jueves, 13 de febrero de 2014

CITAS CLANDESTINAS

            Se llamaba Greta, y estaba casada. Lo decía a las claras la alianza que lucía en el anular de su mano izquierda. Era una mujer resuelta y divertida, con una vida diaria poco sorprendente: la casa, los hijos, las actividades extraescolares, los deberes, la comida, la ropa… Cuando los niños dejaron de ser bebés y sus obligaciones le permitieron encontrar un hueco, su mundo interior y sus inquietudes afloraron a la superficie, y se apuntó a una academia de inglés. Quería aprender el idioma para poder soñar un poco más. Quizá nunca consiguiera dinero bastante como para hacer todos esos viajes que deseaba hacer pero, desde luego, si no conocía el idioma de Shakespeare lo suficiente como para hacerse entender, el día en que la fortuna le diera la posibilidad de tomar esos aviones y barcos sería incapaz de desenvolverse por el mundo.
            Se llamaba Toño, y estaba casado. Lo decían a las claras las camisas bien planchadas que solía usar. Era su segundo año en la academia, a la que iba por razones puramente prácticas: con el mercado laboral tan inestable y la espada de Damocles de un ERE siempre sobre su cabeza, algo había que hacer para mejorar el currículum. Además, el futuro no pintaba muy bien, así que tal vez le tocase hacer las maletas, coger a la familia y cruzar algunas fronteras para sobrevivir. Era un hombre honrado, bondadoso y trabajador, siempre dispuesto a ayudar y con una tendencia excesiva a razonarlo todo, a analizarlo todo y a comprenderlo todo. Por eso se quedó tan descolocado cuando la vio entrar y sentarse dos filas de pupitres por delante de él. Le pareció que tenía una sonrisa muy bonita.
            Comenzaron a esperarse uno al otro al terminar la clase de inglés; compartían un par de minutos de charla en el pasillo, y luego él volvía a su trabajo, ella marchaba a recoger a los niños del kárate, y ahí quedaba todo. Pero pronto, sin querer, comenzaron a llegar temprano a la academia, en lugar de hacerlo a la hora justa, para encontrarse y tener un par de minutos más para charlar. No se preguntaban por la vida fuera de aquel pasillo, ni tampoco hablaban de nada excesivamente trascendental: la química no necesita razonamientos, los elementos se encuentran y la reacción se produce, sin más explicaciones. Así, Greta y Toño podían hablar del tiempo o de la última lección aplicada de genitivo sajón, pero sus miradas, las pupilas de uno clavadas en las del otro, sin rubores absurdos propios de la adolescencia ni gestos artificiales, con sinceridad, con seguridad, contaban muchas otras cosas. Cosas que hubiesen sonrojado, de haberse podido traducir a palabras, al más experto de los amantes.
            Los cuatro minutos semanales devinieron en diez antes de entrar y cinco más a la salida, porque estirar ese tiempo les hacía felices. No se sentaban juntos en clase para que nadie sospechase demasiado, pero hacían por llegar cada vez más pronto y marchar un poquito más tarde. Las miradas se intensificaron tanto que comenzaron a saber a poco, y acortaron la distancia entre ambos durante aquellas charlas aparentemente intrascendentes para que sus respectivos perfumes, sándalo y mandarina el de él, bergamota y limón fresco el de ella, se cruzasen y se grabasen en la memoria olfativa del otro. El diálogo telúrico de las miradas sostenidas y los olores enredados en el aire creaba entre los dos una atmósfera excitante y sensual que les hacía sentirse distintos, más jóvenes, más vivos. Y ya no podían esperar a que llegase el día de clase. Necesitaban más, pero no podía ser allí. Había que buscar un sitio.
            Veinte minutos. Eso era lo que él podía escatimarle al trabajo, y eso era lo que ella podía distraer de la casa dejando a los niños en el colegio en cuanto abrían la puerta. Los dos se apresuraban para llegar a la cafetería que había enfrente de la academia de inglés. Allí se sentaban, cada uno con su café delante. Él, galante, le ponía la sacarina. Ella, halagada, le respondía con una sonrisa. Ya casi no hablaban: solamente se miraban. Con intensidad, con deseo, convirtiendo los iris en dedos, las retinas en piel, el parpadeo en caricia, con el vello erizado y la fantasía de los dos desbocada. Y un día, de manera casi instintiva, se cogieron de las manos, izquierda con derecha, derecha con izquierda, las palmas en contacto, los dedos entrelazados, la mandarina con la bergamota, el sándalo y el limón, los ojos abiertos, el pulso galopando, y decidieron no entrar en clase. Tenían una hora, robada a la lengua de los británicos, para saborearse en una cita clandestina. Sesenta minutos en que las sábanas ardieron con el idioma universal del sexo sentido.
            Durante todo aquel año los encuentros se repitieron de vez en cuando, lo justo como para que no se notase demasiado, lo suficiente para mantener la ilusión sin correr excesivos riesgos. A veces se miraban al entrar en clase y se decían tanto con los ojos que hasta les dolía, pero mantenían la compostura, cada uno en su pupitre, soñando despiertos entre los “listening”, los “writing” y los exámenes. Y después volvían a su vida habitual, esperando a la clase de la semana siguiente con la ilusión de dos adolescentes.


            Toño y Greta no tenían miedo a que llegase el verano, y con él, el final del curso. Llevaban quince años casados, y la tontería de saltarse alguna clase para redescubrirse como pareja había sido su tabla de salvación frente al cansancio, la rutina y el desgaste emocional que provocan los niños, el trabajo, los horarios medidos y el exceso de actividades. ¿Habíais pensado que eran dos infieles teniendo una aventura extraconyugal? Ay, qué imaginación tenéis…

2 comentarios:

  1. Brutal! Sí, yo desde luego pensaba, upssss, la cosa está que arde...jajaja y resulta que, toma sorpresa.
    Eres única, chata

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  2. Qué retorcidos somos, ¿verdad? Siempre pensando mal. Pero muchas veces las cosas no son lo que parecen. Un beso, guapa.

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