viernes, 21 de febrero de 2014

EL PODER DE LAS PALABRAS

            Yo no siempre quise ser escritora. De hecho, este oficio no estaba en esa lista de opciones que todos hacemos cuando comenzamos a vernos en la obligación de tomar decisiones algo serias. Yo quería ser músico y cantante, pero ni se me ocurrió plantearlo. No era una profesión decente para una mujer de bien. La idea era darme una carrera seria, de abogada, enfermera o maestra. Pensaron que quizá de esa manera me ganaría mejor la vida, pero yo no lo veía igual, de modo que la batalla de la adolescencia quedó en tablas: no fui músico ni cantante, pero tampoco nada de todo lo demás.
            Durante un tiempo valoré el estudiar periodismo. Menos mal que no lo hice. Después de cinco años de carrera y algún que otro máster, habría acabado en paro. O peor, de tertuliana del corazón, censurada, trabajando para Intereconomía, o mucho peor aún, como Doña Letizia, imagináos, el acabóse. Ahí no estaba mi futuro. Debía buscarlo en otra parte, pero mientras me decidía sobre lo que quería ser me encontré un problema bastante molesto: tenía que comer, y necesitaba un techo bajo el que cobijarme. El tema de labrarme un futuro haciendo algo que realmente amase hacer debía esperar un poco más. Imagino que os suena el argumento, ¿verdad? Creo que eso nos ha pasado a más de uno de los que estamos aquí.
            En el transcurso de estos años, desde aquella lejana etapa de las decisiones que no tomé hasta el día de hoy, en que presumo de tener dos libros con mi firma y mi foto, he sido muchas cosas por obligación, pero ninguna por devoción. He envasado frutas, he cuidado ancianos y disminuidos psíquicos, he administrado, contabilizado, estocado y desestocado, y todos esos trabajos me han enseñado una valiosa lección: que da igual lo buen o mal trabajador que seas en lo que estés haciendo. Lo importante a la hora de triunfar es cómo uses las palabras.
            Empecé a entenderlo con las frutas: “Primera” quería decir “lo que se va para Madrid”. “Segunda” significaba “lo que se vende en Valencia”, y “destrío” lo que no se puede vender en ningún mercado, es decir, lo que podíamos comer los trabajadores del almacén. Cuando venían a por grandes cantidades de naranja de “destrío”, que se acumulaba durante semanas en las cámaras, para llevarla a las fábricas de zumo, la orden era “quitad solamente lo más blanco”. Y eso significaba “si tiene un poco de moho no pasa nada, solamente se tiran las piezas que estén completamente podridas”. La percepción cambia, ¿verdad? Ahí comencé a darme cuenta del verdadero poder de las palabras.
            Continué comprobándolo con los ancianos en la residencia. “Obdulia, vamos a ponerte esta batita tan linda de flores hoy, para que estés guapa”. Y cuando la señora protestaba porque le apetecía más ponerse un traje de chaqueta que un horroroso batín elástico, había que decirle. “Huy, no, que ese está pasadísimo de moda, ya no se lleva. Con la batita, con la batita, como las artistas que salen en el Pronto”. Imagínate que en vez de eso le digo: “Obdulia, vamos a ponerte esta bata hoy, que es la única que te queda limpia. El traje de chaqueta no, que no hay cristiano que te cambie el pañal con una falda tan estrecha”. ¿A que no? Pues eso. No penséis mal, no se trataba de mentirle a la abuelita Obdulia. Simplemente, de usar las palabras correctas para que no se sintiese mal, porque la realidad, lo que es la realidad, ella la conocía igual que la conocía yo.
            La administración y la contabilidad fueron otro cantar. Ahí sí que había que hilar fino con eso de las palabras. “Debido a un transitorio problema de liquidez, le comunicamos que su factura será abonada tan pronto como sea posible”. Si en lugar de eso hubiera dicho “siéntate a esperar, majo, porque vamos a pagarte cuando las ranas críen pelo”, habría tenido un serio problema con mi jefe. Y con el proveedor, claro. Igual que lo de “Rogamos hagan efectiva una transferencia a nuestro nombre a la mayor brevedad. De otro modo, tomaremos en su contra las medidas legales oportunas. Sin otro particular reciba un cordial saludo, bla, bla, bla”. Que, dicho de otro modo, es un “O pagas ya o te denuncio”. Lo del cordial saludo se pone por puro recochineo. Y ya no hablemos del tema “caja B”, “en cash”, “no hagas factura, déjalo en albarán”, y esas cosillas que querían decir “es ilegal y estamos defraudando impuestos, pero dicho así no se nota”.
            Resumiendo: he tardado treinta y muchos años en comprender que las palabras son uno de los elementos más mágicos y poderosos que tenemos a nuestro alcance, y por eso decidí que fueran ellas, al final, las elegidas para escribir mi futuro. He aprendido a jugar con ellas, a colocarlas y recolocarlas, a buscar las olvidadas y olvidar las usuales, dependiendo de lo que quiero expresar con ellas. He desarrollado la capacidad de emplearlas para conseguir en quien las lee el efecto que yo quiero: puedo intrigar, puedo hacer sonreír, puedo emocionar, puedo dar el último empujoncito para que alguien termine de enamorarse de otro alguien, puedo abrir ojos o ponerles una venda, según la historia lo necesite, según me pida el cliente que me acaba de encargar un cuento para regalar, o según me dé a mí la gana, que para eso soy yo la que firmo. No soy escritora porque haya escrito un libro, igual que un alfarero no lo es porque haya hecho un jarrón. Soy escritora porque, en mis manos, las palabras toman forma y consiguen hacer soñar. Y no quiero ya ser otra cosa.
            Por cierto: como buena capricornio y buena leonesa, también soy músico y cantante. Por salirme con la mía, básicamente.


            Gracias por estar ahí para leerme, sois estupendos. Cada uno de vosotros. Estupendos.

4 comentarios:

  1. Me encantó el día que nos la leíste en la presentación, y me vuelve a encantar. Me alegro que te hicieras escritora, no sabes cuanto ;)

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  2. La verdad es que tengo tantas cosas que contar que no sé si me alcanzará el tiempo para contarlas todas... ¡Un beso, Rubiales!!!

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  3. Que razón tienes, el poder de las palabras bien usadas y en el momento justo, puede cambiar hasta el transcurso de una vida...
    Gracias a este escrito que nos leíste en tu presentación, el cual me alegro de haber estado allí, cambió mi percepción de lo que tenía en su mi mente y he llegado hasta esta situación de apoyarte. ¡Quien me iba a decir que fuerza tienen, el poder de las palabras....! Ánimo y no dejes de escribir, me encantas. Un abrazo.

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    1. Mi querido solecillo rodante, las personas como tú sois el tesoro de un escritor: comprendéis lo que queremos decir y os sirve de inspiración para sacar lo mejor de vosotros mismos. Me consta que, en tu caso, hay verdaderas maravillas aún por descubrir, y lo que más me gusta es que voy a estar ahí, cerquita, para ver cómo creces. Un abrazo grande, grande.

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