lunes, 25 de noviembre de 2013

EL EMBRUJO DEL JAZZ


            El joven estudiante de conservatorio quiso pasar aquel verano en Cuba. Era ya un buen saxofonista, apuntaba maneras como profesional, pero no quería ser solamente un gran intérprete de partituras: quería más. Dominar el arte de la improvisación, dejarse llevar, aprender a volcar el ritmo de sus venas en las entrañas del saxo y hacerlo vibrar, sonoro, seductor, mágico. Quería ver su propio compás en los pies y los hombros, en los movimientos de quienes lo escuchasen, notar cómo se dejaban llevar por su sonido, con media sonrisa en los labios, balanceando quizá la cabeza con cada pulso de su respiración musical. Y eso no lo iba a conseguir en las aulas.

            Decidido a desentrañar el hechizo del jazz y los ritmos latinos, Aitor embaló su saxofón Selmer, un instrumento que ya era casi una prolongación de sí mismo, hizo la maleta y compró un billete de avión para La Habana. Llevaba la cabeza llena de ilusiones y una lista en el bolsillo con los clubes en los que iba a empaparse de la música que quería hacer. Volvería a casa siendo mejor intérprete, porque para eso no solo es necesario escuchar mucho: hay que respirar el ambiente, las luces, los olores, estrechar las manos, ver las caras. Sentir. “Si no sientes, no transmites”. Eso decían los grandes, y Aitor estaba decidido a ser un grande.

            La edad de Alodia era una incógnita. Nadie sabía exactamente cuándo había nacido; su aspecto decía cuarenta y algunos, sus ojos decían mucho más, y la voz de su saxofón decía infinitos. Su sonido era el calor del ron añejo cubano, su ritmo era la más cálida salsa caribeña. Su jazz era tan auténtico como el que sale de los clubes más prohibidos de Nueva Orleans. Ella sola, fundida con su saxo en larguísimas sesiones de intuición y ritmo, de pensamientos pecaminosos, sensualidad e impulsos de algún rincón entre el corazón latiente y la piel sintiente, erizaba el vello de quien la escuchaba. Ella sola, al frente de su grupito de músicos, todos color de caña de azúcar igual que ella, todos ojos grandes y oscuros y llenos de misterios de la vieja Cuba, eran capaces de hacer sentir la música dentro hasta a las ratas de los callejones. Nadie podía ser indiferente a su sonido. Nadie, y Aitor no fue una excepción.

            Durante todo aquel verano fue, noche tras noche, a ver actuar a Alodia. Si algún día lograba tocar con la mitad de arte que ella lo hacía, si conseguía contagiarse de aquella manera de interpretar, sus expectativas se verían colmadas. Pero quiso más, porque noche tras noche esa forma que ella tenía de hacer vibrar las notas, aspirando en su pecho magro y oscuro el aire del club para llenarlo de su magia, haciéndolo pasar por el instrumento y liberándolo convertido en esa música única, hacía que Aitor desease tenerla más y más cerca. Anhelaba respirar ese mismo aire que salía de la campana de su saxo, y después deseó tocar aquellas manos, y besar aquella boca, y ser él un instrumento musical para que ella lo hiciera sonar del mismo modo. Se enamoró de aquella mujer de chocolate que le doblaba la edad como poco, porque en ella no veía carne, ni años, ni canas. Solo veía arte, música y embrujo.

            Le dijo que no cada noche, pero él volvió a la carga la noche siguiente, y la siguiente. No escuchaba las razones de ella, le daban igual. “Toquemos juntos, Alodia. Tú con tu saxo, yo con el mío. Improvisemos, juguemos, sintamos. Enséñame a fundirme con tu música, muéstrame el secreto”. Al fin, curiosa, sabia y febril, apuró su copa de ron viejo de Habana vieja y le siguió. “Una noche solamente, estudiante. Después, volverás a España y seguirás tu vida. Yo solamente vivo en la oscuridad, pertenezco al club en el que trabajo de tal forma que a veces me siento como parte del mobiliario. No sé hacer otra cosa que tocar, vivo para ser jazz, yo ya nací vieja, como esta ciudad. Tú necesitas horizontes, y yo soy carne de isla diminuta. Apréndeme, enséñate, y luego vete”.

            No hablaron más. Tocaron, improvisaron, se enredaron. La fusión latina y el ritmo se confundieron entre notas, dedos, labios, brazos, piernas, humo y ron. Con el alba, después de aquella sesión irrepetible, Alodia se esfumó dejando sobre la almohada, junto a la cabeza del joven agotado, el colgante que llevaba siempre sobre su pecho. Ese trozo de plata cincelado a mano es lo único que le dice a Aitor cada día que aquella noche existió de verdad, que no fue un sueño producto de los cubalibres y el humo de los habanos.

            Muchos le preguntan dónde aprendió a tocar de esa forma. Él siempre contesta que un fantasma de la Habana vieja le contagió su embrujo colgándole del cuello un amuleto de plata. Y, como los buenos cocineros con sus recetas magistrales, se calla los detalles escondiéndolos tras media sonrisa.

domingo, 17 de noviembre de 2013

SOCIOS


            Se conocieron en la facultad, y se hicieron amigos inseparables. Ramón y Román eran dos tipos de esos que se parecen tanto como un huevo a una castaña, y sin embargo son las dos caras de la misma moneda: no se entiende el uno sin el otro. Los dos estudiaron informática, y los dos se equivocaron. Pensaron que era la carrera con más salida, pero no tenía nada que ver con su talento natural, ni con lo que realmente amaban hacer.

            Ramón era bastante introvertido. Era feliz con sus papeles y sus lápices, dibujaba todo lo que le llamaba la atención, y tenía un ojo impresionante para capturar, en cuatro rasgos, la esencia de un rostro. Hacía unas caricaturas espectaculares en segundos, llenas de gracia y con un estilo único e inconfundible. Llevar en la carpeta uno de los dibujos de Ramón pronto se puso de moda en la facultad, lo que le llevó a pensar que su futuro no estaba precisamente en los ordenadores, sino en su bloc y en su lápiz Staedtler del número 2. Román, por el contrario, era de lo más extrovertido. Tenía el ingenio ágil y la lengua afilada, sacaba punta a todo, hacía chistes de todo. Sus chascarrillos circulaban de boca en boca por el campus, y pronto se extendieron a las redes sociales. Ligaba como un loco porque sabía cómo hacer reír a las chicas, y no tenía reparo alguno en levantarle la novia a los compañeros, actitud que le granjeó no pocos enemigos.

Una mañana se sentaron juntos en la biblioteca de la facultad. Repasaban los apuntes para un examen, y Ramón, nervioso, comenzó a dibujar en los márgenes de las hojas que tenía sobre la mesa. Trazó la cara de la chica de la mesa de al lado, una rubia con gafas que enviaba mensajes sin parar con el teléfono móvil. Román se echó a reír al ver que la caricatura tenía, además de unas gafotas enormes, los ojos saltones y veinte dedos en las manos, que reflejaban la rapidez con que la rubia tecleaba en su teléfono. No lo pudo evitar, y con su bolígrafo escribió bajo el dibujo:

“Pues sí, tía, he descubierto que si mezclas un Red Bull con un litro de café no duermes en dos días y escribes muchísimomásrápido, asíquetedejoquetengomuchoqueestudiar. Adiósporfavorquealguienmepare, queyonopuedooseamevaadaralgo…”

Ramón, al leerlo, no pudo evitar echarse a reír. Acababan de hacer su primera viñeta.
 En unos pocos años, Ramón y Román vendían sus tiras cómicas a varios periódicos del país. De los textos y diálogos se encargaba uno, y de los dibujos se ocupaba el otro. Les iba bien como socios, ganaban bastante para vivir y no se podían quejar de la marcha de su empresa. R&R Humor Gráfico, S.L. presentaba, año tras año, balance positivo, y los dos socios percibían los beneficios a partes iguales. Ambos se casaron y tuvieron hijos, y continuaron trabajando así, uno con las ideas y los chistes, el otro ilustrando, hasta que Ramón comenzó a quejarse. “No me parece justo el reparto de beneficios que hacemos. Tú  imaginas un chiste, lo escribes y ya está. Lo que para ti son cinco minutos, para mí pueden ser dos horas de trabajo dibujando, desechando bocetos, borrando y redibujando, pasando a limpio y repasando a tinta, hasta que estoy satisfecho con la viñeta. No es proporcional el esfuerzo de los dos. Tú deberías disminuir el porcentaje de dinero que recibes y yo debería aumentar el mío”. Evidentemente, Román no estuvo de acuerdo. “Yo pienso mucho cada frase, no me brotan todas tan rápido como parece. Además, ¿qué dibujarías tú sin mis ideas? Las viñetas no tendrían gracia sin la parte escrita. ¿Tú inviertes más tiempo? Pues dibuja más rápido. No consentiré que cobres más que yo”. Discutieron durante días por ese tema, y decidieron disolver su sociedad y trabajar cada uno por su lado.

            No tardaron demasiado en dejar de recibir encargos de las revistas y periódicos con los que colaboraban; los dibujos de Ramón ya no hacían reír a los lectores, y los chistes de Román, sin caricatura ni ilustración que los coronase, tampoco contentaban a quienes antes admiraban el trabajo de R&R. Al fin, uno de los periódicos, en su sección de “cartas al director”, publicó este escrito:

            “Había una vez un cuerpo humano que vivía feliz. La mano derecha hacía las labores propias de un diestro, y la izquierda las de apoyo y colaboración necesaria a su hermana gemela. Pero la derecha sentía que, a pesar que el cuerpo las cuidaba por igual, sus obligaciones eran más importantes que las de su hermana. La izquierda no escribía, no peinaba, no era fuerte. Ella llevaba todo el peso, y por tanto debía ser mejor cuidada, recibir más sangre, más crema hidratante, llevar mejor manicura que la otra, y con esos argumentos reclamó al cuerpo más atención. Entonces, la izquierda, dolida, dejó de trabajar. Y la derecha se dio cuenta de que ella sola no podía coger las ollas, porque el peso la vencía; tampoco podía vestir al cuerpo con la misma rapidez, se le resistían los botones, no podía atar el pelo en coleta si no estaba la otra para sujetar la mata de cabello mientras ella enrollaba la goma. Ni siquiera podía pasar la hoja del libro sin que su hermana lo sujetase, ni enhebrar la aguja, ni atar los zapatos. Al fin, la mano derecha tuvo que reconocer que todo era mejor, más fácil y más perfecto cuando derecha e izquierda trabajaban juntas. Ahora solo quedaba vencer el orgullo, reconocer el error y zanjar el asunto con un abrazo. O con un apretón de manos, en este caso”.

            A Román no le hizo falta pensar mucho para adivinar quién había escrito aquella carta. Hay muchas maneras de pedir perdón, y no necesitó más para volver a abrazar a su amigo de tantos años. R&R volvía a ser una realidad, se necesitaban, se querían, y no estaban dispuestos a que un porcentaje les hiciese perder ese vínculo tan especial que les unía.
             El dinero es importante, pero no tanto como para dejarnos aconsejar por él.




domingo, 10 de noviembre de 2013

¿QUÉ VOY A HACER CONTIGO?


            ¿Qué voy a hacer contigo? La verdad es que no he llegado aún a comprender tu actitud. Tú, tan dado a preverlo todo, tan planificador, tan previsor, tan de todo atado y bien atado… Menudo marrón tengo yo ahora encima. Y todo porque no te dio la gana de decidir lo que querías. Bueno, sí lo decidiste, pero tu solución era inadmisible. Nadie me hubiese perdonado si la hubiera puesto en práctica.

            Entiendo que aquel día en el médico recibimos un mazazo impresionante. Tú, porque te morías. Y yo porque me quedaba sin la mitad de mí, con los mandos de la nave y sin tu sabiduría a la hora de gobernarla. Ya sabes, siempre fui muy torpe para esto de los rumbos y las direcciones, incapaz de averiguar como tú lo hacías, al primer golpe de vista, dónde está el norte, el sur, el levante y el poniente. Tú tenías alma de Boy Scout, y yo la tengo de paloma mensajera discapacitada intelectual. Mi brújula no funciona, y ahora que te has ido me cuesta mucho encontrarlo todo. Pero no me quedan más narices que espabilar. “Fíjate bien en el camino que estamos haciendo, luego tendrás que hacerlo sola porque algún día quizá no pueda acompañarte”, me decías siempre. Creí que te referías a que estarías trabajando, u ocupado en algo ineludible, no a que ibas a morirte. Supongo que tú tampoco lo esperabas, pero mira, así de puta es la vida a veces.

            Sigo sin entender cómo pudieron ser tan canallas. Parece de chiste. “Caballero, cuando le operamos del menisco en esta reluciente clínica privada cometimos un pequeño error y le hemos contagiado de Hepatitis C. Es una cepa muy violenta. Visto su estado, le quedan a usted un par de meses. Vaya despidiéndose. Buenos días”. ¿Ves, cariño? Esto lo pones en “el club de la comedia” y triunfas más que la Coca-Cola. Si no fuera cierto, claro. Pero a nosotros no nos hizo gracia el chiste. Sobre todo a ti, que siempre fuiste tan optimista y tan templado, y yo creo que los dos meses se redujeron a uno porque el otro se lo comió el cabreo. Por eso, porque sé que cuando decidiste lo que querías que se hiciese con tus restos estabas poseído por la mala leche, es por lo que determiné no obedecerte. Siempre te he hecho caso en todo, pero esta vez no. Imagínate la cara de tus hermanos, de nuestro hijo, de tu padre, si salgo del crematorio con tus cenizas en una urna y al llegar a casa las vierto en el inodoro y tiro de la cadena, como tú dijiste. Coño, Víctor, que no eras un pez del acuario, que lo eras todo para mí. ¿Cómo se te ocurrió pedirme semejante cosa?

            Los de la funeraria me han dado muchas posibilidades. Colocarte en un columbario, ponerte un marco de fotos digitales para que tu sonrisa y nuestros momentos felices vayan desfilando uno a uno en cadencia de diez segundos. Caben hasta cuatrocientas instantáneas, se alimenta con fotocélula, una virguería. Pero no me ha convencido del todo: nuestros recuerdos no le importan a nadie, a tu muerte yo los heredo, son míos y del chiquillo, y de nadie más. Tampoco tiraré las cenizas al mar, tú le tenías alergia a la playa, casi más que a los gatos. Podría guardarlas en casa, podría enterrarlas en el jardín, hacerme un diamante con ellas… Me han ofrecido cantidad de soluciones, pero lo que yo quería, que era seguir durmiendo contigo cada noche y sonriéndote cada día, no me lo ofrece nadie.

            Ya sé lo que voy a hacer. Me han dicho que pueden repartir las cenizas en carcasas de pirotecnia, y por un módico precio hacer un bonito castillo de fuegos artificiales. Así, si invito a todos los que te queremos a ver el espectáculo, cuando disparen los cohetes tú te acercarás más al cielo, nos llenarás de luces y colores como siempre hacías, y el viento te repartirá sobre tu ciudad, la que tanto amaste y de la que nunca quisiste irte. Creo que esa es la mejor solución. Mucho mejor que la del váter, desde luego.

            Estos señores de los negocios funerarios se están modernizando como locos. Creo que no escribiré mis últimas voluntades de momento, porque para cuando yo me vaya seguro que han inventado un fin de fiesta espectacular, y eso es lo que yo quiero: que me veas llegar a donde tú estás como una reina, la primera vedette, la estrella. Tu estrella. Hasta entonces, ten paciencia, cariño, y no me olvides, que yo no lo haré tampoco.

jueves, 7 de noviembre de 2013

EL TEATRILLO DE GUIÑOLES


         En el cuarto de juegos de Eduardo había un teatrillo de guiñoles. Ya estaba en esa habitación cuando sus padres compraron la casa, y el niño al principio no le hizo mucho caso, aunque lo mirase con curiosidad cuando pasaba junto a él. En un baúl estaban las marionetas: el demonio, el héroe, la princesa, el viejo rey, el lobo, la bruja, el forajido malo… Pero no creáis que estaban quietos: cuando Eduardo estaba solo en el cuarto de juegos, si no se inventaba algún cuento para representar, las marionetas lo hacían solas. Para ellas era lo natural escenificar en aquel decorado de tela y cartón sus aventuras de engaños, amores, malos y buenos, brujas y demonios vencidos por el héroe, reyes que prohíben o que amparan, lobos que se apiadan de las ancianitas y las ayudan a cruzar la calle en lugar de comérselas con patatas… Eduardo las miraba, pero apenas se atrevía a meter la mano en aquellos guantes con cabeza, le daban un poco de miedo.

            A medida que el niño crecía, perdía poco a poco el reparo inicial hacia aquellos juguetes, e iba vislumbrando las infinitas posibilidades que le ofrecían: con ellos podía construir cuantos juegos quisiera, las normas solamente las ponía él, para eso el teatro de guiñol estaba en su cuarto de recreo. Así, el día que venía enfadado del colegio, jugaba a que el forajido malo era un profesor, y el rey, al que previamente despojaba de su corona para convertirlo en ministro, le quitaba las pagas extra y un porcentaje del sueldo. El figurado maestro protestaba, y entonces la bruja enviaba al demonio y al lobo a darle de palos al maestro con el rodillo de amasar de la cocina. Otros días, si estaba contento, casaba al mago con la princesa, y hacía un banquete de bodas divertido y original con el juego de café de su hermana pequeña.

            Cuando Eduardo cometía alguna travesura se escondía en el cuarto de juegos, sacaba las marionetas del baúl y esperaba a que llegara la reprimenda de sus padres. Entonces, en lugar de hablarles ni de disculparse, escenificaba para ellos en el teatrillo de guiñol su “particular explicación” de lo ocurrido. No había robado las galletas de su compañero de pupitre, como decía el director del colegio, sino que el héroe, que lo representaba a él, se comía las galletas del lobo, que hacía las veces de su compañero, porque al pobre lobito le daban alergia y de este modo protegía su salud. Así disfrazaba sus travesuras ante los demás con las más peregrinas e inverosímiles historias en las que él siempre era el bueno y los otros los malos. Él no había sido sorprendido fumando en el patio, el héroe había sujetado un momento el cigarrillo del demonio mientras éste se ataba las zapatillas. Él no había pegado a otro niño más pequeño, el héroe había defendido a la princesa del lobo malo que quería hacerle daño. Él no había cogido dinero del monedero de mamá, había sido el forajido, y el héroe no había llegado a tiempo de evitarlo, aunque sí de verlo.

            Llegó un momento en que Eduardo ya no hablaba con los demás. Solamente se expresaba a través de los guiñoles. Vivía en un mundo de mentiras, y las contaba tantas veces que al final casi llegaba a creérselas. Los muñecos, sin embargo, cada día estaban más enfadados con él. No les gustaba que los juegos inocentes del teatrillo de guiñol, pensado para aprender y entretener, se empleasen para manipular a los demás ni retorcer verdades. “No mentiremos más por ti”, le dijeron. “O juegas limpio, o no jugaremos más contigo”. Eduardo, que les necesitaba para seguir haciendo de su capa un sayo sin dejar de quedar como el héroe de la película, les amenazó. “Si no me obedecéis, estúpidas marionetas, os tiraré a la basura y compraré guiñoles nuevos”. Presas del miedo, la princesa, el rey, la bruja, el demonio y el forajido aceptaron sus normas. El héroe y el lobo no se doblegaron al chantaje del niño y acabaron en el contenedor amarillo.

            Durante un tiempo más, Eduardo usó el teatrillo de marionetas para contar a los demás lo bueno que era. Ahora la figura del rey le representaba a él (a falta del héroe, que se había convertido en un forro polar del Decathlón merced al reciclaje de plásticos), y seguía siendo el bueno, el salvador, el que todo lo hacía por ayudar a los demás. Pero lo cierto es que ya casi nadie le creía. Ni siquiera sus padres querían ver ya ninguna de sus representaciones. Había convertido la mentira en su modo de vida, las marionetas le obedecían por miedo, y nadie veía ya en él un héroe digno de confianza, sino más bien un forajido con disfraz de bienhechor.

            Cuando vio que ya no le servía a sus fines, Eduardo llevó el teatrillo a un solar y le prendió fuego. Y sus antiguas marionetas se sintieron por fin libres de aquel yugo del miedo que les vinculaba con Eduardo, libres para contar las verdades que escondieron, disfrazaron y callaron. Libres para mostrar la verdadera cara de aquel muchacho, esperando que al fin alguien le impusiera todos los castigos que merecía. Libres, pero sin teatro.
 

viernes, 1 de noviembre de 2013

CARAMELOS DE PIÑONES


            Las personas que gozan de una buena posición económica tienen, a menudo, grandes vicios. Casinos, compras compulsivas y caviar a cucharadas son excesos que solamente pueden permitirse algunas cuentas corrientes. Pero los pobres también tenemos nuestros “pecadillos”, no vayáis a creer. Aunque no son, desde luego, los mismos.

            Ella crio cinco hijos con un sueldo solo. En todos los comercios del barrio le fiaban, porque sabían que su honradez estaba fuera de toda duda, y en cuanto su marido traía el jornal a casa lo primero que hacía era liquidar todas las cuentas: la del panadero, la del carnicero y la del lechero. En su casa no se gastaba un céntimo en nada superfluo, no había margen para el ocio, ni para un helado en el parque, ni para tabaco, un taxi o un café en el bar. La ropa de los mayores se arreglaba para los pequeños, se aprovechaba todo, se remendaba todo, se reciclaba todo, se iba a pie a todos lados. La gran mayoría de familias, en aquel tiempo, vivían como ellos.

            Solamente había una cosa a la que ella no se podía resistir: los caramelos con piñones del Caserío de Tafalla. Cuando los hijos se hicieron mayores y comenzaron a trabajar su posición económica mejoró un poco, de modo que su marido pudo permitirse ir a tomar un vino al bar con los amigos de tanto en tanto, y ella hacerse la permanente en la peluquería cada tres meses, como las señoras. El cambio cualitativo en su vida fue enorme, y aunque siguieron viviendo en la misma casa hasta el final, sin calefacción, con cocina de carbón, un baño helado y simplicísimo, una televisión en blanco y negro minúscula y un par de sillones de mimbre en lugar de tresillo, aunque no se mudaron ni sustituyeron el colchón de lana por uno más moderno, ella pudo, de vez en cuando, regalarse una bolsita de aquellos caramelos que tanto le gustaban. Se los dosificaba para que le durasen más, y sucumbía a la dulce tentación con un cierto sentimiento de culpabilidad: se estaba gastando dinero en algo innecesario, algo que no compartía con nadie, que no era para sus hijos, y se sentía un poco egoísta por ello. Pero aquellos trozos de caramelo de dulce de leche con piñones eran tan delicados, tan deliciosos…

            La edad le trajo muchos problemas de salud, entre ellos una trombosis cerebral que dejó su mente como una pizarra en blanco. Hubo de aprender todo de nuevo, como los niños: andar, hablar, guisar, leer, escribir su nombre. Y lo hizo, porque era valiente y no quería ver a sus nietos y no poder nombrarlos y contarles un cuento, ni tampoco quería ver que faltase  un botón en la camisa de su marido y no saber cosérselo. Tiró adelante para no ser una carga, y consiguió volver a su acostumbrada eficacia como mujer de su casa, recordó cómo se hacían las albóndigas y sus legendarias roscas de anís. Hasta teresitas como las de antaño volvieron a salir de sus manos ancianas. Pero su salud no dejaba de ponerle trabas. Una de ellas, el azúcar. “Prohibidos los dulces, Lina”. Y ella agachó la cabeza ante el médico mientras pensaba en la bolsita de caramelos empiñonados que tenía guardada en su mesilla de noche. El placer de comerlos, que hasta entonces era solo una concesión al lujo y un pecadillo de gula, se convirtió en un acto aún más furtivo: un riesgo, algo que no debía hacer. Y eso los hizo, a sus ojos, aún más irresistibles.

            Cuando podía escaparse a la vigilancia familiar, se compraba un puñadito y los escondía en el armario, entre la ropa de cama limpia y planchada. Allí donde su marido no los buscaría. Algunas veces, mientras faenaba por las habitaciones, metía la mano bajo las sábanas dobladas, sacaba un caramelo y lo guardaba en el bolsillo de su mandil. Al comerlo deprisa por si era sorprendida, la pasta dulce se le pegaba a la dentadura postiza y la tenía rechupeteando media mañana. Aún recuerdo su aire de niña cogida en falta cuando yo le encontraba el envoltorio vacío, arrugado y crujiente, envuelto en el pañuelo que guardaba en su bocamanga. “Abuelita, el médico te ha dicho que no puedes comer dulces”. Pero lo que más dulce tenía en esa momento no era el paladar, sino la mirada. Por eso algunas veces incluso yo se los iba a buscar a la tienda y se los daba por debajo de la mesa, como una travesura a medias.

            Aún los compro. La misma marca, el mismo caramelo, y no han cambiado nada. El mismo sabor que a ella le encantaba, el mismo olor que despedían sus besos. Mi padre y yo los compartimos, y solemos hacerlo a escondidas, porque eso es parte de su encanto: comerlos como lo hacía ella, como un placer furtivo, de tapadillo, de estrangis, de estraperlo. Con su mismo aire de travesura en la mirada y la misma sonrisa de placer inconfesable.

            Hoy es el día de Todos los Santos, y ella fue la primera persona amada que se marchó de mi mundo para no volver, de modo que cada año mi primer recuerdo del día es para ella. Te sigo echando de menos, abuelita. Un beso.