domingo, 29 de diciembre de 2013

EL MUEBLE DEL SALÓN


            El niño tenía un nombre muy normal. Podían haberle puesto uno extranjero, como hicieron los padres de su amigo Doménico, que ya ves tú, si quieres ponerle Domingo, se lo pones, y ya está, pero andarse con sucedáneos “porque suena mejor”… es como llamarle Domingo, pero mal. También podían haberle colocado uno de esos nombres del castellano antiguo que tan de moda están entre las clases pudientes, al estilo “Rodrigo”, “Alonso” o “Martín”, pero como no iban a poder vestirle en plan “pijo Corte Inglés” de lunes a domingo (vaya, otra vez) y fiestas de guardar, tampoco lo hicieron. Por último, pudieron encasquetarle un nombre con “K”, que por los años en que él nació eran tendencia, pero ni Kevin ni Darko triunfaron entre la familia. Al final fue Miguel, como papá y el abuelo. Simplemente, razonablemente, hermosamente Miguel.

            Miguel creció querido por todos. Le gustaba curiosear cuanto estaba a su alcance; sus padres, de forma responsable, amén de los enchufes (auténticos imanes para los deditos infantiles), le vetaron con dispositivos de seguridad tres zonas: la de los medicamentos, la de los productos de limpieza y el mueble del comedor. Este último le atraía poderosamente, porque a través de los cristales de la vitrina podía ver multitud de objetos brillantes que habría querido tocar, chupar y golpear para comprobar su textura, sabor y sonido, pero eso era un tema innegociable. “¡AHÍ NO, MIGUEL, PUM-PUM AL CULO, NO SE TOCA!” No se toca. ¿Qué habría ahí dentro que fuera tan maravilloso como para que no pudiese ser tocado?

            En el trayecto de su propio crecer, Miguel intentó muchas veces violar el secreto de aquel mueble, pero no tuvo éxito. Veía a su madre sacar pastillas del botiquín, o abrir el armario de la limpieza buscando alguna botella de esos “venenos apestosos” que usaba para limpiar lo que para él ya estaba limpio, pero nunca la veía tocar nada del misterioso mueble. En su mente de niño se fue formando una idea de los tesoros que contendría: maravillosos recipientes brillantes, delicadas joyas que podían quebrarse con un soplo, como las pompas de jabón; quizá espadas samurái, tejidos misteriosos hechos con alas de mariposa cosidas entre sí, y quién sabe cuántas cosas más. Tendría que hacerse mayor aprisa para descubrirlo, ya que, por lo visto, solamente los mayores podían tocar aquellos prodigios sin dañarlos. Miguel se propuso a si mismo crecer lo más veloz que pudiese, obedecer y ser responsable, y así, un día, sus padres, que eran los reyes de su pequeño mundo, le abrirían la puerta de la cueva de Ali-Babá que era el mueble del comedor.

            A medida que cumplía años, esa fascinación iba disminuyendo: la vorágine del colegio, el fútbol, la video-consola y todas sus ocupaciones diarias hicieron que ya no pensara tanto en ello. Además, la vida le había ido ya enseñando que la magia de la niñez se esfuma como por encanto a golpe de tarta con velas. El desarrollo corporal le daba privilegios, pero también creaba a su alrededor un agujero negro en el que desaparecían las cosas que le ilusionaban: el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos, Papá Noel, el abuelo Miguel…

Hace dos meses, Miguel cumplió diez años. Una mañana de sábado, su madre le llamó y le dijo: “como ya eres mayor, hoy vas a ayudarme. Abriremos el mueble del comedor, sacaremos todo, lo limpiaremos y lo guardaremos de nuevo”. El brillo de la fascinación que un día había sentido por aquel mueble se encendió un poquito en su interior. Al fin iba a desentrañar el misterio. Imaginad su cara de chasco cuando de aquellos cajones, estanterías y vitrinas no salieron más que manteles, copas, platos, tacitas, soperas y cubiertos. ¡No eran más que cacharros de cocina! Se sintió decepcionado, enfadado, estafado. Acababan de robarle los restos de un sueño, pero no dijo nada. Ayudó a lavar y secar con cuidado cada copa, cada taza, cada tenedor. Dobló las servilletas una a una, pasó la bayeta a los cajones, le fue dando las piezas a su madre de nuevo para que las colocase en su sitio, y durante todo el proceso no dijo una sola palabra. Únicamente cuando hubieron acabado, cuando ya las puertas del mueble se cerraron de nuevo, le preguntó a su madre para qué guardaba todo aquello bajo llave si no servía para nada.

“¿Cómo que no sirve? Claro que sirve, Miguel. Son la vajilla buena, la cristalería de Bohemia, la cubertería alemana de acero con ribete de plata, los manteles de mi ajuar, el juego de café de porcelana china. Lo que me regalaron cuando me casé, son cosas muy caras, hijo”. Miguel se quedó mirando a su madre y lanzó la pregunta: “Si son nuestros y valen tanto, ¿por qué no los usamos? ¿No nos los merecemos?”

La madre quiso echarse a reír, pero no pudo. La pregunta era un dardo amargo viniendo de un niño tan pequeño. “Hijo, ¿y si se rompe algo al usarlo? Ya no se podría encontrar repuesto, el juego quedaría incompleto y perdería valor”. El niño, muy serio, respondió: “al menos lo que se rompa habrá caído en el cumplimiento de su deber, mamá. Una copa con la que no se brinda está muerta. Un plato en el que no se come es una tomadura de pelo. Un mantel sin usar es como una sábana vieja que ya no sirve más que para trapos de limpiar el polvo. Una pena. Toda mi vida pensando que tenía un armario de los tesoros en el comedor, y lo que hay es un montón de trastos inútiles. Menudo chasco”.

Esta Navidad, en la mesa de Miguel y de su familia se sirvió la comida en aquellos platos, se brindó con aquellas copas y se trinchó el pavo con aquellos cubiertos. Y se rompió una copa de cristal de Bohemia, pero no se abrieron los cielos ni se hundió el mundo. Lo único que ocurrió es que ahora hay una copa menos en el armario.

Disfrutar de lo que tenemos es una obligación, porque no hay ningún lugar mejor que “aquí”, y ningún momento mejor que “ahora”. No esperéis a que os lo tengan que decir vuestros hijos.

 

lunes, 23 de diciembre de 2013

CUANDO YO ME MUERA


            Yo suelo decir que las cosas pasan porque tienen que pasar, y que, por chocantes o extrañas que nos parezcan, siempre se puede extraer de ellas una lección que después nos sirva. Está claro que, cuando uno es joven, no se plantea demasiado en serio lo que pasará cuando muera, pero de pronto te ocurre algo que te hace pensar: ¿qué es lo que quiero en ese momento? Pues lo que os voy a contar ha hecho que me formule esa pregunta, y desde luego, tengo clara la respuesta.

            Ayer por la tarde fui a ofrecer un concierto a un hospital. Bueno, fui yo y también otros cincuenta más, es decir, toda mi banda. Llevábamos dos intensos meses preparando las piezas que componían el programa; alguna de ellas, al principio, creí imposible llegar a tocarla a tiempo por su grado de dificultad, que distaba bastante de mi nivel como instrumentista. Pero, como no hay empresa que no se pueda alcanzar si se pone suficiente empeño, yo sé lo que he estudiado, lo que he practicado, los pasajes que he repetido, las pilas de metrónomo que he agotado y las cañas para el saxofón que he rajado en el intento. E igual que yo, por supuesto, todos mis compañeros. Yo sé los ensayos hasta las once y pico de la noche, con algunos músicos de diez y once años agotados ante sus atriles, pero soplando sus instrumentos por pura cabezonería de conseguir hacerlo bien. Yo lo sé, y todos los que tocaron ayer conmigo lo saben porque lo han vivido igual que yo.

            El año pasado ya se dio ese concierto en ese mismo hospital, y la experiencia fue tan gratificante que, desinteresadamente, decidimos repetir. Preparamos, además, un cargamento de juguetes y caramelos para los niños ingresados en la planta de pediatría. Con eso, con todos los atriles, toda nuestra percusión (incluyendo batería, bongos, timbales, bombo, marimba y muchos más artilugios), el piano y las sillas cargados en un camión, y una ilusión enorme, nos sentamos ayer a tocar para dar lo mejor de nosotros mismos y alegrar un poco estos días a la gente que está pasando un mal momento. Bonito, ¿verdad? Pues no lo fue para algunos, desgraciadamente.

            Todo se iba desarrollando bien, dentro de un orden. Habíamos comenzado a la americana, luego hicimos un medley de “El Fantasma de la Ópera”, que gusta a todo el mundo, y después la pieza estrella, la más difícil. Pasada esa obra, ya nada podía ir mal, todo lo demás era relativamente sencillo. Encadenamos tres mambos, con la percusión dándolo todo, y cuando íbamos a comenzar con las canciones navideñas, que eran solamente dos, vino una doctora a hablar con el director de la banda. “Terminen ya, por favor. Solamente una más”. Nos quedamos un poco sorprendidos, no sabíamos qué pensar, pero bueno, hicimos un villancico, y a pesar de los aplausos, ni completamos el programa ni hubo propina.

            Tardamos un rato en desmontar todo el tinglado y cargarlo en el camión. Comentábamos entre nosotros las posibles razones del incidente, pero sin saber exactamente qué podía haberlo motivado. Fue después, en cafetería, mientras tomábamos algo, cuando nos lo explicaron. En la primera planta del hospital, por lo visto, había alguien haciendo su último trabajo, es decir, entregando la vida. Cosa bastante frecuente, por otra parte, en un lugar al que uno va a nacer, a curarse o a morir. El pobre hombre (o mujer, que no lo sé ni me importa) no dijo nada, pero a la familia le molestaba que, mientras ellos se sentían mal, hubiese música cerca y gente disfrutando de ella. Se quejaron, insistieron, y al fin nos hicieron parar.

            No digo que no lo entienda. Yo he perdido familiares, algunos muy directos y muy jóvenes, y conozco bien el dolor de la pérdida. Pero también sé que, aunque en mi corazón todo se detenga por un instante mientras veo cómo esa persona se me va, es una falsa sensación, porque el mundo sigue andando, no se para. La muerte es parte de la vida, y el reloj continúa su tic-tac, mal que nos pese. A nuestro alrededor los demás ríen, aman, respiran, y no podemos pretender que todo se congele en el instante en que vemos morir a alguien a quien queremos. Puede parecernos frívolo, pero así es.

            Cuando ya nos íbamos para casa tropezamos, en la puerta del hospital, con los familiares. Habían salido a fumar (cosa que me parece que está prohibido por ley dentro del recinto hospitalario, pero esa es otra discusión que no cabe ahora) y, al vernos pasar, uno de ellos comentó: “estos desgraciados son los del escándalo de antes”. No le dije nada, pero me sentí mal, insultada, ofendida y muy, muy triste. No fuimos allí a molestar a nadie, sino a ofrecer alegría y nuestro trabajo, y nos miraron como si amargar vidas (o muertes, según se mire) fuera nuestro deporte favorito.

            Os he contado todo esto porque, después de madurar la experiencia de ayer, he llegado a la conclusión de que, cuando yo vaya a morirme, quiero que no pare la música a mi alrededor. Si alguien tiene que llorar, que lo haga, pero queda terminantemente prohibido que junto a mi lecho de muerte solo haya llanto y pena. Quiero el Do, y el Fa Sostenido, quiero la percusión y el viento madera, la cuerda, el metal, la tripa golpeada, el ritmo y la armonía. Y si no hay flores, que no las haya, pero canciones y melodías, por favor, que no me falten. Si alguna oportunidad tengo de morir tranquila e ir al cielo será con las alas de la música, así que, si alguien va a sentirse molesto por esa circunstancia ineludible que es mi último deseo, que sepa que no está invitado a mi despedida.

            Y antes, durante y después de ese último concierto, que la vida siga, que yo no soy nadie para detenerla.

 
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

LAS CIUDADES TAMBIÉN TIENEN SABOR


            Recuerdo la primera vez que hicimos esta tarta de queso en casa de mi madre. Vivíamos por entonces en Santander, una de las ciudades en las que crecí, y nos proporcionó la receta una santanderina menudita y tímida con la que, unos años después, mi hermano tuvo el acierto (y la fortuna) de poder casarse. La preparamos un sábado para disfrutarla el domingo en familia, y tuvo tanto éxito que ya quedó incorporada, desde aquel mismo día, al libro de recetas de las mujeres Miguélez.

            Lo primero que se necesitaba para poder hacerla era un molde de tartas desmontable. No teníamos ninguno, de modo que salimos a la caza del artículo; hoy lo venden casi en cualquier sitio, pero hace veinte años la tarea no era tan sencilla. Aprovechamos una de esas raras tardes en que no llovía, recorrimos todo el centro de la ciudad, y al final localizamos uno de buen tamaño en una pequeña ferretería cercana a la Plaza Porticada. Me sorprendió que el ferretero lograse encontrarlo, dada la infinidad de artículos que almacenaba en un local tan escaso de metros, pero al fin triunfamos y volvimos a casa con el molde. Cuando estábamos a medio camino de regreso comenzó a llover con ganas, y llegamos empapadas de agua, lo que hizo que aquel cacharro ya quedara, para siempre, con el sobrenombre de “el chaparrón”.

            Conseguir los ingredientes fue mucho más sencillo. Los huevos nos los traía un chico llamado Toñín que tenía granja en Los Corrales de Buelna; él mismo los repartía con su furgoneta, colocados en grandes cartones de dos docenas y media. Cada semana, los jueves y con puntualidad británica, llamaba al timbre y nos entregaba aquellos huevos pintos, medianitos y recién puestos, acompañados de un “Buenos días”, un “Gracias” y una sonrisa, bienes éstos que eran correspondidos por mi madre de igual manera, porque ser humildes y trabajadores no está reñido con la educación y la amabilidad.

            Al elegir los sobaos se creó una pequeña polémica, más que nada por una cuestión de tamaños. Podíamos escoger los de Martínez, que tenía la fábrica en Monte, a tiro de piedra de mi casa, y vendían también al público. Allí solíamos comprar cajas enteras de dos kilos de palmeritas rotas, magdalenas deformes o sobaditos más tostados de la cuenta, por ciento cincuenta pesetas. Eran productos deliciosos que no se podían vender por su aspecto, y mi madre los traía para abastecer los desayunos de toda la familia. La otra opción era acercarse hasta la iglesia de la Bien Aparecida. Enfrente había una tiendecita, de aquellas antiguas con el mostrador de madera y la báscula de plato y aguja, que traía, directamente desde Selaya, en la Vega de Pas, sobaos artesanales de Macho, de los de toda la vida: enormes, compactos y con un delicioso olor a mantequilla auténtica. No eran baratos, pero eran la bomba. Al fin nos decidimos por los de Martínez, más ligeros y pequeños, por aquello de que no le quitasen protagonismo al resto de la tarta.

            Los quesitos, la leche entera y el azúcar se añadieron a la lista del supermercado; los sobres de cuajada Royal ya los teníamos en casa, era un artículo que usábamos mucho por entonces. Desde que mi madre y yo habíamos probado la cuajada que las monjas hacían, en cantidades industriales, para los ancianos de la residencia de Cajo en la que las dos trabajábamos, la habíamos incorporado a nuestra dieta habitual. Era más barata que el yogur, muy sabrosa con miel o con azúcar, y no generaba envases que tirar a la basura. Todo ventajas.

            El asunto de la mermelada era un tema aparte. La receta decía que arándanos, por aquello de que es lo clásico. Pero a mí los clasicismos nunca me han satisfecho del todo, y además, las mermeladas comerciales suelen quedarse cortas de fruta y largas de azúcar. Prefiero, sin dudas, las que hace mi madre, de modo que bajé al almacén para elegir. Allí estaban, distribuidas en frascos de varios tamaños, agrupadas por colores según lo que contuvieran, y coronadas con graciosos “gorritos” de tela que ella les confeccionaba en sus ratos libres con retales de colores y ribete de ganchillo. Solía hacer aquellas confituras con cajas de fruta muy madura que negociaba a buen precio en el mercado de México, cerca de Cuatro Caminos. Dudé entre albaricoque, que le quedaba divina, o fresa, mi favorita. Ambas tenían la nota ácida de la manzana verde y el zumo de limón que ella añadía al fabricarlas, buscando espesar, conservar mejor el color original y conseguir que no quedasen empalagosas; así es mi madre, poniendo su “toque diferente” en todo. Supongo que en mí también puso ese “toque”, y por eso soy como soy. Por cierto, que me voy por los cerros de Úbeda: elegí fresa. Si tengo que comprar la mermelada, me decanto por la grosella roja, más alegre de color y menos dulzona que otras. En realidad, cualquiera queda bien.

            Aquel sábado nos pusimos el delantal para hacer la tarta juntas: mano a mano, mi madre y yo, con la receta sobre la mesa. Un litro de leche entera, al fuego en una cazuela grande. En el vaso de la batidora que acababa de comprar para mi ajuar pusimos un tazón más de leche, catorce quesitos, tres huevos, tres sobres de cuajada Royal y diez cucharadas de azúcar. Mientras yo trituraba bien la mezcla, ella fue quitando a los sobaos el papel, los cortó por la mitad para que la capa de base fuera más fina, y cubrió con las láminas resultantes todo el fondo de “el chaparrón”, presionando un poco, pero no demasiado, para no aplastarlos. Cuando la leche comenzó a hervir, añadí la mezcla batida, bajé el fuego y removí sin parar usando la cuchara de palo hasta que rompió de nuevo el hervor. Miré el reloj y continué removiendo dos minutos más: me habían advertido ya que, si la cuchara paraba, se me pegaría la masa al fondo de la cazuela, de modo que tuve buen cuidado de no detener el meneíto hasta que al fin apagué el gas. Inmediatamente después, con ayuda de un cucharón para no levantar los sobaos ya dispuestos, vertimos despacio la masa caliente en el molde, dejamos que se enfriase un par de horas y le hicimos un sitio en la nevera, donde había de estar hasta el día siguiente.

            Recuerdo aquella comida de domingo como una ocasión muy especial: mi cumpleaños número 22, el último como soltera, el último en casa de mis padres. No hubo regalos, como era nuestra costumbre. Solo besos, risas y mermelada de fresa chorreando sobre la tarta fría y recién desmoldada un minuto antes de sacarla a la mesa.

            Las ciudades también tienen sabor. Cada vez que hago este postre vuelvo a saborear Santander. Espero que a vosotros también os guste. Buen provecho.

martes, 10 de diciembre de 2013

EL PAÍS IMAGINARIO


            Había una vez, en un rincón de quién sabe qué mundo, un país llamado Extraña. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, vaya por delante. Que luego dicen que si esto, que si aquello. No. Es un país imaginario, porque lo que pasaba en él no cabe en la cabeza de nadie que pueda ocurrir en un país real.

            Extraña era un lugar muy raro. Allí, durante mucho tiempo, un albañil que no supiera ni escribir correctamente podía ganar el doble que un maestro de escuela, más incluso que un ingeniero. Los que gobernaban, en lugar de estar al servicio del pueblo que los puso ahí para dirigir el país, se servían de la gente para ser cada día más ricos. Hacían leyes todos los días, pero sin discutirlas con nadie ni mirar el interés general, sino el propio. En Extraña se perseguía con dureza a los criminales, es decir, a aquellos que escatimaban las migajas del pan a los recaudadores de impuestos. Pero a quienes se comían el pastel entero y no daban a las arcas públicas nada más que el olor, se les besaba en la boca y se les enviaban flores de los parques públicos envueltas en celofán.

            En aquel imaginario país al revés llamado Extraña, muchos niños se iban a la cama sin cenar, como castigo al pecado de sus padres de, queriendo darles un techo digno, haber confiado en los banqueros para comprarlo. Así, lo primero en Extraña, antes que comer, era pagar los préstamos para que los bancos siguiesen siendo como los cerdos que se destinan a la matanza: gordos, lustrosos y cebados, mimados hasta el extremo. Pero el día de San Martín no llegaba nunca para ellos.

            El orden de prioridades no tenía allí ni pies ni cabeza. Así, un Extrañés sano que tenía trabajo pagaba mucho para mantener la sanidad, pero cuando se ponía enfermo debía esperar meses para ser atendido. En Extraña se hacían aeropuertos en cada esquina para enriquecer a los amigos, y luego no servían más que para criar conejos en ellos, porque aviones, lo que se dice aviones, ni uno. En Extraña hacían palacios de la ópera hasta en las aldeas, pero se ponían tan caras las entradas que los espectáculos morían antes de ser representados.

            La población extrañesa era cada vez más vieja. Sin embargo, la gente no se atrevía a tener niños porque no podía alimentarlos. Y, en lugar de ayudar a los jóvenes para aumentar los nacimientos, convirtieron un bebé en un auténtico bien de lujo, obligando a los osados que se atrevieron a tener uno a pagar sus vacunas a precio de caviar iraní para no verlo enfermar, subieron los impuestos a los artículos más necesarios para el recién nacido y eliminaron guarderías gratuitas y profesores en las escuelas, para dificultar al nuevo ser el acceso a una mejor educación e irlo convirtiendo, ya desde pequeñito, en un peón más de su sistema desigual y equivocado.

            Para mejorar aún más la vida de todos, en Extraña las fuerzas del orden dejaban fuera de las cárceles a los grandes delincuentes y estafadores, y metían en ella a los que protestaban contra las nuevas leyes promulgadas “para facilitar la convivencia y la tranquilidad de todos”, es decir, para seguir viviendo felices los gobernantes y sus aliados, sin escuchar el malvivir de casi todos los demás. Si un juez se acercaba demasiado a la verdad era expulsado de Extraña y difamado como escarmiento; la Justicia entonces se vistió de Dior, cambió la balanza por un bolso de Louis Vuittón y se fue a tomar el té al Club de Campo. Así, mientras la policía echaba a las personas de sus hogares en lugar de encerrar a los verdaderos ladrones, mientras se ordenaba cortar lenguas y coser bocas de quienes no aceptaban a ciegas todas sus órdenes, mientras se ponían impuestos hasta por disfrutar del sol, mientras se bajaban aún más los salarios de los de abajo, los extrañeses, que seguían aguantando marea, se dieron cuenta de que sobre su piel comenzaba a crecer lana, que ya no podían hablar porque de sus bocas solamente salían lastimeros balidos, que sus manos y pies mudaban en pezuñas y que la hierba de los campos les empezaba a resultar apetecible. Y lo que antes era un país de gente alegre y diversa se convirtió en un gran rebaño de ovejas, quedando a merced de los lobos.

            Qué país más raro esa Extraña, ¿verdad? Menos mal que esas cosas no ocurren en el mundo real. Beeeeeee!!!
 
 
 

lunes, 2 de diciembre de 2013

PEDIR PERDÓN


            Pancho llevaba ya una larga temporada en muy malas condiciones. Sabía que la relación con Arancha era destructiva para los dos, que los años pasados con ella le habían convertido en un Pancho muy distinto al de antes. Por mucho que se ame a una persona a veces es necesario tomar distancia, respirar y darse cuenta de que el amor no nos está haciendo mejores, sino todo lo contrario. Le costaba reconocer que la unión con ella era absolutamente perniciosa, que eran como yunque y martillo, como fusta y pellejo, hacha y tronco, residuo e incineradora, dos elementos que no se entendían el uno sin el otro, pero que se herían todo el tiempo.

            Hecho el balance de la convivencia, era necesario tomar una determinación. Seguir adelante era un suicidio, pero romper dolería como la muerte misma, sería como amputarse el corazón y seguir caminando envuelto en el frío, muerto en vida. Cada día que la veía quería decírselo, pero cada día se mordía la lengua después de besarla, iniciaban una nueva discusión por cualquier estupidez, y envuelto en la dialéctica hiriente y chillona de la trifulca se acaloraba, se consumía, se envolvía en sí mismo para protegerse de los dardos que salían de la boca amada… y no decía nada. Hasta que llegó una tarde en que, por sorpresa y sin anestesia, antes de que pudiesen comenzar a pelear, ella le dejó. Le dejó a él, y le dejó con la palabra en la boca, porque fue el único día desde que comenzaron a andar juntos en que no quiso discutir para no alargar más la agonía.

            Pancho se quedó en shock. Helado. Le faltó buscar la morgue y tumbarse en una de las neveras a la espera del forense. Y fue en ese momento, y solo en ese momento, cuando advirtió que estaba solo. Pero no porque ella se hubiese ido para no volver, sino porque él, en la destructiva vorágine de aquella relación tóxica que tanto se había alargado en el tiempo, se había deshecho de todos los suyos.

            Se había alejado de su familia, harto de que le dijesen que esa chica no le convenía. Habían dejado una cena de Nochebuena a medias para marcharse abruptamente porque Arancha les faltó al respeto a sus padres y él, en lugar de defenderlos, había callado para no enfadarla más. La falta no solo estuvo en ella, sino en la propia falta de sangre para enfrentarla. Después le dio vergüenza volver a su casa, de modo que padres y hermanos quedaron apartados de su mundo de pareja. Ella, inestable, caprichosa, llena de orgullo, no había consentido verles más, y tampoco le habría hecho gracia que él les viera a sus espaldas, a escondidas. Total, por un comentario que ella se tomó mal y que él ni siquiera era capaz de recordar. Toda su relación paterno-filial y fraternal perdida por una lealtad y un afecto mal entendidos.

            Los amigos habían huido. A ella no le gustaban los de él, los consideraba simplones, estúpidos y en nada merecedores de su atención, y no tardó en ahuyentarlos. Le impuso los propios, pero éstos también les terminaron abandonando, incómodos porque cada reunión terminaba en una de las violentas discusiones que mantenían todo el tiempo. Al final se habían quedado solos, él y ella, ella y él y su destrucción mutua. Ellos dos solos con sus gritos, con sus puñetazos a las paredes, con sus insultos. Con las puertas del piso rotas a patadas, con los vasos diezmados y el cubo de la basura lleno de vidrios estrellados. No eran malas personas, no eran maltratadores, no eran monstruos, pero no sabían quererse sin destruirse mutuamente.

            Pancho miró a su alrededor y no vio a nadie que le tendiese una mano. Necesitaba a toda aquella gente, pero no los tenía. Y no se sentía con fuerzas de volver a la vida sin su ayuda. No quería estar solo y tenía que hacer algo. Solamente había dos opciones: intentar recuperar a Arancha por todos los medios, porque con ella no podía vivir pero sin ella se sentía muerto, o buscar el calor de los amigos de siempre, de la familia, y tratar de cicatrizar con el bálsamo de su cariño. Pero es tan duro pedir perdón cuando uno sabe que se ha equivocado…

            Fue a buscarla. Llamó a su puerta, necesitaba ablandarla para que le aceptase de nuevo en su cama. Pero en el relámpago de su mirada furibunda al verle en el descansillo de la escalera ya no se vio reflejado. “Solamente venía a pedirte mis vaqueros de la suerte. Se quedaron en tu cesto de la ropa sucia, con las últimas sábanas que sudamos juntos. Adiós, Arancha”.

            Ya solo le quedaba un camino: el de pedir perdón a todos. Y cuando lo hizo se dio cuenta de que no era tan difícil, de que ellos estaban dispuestos. Nadie le había dejado de querer, la relación con los suyos era un gran oso en hibernación, y acababa de llegar la primavera por fin.