sábado, 8 de marzo de 2014

EL ARCHIPIÉLAGO CEREZA

            Había una vez, en un mar muy lejano, tan lejano que nadie sabe ya ni dónde está, dos islas. Estaban una enfrente de la otra, y eran muy distintas: en la más grande, que estaba llena de vegetación y gozaba de un envidiable paisaje con una montaña, un lago y una playa blanca de fina arena, vivía solamente un gigante. Se creía el único ser sobre la faz de la tierra, casi como un Dios. No echaba de menos tener compañía porque siempre había estado solo, y era orgulloso, soberbio y malhumorado. Por eso, cuando se dio cuenta de que en la isla de enfrente había otros seres, se enfadó mucho: pensó que venían a disputarle su innegable supremacía.
            La otra ínsula era bastante más pequeña; apenas crecían en ella arbustos, no había más agua que la que la lluvia dejaba caer, y el único árbol que se veía en su superficie era un cerezo. Vivían allí un puñado de enanos, tan pequeños que el gigante había tardado años en descubrir su existencia, en parte por su escaso tamaño y en parte porque el grandullón era bastante bruto, torpe y miope. Los enanos eran seres felices y pacíficos, susbsistían comiendo las cerezas de su árbol y no se metían con nadie. Por eso no entendieron por qué el vecino, aquella mole de carne con ojos tan fea y peluda que a veces veían en la playa de la isla de enfrente, se había enfadado y había gritado tanto al reparar en ellos. Ellos no habían hecho nada para merecer aquella ira desatada.
            El gigante arrancó una gran roca de su montaña y la lanzó contra la tierra de los enanos. Erró el tiro, pero los pequeños seres se asustaron mucho. Al día siguiente les tiró otra, y luego otra, y otra más, sin acertar a su objetivo en ninguna ocasión. Poco a poco, la montaña fue disminuyendo su tamaño, y cada una de las rocas lanzadas formó una islita más en los alrededores de aquella en que los enanitos se escondían, llegando a constituir un verdadero archipiélago.
Llegó un día en que algunos de aquellos diminutos hombrecillos se mudaron a las nuevas tierras, plantaron un cerezo en cada una de aquellas rocas, y pronto cada isla tuvo su poblado de enanos y su árbol frutal. El gigante, al verlo, se enfadó muchísimo: su plan de aplastar a los asquerosos seres pequeñajos e invasores no solo no había sido efectivo, sino que les había dado opción a reproducirse y extenderse a su alrededor. Desde su playa blanca les amenazó: “Si en el plazo de un año no os habéis marchado de aquí, arrancaré lo que queda de mi montaña y os aplastaré a todos, arrasaré todo lo que habéis construido y no quedará de vosotros ni el recuerdo. Aunque no os alcance la roca, la ola que formará al caer os barrerá de la faz de mi Mundo, y volveré a ser el único, el Rey de todo lo que alcanza la vista”. Y dicho esto, se fue a dormir.
Los enanos se reunieron en asamblea. Por primera vez en su pacífica existencia se veían obligados a plantar batalla, pero no sabían cómo, con tan escaso tamaño y desde tan lejos, podrían vencer al infame bruto que los amenazaba. Pero no tenían alternativa: el archipiélago era su hogar, y debían defenderlo. Decidieron su plan en asamblea, y todos se pusieron manos a la obra para realizarlo. Con ramas de los arbustos construyeron tirachinas, y dedicaron las noches siguientes, mientras el gigante roncaba ruidosamente en su guarida sintiéndose inmune y a salvo, a bombardear la isla grande con huesos de cereza. “Qué inocentes”, pensaréis. Pues no tanto, amigos: los huesos germinaron, y crecieron cerezos por todos los rincones del lugar. El grandullón no reparó en ello, para él todas las plantas eran iguales.
Al llegar la primavera, justo cuando se iba a cumplir el plazo dado por el malvado ogro, todos los cerezos florecieron a la vez, de un día para otro, cubriendo la isla grande con su manto blanco. El maravilloso espectáculo de la floración liberó tanto polen que el gigante sufrió un violento ataque de alergia; estornudó tan fuerte que cayó al mar, y cada nuevo estornudo lo fue empujando más y más lejos del archipiélago, hasta que se perdió de vista para nunca más regresar. Y al fin, los enanos pudieron volver a vivir en paz sin amenazas. Por eso en el Archipiélago Cereza se celebra la floración anual de los árboles con una gran fiesta.

Por cierto, creo que el gigante ha sido visto por Alaska, el único sitio que encontró en el mundo donde no hay polen de nada. Ya veis, pude matar al villano de esta historia, pero eso de las muertes está muy mal visto en los cuentos, de modo que los enanos me han pedido que lo destierre, y ya está. Y, por supuesto, que no cuente a nadie dónde está el Archipiélago Cereza para que no se les llene aquello de japoneses haciendo fotografías: solo quieren seguir viviendo tranquilos, así que… ¿quién soy yo para estropearles el plan?

4 comentarios:

  1. Con lo sencillo que es vivir tranquilo,, y siempre nos gusta complicarnos la vida con esas actitudes que nos empequeñecen como personas: egoísmo, inconformismo, terquedad, superioridad, etc. Con lo a gusto que vivía aquel ogro y lo echó todo a perder. Buen cuento para niños, pero también para los adultos. Con esta reflexión "los mayores" olvidamos de que deberíamos leer más cuentos y aprender de ellos..

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  2. Pues sí, Alejandro, tienes razón: con un poco de tolerancia se gana un mucho de tranquilidad. Me parece un precio barato para un bien tan precioso. Por cierto, ¡qué gusto contar con tus comentarios! Un beso grande.

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  3. Hola Susana, soy la afortunada que ha resultado ganadora de tu libro, en el sorteo que organizó Bookcy. Ya me llegó, muchas gracias. He intentado quedarme como seguidora, pero no sé que le pasa hoy a google que no me deja, también he pasado por el de Alejandro, que ya sabes que es nuevo en esto, y nada... En fin, lo intentaré luego otra vez. Si te apetece te invito a conocer mi blog y seguimos en contacto. En cuanto tenga la reseña te aviso. Un abrazo.

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    1. ¡Hola, Isabel! Que disfrutes de la lectura. Un beso grande.

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