jueves, 20 de marzo de 2014

EN EL DESVÁN, DORMIDOS

            Once hijos. Bueno, en realidad fueron catorce, pero tres no sobrevivieron al parto. Se llamaba Socorro, pero los vecinos la llamaban “la coneja”. A ella no le importaba, porque no conocía mayor felicidad que la que le proporcionaba concebir en brazos del amor de su vida, sentir una nueva criatura creciendo en su interior, alumbrarla rodeada de cariño y criarla amarrada a su pecho; sin embargo, una vez rebasaban la frontera de los tres años, dejaban de interesarle. Así pues, los niños iban creciendo ayudados por varias niñeras, porque su madre apenas se ocupaba de los mayores: siempre estaba embarazada o recién parida, y Liborio, su padre… bueno, él era hombre. Criar no era lo suyo.
            Eran una familia acaudalada. Vivían en una casa grande, los niños recibieron todos buena educación, no necesitaban heredar unos la ropa de los otros porque sobraba dinero para que todos pudiesen tener un buen armario. Sin embargo, y pese a no faltarles de nada, los once hijos de Socorro competían por todo: por un puesto en la mesa más cerca del padre, por un cobertor nuevo en la cama mejor que el del hermano siguiente, por una bicicleta más nueva. Los mayores terminaron sus estudios en un tiempo razonable, y se quejaban de los más jóvenes, que estiraban los años de universidad repitiendo un curso tras otro porque era más cómodo seguir en casa, recibiendo dinero sin sudarlo, que tratar de tener una vida propia e independiente. Las chicas de la casa se quejaban de que se favorecía más a los chicos, ellos protestaban porque a ellas se les daban clases de música y pintura para poder casarlas mejor en un futuro…
            Liborio y Socorro no fueron capaces de lograr que sus hijos se llevasen bien. Él se desentendió del todo, y ella no se vio con fuerzas de poner orden: desgastados los huesos de tanto parto y tanta lactancia, desgastados los nervios de tanta pelea y tantos celos, se dio por vencida y ya no intentó mediar en sus luchas, dedicando su tiempo a ir a las cafeterías elegantes con sus amigas y a clases de Pilates en el gimnasio más exclusivo de la ciudad. Al fin, los once hermanos se fueron marchando de casa, unos al extranjero, otros más cerca, pero cada uno por su lado. Ya no hubo más Navidades juntos, ni más reuniones de todos para el cumpleaños de mamá, ni para el día del padre. Si uno iba, el otro se negaba a aparecer, el de más allá lo hacía de mala gana, otro ponía una excusa vaga, otro ni se molestaba en buscar un pretexto, otra se presentaba con todas las joyas que podía cargar para que vieran lo bien que le iba y provocar la envidia de los demás… Al final de su vida, el matrimonio se dio cuenta de que, de once hijos que tenían, solo dos iban a visitarles habitualmente. A otros dos llevaban ya más de quince años sin verlos, tenían nietos a los que no conocían, y la inmensa mesa del comedor ya nunca se veía llena. Les habían dado tantas cosas materiales que solo habían conseguido volverles egoístas; tal vez necesitaron más a su madre y menos a las niñeras, más a su padre y menos a su dinero. Tal vez, solo tal vez, debieron pensar que el tener que competir por cada brizna de su cariño y de su tiempo no iba a hacer de sus hijos mejores personas, sino fieras capaces de morderse entre ellos con tal de quedar por encima de los demás. El matrimonio envejeció y murió sin entender qué es lo que habían hecho mal.
            La penúltima reunión de los once hermanos fue ante el abogado y el notario para recibir la herencia. La casa familiar se puso en venta, ninguno podía pagarla ni quería quedársela. Algunos ni siquiera quisieron entrar en ella para quedarse con algún recuerdo. El abogado sorteó los lotes con los muebles y los principales enseres de la casa; el hermano número 6, Emilio, sacó lo que le había correspondido y lo dejó en el vertedero más cercano. Los demás se llevaron cada uno lo suyo, algunos con intención de venderlo en el rastro al siguiente domingo. A Piedad, la más pequeña, le correspondió el lote llamado “desván”.
            Cuando ella nació, sus hermanos mayores ya se peleaban con saña todo el tiempo. Vivió el llanto de Socorro cuando comprobó que ya no podía tener más hijos, y también el abandono en brazos de las niñeras. Sintió que ser la última era casi una maldición, porque todos la molestaban a ella, pero ella no tenía otro más pequeño a quien molestar, de modo que tuvo que aprender a esquivar las jugarretas, las envidias, los cuchicheos y las continuas discusiones de los demás, y lo hizo escondiéndose precisamente allí, en el desván. Aquello fue su mundo y su refugio durante toda la niñez, y conocía cada trasto almacenado allí, el contenido de cada caja, cada traje guardado, con naftalina en los bolsillos, en el gran armario de siete puertas. Pero ahora, ya casada e independiente, no podía llevarse todo aquello a su casa. Vivía con su marido y sus dos hijos en un piso de la ciudad, de modo que le resultaba imposible, aunque le habría gustado, conservar aquellas cosas entre las que había comenzado a construir su vida. Tenía que elegir, pero ¿cuáles de todos aquellos muebles y objetos eran más valiosos vistos desde los ojos del corazón? Tal vez el gran sillón de orejas donde se sentaba a leer, el majestuoso espejo orlado de madera y pan de oro en el que se miraba mientras jugaba a probarse los sombreros de su madre…
            Seis meses después los once hermanos fueron llamados para cerrar la venta de la casa; al fin había un comprador dispuesto a pagar el precio de la propiedad, y todos tenían que estar presentes para la firma. Finalizado del trámite legal, Piedad entregó a cada uno de sus hermanos un paquete envuelto en papel de seda, y les pidió que no lo abrieran hasta estar cada uno en su casa, ya con el dinero de la herencia en el banco, y con sus parejas y sus hijos junto a ellos. Cada uno de aquellos envoltorios escondía una colcha de retales hecha por ella, la más pequeña de los once. Todos reconocieron trozos del vestido de novia de Socorro, de las toquillas de recién nacido, de la capa española que Liborio usaba en las grandes ocasiones, de los trajes de comunión de todos los hermanos, de los cobertores de cama infantiles, las antiguas cortinas de terciopelo del salón del té, las sábanas bordadas… Pedacitos de la vida de todos, una amalgama de recuerdos que ninguno había sabido apreciar porque estaban demasiado ocupados intentando ser más que el hermano anterior y fastidiar al posterior, incluso cuando ya no necesitaban esa rivalidad porque cada uno tenía su vida hecha fuera de la casa que acababan de vender. En lugar de deshacerse de cuanto contenía aquel armario de siete cuerpos, Piedad se había armado de tijeras, máquina de coser, amor y paciencia para que todos tuvieran un recuerdo igual de una niñez que, más feliz o más sombría, había sentado las bases de lo que eran en la actualidad. Con aquellas colchas quiso hacer un último intento de decirles a sus hermanos que, aunque no fueron los padres perfectos, Liborio y Socorro les dieron la vida y los medios para salir adelante, y que el pasado no se puede cambiar, pero el futuro sí está en nuestras manos. Prendida con un alfiler a cada colcha había una copia de una antigua foto en la que estaban todos, de niños, junto a los padres, y en el dorso había escrito este mensaje: "El amor se crea siempre que hay voluntad de sentirlo. Uno puede vivir amargado recordando una ofensa toda la vida, o puede olvidarla, superarla y volver a anudar un lazo de sangre que nunca debió romperse. Lo dejo en tus manos, como este puñado de retales de nuestra niñez. Te quiero, hermano".


            El egoísmo no lo da el dinero, ni la falta de él. El egoísmo está en el corazón, pero es un mal que se puede curar. Aunque solamente si uno quiere, claro.

4 comentarios:

  1. Impresionante!! Porque por un lado, nos encontramos con que tener hijos es como tener objetos. ¿De qué sirve tener un sin fin de niños si no eres capaz de, cuidarlos y no hablo de lo económico, sino de amor, cariño, verlos crecer, darles una educación, formarlos para su futuro, aconsejarles, estar cuando te necesiten, etc... egoísmo por parte de los dos, puede querer mucho a su Liborio, pero si no es capaz de amar a sus propios "frutos"...
    Por otra parte vemos el resultado del desamparo de sus progenitores por parte de sus hijos, ya que esos padres, ¿qué esperan realmente? que vuelva a casa y les digan: "ayyyyy, cuanto te he echado de menos, cuanto te quiero!!!" Eso es ser cínico e hipócrita. Luego están los mundos opuestos, del que pasa y la que desea unir, para sentir ser una familia... Mucho desamparo para un relato tan corto. Y a la vez tan real...
    Me ha gustado, me has creado similitudes despertando la misma realidad. Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo que es impresionante es comprobar cómo, cuento a cuento, sabes captar la esencia de lo que quiero decir a la perfección. Es un placer tenerte como lector. Un beso, Alejandro.

      Eliminar
  2. Me encantó tu cuento Su. De pronto parece de otra época, de pronto parece actual. Hoy se ve tanto de eso, niños para los que pareciera que les importa solo lo material. Padres que no dan cuenta de ello y que con el paso del tiempo verán el resultado de esa desprotección aparente en la que viven algunos niños. Me hizo reflexionar mucho. Gracias amiga.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti por apreciar tanto mi trabajo, y por comentarlo. ¡Vuestras opiniones me ayudan a mejorar! Un beso grande.

      Eliminar