miércoles, 26 de febrero de 2014

PROMESAS INCUMPLIDAS

            Nacieron como dos, pero se hicieron uno tantos años atrás que ya ni se acordaban. Solo una foto testimonial en blanco y negro (ella de blanco, él de negro, pura redundancia) decía, desde la cómoda, que se unieron en alguna fecha lejana porque antes de ser un todo fueron dos partes. Seguían usando la misma cama, los ronquidos de Jacobo eran el sonajero de Adela, y las continuas recomendaciones de Adela eran lo único que mantenía a Jacobo con los pies en la tierra: si no fuera por aquellos “límpiate, tienes sopa en la barbilla”, “ponte un jersey, que hace relente”, “te toca la pastilla del colesterol” o “trae un paquete de malta cuando vayas a por el pan, que el café te sube la tensión”, si no fuera porque ella estaba pendiente de lo cotidiano en todo momento, Jacobo ya habría perdido la noción de estar vivo.
            Aquella noche, como tantas otras, se prepararon para acostarse. Ella se retiró unos minutos para lavarse y colocarse un discreto pañal; aún contenía, pero le daba horror pensar que cualquier día el sueño, con su capa algodonosa que le nublaba la mente cada vez con más insistencia, le ganaría a su voluntad y mojaría la cama sin darse cuenta. No quería ser una de esas mujeres que huelen a orina mal disimulada con colonia a granel. Se miraba al espejo y se veía tan vieja… Apenas se reconocía, con tanta arruga, las manchas, las bolsas, el pelo blanco, los pechos en el vientre y éste cada vez más cerca de las rodillas que del esternón, pero ese era el precio de vivir, y había que pagarlo. Por él, sin embargo, parecía que no pasaban los años. Seguía estando tan guapo como cuando joven.
Jacobo se había duchado unos minutos antes, no quería ser uno de esos viejos que huelen a grasa rancia y sudor tapado con desodorante y Varón Dandy. Se había quitado los dientes, las gafas y los calcetines, aunque estos últimos con mucho más esfuerzo que de costumbre, y ya estaba tapado, preparado para dormir. Mientras la esperaba, pensaba en qué tipo de ruina se había convertido. Miraba sus remos cada vez más pesados, su crónico despiste, la brillante calva delimitada por una estrecha franja de pelo en las sienes y la nuca. Ya era incapaz de levantar los pies para subir un escalón, así que ni pensar en levantar ninguna cosa más con intención juguetona. En cambio, Adela seguía tan hermosa como siempre, con su coquetería de pintarse, los pendientes puestos en las delicadas orejitas, el toque de laca dominando el remolino de su frente, sus formas bien sujetas bajo la faja.
Terminado su aseo, ella también se tendió, del lado de la ventana, como siempre, y se quedaron mirándose cara a cara, como cada noche, para ser lo último que vieran antes de cerrar los ojos. Al fin, Jacobo, en lugar del “Buenas noches” acostumbrado, musitó: “Lo siento”.
–¿Qué es lo que sientes?
–Todo lo que te prometí que no he podido cumplir.
–No recuerdo que nunca hayas faltado a tu palabra, hombre.
–Pues sí. Te prometí viajes, y nunca hemos podido hacer ninguno más lejos que de aquí al pueblo. Te prometí darte hijos, y resulta que eres tú la que me los has dado a mí. Te prometí la luna, y nunca tuve tiempo de bajártela. Ahora no soy más que un viejo, y no solo no tengo ya cuerpo, sino que acabo de darme cuenta de que tampoco tengo palabra.
–Viejo tonto… La única promesa que recuerdo que me hicieras fue la de quererme, y hasta donde yo sé, la has cumplido. Los hijos se los hemos dado juntos al mundo, nunca fueron del todo nuestros. El mejor viaje que existe, el que ninguna agencia puede ofrecer, ha sido el de vivir todo mi tiempo a tu lado. Y la luna…
–¿Qué pasa con la luna, mujer?
–Pues que no la quise nunca, porque tengo el sol durmiendo conmigo, y con ella seríamos tres. Y eso no es un matrimonio, es una desvergüenza.
Él se echó a reír.
–Vieja tonta… Calla ya, que me harás llorar. Anda, trae los pies, que seguro que los tienes como carámbanos.


Adela, dándole un beso tierno en la mejilla, se calló el hecho de que esa conversación era la misma que tenían todas las noches desde que la demencia llegó a la cabeza de Jacobo. Él no lo recordaría al día siguiente, y seguiría sintiéndose querido, consolado y feliz. Y así quedaron dormidos, una vez más, con la sensación de no haber hecho las cosas mal después de todo.

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