lunes, 30 de septiembre de 2013

DESDE EL VIERNES


            No me apetecía iniciar una nueva relación en este momento, me encontraba a gusto y cómoda con la que tenía. Ya eran unos cuantos años, casi habíamos caído en la rutina. Seguía habiendo amor, o más bien cariño con algún rescoldo de pasión, pero, como ya digo, estaba cómoda, sin sobresaltos, ni tiras y aflojas. Aunque reconozco que ya no se me ponía el estómago al revés cuando nos rozábamos. No era como en los buenos tiempos. De hecho, llevábamos meses casi sin hablarnos, y mucho menos tocarnos, pero no porque fuéramos enemigos sino porque, simplemente, él no me lo pedía y yo tampoco tenía ganas.

            Sabía que antes o después tendría que conocer a otro, pero no creáis que yo lo busqué. Simplemente surgió, como surgen las mejores cosas de la vida: por casualidad. Un antiguo grupo de conocidos, un re-encuentro casual, un hablar de los viejos tiempos, un “vente el viernes por el local y charlamos largo y tendido”… Mi habitual acompañante vino conmigo, pero no fue demasiado bien acogido. No encajaba del todo, como un gallo nuevo metido de repente en un corral donde más gallos ya tienen su territorio marcado y establecido. Alguien insinuó que sobraba, y yo me di cuenta de que, en verdad, así era, de modo que imaginé que no nos quedaríamos mucho rato. Y de pronto, como un soplo de viento, apareció él y todo cambió.

            Me lo presentaron cuando estaba buscando mi bolso para marcharnos, y ya no pude dejar de pensar en él. Su aspecto maltrecho y sus cicatrices le daban un aire de canalla curtido en mil correrías que resultaba francamente atractivo, y eso que a mi no me han ido nunca los malotes. Pero yo sabía, solamente con verle, que su interior era bueno, que quizá no necesitase más que alguien a su lado que lo cuidase un poquito. Se me despertó, de pronto, el instinto protector. Ya no quise irme, y alargamos la velada bastante más de lo previsto.

            Durante la noche, a pesar de que, como ya dije, iba acompañada, me sorprendí a mí misma mirándolo a hurtadillas, con el rabillo del ojo. Y me di cuenta de que él también me miraba, tratando de ponerse cerca de las luces para que yo pudiese apreciar mejor su estatura, su esbeltez y el poco brillo que aún le quedaba en la piel. Yo, confusa, besé la boca de mi compañero de los últimos años tratando de concentrarme en sentir, en recuperar lo que un día experimenté con ese contacto, pero mi mente ya volaba imaginando cómo serían los besos de aquel viejo galán recién descubierto.

            Atreverme, ceder a la tentación, supondría cambiar la seguridad por un riesgo, la estabilidad por la aventura. Ni siquiera había escuchado aún su voz, pero la imaginaba profunda, varonil, aterciopelada, acariciándome el alma. Seguramente es cosa de la edad: esto de cumplir los cuarenta hace que comencemos a valorar más las cosas que nos ponen la carne de gallina, no sé si por miedo a decir definitivamente adiós a la juventud. Mirándole me sentía como una adolescente a punto de vivir su primer idilio. Mi pareja me contempló y adivinó en mis ojos el destello de la duda, la misma que tiene un saltador que se aferra a su paracaídas en el último segundo antes de precipitarse al vacío desde la portezuela abierta del avión.

            Lo he pensado mucho, y estoy decidida. Hoy llenaré mi pecho de aire para él, besaré su boca por fin, y escucharé cómo me susurra, o cómo me grita, o cómo me canta… Hoy aparco a Carlos Gardel, mi saxo alto, el que llevo tocando cinco años, y me atrevo a empezar con un saxofón tenor; no sé hasta dónde me llevará esta nueva aventura, qué partituras interpretaremos juntos ni si llegaremos a conectar igual que lo hacíamos Gardel y yo, pero sí sé que pondré todo mi empeño en hacerlo sonar de la mejor manera posible.

            Como es un tenor le he puesto de nombre Plácido. Le estoy cogiendo el gustillo a esto de la “promiscuidad musical”. Menos mal que estas “aventurillas” mías no son pecado.
 
 

sábado, 28 de septiembre de 2013

UN REGALO DE IDA Y VUELTA


            Les conocí hace muchos años. “José se llamaba el padre, Josefa la mujer, y un hijo que tenían también se llamaba José”: aquella familia era como la de la canción infantil. El padre, Pepe, tenía la apariencia de un ogro corpulento y peludo; su voz de trueno y sus manos enormes llamaban a engaño, porque no había en la ciudad corazón más grande y bondadoso que el suyo. Se enamoró de María José por su fragilidad, tan contrapuesta a su propia envergadura, y por la extrema dulzura de su voz que, cuando cantaba, parecía detener hasta a las moscas en el aire. Si ella se arrancaba por valencianas, no era la potencia lo que brillaba en su garganta, sino unos giros, una manera de modular y de acariciar cada sílaba que distinguían la suya sobre todas las demás voces.

            Solamente tuvieron un hijo, Josep. A María José la miel de su propio canto se le fue colando en la sangre hasta envenenarla, y la diabetes puso en serio riesgo su vida durante el embarazo y el parto. Por eso su marido decidió que prefería tener un hijo y una esposa que dos niños sin madre, y no hubo más descendencia para ellos. Toda su vida giró desde entonces en torno al joven Josep. Cuando yo les conocí el chaval tenía doce años. Los tres eran buenos hasta el extremo, generosos, trabajadores y comprometidos. Yo perdí la cuenta de las veces que toqué para que ella cantase, de las canciones que entonamos juntas, de las veces que ella me ayudó a aprender el complicado arte de hacer mío un folklore en otra lengua. Y detrás siempre estaba él, con su risa de coloso y su abrazo de amigo, y con el chiquillo a su lado.

            Pepe se nos fue un otoño, de pronto, sin avisar. Ese corazón tan grande se negó a seguir latiendo: un solo músculo tembloroso tumbó al gigante, nos vistió a todos de negro por dentro, y se llevó de paso la alegría de su mujer y la infancia de Josep, que quedó como único cabeza de familia, encargado de velar por una madre con una diabetes severísima y sin opción de volver a llamar “papá” a nadie. Al mes siguiente me quedé embarazada de mi primer hijo, que se habría llamado también José de haber sido chico.

Tuve una niña.

            María José fue una de las primeras personas en venir a felicitarme. Arrinconó su dolor para compartir nuestra alegría, y como regalo me entregó unas pequeñas castañuelas de madera talladas a mano. “Toma, para la nena. Me las compró mi abuela cuando yo era pequeña. Las disfruté mucho, pero ya ves, no he tenido una hija a quien dárselas, y al paso que voy no creo que llegue a ser abuela. Si se aficiona al folklore, entre tú y yo le enseñaremos a cantar con estilo”. Pero no ha habido oportunidad, porque la niña no salió nada aficionada al cante, y a mi amiga la enfermedad le robó una pierna y la voz. Dejamos de compartir noches de guitarra y actuaciones, yo tuve otra niña, y ella se fue quedando cada vez más limitada hasta ya no poder salir de casa sin ayuda.

            Las manitas de mis hijas crecieron, y las pequeñas castañuelas quedaron guardadas en el cajón de los juguetes durante años. Pero de pronto, hace unos meses, las oí revolverse. “Tric, triqui-tric, tric, triqui-tric”, repiqueteaban alegres entre viejas Barbies y conejitos de peluche. “¿Qué os pasa?”, les pregunté. “Tric, tric, triqui-triqui-tric”, me respondieron. No supe comprenderlas. Desde ese día, rara era la mañana que no las oía sonar en el cajón, aunque yo no fuera capaz de descifrar su mensaje. Y ayer, por casualidad, me enteré. Josep, un hombre ya, casado desde hace unos años, ha tenido una niña. Su madre aún ha llegado a conocerla y, aunque ya muy enferma, la tan ansiada sensación de tener una pequeña nieta le ha dado la luz que necesitaba para seguir adelante con una sonrisa.

            Diminuta Eva, sé que heredas el apellido Orient y el corazón enorme de tu abuelo, así como desearía que también recibieras como legado la singular y dulcísima voz y el talento para cantar de tu abuela. Lo que sí vas a tener seguro son esas castañuelas, porque nadie sino tú debe conservarlas. Tu tatarabuela las compró, y no tengo derecho a quedármelas. Van a ser un regalo de ida y vuelta, pero te las entregaré con todo mi cariño y la promesa de que, si un día quieres aprender a tocar el laúd o a cantar albaes, te enseñaré como si fueses mi propia nieta.

            La vida es así. Nos da cosas, nos las quita, nos da otras… “Tric, triqui-tric, tric, tric”, cada vez que escuche unas castañuelas me acordaré de ti, Eva. Gracias por llegar a tiempo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

UNA PEREGRINA ATÍPICA


            Se sentó en un banco de piedra, a la entrada del pueblo de Navarrete, en Logroño. Era francés, y había comenzado el Camino de Santiago en Roncesvalles. En su diario de viaje tenía anotadas las fechas, los albergues, las posadas en las que había parado, los kilómetros recorridos, y también las lluvias, los soles, las dificultades, los dolores con los que iba batallando en cada jornada. Quería escribir una guía de ese gran viaje para que otros compatriotas pudiesen compartir más adelante la experiencia; era además un devoto católico, de modo que el Camino tenía para él un motivo de fe además del literario. Jacques compartía nombre con el Santo, y le hacía especial ilusión ir a rezar ante él ofreciendo el titánico esfuerzo de recorrer tal distancia a pie.

            La vio llegar unos minutos después de haberse sentado. Era, ciertamente, una peregrina atípica. Llevaba falda larga de tonos vivos en lugar de los cómodos pantalones de media pierna; la camiseta desteñida le llegaba casi a las rodillas, y cada calcetín que asomaba sobre las botas era de un color distinto. De su mochila descolorida y manchada de polvo colgaba una concha venera; llevaba la abundante melena negra recogida en un extraño moño sobre la cabeza, y al sombrero de alas anchas que protegía su blanco rostro de japonesa le había cortado la parte superior para que el bulto de su pelo asomase por él. En sus manos, un cayado hecho de una fuerte rama en lugar del ligero y resistente bastón de fibra de carbono que ya usaban casi todos los demás.

            Jacques sintió curiosidad. ¿Qué empuja a una japonesa, seguramente sintoísta o atea, a hacer la peregrinación cristiana por excelencia? ¿No le daba miedo caminar las largas jornadas sola? No quiso perder su pista, de modo que la siguió hasta el albergue del Cántaro, donde por lo visto tenía alojamiento reservado, y pidió cama también para él. Si continuaba tras ella, seguramente en algún momento podría entablar conversación y preguntarle.

            Buscó en el pueblo un lugar donde cenar; le daba igual uno que otro porque era de paladar agradecido, pero cuando la vio terminar su postre en un bar cercano al albergue, esperó a que saliese y, apresuradamente, se sentó en el rincón que ella había dejado libre. “¿Qué come una japonesa en el camino de Santiago?” anotó en su cuaderno. Observó los platos que aún no habían sido retirados por el camarero: una cazuelita de barro, posiblemente de sopa de ajo. Migas de una tortilla. Cáscaras de nueces y plátanos. La cena nutritiva de hidratos, proteínas y potasio que necesita alguien con muchos kilómetros de camino en sus piernas. Pensó pedir lo mismo, pero algo llamó su atención cuando el muchacho del bar comenzó a limpiar la mesa: había un dibujo en el mantel de papel. Era el esbozo, hecho con tinta negra, de una mata de buganvilla en flor, muy similar a la que había visto en la puerta del albergue de peregrinos. El dibujo era asombrosamente hermoso para estar hecho con unos pocos trazos, y además tenía su nombre al pie: Okita. Cuidadosamente, Jacques lo recortó con la diminuta tijera de su navaja suiza multiusos, lo guardó entre las páginas de su cuaderno y encargó la cena.

            Al alba salió tras ella, caminó siempre a unos doscientos metros de su espalda, se alojó en el mismo lugar que la japonesa, buscó cenar en la misma mesa no bien ella se hubo levantado, y otra vez halló su premio: un nuevo dibujo en el mantel. Esta vez correspondía a un emparrado con sus racimos maduros. Debió verlo en el porche de alguna casa durante la jornada. Nuevamente guardó el trocito de arte en blanco y negro y dejó que dispusieran la mesa para él. Y así hizo cada día durante las semanas de camino hasta llegar a Santiago. Ella no pareció reparar en él; él no se dirigió a ella en ningún momento, y cada anochecer un nuevo dibujo de flores o plantas engordaba su cuaderno.

            Al llegar por fin a la Plaza del Obradoiro, Jacques sintió que el agotamiento, la alegría y la fe le llenaban los ojos de lágrimas, pero antes de que la silenciosa Okita desapareciese de su vida, quiso despedirse de ella y la abordó entre la multitud. Sin rodeos, le preguntó: “oye, ¿tú qué es lo que viniste a buscar aquí?” Y ella, con sus profundos ojos negros clavados en él, contestó, enigmática: “a mí misma”. Aquello merecía un café y una charla antes de que los dos volviesen a sus respectivos mundos.

            Era contable, pero lo odiaba. Tenía un buen trabajo que aborrecía, vivía en una ciudad que no le gustaba, en un apartamento sin alma. Llevaba una vida gris que la estaba apagando, pero no sabía cómo podía salirse de las normas. Necesitaba otro rumbo, y había oído decir que eso era lo que buscaban todos los peregrinos a Santiago: un nuevo camino, un lugar mejor hacia el que dirigir sus pasos. Por eso iba sola, necesitaba meditar. Jacques le contó que la había seguido movido por la curiosidad, pero también para devolverle esa colección de “miguitas de pan” japonesas que había ido esparciendo en cada etapa: sus dibujos. Okita juntó sus manos, cerró sus ojos e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Después, recogió silente su mochila y se perdió entre el gentío.

            No sé si Jacques llegó a saber que ese álbum de trazos negros sobre trozos de mantel fue el germen de la realización de Okita como persona, pues terminaron siendo diseños para las delicadas sedas de una nueva colección de trajes tradicionales del país del Sol Naciente. Buganvillas, Dompedros, parras con sus racimos, pinos piñoneros, rosales y zarzamoras sustituyeron a las típicas flores de cerezo y de almendro. Encontró su camino al fin lejos de los números, creando belleza con los recuerdos que él fue recopilando a su paso.
            Unir destinos. Cambiar vidas. Reordenar prioridades. Aclarar ideas. El Camino de Santiago

no es solo fe cristiana. Es mucho más.

lunes, 23 de septiembre de 2013

DESCUBRIMIENTOS


         Ciertamente, el azar es algo tan mágico como imprevisible, y es capaz de propiciar encuentros y descubrimientos que son la sal, la pimienta, el orégano, la cúrcuma y la canela que cambian de color y sabor cada uno de los días de nuestra vida. Gracias al azar cada jornada es distinta de la anterior, porque él pone en nuestro camino a cada momento personas diferentes. Unas se dirigen a nosotros, aunque solo sea para preguntarnos la hora. Otras, simplemente, nos miran, o nos agradecen con un gesto de la mano el haber parado en un paso de peatones para facilitar su caminar. Otras… otras nada. A unas nos las coloca cerca, y otras, simplemente, pasan y no las volvemos a ver. De nosotros depende el entablar una conversación, regalar una sonrisa o encerrarnos en nosotros mismos y no decir ni “buenos días”. Somos nosotros los que ganamos o perdemos.

            A Mónica la conozco de unos cuantos años, pero realmente no la conocía de nada hasta ahora. Vive en mi edificio, es “mi vecina la argentina”, pero fuera de eso, hasta hace pocos días, solamente podía decir de ella que nació en ese enorme país del otro lado del charco en el que también nacieron el tango, el mate y las boleadoras, las chacareras y los gauchos, donde Marco encontró por fin a su mamá, donde a los españoles nos llaman “gayegos”, al dinero le dicen “platita” y a los niños “pibes”. Ella era una vecina más con la que solo hablaba del tiempo en el ascensor.

            Hay personas cuyo aspecto y actitud elimina cualquier atisbo de desconfianza. Siempre fue una vecina muy correcta: no fuma en las zonas comunes, cosa que otros sí hacen. No organiza fiestas en su casa, ni da un ruido. Sube y baja con su perro atado, un animal que es como ella, rubio, noble y grandote, al que yo llamo cariñosamente “chiquitín”. Jamás pasa sin sonreír, sin saludar. Ella es así, alta como una vikinga, fuerte como los robles (claro, los corazones grandes necesitan cuerpos grandes que los puedan albergar), con los ojos permanentemente húmedos pensando en su Buenos Aires querido y en los nietos que van creciendo allá, lejos de ella. Pero, aparte de eso, que casi a simple vista se puede apreciar, yo no sabía más.

            Un día de hace no mucho, sin embargo, la cosa cambió: llegó el azar, esparció su efecto, y cruzó nuestros perfiles de Facebook. Y gracias a eso nos descubrimos la una a la otra. Mi vecina Mónica, la argentina de la risa abierta y el acento porteño, oculta bajo su apariencia de teleoperadora a una maravillosa artesana de los telares y los tapices, una mujer creativa que dedicó muchos años de su vida, antes de tener que emigrar a España, a enseñar su arte. Llegó a exponer sus trabajos hasta en el lejano Japón, donde tan amantes son de las cosas hechas con las manos, porque piensan que los objetos fabricados así son los únicos que realmente poseen alma. Ella hacía, con esos tapices, terapia ocupacional: impartía cursos en los que enseñaba a discapacitados, principalmente personas con la movilidad reducida, a escoger colores, texturas, preparar un telar, urdir una trama en él, e ir tejiendo, como arañas hábiles, hermosos trozos de tiempo y lana con que abrigar los muros de las casas.

            “A una persona que no puede mover sus piernas hay que darle un trabajo para que mueva sus manos. De lo contrario, antes o después dejará de sentirse persona”, me dijo cuando le pregunté sobre ello. “Pero aquí aún no he conseguido que nadie se interese por mis cursos y mi arte”. “Yo tampoco he tenido éxito con mi primer libro, pero no desespero. Con el segundo quizá lo consiga, y si no, escribiré un tercero”, le contesté. Su risa argentina (en todos los sentidos) inundó la escalera: “así me gusta, que seas valiente”, me dijo.

 Ella también ha sido valiente, y hoy me enteré de que al fin va a impartir un curso. Por eso he querido aprovechar este rincón que comparto con vosotros para poder felicitarla. Espero que a mucha gente le entre la curiosidad por la artesanía del tapiz, y que pronto pueda dejar el teléfono y dedicarse al telar, que es lo que realmente la hace única… y feliz.

Vivimos rodeados de personas extraordinarias. Solamente nosotros mismos somos culpables si no reparamos en ellas, porque nos prohibimos la oportunidad de disfrutar de todo lo que nos pueden aportar. “Desdichada vida de colmenas llenas de abejas que no se hablan”, o, traducido al cristiano, manda narices que tenga que descubrir por Facebook que mi vecina del segundo es una artista como la copa de un pino. De un pino argentino.
 

jueves, 19 de septiembre de 2013

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (CAPÍTULO... NI LO SÉ)


            Desde que comencé a escribir cuentos en este blog os he hablado ya de algunos de mis abuelitos, internos de las residencias en las que he trabajado. De ellos aprendí muchas cosas, les tuve que perdonar muchos pellizcos y alguna que otra perrería, pero supongo que ellos a mí también han tenido que disculparme algún fallo, alguna mala contestación de mis días torcidos (esos que todos tenemos de vez en cuando), y algún que otro grito. Quizá no siempre tuve la paciencia que debí tener, quizá ellos alguna vez me vieron como sirvienta en vez de como cuidadora, pero en general puedo decir que di mucho cariño y también lo recibí. Cariño y lecciones de vida.

            Elvira era costurera, aunque ella siempre opinó que era mejor decir “modista, que queda mucho más fino”. Sus manos hábiles vestían a las niñas de las familias más acomodadas de Santander y provincia; las llenaba de lazos, puntillas y encajes, tan al gusto de la época. Cosía vestidos de fiesta, trajes de domingo y de diario, e incluso los atavíos para sus primeras comuniones, pequeños tocados y capotas para sus cabezas, y faldones de cristianar. Para procurarse los mejores materiales de la ciudad iba a veces al puerto a esperar el barco que venía de Inglaterra, donde viajaban los encajes y blondas de Holanda, que eran muy apreciados por los ricos.

            Cuando yo era niña aún se enseñaba costura en los colegios públicos, pero a mí solamente me dio tiempo de hacer una vainica, un pespunte, un sobrehilado y poco más. De Elvira aprendí muchísimas más cosas: a hacer nido de abeja, a colocar un entredós, a poner tapajuntas para las sabanillas de las cunas, a incrustar a máquina una puntilla de “valencié”, frunces, lorzas, remates, puntos escondidos, ensanches, pinzas… Era una enciclopedia de la costura, tan habituada a trabajar que ni aún retirada y medio ciega podía parar de hacerlo.

            Por alguna razón especial se le permitió traer de su casa una máquina de coser y tenerla en su habitación; la norma era que no se añadieran más elementos que los que ya estaban instalados en los dormitorios para evitar tropiezos, obstáculos y problemas, pero su máquina sí pudo entrar. Era de las antiguas, con manivela en la rueda. Ella no quería otra, y tampoco podría haber manejado una de pedal, porque apenas caminaba y siempre tenía las piernas y los pies muy hinchados. Le colocaron de compañera a una mujeruca completamente sorda para que no se despertase si Elvira no podía dormir y se levantaba a coser, y dejaron que siguiera manteniendo sus manos ocupadas en la labor.

            Yo muchas veces le preguntaba para quién era el vestidito que en ese momento tenía sobre la mesa. “Para la pequeña de los Solares, unos indianos ricos que tienen casona en Arredondo y van a casar a su hija mayor”. Yo miraba el modelo, con su enagua, los pasacintas, las delicadas rosas de lazo de raso para el remate de las mangas, el fajín de color albaricoque que ceñía la cintura, las puntillas de la falda, y pensaba que los señores de Solares estaban un poco fuera de onda con la moda, porque ya no se llevan ese tipo de trajes ni siquiera en las ceremonias más horteras, pero no le decía nada a Elvira.

            Cuando terminaba una prenda solía pedirme que le escribiera en una etiqueta de cartón el nombre de la niña que habría de lucir esa “creación”; con un cordón de seda ataba la tarjeta a la percha y les entregaba a las monjas el trabajo acabado para que lo hicieran llegar a la casa correcta. Inmediatamente comenzaba con otro vestido, y así fue los casi tres años en que yo la atendí.

            Durante mi última semana de trabajo en aquel centro, comentando con mis compañeras la profunda admiración que me causaba el arte de Elvira y la extrañeza por ver que seguía teniendo clientes que demandaban ese tipo de trajes, una de las más veteranas de la residencia me desveló el secreto: en realidad, Elvira no cosía para nadie. No tenía clientes de verdad, aunque no estaban seguras de si se los inventaba para no dejar de trabajar o si realmente, dentro de su cabeza, continuaba al frente del taller de costura como cuando joven. La niña de los Solares que iba a la boda de su hermana era ya una mujer de más de cincuenta años, el bebé de los Cagigal tenía hijos en la Universidad, las gemelas Castanedo peinaban canas, y la heredera de los Ruiloba había muerto de tuberculosis con quince años. “Hay una sastrería en Madrid que compra todos los vestidos para usarlos en películas y series de época. Con eso y la pensión no contributiva que recibe del Estado se paga su estancia en la residencia. Si todas esas enaguas y trajes se quedaran aquí, no habría dónde guardarlos”.

            No me atreví a preguntárselo. Ni siquiera le dije que me iba para no volver. Le di un beso y la dejé sentada a su máquina, afanada en unos pololos rematados con encaje de Camariñas “para la hija de los Señores Sáinz de la Maza, que está gordita y se le rozan las piernucas al caminar”.
 

jueves, 12 de septiembre de 2013

CALLOS Y EXTINTORES


            “La diferencia entre poder ayudar y tener que pedir ayuda se llama contrato de trabajo”. Pura no sabía dónde había oído esa frase, pero cada día que pasaba el peso de tal sentencia era más evidente para ella. Después de quedarse en paro dependían totalmente de la tienda de Josu, y tras un año de poca venta y continuas pérdidas no les quedó otro remedio que cerrarla también. Él era autónomo, de modo que nada de paro. Y ella, de lo suyo, solo recibiría un subsidio de desempleo de seiscientos euros durante dos meses más. ¿De qué iban a vivir?

            Siempre ayudó cuanto pudo a los demás; en época de vacas gordas Pura no podía enterarse de que nadie cercano lo estuviera pasando mal. Tenía el sentido de la empatía tan desarrollado que le hubiera sido imposible dormir por las noches de no prestar auxilio. La ropa que sus tres hijas iban dejando pequeña iba directa a las familias que ella sabía que la necesitaban, y siempre había un brick de leche o un paquete de galletas para quien se lo pedía. Pero ahora todo era distinto. Ahora ni siquiera podía pagar el alquiler del piso en el que vivían.

            Ella y Josu tocaron todas las puertas. Echaron todas las instancias. Acudieron a todas las oficinas. Pero solamente sirvió para comprobar que, a medida que la crisis se iba alargando en el tiempo, las ayudas para las familias se reducían hasta esfumarse. No les dieron libros, no les dieron material escolar, les cerraron el acceso a las becas… “quizá les concedan las ayudas de libros, vuelvan por aquí a mediados de diciembre y, si ya las han aprobado y cumplen todos los requisitos, les daremos el dinero”. ¡Mediados de diciembre! Y el primer trimestre del curso, ¿qué? Se sintieron abandonados por quienes debían velar por la seguridad y el bienestar de todos.

            Pura se miraba muchas veces al espejo, y no veía en él a alguien pobre. Si se arreglaba el pelo y se maquillaba un poco, con la ropa que tenía en el armario y los zapatos limpios no parecía una pobre. Y sin embargo tenía la nevera vacía, y lo que era peor, el recibo de la luz pendiente de llegar al banco y sin fondos para cubrirlo. El escalón de la tranquilidad a la ruina era demasiado pequeño, nunca pensó que ellos, trabajadores y honrados, pudiesen bajarlo algún día. Pero así era. Procuraban que nadie se enterase, les daba vergüenza, pero resulta que la vergüenza no da de comer, y las niñas necesitaban llenar el estómago a diario. Había que pedir ayuda.

            A veces miraba la televisión, y escuchaba los discursos grandilocuentes de los políticos: “estamos haciendo”, “estamos dando”, “no dejaremos que nadie pase hambre”, “estamos ayudando”… Pero la realidad era que ellos, desde sus coches blindados, desde sus chalets con vigilancia, sus urbanizaciones con pistas de pádel y sus piscinas particulares, pese a tener los datos en la mano, no tenían ni idea de lo que la gente estaba sufriendo. No podían saber lo que es la zozobra, lo que es el insomnio, lo que es el terror a un desahucio, lo que es luchar, lo que es esconderse a llorar, porque toda su vida lo habían tenido todo en bandeja. Ninguno de los que denegaban las ayudas desde sus despachos elegantes de la capital sabía lo que era no encontrar con qué alimentar a sus hijos. Ellos, que tenían los camiones, las bombas y las mangueras, veían el fuego y no lo apagaban.

            Fueron los vecinos. Los primos. Los amigos. Los conocidos. Los antes auxiliados por Pura y Josu. Los que menos tenían. Ellos, con sus pequeños extintores, con cubos, con vasos de agua, fueron los que sofocaron el incendio. Arañando un poco de sus pensiones, retirando una pequeña cantidad mensual de sus exiguas nóminas, dejando de ir un día al cine para alcanzarle a Pura un billete azul que le diera el pan y la leche de la semana. Ellos, que sí sabían lo que se siente, que sí habían catado y vivido la pobreza fueron los que dieron la talla. Si durante seis meses, que fue lo que tardó Josu en encontrar empleo, pudieron comer, estudiar y vivir, no fue gracias a los servicios sociales, sino a la gente de alrededor, a las personas sencillas con callos en las manos de trabajar duro. Los otros, los de los elegantes trajes y los grandes sueldos, los de las pensiones millonarias y los viajes “regalados”, los de las manos blandas, los que disponen de medios para ayudar de verdad, esos… Esos son dignos de lástima, porque los callos los tienen en la conciencia.

            “Obras son amores, y no buenas razones”, dice el refrán. Cuando esto acabe no olvidéis quién os dijo “no se puede” con su más ensayada cara de preocupación, y quién no os dijo nada pero os tendió la mano. Quién puso su extintor, o su cubo de agua, para apagar vuestro incendio. Y quién guardó el camión de los bomberos en su chalet por si le hacía falta.
 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

VIDEOCUENTO: ELEGIR UN LUGAR DE LA TIERRA

¡Hola, familia cuentera!

Aquí os dejo un nuevo vídeo: el cuento que faltaba de la serie de cuatro. El único hijo de la Madre Naturaleza que quedaba soltero se nos casa hoy. ¡Vivan los novios!

http://www.youtube.com/watch?v=KTURBZhGaUo&feature=youtu.be

Ya me contaréis si os ha gustado. ¡Comentarios, por favor, no seáis tímidos, que no muerdo!

lunes, 9 de septiembre de 2013

LAS GAFAS NUEVAS


            Paula ya venía una temporada diciendo que no veía bien de lejos. Sus padres sumaron dos y dos: niña miope entrando en la adolescencia + estirón veraniego da como resultado, con toda seguridad, cuatro, es decir, gafas nuevas. La visita a la óptica era ineludible, y el gasto más que probable.

            Efectivamente, después de la revisión quedó patente que el defecto visual y la cabeza de Paula habían crecido a la par, así que no quedó otro remedio que elegir una montura nueva para los cristales que habían de ayudar a la jovencita a ver correctamente. El dependiente comenzó a mostrar a la adolescente modelos de gafas, y su madre empezó a opinar acerca del estilo. “Estas, Paula, te quedan estupendas”, decía mamá mirando discretamente el precio. “¡Uf!, parezco una lechuza”, protestaba la chavala contemplándose en el espejo. El óptico, viendo venir el rifi-rafe generacional, se retiró discretamente a la trastienda para dejar la tormenta pasar sin mojarse demasiado.

            “Esas son de niña”, decía Paula. “Eres una niña”, respondía su madre. Papá, de momento, callaba por si acaso, no le fuera a caer una reprimenda por meterse en cuestiones de estética. “Pero mamá, si las gafas las tengo que llevar yo, ¿por qué las tienes que elegir tú? ¡No es justo!” Su madre, haciendo oídos sordos, continuaba indicándole monturas a su gusto. “¡Mamá, estas son horrorosas! ¡Parecen de secretaria de los años sesenta! Y estas me hacen cara de televisor. Y estas son horribles, me van a llamar Señorita Rottenmeier. Estas no. Estas tampoco. No pienso probarme ninguna más de las que tú me digas”, dijo al fin. Y, cruzada de brazos, igual que cuando era pequeñaja y se le llevaba la contraria, se sentó en una de las sillas de cortesía del establecimiento, de espaldas a su madre.

            “Dile algo a tu hija, que está imposible”, pidió Mamá a Papá. Era el momento de que el caballero de reluciente armadura acudiese al rescate de las dos damas empleando, como siempre, el escudo de la paciencia, la espada del buen humor y la mano izquierda, mucho más efectiva que la diestra en estas contiendas. “Vamos a ver: ¿tú qué tipo de gafas quieres? ¿De estas?” preguntó Papá indicando una montura discreta, en metal dorado. Carita de asco por toda respuesta. “¿O quizá de estas de aquí?” Rectangulares, en colores morados y con ositos de una conocida marca catalana de joyería y bisutería. Malhumorada, Paula se las puso sobre la naricilla pecosa. “Con estas parezco Mamá. Ni hablar”.

            “Oye, mocosa, ¿tienes algún inconveniente en parecerte a tu madre?” espetó Mamá, francamente molesta. Papá la miró, y le hizo un gesto de complicidad con la cabeza ladeada para apaciguar su enfado. Inmediatamente volvió a la carga. “Mira, vamos a hacer una cosa: tú me dices unas que te gusten y yo no miro el precio, ¿vale?” Paula, segura, se fue hacia una hilera de enormes monturas de pasta en colores negros y marrones oscuros, cogió las más grandes y se las puso. Tenían lunares blancos en las patillas. Después, se soltó la melena, sacó un cepillo de su mochila, se atusó concienzudamente el pelo, puso cara de interesante y se volvió hacia su padre. “¡Estas, Papá! Lo último de lo último, unas gafas hipsters. Ahora solamente me falta que Mamá me haga un par de bufandas y gorros de punto para el invierno, mis libros bajo el brazo, unas Converse en los pies y un café para llevar del Starbucks en la mano. ¡Estas son las que quiero!”

            Mamá y Papá se miraron y estallaron en risas. “¿Ha dicho unas gafas jispis?” “No, creo que ha dicho unas gafas twisters. Y además no le gusta el café”. Paula, muy ofendida, se quitó la montura y se echó a llorar. Papá paró de reírse y suspiró. “Venga, cariño, que no aguantas ni una broma. Sonríe. ¿Quieres esas? Pues esas. Llama al dependiente para que tome nota del pedido y no llores, que te salen granos”. Y mientras Paula, contenta por fin, sacaba una foto de las gafas para enviarla por whatsapp a sus quince amigas más íntimas, Mamá susurró: “son unas gafapastas de las de toda la vida”. Y Papá, sonriendo, le recordó el tupé de rocker, los vaqueros con vuelta, las camisas de cuadros y los corbatines vaqueros a lo Elvis que ella llevaba en su juventud ante la mirada horrorizada de su madre.
 
 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

CAMBIOS DE SEPTIEMBRE


            Cuando el aire fresco de septiembre se llevó los últimos flecos del verano, Inés sintió, como cada año, la necesidad de renovarse. Como los árboles que comienzan a dejar caer sus hojas para crear otras nuevas, como los kioskos que se llenan de nuevas colecciones, como los niños que vuelven a la escuela para aprender cosas que no sabían.

            Miró su cara en el espejo: el verano había hecho estragos en su pelo, tenía la piel oscura y seca, y las arruguitas en torno a los ojos iban delatando su edad. Después miró su cuerpo: las cervecitas, los helados, las pizzas por no cocinar y el vino rosado fresquito que tan bien entraba se le habían instalado en el trasero y en las caderas. Era preciso un plan de ataque que pusiera orden en aquel desaguisado, porque de no remediarse no le cabría la ropa de invierno, y con una presencia descuidada no encontraría trabajo en ningún sitio. Miró su cuenta bancaria, y con lo que pudo arañar después de pagar la vuelta al cole de los niños compró un tinte casero, un yogur, unos pepinos, manzanilla, una crema hidratante de las baratitas, una lima y una laca de uñas rojo pasión.

            La peluquera del barrio le hizo un repaso de puntas; no le preguntó si quería teñirse, porque era evidente que lo hacía ella misma para ahorrarse unos euros. Después, al llegar a casa, puso a hervir la manzanilla, se expuso al vapor con una toalla sobre la cabeza durante un buen rato, y con un espejo y pañuelos de papel se estrujó cada centímetro de piel de su rostro como había visto hacer a las esteticistas. El pepino y el yogur sirvieron para la mascarilla. Por último, se depiló las cejas, se dio crema, se arregló las uñas y fue a preparar la cena. Verdurita y un huevo cocido para ella, pescado para los niños y el marido, sandía para todos, que es diurética, hipocalórica y barata.

            Antes de irse a la cama, mientras terminaba de recoger la ropa, Inés pensó: “ojalá tuviera dinero para hacerme un retoque a la cara. No se me notarían tanto los años. Me estiraría un poquito, un relleno al surco del entrecejo, algo de volumen a los labios, las bolsas bajo los ojos… Sería estupendo volver a ser guapa, como antes de los niños y de los cuarenta años”. Y, pensando en ello, se asomó a ver dormir a sus hijos, besó a su marido y se acostó rendida de cansancio.

            Cuando el aire fresco de septiembre se llevó los últimos flecos del verano, Cuqui sintió, como cada año, la necesidad de renovarse. Como los árboles que comienzan a dejar caer sus hojas para crear otras nuevas, como los kioskos que se llenan de nuevas colecciones, como los niños que vuelven a la escuela para aprender cosas que no sabían.

            Miró su cara en el espejo: la piscina privada había hecho estragos en su pelo, tenía la piel bronceadísima, y como no se había quitado las gafas de sol de marca ni para dormir (la última blefaroplastia recomendaba protección solar intensa) tenía el contorno de los ojos más blanco que el resto de la cara. Después miró su cuerpo: los cócteles, el champán francés, los sorbetes y las cenas en Can Roca se le habían instalado en el trasero y en las caderas. Era preciso un plan de ataque que pusiera orden en aquel desaguisado, porque de no remediarse tendría que renovar todo el armario comprando la talla 40 en lugar de la 38 como acostumbraba. No miró su cuenta bancaria, de eso se encargaban el abogado y el asesor. Solamente comprobó que en la nevera del cuarto de baño quedase crema de caviar con la que hidratar su cutis, mandó a la asistenta a pedir hora con el salón de belleza-spa para un tratamiento integral, y también habló con su cirujano plástico personal para unos repasitos sin importancia: lipo en los tobillos, abrasión para las manchas solares, y levantar los pechos, que con el trikini daban la impresión de no estar del todo firmes.

            La asistenta se marchó a las diez, y Cuqui se preparó para irse a la cama: cenó un yogur desnatado, se puso una lavativa, repaso a los dientes, dónde está el antifaz de gel. Se tomó una pastilla para dormir pensando: “a lo mejor mi vida sería distinta si a mi lado tuviera un hombre, si hubiera tenido hijos. Sería estupendo volver a ser joven y poder cambiar algunas de las decisiones que tomé. Tal vez, si hubiera elegido formar una familia en lugar de tener éxito profesional y más dinero, ahora no estaría tan sola”. Y, antes de que el somnífero llenase de oscuridad artificial su noche, le dio tiempo a sentirse desgraciada.