sábado, 4 de enero de 2014

LA VOZ AUSENTE


            Estaba profundamente enamorado de ella. Hasta los tuétanos, por encima y por debajo de sus mejores calcetines de fiesta, alrededor de su sombrero de los domingos y, por qué no decirlo, también por dentro de sus pantalones de todos los días. Por todos los rincones de su anatomía fatigada y entre cada una de las fibras de la ropa que lo cubría, sentía ese amor.

            Cuando se fijó en ella, únicamente podía verla una vez por semana. Era una estrella inalcanzable, la mujer más hermosa que sus ojos legañosos y llenos de cataratas vieran nunca, pero la serie en la que salía solamente se programaba una noche de cada siete, de modo que vivía con ansiedad seis jornadas por semana, y con auténtico paroxismo la séptima, hasta la hora en que al fin era feliz. A esa hora ella brillaba en la pantalla, con sus gestos femeninos, sus frases ocurrentes y su melena castaña. Su voz estaba algo rota, pero resultaba envolvente y acogedora, como la manta vieja que lo arropaba en el polvoriento sofá cuando se sentaba en él a dejar discurrir la vida.

            Durante todos los minutos en que ella estaba ausente de él, es decir, todos los de la semana excepto sesenta, el otoñal caballero tenía pocas ocupaciones: la partida de dominó de por las tardes en el hogar del jubilado, dar de comer a las palomas del parque desoyendo las protestas de los vecinos, vigilar las obras del barrio para que los jóvenes y no demasiado hábiles trabajadores tuvieran una opinión experta de la que aprender, y poco más. Disponía de demasiado tiempo para pensar en ella, porque estaba demasiado solo. Aplastantemente solo. Terrible, desoladoramente solo. Y el ocaso de la vida, como todos los ocasos, es mucho más hermoso si se contempla en compañía. Por eso, para diluir en parte la sensación de abandono que a veces le invadía, pensaba cada vez más en aquella actriz tan hermosa, y fantaseaba con que era su compañera.

            Comenzó a soñarla cada noche y a hablarle cada mañana; desayunaba contándole sus planes para la jornada, se duchaba dejando la puerta del baño abierta para que ella no se preocupara. Le ponía plato en la mesa, dejaba libre un lado de la cama y ahuecaba esa almohada para que acogiera su linda cabeza. Le daba las buenas noches, los buenos días, y aunque sabía que era una locura, a sus ochenta y muchos aún pudo incluso llegar a sentir, algunas veces, un cosquilleo en el mismo lugar en que antes se le posaba el deseo. E invariablemente, los jueves a las diez y media, la miraba por esa ventana indiscreta que es la televisión, admiraba su delgada anatomía, la línea de sus pómulos, la chispa de sus ojos, y la amaba desde su sofá.

            Una tarde medio muerta de invierno, de pronto, su amor le salió al paso en la pantalla fuera de hora. Un anuncio. ¡Había hecho un anuncio! Entonces… ¡podría verla muchas más veces! Solamente decía una frase, pero… cielos, qué frase. Qué gracia, qué soltura, qué caricia para sus fatigados oídos. Desde ese momento ya no se despegó de la televisión. Se acabaron las palomas, el dominó, la ingeniería de obra pública. Ya no salía siquiera a la calle a respirar, sino que languidecía sentado en el sofá para no perder ni una sola ocasión de verla.

            A finales del siguiente verano el anciano ya había adquirido el color marronáceo de la tapicería y la consistencia de muelles cedidos y espuma derrotada del sofá. Ya sus ojos solamente brillaban los diez segundos del anuncio, y se apagaban de nuevo hasta la siguiente ocasión. Pero el boletín de noticias de aquella sobremesa le reservaba una desagradable nueva: ella, su amada, la más hermosa entre las hermosas, había fallecido la noche anterior. Y el hombre esperó, esperó y esperó, hasta que salió de nuevo el anuncio. No, imposible, estaba igual que siempre, la misma chispa, la misma voz rota, la misma alegría. Pero las revistas le gritaron lo contrario, y hasta la chismosa de la lechería, que sabía de su devoción por la actriz, le dio el pésame. Ya no le quedaba nada. Nada, sino los capítulos repetidos de la serie, programados una y otra vez a todas horas en los canales secundarios del TDT, y el anuncio.

            El anciano enamorado sacó del mueble su mejor coñac. Vació la botella en el fregadero, cogió las llaves, bajó a la calle y caminó, fatigado, hasta la esquina. Acercó el recipiente de vidrio al contenedor de basura orgánica y, con media sonrisa amarga, hizo el gesto de tirarlo y cerró los ojos. Entonces, dentro de su mente de desván con telarañas, la oyó: “O reciclas… ¡o collejas!” Y pensó que, aunque se sentía viudo e infinitamente triste, mientras pudiese repetir ese gesto acudiría a él su voz ausente, y podría mantener la ilusión de no haberla perdido del todo.

            Al fin, resignado y con caminar de pantuflas de suelas despegadas y guata perdida, el hombre, con la botella bajo el brazo, volvió a su casa y se sentó a llorarla en la soledad de su particular anochecer.

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