martes, 23 de diciembre de 2014

CHOCOLATE Y ALMÍBAR

            Cuando yo era pequeña, los niños de San Ildefonso eran solamente niños. Varones, quiero decir. Ignoro, y no quiero averiguar, si es que el colegio era únicamente masculino o lo de cantar la lotería les estaba vedado a las chicas, como tantas otras cosas. No sería peregrino pensar que no permitiesen a las nenas cantar premios y números por ser eso, nenas, juzgándolas incapaces de mantener el aplomo y de poseer la agilidad mental suficiente como para ese menester, pero no podría asegurarlo. Estas suspicacias mías surgen, más que nada, de mi experiencia escolar de por aquel entonces. No hace tantos años de eso, yo aún no he cumplido los cuarenta y dos y, en el colegio donde comencé la primaria, niños y niñas estudiábamos en edificios separados, sin tener contacto nada más que la magra media hora de recreo en el patio. Dos tardes a la semana las niñas estábamos obligadas a hacer clase de costura; ahí aprendí a poner botones, hacer dobladillos, sobrehilados, vainicas ciegas y punto de cruz. No digo que no me haya sido útil, desde luego, pero a los chicos les daban clase de pretecnología: marquetería, circuitos eléctricos simples, cosas así. Luego, claro, si había algo que arreglar en casa lo “tenían” que hacer ellos, y si había algo que coser, era cosa exclusivamente nuestra. Así, identificando roles y sexos desde bien temprano, pero sin roces, no fuéramos a tener pensamientos impuros desde los siete años. Hasta para cambiar una simple bombilla dependeríamos de ellos, y nuestra máxima aspiración consistiría en zurcir sus calcetines, reparar sus camisas y, con suerte, recibir como dote una magnífica Singer con la que hacer primorosas sábanas para nuestros ajuares matrimoniales. En aquella época yo quería, en mi inocencia infantil, ser niña de San Ildefonso; entonces mi madre me explicó que eran criaturas sin padres, que vivían internos en ese colegio. Ya no me gustó el panorama y pasé a desear ser patinadora sobre hielo.
            Me venían a mí todas estas cosas a la mente mientras desayunaba ayer con el televisor encendido, presta a seguir mi tradición particular de ver el sorteo de Navidad con toda la ilusión de los pobres, convenientemente aprovisionada de pañuelos para llorar de emoción viendo a los demás celebrar premios que nunca serían para mí, pero que me alegrarían igualmente al pensar que los agraciados lo necesitaban más que yo. Como todos los años, observé el plantel de cantores, que ha ido evolucionando a lo largo de las décadas: al principio, como ya he dicho, solamente eran chicos. Después se fue viendo alguna niña, luego algún chaval negrito, finalmente muchos rostros latinoamericanos, reflejando la evolución de nuestra sociedad. Además, la mayor parte ya no eran huérfanos, sino hijos de familias con pocos recursos. Lo único que no cambió demasiado fueron la faldita de tablas y el traje de chaqueta. Y al final llegó nuestra época, en la que se ven ya tantas niñas como niños. Lo único que se les exige es tener la voz clara y fuerte, agilidad y corrección en la dicción y poder hacer varias cosas a la vez, concepto este que cumplen bien ambos sexos, digan lo que digan: coger la siguiente bolita mientras se canta la anterior, buscar el agujerillo, ensartarla en el alambre, inclinarse de nuevo a por una nueva bolita, y así. Los niños de este año eran como la ONU: rubios, morenos, latinos, negros, altos, bajitos, deliciosamente niños, deliciosamente humanos. Ilusionados, nerviosos, sonrientes. Niños. Perfectos.
            Cuando la vi entrar en escena y colocarse frente al bombo grande, tan negra, tan brillante, tan deliciosamente bonita, pensé que era una de las criaturas más hermosas que había visto en un salón de sorteos. Comenzó a cantar los números con fluidez, en perfecto español, con un timbre de voz cantarín y firme, entonada, rítmica. Y de pronto, un número pequeño después de docenas de cifras larguísimas, los nervios, la responsabilidad. Se atascó. Volvió a intentarlo, pero no lo logró. Asomó la niña debajo de la coraza de seria formalidad, y se quejó bajito: “jo, no me sale”. Al fin, las lágrimas le llenaron los ojos y la garganta y tuvo que parar. Sabía que millones de personas estaban pendientes de sus palabras, que había cometido un error, y le pudo la presión. Esas gotas de almíbar rodando sobre el chocolate de su rostro fueron dulcísimas para mí, tanto como amargas para ella. Un aplauso, consuelo de los responsables, agua. Lo intentó de nuevo, pero el llanto no la dejaba ver los números. Negó con su cabecita llena de trenzas, se frotó los ojos y sollozó. “No puedo”. Pero al final respiró hondo, vio que el mundo no se hundía, que no había más reproche que el de su propio orgullo herido, se llenó de coraje y pundonor y continuó con su trabajo. Así, con tan pocos años, fue capaz de hacer lo que muchos adultos no consiguen: no abandonar tras un tropiezo, levantarse, alzar la cabeza y seguir adelante. En ese momento, sola en mi cocina, con el café con leche ya tibio frente a mí, me levanté de la silla y aplaudí su valor.
            Por un instante deseé, como madre, traspasar la pantalla, abrir los brazos y consolarla contra mi pecho, como hago con mis hijas cuando no sacan la calificación que querían en un examen, o cuando tienen un solo en un concierto y se equivocan en alguna nota. Nuestros hijos no tienen que ser perfectos, y si pretendemos eso, estamos errando el tiro. Lo que tienen que aprender es que equivocarse, tropezar, caer y atascarse es humano y nos ocurre a todos; lo que realmente vale es no quedarse en el suelo llorando, sino levantarse y continuar, sin desanimarse ni dejar las cosas a medias.

            No sé quiénes serán los padres de esa niña, pero desde estas líneas les doy la enhorabuena: con esa actitud, su hija llegará todo lo lejos que se proponga. Ojalá muchos otros niños que conozco, de colegio de pago y familias con posibles, aprendiesen la lección.

domingo, 30 de noviembre de 2014

EL CANTO DE SU GUITARRA

            Estaba loco. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de ello. No era por su atuendo de indigente: hay muchos como él, cada vez más, por las calles, durmiendo entre cartones y haciendo cola ante el comedor social para acallar un poco el estómago vacío. La ropa rota y sucia, la cintura del harapo que tapaba sus vergüenzas atada con un cordel rescatado de la basura, el jersey casi infantil y demasiado pequeño abrigando su pecho, el forro de papel de periódico que evitaba que se helase su corazón detrás de las descarnadas costillas… todo eso decía que era pobre, pero nada más. Lo que delataba su locura estaba entre sus manos: era su guitarra. Sentado en la acera, hacía el gesto de tocarla y rasguear en ella continuamente, aunque el instrumento carecía de cuerdas. Del mismo modo, acompañaba aquellos acordes mudos con movimientos de su boca, como si cantase, pero tampoco él emitía sonido alguno. Era una especie de play-back eterno sin música de fondo, el pasatiempo de un orate abandonado en el suelo de la ciudad.
            Solía verle sentado en la calle, en la zona del mercado del Este; allí los mozos acostumbraban a ir a tomar café al bar para darle unos minutos de rebusca de los contenedores antes de llevarse la basura. Tenían orden de no permitir a los mendigos asaltar los montones de desperdicio diarios, pero por alguna razón hacían la vista gorda con él. Daba la misma pena que cualquier otro vagabundo, pero al resto no les permitían lo que a Rubén, que así se llamaba. Tal vez, pensé yo, les producía ternura su actitud, quizá porque no era alcohólico, nadie le vio nunca empinar el codo ni pedir para vino. Pero no. Respetaban a aquel sucio barbudo de mirada perdida que a nadie hacía daño porque conocían su historia.
            Un día, los del Samur Social me lo trajeron al hospital. Estaba en unas condiciones lamentables. Tenía fiebre, una infección intestinal enorme, se había vomitado encima, y la diarrea incontenible que manaba de él hacía que el resto de enfermos y acompañantes que pululaban por los pasillos de urgencias se apartasen de la camilla en la que estaba acostado con cara de repugnancia. Nadie quería atenderlo, de modo que me lo endosaron a mí porque era “la nueva”, solamente llevaba dos meses trabajando como enfermera en aquel sanatorio. No lo reconocí como al mismo mendigo que veía por el Mercado del Este, suele ocurrir que cuando sacas a las personas de su contexto habitual y las ves en otro marco distinto no consigues ubicarlas, y yo solamente vi ante mí a un hombre que necesitaba ayuda. Costó mucho quitarle los harapos, y ni siquiera se guardaron en una bolsa, fueron a parar directamente al crematorio.
El barbero del hospital lo afeitó y le cortó el pelo por pura compasión; tenía piojos incluso en la barba. Todo en él era un desastre. Asearlo fue una tarea ímproba, pero al fin conseguimos que pareciese un ser humano. No era tan mayor como parecía cuando ingresó, y me sorprendieron la blancura de su piel y la firmeza de su magra carne. Puede que tuviera mi edad, o incluso algún año menos.
Tardó mucho en despertar, pero al fin sueros y medicamentos fueron surtiendo el efecto necesario y abrió los ojos. No conseguí que me dijera ni media palabra. Solamente hacía un gesto: la mano izquierda ligeramente levantada, la derecha como acariciando su barriga. El ademán de tocar la guitarra. Me estaba diciendo que era el mismo hombre que yo veía a veces junto al mercado, y al fin lo reconocí como tal. No tenía identificación en la ficha, de modo que no había familia a la que poder llamar para que lo acompañasen mientras estuviera hospitalizado.
Aquella mañana terminé mi turno y no pude irme a casa. Me fui a la plaza del Este, comprobé que el mendigo no estaba en su sitio y esperé hasta que vi a uno de los mozos sacar un gran contenedor de basura a la calle. No me anduve con rodeos y le pregunté si sabía quién era aquel hombre de la guitarra sin cuerdas. “Pregúntale al Victoriano, ese lleva aquí más tiempo. Yo solo sé que no le tengo que dar una patada si le veo por los contenedores, nada más”.
Victoriano era el encargado de la limpieza en la planta inferior del mercado, donde estaban ubicados los puestos de pescadería. Le invité a un carajillo bien cargado, y no tuvo inconveniente en hacer un alto en su faena para hablar conmigo. Él fue quien me descubrió quién había tras el hombre que yacía en aquellos momentos en la cama del hospital luchando contra la infección que casi le cuesta la vida. “Se llama Rubén. Sus padres lo tuvieron ya muy mayores, eran los dueños de uno de los puestos de embutidos que hay en la planta de arriba. También tenían otro hijo, el Chema, que les ayudaba con el puesto. Al Rubén le gustaba la música, tocaba la guitarra y no quería saber nada del mercado ni de los salchichones y chorizos que daban de comer a la familia. Todo el mundo aquí sabía que el puesto lo heredaría el Chema. Pero tuvieron mala suerte. La genética, dicen. O una maldición. El Chema se volvió esquizofrénico, por lo visto ya uno de sus abuelos y su tío habían estado igual. Se le fue la olla, vamos, y empezó a hacer cosas raras y a cortarse con los cuchillos de la charcutería. Los padres lo llevaron a todos los médicos, casi se arruinan, pero al final el chico se encerró en su cuarto con la escopeta de cazar y se voló la sesera. Pobres, casi se les va la vida detrás del hijo, no levantaban cabeza. La madre dejó de comer de la pena, no dormía, y el padre no sabía qué hacer. El Rubén empezó a venir a ayudarles, pero de pronto, un buen día, desapareció sin dejar rastro. No le lograron encontrar por ningún lado, y al final los viejos vendieron el puesto y marcharon de la ciudad. Eso pasó hace, por lo menos, veinte años. Hace como cinco o seis alguien nos dijo que ya habían muerto. Y un mes después volvió el Rubén, se sentó en la plaza y se acercó a los contenedores cuando salimos con la basura. Otro de los del mercado y yo lo reconocimos; no sabemos dónde estuvo ni por qué volvió, solo supimos que era él por la guitarra esa azul sin cuerdas que lleva. Se la compró el Chema con el primer jornal que ganó. No se moleste en buscar, no tiene más familia. Y gracias por el carajillo, señora”.
Volví al hospital muy triste. El mendigo de la guitarra, como todos los mendigos, tenía una historia detrás, dura como casi todas, y sin una solución que estuviera a mi alcance. Hablé con el psiquiatra del centro, y comenzó a administrarle la medicación oportuna. Rubén también era esquizofrénico. “Maldita genética”, pensaréis. Así es. Después de ver el sufrimiento que la enfermedad de su hermano había ocasionado a sus padres, cuando reconoció en él mismo los síntomas quiso evitarles el dolor de perderlo, por eso se marchó. Se convirtió en un desahuciado por piedad: prefirió que pensaran que andaba por ahí recorriendo mundo. No debían saber que estaba enloqueciendo, que tal vez se volviera peligroso y se tirase por la ventana, o se descerrajase un tiro, como había hecho Chema, o quizá llegase a agredirles, como otros pacientes de esquizofrenia descontrolados habían hecho. Ya conocía la devastación de la enfermedad, y quiso quedársela para él solo y evitar ver a sus padres de nuevo aterrados y consumidos por la pena. Solo cuando supo que habían fallecido volvió a los lugares que le eran familiares porque, al fin y al cabo, no tenía adónde ir.

Afortunadamente, Victoriano había guardado la guitarra y pudimos devolvérsela. No así la voz, ya que no dijo ni una palabra mientras estuvo ingresado en el hospital. Para el día en que le dieron el alta yo le había buscado un hatillo de ropa usada de mi marido, y se vistió, indiferente, para volver a su trocito de calle en la plaza del Este, frente al mercado. Durante un tiempo le llevé medicación para su enfermedad, pero sospecho que no la tomaba. Y de pronto un día desapareció. Su guitarra la encontraron flotando en el puerto, y supusieron que se había tirado al mar, pero yo intuyo que no fue así. Creo que se volvió a marchar para que no me preocupase por él, y quién sabe en qué ciudad o pueblo estará sentado. Si alguien le ve, por favor, que le busque una guitarra vieja, aunque sea de juguete, y se la dé. Tal vez sea ese el único consuelo que le quede mientras viva.

domingo, 16 de noviembre de 2014

EL FESTÍN DE LAS MUSAS

                 Tenemos una idea preconcebida sobre las musas. Preconcebida, y bastante equivocada, diría yo. Más que las estupendas señoras con túnica y pelo ensortijado a la griega que todos imaginamos, supongo que por efecto de las películas de Disney y de la variada literatura que hay acerca de ellas, son algo muy distinto. Se trata en realidad de entes etéreos y volubles que se esconden entre los humanos, vuelan por aquí y por allá, según las lleve el viento, y hacen y dicen lo que les da la gana. Favorecen a unos u otros según su capricho, inspiran, abandonan, alientan, desesperan, y se divierten jugando con la voluntad del hombre: ahora le soplan al oído los primeros versos de un poema único, y después le abandonan a su suerte sin permitirle acabarlo con cierta dignidad, como un bofetón a medio orgasmo, como ver marcharse el autobús con el amor de nuestra vida sentado en él sin haber podido decirle lo mucho que lo amábamos.
            Las musas suelen moverse solo en ciertos ambientes, son muy selectivas al respecto. Desprecian los despachos, pero aman los teatros. Huyen de los palacios, frecuentan las escuelas, y juegan en las buhardillas de los que menos tienen. Llenan de genialidades las mentes de los pobres y los dejan a menudo compuestos y sin triunfo, porque no los dotan de recursos económicos para enseñarle al mundo lo que son capaces de hacer; ese es trabajo de la Diosa Fortuna, con la que, por cierto, no se hablan. Aborrecen el dinero, porque ellas no lo necesitan: se alimentan de pensamiento y belleza, y esas dos cosas, de momento, se pueden disfrutar gratis.
También es falso el mito griego de que existe una musa por cada disciplina artística, ellas van siempre en grupo, y todas pueden animar al poeta, dotar de magia al músico, darle alas al escritor, convertir al danzante en grácil libélula, insuflar en el dramaturgo la semilla de una obra de teatro genial, guiar la mano del pintor para que sus figuras parezcan tener vida propia, o marcharse dando un portazo dejando al cineasta con la película sin terminar y al escultor con un adefesio entre las manos que no puede presentar en ningún lado. Puedes tenerlas a todas sentadas en tu hombro o que declaren tu compañía como “non grata” de pronto, y sufrir la mayor crisis creativa de tu vida. También puedes no conocerlas nunca o tenerlas siempre contigo, son muchas y están por todas partes, su energía jamás se agotará mientras haya tantos artistas que sueñan con ellas, las llaman y dedican tiempo a mimarlas.
Tuve la suerte hace unos días de sentarme en un auditorio y conocerlas de cerca. Me colé en el ensayo de una orquesta de las buenas, con toda mi cara dura, porque no podía permitirme lo que valía la entrada para el concierto de la tarde; para mi sorpresa era un ensayo con público, por lo que no me fue muy difícil camuflarme entre los asistentes. Allí pude verlas con claridad. Había decenas de ellas: por el escenario, entre los músicos, girando sobre los arcos de los violines, saltando de los timbales a la cabeza de los trombonistas, enredando las partituras, e incluso bailando en el aire un extraño vals con la batuta del director de la orquesta. Emmanuel Pahud, uno de los mejores flautistas del mundo, iba a actuar de solista, y sobre su flauta de oro reinaba también una de esas musas, que jugaba con las notas y trinos que el instrumento iba lanzando al aire desde su alma metálica igual que lo haría un niño con pompas de jabón.
Me parecía imposible que todas las personas que me rodeaban no las vieran igual que las podía ver yo. Eran orondas y sonrientes, y se alimentaban, felices, de sinfonías de Tchaikovsky y conciertos de Khachaturian, y también del buen hacer de los ejecutantes. Solamente me di cuenta de que había muchas más pequeñas musas a mi alrededor cuando quité la vista del escenario y la dejé vagar por la platea. Eran cientos. No tenían el mismo aspecto que las primeras: eran mucho más delgaditas, y se posaban tranquilas en las manos, sobre la cabeza, en las rodillas y hombros de las personas que se sentaban conmigo. Miraban, se acercaban a los oídos, susurraban secretos, suspiraban. Se enredaban en el cabello de las chicas, brillaban en los ojos de todos, se bañaban en alguna lágrima disimulada. Me pregunté el motivo de la diferencia de actitud y apariencia entre unas musas y otras, pero no se me ocurrían razones para explicar aquello.
No fue hasta el final de aquel acto cuando supe el porqué. Todo el público estaba compuesto por estudiantes de flauta que fueron invitados, junto con sus profesores, a asistir a un ensayo en el que podrían ver trabajar a uno de los mejores maestros del mundo. Aquella multitud de jóvenes de mirada asombrada y gesto extasiado eran futuros primeras figuras, promesas. Arte en construcción. Y todas aquellas musas flaquitas y gráciles estaban apostando por ellos, tratando de insuflarles ánimo para seguir trabajando. “Un día puedes ser tú el que ocupe un lugar en esa orquesta”, ese era seguramente el mensaje que habían estado susurrando en los oídos de los chicos. Las del escenario, las primeras que vi, eran “musas cómodas”, es decir, seres que van a lo seguro, a lo sencillo. Una gran orquesta, un gran director, un gran solista, grandes obras, magníficos y carísimos instrumentos. Un triunfo cierto, “alimento musístico” de fácil obtención. Para ellas aquello era un supermercado donde todas las delicatesen eran gratuitas y abundantes, su trabajo estaba hecho y solo tenían que recoger los frutos. Las segundas, sin embargo, no se conformaban con lo conocido. Querían más, querían lo nuevo, lo fresco, lo difícil, lo incierto, y enfocaban su energía hacia los aprendices de artista.
Reconozco que pocas veces he visto tanta ilusión y tantos sueños en tan poco espacio. Es difícil encontrar reunidos tanto talento, tanto arte y tanto futuro. Es difícil, pero a pesar de los esfuerzos ímprobos de algunos gobernantes por asfixiar el arte y la cultura por considerarlos innecesarios y poco productivos (la gente podría pensar por sí misma y no conformarse con lo que les damos, qué horror), aún no es imposible. Esos chicos y sus inspiradoras compañeras mitológicas son como los bulbos de tulipán bajo la nieve, esperando a que llegue el calor para enseñar al mundo la maravillosa flor que han estado gestando en su clandestinidad subterránea.

Me ha encantado conocer a esas musas. A las gordas no, a las otras. A las que apuestan por el futuro en lugar de libar de lo consolidado. Voy a tratar de hacerme amiga de un par de ellas, a ver si termino pronto mi novela. Hasta el próximo relato, amigos.

domingo, 2 de noviembre de 2014

LA CHICA DEL AUTOBÚS

Cuando Arturo se subía al autobús, cada mañana puntualmente, ella ya estaba allí. No sabía en qué parada lo cogía, pero sí que se bajaba en la misma que él tras casi una hora de trayecto. Le gustaba ir a trabajar en aquel turno tan temprano, las seis y media, porque había poco tráfico y también pocos viajeros, y eso le permitía ir sentado en el vehículo en lugar de tener que hacer el trayecto de pie, incómodamente agarrado a la barra, a merced de los frenazos y acelerones del conductor. Solía escuchar el parte de noticias matinal a través de sus pequeños auriculares conectados al teléfono móvil. Ella, sin embargo, siempre iba leyendo, absorta, ensimismada.
La concentración que la muchacha ponía en su libro permitía a Arturo observarla a sus anchas. Las faldas largas y coloridas, las blusas gastadas, los jerseys raídos y el moño alto recogiendo una abundante y larguísima cabellera, amén del color de la piel y los rasgos del rostro cantaban con claridad su procedencia: era una joven gitana. “Probablemente será rumana, las de aquí se pintan y se arreglan más”, pensaba Arturo. Le gustaba verla siempre leyendo, fuera de la realidad, pasando las hojas cuidadosamente con sus dedos de uñas cortas y gastadas por los productos de limpieza.
Una mañana se sentó en el asiento libre que quedaba junto a ella, y de reojo miró el título del libro: “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez. Se atrevió a interrumpirla. “Un gran libro, yo lo leí en el colegio, de niño. ¿Te está gustando?” Ella le lanzó una mirada desconfiada. “Sí, gracias” fue toda su respuesta, cortante, helada. Cerró el libro y lo guardó en su bolsa para alejarlo de la mirada indiscreta de Arturo, que se arrepintió al punto de haberla incomodado con su amabilidad. “Es extranjera, y además gitana. Son de natural desconfiado, tienen otras maneras, otra educación. A ver si aprendes a estar calladito, Arturo, que a estas horas no todo el mundo tiene ganas de hablar”, se dijo. Afortunadamente, la situación no se alargó demasiado: no quedaba más que una parada para llegar a la suya. Ambos se levantaron de los asientos, descendieron del vehículo y, sin siquiera mirarse, tiraron cada uno por su lado. Pero al día siguiente, a las seis y media, Arturo volvió a coger el autobús y ella estaba allí, sentada, con su libro abierto, completamente sumergida en la historia del gris burrito de Juan Ramón.
Pasaron los meses, y no habría vuelto a decirle ni media palabra de no ser por un detalle: día tras día, semana tras semana, el libro de ella siempre era el mismo. Las sobadas tapas azules con las letras amarillas, el dibujo del pollino plateado en la portada… inequívocamente, la muchacha leía “Platero y yo” una y otra vez. ¿Por qué? ¿Tanto le gustaba? Bueno, el libro era bonito, pero las librerías están llenas de libros bonitos, de modo que, ¿por qué releer siempre el mismo? Por ello, y pese a que dicen que la curiosidad es cosa de gatos y mujeres, Arturo no pudo aguantarse más la suya y al fin, deseoso de saber, se sentó junto a la joven de nuevo.
“Perdona, ¿te puedo hacer una pregunta?” Ella cerró el libro con cara de fastidio y le miró. Aunque dijera que no, intuía que él iba a hacerla de todas maneras. “¿Por qué siempre Platero y yo? ¿No te gustan otros libros?” La joven, en dificultoso castellano, le aclaró el misterio. “Encontré en basura. Llevo para no tener que hablar con nadie. Yo no sé leer”. Arturo se sintió como si le hubiesen dejado caer un cubo de agua helada sobre la cabeza. En pleno siglo XXI, en la civilizada Europa, ¿cómo era posible que una mujer de apenas veinte años no supiera leer? Ella vio la sorpresa en su rostro, una expresión a la que ya estaba habituada. “No necesito para limpiar. Fregona no lee. Fregona friega. Ya está”. Y dio por terminada la magra conversación abriendo de nuevo el libro con un gesto de “no hablaré más”.
Arturo no pudo aquel día pensar en otra cosa. Mientras duró su trabajo en la oficina, mientras volvía a casa en otro autobús atestado de gente, durante la tarde… Ni siquiera pudo dormir bien aquella noche. Por la mañana, al subir las escalerillas del transporte, la vio en su asiento, con su libro azul, y se sentó deliberadamente a su lado. No le dio ni los “buenos días”, sino que sacó su ejemplar escolar de “Platero y yo” y comenzó, con voz queda, a leer la página 1: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...” El gesto de ella se suavizó un tanto. “Bonito. Mi padre tiene burrito. Marrón, muy viejo”. Arturo la miró. “¿No te gustaría saber cómo sigue?” La muchacha, avergonzada, se miró las manos. “No tiempo. Trabajo. Nadie enseña. Mujer no necesita, dice mi padre”. El autobús alcanzó su parada en ese momento, y dejó a Arturo con un sabor tan amargo en la boca que aquella noche tampoco pudo dormir.
Hojeó la cartilla escolar que acababa de comprar; era distinta a las que usaban en sus tiempos de colegial, pero los fundamentos no habían cambiado. La P con la A, PA. La B con la E, BE. Y así todo. A las seis y media en punto subió al autobús y se sentó junto a ella. “Sí tiempo. Una hora al día, aquí, en el autobús. Y tu padre está equivocado: mujer es persona, y persona necesita saber leer. Si tú quieres, yo te enseño”.
Aquella hora madrugadora de sílabas y letras volaba, y con ella las semanas y los meses. Atisbando desde el cristal del autobús, la maravilla de sus ojos oscuros descubriendo sorprendidos el mundo a través de los carteles de los comercios fue un extraordinario salario para el improvisado maestro: “carnicería”, “frutería”, “pan y dulces”… Las palabras leídas parecían estrenarse en sus labios, como si no llevasen años sobre las puertas de las tiendas. Aquellos dibujos sin sentido cobraron, de pronto, vida en la cabeza de la joven, y no se cansaba de identificarlas y pronunciarlas. Era la hora de Platero. Ya podía, poco a poco, descubrir la poesía sin versos de Juan Ramón.

Una mañana, cuando Arturo subió al autobús, ella ya no viajaba en él. No la vio nunca más; tal vez cambió de trabajo, o de ciudad. Quizás se casó, o quién sabe. Pero seguramente nunca se olvidarán, porque esa hora que a diario era un tiempo muerto cobró vida y les sirvió a los dos para ganar.

martes, 14 de octubre de 2014

EL ESPEJO DEL "SALOON"


            No soy una gran amante de las películas del Oeste. Sin dejar de reconocer que algunas son obras maestras del cine, qué queréis que os diga, para gustos están los colores, a mí me hacen disfrutar más otros géneros. De niña, sin embargo, no me quedaba más remedio que ver tiros, caballos, indios y vaqueros muy a menudo: a mi padre le encantan, y en aquellos años, con suerte, había un único televisor por vivienda. Lo de “con suerte” lo digo porque en muchas casas ni siquiera había uno. Además, solamente existían dos canales, y en uno no ponían pelis, de modo que no había forma de escaparse: si en la programación había una de vaqueros, se veía, sí o sí.
            Recuerdo poco de aquellos largometrajes llenos de tiros, cabalgadas, estepicursores (pardiez, qué gran palabro para definir esos matojos secos rodantes que siempre veíamos por las calles de tierra, empujados por el viento, mientras el forajido y el sheriff se miraban retadoramente, a punto de desenfundar sus revólveres) y bailarinas de can-can cariñosas con los parroquianos. No me dejaron una gran huella, pero sí recibí de ellos una imagen que me ha servido muchas veces en la vida, una de las metáforas más gráficas, más claras del séptimo arte: la del espejo del “saloon”.
            En una de aquellas películas, el “jicho” (a la sazón, el bueno, el guapo, el héroe) le preguntaba al barman por qué cuando entraba él a tomar un trago, antes de servirle un vaso de aquel matarratas destilado al que llamaba whisky, descolgaba el espejo del “saloon” y lo guardaba debajo de la barra. El barman, con su delantal y su chaleco sin los cuales no se concibe un barman del Oeste, le respondía algo así: “Callahan, en los años que llevo al frente de este tugurio, si algo he aprendido es que, cuando vienen mal dadas, si empieza la pelea o llegan los problemas, alguien pierde al póker o una de las chicas guiña el ojo al borracho equivocado, el primer tiro siempre lo recibe el espejo del “saloon”. Da igual cuántas mesas, sillas y cabezas se rompan: el carpintero, el reverendo, el médico y el enterrador se encargan. Pero no sabes lo complicado que es encontrar espejos en estos tiempos. Y tú, Callahan, llevas la palabra “problemas” escrita en la frente”. Después de oír aquel razonamiento me fijé, y el barman llevaba razón: no había western que se preciara en el que el espejo del “saloon” no saltase en pedazos al primer disparo.
            Esta imagen que todos hemos visto alguna vez me sirve para explicar algo que, por lo que parece, no todo el mundo termina de entender, a la vista de las declaraciones públicas de algunos. En lo tocante a la sanidad, como todos sabemos, cada uno tiene su papel. Está el sheriff, que es el político de turno al que nombran ministro, consejero o director general del asunto. Luego está el médico, que es el “jicho”, el bueno, el héroe. El malo malísimo es la enfermedad, el botín que viaja en la diligencia es el enfermo que llega en ambulancia. El ATS de turno es el barman. Y cuando las cosas se ponen feas, muy, muy feas, el que recibe el impacto de la primera bala es el auxiliar de enfermería. El médico mira la garganta al enfermo, pero cuando éste vomita, el que le sostiene la frente, lo limpia, lo consuela y le cambia las sábanas es el auxiliar de enfermería. La ATS le saca sangre y le pone un gotero con la medicación, pero cuando se ensucia, quien le cambia el pañal, lo baña y le restablece la dignidad y la comodidad es el auxiliar de enfermería. Quien lo alimenta, quien le pone el plato, quien le coloca la almohada, es decir, quien se mancha y se moja con y por el paciente, la primera línea de fuego, la infantería sanitaria es el auxiliar de enfermería. El primero en romperse cuando algo sale mal. El espejo del “saloon”.
            No quiero con esto quitar ningún mérito al resto de profesionales que cuidan de nuestra salud, que también tienen lo suyo en cuanto a preparación, estrés y responsabilidad, pero una cosa sí que me atrevo a decir: si el sheriff se equivoca al dictar las leyes de esta ciudad, forastero, lo de los indios, los bandidos y la diligencia se convierte en una auténtica merienda de negros, es decir, en otra película bastante más trágica. Y en eso estamos. Ahora mismo, el espejo del “saloon” se llama Teresa, y lucha como una fiera por no romperse después de haber recibido no solamente una bala, sino el escupitajo de tabaco mal masticado, envenenado y podrido que el sinvergüenza del sheriff le ha echado encima. Si os soy franca, me gustaría ver cómo lo montan en el ferrocarril y lo perdemos de vista por el horizonte, ya que en este Oeste americano de andar por casa en el que vivimos no parece haber prisión para los “bien comidos”. Y confío en que el espejo se mantenga entero y vuelva, limpio y reluciente, a presidir la barra del “saloon”.
            “Hablar es gratis”, me dirá alguno. Puede ser. Ahora que no nos oye nadie, os diré que yo también soy auxiliar de enfermería, y que me contagié de una enfermedad infecciosa por atender a un paciente sin que hubiera suficientes ni correctos medios de protección. Preguntad a todos los auxiliares que conozcáis, y todos tendrán alguna historia que contaros. Como para que luego venga un zopilote con estrella en el pecho a contarnos una de indios.

            Fuerza, Teresa. Yo también estoy contigo.

jueves, 2 de octubre de 2014

LA CHURRERA DE LA CALLE ABRIL

            No hay pena que no se vea con otros ojos, ni confesión que no se pueda hacer si hay por medio un buen chocolate con churros. Os parecerá una solemne tontería, pero es una verdad que tengo comprobadísima, y la pongo en práctica con mucha frecuencia. Ignoro cuál es la reacción química o alquímica o mágica responsable de tal efecto, pero lo cierto es que así ocurre. Para ahuyentar una tristeza, esclarecer un problema, tratar un asunto delicado con otra persona, hablar de sentimientos y suavizar las preocupaciones, un tazón de chocolate espeso y caliente y un plato de churros, recién hechos y rociados de blanco azúcar, obran el milagro mejor que ninguna otra cosa que yo conozca en este mundo. He dicho tazón, acabado en –ón, subrayando el sufijo, nada de jicaritas modernas con menos culo que boca, que se te vuelcan a la mínima derramando el poco chocolate que les cabe dentro, y que por su escasa capacidad parecen poco más que dedales. Y he dicho churros, no porras, ni gofres, ni tostas, ni torrijas, ni buñuelos: nada más que harina y agua, con una pizca de mantequilla y una yema de huevo por cada medio kilo de molienda trigueña para suavizar la masa, algo de sal y mucho arte, pero ni levaduras, ni aires artificiales en forma de emulgentes, colorantes, mejorantes ni saborizantes químicos. Frutos, manos, aceite limpio, calor y buen hacer, sin más.
            En los casi veinticinco años que llevo viviendo en esta ciudad he conocido muchas churrerías, pero la única que queda abierta es la de la calle Abril; a las demás se las llevó el viento de la modernidad para sustituirlas por chiringuitos de comida rápida americana. Es un local que me encanta, pese a que no ha cambiado su decoración en todo este tiempo, ni ha ampliado mesas, ni personal. Allí solamente trabaja Doña Ana, y tanto le da que haya cola en la puerta: sirve lo que va friendo, sin prisas, en los dos grandes calderos de aceite hirviendo que puede atender con sus dos manos regordetas. La manivela de su churrera gira y gira desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde; cuando se vacían los lebrillos de masa, pone durante media hora un cartel en la puerta que reza: “paseen un rato, hagan hambre y vuelvan en 30 minutos”. Es lo que tarda en volver a empezar: medir la harina, templar el agua, pesar la mantequilla, separar claras y yemas, limpiar la cubeta de la churrera, perfumar aceite nuevo con una cáscara de naranja y otra de limón, ligar la masa con cuidado y echar las dos primeras ruedas a freír. Y mientras dura el proceso no quiere a nadie en el local, porque se vería obligada a hablar con los que esperan, y no lo desea. Ella solo quiere hacer más churros y venderlos.
            Doña Ana es una mujer que sonríe con la boca cuando saluda a los clientes y despacha sus docenas; sus ojos, sin embargo, no sonríen, aunque casi nadie lo nota. Rocía generosamente cada ración de su chorreante industria con azúcar, sin mirar la cantidad, pero con las palabras es mucho más tacaña. La gente que va allí lo hace pensando en sus propios asuntos, y nadie se fija en ella: sólo es “la señora que hace los churros”. Pero yo sí la veo, sí la miro. Veo su ropa siempre negra bajo el delantal, la cofia y los manguitos blancos propios del oficio. Veo la pena de sus ojos, siempre negra bajo la nieve blanca de sus cejas. Veo una mujer que hace churros con chocolate como si fuera su única misión en el mundo, y ahora sé por qué, aunque no me fue fácil averiguarlo.
            Intenté muchas veces preguntarle mientras me servía el tazón de humeante cacao y cortaba, con sus tijeras de acero, la dorada rueda recién sacada del aceite hirviendo, pero no me daba tiempo. “Algo que anuda de esa forma la lengua de una mujer, algo que oscurece sus ojos y mata su entusiasmo por la vida no debe ser cosa de poco”, pensé. No hay nadie cuyo único objetivo de lunes a domingo y de enero a diciembre sea freír churros. Tras mi “buenos días”, o mi “buenas tardes” le lanzaba preguntas como, “qué, Doña Ana, ¿este año tampoco va a coger vacaciones?”, o “Doña Ana, ¿no la espera nadie en casa con la cena hecha? Porque desde la hora que lleva aquí trabajando tiene que estar muy cansada”. Pero ella, negro en los ojos y cortesía en la boca, solo decía “no se preocupe. ¿Le pongo algo más?” Al fin, un día esperé hasta última hora, pedí una docena de churros y dos tazones de chocolate y me senté, sola, en una de las cuatro mesitas. Cuando la vi poner el cartel de “cerrado” para evitar que entrase nadie más me detuve a contemplar su último ritual diario en el local: apagar los fogones, meter en agua caliente la churrera y dejarla limpia, vaciar el aceite usado en grandes garrafas para que viniera la empresa de residuos a buscarlas, fregar los calderos y lebrillos… Yo, mientras tanto, no toqué un solo churro del plato. “Señora, se le está quedando todo frío, y eso es pecado”, me dijo. Pero yo esperé hasta que terminó. Después le pregunté si tenía microondas en la trastienda, pero me dijo que no. Me llevé el plato y las dos tazas al bar de al lado, y le di un euro de propina al camarero para que me lo calentase todo. Después, volví a su lado y la hice sentarse.
            Ya he dicho que no hay confesión que no se pueda hacer frente a un chocolate con churros. Aunque sea recalentado. “Dígame, Doña Ana: ¿qué es lo que le ha robado la vida? ¿A dónde se fue su alegría, cuándo la cambió por harina y agua fritas en una sartén?” Ella mojó un churro en el chocolate, lo mordió, lo saboreó y se secó los labios con una servilleta de papel. “Cuando se muere tu madre, eres huérfana. Cuando se muere tu marido, eres viuda. Pero cuando se te muere un hijo, ¿qué eres? A mi niño se lo llevó la droga. Veinte años tenía. Cuando lo encontré muerto en el baño, con la aguja aún hincada en la sangradura del brazo, me di cuenta de que yo ya no era nada. Antes era madre, pero ya no. Con él se me fue lo único que tenía, lo más importante que yo era. Por eso me hice churrera: para ser algo los años que me quedan de estar por el mundo”.
            Terminamos de comer lo que quedaba en el plato sin hablar. Yo sé dar consuelo a muchas penas, pero a esa… Es el único dolor sin antídoto que afecta al ser humano. No pude evitar echarme a llorar en cuanto salí a la calle. No hay luto que se alivie cuando el que muere es tu hijo, porque te deja convertida en nada. Reconstruirte después de eso te lleva el resto de la vida.

La miré desde el otro lado de la calle mientras barría el local y bajaba la persiana, imaginando su llegada a la casa vacía que solo empleaba para dormir, y me marché pensando en lo mal que trata el destino a algunas personas.

viernes, 19 de septiembre de 2014

EL PESCADOR

            Cada vez con mayor frecuencia, el hombre sacaba su barca del puertito en el que la mantenía fondeada. No iba muy lejos, se situaba en medio de la bahía, y pasaba muchas horas allí, sentado, contemplando el agua mientras sostenía su caña de fibra de carbono último modelo. Su primera caña, la “amiga larguirucha” que le acompañó durante los años en que comenzó su afición por la pesca, había muerto una noche, víctima de los celos de su mujer. No podía soportar que les dedicase más tiempo a los peces que a ella.
            El paciente pescador no volvía nunca a casa con pez alguno. “Practico la pesca deportiva”, decía. “Todo lo que atrapo lo devuelvo al mar”. Así justificaba la ausencia de capturas, pero la realidad era que no ponía cebo en el sedal. Ni siquiera anzuelo, no fuera a engancharse algún pescadito por equivocación. La verdad era que se servía de la barca y de la caña de pescar como si fueran su lanza y su escudo: así se defendía de su vida y podía disfrutar del discurrir del tiempo a solas, del silencio y de la única compañía de alguna gaviota despistada que no le hacía preguntas ni le pedía cuentas.
            Como tantas tardes, el falso pescador, con la caña entre las manos, la plomada sumergida y el sedal tirante, se dejaba mecer por las olas en medio de la bahía, sin temer que el viento le trajese la ira de su jefe, que no paraba de hundirle el ánimo cada día con sus gritos, sus broncas y su ineptitud disfrazada de autoritarismo. Tampoco temía que la espuma del mar le salpicase con todo tipo de reproches, como los que continuamente le hacía aquella mujer con la que años atrás se había casado y cuyo mal carácter y afición a las compras no soportaba. Estar allí era la única manera que había encontrado para tener paz. “No tengo cobertura”, decía, pero lo cierto es que apagaba el teléfono móvil. Si no fuera por aquellas horas de calma, fácilmente habría perdido el juicio mucho tiempo atrás.
            Aquella tarde el sol centelleaba sobre el agua, pero el viento y las nubes negras presagiaban tormenta; muy a su pesar debería volver a puerto antes de lo que habría deseado. “Solo un poco más”, pensaba mientras veía caer los primeros relámpagos en la lejanía. Y de pronto, un pez bastante grande sacó su cabeza y una aleta del agua y le saludó.
            –¡Hola, humano!
El hombre miró al pez, perplejo. ¿Cómo era posible aquello? No tenía muy claro lo que estaba pasando, pero le pareció divertido, de modo que se puso a hablar con el animal.
            –¡Hola, pescado!
            –Incorrecto, humano –le corrigió el pez–. No soy pescado, porque aún no me ha pescado nadie, igual que tú no eres pescador, porque no pones anzuelo en tu caña.
            –Pues mejor para ti –gruñó el hombre–. Mis razones tendré para no querer atraparte.
            –O sea, que eres un “tremendus embusterus” –se burló el brillante pez.
            –¡Y encima me insulta! ¿Quién eres tú para llamarme mentiroso? ¿Qué sabes tú de mí?
            –Que pareces un pescador, pero no lo eres. Vienes aquí, finges con tu caña último modelo, tu sedal y todo lo demás, pero no quieres pescar, sino perder el tiempo.
El hombre, sin querer reconocerlo, sabía que el pez tenía razón. No quería estar en el trabajo, decía estar enfermo y se iba allí a no hacer nada. No quería estar en casa con su mujer, decía que se iba a trabajar, y se iba allí. Y los fines de semana, no quería disfrutarlos con la familia ni con los amigos, y fingía ser un apasionado de la pesca para ir allí. Estaba echando la vida sentado inútilmente en una barca para huir de su propia existencia. Realmente sí, todo era una gran mentira.
            –Está bien, yo no seré pescador, pero tú tampoco eres un pez.
–Ah, ¿no? ¿Qué soy, entonces?
–Lo pareces, nada más. Los peces no hablan. Jamás. Ninguno. No sé lo que eres, ni por qué te disfrazas con escamas, agallas y aletas, pero tú tampoco eres lo que dices que eres.
–Estamos empatados, entonces –admitió el pez–. Vamos a jugar a un juego: tú me cuentas lo tuyo y yo te cuento lo mío.
El hombre pensó un rato, y después se decidió a contarlo todo. ¿Qué podía perder? No creía, francamente, que aquella merluza parlanchina se lo fuera a contar a su mujer.
–Pues mira, sí, mi trabajo es aburrido y tedioso, mi jefe es un tirano, un inepto y un maleducado, pero no puedo dejarlo porque mi mujer me ha metido en tantos préstamos de compras inútiles que si dejara el empleo me meterían en la cárcel. Tengo una casa enorme que no me gusta ni puedo mantener, una mujer que no se muestra cariñosa más que cuando quiere comprar un nuevo capricho y a la que ya no aguanto, y todo es una mierda. Por lo menos, cuando vengo aquí nadie me presiona. No hay sobresaltos.
–¿Y si en vez de esconderte fueras valiente y cambiaras lo que no te gusta de tu vida? ¿Lo has pensado?
–¿Cambiar? ¡Si está todo mal! Tendría que empezar mi existencia de nuevo, y ya estoy mayor para eso. Solamente puedo huir hacia delante. Tal vez, cualquier día de estos, me dé un jamacuco y se acabe todo.
–Y entonces sabrás que no has vivido la vida, sino que la has padecido. ¿No se te ha ocurrido nunca que “no” y “basta” son dos palabras mágicas que puedes usar cuantas veces quieras? –le planteó el pez.
–¿Mágicas?
–Sí, mágicas. Imagínatelo. “Cariño, voy a comprarme un abrigo de zorros plateados”. ¿Tú qué contestas? NO. “Peláez, el informe está mal, repítelo ahora mismo, inútil”. ¿Tú qué respondes? NO. “Cariño, búscate un trabajo para los sábados, que los del Tajo Británico me han bloqueado la tarjeta”. ¿Tú qué dices? BASTA. Así de fácil.
–Ya, claro, y entonces me echan del trabajo, ella pide el divorcio y yo…
–Y tú empiezas de nuevo como tú quieras y en donde te dé la gana. Sin chillidos, sin necesidad de fingir ni de esconderte, siendo tú de verdad.
–Pero yo le prometí quererla y cuidar de ella y compartir los bienes. Lo hice de verdad.
–Ella prometió lo mismo, supongo –rebatió el pez–. Y ya sabes, cuando una de las dos partes incumple el contrato, éste queda anulado.
El hombre lo pensó unos instantes. Tal vez el pez tenía razón. Quizá huir hacia delante no era la solución más inteligente. Quizá era, realmente, un cobarde.
–Bien, ya te he contado mi secreto. ¿Y el tuyo? ¿Por qué eres un besugo parlante y no un pez normal?
–No soy un pez normal –respondió el animal fingiéndose ofendido–. Soy un “alucipez”. Me ves porque estás con un pie en el otro barrio; uno de los rayos de la tormenta ha ido a parar a tu caña último modelo, la barca se está quemando y tú, ahora mismo, flotas boca arriba en el agua, pero si no te despiertas las olas te darán la vuelta y te ahogarás.
El hombre, perplejo, se miró las manos. En ellas ya no estaba la caña, y sí el profundo surco de la quemadura eléctrica. Notó la humedad, y también el frío.
–Vaya, a esto le llamo yo un “jamacuco con estilo”. ¿Y qué hago, pez? Es mi oportunidad de escapar de todo lo que no me gusta.
–¿Tú tampoco te gustas a ti mismo? ¿Vas a consentir morirte por lo que otros hacen contigo? ¡Vaya! No solo eres un pescador falso, sino además un cobarde. Y un poco tonto, añado.
–¡Caramba con la merluza, tienes una lengua más venenosa que la de mi mujer! Aunque sé que en el fondo tienes razón.
–Pues si tengo razón… nada. Que nades. ¡Te he dicho que nades!


Y el falso pescador, al fin, abrió los ojos y nadó.

domingo, 31 de agosto de 2014

DEMOS OTRO PASEO, AMOR

            El sol y la línea del horizonte no tardarán en tocarse; es la hora perfecta. La preferida para emprender un largo paseo por la playa, la misma playa de siempre. Nuestra playa. ¿Vamos? Hagámoslo como solíamos, con los zapatos en la mano, los pantalones de lino remangados hasta las rodillas, despreocupados, riendo. Así.
            Caminemos juntos, como siempre; prometo no salpicarte de agua salada, sé que te da rabia. Critiquemos las carnes de las viejas matronas que desparraman su tonelaje sobre la arena desde que amanece hasta que se va el sol, critiquemos a los niñatos que llevan los calzoncillos bajo el bañador, eso sí, asomando por la cintura para que se aprecie la marca de la ropa interior, que es de imitación del mercadillo. Pero igual alguien piensa que es buena. A lo mejor alguien llega, incluso, a alabarles el buen gusto de comprar unos gayumbos de veinte euros, y para sí pensarán que son listos porque lucen caro lo que pagan a precio de chino. “Qué satisfacciones más pobres tienen algunos”, me dirás. Y tendrás razón, como siempre.
            No sé por qué me empeño en conservar estos ratos, pero es que siempre me gustó caminar a tu lado, aunque tus pasos sean más breves que los míos; yo me adapto, no sufras, porque me gusta ir a tu altura, ni delante, ni detrás. Así puedo ver lo que piensas, y pisar la arena que limita con la que tu pie toca, y dejar que la ola primero te bese a ti y después a mí, porque ese beso de agua es más rico después de tu contacto. Me gusta que miremos el ocaso a la vez mientras planeamos la vuelta al colegio de los niños, mientras imaginamos lo que va a ser de nuestras vidas durante los meses que nos separan del próximo verano, de los próximos paseos por nuestra playa.
            ¡Mira, cariño! Gaviotas. Sí, sí, ya sé que las odias, que te parecen enormes piratas alados, pero en el fondo yo les tengo envidia, porque saben sobreponerse a todo. Si no hay pescado, sobreviven con lo que los turistas guarros dejan en la playa. Si ven un barco, lo siguen hasta que tira los cebos de pesca, que son para ellas un festín, aunque se desesperen los pobres pescadores. A ellas todo les da igual, el aire es suyo, el mundo es suyo, sus días son suyos. Sobrevuelan las tormentas y se balancean en la calma chicha. Nosotros, los humanos, estamos mucho más atados. Tenemos que ir cuando nos mandan, volver cuando nos mandan, entrar, salir, dormir, velar cuando nos mandan. Uno solo puede ser gaviota en vacaciones. Por eso el verano me gustó siempre tanto: para ver el ocaso contigo, descalzos en la playa, en nuestra playa, y no desde la sucia ventana de mi oficina, que hace que todo lo que miro a través de su cristal sea una mierda.
            Ya sé que hoy no te apetece caminar, pero demos otro paseo, amor, porque hoy se acaba nuestro verano. Hoy tú vuelves a casa, con los niños, y yo… bueno, en realidad yo ya soy gaviota. Este invierno será distinto para ti, lo sé, pero nada puedo hacer para cambiarlo. No pedí que el corazón me reventara de pronto, ni pasar de dormir junto a ti a que mis cenizas se escondan en el columbario de un cementerio de pueblo. Yo solo quería otro verano contigo, disfrutar de los contados días estivales que podíamos gozar en familia, sin prisas, pero el señor “infarto de miocardio” no tenía para mí los mismos planes que yo, y al final ganó él. Por eso, cariño, demos otro paseo por la arena, con los pies en el agua, porque aunque no sientas el contacto de mi mano en la tuya sí podrás sentir la caricia del sol poniente, y eso hará que no tengas miedo de sentir frío en este primer invierno sin mí.
            No dejes de venir, mi niña. Cuando llegue agosto el año que viene, no dejes de venir a nuestro arenal, no dejes de mirar el mar que guarda nuestras miradas juntas de tantos años, Yo, que ya soy gaviota, acompañaré tu caminar de crepúsculo desde el aire, cada vez desde más altura, para no estorbarte si vienes acompañada de un nuevo caminante. Me alegraré, si es que así tú sonríes de nuevo, porque sabes que mi dicha y la tuya siempre fueron lo mismo. Pero antes de que cierres la maleta para volver a casa, demos otro paseo, amor, para que puedas mantener la esperanza de ser feliz.


            Ojalá hubiera podido escribir un final distinto para esta historia. La gente buena no debería morir joven, pero así es la vida. Por eso cada paseo por la playa es importante. Disfrutemos de todo momento de felicidad que se nos brinde, porque eso, y ninguna otra cosa, será nuestra herencia.

miércoles, 6 de agosto de 2014

UN DÍA EN LA PLAYA

            La mañana amaneció preciosa: ni una nube en el cielo, buena temperatura… ¡era verano, en todo su esplendor! Los niños se despertaron temprano. “¡Mami, mami, mira qué día tan bonito! ¡Vámonos a la playa!” La madre miró al padre, que se encogió de hombros. “Por favor, por favor, por favor…” Al fin, con un suspiro resignado, la madre dijo “sí”.
            Estaréis pensando que a qué viene tanto suspiro y tanto gesto de conmiseración. Eso es porque no habéis ido con niños a la playa últimamente. O que tenéis una voluntad de hierro y una paciencia digna del Santo Job. Ahora veréis por qué lo digo.
            La madre comenzó a preparar las cosas mientras los niños gritaban de alegría. Sacar los bañadores de todos, obligar a los pequeños a ponérselos. Las bolsas: ¿dónde están las toallas grandes? Armarios y cajones que se abren para rebuscar, altillos que se desmontan hasta que aparecen las toallas. ¿Quedaba crema solar? A ver, factor 30 para los adultos, factor 50 para los niños, la específica para el rostro que no falte. Vaya, de esa no queda. “¡Cariño, acércate a la farmacia y compra crema de esta, que se ha agotado!”.
            Sigamos. Ropa interior de recambio para todos, no vayamos a entrar mojados al coche y manchemos la tapicería. El peine, que no se me olvide, y el cepillo para los pelos de la pequeña, que si no, no se deja peinar porque dice que le doy tirones. ¿Qué más? Claro, botellines de agua, imprescindibles. En el chiringuito los cobran a millón, y no está el bolsillo para dispendios. ¿Dónde está la cesta grande? ¡Mecachis! No cabe todo. A ver si encuentro aquella mochila que yo tenía…
            Cuando papá vuelve de la farmacia, todo está aún a medio hacer. Antes de vestirse hay que untarse de crema, ya se sabe que solo es efectiva si se aplica media hora antes de la exposición solar, de modo que todo el mundo es convenientemente embadurnado. “Mami, no me puedo poner los pantalones con este pringue, se me traban”. Viste al niño. La niña llora, se le metió crema en el ojo. Y eso que ponía que no irritaba. Catorce euros el bote, total, para que te pique igual que la de supermercado. Estupendo.
            “Cariño, pasa por el trastero, coge un par de sillas, los flotadores y la sombrilla grande. Sí, esa que nos regalaron los de Cervezas Manneken Pis”. Papá se enfada: “esa no, que se ríen de nosotros en la playa. Mejor la de flores, da igual que sea pequeña, al fin y al cabo los niños van a estar a remojo todo el tiempo”. Mamá se resigna: sabe que, al final, será ella la que se queme vigilando a los niños en la orilla. ¿Qué falta? ¡Ah, sí, los sombreros! Uno, dos, tres, cuatro. “Mamá, esa gorra no, que es ridícula. Quiero la de Spiderman”, protesta el niño. “Pues búscala”, contesta la madre (al borde de un ataque de nervios). Al final, cómo no, es ella la que tiene que buscar. Vale, ya está todo. Vámonos.
            Una vez en el coche, la familia se instala, los cinturones se abrochan y… ¡Oh, cielos! ¡No hemos metido los cubos, las palas y los rastrillos! Papá espera con el coche en marcha mientras mamá vuelve a subir. “Mami, no olvides mi camión volquete para la construcción de  castillos”, pide el pequeño. Y mami, que ya está negra sin haber tomado el sol, sube a por toda la parafernalia plástica y baja cargada como un marroquí en vacaciones, sudando bajo la capa brillante de crema solar.
            La carretera está llena de coches. Todo gente que va a la misma playa. Papá decide cambiar de ruta, pero el atajo también está atascado. Paciencia, ya llegaremos. “Mami, pon el disco de los Cantajuegos, que esto es muy aburrido”. El sufrimiento mental de un conductor metido en un atasco en pleno verano mientras dos enanos gritan en el asiento de atrás “soy una taza, una tetera, una cuchara y un tenedor, soy un cuchillo, un plato hondo…” es equivalente al de un reo en el corredor de la muerte. Pero, por fin, ya se ve el mar.
            La odisea del aparcamiento no os la voy a contar; cuando ves un sitio, otro coche te lo chulea. Cuando encuentras por fin un hueco practicable estás ya a dos kilómetros de la arena, y hay un gorrilla que pone la mano y la sonrisa de “dame un euro, paisano, a ver si te van a hacer una raya en la pintura o algo”. Los niños hacen saltando y cantando el camino hasta la orilla, y los padres en cambio caminan malhumorados. Parecen dos sherpas sudorosos con las cestas, las sillas, la sombrilla, cubos, palas, camión, flotadores… Pero bueno, ¡ya está la familia en la playa!
            Aquello está a reventar, y cuando plantan la sombrilla de flores en el único hueco libre (es decir, detrás del todo, junto a las papeleras) ya es la una de la tarde. Los niños corren hasta el agua pisando toallas ajenas, rebozando de arena a todo el mundo y cabreando a cuantos tomadores de sol hay por las cercanías. Mamá va tras ellos disculpándose al pasar, con la crema solar en la mano, las gorras en la otra y unas ganas tremendas de no haberse levantado de la cama. Y mientras busca al socorrista más cercano porque a la niña le ha picado una medusa y llora como si le hubiesen arrancado las orejas en vivo y sin anestesia, la pobre mujer suspira recordando aquella época en que la pareja iba a la playa solamente al atardecer, cuando todo el mundo se había marchado, daba un romántico paseo, se remojaba viendo el ocaso y volvía a casa plácidamente sin atascos, insolaciones, cubos, palas, tazas, teteras, gorras de Spiderman ni sombrillas de cerveza Manneken Pis.


            Hay gente que me pregunta por qué no voy a la playa casi nunca. Yo siempre contesto que tengo poco espíritu de sacrificio, pero casi nadie me comprende. Qué le vamos a hacer. 

lunes, 28 de julio de 2014

HILOS EN LAS MANOS

            Al pequeño Héctor no le atraía nada el mundo de los mayores. Veía cosas desde sus ojos infantiles que no le gustaban, y se sorprendía por el hecho de constatar que los adultos daban vueltas alrededor de los problemas sin encontrarles solución. Soluciones que a él le parecían más que sencillas y más que evidentes. Pero claro, nadie le escuchaba: solamente era un niño, un “pibe” creciendo en una época en blanco y negro en que a los mayores se les trataba de “usted” y jamás se les replicaba porque eso traía aparejado, como poco, un buen bofetón. Un tiempo en el que se obedecía sin chistar, no se levantaba la voz, las mujeres solamente podían ser mamás y amas de casa y pasaban días y noches estirando los pocos pesos con que contaban para pasar el mes.
            Desde su escaso metro y medio de altura, aún con el pantalón corto dejando a la vista las canillas huesudas y sin edad para usar reloj, Héctor decidió que un mundo mejor era posible, porque el que conocía no le gustaba. Se le ocurrió una tarde, cuando daba patadas a una piedra en la calle a falta de mejor ocupación; en la esquina con la avenida, cerca de un parque, un titiritero ambulante manejaba dos marionetas mientras un chaval, posiblemente su hijo, tocaba tangos con un bandoneón. El harapiento marionetista movía los hilos de sus dos personajes, un bailarín de traje y pelo negros, al estilo Gardel, y una moza de melena cartón-piedra pintada de brillante amarillo, como la Monroe. Giraban y se movían sobre la acera, dos seres de cuento entregados al tango protagonizando una historia de amor y celos digna del polaco Goyeneche, de Piazzola o Discépolo. El pequeño Héctor, el niño bonaerense que no quería entrar en el mundo de los adultos, se dio cuenta entonces de que podía crear un universo a su medida a través de las marionetas. Ellas podían poner música donde no la había, otorgar sonrisa a los rostros de los que ésta había huido tiempo atrás. Podía resolver todos los problemas después de plantearlos, podía hacer que los buenos siempre triunfasen, los malos terminasen entre rejas, las chicas pudieran elegir lo que querían ser. Podía incluso tener un héroe justiciero a su servicio que supiera siempre quién era el malvado, y emprenderla a porrazos contra quien dañase a otros no tendría, en su mundo, pena de cárcel porque el dolor no existiría como tal. Ni la sangre. Ni los morados en la piel. Los desenamorados se sobrepondrían a la pena tras un par de tragos de café con leche, y enseguida estarían recompuestos y prestos a enamorarse otra vez, sin perder años en melancolías absurdas ni intoxicarse con largas noches de whisky de contrabando.
            Dicho y hecho, el niño comenzó a recoger trozos de cordel, palitos de los árboles del parque, trapos viejos y cartones, alambres oxidados y cuantos elementos pensó que pudiesen serle útiles; con ellos elaboró sus primeros títeres, unas figuras que a sus ojos eran un hombre y un muchacho, aunque los mayores opinasen, cuando se los enseñaba lleno de orgullo, que eran “un espanto con ojos y una fregona al revés”. Con ellos representó sus primeras escenas y números musicales, usando como telón de fondo la mejor sábana de flores de su madre, a modo “decorado de jardín”. Pensaron que el juego se le pasaría en cuanto llevase pantalón largo y se afeitase el bozo. Se equivocaron.
            Toda su vida se fue en eso, en crear marionetas. Y, como los sueños tienen que tener escenarios de sueño porque la realidad no les sirve para vivir, Héctor diseñaba también los fondos, los telones y decorados. Nada era imposible a la hora de darles alas a sus criaturas: si había que pintar todo un camión por dentro y por fuera, se hacía. Si había que convertir una roulotte en un mini-teatro con asientos para que las posaderas infantiles los ocupasen, se hacía. Si para tener un decorado dinámico con que representar una historia había que inventar telares móviles, como grandes paraguas de alambre con distintas lonas pintadas que cambiaban el escenario al instante con solo hacerlos girar un cuarto de vuelta, se inventaban, se fabricaban y se llenaban de cuentos. Todo ello con tal de que los pequeños pudiesen ser niños, cuanto más tiempo, mejor. Ya tendrían tiempo de entrar en el mundo de los mayores, la niñez es demasiado corta, y la “adultez” tiende a amputar la inocencia de las personas a fuerza de problemas, bofetadas y desengaños. Por eso cuando Héctor se movía con los hilos en las manos reinaban siempre el amor, la música, la honradez, la justicia, la poesía y la belleza, es decir, los elementos indispensables que componen la felicidad. Por eso cuando miraba a los ojos muy abiertos y asombrados de los niños que cada tarde componían su público sabía que el camino que había elegido era el correcto. Por eso nunca, hasta el último día, abandonó su actividad.
            Hay una gran diferencia entre ser un fabricante de juguetes o ser, de verdad, un cultivador de fantasías. Mirad la fotografía: ese hombre, calvo por la edad pero con el alma limpia de aquel pibe bonaerense que pateaba piedras y no quería crecer, es Héctor. La instantánea es de verdad, os lo puedo asegurar. Mirad a quienes le acompañan en escena: ¿les reconocéis? Yo sí, porque también fueron parte importante en mi niñez. Todos ellos han desaparecido ya. Todos menos las marionetas, que no pueden morir porque simbolizan algo eterno, algo que Héctor supo entender como nadie: la importancia de los sueños infantiles, la facultad de creer que todo se puede lograr y que nunca dejaremos de ser felices.

            Y tú, Mara amiga, que conservas uno de los títeres que hacía tu padre, guárdalo con celo, es un tesoro de incalculable valor. Es el símbolo de una de las facetas más hermosas del ser humano.

jueves, 10 de julio de 2014

LA REGLA DE MADERA

            Me enteré de su muerte por casualidad. Fue profesor en el colegio donde yo cursé mis dos últimos años de educación básica, 7º y 8º, lo que ahora es 1º y 2º de ESO. De ese ESO que, sea lo que sea, no parece estar funcionando demasiado bien, a juzgar por las cifras de fracaso escolar, pero bueno, esa es harina de otro costal y yo no me voy a poner a amasarla ahora, porque lo que vine a contaros es algo distinto.
            Como ya he dicho, fue profesor en mi último colegio, aunque no me dio clase a mí. De hecho, solamente me lo crucé por los pasillos un par de veces en dos años, porque los mayores estudiábamos en la segunda planta y accedíamos por otra puerta distinta de la de los cursos inferiores. Después, pasé al instituto y seguí con mi vida. Creo que no volví a encontrarme nunca más con él. Sin embargo sí fui, durante años, amiga de uno de sus hijos.
            Alguien puso el aviso de su fallecimiento hace pocos días, en la página de Facebook de antiguos alumnos. Y ya apenas se habló de cuánto enseñó a sus discípulos. Solo se hablaba de su regla de madera. Antes, en la prehistoria docente, cuando no existían las pizarras electrónicas ni los punteros láser, en todas las aulas había un juego de escuadra, cartabón, regla y compás para la pizarra. Eran enormes y de madera, y servían para iniciar a los niños en los rudimentos de ángulos, circunferencias, geometría y dibujo técnico. Pero él, por lo que cuentan, le daba otros usos a la regla. Los comentarios se iban sucediendo: los consabidos “descanse en paz”, “un abrazo a su familia” y “me lo encontré muchos años después de dejar el colegio y aún recordaba mi nombre” se salpicaban con otros del tipo “tanta gloria lleve como paz deja”, “que lo entierren con su regla de madera” o “no seré yo quien diga que lo lamento”. Y ahí es donde se me dispararon las señales de alarma.
            “Era de los más suaves de la vieja escuela”, sentenciaba uno. “Dejó la marca de la regla en la puerta de la clase de al lado porque los niños hablaban demasiado”, aseguraba otro. “Pues a mí me dio con la regla en la mano más de una vez, pero consiguió enderezarme. Fueron cachetes pedagógicos”. En fin, opiniones había de los dos tipos, de los chavales rebeldes que recibieron algún regletazo y le guardaron rencor toda la vida, y de otros que nunca le dieron motivo de queja, fueron educados, estudiaron lo que les correspondía y jamás fueron tocados por aquella odiada regla. Había quien lo defendía y quien lo atacaba, quien lo vituperaba abiertamente y quien simplemente expresaba su condolencia, y al final se originó un encendido debate sobre la antigua pedagogía del coscorrón y la necesidad o no de recuperarla, visto el panorama de la juventud actual. Pero nadie se dio cuenta de un detalle. Nadie pensó en que toda esa retahíla de comentarios se estaba escribiendo en un foro público que está al alcance de mucha gente. Incluidos los hijos y nietos del fallecido.
            No voy a discutir los métodos del profesor; no soy partidaria de la violencia en las aulas, aunque mucho menos de la pérdida de respeto por los enseñantes que impera hoy en día. Lo que sí me resulta doloroso es constatar el hecho de que todos esos que insultaban la memoria del maestro vivieron toda la vida en la misma ciudad pequeña que él. Se lo cruzaron, seguramente, docenas de veces. ¿Por qué nunca le pararon para decirle “aún me duele la palma de la mano. No creo que mereciese aquel golpe”? ¿Tanto miedo le tenían que ni siquiera después de convertirse en adultos hicieron nada para que supiera que no aprobaban sus métodos de enseñanza? No. Lo que pasa es que resulta muchísimo más fácil hablar mal de quien ya no puede argumentar para defenderse. Es preferible esperar a que el “malo” muera para después escupir sobre su tumba: al fin y al cabo, ya no puede levantarse para tomar la regla de madera y ponerte roja la mano (y el orgullo).
            Como es público y sabido (lo pone en mi biografía, la que figura en los libros que he escrito y publicado), yo también soy hija de docente. Mi padre, durante su ejercicio profesional, exigió inflexiblemente un mínimo de contenidos para aprobar su asignatura, y también exigió ser tratado de usted (igual que él trataba de usted a todos sus alumnos) y absoluta puntualidad en sus clases. No creo que ninguna de las tres cosas sea nada censurable, desde luego, pero sé que tuvo muchos alumnos (y padres) que no supieron entender su manera de ejercer la docencia. Para él, el profesor no era amigo, ni colega, ni nada más que profesor, y estaba para enseñar. Vistió de traje y corbata y se afeitó cada día porque sus alumnos merecían que él tuviese la mejor presencia posible, no toleró chicles ni tonterías en sus clases, y no cogió más baja laboral en toda su carrera que la que un ataque de apendicitis gangrenado le obligó a coger. Jamás pegó a nadie, me consta. Jamás. Pero también os digo que si alguien no merecía un aprobado, no hubo lloros ni ruegos que le hicieran ceder. Y eso hay quien no lo puede perdonar.
            Francamente, espero que mi padre me dure muchos años, porque ha sido y es un gran padre. Pero visto lo que ha pasado con el de mi amigo, el día en que lo pierda procuraré no visitar ciertos foros de antiguos alumnos. No, porque no quiero ver comentarios como los que vi ayer refiriéndose al maestro fallecido, el de la regla de madera. Me resultaría dolorosísimo, más que cualquier golpe físico. Seguro que ese hombre hizo mucho bien y enseñó mucho a cientos, tal vez miles de niños, y sin embargo su imagen se verá siempre manchada y perseguida por los que ahora escriben su rencor pueril en Internet con comentarios hirientes y salpicados de monstruosas faltas de ortografía. Vuelvo a repetir que ni defiendo ni censuro sus métodos, pero si alguien tenía algo que decirle, debió hacerlo mientras él vivía. Ahora, lo que puedan escupir es un daño gratuito a sus hijos, que no merecen semejante trato. Una venganza inútil y vacía que solo puede satisfacer egos infantiles que no han sabido desarrollarse, crecer ni madurar.
            Desahogar rencores y frustraciones contra las personas cuando ya han muerto es de cobardes. Añadir dolor a quienes acaban de sufrir una pérdida así es de estúpidos. Los reproches, como los homenajes, en vida. Y el que esté libre de pecado, ya sabe.


            Termino parafraseando a Tambor, el simpático conejo de la película de Disney “Bambi”, que decía: “si al hablar no has de agradar te será mejor callar”. Se lo repetía cada mañana su mamá coneja. Es una buena máxima para tener en cuenta. Hasta la próxima historia, amigos.