martes, 27 de agosto de 2013

LA TETA Y LA ESTUPIDEZ


            Érase una vez una madre con su bebé en brazos. Ella paseaba por una gran tienda de ropa de, llamémosle, precios populares. Traducido al cristiano, una especie de mercadillo de prendas baratas, hechas con telas malas cosidas en búscate a saber qué país del tercer mundo pagando a los cosedores/as una ridiculez al día, pero que en lugar de tenderetes de tubo y plásticos y su vendedora detrás (la braaaaga de moooda, ay coooompra dos por tres leeeuros, mira chica qué primores traaaaigo) tiene techo, cajas registradoras y guardias en las puertas. Un sitio en donde la ropa, y no solo la ropa, es casi de usar y tirar, pero que siempre está atestado de gente. Y ocurrió que, por mandato de la naturaleza, el bebé despertó, notó su estómago vacío e hizo lo que cualquiera en su puesto habría hecho: llorar para reclamar alimento.

            La mamá de la criatura se vio en mitad de una vorágine comercial, lejos de casa y de su coche, e hizo lo que era más lógico, o al menos lo que yo considero más lógico: le dio de mamar a su hijo para calmarlo. Y, señores, aquí viene el acontecimiento, el motivo del revuelo, el escándalo, la desvergüenza. No, no me refiero a la teta descubierta en lugar público. Me refiero a que la echaron de la tienda. Tal cual.

            Una teta que da leche no es un objeto erótico. Es un biberón natural, una fuente de carne hecha a medida de la boquita que demanda lo que mana de ella. Una mujer que da de mamar no es una tía enseñando las tetas, es una madre alimentando a su cachorro. Ver algo sucio, provocativo, pecaminoso o inadecuado en ello es como para hacérselo mirar. Yo no sé si la chica se retiró a un rincón discreto o continuó caminando y mirando ropa, comportamiento propio de otras culturas que conviven hoy día con la nuestra, y hecho que yo considero una proeza (jamás conseguí dar de mamar a mis hijas sin asiento y cojín para apoyarme, pero me consta que hay mujeres que sí son capaces), pero me da igual. El responsable del local que echó a la calle a esa madre por dar de mamar a su bebé, seguramente mamó poco (o nada) en su niñez, y debe tener algunas carencias afectivas. Freud tendría mucho que decir al respecto, desde luego.

            Habrá quien me diga: “es inadecuado practicar la lactancia materna en lugares públicos, y poco comercial para el local”. Mec. Error. Una tienda de ropa de calidad no habría echado a la mujer, sino que le habría facilitado un lugar cómodo en donde amamantar sin tanto jaleo de gente alrededor, y además le habría ofrecido un vaso de agua mineral para reponer líquidos. Lo que consiguió “ese sitio cuyo nombre no diré pero todos habéis intuido” fue que, a los tres días, un ejército de mujeres se plantara en varias tiendas de la cadena armadas con sus bebés, e hicieran una gran tetada para escarmentar a más de uno.

            Vamos a dejarnos de remilgos estúpidos: en un país en el que para anunciar cualquier cosa se enseñan tetas, ya sea un coche, ropa o bolsas de basura, no me vengan ahora con que amamantar en público es indecente y censurable. Quien piensa así puede coger su doble moral y guardársela en el bolsillo: yo prefiero mil veces la boquita de un bebé tapando mi pezón que una de las camisetas que venden en esa tienda, que de tanto escote como tienen solamente tapan eso, el pezón. Y además, como me descuide, la tela me dará alergia.

            Cuando la lactancia condiciona y limita la vida social de una mujer se abandona antes de lo deseable. Si usted que me está leyendo ve a una madre dando de mamar a un niño en público y se siente violento o incómodo, sea comprensivo y dese la vuelta. Y recuerde que usted también mamó, y si no lo hizo, lo siento por usted, de veras.
 

domingo, 25 de agosto de 2013

CON ANTICIPACIÓN


            “Vamos a dar un paseo por el campo”, propuso Julio. La tarde era perfecta: agosto moría de calor, pero en torno a las seis el viento se despertó aliviando la canícula. La comida había sido agradable y la sobremesa larga, de modo que a todos, cansados de estar sentados, nos pareció bien la idea.

            Nos levantamos para salir, y Pepa pidió unos instantes para cambiarse el calzado: con las sandalias que llevaba no se atrevía a pisar nada que no fuera asfalto. La razón no era el inexistente tacón ni la fragilidad de las tiras de cuero, sino su enfermedad. Pepa tiene Parkinson, y necesita llevar bien sujetos los pies cuando el firme no es regular. De todos modos, su riesgo de caer es bastante mayor que el del resto de los mortales, pero no es cosa de, además, ponérselo fácil a los tropezones. Después de cambiarse, se arregló el pelo, se lavó la cara, buscó una bolsa de plástico y se la guardó en un bolsillo. Me pregunté para qué la querría, pero no le dije nada.

            Todavía recuerdo cuando le diagnosticaron la enfermedad. Nosotros le decíamos que no podía ser, que antes de ponerle nombre a lo que le ocurría había que esperar a la conclusión de todas las pruebas, pero éstas no dejaron resquicio a la esperanza. Había una lesión en el cerebro, los síntomas eran los que eran, la resonancia dijo sí, y entre todos la sentenciaron a la terrible condena de ir perdiendo, progresivamente, el control de su propio cuerpo.

Admitir con cuarenta y pocos años que tienes un mal incurable de esas características es algo que no puede hacer cualquiera. Ella, qué duda cabe, no se lo tomó bien. De hecho, al Parkinson se le sumó una depresión, eran dos contra uno, pero ambos enemigos no tenían ni idea de con quién se estaban metiendo, porque la Obstinación, la Determinación y la Rebeldía tienen un nombre, y ese no es otro que Pepa. Ella sabe lo que ha peleado, lo que ha luchado y lo que le queda. Ella y su otra mitad que, lejos de asustarse, ha demostrado tener una paciencia que deja a la del Santo Job en mantillas, bondad y amor a toda prueba, hasta tal punto que, secretamente, he llegado a admirarle a él por amarla así tanto como a ella por luchar así.

Buscamos un paraje sin demasiada dificultad para el paseo. Algunas piedras, un puente, el río, pinos, hojas comenzando a amarillear, los árboles ya olfateando la proximidad del otoño. Pepa camina mirando al suelo, y yo pienso que lo hace para no tropezar con ninguna raíz traicionera ni meter el pie en un hoyo que la pudiese hacer rodar por el suelo una vez más. Pero no es así: busca algo. Lo encuentra, se agarra a la mano de Julio para agacharse, recoge una piña y, volviendo a erguirse con dificultad, saca la bolsa de plástico de su bolsillo y guarda su tesoro. Al rato, localiza otra, y luego un cardo en flor, que corta con cuidado de no pincharse. Elige con mimo sus objetivos, no vale cualquier piña ni cualquier hoja.

Desde muy joven, Pepa ama trabajar con sus manos. Siempre cosió, bordó y pintó, y cuando llegaba Navidad se afanaba en hacer centros decorativos para las personas queridas: los abuelos, los hermanos, los buenos amigos. Dátiles sin madurar, bolitas de ciprés, hojas secas, ramas de acebo, mínimas piñas, manzanas, paquetitos envueltos con papel charol rojo y cordones dorados… Los armaba con paciencia y minuciosidad en trozos de cepa seca, cuencos o cualquier otra base. Mezclaba los verdes, los rojos, los marrones, los oros, esparcía pinceladas de brillos y platas con un gusto exquisito. Eran regalos únicos y efímeros para los que se surtía de elementos del campo. Con la llegada de la enfermedad, los temblores limitantes, los ratos de inmovilidad y de dolor, el llanto y la depresión, dejó de hacer aquellas pequeñas obras de arte. Tuvimos nuestras mesas desnudas durante tres navidades. Pero llegó un día en que Pepa resurgió y plantó batalla, y al llegar diciembre comenzó a recolectar de nuevo sus elementos de trabajo ante la estupefacción de todos. Le costó, pero lo hizo. No eran tan bonitos como los de antes del diagnóstico, pero a nuestros ojos valían muchísimo más.

Ahora ha depurado la técnica acomodándose a sus condiciones físicas, y os puedo asegurar que el año pasado hizo auténticas maravillas. “Como ahora ando más despacio y hay días en que no puedo moverme, voy buscando los materiales ya desde el verano. Si veo algo que me gusta, lo cojo. Así, cuando llegue diciembre, no me faltará de nada. Mira qué hoja tan bonita: si la doblo ahora que está tierna puedo hacer una rosa, y luego se seca ya con la forma y sin quebrarse. Ayúdame a agacharme, que esa también me sirve”.

Hay un anuncio en televisión que dice: “el ser humano es extraordinario”. No lo dudéis nunca.

 
 

viernes, 23 de agosto de 2013

PADRE, ME ACUSO...

            Gloria era la beata más beata que aquel lugar había conocido. Era la primera (y a veces la única) feligresa que llegaba a la misa de nueve; rezaba el rosario con el sacerdote cada tarde, barría la iglesia, tocaba las campanas cuando alguien fallecía despertando a todos con la noticia, lavaba las albas del cura y se ocupaba de que el altar, las imágenes y la silla de terciopelo en la que Don Nicasio se sentaba durante los oficios estuviesen siempre limpios como la patena.
            No se había casado nunca. Una vez un mozo del pueblo, allá por su juventud, la pretendió, pero eso de los besos en la boca antes del matrimonio le pareció una culpa demasiado insoportable como para cargar con ella. Él se empeñaba e insistía, obligándola a confesarse, en ocasiones, dos veces al día. Terminaron un atardecer en que él le puso la mano en una de sus escuálidas nalgas, hecho que para ella resultó sucio e inadmisible, tanto como para que no volviese jamás a dirigirle la palabra.
Al pobre Don Nicasio, el cura, lo tenía frito. Ponía a prueba su paciencia cada vez que la veía dirigirse al confesonario con su velo negro sobre el pelo entrecano y su expresión severa en la cara. Según él, aquella mujer no podía tener más pecados que cualquiera de esos bacalaos de Terranova secos y salados que se podían ver en el expositor de la tienda de ultramarinos. Aunque ella, más bien, parecía un arenque ahumado: escurrida, de tez amarillenta por la falta de sol y el exceso de templo, los ojos grandes y fijos en el suelo al caminar, las ropas grises para no llamar la atención de ningún varón con colores escandalosos de esos que anuncian, como ella decía, “hembra disponible”. Una raspa con piernas de la que se burlaban los chiquillos del pueblo porque les reñía si les veía robar ciruelas de los árboles de su pequeño huerto.
Una mañana Gloria se arrodilló ante la rejilla del confesonario temblorosa, casi llorando. “Ave María Purísima. Padre, me acuso de que he pecado. Hay que echar del pueblo a Maribel, la hornera, por incitarme a ello. No se puede consentir tener alguien así entre nosotros, o iremos todos de cabeza al infierno”. Así lo dijo, de un tirón, sin detenerse siquiera a respirar. “Señor, dame paciencia”, pensó Don Nicasio mientras ella lloriqueaba, contrita. “¿De qué terribles faltas te acusas hoy, hija?” susurró el párroco mientras levantaba los ojos al techo. “Esa mujer, esa inductora al pecado, ha sacado delante de mí un pastel recién hecho con corteza de naranjas confitadas, chocolate y yemas. Yo iba a por mi panecillo integral, porque ya sabe usted, Padre, que el pan nuestro de cada día es mandamiento de Nuestro Señor el tomarlo, y esa Maribel ha sacado el pastel al mostrador, paseándolo bajo mis narices e incitándome terriblemente a la gula. Y yo, después de luchar un rato contra mis deseos, he sucumbido, he comprado un trocito y me lo he comido. ¡Oh, Padre, perdóneme, porque he pecado, pero la culpa es suya! Si se limitase a hacer solamente el pan esto no ocurriría. Pero no, ella tiene que hacer cosas como tartas de piña, o de nueces y caramelo, o merengues, o cosas que no conducen más que a la gula, la molicie y la perdición de la carne. ¡Dígale algo usted, o llevará a las llamas del averno al pueblo entero!”
Don Nicasio le impuso como penitencia por su pecado dos avemarías y un padrenuestro, sabiendo que ella rezaría el doble, por si acaso. Esperó a que Gloria se marchase, se retiró a la rectoría, y allí sacó las dos magdalenas de calabaza con azahar y pepitas de chocolate que Maribel le había despachado un par de horas antes, con su delantal blanco y su habitual sonrisa, para que las tomara en el almuerzo. “Padre, mis hijos dicen que empleo demasiado tiempo en hacer estos dulces, pero es que yo no mido la rentabilidad de mi negocio por el dinero que gano, sino por lo satisfechos que quedan quienes vienen a mi casa. ¡Ah! Por cierto, Gloria se ha llevado la esquinita que le falta a ese bizcocho de naranja y chocolate, de modo que ajústese bien la sotana, que hoy toca confesión”.

Don Nicasio se comió las magdalenas con un vaso de leche y le pidió a Dios que, para que todo el mundo pudiese tener un trocito de felicidad de vez en cuando, enviase una Maribel a cada pueblo.

viernes, 16 de agosto de 2013

SU MELENA NEGRA


            Ocurrió por accidente, como pasan las mejores cosas de nuestra vida. Puro azar que convirtió aquel atardecer en el momento más mágico que podía recordar. La luz del ocaso junto al mar cubrió de magia todo aquello que alcanzaba la vista, barnizándolo con el halo de lo irreal y transformándolo en un trozo del delirio de una noche de verano; jamás le había pasado nada parecido, e intuía que nunca volvería a ocurrirle, pero… ¡fue tan bonito mientras duró!

            Carlos se sentó en aquella playa de arena extrañamente blanca y fina, tan distinta al resto de playas de aquella costa. No esperaba nada, y se sorprendió al verla salir. Su melena negra se adornaba con flores de hibisco, apenas llevaba el cuerpo cubierto por dos cocos tapando sus pechos, y una escueta falda de ligeras fibras ajustada a su cadera, llena de flecos que se movían al compás de su caminar de gacela de los mares sureños.

            Observó los rasgos de su cara mientras bailaba; la luz del sol poniente hacía que su piel fuera aún más cobriza. Sus ojos, oscuros y ligeramente rasgados, brillaban bajo las cejas negras. La nariz, chata y de anchas aletas, le daba armonía al rostro haciendo que los prominentes pómulos no reinasen tanto en el delicado óvalo enmarcado por el cabello color de noche sin luna. La sonrisa era indescriptible. ¿Cómo se puede contar algo que transporta a otro mundo a quien lo ve? No era porque los labios fuesen como corales rojos, ni porque los dientes blanquísimos destacasen sobre la piel tostada por el aire del Pacífico sur; era porque, al mirarla sonreír, no había otra cosa en la cabeza de Carlos que el irrefrenable deseo de fundir su boca con la de esa maravilla que bailaba descalza sobre la arena.

            El sonido de los tambores flotaba sobre la brisa, y a su son se agitaban con suaves movimientos los brazos de aquella flor morena que no dejaba de sonreír, feliz, llena de música nativa y de pasos ancestrales de su pueblo. Sus caderas oscilaban de forma que la falda se movía con inaudita gracia, dejando entrever los muslos, las rodillas, las redondas pantorrillas de otra raza de mujeres que conjugaban en su piel algo de oriente, algo de occidente, algo de isla, algo de océano, algo de fuego, de tierra, de volcanes, de arena, de sal y palmeras, de vegetaciones lujuriosas entre las que refugiarse, de hojas y flores para cubrir y adornar la desnudez femenina más hermosa y cálida que el mundo hubiera conocido.

            No pudo dejar de mirarla durante todo el rato en que ella se movió sobre la arena como un junco acuático mecido por el suave viento del mar. La vio vestida de hojas de palma, de fibras de cáñamo, con un ligero pareo, coronada de espejillos y paja trenzada, ataviada como la princesa de alguna tribu de la Polinesia. Los vaivenes de su cuerpo y el volar de aquellas manos ligeras, que parecían en su baile llamar a las estrellas para que acudiesen a adornar la noche, se instalaron sobre su vientre, haciendo que se sintiera como un adolescente. Temía que el galope de su corazón tapase el sonido de los tambores, de tan fuerte que le latía.

            Después de veinte minutos irrepetibles ella se retiró, rodeada de su corte de doncellas y guerreros, pero antes de irse le miró, le sonrió y le dedicó un revoloteo de su falda, de modo que durante un rato solamente hubo flecos, corales rojos y chispas de fuego en la mente de Carlos, que se quedó sentado en la playa durante horas, incapaz de reaccionar. Y allí estuvo, idiotizado, soñando despierto, esperando por si ella volvía, hasta que los guardas del parque de atracciones trataron de obligarle a levantarse de la arena blanca de la playa artificial y abandonar el recinto.

            Ella, la reina polinesia, la que con su mirada y su vaivén de caderas le había hipnotizado, vino a buscarle al fin, requerida por los encargados de la seguridad: “Mai, ahí hay un turista de Cuenca que te ha visto bailar en el espectáculo “Aloha” y dice que no se va hasta que no hables con él. ¿Le dices tú algo o llamamos a la policía?” Y Mai, con una carcajada bailando en la boca, fue a despertar a Carlos de su ensoñación vestida con los vaqueros de todos los días y una camiseta de Zara, con su melena negra recogida en una simple coleta, sin flores, sin pareo, sin corona y sin luz de atardecer, mientras pensaba que era una pena crear ilusiones para luego tener que romperlas.
 
 

martes, 13 de agosto de 2013

LA COFRADÍA


            Eran quince, y se conocían de toda la vida. Cuando yo les vi por primera vez, allá por el mil novecientos setenta y algo, sus edades abarcaban desde los treinta y pocos del más joven hasta los cincuenta y muchos del mayor, pero ya hacía al menos una década que habían fundado la cofradía. “Los festeros de San Solterio”, les llamaban. Perpleja busqué en el santoral el nombre de su patrón, pero no existe: se lo inventaron porque todos ellos eran solteros, y además, según todos los miembros del grupo, orgullosos y convencidos de serlo.

            Se reunían cada viernes para cenar en uno de los bares del pueblo. Siempre eran los mismos, sin más invitados ni más compañías. Años atrás habían sido dieciséis, pero Andrés había muerto en un accidente de tráfico: se durmió conduciendo y se dejó la vida él solo contra una farola de la carretera. Desde entonces, cuantos intentaron ser cofrades de San Solterio se quedaron sin ingresar oficialmente en el grupo porque se ennoviaron pronto. Ya no se admitía ningún miembro que tuviese por debajo de los treinta años porque, según ellos, la juventud tiene la sangre muy revuelta, y se deja seducir por los encantos de las mujeres sin ver la trampa que hay detrás: el matrimonio. Solamente una vez se dejaron acompañar por un tal Severo que aún contaba veintiocho, pero a los pocos meses se dieron cuenta de que tenía lío con una del trabajo, y fue automáticamente expulsado. San Solterio exigía fidelidad absoluta a la soltería, sin excepciones.

            Una vez al año los festeros salían en procesión por las calles, remedando los actos religiosos oficiales de los santos de verdad. Montaban unas parihuelas a modo de andas, y ponían sobre ellas una lavadora vieja como símbolo de su devoción por la soltería. Su lema era: “Desde que existe la lavadora, ¿quién necesita mujer?” Y, borrachos como cubas y seguidos de cerca por la policía local, celebraban su día de fiesta jaleados por los chiquillos, despreciados por las mujeres y secretamente envidiados por muchos de los hombres del municipio, que a menudo habrían deseado cambiar a la parienta por una plaza en la cofradía.

            Uno de los miembros de tan singular club era un caso raro entre los demás. De hecho, nadie entendía las razones que llevaban a Amancio a ser cofrade de San Solterio. Ni era feo, como la mayoría de los otros, ni un pesado, como Arturo el lechero, ni tampoco le faltaba un verano como a Paco y Ángel, que eran hermanos y solteros por obligación, porque ninguna se les quería arrimar. Amancio era guapo e inteligente, y además tenía un negocio propio que pitaba bastante bien. Contaba con patrimonio, casas, campos… era un buen partido, y no se le conocían tendencias poco varoniles, de modo que no había explicación para su recalcitrante soltería. Hasta que un día, de repente, saltó la liebre.

            Sucedió que aquel año, durante la procesión de la lavadora, acertó a parar en el pueblo una esteticién despistada. Los festeros, que a esa hora ya estaban tan borrachos que apenas se tenían de pie (ya se les había caído el anda tres veces y el electrodoméstico presentaba un estado lamentable), se regaban con calimocho unos a otros entre risas. Y Amancio, completamente ebrio, resbaló en un charco de coca-cola con tintorro, su camisa se enganchó en el “santo” y se le desgarró de arriba a abajo mientras caía, dejando al descubierto un pecho tan peludo como el de un mono, y una espalda igualmente hirsuta. El resto de cofrades se quedaron mudos un instante, y después estallaron en carcajadas al ver a su compañero. ¡Ahí estaba el misterio! Jamás cortejó a ninguna dama porque le daba tanta vergüenza desnudarse ante ella o dejarse tocar que descartó la idea sin siquiera intentarlo.

            Algunos chavales trataron de quitarle los pantalones para ver si las piernas también semejaban las de un chimpancé, y él, tan borracho que ni defenderse podía, se echó a llorar como un niño, sentado en su charco etílico. La esteticién despistada lo miró con ojos de profesional de la depilación, ahuyentó a los burlones, se llevó a Amancio a su coche y consoló su llanto. “Si tú me dejas, yo te cambio la vida”.

            Y Santa Cera Depilatoria derrotó a San Solterio.   
 

sábado, 10 de agosto de 2013

HACE DIEZ AÑOS


            El paso del tiempo es algo muy relativo. Una tele de diez años es un cacharro solamente apto para ser eliminado y sustituido por un aparato más nuevo, más plano, más chulo y más de todo. Sin embargo, un piano de diez años es un instrumento aún en rodaje, al que le caben todavía cientos de miles de notas, piezas, sentimientos. Un pájaro de diez años es todo un récord de longevidad, y una tortuga de diez años es poco más que un bebé con caparazón. Tres mil seiscientos cincuenta días son muchos, o pocos, según se mire.

            Una condena de dos lustros es toda una eternidad, pero una década de felicidad pasa en un suspiro. Así, el tiempo se estira o se encoge a medida de quien lo usa y de sus circunstancias. Hoy hace diez años de aquello, y para mí fue anteayer: la realidad del mundo y la mía, en este caso, no coinciden. Lo que tampoco coincide es mi aspecto físico: por aquel entonces yo era un ballenato sudoroso que llevaba ya semanas sin verse los pies. Ella… ella no sé cómo era, porque aún no nos conocíamos. Solamente podíamos intuirnos, yo sentía sus patadas y volteretas, ella oía mi voz, pero ya en esos días me llevaba la contraria: si yo intentaba dormir, ella bailaba, y si yo bailaba, ella dormía.

            Recuerdo que cuando ingresé en el hospital lo hice deseando que naciera, pero no por verle la cara, sino para dejar atrás los vómitos, los calores, los calambres, los hongos, los ardores, las ciáticas, los insomnios. Me daba igual cómo, pero necesitaba que saliera de una vez para que mi cuerpo y la normalidad volvieran a caminar de la mano. El dolor del parto era lo de menos, solamente quería expulsarla al exterior y volver a ser yo, una persona alegre y vital, y no el manojo de quejas y molestias en que me había convertido los últimos meses.

            Llegó precedida de una bradicardia que me hizo temblar de miedo, pero es que ella no podía nacer más que de una forma: acaparando la atención y el protagonismo. Y, por supuesto, con público: su padre, dos ginecólogos, dos pediatras y tres enfermeras pendientes de que todo se desarrollase bien. ¡Qué diferencia con mi primer parto, sola con una matrona que no hacía más que protestar! Su forma de venir al mundo ya marcó lo que había de ser después, lo que es desde aquel día: la protagonista de todos los saraos, la reina de las fiestas, la que canta, la que baila, la que cuenta chistes, la que acapara todas las miradas. Parece mentira que aquella cosa blanca y arrugada que temblaba de frío pese a ser pleno agosto, la dueña de aquella boca que siempre estaba abierta (o mamaba o lloraba, no había otro estado en ella), aquel gusanito sin pelo que no durmió (ni dejó dormir) más de dos horas seguidas en sus primeros dos años de vida sea ahora lo que es, una preciosa niña de diez años. ¡Diez años! ¿Cómo es posible? Para mí han sido cuatro días.

            Esta mañana, mientras compraba su tarta, me he echado a llorar como una tonta en la pastelería. Crecen, y eso es bueno, es lo deseable, es lo que ha de ser. Pero cuando su edad pasa de tener un dígito a tener dos sentimos que algo cambia, que se nos escapan entre los dedos. A partir del diez intuimos que ya no son nuestros, que pronto el mundo los engullirá en su vorágine y tendrán que defenderse solos, sin nuestra protección. Que el “mamá” que salga de su boca, a partir de ahora, ya no tendrá el mismo sentido. ¿Ya han pasado diez años? Para mí no es posible, pero su realidad dice que sí. Por eso, al ver el gran “10” que el pastelero había dibujado sobre su tarta de tres chocolates, no he podido evitar ablandarme como un helado al sol.

            Si cierro los ojos aún puedo ver su carita arrugada y sanguinolenta, con un trozo de venda tubular rematada con un nudo abrigando su cabecita calva. Pero los abro y me encuentro con su sonrisa, su pelo ondulado, el castaño de sus ojos, y no hay duda. Mi niña se me hace mayor.

            Feliz cumpleaños, Marina. Te quiero mucho.

Mamá.
 

miércoles, 7 de agosto de 2013

LA TRASTIENDA DE LOS BOHEMIOS


            La semana pasada me salió al paso una historia. No la busqué, ni me senté a imaginarla. Saltó delante de mis narices, como una liebre en el monte, sin esperarlo, sin anunciarse. Solamente pude sorprenderme, rendirme a su carga de humanidad y escribirla. La comparto con vosotros porque sé que me entenderéis, no en vano sois mis lectores favoritos.

            Anduve unos días de vacaciones por la costa, en una localidad de habaneras y molinos de sal a la que suelo acudir por cuestiones familiares. Mi perro, cómo no, vino conmigo, y una de las primeras cosas que hice fue inspeccionar los lugares en los que pudiese pasear con él sin molestar a nadie. Esa búsqueda me llevó a un rincón junto al mar, al margen del paseo, en donde una zona de gravilla hacía fácil la recogida de los “regalitos” que mi mascota me procura un par de veces al día, y que escrupulosamente empaqueto y elimino como buena ciudadana. No había en aquella placita ninguna terraza; la última heladería cerró hace años, a juzgar por la corrosión del cartel y la persiana. Una galería comercial atraviesa los bajos de un edificio de apartamentos, pero las tiendas que un día funcionaron dentro también estaban cerradas. Demasiado expuesto al viento costero, por allí la gente pasaba sin pararse, de modo que era el lugar ideal para soltar la correa a “Pelos” y dejarlo correr a sus anchas.

            Me fijé en una larga galería acristalada que desembocaba en la misma plaza; tras los ventanales, sillas de ruedas y ancianos contemplando las olas. Un geriátrico con los carteles en inglés. “Vaya”, pensé. “Curioso lugar para instalar una residencia para mayores británicos. Miran el mar y el sol desde detrás de un cristal”. Casi ninguno salía a la calle, demasiado viento para sus delicadas y pálidas pieles. Dentro, las cuidadoras, vestidas de blanco, los atendían solícitas. Una mujer de pelo blanquísimo me saludaba desde su sillón. A pesar del calor, una rebeca bastante gruesa cubría sus hombros cansados. Le devolví el saludo sonriendo, llamé al perro, recogí su deposición con cuidado y me marché, dejando caer la bolsa en la papelera más cercana.

            Al atardecer fui a dar una vuelta por el paseo marítimo, y hacia el final del recorrido, entre un revuelo de niños curiosos, encontramos una de esas estatuas humanas que solamente se mueven a cambio de una moneda. Vestía como un minero de carbón, la cara y las manos maquilladas de negro, la ropa embreada, el casco con la linterna luciendo en su cabeza, el gesto serio. Les di veinte céntimos a mis hijas para que los dejasen caer en su lata, y el tintineo dio vida al actor, cuyos ojos agradecidos nos miraron desde su carbonizado semblante. Sonrió, movió su pico, levantó la mano y volvió a quedar estático. “Bohemios”, les dije a las niñas mientras nos marchábamos. “Sin trabajo estable, yendo a donde el viento les lleve, solamente acompañados de su hatillo y su presente más inmediato. Qué vida más despreocupada, sin responsabilidades, ni hipotecas, ni raíces. Yo no podría vivir así”.

            A la mañana siguiente volví al rincón junto al mar con mi perro, solté su correa y le dejé olisquear a su antojo un rato. Su curiosidad canina le llevó a meterse en la galería comercial sin comercios; lo llamé, pero no venía, de modo que tuve que entrar a buscarlo. Aquello era un pasillo sucio y lleno de recodos y puertas selladas que desembocaba en la calle de atrás del edificio. En uno de aquellos rincones había un colchón, una tienda de campaña, un par de muebles viejos, enseres y una tabla de surf. Allí dormía alguien, un vagabundo. Me entró miedo, le di un grito al perro para apremiarlo y salí rápidamente. No quería encontrarme con el dueño de aquella vida arrastrada y portátil, quizá fuera un drogadicto, un alcohólico, a saber. No quería, pero sin querer, ocurrió.

            Le vi salir del geriátrico empujando la silla de ruedas de su madre. Los rastros negros del maquillaje de minero delataban sus manos y su rostro, pero las facciones eran muy parecidas a las de la anciana que, con su rebeca en los hombros, volvió a saludarme. Conversó un rato con ella en su inglés natal, la paseó al sol, la dejó de nuevo en la residencia y, cuando la mujer ya no podía verle, se metió en aquel pasillo para salir unos momentos después sin camiseta y con la tabla de surf bajo el brazo.

            Esperé a que volviese de la playa. “Tú eres el minero del paseo, ¿verdad?” Él adoptó su rictus de estatua humana y repitió el gesto mecánico que le había visto la tarde anterior. “¿Cómo es que tú vives ahí y tu madre en esa residencia privada? Tiene pinta de ser cara”, le pregunté. Se encogió de hombros. “Ella necesita cuidados. Yo estoy bien. No gano tanto como para vivir en un piso y pagar su retiro, y a Mummy le gusta el mar y saludar a la gente que pasea. ¿Tú que harías?”

            Todo el mundo tiene una historia detrás, una trastienda. También los bohemios. Quizá la moneda que dejáis caer en una lata no sirve para mantener una vida libre y sin ataduras, sino para procurar felicidad a alguien que la merece. Por la tarde volví a su puesto de estatua humana y eché un euro en su bote. El guiño de su ojo blanco sobre fondo negro hizo que el gasto valiese la pena.

 
 
 
 

martes, 6 de agosto de 2013

OPERACIÓN BIKINI


            Todos los años me pasa lo mismo. Y es que ya lo dice el refrán: el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En mi caso, diríamos que la mujer es el único bicho viviente que tropieza chorrocientas veces en la misma báscula. Y lo hace siempre en la misma época del año. Curioso, ¿verdad?

            A mí me viene ocurriendo desde que alguien le dijo a mi madre, allá por los albores de mi adolescencia: “quítale hidratos y dulces a esta niña y dale más verdura, que luego se pondrá el bikini y empezarán los complejos”. Mira tú por dónde, esa frase, y no un trozo de tela para bañarme en el mar, fue la que instaló en mi disco duro la maldición que aún perdura. Proscribieron a mi alrededor el chocolate, la leche condensada, las galletas y los croissants, sacándome de la niñez a fuerza de sepultarme en acelgas y pescado hervido. Desde aquel lejano abril, todos los abriles recuerdo esas palabras y, como presa de algún conjuro maldito, empiezo a encontrarme lorzas hasta en las orejas.

            El ritual viene a ser, pizca más o menos, igual cada año. Salgo de la ducha, me seco, me voy a mi dormitorio, y allí mantengo una seria charla con mi espejo, cuya opinión suele ser la misma siempre: “Eres la mujer esdrújula: pálida, fláccida, celulítica y sobrepésica”. En una palabra: Gorda. Acto seguido le pongo la guinda al pastel de mi autodestrucción anímica subiéndome a la báscula. “Gorda no, ¡gorda y media!”, me grita ella. ¡Oh, cielos! Comienzan a resonar en mi cabeza las palabras del maleficio como un eco siniestro, y el “quítale hidratos y dulces a esta niña y dale más verdura, que luego se pondrá el bikini y empezarán los complejos” desata mi locura y me lanzo a buscar un calendario.

            Cuento las semanas que quedan hasta el mes de agosto, calculo mi índice de masa corporal, lo comparo con el que debería tener y, conteniendo las lágrimas, echo cuentas del promedio de gramos que debo eliminar de mi cuerpo serrano cada siete días. Luego diseño el plan: necesito una dieta, un gimnasio, un culotte nuevo para salir a correr, una piscina, un entrenador personal, tiempo para todo eso, y que mis hambres se reduzcan a la mitad. Necesito que los dulces me den asco para no visitar la despensa, necesito motivación. En resumen: necesito un milagro.

            Una vez elegido el régimen, me propongo no flaquear. Salgo, me muevo, voy a nadar, me privo de todo lo que me gusta, me autoconvenzo de que la cerveza es veneno, los helados la reencarnación del Maligno y los bocadillos de tortilla con mahonesa un festival de colesteroles y calorías que los acerca más a la comida basura que a lo sano y dietético, que es lo que yo necesito. Cuando veo  el chorizo de mi pueblo en la nevera me digo: “niña, eso no, ¡caca, caca!” y voy huyendo de él como el demonio de la cruz. “¡Aleja eso de mí!”, le grito a mi costillo si le veo venir con el paquete de galletas de chocolate en la mano. Y él, que tiene más paciencia que el Santo Job (la que le cayó cuando dijo “sí, quiero”, pobrecico mío), levanta los ojos al cielo y murmura: “ya está aquí la niña del Exorcista con su operación bikini”.

            En mi favor tengo que decir que este año lo he conseguido. Desde abril llevo sin salirme un pelo del plan. No me he saltado la dieta, ni el ejercicio, ni las sesiones de natación. Hasta el perro ha echado músculo en las patejas de acompañarme a las caminatas y trotes varios; la inversión en cremas anticelulíticas y masajes ha dejado mis muslos como los de una treintañera, las estrías de los embarazos casi ni se me notan, e incluso mis brazos vuelven a parecer brazos y no sucesiones de morcillas. Estupenda, fantástica, con un peso que ya no recordaba yo haber tenido. Que hasta me compré un par de bikinis nuevos para lucir mi victoria contra el tejido adiposo.

            Esta mañana, orgullosa como un pavo real, llegué a la playa dispuesta a ser la reina de la costa. Decidí darme un paseo por la orilla antes de bañarme. En qué mala hora se me ocurrió. Ancianas en topless con todo desparramado sobre la toalla, embarazadas de ocho meses en tanga, obesidades sin complejos, arrugas, lorzas, rebosamientos varios… Todo el mundo concentrado en disfrutar del sol y pasarlo bien, sin importar un pimiento el peso, ni la edad, ni la piel de naranja, ni nada. Yo, en comparación, estaba estupenda de la muerte, incluso antes de empezar la dieta. Y, ¿sabéis qué es lo peor de todo? Que a mí no me gustó nunca la playa. Me quemo, la arena me molesta, la sal me irrita los ojos y las medusas me dan pánico.

            Creo que el año que viene, cuando comience el mes de abril, voy a buscarme un buen exorcista que me cure de mi maldición. Pero mientras llega ese día, si me disculpáis, voy a comerme un helado doble de chocolate con pistachos. ¿Alguien me acompaña?
 

jueves, 1 de agosto de 2013

JUGANDO, JUGANDO...


            En nuestra etapa como cachorros el juego es una manera natural de aprender, de imitar conductas para asumirlas, de poner en marcha el sistema ensayo-error que tan buenos resultados da luego en la vida. Aprendemos a perder, y también a ganar, pero sin un adulto cerca que nos ayude a asimilar y valorar todos esos conceptos las conclusiones de los juegos nos pueden llevar a concebir ideas equivocadas. Los cachorros de gato, por ejemplo, se arañan y se muerden entre ellos, y así aprenden lo que duele un arañazo o un mordisco, porque dándolos y recibiéndolos pueden medir cuánto daño hacen. Pero si la madre no para a tiempo al cachorro más fuerte, éste abusará de los otros para seguir sintiéndose vencedor de todas las peleas. Ella lo tiene que poner en su sitio y hacerle ver que la fuerza se debe usar para la defensa y la caza, no para someter a un hermano. Pues con los humanos funciona igual.

            Las tardes de verano en el pueblo se llenan con entretenimientos para los que el resto del año casi no hay tiempo, y la estrella son los juegos de mesa. Pero mis gorditas rellenas, como de tontas no tienen un pelo, sobre el tablero del parchís notaron algo raro. “Mami, ¿por qué cuando tienes una de mis fichas a tiro de tres y te sale ese tres te haces la despistada? ¿Por qué mueves otra y no te comes la mía para contar veinte y ganar?” Llevo años haciéndolo, pensé que no se daban cuenta. “Porque no quiero que por mi culpa tú te sientas mal, ni siquiera jugando”. Entonces, mi niña se avergonzó de todas las veces que se comió mis fichas, ganó la partida, lo celebró por todo lo alto, cantó y bailó alrededor de la mesa. “Pero mami, es que este juego es así. Si no, ¿para qué jugamos?” La respuesta mía fue tajante: “Para que aprendáis a sumar sobre la marcha y con agilidad. Para que aprendáis a esperar a que os salga un cinco. Para que aguantéis con paciencia hasta que a otro jugador le salga un seis y no tenga más remedio que abrir barrera. Para eso”. Mis hijas se miraron, y la pequeña protestó. “Pues eso no está bien. Usas la estrategia equivocada para perder, y eso le quita valor a mis victorias”. Buen razonamiento, sí señor. Premio para la señorita.

            “No me gusta jugar al parchís”, les expliqué. “No me gustan los juegos en los que ganar o perder depende de un dado. Que la suerte te otorgue el número exacto con el que puedas machacar a otro para pasarle por encima y ganar no me parece una manera meritoria de vencer, sino una pura cuestión de azar. Imaginad una entrevista de trabajo: hay tres candidatos a un puesto con los mismos méritos, los mismos estudios... todo igual. ¿Cuál merece más ese contrato? ¿El más alto, el más guapo o el más educado?” La respuesta estaba clara. Ellas dos se miraron, pero no contestaron, porque sabían que lo iba a hacer yo. Era una pregunta retórica. “El alto lo es porque la ruleta genética le favoreció y sus padres pudieron alimentarlo bien. El guapo lo es porque le tocó serlo, y porque se gusta y lo potencia, lo cual no es malo si no se convierte en su único objetivo, pero no le añade valor a su currículum. El educado lo es porque se ha esforzado en serlo, porque su familia le ha dedicado tiempo y atención a esa faceta de su crecimiento personal, porque ha entendido y asumido lo que sus profesores le han enseñado… ¿entendéis por qué le daría yo el trabajo antes al educado que a los otros dos? Porque su cualidad no es fruto de la suerte, sino del esfuerzo”.

            Aprendida la lección, decidieron no jugar más al parchís conmigo, guardaron el juego y se pusieron a merendar. Para el resto de la tarde les propuse un Trivial. Pero mientras disponíamos el tablero y las tarjetas en la mesa, mi gordita pequeña preguntó. “Entonces, mami, si en el parchís no nos comes para que no nos sintamos mal, ¿por qué en el Trivial contestas bien a todo y nos ganas siempre? Eso también nos hace sentir un poco mal”. Yo me eché a reír. “En el Trivial os gano porque he estudiado mucho, he memorizado mucho y he leído mucho. Viendo mis resultados intentaréis aprender más para ganarme la próxima vez, o la siguiente, porque el vencer aquí depende de cuánto sepáis, no de la suerte. Si tenéis que ganarle a un igual, que sea porque habéis trabajado más que él, no porque el azar os dé la oportunidad de coméroslo vivo”.

            Se fueron a jugar a la cuerda. Ahí, ni se gana ni se pierde. Se salta y punto. Y encima me tocó a mí recoger el Trivial.