lunes, 31 de marzo de 2014

EL NARANJO ENAMORADO

            En el momento en que la mujer, sofocada por el inclemente sol de agosto, se sentó a descansar a la sombra de aquel árbol y rompió aguas, el naranjo supo que su vida estaría, indefectiblemente, ligada para siempre a la criatura que había de nacer. Estaba plantado en el jardín de una casa, junto a un limonero y un arbusto de kumquat, por lo que no era raro que ella, que vivía allí desde hacía muchos años, se sentase a leer, a coser o a charlar junto a su tronco. Ella los cuidaba, los podaba, recogía sus frutos y les daba agua, combatía sus enfermedades y se portaba con ellos como una madre; los tres la querían y le entregaban sus frutos con generosidad, pero el naranjo sentía que la mujer le prefería a él por el sabor de sus jugosos trozos de sol y el aroma de sus flores en primavera, y sonreía de manera especial cuando la veía, o cuando la oía cantar trajinando en la casa por alguna de las ventanas entreabiertas.
            Aún el embarazo no había cumplido sus cuentas, y por eso el súbito parto la cogió desprevenida. El líquido amniótico se desparramó de pronto y fue absorbido por la tierra, que lo hizo llegar al naranjo a través de sus raíces. Aquello le convertía en un ser especial, alimentado por el fluido mágico en el que flota la vida; lo que ella iba a alumbrar y árbol serían hermanos, sus destinos se entrelazaron en aquel momento, y no habría manera, ni humana ni vegetal, de romper ese lazo invisible. La partera llegó cuando ya la niña colgaba del pecho de su madre, y el árbol, orgulloso de haberla visto nacer, explotó de alegría produciendo una violenta floración, imposible en aquella época del año, que hizo convivir en sus ramas blancos azahares con la multitud de frutos verdosos que ya crecían en ellas. Tan notable y apreciado fue el regalo floral del árbol, que la mujer le otorgó a su hija el nombre de Azahara.
            La criatura creció en contacto con el naranjo sin saber que él era su protector: la leña de sus ramas, producto de la poda, ardiendo en el hogar, calentaba a la chiquilla y servía como combustible para preparar sus comidas. Sus frutos refrescaban aquella boquita, saciaban su sed y alimentaban su cuerpo, haciendo que creciera sana y fuerte, nutrida por el extra de rayos de sol que él ponía en las naranjas para ella. Cobijó pájaros cada año para que la entretuvieran con sus trinos, dejó colgar de su cuerpo un columpio para divertirla, le dio sombra y cariño, se dejó arrancar hojas para que ella jugase a las cocinitas con sus cazuelas de juguete junto a su tronco. Tanto la amó mientras crecía que, cuando se dio cuenta de que la niña ya no lo era tanto y que de ella brotaba una mujer, no pudo detener sus sentimientos y se enamoró.
            Los años en que ella vivió junto a él fueron los mejores de su vida de árbol. Se esforzó mucho haciendo frutos más dulces, dándole más sombra, más fragancia en las flores, todo para lograr que su amada Azahara le sonriese, acariciase sus hojas y se mantuviese cerca de él, al alcance de sus ramas. Con eso le bastaba, era feliz, porque aunque sabía que jamás podría tenerla, sí podía verla, y así soñarla. De todos modos, en el cuerpo de ella había parte de él, a través de las naranjas que comía, y en el cuerpo de él había también parte de ella desde el día de su apresurado nacimiento. Pasara lo que pasara, eran uno, estaban unidos, y nada los podría separar. O eso pensaba el naranjo.
            Un día de primavera, sin embargo, todo cambió. Llegó aquel muchacho, se sentó con su Azahara bajo las ramas cuajadas de flor de azahar, le habló de amor y la besó. Y después, sin respetar ni un ápice (¿qué podía saber él?) el duelo del árbol ni sus celos, grabó en la corteza de su tronco las iniciales de los dos dentro de un corazón. Al naranjo le habría gustado mover una de sus ramas más grandes para golpearle, pero no pudo. Se tuvo que aguantar las ganas de llorar hasta que los jóvenes amantes se marcharon, y entonces, solo entonces, dejó caer de golpe todas las flores al suelo, desolado por el dolor. Después, se dejó picar por el pulgón de la tristeza, sus hojas se arrugaron y fue languideciendo, plantado en aquel jardín, sin tener ya ilusión por la vida.
            Azahara, alertada por el aspecto enfermo del naranjo, trató de salvarlo. Le dio tratamiento contra la tristeza, ahuyentó los pulgones con venenos y combatió el virus con los medicamentos que le recomendó el botánico, pero sus esfuerzos no parecían dar resultado. Tocaba preocupada las hojas, impotente ante el visible deterioro de su hermano vegetal. “Mi querido naranjo, no te mueras, por favor. Nací junto a tu tronco, he crecido columpiándome y trepando en tus ramas, he comido de tus frutos y gozado de tu sombra cada verano desde que tengo memoria. ¿Quién me dará el azahar para mi ramo de novia? ¿Quién cobijará a los pájaros para que les canten a mis hijos? ¿De dónde sacaré el zumo para que crezcan sanos? ¿Quién, si no estás tú, me dará sombra para leer en verano?” El árbol la oía, pero no podía evitar sentirse herido.
            El limonero, un árbol agrio que nunca decía nada, decidió tomar cartas en el asunto aquella misma noche. No solía meterse en los asuntos de su vecino, pero por una vez se decidió a hablar. Su parlamento fue corto, directo y conciso, como un sorbito del zumo de sus limones, pero sirvió para que el naranjo recapacitase en su actitud y luchase contra la tristeza. “Mira, estúpido”, le dijo. “Yo fui un mandarino excelente hasta que cometí el error de enamorarme de la primera dueña que tuvo esta casa. Cuando comprendí que ella nunca me podría querer del mismo modo, se me agrió el carácter y comencé a dar limones. Y ya ves, no me ha conducido a nada mi actitud, de mis frutos apenas gusta nadie. En cambio tú, que se te beben a tragos largos, si te dejas vencer, además de perderla a ella perderás la vida. Yo, al menos, aderezo sus ensaladas y sus bebidas. Tú serás carne de hacha y pasto de las llamas el próximo invierno, y ahí acabará todo. No habrá más risas, ni pájaros, ni fragancia, ni sol, ni nada. ¡Consuélate! No es el fin del mundo, solo es un desengaño amoroso. No la tendrás a ella, pero tendrás otras muchas cosas a cambio”. Y, dicho esto, volvió a su habitual mutismo dejando al naranjo rumiar su decisión.

            Ayer visité a mi amiga Azahara en su casa. Sus tres adora(terri)bles niños jugaban en el jardín, y no pude evitar hacerle una foto al naranjo, para que veáis las flores que nos ha regalado. Ojalá pudieseis olerlas, su aroma está tan lleno de nuevas ilusiones que se siente uno contagiado de primavera. No siempre la felicidad está en conseguir lo que uno desea, sino en aceptar lo que realmente puede tener y disfrutar de ello. 

2 comentarios:

  1. Mmm bonita historia (como todas las que te leo) y sobre todo esos mensajes que lanzas como hachas jajaja.
    Interesante el inconformismo: o todo o nada. A veces en la vida debemos ser menos egoístas pensando en la felicidad de los demás. No significa que si decides dar libertad, sea la consecuencia de perder a quien amas. Eso sí, no de la forma que uno desease puede estar a tu lado.
    La balanza dice todo o nada, mejor en el medio: equilibrio.
    Besos Susana!!

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    1. ¡Sí señor, equilibrio como clave para la felicidad! Y un buen limonero que nos abra los ojos cuando nos obcecamos persiguiendo imposibles. Un abrazote, Alejandro.

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