundo.

A media tarde le mandó un mensaje de móvil: “ya estoy cerquita. ¡Mira, me hice “xoaniñas” en las uñas, como me hacías tú de pequeñita” Y adjunta al mensaje iba una foto de su mano, con una mariquita pintada en cada dedo. Cuántas tardes de domingo jugando a eso, a pintarle mariquitas, mariposas y flores en sus uñas, “manicura para niñas artistas”, como ella decía. Genoveva se preparó para que la viera guapa. No quería que pensase que su madre envejecía allí sola, no quería darle lástima, ni que se plantease por un solo instante quedarse con ella en la vieja casa y renunciar a sus sueños. Miró de nuevo la foto de sus uñas traviesas, sonrió y se sentó a esperar.

Rosela iba en el vagón 6. No sobrevivió al descarrilamiento. Veva la buscó desesperada entre las filas de la morgue, rezando para no encontrarla. Hasta que vio, bajo una de las mantas, una mano asomar con cinco mariquitas muertas. Ya solo pudo sentarse a su cabecera para, muy bajito, cantarle una última nana. Dorme, Rosela, dorme, que mamá che canta e fóra chove.
 

martes, 23 de julio de 2013

BICHOS VERANIEGOS


            Todos los veranos lo mismo. En cuanto llega el calor nos llenan de bichos. Esta es una afirmación universal y tan cierta que a ver quién es el guapo que viene a rebatírmela. Y aunque ya sé que estáis pensando que son cosas de la naturaleza y el calor, que los insectos son inevitables, que algo tendrán que comer los pobres pajarillos y tal y cual, no sigáis por ahí que os estáis equivocando. No me refiero a “esos” bichos, sino a otros mucho más sofisticados, dónde va a parar.

            Hasta hace unas décadas, con la llegada del buen tiempo, aparecían los consabidos mosquitos (con sus diversos tamaños y su molesta costumbre de alimentarse de la sangre ajena), guarrapatas (sí, habéis leído bien, he dicho “guarrapatas” por no llamarlas algo peor, que me colonizan al perro en cuanto me descuido las muy “garrap_tas”) (póngase “u” en el espacio en blanco), abejas despistadas, avispas con mala leche intentando comerse nuestra merienda en el campo, moscas por miríadas (dependiendo el calibre de éstas del ganado de la zona: moscardas donde hay vacas, díptero común donde hay cerdos, moscones en las zonas de playa, moscas coj….eras que ponen la radio a todo volumen en la terraza justo a la hora de la siesta…), legiones de cucarachas corriendo por las aceras de las ciudades y pueblos, polillas nocturnas y cositas por el estilo. Pero ahora no. Ahora, además de todos esos, por si no había bastantes, llegan los otros bichos para colonizarlo todo.

            Cada año son de una manera. Esta temporada vienen en amarillo, van vestidos de cosa rara, tienen dos ojillos o uno grande, y pululan por todas partes, a sus anchas, haciendo gracias, piruetas y varietés. Muy monos ellos, pero una verdadera plaga; por muy atractivo que sea un bicho, cuando no puedes abrir una revista, salir a la calle o poner la tele sin encontrarte un puñado de ellos, al final te entran ganas de trincar el sacudidor de alfombras y liarte a jugar al tenis usándolos de pelota, a ver si los espachurras a todos.

            Por si fuera poco tener que soportar su omnipresencia mediática, ojito al nombre que les ha puesto la madre que los parió: “minions”. Que da la impresión de que la próxima vez que vaya a un restaurante a pedir un “filet mignon” me voy a equivocar y voy a decirle a un camarero que me traiga un “filet minión”, y la vamos a liar. Que igual me pone uno de esos bichos amarillos abierto en canal y a la plancha vuelta y vuelta. Puaj.

            Reconozco que, al principio, me hicieron gracia y todo. Esas vocecitas de pito, esos razonamientos de niño de cuatro años, esas actitudes de ardilla que se acaba de fumar un porrete… pero ahora no puedo coger el autobús sin verlos pegados a las ventanillas, ni recorrer la ciudad sin encontrarlos en las vallas publicitarias, en las marquesinas y en todos los lados, y no los soporto más. Son una pesadilla peor que las cucarachas rojas, porque esas las pisas, hacen “crunch” y listo, pero ya me diréis cómo se hace para exterminar a los bichos amarillos. Ayer en el Carreflús me hinché a buscar un insecticida que los mate y aún no existe. Mecachis.

            Esto que os estoy contando no es nuevo. La industria americana nos infecta cada verano con un bicho diferente para hacerse rica a nuestra costa, hay que ver, la cura del cáncer no la inventan, pero para crear plagas de esas, oye, qué facilidad tienen. Un año gremlins verdes, otro año pitufos azulitos (y simplones como el mecanismo de un botijo), otro año pajarracos rojos con el ceño fruncido y una mala baba que no se soportan ni ellos. Este verano tocan amarillos, como los canarios, pero con gafillas y chirucas en los pieses.

            Después de los bichos veraniegos de este año, ya podemos esperar cualquier cosa. Pero si se puede elegir, para el 2014, por favor, háganlos transparentes, como el Hombre Invisible. Eso, señores americanos, inventen el “bicho invisible”. Y déjennos un poco en paz.
 

domingo, 21 de julio de 2013

CINCUENTA


            “Cómo han pasado los años, cómo cambiaron las cosas…“ Así comienza el famoso bolero, y así lo canté. Nunca había entonado en público esa canción, pese a que me gustó siempre con delirio, porque soy una incurable romántica.

            Es verdad que las cosas han cambiado mucho en este último medio siglo. Ahora, cuando te casas, ya no firmas una sentencia de por vida si la otra parte de la pareja no cumple lo que prometió. Ahora, si llega el desamor, tú por tu lado y yo por el mío. Ahora ya no eres una cualquiera si no pasas por la vicaría antes de iniciar la convivencia, ya no te insultan ni discriminan si tienes un hijo que lleva tus dos apellidos y no el de su padre, ya nadie se extraña de que una mujer elija criar sola en lugar de hacerlo aguantando a un hombre al que no quiere. Nadie cuestiona que ser soltera no implica renunciar a ser mujer y a ser madre, y quien lo cuestiona dos problemas tiene: amargarse y desamargarse. Pero precisamente por eso, porque el amor es tan difícil de encontrar y mantener cuando es de verdad, es por lo que vale la pena celebrarlo.

            “Cómo han pasado los años, qué mundos tan diferentes…” Sí, es verdad. Muy diferentes. Hace cincuenta años, para salir de su casa, una mujer tenía que casarse. Muchas lo hacían por amor, y muchas también para abandonar la asfixia de madres intolerantes y padres machistas hasta el extremo. Las que tuvieron suerte vivieron felices y sus maridos las llenaron de cariño y respeto. Las que no, cayeron en manos de hombres que eran un calco de sus padres, y saltaron de la sartén a las brasas sin escapatoria. Pero es que hace cincuenta años las mujeres no podían ser independientes, tenían que estar tuteladas por un varón, fuera padre, marido o hermano, como si fueran eternamente niñas sin capacidad de pensar por sí mismas, de tomar decisiones, trabajar por un sueldo, estudiar una carrera. Todo tenía que ser con permiso de ellos. Tan difícil era dar con un hombre que te proporcionase la libertad de iniciar proyectos, tener una identidad propia, unas relaciones sociales amplias, una vida cultural intensa, que la que lo encontraba se podía considerar inmensamente afortunada. Y eso fue lo que yo vi ayer: dos personas que se miraban y se sentían bendecidas por la suerte.

            Se casaron muy jóvenes, en una época en blanco y negro, y entre los dos supieron ponerle color a todo. A base de trabajo, humor y ternura, construyeron un hogar y una familia propia sin descuidar la que ya tenían: padres, hermanos, sobrinos. Todo el que se acercó a su casa encontró en ella cariño, consuelo, acogida, un plato en la mesa. Ella hizo de madre, de consejera, de amiga, y también de sargento cuando hizo falta porque, no nos engañemos, la disciplina es necesaria para la convivencia y la educación, y su ausencia no lleva más que a la pérdida del rumbo. Y él la quiso tanto que entendió que cortarle las alas cambiaría a esa mujer irrepetible que la vida le había concedido, de modo que resolvió ser sostén y apoyo incondicional en lugar de yugo. Trabajó mucho, y también rio mucho junto a ella; la llevó, la trajo, la acompañó a infinidad de gestiones cuando decidió que valía la pena poner en marcha un grupo de folklore bien hecho. La ayudó a fundar una agrupación en la que sus hijas pudiesen bailar y en el que los jóvenes del barrio tuviesen una actividad cultural que les mantuviese a salvo de su propia adolescencia. Gracias a ella, siempre conciliadora y siempre firme, a sus consejos y a su trabajo, unos cuantos hombres y mujeres que hoy son padres honrados y responsables no se perdieron por el camino, víctimas de los conflictos de sus propias familias o de una rebeldía mal entendida y mal dirigida. Y todo lo ha hecho regalando su tiempo sin pedir a cambio más que respeto, respaldada por él a cada momento.

            Cincuenta años. “Y aquí estamos, lado a lado, como dos enamorados, como por primera vez”. ¿Cómo no habría que celebrarlo? ¿Cuántos pueden decir que cumplieron cincuenta años de matrimonio por pura devoción al otro, y no por obligación contractual? Pocos, muy pocos. Cincuenta años de la mano, cuidando el uno del otro y a la vez a todos los demás, cuidando de los amigos, de las hijas, de los nietos, del grupo, de los hermanos, de los enfermos, de todos. Los primeros para reír y los primeros para consolar, los que siempre han estado ahí para todos, el refugio de todos, sin excluir, sin eludir. Dos almas gemelas, dos mitades de un todo tan grande que, al mirarlos, uno queda deslumbrado por la ternura.

            Ayer éramos ciento treinta alrededor de su mesa. Ciento treinta consecuencias del amor entre ellos: hijas, nietos, yernos, sobrinos, primos, amigos. Ciento treinta seres agradecidos por tener un huequecito en esos dos corazones que laten juntos desde hace medio siglo.

            Pocas veces me ha pasado, pero ayer se me rompió la voz mientras les cantaba. “Habrán pasado los años, pero el tiempo no ha podido hacer que pase lo nuestro”. Siento no haber podido acabar vuestro bolero. Yo, cuando sea mayor, quiero ser como vosotros.

            Felices cincuenta años de matrimonio, amigos. Gracias por darme el privilegio de formar parte de vuestras vidas.


sábado, 20 de julio de 2013

CASI SÍ, PERO NO


            No pude evitar mirarla cuando salió del portal. Su sola presencia, a pesar del esfuerzo por ser discreta, llamaba a los ojos a seguir su andar de gacela. No hacía falta ver sus pupilas azules, ocultas tras las enormes gafas oscuras, ni su cabello de brillante ébano, recogido y cubierto por una pamela de enorme ala: la seda del pareo envolvía una silueta que gritaba su curvilínea excelencia con el suave balanceo de aquel caminar. (Este párrafo no es mío, sino de un redactor del “Pronto” que es casi un poeta. Para que luego digan que leyendo las revistas no se aprende).

            “Mira, cariño”, susurré discreta ocultando mi boca tras el helado de fresa y chocolate. “Esa chica es una miss de hace pocos años. ¿No la reconoces?” Él sacó los ojos de su granizado de café por un momento (aún no entiendo en qué narices piensa cada vez que pide uno: le ponen nervioso los granizados, siempre se le acaba el sabor antes que el hielo, y se queda así como a medio… bueno, ya me entendéis a medio qué) y la miró. La mujer había salido de un edificio de apartamentos cuya puerta daba al paseo marítimo de Torrevieja, justo frente a las piscinas de roca que construyeron hace unos años para paliar la escasez de playa del casco urbano. La terraza de la heladería en la que tomábamos el fresco y el refresco tenía una panorámica inmejorable sobre las dos balsas de agua de mar en las que aquel bombón se disponía a zambullirse. “¿Cuál de todas las misses de hace unos años es esta?”, preguntó desconcertado.

            Puse los ojos en blanco; me saca de quicio la incapacidad de los hombres para recordar una cara y relacionarla con su nombre correspondiente por mucho que el rostro sea hermoso y el chasis digno de monumento, por no hablar de que la portadora de ambos haya salido en las revistas y en la televisión hasta la saciedad. “Sí, hombre, esa que se presentó por Alicante pero era nacida en Albacete, la que luego tuvo un algo con el futbolista, y después otro algo con el hijo de un marqués”. No era posible que no la recordase, pero su cara de extrañeza decía que sí era posible. “Que sí, ¿no te acuerdas que en su día ya lo comentamos? Aún te dije yo que tenía las orejas demasiado de soplillo como para ser una miss, y me contestaste que lo único que le faltaba era un poco más de carne sobre los huesos para ser perfecta”. Cara de amnesia total. Estupendo. Cuando se pone así me dan ganas de atizarle con el “Hola”.

            La mujer se despojó del pareo con un gracioso gesto. Procurando no atraer demasiadas miradas sobre su apabullante despampanancia (o despampajo, o despampanamiento, no tengo claro cómo se dice), dejó caer la pamela y las gafas, liberó su melena oscura sacudiendo la cabeza como en los anuncios de champú y, como a cámara lenta, ajustó el bikini blanco sobre su piel morena y se lanzó al agua con una zambullida limpia, como si en sus ratos libres fuera sirena en lugar de top model.

            Escruté los alrededores, pero solamente mi ojo de halcón había cazado a la famosa. Nadie más la observaba, ni los extranjeros ni los nacionales. Miré a mi marido, cuyos ojos seguían las evoluciones acuáticas de la miss. “Pues parece que no pasa el tiempo por ella”, comenté. “O eso, o se ha hecho un arreglito en la retaguardia, porque ese trasero y ese vientre no son de haber parido, y esa chica tuvo un hijo con un torero que después la dejó para darle al livin la vida loca con un equilibrista de circo. Madre mía, cuando vi las fotos, se había puesto redonda, valía la pena saltarla antes que rodearla. Treinta kilos se echó encima, pero claro, luego las enfajan y las pasan por quirófano, y como tienen dinero para los centros de belleza y los masajes, mírala, como si nada, y luego dice que ha sido la dieta de la alcachofa. Allí donde las demás mortales quedamos fofas y chuchurrías, todas llenas de señales, ellas quedan estupendas. Como si pasó un carro”.

            Concluido su baño, la miss salió del agua, como Venus en el cuadro del pintor italiano ese con nombre de botijo, o de porrón, no me acuerdo. Cuando fue a coger el pareo me di cuenta de que a mi marido se le había derretido todo el granizado en el vaso mientras la miraba atontado. Y además, vista de frente y de cerca, advertí que no era ella. Que no era la miss, sino una chica normal y corriente. Un chasco total.

            Al fin le aticé con el “Hola”, por mirón. Y no pienso volver a esa heladería: los helados de fresa son de polvos.

miércoles, 17 de julio de 2013

AL DESPERTAR


            Al despertar se sintió raro. Lo último que recordaba estaba lleno de la neblina que provoca el alcohol. Se miró el cuerpo y vio en él las huellas de los dedos, los morados, los arañazos. Buscó sus ropas, pero solo encontró jirones blancos mojados en vino tinto, un remedo ridículo de sangre. Había sido casi como la última vez que estuvo allí. No, había sido incluso peor.

            Cuando su padre lo envió a vivir entre los hombres, dos mil años atrás, pensó que un varón sería más fácilmente escuchado; al fin y al cabo, en aquel tiempo las hembras no pintaban nada. Solamente parir, trabajar, sufrir y servir al hombre bajo cuyo techo vivían. Él mismo, cuando le engendró en María, le impuso a ella una pareja no elegida, un hijo no buscado y una vida llena de necesidades no cubiertas, deseos no satisfechos, llanto, persecución y dolor. Todo ello adornado, eso sí, de una hermosa propaganda difícilmente demostrable. Pero él nació varón, cumplió su misión, difundió el mensaje e intentó cambiar el mundo. En aquella ocasión no consiguió mucho, porque los hombres se siguieron matando, siguió habiendo justos e injustos, fieles e infieles, ricos y pobres, buenos y malos. Pero al menos logró que los buenos muriesen confiando en que el premio que en vida se les negó llegaría al fin en forma de vida eterna y feliz. Eso sí, no dejan que nadie vuelva para contarlo, de modo que esta última parte también es difícilmente demostrable. Pero bueno, eso fue la otra vez. En esta ocasión todo había sido distinto.

            Entonces no había logrado del todo su objetivo, de modo que en este siglo su Padre lo envió en forma de mujer. Lo hizo a un país ya católico, para evitar el proceso de conversión: en ese sentido, ya tenía el trabajo hecho. Su misión era crecer, aprender, ir buscando los lugares en los que más gente se congregase y allí tratar de hacer que su voz fuera escuchada. Tenía que encontrar su propia Babel y lograr el efecto contrario que en la original: que donde muchas lenguas distintas entorpecían el entendimiento llegase ella, les hablase, y consiguiese que todos la comprendieran, la escucharan y vieran que su mensaje era el verdadero. Que dejasen de adorar ídolos con pies de barro en forma de actores y futbolistas, que hallasen la esperanza en el amor a Dios y al prójimo, en el respeto y la tolerancia. Tenía que ayudarles a encontrar de nuevo el camino. Por eso eligió aquella plaza.

            Había miles de personas congregadas, y oyó hablar en muchas lenguas distintas. Era el lugar. Todos decían estar allí en nombre de un santo, pero su actitud poco tenía que ver con la santidad: la mayoría estaban ebrios, gritaban, sacrificaban animales después de torturarlos, comían con gula, se regaban con vino y malgastaban sus bienes. Era el momento de hablarles, de decir que ese no era el camino; hizo una libación de la Sangre de Cristo después de bendecirla, se alzó sobre los hombros de quienes estaban junto a ella, y con su rostro resplandeciente de divinidad comenzó a difundir su mensaje.

            Sufrió la más vergonzosa de las crucifixiones, con la ropa arrancada de su cuerpo por las manos de docenas de energúmenos borrachos, sobones infames, cerdos con dedos en lugar de pezuñas, reprimidos, violadores en potencia que pasaron sus sucias zarpas por el cuerpo de ella sin pedir permiso, rompiendo sus ropas, hurgando en su intimidad, manoseando cada centímetro de una piel que la mujer, con solo dos manos, no podía defender. Ni sus palabras ni sus gritos fueron escuchados. Fue un doloroso calvario en el que no iba a perecer, pero que iba a hacer que deseara estar muerta. Sobre todo porque aquella primera vez fue asesinado con violencia, resucitó con gloria y su historia será contada por los siglos de los siglos, pero esta vez solamente fue ultrajada, humillada, usada y tirada, y todo el mundo siguió bebiendo, bailando y mirando para otro lado. “La que viene a San Fermín y se mete en el mogollón sabe que la van a sobar, sí o sí”.

            No hacen falta Evangelios para contar su crucifixión pública, porque ya la prensa, la televisión y las redes sociales se han encargado de ello convenientemente. “Esperemos que sirva para que no ocurra más, porque si no habrá que cambiar la Biblia y poner a Pamplona junto a Sodoma y Gomorra”, dijo ella mientras emprendía camino de vuelta a casa. “Tengo que decirle a mi Padre que deje de mandarme de misión a la Tierra. Ya no sé qué más maltratos pueden infligirme”.

            “Cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí". Mateo 25, 37-40.
 

lunes, 15 de julio de 2013

NIÑOS EN LA PLAYA


            Era ver una francesa y su instinto conquistador se ponía en marcha. Jairo no sabía por qué, pero sentía una atracción especial por las muchachas del país vecino. Evidentemente, no todas le gustaban solo por el hecho de haber nacido en Francia, pero a igualdad de condiciones en cuanto a belleza y simpatía, entre una española y una gala escogía siempre la segunda. Laetitia Casta era su ideal de mujer, le era imposible resistirse a una voz femenina que susurrase palabras de amor en el idioma de Balzac y Víctor Hugo, y ese mohín que tienen por costumbre dibujar las francesas en su boca le volvía tarumba.

            En algún sitio había tenido que oír que las mujeres de allende el Pirineo se depilan poco, son bigotudas y desgarbadas, e incluso un poco ligeras de cascos, pero a él no le parecía que tales tópicos fueran ciertos. Realmente había conocido a algunas con un poco de bozo, o más lanzadas de lo que acostumbraba a ver en las chicas de aquí, pero nada exagerado ni fuera de lo común. Por lo general él las encontraba estilosas y elegantes, y no podía resistirse a esas “erres” que tenían más de ronroneo gatuno que de “erres”, a esas “es” con boquita de “u” y a esas “úes” con boquita de “i” que hacían de su hablar algo siempre inesperado y cautivador.

            Los amigos de Jairo se burlaban de él. Le decían que parecía Alfredo Landa a la caza de la sueca, o un italiano cualquiera cuando ve a una española. Que el producto nacional no tenía nada que envidiarle al galo, que cualquier día iba a marcharse a París tras la falda de alguna francesita y no iban a volverle a ver. Comenzaron a prepararle citas a ciegas con chicas españolas, verdaderos bombones, pero para él eran como el pan sin sal: donde estuviera una buena “baguette”…

            “Háztelo mirar, tío”, le dijeron. “Lo tuyo con las gabachas es enfermizo”. ¿Y si tenían razón? ¿Podía ser que realmente estuviera enfermo? Quizá un psiquiatra tuviera la respuesta, el porqué de que no pudiese sentirse atraído por ninguna española. Pero no, el médico no pudo contestarle a esa pregunta, ya que su fijación no era patológica ni peligrosa. Durante aquel verano trató de acercarse a unas chicas de Vigo que conoció en la playa, pero no hubo manera de encontrarles la gracia. Y eso que dicen que las gallegas son melosas y atractivas, pero a él no le terminaron de llenar el ojo.

            Al final, cansado de buscar el amor rastreando el idioma de cuantas turistas se le pusieron a tiro, se fue a llorar al hombro de su abuela. “Yaya, no sé por qué, pero me tengo que casar con una francesa porque las de aquí no me gustan”. La anciana, sonriendo, revolvió el pelo de su nieto y le contestó: “Es por aquella niña. No la has olvidado, ¿verdad? Tenías siete años, y ella ocho. Pasasteis quince largos días jugando juntos en la playa, en Cullera. Yo os miraba salpicaros en el agua, hacer castillos, coger conchas, y me hacía gracia comprobar que no os entendíais, porque cada uno hablaba un idioma distinto, pero no por eso dejabais de jugar y reír. Os hice una foto, creo que la tengo en algún sitio. No sé cómo se llamaba, algo como como Amparín, o Conchín”.

            Lo ponía detrás de la instantánea. “Con Sandrine, verano del ’89. Playa de Cullera”. Miró la estampa, no eran más que dos críos de espaldas contemplando las olas. Y se dio cuenta de que, en realidad, ella había sido su primer amor. El final de las vacaciones frustró aquel idilio infantil lleno de gestos, palabras no comprendidas, “erres” que tenían más de ronroneo gatuno que de “erres”,  “es” con boquita de “u” y “úes” con boquita de “i”. Sin saberlo, buscaba a Sandrine en cada mujer porque la edad le negó probar aquella boca, y aún necesitaba cerrar ese capítulo.

            Por cierto, Jairo ahora vive en Pontevedra. Se casó con una gallega llamada Anxela. Es profesora de francés.
 

viernes, 12 de julio de 2013

DIECISÉIS


            Nuestra memoria tiene, en ocasiones, un comportamiento realmente curioso. No soy capaz de recordar lo que cené hace dos días, ni mucho menos lo que hice el año pasado por estas fechas. Pero sí recuerdo, con todo detalle, lo que hice tal día como hoy hace dieciséis años. Cómo iba vestida, qué comí y dónde… incluso la marca que había en la taza del café que tomé en aquel bar por la tarde.

            Fue un viaje infernal. Salíamos de Santander temprano, con la fresca, en nuestro cascado Seat Málaga sin aire acondicionado, pero a medida que fue avanzando la mañana y dejamos atrás Cantabria la temperatura se disparó. El calor de julio achicharraba hasta el pensamiento; la meseta era un puro asadero sin refugio, el asfalto ardía, y las ventanillas bajadas hacían que el viento me azotara la cara obligándome a cerrar los ojos continuamente. La primera parada la hicimos en Burgos, en una mercería. Compré un metro de lazo azul oscuro y lo até a la antena. La radio perdía la señal cada pocos kilómetros, obligándome a buscar las emisoras todo el tiempo. Era mucho más cómodo viajar escuchando música de alguna cassette, pero ese día necesitábamos las noticias.

            Los boletines se sucedían uno tras otro; no esperábamos, ni queríamos, que el gobierno cediese al sucio chantaje de los terroristas, pero sí confiábamos en que la policía obrase el milagro, y que igual que había encontrado y rescatado pocos días antes a Ortega Lara de aquel zulo infame, lograra dar caza a los que tenían secuestrado a Miguel Ángel Blanco y consiguiera evitar su asesinato. Rezábamos por que llegaran a tiempo, o por que los malditos no cumpliesen su amenaza, que permitieran una negociación que nos diera, que le diera a él algo más de tiempo. Pero la esperada noticia no llegaba.

            A pesar de que en nuestro coche solamente había dos asientos ocupados, en realidad viajábamos tres: Jesús, yo y una inmensa pena. Valencia parecía estar mucho más lejos que de costumbre, y a los dos se nos escapaban las lágrimas de tanto en tanto. Paramos a comer cerca de Soria, y ni siquiera apreciamos los ricos bocadillos que nos había preparado mi madre. La boca nos sabía amarga, la rabia se nos mezclaba con la esperanza, el miedo con la tristeza, y todo eso nos hacía un nudo en la garganta que no lográbamos deshacer. Decidimos no descansar tras la comida y continuar viaje. Necesitábamos llegar a casa para sentirnos un poco más amparados.

            Fue en Barracas. Nos detuvimos a tomar un café en un bar enorme, parada de autobuses, que siempre está lleno de gente. La televisión estaba puesta, y en el momento en que le di el primer sorbo a mi cortado dieron la noticia. Con las manos atadas a la espalda, tirado en el suelo, como un despojo. Con dos tiros en la cabeza. Aún agonizaba. Por un instante me puse en su lugar: secuestrado con violencia cuando iba a coger el tren, amenazado con una pistola, sentenciado a muerte. Contando las horas durante dos días. Pensando en los suyos, en el sufrimiento que estarían padeciendo. Rogando por su vida. ¿Qué conseguiréis matándome? ¿No comprendéis que el diálogo es la única solución, que vuestra guerra no es la mía, que vuestra violencia es gratuita, loca y estéril? Dos días, tic, tac, tic, tac, diles a tus amigos del gobierno que acerquen los presos al País Vasco, tic, tac, tic, tac, van a dejar que mueras como un perro, tic, tac, tic, tac. Imagino su desesperación, su miedo, sus gritos.

            Dos tiros. Dos disparos que nos alcanzaron de lleno a todos. Aquel terrible día no solamente murió él, sino también nuestro miedo. Alzamos la voz y dijimos lo que nunca debimos callar; recuerdo que habría en aquel bar más de ochenta personas, y quien no lloraba, gritaba o blasfemaba. El camarero que me había servido enterró la cara entre las manos, se sentó en un barril de cerveza y sollozó: “joder, tengo un chico de esa edad”. Miré a mi marido; él también tenía la misma edad. Con veintiocho años nadie piensa que puede convertirse en mártir de una causa que nunca debió existir.

            Jamás vi tanta gente junta como en aquellas manifestaciones, las manos pintadas de blanco, la indignación en la boca, la pena en los ojos, la garganta rota de gritar con las lágrimas quemándonos por dentro, la determinación de acabar con los terroristas de una vez por todas, de desterrarlos, de reducirlos a una mala pesadilla. Todas las voces, una. Todas las caras, una, la de Miguel Ángel Blanco, que logró que, por una vez, estuviéramos de acuerdo en algo: que los únicos que sobraban (y sobran) en este país eran ellos.

            Dieciséis años. Podrías tener hijos adolescentes, ser un político respetado, o simplemente un buen hombre, pero eligieron por ti y te convirtieron en un símbolo. Yo no olvido, Miguel Ángel. Espero que nadie lo haga.

miércoles, 10 de julio de 2013

CUANDO NO ES ÉL


            Ella era menuda y delgada, con unos grandes ojos marrones, delicadas orejitas, la nariz respingona y el gesto altivo. Elegante y bien vestida, peinada siempre a la moda, la veía pasar cada día por su calle y no se atrevía siquiera a levantar la vista en su presencia. Por eso, el día en que un amigo común se la presentó, le temblaban hasta las piernas. Se tomó dos copas para reunir el valor suficiente como para sacarla a bailar.

            Él no era nada del otro jueves. Siempre con el uniforme de trabajo, echando horas extras a falta de nada mejor que hacer. No tenía mala nómina; durante el boom de la construcción cualquier yesero como él podía levantarse al mes tres mil euros, más que un ingeniero. No pegaban ni con cola, pero a ella se le metió entre ceja y ceja casarse con él, y lo deslumbró con sus arrumacos. Para la boda, un vestido diseño exclusivo hecho a medida, un restaurante de campanillas, la iglesia donde se casaban las niñas bien. Para la compra del piso y la reforma, él se gastó todo lo que tenía, y pidieron una hipoteca. Ella aportó como dote su colección de ropa de marca, el reloj Cartier y ningún ahorro. Eso sí, los muebles, que sean de diseño, anda, Cari, pide un préstamo.

            Ella era menuda. Menuda era ella. Dejó su trabajo de cajera de supermercado porque quería ser madre. Seis años sin pegar golpe hasta que llegó el embarazo. Cuando se aburría, se iba al Corte Inglés a pasar la tarde, y hacía polvo la tarjeta. Él le pidió que se moderase con los gastos. “No me digas que vas a ser tan poco hombre como para no poder mantener a tu mujer y este piso de mierda que me compraste. Haz más horas, si es preciso los domingos”. Y él se tomó otras dos copas para no pensar.

            Llegó por fin el deseado niño; ella ya tenía lo que quería, y cerró la fábrica. “Borracho, inútil, no me toques, que ni para eso sirves. Vete a trabajar y trae más dinero a casa, que con tu nómina no nos da para vivir, quiero otro móvil y el niño va a ir a un colegio caro para que sea más que tú, que eres un tarugo y un patán”. Ante la inminente ruina, ella se puso a trabajar para tratar que le desbloqueasen alguna de las tarjetas, pero en tres meses se cansó de madrugar y volvió a no dar golpe.

            Él cada vez bebía más. Las empresas financieras le acosaban a llamadas por los impagos; pronto llegó la denuncia y el embargo de la nómina, justo cuando a ella se le antojó vivir en una casa independiente. Aún era la época en que los bancos daban las hipotecas alegremente, y una vez más aquel frasquito de veneno con tacones consiguió lo que quería. “Yo no pienso lavarte esa ropa tan sucia que traes de la obra, cerdo, que eres un cerdo. Si quieres ir limpio, te la lavas tú, pero no en mi lavadora nueva, que se estropeará de tanta mierda que llevas siempre encima. Dame dinero, que me voy a comprar un bolso monísimo que he visto esta mañana, y hazle al dentista una transferencia para la ortodoncia del niño”. Y él, con los dientes podridos y cayéndosele a trozos, pensó que su arreglo de boca costaría una fortuna, y que ella jamás se lo permitiría. Total, ya ni siquiera quería besarle. No le dejaba ni que la rozase. “Yo a ti no te toco ni con un palo”, le decía ella. “Me das asco, borracho, inútil, poco hombre, subnormal”; a veces discutían como fieras, y ella le arañaba la cara y los brazos, como una gata loca de rabia. Y él se iba al sofá a dormir con la botella de whisky, esa amiga fiel que nunca le decía “no”.

            Se suicidó cuando descubrió que le ponía los cuernos con el tipo alto y encorbatado del banco. Destruido, humillado, sin dignidad ni autoestima, maltratado por ella y por el niño, que era una fotocopia de su puñetera madre y no hacía más que exigir caprichos y maquinitas caras. Nunca le contó a nadie el infierno que había vivido, porque, ¿en qué lugar queda un hombre si denuncia que su mujer le maltrata?

            Dentro de casa, la violencia puede tener dos direcciones. Ellas, las más débiles, suelen ser las agredidas. Pero cuando no es él el que humilla, cuando no es él quien golpea, hunde, insulta, destruye, cuando no es él el agresor, el monstruo, el que abusa, sino ella, ¿qué ocurre? No hay marea de apoyo, ni refugio de acogida, ni protección, porque ellos casi nunca hablan. Prefieren callar, o morir, o alcoholizarse hasta perder la razón.

            Nunca seremos iguales en algunas cosas.
 

lunes, 8 de julio de 2013

NO SE LO DIRÉ


            Es difícil a veces, cuando se vive en un pueblo, tratar de explicar algunas de las cosas que nos ocurren. En las localidades pequeñas no hay nada privado: lo que es de uno, es de todos. Hasta los secretos.

            Mi suegro siempre decía: “al que quiera saber, mentiras para él”. Lo malo es que hay personas que no sabemos mentir. Y la gente de los pueblos no se conforma con una explicación somera ni con una excusa vaga de compromiso. Siempre tienen que saber más, llegar hasta el fondo del asunto. Destripar el problema para llegar al meollo, inspeccionar las causas, exprimir los detalles, asfixiando a preguntas a quien sea sin importar el hecho de que ese “quien sea” no haya nacido en el pueblo, sea vecino accidental o incluso visitante de paso. De modo que, aun tratando de mentir para que nadie pueda decir “vas por ahí hablando mal de mí”, al final siempre se me acaba notando. Pero me resisto, de verdad, no me resigno a la falta de prudencia disfrazada de inocente interés de la gente de los pueblos.

            La culpa no es mía. Yo nací en ciudad, me crie en ciudad, maduré en ciudad. ¿Quién me mandaría a mí venir a vivir a un villorrio como este? Las circunstancias laborales fueron las culpables. Las responsables de que ahora vaya por la calle y suelte mentiras y medias verdades cada día. No lo puedo evitar, tengo que salir a por el pan, y a por la fruta, y a llevar a los niños al colegio. Evito la plaza, los mentideros, los cafés. Pero oye, es que es poner un pie fuera de la puerta de mi casa y parece que las Tías Marías están emboscadas. Se turnan, hacen guardias, me esperan escondidas tras las esquinas. Yo creo que hay dos de ellas que incluso se han ido a vivir al horno y al estanco con tal de no dejarme escapatoria. Total, para averiguar lo que ya saben: que he dejado de trabajar en la farmacia del pueblo.

            Han sido muchos años estudiando y echándole horas. Primero técnico de análisis clínicos, luego técnico auxiliar de farmacia, cursos de atención al público, las prácticas gratis, los primeros años como manceba cobrando una miseria (y una guardia de cada tres que hacía), las horas extra “para aprender” que luego no se veían reflejadas en el sueldo. Todo para tener, al fin, un trabajo en una farmacia, un sitio limpio, honorable y apropiado para una mujer. Cuando me contrató el farmacéutico de esta aldea con ínfulas de pueblo, tuve que ir un año a clases para dominar el idioma de la zona, porque no quería que la gente mayor tuviese que esforzarse para ser atendidos. En estos cinco últimos años he llevado la farmacia casi yo sola, porque el titular hace sus vacaciones (y sus siestas en la rebotica) cada vez más largas. He limpiado el establecimiento, he hecho los pedidos, recibido los medicamentos, organizado las estanterías… incluso elaboro las recetas magistrales que Don Anselmo, el médico, nos manda para algunos pacientes. Cinco años teniendo paciencia con los abuelos, aconsejando a los parroquianos, tomando la tensión a los vecinos, pesando a sus bebés y callando sus miserias, porque jamás ha salido de mi boca quién toma el preparado que combate la gonorrea, ni a quién se le suministran los desinfectantes contra las ladillas, ni nada. Por eso, ahora que hay otra chica ocupando mi puesto en la farmacia, parece que de pronto todo el mundo necesita caramelos de menta, o pomada de árnica, o lo que sea, para pasar por allí a intentar enterarse de por qué ya no estoy tras el mostrador.

            Ha pasado una semana desde que salí por la puerta de atrás de la rebotica para no volver; demasiado tiempo de intriga para esta gente. Mi jefe no está nunca, y la chica nueva no sabe nada, de modo que andan todas (y todos) detrás de mí con la misma pregunta: “AY, CHICA, PERO, ¿QUÉ ES QUE YA NO TRABAJAS EN LA FARMACIA?” Escandalazo jugoso para desmenuzar, cotillear y comentar ampliamente.

            Pues no, señoras. No les voy a contar el porqué. A alguna ya le he dicho que no me han renovado el contrato, a otra que un amante secreto me ha retirado y me ha puesto un pisito, a otra que tengo un tendón de la rodilla al revés y no puedo estar de pie, y a otra que me he convertido al Islam y mi nueva religión me prohíbe trabajar. Pronto necesitaré una rinoplastia, porque la nariz me va a crecer hasta llegar al pueblo de al lado. Nunca les diré, señoras, que me han despedido porque le vendí a la Melecia un preservativo sin pedirle el libro de familia que certificase que está casada, porque de sobra sé que no lo está.

No me da vergüenza haberle suministrado un condón a una soltera. Lo que me abochorna es que, en pleno mil novecientos setenta y nueve, un miserable trozo de goma ocasione mi despido porque quien me lo compró era mujer y no lleva alianza. Yo creo que a esta gente le sería más ventajoso que a la Melecia le creciera el vientre, así tendrían nueve meses de comidilla a su costa.

A la mitad de las que hablan también les podría decir la marca del jabón desinfectante que usan sus maridos después de visitar el puti-club de la carretera. He vendido cientos de pastillas de ese jabón en el pueblo, y no me han despedido por ello.
 

jueves, 4 de julio de 2013

EL CURSO DEL RÍO


            El maestro reunió a sus alumnos aquella mañana. Quería contarles una historia para después plantearles una duda. Les hizo sentar a todos formando un semicírculo en el suelo del aula, y después acercó un taburete y se sentó frente a ellos, mirando sus caras. Había juntado para la ocasión a un grupo de muchachos de doce años con otro grupo que contaba ya diecisiete, cercanos a la mayoría de edad, y con un puñado de hombres que frisaban la treintena.

            “Un viejo sabio llevó al río a tres de sus discípulos y les retó. Les dijo que aquel de los tres que consiguiera hacer que el agua del río invirtiese su camino, que volviese desde el mar a la montaña y no como la Naturaleza le mandaba, demostraría ser el más sabio entre todos los sabios. Se convertiría en el Gran Maestro del Mundo, y por tanto en un hombre rico y poderoso.

            De los tres, uno era un gran nadador, de torso musculoso y entrenado. Su fuerza física era notablemente mayor que la de sus compañeros. Otro era un joven idealista y soñador, tremendamente noble y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Nada tenía porque todo lo repartía entre sus semejantes, y se empeñaba en creer que todo el mundo era desprendido y trabajador como él. El tercero era un necio codicioso que solamente tenía un don: el de la palabra.

            Cada uno de ellos trazó su plan para invertir el curso del río y lo puso en práctica, pero únicamente uno de ellos consiguió su objetivo”.

            Llegado a este punto del relato, el maestro miró a todos sus alumnos, que le escuchaban en silencio. “¿Cuál de los tres pensáis que fue el ganador de tan singular prueba?” Después de unos instantes, los niños de doce años se consultaron entre ellos, y al fin opinaron: “El fuerte sin duda, maestro. Hay que ser muy fuerte para conseguir que el agua del río camine hacia el otro lado”. Los de diecisiete, sin embargo, discreparon: “El segundo de ellos, maestro. Seguramente alguien tan generoso tendría muchos amigos dispuestos a ayudarle en un reto como ese”. Los hombres de treinta años miraron a los muchachos y callaron. El maestro, entristecido, continuó su relato.

            “El discípulo fuerte se echó al agua. Estaba convencido de que, si nadaba contra la corriente durante un largo tiempo, la potencia de sus brazos conseguiría que el agua cambiase su caminar. Nadó y nadó durante muchas horas hasta quedar exhausto, y al fin, cuando se terminaron sus limitadas fuerzas, la corriente lo arrastró y se ahogó”.

            En aquel punto, los niños de doce años profirieron un “Ooooh” desencantado.

            “El discípulo generoso ofreció cuanto tenía a aquel que le ayudase en su reto. Dio su casa a un hombre que le prometió prestarle sus caballos, su carro a otro que le prometió construirle una noria que girase al revés para obligar al agua a cambiar de rumbo, y todo su dinero lo repartió entre varios que le dijeron que empujarían la rueda cuando los animales se cansaran. Todos ellos se quedaron con sus bienes, pero luego se excusaron en múltiples obligaciones y disculpas vagas, y no cumplieron su parte del trato. El chico entonces, al verse solo, se sintió engañado, derrotado y terriblemente triste, de modo que se marchó del pueblo y jamás se le volvió a ver”.

            Esta vez fueron los muchachos de diecisiete años los que mostraron su decepción. Los de treinta, sin embargo, sonreían.

            “El alumno codicioso fue a hablar con un ingeniero, con el alcalde, el cura, el jefe del gremio de albañiles, el gobernador de la provincia y el banquero. Les embaucó con su encantadora charla, les llenó de sueños y expectativas de prosperidad, y les prometió que, si le convertían en el sabio entre sabios, en el rico y poderoso Gran Maestro del Mundo, les daría a todos tan fabuloso pago que jamás tendrían que preocuparse por el dinero, porque nunca les faltaría. Al día siguiente comenzaron las obras de la presa y el bombeo, y en un año el río ya corría al revés”.

            Uno de los alumnos más jóvenes preguntó entonces: “Maestro, ¿por qué nuestros compañeros de treinta años ya sabían quién iba a ganar y no nos advirtieron?” El maestro se echó a reír y contestó: “Porque con la edad que tienen ya han votado en varias elecciones generales y municipales. Y ya saben que, cuando hay dinero y poder en juego, no hay fuerza ni nobleza que valgan”.
 

martes, 2 de julio de 2013

CONSERVAS SIN FRASCO


            Aún me acuerdo de quiénes y cuándo le regalaron ese peluche. Hacía dos días que habíamos vuelto a casa del hospital; yo estaba muy molesta y cansada por culpa de la falta de sueño, la importante hemorragia que había sufrido y las tomas nocturnas. Me ardían los puntos de la episiotomía, había tenido una subida de leche tremenda y mi pecho era un martirio de bultos, dolor y grietas. Como podréis suponer, no era mi mejor día, pero las visitas no paraban de llegar para conocer al bebé, y yo me obligué a atender a todo el mundo.

            Uno de los regalos que recibió mi hija aquella tarde fue este: una osita de colores imposibles, lazo en la cabeza (por eso dedujimos que es hembra) y sonrisa de dibujo infantil. Cuando se le apretaba la nariz, se le iluminaban los mofletes y emitía el ruido de dos sonoros besos seguido de un “I love youuuuuu!!!!” simpático y muy, muy inglés.  De todos los peluches que recibió, algunos fantásticos (y carísimos), aquel puede que fuera el más modesto, pero fue recibido por nosotros con el mismo agrado que los demás, y lo colocamos en una estantería del dormitorio del bebé, entre un gran oso morado y un pato blandito y achuchable.

            Ella creció viendo todos aquellos ojitos de trapo que cuidaban su sueño desde cada mueble alrededor de su cuna, pero hasta que aprendió a andar, pasado el año de vida, el único que manejaba era “Rabito”, la oveja de guardia que había dormido a su lado desde que llegó a casa. Sin embargo, con la autonomía que le proporcionaba el poder caminar sola, pronto comenzó a pedir los peluches para arrastrarlos por casa y dejarlos en los más insospechados rincones; ya ni nos acordábamos de que la osa hablaba inglés y daba besos hasta que un día ella misma se sentó encima del juguete y lo activó por casualidad. Me gustaría que hubierais visto su expresión de entusiasmo. Abrió mucho aquellos ojazos redondos y castaños que le ocupaban media cara, y su boquita de solo cuatro dientes dibujó una “O” de asombro. La recuerdo como si fuera hoy, con su peto vaquero, la chaqueta verde, las zapatillas de castores bigotudos y el pelito que yo misma le había cortado unos días antes. Articuló un “¡¡¡mamiiiii!!!!” lleno de sorpresa, asombro y curiosidad que, de haber sabido hablar un poco más (cosa que no tardó en hacer), habría podido ser perfectamente un “¡¡¡mami, la osa esta rara del lazo dice cosaaaaas!!!!!”. Entonces, se la sacó de debajo del trasero y comenzó a apretarla hasta que dio con el resorte de su nariz. “Smuacks, smuacks, I love youuuu!!” Una vez. Otra vez. A la tercera estalló en carcajadas, parecía un cascabel. A la quinta, el ataque de risa se me contagió, y hasta el gato vino a averiguar el motivo de tanto jaleo.

            Fue a la décima. A la décima vez que apretó la nariz de aquel muñeco, tras el “Smucks, smuacs, I love youuuu!!!” su vocecita de bebé pronunció, imitando la entonación de la osa: “Balaloooooo”. Después fue a buscar a su padre, que llegaba de trabajar en aquel instante, y le enseñó su hallazgo y su nueva habilidad: el inglés. “Balalooooo”.

            En los días siguientes se lo enseñó a los abuelos, a sus primas, a sus tíos y a todo bicho viviente, y la reacción de todo el mundo era la misma: la risa. Claro, ella encantada de la vida. Y el muñeco, al final, se quedó con el nombre de “Balalo” a pesar de ser chica.

            Hoy aquel bebé está a punto de cumplir trece años, y “Balalo” ha salido esta tarde del dormitorio de su hermana, que nunca lo ha oído hablar porque para cuando ella nació el mecanismo de charla anglosajona ya se le había roto sin posibilidad de reparación. La pequeña está preparando bolsas con juguetes para donarlos, y ha venido a preguntarme si ese era de los que se quedaban o de los que se iban. Yo le he cedido la decisión a la legítima dueña de la osa: “Paloma, ¿qué hacemos con “Balalo”, te lo quedas o lo donamos?” Ella lo ha cogido entre las manos, y se le han llenado los ojos de lágrimas.

            Trece años. Pero, a pesar del rimmel, a pesar de que mide más que su madre, a pesar de que ya usa ropa que dejé estrecha al engordar, escribe en su móvil más rápido que yo y anda boba por algún compañero de estudios, sigue siendo una niña. “Balalo” se queda. Espero que aún por bastante tiempo.

            Es una pena, pero no hay ningún frasco en el que conservar la niñez de nuestros hijos.