lunes, 13 de enero de 2014

EL ALMENDRO MENTIROSO


            Había una vez, en el campo de un labrador, un almendro. Era un árbol que llevaba allí plantado muchos años, y tiempo atrás había dado razonables cosechas de almendra a su dueño, pero en los últimos septiembres se había negado a producir un solo fruto. Es más, subrepticiamente, por debajo de la tierra y lejos de la vista del labrador, había extendido sus raíces formando una maraña tal que era capaz de robarle el agua y los nutrientes a los olivos y a los albaricoqueros que vivían a su alrededor, perjudicando así la producción de los otros árboles. El labrador, muchas veces, le preguntaba si conocía las razones del descenso de rendimiento del resto del huerto, pero él se hacía el tonto y le echaba la culpa al tiempo, a los insectos y hasta al propio labrador, tachándolo de horticultor negligente.

            Un día, el almendro mentiroso vio llorar al dueño del campo. “Con esta birria de cosecha no podré alimentar a mi familia”, se quejaba. “Cuatro aceitunas arrugadas, un puñado de albaricoques medio secos y nada de almendra. ¿Qué es lo que he hecho mal? Los he regado y fertilizado, los he labrado con mis manos, los he podado con mimo, no entiendo por qué no corresponden a mi atención como debieran”. El almendro supo que esa era su oportunidad, y preparó su estrategia.

            Al llegar la mitad de enero, de la noche a la mañana, el árbol se llenó de flores. Amaneció cuajado de rosados y blancos pétalos, lo cual era muy buena señal, porque cada una de esas flores podría convertirse en un fruto. El labrador lo acarició contento, y el árbol, en ese momento, comenzó a hablarle de este modo: “Mi querido amo, como ves, estoy haciendo un esfuerzo extraordinario para sacarte de tu situación. No así todos estos perezosos árboles que me circundan, que no hacen más que vivir bien a tu costa, chupan el agua que les das, malgastan el abono con que los fertilizas, y no te dan a cambio nada de lo que tú necesitas. Sin embargo, yo, que te he querido siempre bien, voy a ayudarte. Si me dejas que yo administre el riego del campo, elija los nutrientes y decida cuáles y a quién se le administran, no solamente te daré una cosecha de almendras suficiente como para saldar tus deudas, sino que además lograré que todos estos haraganes que me rodean hagan su trabajo con mucho menos gasto del que te ocasionaban hasta ahora. ¿Qué dices? ¿Aceptas?” El labriego lo pensó durante un rato y, pese a que no comprendía bien cómo el almendro iba a lograr todo aquello, su necesidad era tan acuciante que aceptó.

            En cuanto el agricultor se dio la vuelta para marcharse, el almendro mentiroso escupió casi todas las flores de sus ramas para que no fueran polinizadas: no pensaba hacer el esfuerzo de producir tanto fruto, iba a estar muy ocupado en los siguientes meses. En cuanto recibió los privilegios de administración del riego y los abonos, engordó su tronco hasta casi doblarse. Sin embargo, a olivos y albaricoques les restringió el agua y el alimento hasta casi matarlos. Cuando llegó la cosecha, el labrador, enfadado, le pidió cuentas al almendro por los malos resultados. Éste se defendió, diciendo: “Amo, la naturaleza es sabia y tiene sus ciclos. El mal cuidado de tantos años no se remedia en unos meses. Esto lleva su tiempo, la inercia perezosa de todos estos árboles es difícil de detener, pero yo lo conseguiré. Mira, yo he logrado pocas almendras, pero son excelentes. El año que viene serán muchas más, te lo prometo”.

            Durante doce meses más, el almendro mentiroso continuó quedándose para sí la mayor parte del agua y del abono. Los olivos resistían como podían con el agua de la lluvia y el guano de los pájaros que dormían en sus ramas, pero los albaricoqueros, que necesitan más aporte de humedad, comenzaron a secarse. Algunos desenterraron sus raíces para irse a otros campos. Otros murieron, o enfermaron y agonizaron sin que el almendro se dignara a auxiliarlos. Al final del año, el único que tenía una cosecha razonable era el propio almendro. El labrador ya no sabía qué hacer. “Amo, visto que esta gentuza no tiene remedio, lo mejor que puedes hacer es arrancar todos los árboles que no producen y plantar en su lugar almendros como yo. Verás cómo mejora el campo, la cosecha será espléndida y tus finanzas volverán a ser estables”. Y el labrador, aunque con recelo, le hizo caso.

            A partir de entonces, cuando se vio rodeado de almendros semejantes a él, el árbol embustero abrió el grifo del agua para todos los nuevos habitantes del campo. No así para los olivos, a los que pretendía asfixiar como había hecho con los albaricoqueros para que, al final, no hubiese más que almendros hasta las vallas que delimitaban aquella propiedad. Los olivos, mucho más viejos y sabios que el árbol mentiroso, callaron y esperaron.

            Sucedió que los almendros, de tanta abundancia de agua, desarrollaron un hongo que colonizó sus hojas. Algunos enfermaron y fueron talados. Los demás, gordos y despreocupados, echaron la flor con los primeros rayos de sol de enero, y pocos días después vino una helada y quemó todas las futuras almendras antes de que pudiesen nacer. Los olivos continuaron esperando, callados. Y mientras, el mentiroso, viendo cómo fracasaban sus estrategias, trataba de explicarle al labrador que aquello no era culpa suya, que eran los olivos los que esparcían los hongos, los que llamaban a la helada, los que le estaban arruinando.

Tanta habilidad tuvo para convencerle que, al final, el hombre taló los olivos centenarios y dio un año más de plazo al almendro para que consiguiera la mejor cosecha de la década. Y la obtuvo, desde luego. Pero casi todos los cientos de kilos de almendra que parieron los árboles fueron de fruto amargo, un producto sin mercado. El labrador se arruinó, y antes de abandonar su casa para marcharse a la ciudad a buscar trabajo, prendió fuego a los almendros, colérico, hasta dejar el campo completamente arrasado. Solo los pájaros que anidaban en los olivos supieron la verdad. Y ellos fueron los que trajeron los huesos de aceituna nuevos, escondidos en sus picos, para depositarlos entre las cenizas y propiciar que aquella tierra volviese a la vida llenándose de árboles sinceros y callados.

Lentamente, sin falsas promesas ni mentiras, sin pedir ni exigir, el campo otorgó a la generación siguiente aceite con que salir adelante. Su única condición fue que no se volviese a plantar allí ni un almendro. Por si acaso.
 

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