miércoles, 29 de enero de 2014

EL FANTASMA DEL FARO


            El fantasma del faro estaba mortalmente aburrido. No, no es un chiste malo, es la pura realidad. Vale, estaba muerto, eso es obvio, pero solo como ser humano. Como espíritu estaba vivo, y bien vivo, pero más aburrido que una ostra, más solo que la una, sin nada que hacer, ni a quién asustar, ni nada de nada. “¿Quién me mandaría a mí? Si lo llego a saber no me meto a fantasma”, pensaba. Porque, contrariamente a lo que se piensa por ahí, lo de ser espectro, más o menos fugaz, etéreo, holográfico o ectoplásmico, es algo que se elige, no viene impuesto por ninguna ley natural. Ni sobrenatural.

            Jano, de vivo, era el hijo del farero. Su muerte fue accidental, nada melodramática, pero sí muy real. Si hubiera ocurrido en una película, habría fallecido a manos de algún asesino maníaco espeluznante, o cualquier espanto similar, pero la verdad es que no fue para tanto. Simplemente, se ahogó cogiendo almejas. Qué prosaico, ¿verdad? Por eso, por haber tenido una vida tan corta (solamente catorce octubres) y una muerte tan insulsa y poco novelera, fue por lo que decidió quedarse y hacerse fantasma. Y ahí la fastidió.

            Los primeros años convivió con su padre, el farero. Pero éste era muy poco receptivo, y ni le veía, ni le oía, ni nada de nada. Únicamente intuía su presencia cuando el niño hacía que el humo de la pipa describiera dibujos de flores y sirenas al flotar, pero lo achacaba a las caprichosas corrientes de aire que se colaban por todas partes. Otro tema fue el hijo que tuvo después con su nueva mujer: solamente era medio hermano, pero hizo de “amigo imaginario” para él hasta que alcanzó la pubertad y lo enviaron a estudiar tierra adentro. Durante el tiempo que estuvieron juntos, todo hay que decirlo, se divirtieron mucho. Corrían, hablaban, escondían tesoros y jugaban a encontrarlos a través de pistas, como los detectives, y esas cosas. Pero luego, cuando el muchacho se fue, comenzó a sentirse solo. El farero y su mujer eran dos seres muy aburridos, él todo el día pescando, ella todo el día haciendo calceta… ¿quién puede divertirse así? Jano intentó marcharse, pero descubrió que en el tinglado de ser fantasma no se incluye el derecho a viajar, y que no podía moverse de los límites del edificio, de modo que se vio abocado al aburrimiento por los siglos de los siglos. Después de unos años, para acabarlo de rematar, automatizaron la luz del faro y el matrimonio de ancianos también se fue. Ya solo le quedaban las olas, que no hablan, el viento, que hace lo que le da la gana y no se puede jugar a nada serio con él, y las gaviotas, que son bobas y no entienden las reglas de los juegos. ¡Menuda estafa de vida!

            Un día, después de muchos años de vagar solísimo (y aburridísimo) (¿eso ya lo había dicho?) por todos los rincones del faro, recibió una inesperada visita: su medio hermano se había hecho mayor, y venía con intenciones de convertir el lugar en el que había crecido en un hotel singular. Después de tener olvidado al fantasma de Jano en algún vericueto del subconsciente infantil, una ráfaga de viento le había hecho llegar el olor del tabaco de pipa, y con él un fugaz recuerdo de su invisible compañero de correrías costeras. La idea era: alojamiento con cena de almejas, lapas y pescado de roca, pernoctación con tormenta incluida, visita del fantasma, susto grande y desayuno con tila. A Jano le pareció una idea estupenda.

            El negocio, para vuestra información, va viento en popa. Y, después de consultar con el sindicato de fantasmas, el chaval decidió no cobrar por su trabajo de “aterrorizador de fin de semana”. Os preguntaréis por qué, lo lógico es que quien hace una labor que produce un beneficio cobre por ella, ¿verdad? Pues sí, pero nuestro amigo, el fantasma del faro, decidió que era mejor asustar gratis que no tener nadie a quien asustar. Mientras estuvo solo estuvo doblemente muerto: muerto de vivo que estira la pata y muerto de tedio y eternidad. Así, al menos, de viernes a domingo se lo pasaba bien. La vida, aunque fuera en forma de espectro, volvía a ser bonita.

            Si un día os encontráis algún fantasma por ahí, no le chilléis demasiado, pobrecito. Quizá, simplemente, se siente solo. A los de carne y hueso también les pasa…
 

2 comentarios:

  1. Santiago Vazquez, de cuarto milenio, diría que lo que describes es una impregnación del lugar. Pero como no soy yo ese hombre, digo que el cuento es la leche!
    Besos!!!

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  2. Gracias por tu comentario, Jose. Como ves, mis lectores son discretos, casi nunca me comentan nada. Por eso tus chispitas BookCyferinas alegran cualquier cuento... y a cualquier cuentista. Un besete.

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