miércoles, 5 de febrero de 2014

EL GIGANTE


            Nuestra vida es, muchas veces, como un gran muro. Hay personas que pasan junto a él sin siquiera mirarlo. Nos son indiferentes, o les damos igual, según cómo se mire. Hay otros que vienen cargados con paleta, argamasa y ladrillos, y añaden una hilera más a los que ya existían, haciéndonos así más grandes. Otros, simplemente, traen a su perro para que haga pis en una de nuestras esquinas. Hay quien escribe un pensamiento poético con un spray de pintura verde, hay quien nos tira una piedra y nos deja la fea huella de un desconchón, y también hay quien viene después con un saquito de yeso y una llana y tapa el desperfecto, restaurándonos y devolviéndonos la confianza.

            No puedo, desde luego, quejarme de mi propio muro. Mis arquitectos, mis padres, lo construyeron recto, con unos cimientos profundos, limpios y sin humedades. Ellos mismos pusieron muchos de mis ladrillos, y siguen poniendo cuando es necesario. Mis maestros, todos los que he tenido a lo largo de la vida, fueron añadiendo hiladas que me hicieron crecer. En cuanto a la amistad, de todo ha habido, pero he tenido la suerte de que siempre que vino alguien dispuesto a romperme llegó seguido de otro alguien que reparó el boquete dejándome aún mejor de lo que era antes.

A día de hoy, tres grandes puntales me sostienen, uno ancho y fuerte, dos más pequeños, que sé que jamás dejarán que mi pared caiga por muy recio que sople el viento. Contra ellos no hay excavadora que valga, porque contra el amor, cuando es auténtico, no hay bola de demolición que pueda, ni aunque lleve a Miley Cirus desnuda cantando encima. Sigue pasando gente cerca de mí, unos dibujan sobre mi pared una flor o cuelgan de ella una maceta con alegres pensamientos amarillos, y otros aprovechan y se guarecen del temporal, cosa que no me molesta en absoluto mientras quien se refugia a mi abrigo me deje algo bonito, como una manita nueva de pintura blanca o un azulejo de colores. Tampoco sería la primera vez que el cobijado o cobijada de turno se despide dejándome de recuerdo un chicle pegado, pero soy de las que no aprenden, así que no veréis sobre mí, ni alrededor, cristales rotos ni alambradas que impidan a nadie acercarse.

Hace pocos meses llegó junto a mi pared un gigante con nombre de héroe griego. Era muy grande. Mucho. Pero no solamente por fuera, sino también por dentro. Imponía verle con su melena oscura, el poderoso mentón cuadrado recubierto de barba entrecana, las manos grandes, la espalda ancha, los enormes ojos redondos del color de las castañas maduras, alegres y llenos de verdad. Tenía la mirada limpia y la risa pronta, y venía cargado con una nueva hilera de ladrillos, cemento, nivel y plomada: lo necesario para hacerme crecer un poquito más. Así lo hizo, despacito, con mucha paciencia, añadiendo a la argamasa mucho refuerzo positivo, algún chiste, salpicando el trabajo con anécdotas y montones de semicorcheas, recetas de Metronomil Forte en determinados pasajes de mis partituras de saxofonista mediocre, bemoles en el yeso, sostenidos en la paleta. Gracias al trabajo del gigante ahora mi pared es más alta, y también más bonita, porque la dejó llena de claves de sol y pentagramas salpicados de matices.

Ayer, sin embargo, el gigante no estaba alegre. A sus días les faltaban horas y a sus meses días, y no sabía cómo solucionarlo: estaba tan afanado mejorando los muros de los demás que no tenía tiempo para terminar de levantar el suyo propio. El peso sobre sus hombros comenzaba a ser excesivo, y por unos instantes la derrota se llegó a asomar a sus ojos oscuros. Tenía que elegir entre continuar esas otras obras o abandonarlas para rematar la suya, pero no era fácil, porque hoy no hay nada que sea sencillo, y da un poco de miedo tomar decisiones.

Después de pensarlo mucho, mi amigo el gigante ha decidido acabar de construirse a sí mismo. Su pared se terminará, tendrá los más bellos remates, y será la mejor que se haya visto por estas latitudes. Yo estoy segura de que, cuando culmine su propia obra, le van a sobrar tapias nuevas sobre las que trabajar. Poco es lo que yo puedo aportarle, porque el maestro constructor de nuevos músicos es él, no yo, y además, no me gustan las despedidas, aunque sean necesarias. Lo único que puedo poner en ese muro que tanto aprecio es un trocito del mío en forma de cuento, este cuento, para que el gigante sepa que ha elegido bien.

Lo vas a conseguir. Seguro. Buena suerte, maestro.

5 comentarios:

  1. Esto es música en todo su explendor. La música es algo que te llega dentro y hace que el corazón lata al ritmo de las notas.
    Bonita partitura.
    Besos!

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  2. ¡Besos, diablejo! Nos debemos una cerveza, a ver si puede ser pronto. Allá por el 8 de marzo haremos presentación del libro en Tuéjar. ¿Os animáis?

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  3. Que bonito!!!! Tienes esa magia a la hora de contar cosas reales, y convertirlas en historias tan fantásticas como entrañables.
    Me encanta

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  4. Bueno, ya me conoces. Hay realidades que son mucho más hermosas y esperanzadoras cuando están bien contadas. Mi tarea es eso, contarlas bonito. Un beso, rubiales.

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