jueves, 27 de marzo de 2014

LA FIESTA DE LA DESPENSA

            Habían suspendido sus planes de boda ya dos veces. Primero fue por el despido de Jaime, que al quedarse sin trabajo se acobardó. Tardó más de un año en encontrar de nuevo un empleo, y estaba bastante peor pagado que el anterior, pero ya era algo. Su sueldo, junto con el de Isabel, serviría para comprar un piso y formar una familia. Pusieron una nueva fecha, pero el supermercado donde ella trabajaba como cajera redujo la plantilla y la dejó en la calle. Perdieron de nuevo la señal dada al restaurante al anular el enlace, el traje que ella había escogido ya no se compró, pasando a ser “de una colección descatalogada”, y el brillo de la ilusión desapareció de los ojos de los dos.
            Ningún banco les dio una hipoteca con la nómina exigua de Jaime. Isa, mientras tanto, encontró un par de casas en las que limpiar, pero nada más. El tiempo iba pasando, y la idea de casarse se esfumaba en cuanto los dos se sentaban a hacer números: a tanto el comensal, las flores, las fotos, los trajes, los regalitos, la despedida de solteros… Por mucho que restringieran la lista de invitados, la cantidad de dinero era tan grande que resultaba imposible de afrontar. A veces, para que la ilusión no se les muriese, echaban una tarde yendo a visitar restaurantes, mirando menús, y dejándose invitar, de paso, a un refresco, deferencia que los salones de bodas suelen tener para con quienes les visitan con intención de celebrar en sus instalaciones un banquete nupcial. Esas tardes les daban material para soñar un tiempo más, pero a la vez les hacían sentir desconsolados. Jamás llegarían a disponer de tal cantidad de dinero.
            Mientras tanto, los amigos, los primos, los compañeros de Jaime se iban casando, y los comentarios de los otros invitados (fíjate qué maravilla de salón, vaya menú más cutre, me gustan más estas flores que las que puso Fulanita en su boda, dónde va a parar, estos jardines son de cuento de hadas, menuda orquesta más floja, ¿te acuerdas de cuando se casaron Mengano y Menganita? Nos quedamos con tanta hambre que nos tuvimos que ir a un burguer nada más salir de la boda…) les iban poniendo, sin querer, el listón cada vez más alto. Cualquier tipo de celebración que no estuviera a la altura sería blanco de los comentarios de familiares y allegados, y eso era algo que Isabel no quería ni pensar. Le daba pánico ser la comidilla de nadie, y mucho más que las hermanas, cuñadas y primas de su suegra, a cuál más venenosa (parecían una bandada de loros en lugar de las amables parientas que debían ser) sacasen después toda la lista de críticas en las reuniones familiares de los siguientes veinte años.
            Lo hablaron un millón de veces, pero sin llegar a ninguna conclusión. Irse a vivir juntos sin casarse podía contrariar, y mucho, a la familia de Isa, tan tradicionales que resultaban casi anacrónicos. A Jaime le daba igual, pero a ella no. Hacer una ceremonia sin invitados, solamente con los testigos y la familia directa, daría pie a habladurías de todas clases en el pueblo, desde “está preñada” a “no tienen dónde caerse muertos”. Los padres se ofrecieron a pedir un préstamo con que hacer frente a los gastos, pero la pareja se negó: no someterían a las limitadas economías de las dos familias a semejante presión para pagar una fiesta. Al fin, decidieron esperar un poco más, pero los meses pasaban, y se dieron cuenta de que las cosas no se solucionarían por sí solas. Y también notaron que la relación entre ellos corría peligro de estancarse, enfriarse y terminar ahogándose.
            “O nos casamos o rompemos, pero yo ya no puedo más”. Esas fueron las palabras de Jaime, cansado de ver que el tiempo corría y sus sueños de estar con ella, de compartirlo todo y de ser felices se iban difuminando en el tiempo. Isabel, como cada vez que se trataba el tema, se echó a llorar. Y otra vez se fueron cada uno a su casa tristes, con el corazón hecho un nudo y ganas de mandarlo todo a paseo.
            Unos días después de aquella noche, los dos recibieron una invitación. Era una tarjeta de cartulina color sepia, escrita a mano con pluma y tinta, como antaño. El texto era el siguiente: “Por la presente les invitamos a la gran Fiesta de la Despensa que tendrá lugar en el parque del río el día 20 de mayo a las seis de la tarde. La etiqueta del evento es la siguiente: falda y calzado plano para las señoras, nada de corbata para los caballeros. Rogamos máxima puntualidad”. ¿Quién organizaba aquella fiesta? ¿Por qué les habían invitado? ¿O se trataba de una broma? Preguntaron a todos los conocidos y familiares, pero nadie tenía ni idea. La madre de Isabel y el padre de Jaime les animaron a ir. “¿Qué podéis perder? Divertíos un poco, que ya apenas salís. Merendad si os lo ofrecen, bailad si hay música, y olvidáos un poco de los problemas. Os vendrá bien”. Y así fue como, llenos de dudas y un poco extrañados, la pareja se presentó aquella tarde en el parque.
            Al llegar se encontraron una carpa enorme instalada en el césped. Supusieron que la fiesta sería dentro, de modo que, cogidos de la mano, traspasaron el umbral. Y allí estaban todos: los amigos, las dos familias, la bandada de loros… Las mesas estaban dispuestas y todo tenía un aspecto excelente: los centros de flores silvestres recogidos por las invitadas adornaban cada rincón, había velas de todas las formas y colores, rescatadas de cajones y trasteros. Cada uno había preparado algo de comer para compartir, todos trajeron cubiertos y platos de casa, y vinos y cavas aportados por los “invitados” se enfriaban en grandes recipientes llenos de hielo. Todos los asistentes habían recibido la siguiente tarjeta, de cartulina color sepia, escrita a mano con pluma y tintero, como las antiguas: “Está usted invitado a la boda de Isabel y Jaime, que consistirá en una “fiesta de la despensa”. Los requisitos para asistir son: no compre ropa, use un traje que ya tenga en casa de cualquier otra boda. No vaya a la peluquería: péinese usted mismo/a o pídale a una amiga que le arregle, seguro que va a estar usted encantador/a, como siempre. Aporte cuantos platos y cubiertos vaya a necesitar, cuanta comida piense que vaya a comer y un poco más, a ser posible preparada por usted mismo/a. Además, y como regalo para los novios, traiga algo que pueda aportar para llenar por primera vez su despensa de casados: harina, azúcar, latas de conserva, legumbres, mermeladas o lo que crea conveniente. Busque algunas velas que tenga en casa, no importa que ya hayan sido encendidas alguna vez. Corte unas flores de su propio jardín, róbelas de un parque o salga al campo a por ellas; con las mejores haremos un ramo de novia, y el resto servirán para adornar las mesas. Compre, o haga a mano, un par de detalles sencillos de no más de tres euros para intercambiarlos con otros invitados. Sea puntual y no olvide su cámara de fotos. ¡Le esperamos!”
            Allí mismo, tras un biombo, vistieron a Isabel de novia con un vestido alquilado, le prendieron unas flores a la melena y le dieron su ramo, el más especial que ninguna novia hubiera llevado nunca. A él le habían traído uno de sus trajes, acompañado de una original corbata del color de los ojos de Isa, regalo del padre de la novia. El juez de paz también estaba allí, de modo que ¡ya podían empezar! Emocionados y casi sin voz, la pareja se prometió luchar por aquello que casi se va al traste por culpa del trabajo, el dinero y las obligaciones sociales.

            Lo que los invitados no se habían gastado en ropa nueva de ceremonia y peluquería se lo entregaron a los padres de los novios, que alquilaron un apartamento para que el nuevo matrimonio pudiese vivir los primeros meses, y con lo que cada uno llevó a la “fiesta de la despensa” les llenaron los armarios de la cocina con toda clase de alimentos. Hubo música y baile hasta el amanecer, y los dos recién casados supieron que habían tenido la boda más llena de cariño que se pueda imaginar. No hubo críticas a la celebración, es más, quedó en la historia de aquella familia marcada como una de las más originales y divertidas a las que habían asistido nunca. Y ellos, Jaime e Isabel, consiguieron al fin olvidarse de lo que no tiene importancia para poder centrarse en lo realmente importante.

4 comentarios:

  1. Muy original el cuento. Me ha encantado.
    Tan cierto es que a veces nos centramos en cosas que realmente no son importantes y dejams que lo que de verdad queremos se esfume...
    Gracias por este pedazo de cuentp y por hacerme pasar tan buenos ratos leyéndote.
    Besos!

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    1. Ese es el mensaje, amigo diablillo: lo que uno ama está por delante de cualquier otra cosa. Los trenes que van hacia nuestros sueños hay que cogerlos sí o sí, aunque sea de polizones. Un abrazo, compañero.

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  2. Que historia tan bonita,la verdad que me inundaba la pena y el por qué no podía "ganar" el amor, la felicidad...
    Por otra parte, ya sabes Susana que yo le saco punta a todo, nos muestras por un lado el problema de "aparentar" en esta sociedad, muchas veces hipócrita. Anteponemos "el que dirán" a nuestra propia felicidad. Y tendemos a dar valor económico a todo cuento nos rodea: ¿cuánto cuesta nuestro amor?
    Lo dicho, he disfrutado un montón con tu lectura, siempre tan genial no dejes de sorprendernos. BESOS.

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    1. Me gusta ver que el mensaje que yo quiero expresar en mis textos es captado con tanta claridad. Gracias, Alejandro. Un beso grande.

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