jueves, 23 de enero de 2014

LA CAJA DE BOMBONES


            La ambulancia llevó a Katia al hospital atravesando la ciudad como una exhalación de ruido y luz naranja. Su cuerpo era demasiado menudo, pesaba poco, y la dosis de tranquilizantes que había tomado era brutal. Tendrían suerte si llegaban a tiempo de salvarle la vida. La había encontrado uno de los empleados de la hamburguesería, alertado por las clientas que no podían entrar al cuarto de baño.

Katia trabajaba allí como camarera; pocos días antes, su novio de toda la vida le había dicho que “quería explorar otras posibilidades”. Estaban juntos desde que casi eran unos niños, no habían tenido más parejas, ni habían ido a ningún sitio el uno sin el otro. “Explorar otras posibilidades”. Estaba con otra, fijo. Katia no dejaba de pensar en ello mientras freía patatas, descongelaba porciones de carne picada y montaba las hamburguesas. Aquella semana hubo varias quejas de clientes: uno tenía pepinillos y había dicho expresamente que no los quería, a otro se le olvidó ponerle el bacon, equivocaba las ensaladas y los refrescos, se quemó con la freidora. No tenía la cabeza en el trabajo, sino en las “otras posibilidades” que estaría explorando él. Al final de la semana, el encargado la llamó al despacho y la despidieron.

No llegó ni a quitarse el uniforme de la hamburguesería. Ya llevaba las pastillas en el bolso desde dos días atrás, pero no se había atrevido; el despido era el empujón que le faltaba, de modo que se encerró en el lavabo y se tomó toda la caja. Tragó los comprimidos, uno tras otro, mientras pensaba en todo lo que la había llevado a aquella situación. Sin él no se sentía capaz de nada, no entendía cómo había podido irse. Ella le cuidaba, le quería, le daba todo. Había hecho de él un completo inútil porque era ella quien compraba, guisaba, limpiaba, planchaba. Él solo tenía que trabajar, al llegar a casa no le faltaba de nada. Se había convertido en su pareja, su madre, su asistenta, su todo. Y, sin embargo, él se había marchado dejándola con el alquiler sin pagar y con media cama de sobra. Ahora, al perder además el trabajo, debería volver a casa de sus padres, derrotada, sin nada. Su madre diría “eso te pasa por no hacerme caso. Si te hubieras casado, él no se habría ido. O al menos te tendría que pasar una pensión”. Una pensión. Solamente dinero para llenar el hueco que un día ocupó el gran amor de su vida. No podía ignorar aquel agujero que sentía dentro. Necesitaba dormir para no pensar. Dormir, dormir, dormir…

Tardó cuatro días en despertar, pero al fin lo hizo. Se echó a llorar. “Mira si soy inútil, ni esto he sido capaz de hacerlo bien”. Vino una enfermera, le puso algo en el gotero y volvió a dormirse. Al despertar de nuevo había junto a ella un hombre de mediana edad, alto y con el pelo corto y entrecano. Un médico, con bata blanca y manos suaves. “Soy Andrés, tu psicólogo”. Claro, lo que faltaba. Katia se dio la vuelta en la cama y no quiso hablar con él. Al día siguiente el doctor volvió con una gran caja de bombones. Se sentó junto a ella, quitó ceremoniosamente el precinto del envase y lo abrió frente a su cara. “Quiero morirme”, reiteró Katia, obstinada. “Bueno, pero al menos date el gusto de comerte un bombón antes”, le invitó Andrés. “No me da la gana”, espetó ella. Andrés, paciente, dejó la caja sobre la mesa y se marchó sin ruido.

El psicólogo volvió de nuevo por la mañana. Cogió la caja de bombones y vio que ella no la había tocado; la acercó a la cama y volvió a ofrecerle: “Ya que aún no te has muerto, toma un bombón. No voy a dejarte en paz hasta que lo hagas”. De mala gana, Katia alargó la mano y cogió uno al azar. Se lo tragó entero, sin saborearlo. “Muy mal”, la reconvino él. “Hay que degustar el chocolate, si no, no tiene sentido el cuidado que ponen en elaborar cada bombón, ¿no crees?” Ella cogió otro, lo mordió y lo saboreó. No era nada del otro jueves, pero no estaba malo. “Coge otro, por favor. Tranquila, te has quedado en el chasis, no se te va a notar. Además, una vez te mates lo mismo dará tu talla de pantalón”. Anticipando el sabor del chocolate, Katia comenzó a salivar. Le apetecía. Eligió uno especialmente bonito: tres colores, una flor sobre él… Literalmente decía: “CÓMEME”. Lo mordió con ganas, y casi vomita. Amargaba como hiel. “¡Qué asco! ¿Qué clase de broma es esta?” gritó, enfadada. “¡Tira a la basura esa caja de bombones! Me has engañado, eres un estafador, no un loquero. ¡Si no tiras eso a la papelera, lo haré yo!”. Andrés, sin perder la compostura, sonrió, cogió un nuevo bombón de la caja y se lo metió en la boca. Cerró los ojos con evidente placer. “¡Mmmmmm! Praliné de avellana y chocolate negro, qué delicia. ¿Quieres otro? Mira, estos de aquí están buenísimos. Y estos. Y estos otros. Estos, algo menos. Habrá algún otro amargo, o puede que no. Los demás valen la pena. ¿Aún quieres que tire la caja solo porque te salió un bombón amargo? ¿No te apetece probar más?”. De mala gana, y solo por quitarse de la boca el horrible sabor que sentía en el fondo de la lengua, Katia alargó la mano y cogió otro. Fresa. Delicado, muy rico. Otro más. Nuez. Impresionante. Decidió tomar un último bombón. Chocolate negro sin azúcar. Amargaba un poco, de modo que cogió otro de los de nuez para que el regusto que le quedase en la boca fuese agradable.

Andrés le acercó a Katia una servilleta para que se limpiase. “Menos mal que no tiré la caja, ¿verdad? Si lo llego a hacer te quedas sin probar el de fresa, el de nueces y todos los demás. Lo que te habrías perdido, ¿eh, golosa? Total, por uno amargo que había, imagínate qué desperdicio”. Katia asintió con la cabeza mientras se quitaba el rastro de chocolate de las comisuras de la boca, y sonrió por primera vez en muchos días. El psicólogo acarició la mejilla de la mujer antes de irse. Ella ya había entendido el mensaje, no hacía falta insistir más.

Mientras se quitaba el disfraz de médico para volver a ponerse el de empleado de la hamburguesería, un trabajo que había obtenido gracias al despido de Katia, Andrés pensó en los años que había pasado estudiando la carrera de psicología para terminar tras el mostrador de un local de comidas rápidas, pero no se sintió mal. Algún día llegaría su oportunidad. Como llega la de todos, antes o después.

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