martes, 29 de octubre de 2013

LA LATA DE GALLETAS


            La primera lata de galletas de mantequilla que Verónica compró con el dinero de su hucha tenía dibujos de rosas. Rojas, amarillas, blancas, anaranjadas, y cómo no, rosas rosas, rosas al cuadrado. Era rectangular y grande; compartió con su abuela y con sus hermanos el contenido de la caja de lata, porque no la había comprado en realidad por los dulces que contenía, sino más bien para darle uso al continente. Acababa de conocer a un chico con el que no dejaba de soñar desde que sus miradas se cruzaron a la puerta del instituto, y esperaba guardar en la caja los recuerdos de esa incipiente relación. Tenía quince años recién cumplidos.

            A la caja fueron a parar billetes de autobuses que tomaron juntos para ir a la playa, la colilla de un cigarro que él fumó y que ella guardó para tener la huella de sus labios en algún sitio más que en los propios, una margarita que se secó dentro de un tomo de enciclopedia y que él arrancó para ella durante un paseo por el parque, una foto de los dos en que ella sonreía feliz y él miraba hacia otro lado. Dos meses de ilusión que se volatilizaron en cuanto otra estudiante con las tetas más grandes le hizo ojitos. El llanto le duró a Verónica casi más que la relación, pero al fin superó el primer desengaño adolescente y quemó el contenido de la caja en la barbacoa del patio. En la lata de galletas plantó menta piperita para las infusiones de la abuela y los caldos de puchero.

            La segunda lata de galletas que compró era redonda y azul, con dibujos de autobuses rojos de dos pisos, cabinas de teléfono londinenses y soldados de uniforme con enormes sombreros negros y postura rígida. Acababa de conocer al hombre de su vida en una discoteca, él la invitó a una fanta nada más verla, era tan guapo, tan moreno, tan alto, tan galante… A los dieciséis años, desde luego, tenemos en la mirada una especie de extraña lupa que distorsiona nuestra percepción. Guardó en la caja un pétalo de la única rosa que él le compró, un papel de caramelo mentolín, de los que él se comía para disimular el aliento a whisky barato y canuto antes de besarla, unas entradas de la única vez que fueron al cine en todo el año que estuvieron juntos (la película de guerra la escogió él, las entradas las pagó ella) y el papel rasgado del primer preservativo. Ni una foto, ni una tarjeta, ni una carta, ni nada más. No era, desde luego, el apuesto y detallista galán que ella suponía, porque desde aquella fanta discotequera rara fue la vez que de su bolsillo salió un duro para nada que no fuera a consumir él. Después, ya os lo podéis imaginar: despareció el moreno y se llevó la lupa, de modo que Verónica vio por fin su auténtico rostro. Un poco tarde, pero bueno. Le costó casi otro año recomponerse, y a la hora de quemar los recuerdos, con una triste cerilla tuvo bastante. En la lata plantó una albahaca, hierba que purifica y limpia el aire a su alrededor, y aromatiza estupendamente las ensaladas Caprese.

            Al cumplir los veintiún años, Verónica tenía en el patio, además de la menta y la albahaca, una lata amarilla con una planta de romero, otra roja con salvia y dos más, rectangulares y decoradas con dibujos de sellos y matasellos de todo el mundo, en las que crecían el cebollino y perejil. Había quemado muchas cosas: fotos, cartas, tickets, dos plantones, el envoltorio de un bombón, una amenaza, las entradas rotas de un concierto de Sabina, un bofetón y la nota de “perdóname” fingido que no aceptó. Seguía soltera, pero ya entonces sabía perfectamente todo lo que jamás le iba a permitir a un hombre que quisiera ser su pareja. Además, sus guisos olían de tal modo que, al pasar ante la ventana de su cocina, todos los vecinos se quedaban olfateando un rato, tratando de imaginar qué deliciosos sabores tendrían esos platos cuyos efluvios inundaban la calle entera.

            Con veintidós años se casó. Él era un chef de prestigio que se enamoró de su arte para aromatizar los platos con las plantas de su patio. Juntos montaron un restaurante que aún, veinte años después, funciona a las mil maravillas, igual que su relación. Verónica guarda los recuerdos de los dos en un baúl, porque ya no encontró lata de galletas tan grande como para acumular todos los detalles, las atenciones con que él la colmaba a diario, las notas de cariño, las flores, las fotos de vacaciones, los teatros y conciertos que disfrutaron juntos… Por cierto, el restaurante se llama “DAME LA LATA”. Si pasáis delante, no lo dudéis y entrad. Saldréis sabiendo que en el amor, como en la cocina, los tropezones del pasado construyen los aciertos del presente.
 

domingo, 27 de octubre de 2013

BENDITAS TABLAS


            Desde que me metí en este jardín de rosas, espinas, madreselvas y plantas varias de diversa índole que es el mundo de la escritura, me han ocurrido muchas cosas que han ido cambiando mi modo de ver la vida. Una de ellas pasó justo ayer, y quería contároslo antes de que la sensación se me borre de la piel, pese a que la huella de dentro no creo que se me borre nunca. Es algo que tiene que ver con las “primeras veces”, que son las que abren caminos en nuestra existencia. Después de esos debuts más o menos afortunados, decidimos continuar por los nuevos senderos recién descubiertos o no hacerlo, y la elección dependerá de lo satisfactoria que fuera esa primera experiencia. O de nuestra propia cabezonería. Que en mi caso es mucha. Muchísima.

            Reconozco que Talía y yo no hemos tenido una gran relación hasta ahora. Estoy refiriéndome a la musa del teatro, no a la cantante mexicana, obviamente (era una metáfora, por si no os habíais dado cuenta). Solamente un par de veces, una en Madrid, otra en Valencia, me había inclinado por el teatro en lugar de hacerlo por la música, que suele ser mi primera opción. Ninguna de esas dos ocasiones estuvo mal, pero tampoco sentí lo que esperaba sentir. No acerté con las obras, o no estaba de humor, o qué sé yo. La primera vez fue como cuando tienes la primera experiencia con el sexo: lo imaginaste maravilloso, lo esperaste emocionante, explosivo, satisfactorio, y luego resulta que no lo es. Haces un segundo intento y aún te deja más frustrada que el primero, y piensas: “será que esto no se hizo para mí”. Y lo único que pasó fue que equivocaste la técnica, o la pareja, o ambas cosas. Ahí es donde entra el factor “testarudez”: si eres muy capricornio, volverás a intentarlo. Si no lo eres, lo dejarás correr, y a otra cosa, mariposa.

            La semana pasada, por circunstancias casuales que ahora no vienen al caso, conocí a una actriz. Bueno, en concreto conocí a dos, pero de la otra ya os hablaré en otro relato. A esta la había visto mucho en televisión, siempre me pareció un pedazo de hembra de armas tomar, con una imagen personal tremendamente atractiva, segura, decidida, muy alejada de la mía propia. Su trato (el poquito que tuvimos) fue encantador, habló de la obra que estaba representando y, ¡oh, casualidad!, esta semana venía a Valencia. Después, una de mis más fieles lectoras me propuso que fuéramos juntas a ver la función, y pensé: “bueno, pues iremos, a ver qué tal”. La entrada, ya que estamos dispuestos a contarlo todo, gracias a nuestros amados políticos y a su IVA de lujo para la cultura, no salía barata, pero me la pagó una lectora de Barcelona a la que le escribí un cuento. Solamente quedaban de gallinero o de primera fila. A pie de escenario. Allá fuimos.

            Benditas tablas. Ahí estaban, Ana Milán, Fernando Guillén Cuervo, y nosotras casi a sus pies, expectantes. Comenzó la obra, “El diario de Adán y Eva”. Y llegó. Llegó lo maravilloso, lo emocionante, lo explosivo, lo satisfactorio. Llegaron las miradas, la química, llegaron la risa y el llanto, las palabras que siempre deseé escribir, los sentimientos que esos dos monstruos de la actuación supieron hacernos experimentar a todos. Y llegó el temblor, y el vello de punta, y el suspiro, y el escalofrío, y el cálido placer antes buscado y nunca, hasta ahora, encontrado. Llegó Talía y se sentó a reinar ante nosotros mientras ellos, Adán y Eva, Felipe y Catalina, Ana y Fernando, nos sacudían sin tocarnos con sus voces, sus manos, sus gestos, sus ojos clavados en los del otro destilando el más tierno, el más hermoso de los amores conocidos.

            La tarde de ayer quedará marcada en rojo en mi calendario personal como el momento en que descubrí dónde está la auténtica magia del teatro. Prometo ya nunca volver a dudar de ti, Talía. Y a ellos, a Felipe y a Catalina y a ese último abrazo que llenó mis ojos de lago y me dejó completamente “touchée”, les doy las gracias. Para mí ellos serán siempre los rostros que me hicieron enamorarme del teatro.
 

viernes, 25 de octubre de 2013

EL CAMINO DE MERCHE


            Merche comenzó a andar su camino un buen día, cuando su juventud le llenaba el pensamiento de planes, proyectos e ilusiones por cumplir. Aquella mañana, se puso sus zapatos más bonitos, se pintó la sonrisa de rosa chicle y emprendió la marcha. Imaginó las flores que iba a encontrar a su paso, las nubes blancas que la acompañarían en su andar, los pájaros que cantarían para ella y los compañeros que, a lo largo del sendero, se irían uniendo a su ruta para continuar juntos hasta que llegasen al final de aquel viaje.

            Al poco de haber comenzado a andar, se dio cuenta de que no había elegido bien los zapatos; eran hermosos, pero el tacón hacía que le doliesen la espalda y los pies, se torció un tobillo al pisar una piedra y le salieron rozaduras en los talones. A la primera oportunidad que tuvo los cambió por unos más feos, pero más cómodos y resistentes. Aprendió que no siempre acertamos con las previsiones que hacemos, que hay que escuchar más al propio cuerpo, y que a veces compramos con los ojos en lugar de con la cabeza, y lo que obtenemos solamente es belleza inútil. Anotó en su diario de viaje el incidente y continuó andando.

            Unas jornadas más adelante, Merche se dio cuenta de que el cielo iba cambiando, las nubes blancas se tornaban del color del plomo, el viento soplaba frío y los pájaros, en lugar de cantar, se escondían temerosos. Pensó que quizá le diera tiempo a buscar refugio antes de que estallase la tormenta, pero no fue así: la lluvia comenzó a descargar furiosamente, y la pilló al descubierto, mojándola de arriba a abajo y haciendo que le castañeteasen los dientes. Aprendió así que, a veces, los problemas llegan mucho antes de lo que imaginábamos, y nos cogen desprevenidos, sin tiempo para reaccionar. Un carretero embozado le ofreció cobijo en su carreta, pero no aceptó, porque su instinto le dijo que quien no da la cara cuando te habla no merece tu confianza; sí aceptó, en cambio, el brazo y un paraguas compartido del caminante que se cruzó con ella un poco más adelante, porque pensó que, quien ofrece lo poco que tiene con una sonrisa, solo puede tener un corazón noble. Sin embargo, el caminante, al poco de andar juntos, le robó la cartera, y el carretero, que andaba con la cabeza cubierta para protegerse del frío y el agua, volvió para ayudarla y llevarla a un lugar seguro y seco. Merche aprendió entonces que las apariencias engañan, y que es imposible saber lo que va a suceder hasta que ocurre. Pero no se acobardó por ello: anotó las experiencias en su diario y continuó su viaje.

            A lo largo de su caminar se fueron uniendo a ella distintas personas. Unas la acompañaron y la ayudaron, otras se fueron por otros senderos en cuanto surgió la primera dificultad, y otras se limitaron a verla pasar. Hubo incluso quienes establecieron con ella un vínculo de afecto y caminaron a su lado por mucho, mucho tiempo, compartiendo tropezones, días de sol, lluvias, cucharadas de miel robadas a las colmenas y picotazos de las abejas. Compartieron y aprendieron que hay pájaros hermosos que arruinan las cosechas de los campesinos y pájaros feos que se comen los insectos dañinos y nos protegen, que los conejos son adorables pero arrasan los campos si nadie los caza, que las flores más bellas tienen bichos, que nada es perfecto en sí mismo, pero que todo tiene su función. Y Merche anotó todas esas cosas para no olvidarlas, porque no quería repetir ninguno de sus errores.

            A pesar de las piedras que le hicieron caer, de los tábanos que clavaron en ella su aguijón, de los fríos y las decepciones que algunos viajeros le regalaron, Merche continuó caminando, siempre con su sonrisa pintada de rosa chicle para no perder del todo la juventud de ánimo. Jamás se planteó detener su andar por empinada que fuese la cuesta, porque ante todo supo entender que valían más los campos de amapolas en los que había dormido, las puestas de sol que había visto, las frutas que los árboles le habían regalado y los trinos de los jilgueros y verderones, que todos los problemas con los que había tropezado. Leyendo su diario de viaje había llegado a comprender que en ese camino que es la vida no hay ninguna meta al final. Lo importante es aprender a ser felices mientras caminamos.

lunes, 21 de octubre de 2013

LA MONTAÑA DE GINÉS


            Lo único que tenía la madre de Ginés era un hijo y un dedal. Lo parió sola, dado que quien disfrutó engendrándolo en ella negó conocerla en cuanto supo que la había preñado. Después de todo, la costurera que arreglaba los vestidos de su esposa, ensanchándolos a medida que ella ganaba los kilos propios de la buena vida, seguramente se acostaría con cuanto caballero pudiera para tratar de salir así de la miseria. Probablemente ni siquiera sabía de quién era aquel bastardillo que esperaba, y él no iba a cargar con un crío sin tener garantía de que fuera suyo.

            Lo único que tenía Ginés era una madre. Ella se mataba a coser día y noche para poder alimentarle y pagar la renta de la casucha miserable en la que vivían, y él no recordaba tener otros juguetes que los que ella le hacía con trapos rellenos de serrín simulando muñecos, y los que él mismo se fabricaba con ramas, piedras e imaginación. Eso sí, ninguna noche se fue a dormir sin un beso y una canción que ella, con su timbre de voz roto por las infecciones de garganta mal curadas y la desnutrición, le daba cuando lo arropaba y apagaba la vela de su mesilla.

            A veces subían juntos al monte que se alzaba junto a su pueblo. Era una montañuela boscosa, llena de pinos y carrascas tan juntos que, a vista de pájaro, no se apreciaban los caminos en muchas zonas. Se podía ascender por los senderos y las pistas forestales, y ellos iban allí, se sentaban en el punto más alto, que contaba con una amplia explanada desde la que se dominaba la comarca entera, y miraban al horizonte en todas direcciones. “Mira, Ginés: estas son tus posesiones. La montaña y el bosque son de todos, y por tanto también son tuyos y míos. No podemos decir que no tenemos nada. Tenemos las moras para comer, las piñas y las ramas secas para calentarnos, los conejos para sobrevivir y los pájaros para alegrarnos la vida. Tenemos el aire para respirarlo, el sol para acumular salud con que afrontar el invierno, el río para bañarnos y los manantiales para beber. Por eso debes recordar siempre que, aunque los ricos te desprecien y te digan que no tienes nada, están mintiendo para dominarte, porque esto que ves es también tuyo y nadie te lo podrá quitar”. Ginés abrazaba entonces a su madre y pensaba que el amor que ella le daba también era una posesión preciosa que nadie podría arrebatarle. Pero se equivocaba.

            Una noche de enero se acurrucó junto a ella en el colchón de paja; la notó tiritar y trató de darle calor. Ginés tenía siete años. Su madre tenía neumonía. Al alba, el niño despertó al sentir la rigidez de aquel cuerpo que le había dado la vida, sabiendo que ya nada volvería a ser igual. Después vinieron las casas de acogida, la soledad, la incertidumbre, las monjas y el frío más terrible que jamás había conocido: el de la ausencia de cariño. Fueron años duros, noches largas, azotes si mojaba la cama por culpa de las pesadillas, desprecio, terror y un irrefrenable deseo de volver a sus dominios, a su montaña, a soñar con las palabras de mamá: “Todo esto es también nuestro, no dejes que te hagan creer que no tienes nada”.

            En el servicio militar aprendió a conducir, a interpretar mapas y a esperar. Obedecer ya sabía; fue lo primero que hubo de aprender para sobrevivir en las casas de acogida. Consiguió colarse en la unidad que hizo los cortafuegos en su montaña para protegerla de posibles incendios; dedicó muchos meses a trabajar mejorando las pistas forestales y haciendo la carretera para que los nuevos vehículos de bomberos pudieran circular por ella, y las ardillas, los zorros y las águilas le saludaron al verle, reconociendo en él al pequeño Ginés que les visitaba años atrás junto a su madre. Ahora ya era mayor de edad, y en cuanto terminara el servicio militar sería dueño de su destino. Mirando a los pinos, al río y a toda su comarca desde la cumbre, decidió que era el momento de volver para ya no marcharse jamás.

            Le conocí ayer. Me saludó desde su pequeña atalaya, una torre de observación meteorológica construida en esa cumbre. Ocho antenas de telefonía móvil e internet son su jardín y compañía, y anotar los datos de anemómetros, pluviómetros y unos cuantos más “ómetros” que desconozco es su trabajo, además de la vigilancia forestal. Me invitó a café y charlamos un rato; me llamó la atención la cantidad de libros que acumulaba en aquella vivienda “para matar las horas en invierno”, y también el dedal que, con un cordón de cuero, llevaba colgando del cuello. “Mi madre me lo dejó en herencia. Esto, la montaña y mi dignidad. Lo indispensable para continuar vivo”.
 

jueves, 17 de octubre de 2013

CON SU TERMO ROSA


            La mirada del escritor es capaz de ver las cosas de otro modo a como las percibe el resto de los mortales. Yo estoy acostumbrada a ir por la vida cazando historias para contarlas, porque no todo lo que escribo en este blog es verdad, pero tampoco todo es fantasía. Lo que digo que me pasó a veces me pasó y otras no, y yo lo hago cierto desde el momento en que le doy forma de cuento. Por fortuna no soy la única que ve historias dignas de ser contadas en cada rincón; hay muchas otras personas que también tienen en sus ojos la capacidad de distinguir cuando algo es, como yo digo, “carne de cuento”. Mi amiga Carmen, la lotera más sonriente de Granollers, me habló ayer de Angelines, y su comentario fue tan tierno que vale la pena que os cuente la especial relación que las unió.

            Angelines era un ángel de los que más saben, no por ángeles, sino por viejos. Ya había rebasado la barrera de los ochenta y era mujer, lo cual quiere decir que, con toda probabilidad, su situación económica no era la más desahogada del mundo. Todos conocemos qué tipo de pensiones cobra la mayoría de señoras de esa edad: de viudedad, no contributivas, exiguas, insuficientes. Estoy cansada de ver cómo, en la frutería de mi barrio, algunas Angelines similares a ella rebuscan la fruta que ya está picada para pedirle al tendero una rebaja en el precio. “Total, las vas a tener que tirar”. Esas Angelines, ricas en tiempo y en experiencia, millonarias en bondad y forzosamente austeras de presupuesto, son las que recorren todos los supermercados del barrio buscando los productos más baratos porque no se pueden permitir otra cosa, y para abaratar el recibo de la luz de su casa se acuestan a dormir a las nueve de la noche con un transistor de pilas como única compañía.

            Nuestra angelina Angelines, la protagonista de la historia de hoy, sellaba sus esperanzas en forma de boleto de bono-loto en la administración de mi amiga Carmen, y un buen día, hará un par de años, la Suerte le hizo un pequeño guiño. Digo pequeño, porque dos mil euros son bien poco como premio, pero para ella suponían un gran capital. Cinco meses de pensión caídos del cielo de un solo golpe, y mirad si era angélica nuestra Angelines que en vez de sentirse inmensamente afortunada se sintió profundamente agradecida, pero no a la Suerte, sino a la lotera. Para la anciana, la mano de Carmen había sido determinante en la consecución de aquel premio, y eso no lo olvidaría nunca.

            Desde aquel día, a las nueve en punto de la mañana, en cuanto Carmen levantaba la persiana de la administración de loterías aparecía Angelines en la puerta con el desayuno: un café con leche y galletas. No compraba el café en el bar de la esquina, no se lo podía permitir; lo hacía en casa y se lo ponía en un termo rosa de Hello Kitty. Las galletas, Marías de toda la vida o las que hubiese de oferta en el súper esa semana. Un desayuno modesto y sencillo, pero que venido de sus manos valía tanto como el mejor continental de un hotel de cinco estrellas. Daba igual que caminase con dificultad, circunstancia que disimulaba bastante bien sustituyendo el andador por un carrito de la compra de cuatro ruedas que le servía de discreto apoyo. Daba lo mismo que hiciese frío, que lloviese, que hubiera pasado mala noche o le doliese la espalda. Ella se levantaba, se aseaba, preparaba el desayuno para la lotera “endulzado con stevia, que no engorda y es más sana que la sacarina, tienes que cuidarte, niña” y se lo llevaba puntualmente. Era la única manera que tenía a su alcance de intentar devolverle a Carmen un poquito de la gran suerte que le había otorgado con aquel boleto de bono-loto.

            La luz de nuestros días no es la del sol, ni la de las bombillas que lo sustituyen. La verdadera luz que nos alumbra es la que nos proporciona la gente que nos rodea. Angelines era toda resplandor cada mañana con su termo rosa, tenía el brillo de las personas a las que vale la pena conocer. Ayer, sin embargo, ya no se levantó. Desplegó las alas del descanso merecido y con ellas voló a un lugar mejor. Ha dejado las mañanas de Carmen mucho más oscuras, no por el café y las galletas que ya no tomará, sino porque el sabor de aquel cariño ya no volverá a llenarle la boca.

            Estamos rodeados de seres extraordinarios. Abrid los ojos, mirad bien y los veréis.
 

jueves, 10 de octubre de 2013

LLEGA UNA CARTA


            Muchas veces uno se detiene a examinar su vida y se siente vacío. Con la agenda llena de ocupaciones que, bien miradas, no revisten importancia alguna, o no al menos la importancia que siempre quisimos que nuestro tiempo tuviera. No conozco ningún niño que no sueñe con ser algo grande, astronauta, neurocirujano, actor de primera línea, cantante superventas. Tampoco conozco ninguno que fantasee con ser limpiadora, ni operario de la recogida de basuras, ni auxiliar administrativo, camarero de bar de barrio o planchadora de lavandería. Sin embargo, todas esas personas son valiosas en sí mismas, valiosas para alguien, porque en un momento dado fueron o serán cruciales en el ser de otro.

            Dentro de vidas como la mía, la tuya o la del vecino, vidas del montón, existencias discretas y de lo más normal hay, sin embargo, unos pocos momentos extraordinarios, un puñado de instantes que justifican ampliamente los años que vivamos, sean sesenta, ochenta, cincuenta o cien. Valen por esos y por muchos más. Son fogonazos de luz, golpes de ilusión tan intensos que iluminan de pronto hasta la oscuridad más absoluta, y que hacen que todo tenga sentido, destrozando esa absurda manía que tenemos de sentirnos mal mirando nuestro propio ombligo insatisfecho.

            La primera vez que tuve esa sensación, la de que mi presencia en el mundo tiene un valor único, fue cuando supe que estaba embarazada de mi hija mayor. Pensé que, por fin, el que yo estuviera aquí significaría la vida para alguien. Hasta el momento había aportado diferencias en la existencia de mis padres, en la de mis amigos, en la de mi marido, pero solamente había sido diferencias, y no LA diferencia. Mi futura hija no podría existir si yo no estuviera. Puede parecer un pensamiento egocéntrico, pero nada más lejos de la realidad: el saber que mi cuerpo iba a ser compartido por otro ser daba un sentido a lo que soy que antes no había siquiera imaginado.

            La noticia de que iba a ser madre me dio una luz interior que no conocía, me llenó de mariposas el estómago y me tuvo con una sonrisa en la cara durante varios días. Después la sensación se fue mitigando, llegaron las molestias, las náuseas y todo lo demás que acompaña un embarazo, di a luz y comencé a criar a mi hija como cualquier otra mamá, sin más. Ese golpe de felicidad, ese sentirse inmensamente afortunada, esa emoción que remeció cada una de mis fibras no volvió a aparecer hasta que llegó un segundo embarazo. De nuevo mi presencia era decisiva para otro, concretamente para esa nueva criatura que se escondía en uno de mis rinconcillos y que comenzó siendo nada más que la segunda raya en un test de farmacia. La luz volvió a mi rostro, la ilusión a mi interior, y tuve la suerte de que todo llegase de nuevo a buen puerto.

            Después de ese día no había vuelto a sentirlo. Tomé la decisión de no tener más hijos, cerré capítulo, seguí adelante, y desde entonces todo ha sido de lo más normal: trabajar, vivir, alegrías, malos ratos, expectativas, risas, sueños… igual que los tuyos, igual que los del vecino, que los de cualquiera. De hecho, creí que ya jamás volvería a experimentar esa emoción, la de poder ser LA diferencia para alguien. Pero me equivoqué.

            Las personas pasamos por épocas en las que nuestro ánimo no está, precisamente, en la cresta de la ola. Y de pronto llega una carta y lo cambia todo. Todo. Una carta que te recuerda lo que eres, lo que puedes ser, y que de verdad, aunque no salgas en televisión, ni vendas millones de discos, ni encuentres la fórmula para acabar con el hambre en el mundo, tu vida importa mucho.

            Cuando me di de alta en el registro de donantes de médula de la fundación José Carreras me dijeron que seguramente nunca me llamarían. Que la posibilidad de encontrar un donante compatible fuera de la familia del enfermo es remota, una entre un millón. Pero aun así me registré pensando que no perdía nada más que un tubo de sangre y un ratito de mi tiempo. Eso fue hace ocho años. Ayer llegó la carta, y con ella la chispa, el fogonazo. Hay muchas posibilidades de que sea compatible con alguien que lucha por sobrevivir. Alguien cuya familia reza cada día por encontrarme, alguien que espera tener un futuro por delante, pero que no sabe si conseguirá vencer a la enfermedad. Ignoro qué edad tiene, ni si es hombre o mujer, si vive en mi continente o en otro. Eso no lo descubriré nunca. Mi única certeza es que las células de mi médula ósea pueden ser LA diferencia, y esa esperanza ahora mismo es su luz, y también la mía.

            Ya me he hecho nuevos análisis, y no sé cuándo llegará la respuesta. Tal vez al fin no sea posible por alguna razón médica que desconozco, pero a mí desde ayer no hay quien me quite la sonrisa de la boca. Haceros donantes. Apostad por ser LA diferencia de alguien. Solamente por vivir este momento, esta alegría, esta emoción de sentirse inmensamente afortunado, ya vale la pena intentarlo.
 

martes, 8 de octubre de 2013

EXPLICACIONES


            “Mamá, el mundo de los adultos es muy, muy complicado” me decía ayer una de mis hijas. Sus ojos de diez años ven, sus oídos de diez años escuchan, su raciocinio de diez años trabaja a marchas forzadas… y no le salen las cuentas.

            Cuando me preguntó sobre el porqué de que haya negros en América, cuando se suponía que eran originarios de África y antes de que Colón se aventurase a descubrir las Indias ambos continentes ni sabían de su existencia mutua, le expliqué lo que era la esclavitud, el tráfico de seres humanos, los negreros, el infame comercio de aquel tiempo, el desprecio por la vida de aquellos con un color distinto de piel y los siglos, las guerras y los conflictos, que costaron al mundo muchas vidas valiosas hasta hace cuatro días, invertidos en solucionar semejante barbaridad. Le conté cómo transportaban a los negros como si fueran animales, cómo morían asfixiados en las bodegas de los barcos. Le expliqué que, si embarcaban quinientos en África y llegaban vivos cien a América, lo negreros ya se daban por contentos. Que les miraban los dientes como si fueran caballos, que las mujeres eran usadas en todos los sentidos, que esa manera de proceder era legal y estaba protegida y fomentada por gobiernos “civilizados”. Que los vendían y los compraban como quien compra y vende ovejas, que no estaba penado el maltratarlos, e incluso el asesinarlos. Que todo valía.

            Mi pequeña tardó días en asimilar todo cuanto le había contado, leyó algunos textos que seleccioné para ayudarla a entender, y al fin me comentó: “bueno, mami, menos mal que eso fue antes y ahora ya no pasa. Ahora todos sabemos que un blanco y un negro son iguales por dentro y tienen los mismos derechos. Mi profesora en el colegio también me lo ha dicho, que lo de los colores distintos solamente es evolución y adaptación al medio, pero que todos tenemos el mismo valor”. Le dije que sí, le di un beso y le aseguré que estaba en lo cierto. Ya habría tiempo de explicarle que, en el siglo XXI, nada es absolutamente cierto ni totalmente falso.

            Mira que le tengo dicho que no vea informativos sin estar conmigo, pero ayer pasé por el salón y allí estaba ella, plantada delante del televisor, estupefacta, con los ojos llenos de lágrimas, la boca abierta y el gesto congelado. Miraba las imágenes de Lampedusa, las hileras de cadáveres en el puerto, la desolación de los equipos de rescate. Cada cifra que escupía la tele le golpeaba el alma como un bofetón: solamente ciento y algún rescatado, doscientos y pico cuerpos, un barco hundido con montones de cadáveres amontonados en la bodega esperando ser extraídos. Un barco negrero, un cargamento de ilegales, unas leyes que penalizan a quienes les ayudan, tres pesqueros que pasaron junto a la nave ardiendo y no hicieron nada por miedo a las represalias del gobierno. Y una Europa súper-civilizada, súper-democrática y súper-todo que mira hacia otro lado mientras un grupo de pescadores de una isla italiana se comen un marrón del tamaño de Alaska.

            Mi niña me miró. En sus ojos ardía un “mentirosa, me dijiste que esto ya no ocurría”. ¿Cómo se le explica algo así a una criatura de esa edad? ¿Cómo le cuento que Italia ha concedido la nacionalidad a los muertos, que ya no pueden disfrutarla, y que a los que han quedado vivos los va a multar y a enviar de vuelta a la miseria de la que querían escapar? ¿Cómo le digo que el pescador que ignoró la ley, ese que solamente con sus manos, una cuerda y un salvavidas sacó del agua uno por uno a cincuenta seres humanos, quizá pierda su barco y su medio de vida por ello? ¿Cómo le vendo que esta Europa de la que ella es ciudadana carece de conciencia?

            Parece ser que, desde el siglo XVI hasta ahora, hemos evolucionado más bien poco en algunos aspectos. “Hija, a algunas personas el Pepito Grillo de dentro se les ahogó cuando eran pequeños, y por eso pasan aún tragedias como estas. Tratan de ganar dinero sin importar quién muera en el camino, igual que aquellos negreros de la época colonial. Hacer cosas para que esto deje de ocurrir será vuestro trabajo, el de los niños inteligentes y estudiosos como tú, cuando os hagáis mayores”.  

            Me da la impresión de que acabo de pasarle a mi hija un marrón del tamaño de Marte. No me extraña que algunos niños no quieran crecer.
 

sábado, 5 de octubre de 2013

LA VELA DE SU BARCA


            “Es para hacer la vela de mi barca”. Esa era la respuesta que daba a todo el que quería preguntarle. De hecho, nadie le había oído nunca decir ninguna otra cosa, porque Darío ya nació soñando con el mar, y agua marina era lo único que contenía su cabeza.

            En todos los pueblos hay un bar, un colmado, un alguacil y un tonto. Ya imagináis quién era Darío: el retrasado, el lerdo, el anormal. Aquel del que, quinta tras quinta, se burlaban los chiquillos casi como deporte local. Se reían de su gorra de ciclista, de sus pantalones remendados, de sus uñas sucias, de sus ojos de besugo estúpido, del cordel que usaba a modo de correa. Él nunca protestaba, no conocía la malicia. Simplemente guardaba como tesoros los trozos de tela que recogía de la basura, o los trapos que las vecinas le daban. Agradecía esos jirones de tejido con su sonrisa boba, y decía eso de “son para la vela de mi barca”.

            Por allí jamás se había visto una embarcación. De hecho, la mayoría de los habitantes de aquel rincón del mundo ni siquiera conocía el mar, de modo que cómo sabía el tonto lo que era una vela de barca constituía un verdadero misterio. Dentro de su casa, Darío cortaba trozos de trapo de colores y los iba cosiendo entre sí afanosamente; sabía que necesitaba que fuera grande, porque cuanto más grande fuera, más lejos le llevaría de aquel lugar en donde nadie entendía que era un pez que se equivocó de lugar al nacer. Tenía memoria de pez, ojos de pez, inteligencia de pez, instinto de mar y sueños de sal. Que el resto de su cuerpo pareciese humano era una pura anécdota.

            En aquellos tiempos, las zonas rurales tenían una comunicación con el exterior más bien escasa. Un camino para carros y las pocas cartas de los que decidían irse y dejaban familia en las aldeas, esas eran todas sus fuentes de información; la idea del mar era para ellos, por tanto, algo imprecisa. El barranco que cruzaba la población estaba casi seco, y la masa de agua más grande que se había visto por allí fue el prado del Rogelio cuando se inundó por las lluvias unos cuantos octubres atrás. Pero Darío sí sabía. Sabía que sus hermanos nadaban en aquel lejano océano donde eran libres, donde nadie les tiraba piedras ni les llamaba estúpidos. Allí los seres eran silenciosos, como él, y sus pieles plateadas y brillantes les hacían parecer joyas animadas. Miró sus manos, sus pies agrietados y sucios, y se imaginó las líneas de su silueta de pez, sus aletas y la cola, tan diferentes de aquel error de la naturaleza en el que estaba atrapado. Pero debía darse prisa, porque pronto haría el viaje. La vela debía estar lista a tiempo, solamente tendría una oportunidad.

            Una mañana, el tonto salió de su casa y olió el aire. Después, sacó una mesa puesta del revés a la que había añadido tablones de una pata a otra, formando una especie de cajón; la arrastró afanosamente por el camino hasta el barranco y la dejó caer en el cauce. El hilillo de agua que corría apenas mojaba la madera. Se llegó de nuevo hasta la casa; el pino que había caído derribado por un rayo durante el verano anterior, desbrozado y limpio, también fue arrastrado por Darío hasta su “barca”. Lo ató fuertemente a una de las patas de la mesa por la parte de dentro a modo de mástil, y fue, por último, a buscar la vela.

            Los que le vieron irse arrastrando la enorme tela se quedaron preguntándose qué demonios pretendía el tonto del pueblo. Todos reconocieron en algún rincón de la vela un trozo de su propia vida: un cachito de pantalón, un pedazo de blusa estampada con flores, un retal de colcha, de funda de colchón, de abrigo, de sábana que un día tiraron a la basura por haber quedado inservible. Cuarenta años de historia de un pueblo resumida en una absurda amalgama de retales recogidos de entre los deshechos por aquel ser, alguien que solo quería ser un pez más porque no había sido nunca tratado como un ser humano.

            Día y medio estuvo allí sentado, dentro del cajón, esperando. Los chavales entrenaron con sus tirachinas usándolo como blanco, los hombres fueron a preguntarle qué pretendía, pero él no contestaba. Sonreía y ensayaba boqueando la nueva respiración que habría de practicar en el mar. Solamente él esperaba la tormenta, solamente él la vio venir.

            La avenida de agua se produjo por la noche. Fue una tromba nunca vista por aquellos parajes; se llevó árboles, animales, varios graneros y el carro del Eleuterio. Y también la barca de Darío, cuyo cuerpo nunca apareció. Dicen que se ahogó antes de alcanzar el océano, pero esa es una explicación demasiado lógica. Yo creo que llegó a donde él quería llegar, y que su destino de ser pez al fin pudo cumplirse.
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

DESDE LA DISTANCIA


Para: Fran Guapo

Fecha: 23 de mayo de 2014

Asunto: Qué difícil es esto

Querido Fran: en los meses que llevamos escribiéndonos, desde que te di mi dirección de correo electrónico, son muchas las veces que he pensado en lo que estamos haciendo. Ya no tenemos edad, ni tú ni yo, de andarnos con tonterías. Paso los días pendiente del ordenador, hasta me he puesto en el móvil tarifa de datos para ver al instante si tú me has mandado algún mensaje, y esto no me ocurría desde que era una adolescente. Claro, que entonces no había mail, ni whatsapp, ni nada de esto. Entonces, lo que hacemos rozaría lo imposible, y pese a saber eso, conozco personas que lo consiguieron.

Cuando hablamos por skype me parece todo maravilloso, pero por la noche, cuando me quedo sola en casa, le doy muchas vueltas a este tema y me lleno de dudas. ¿Y si damos el paso y no funciona? ¿Y si me he hecho una imagen de ti que no se corresponde con la realidad? ¿Y si eres tú el que tiene una impresión equivocada de mí? ¿Y si después de todo el esfuerzo lo nuestro no funciona? ¿Y si…?

Enamorarme de ti ahora no entraba en mis planes, pero ha pasado. Lo que no quiero es sufrir, de modo que tenemos que tomar una determinación: o nos lanzamos a la piscina, o nos olvidamos del tema.

Un beso virtual por ADSL hasta ese lejano y hostil Frankfurt en el que vives.

Lola.
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Para: Lola Dulce Lola

Fecha: 24 de mayo de 2014

Asunto: Yo me tiro a la piscina vestido si hace falta.

            Mi niña Lola: cuando empecé a tirarte los tejos en Twitter fue porque tu manera de expresarte me decía que eras mi alma gemela. No se trataba de una certeza, sino de una intuición; lo que menos pensaba yo es que fueras a hacerme caso. El asunto no es que en Germanolandia estoy muy solo, que lo estoy. Tampoco se trata de que trabajo como un negro en todo lo que me sale. Se trata de que tu cara en la pantalla hace que mis días tengan sentido.

 De mil amores mandaría todo esto a rodar, haría la maleta y me plantaría en tu Málaga para no separarme nunca más de ti, pero no puedo. Al menos no hasta que se invente la forma de vivir del aire, porque tú tampoco consigues un empleo fijo, y si ahora ya tenemos poco futuro, imagínate si vuelvo a España. Pero cada día siento que no aguanto más sin estar contigo, que necesito verte y estar a tu lado. Lo tendría mucho más sencillo enamorándome de cualquier teutona de estas que pululan a mi alrededor, pero ninguna me hace reír como tú. Lo único que podría ahora mismo matar este sentimiento sería constatar que me has mentido. Que no te llamas Lola, que no eres soltera ni rubia, que estás jugando conmigo, que solamente me quieres por mi cuerpo (oigs, oigs, y yo sin depilar) y que tus fines no son serios.

Te propongo un plan: coge un Ryanair, ven a verme, pasa conmigo un fin de semana, y después decides. No va a ser un “si tú me dices ven, lo dejo todo” pero, cuando bajes del avión, te voy a besar de un modo que ya no querrás irte de mí nunca más.

Un abrazote, un par de mordiscos y alguna cosa más que no te digo por escrito para que no creas que soy la reencarnación del Oso Libidinoso.

Fran.
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Lola leyó varias veces este último correo. Si se iba a Frankfurt, a buscar a alguien a quien solamente conocía por Internet, quizá cometiera un gran error. O quizá acertase al fin por una vez en su vida. Lo más que podía pasar es que no funcionara y tuviera que volver con las orejas gachas, una mano delante y la otra detrás. Si no lo intentaba se quedaría con la duda. No quería vivir en Alemania; si todo les iba bien, tal vez algún día pudiesen regresar juntos a España. Pero sí tenía una cosa muy clara: si detectaba que él no era lo que parecía ser no trataría de amoldarse, porque por experiencia sabía que la gente no cambia, y también que “esas pequeñas cosas que te hacen tan distinto a los demás” acaban siendo “esas p… manías que me ponen de los nervios”. No, otra vez no. O realmente había sido tan transparente en sus mensajes como parecía, o Lola se volvía para Málaga en el primer avión.

Fran repasó los últimos correos de Lola y deseó con todas sus fuerzas que fuera valiente. Cuando cumples los cincuenta años y, después de muchos fracasos amorosos, después de muchas lágrimas y muchos marrones, te vuelve a latir el corazón por alguien, no hay que pensarlo demasiado.

Buen viaje, Lola. Ojalá esta sea la mejor aventura de tu vida. Y si no, ya saldrá el sol por algún sitio, pero… ¡que te quiten lo bailado!