sábado, 5 de abril de 2014

LA CREMALLERA

            Desde que el juez dictaminó que la custodia de Elenita debía ser compartida, Elena comenzó una auténtica lucha diaria para evitar que su hija se convirtiese en un ser voluble y caprichoso. Ella tenía muy claros los criterios de educación, pero Arturo, su ex marido y padre de la niña, prefería comprarle cosas y trabajar más horas. El mes que estaba con ella, la niña mejoraba su comportamiento, pero en cuanto se iba con él la cosa cambiaba: pedía, pedía y pedía. Comía a la carta, desequilibrado y mal: precocinados, pizzas, comida rápida. Él no guisaba, todo lo compraba hecho. “No tengo tiempo, he de trabajar”, decía. Así que, cuando Elenita volvía con su madre, cada plato de lentejas, acelgas, menestra o pescado era una guerra, una pataleta llena de gritos, reproches y amargura. “Papá me quiere más que tú, él siempre me da lo que quiero, y tú me obligas a hacer cosas que no me gustan”.
            La niña comenzó a sacar malas notas tan pronto como el colegio empezó a exigir un trabajo serio en casa. Cuando estaba con Arturo, Elenita jugaba a la consola en lugar de hacer los deberes. En casa de su madre, sin embargo, los juegos no salían del armario hasta que todo el trabajo escolar estaba finalizado, y eso también suponía una dura pelea entre madre e hija. “Eres una aburrida, no me dejas jugar. Papá sí que me quiere, él se pone con su ordenador y solo me pide que no le moleste. No me obliga a estudiar, que no sirve de nada porque, ¿ves? ¡Mírate! Con toda tu carrera de magisterio hecha solamente trabajas fregando escaleras y limpiando oficinas. Para terminar como tú, me ahorro el esfuerzo”. Las palabras de Elenita herían a Elena de un modo indescriptible. Sí, era cierto. Ella tenía una carrera y no le había servido para encontrar un trabajo de maestra, pero no por ello iba a permitir que su hija echara por la borda la oportunidad de estudiar. Con los contactos de su padre, que era un “crack” de las operaciones bursátiles, podría tener mejor suerte, pero todos los enchufes del mundo serían inútiles si se quedaba solamente con la enseñanza obligatoria. No tendría nada que ofrecer en ningún mercado laboral.
            La llegada de la adolescencia no mejoró nada las cosas. A Elena no le gustaba ver a su hija con los trece años maquillados hasta la bandera, pero su padre le compraba cuantos cosméticos se le antojaban. Y la ropa… bueno, en casa de él tenía un armario inmenso y repleto de prendas. En casa de su madre, sin embargo, tenía uno mucho más pequeño, por lo que, cuando estaba allí, no podía llevar todo lo que le apetecía. Además, tampoco dejaba que la chica saliera los sábados hasta las tres de la mañana, como le permitía Arturo, sino que la obligaba a recogerse a las diez de la noche y a salir solo un día a la semana. Esto originaba continuas discusiones, cada vez más agrias y violentas, hasta un punto que llegó a ser intolerable. La convivencia entre ambas era una tortura.
            Un día, mientras se vestía para salir de fiesta con sus amigos, a Elenita se le rompió la cremallera de la falda. Tronó su voz en improperios contra la inútil que había confeccionado la prenda, que era nueva, y le lanzó la falda a su madre con una seca orden: “cósemela, llego tarde”. Pero Elena se negó: “cósetela tú, o ponte otra cosa. Ya eres mayorcita como para saber dar unas puntadas cuando hace falta, igual que lo eres para salir sola hasta las tantas y maquillarte”. La reacción de la muchacha ante el capricho no satisfecho fue explosiva: gritos, insultos, golpes a los muebles… Al fin, Elena no vio más salida que propinarle a su hija un sonoro bofetón. Nunca lo había hecho antes y se arrepintió al punto, pero ya no había vuelta atrás. Aquello no era más que el resultado de la diferencia de criterios entre ella y Arturo. No habían sabido hacerlo bien, y ahora Elenita pagaba las consecuencias.
La joven pidió a su padre que iniciara el proceso para quedarse bajo su tutela y no tener que volver a vivir con Elena más que dos fines de semana al mes. Pero Elena sabía que Arturo no iba a cambiar su modo de vida para estar con la niña y educarla como es debido, de modo que ella también demandó a su ex para quedarse la custodia. Cuando Elenita se enteró montó en cólera, amenazó a su madre con suicidarse si la obligaba a vivir siempre con ella. Arturo, como de costumbre, se fue a trabajar y lo dejó todo en manos del juez y de una nueva canguro.
El juez asignado al caso estaba cansado de ver familias rotas con los niños perdidos en medio de dos adultos que no supieron mirar por sus hijos lo suficiente, de modo que, tras las entrevistas y la revisión del expediente, citó a los tres implicados, se encerró con Elenita en su despacho y le pidió su opinión. “Quiero irme con mi padre. Mi madre es una tirana frustrada que solo sabe prohibirme cosas. Papá es guay”. El juez, imperturbable, apretó el botón del interfono y dijo: “Por favor, que Ashma me traiga un descafeinado con leche”.
Ashma entró con la bandeja del café para el juez. Era una muchacha joven, tal vez tuviera los dieciocho años recién cumplidos, y llevaba una larga melena negra recogida en una trenza y un punto rojo en medio de la frente. Sus rasgos eran claramente indios. El magistrado la hizo sentarse junto a Elenita y, mientras se ponía el azúcar en la taza, le explicó. “Mira, Elena. Esta es Ashma, vino a España cuando tenía trece años, los mismos que tienes ahora tú. Te la presento porque he visto en el expediente de tu caso el incidente de la cremallera, ese en el que tú dices que tu madre te agredió físicamente y que por eso hay que quitarle tu custodia, ese que hace que te sientas maltratada. Pues bien: Ashma puede ayudarte enseñándote a coserte esa cremallera, acabando así con el maltrato a que te somete tu madre y resolviendo la demanda”. Elenita lo miraba sin comprender. “Usted no me ha entendido. He dicho que ella me maltrata todo el tiempo, no solo fue el bofetón. Me quita mi libertad, me obliga a limpiar en casa, a estudiar, a madrugar para ir a clases que no me sirven para nada. No me compra la ropa que necesito, me critica si me pinto, no le gustan mis amigos y trata de impedir que salga con ellos. Mi padre sí que me entiende, por eso quiero ir con él”.
El juez, imperturbable, tomó un sorbo de su café. “Ashma vino a España huyendo de su familia. Llevaba desde los ocho años trabajando en una de las fábricas donde se confecciona la ropa que llena tu armario. Esa cremallera que tanto enfado te causó la cosió otra niña como ella. Menos mal que su encargado no vio que estaba mal rematada, porque habría azotado con un cable a la pequeña responsable del error; de hecho, Ashma aún tiene cicatrices en la espalda de los golpes que recibía. Trabajaba dieciséis horas diarias cosiendo, y su jornal era de menos de diez euros al mes, lo que tú te gastas en refrescos cada sábado que sales. No sabía leer ni escribir, nunca se contempló la posibilidad de mandarla a la escuela. A los trece años pactaron su matrimonio con un hombre de cincuenta al que ella ni siquiera conocía. Por eso huyó, fue recogida por una ONG y vino aquí. Ella puede enseñarte a coser la cremallera porque ha cosido miles. Ella sí ha sido maltratada, sí tuvo razones para no vivir con sus padres”.
El juez dio a Elenita una semana para pensar. Una semana viviendo en el piso tutelado donde vivía Ashma, siendo su sombra. Fue con ella a la escuela, a la empresa de limpieza donde trabajaba por las tardes, estudió con ella. Tuvo que ordenar su habitación y asear las zonas comunes del piso, hacer su colada y su comida, dispuso del dinero justo para comer y de no más ropa que la que cabe en una pequeña bolsa de deporte. Una semana. Después, la niña habló con su padre y trataron de retirar la demanda. Pero ya era tarde: el juez vio que Arturo hacía cualquier cosa que su hija le pidiese aunque no resultara conveniente, y decidió que la custodia total fuese para Elena, la única capaz de enderezar aquel arbolillo que tanto se había llegado a torcer.

No fue fácil, pero fue lo mejor. Ahora, Elena hija es un proyecto de mujer mucho más sólido. Ahora sabe que la diferencia entre una vida y otra, entre una actitud y otra, entre un mundo y otro, puede estar en una simple cremallera.

2 comentarios:

  1. Hola Susana, como te gusta estirarme de la lengua sin parar...
    El problema de Elenita, radica en la educación que recibe. Si un niño crece sin educación, sin valores, sin respeto, etc., es normal que cuando crece imponga su propia ley. Por desgracia, esto ocurre muy a menudo y no hace falta que los matrimonios se separen. Sólo con que una pareja ya no esté de acuerdo, viene ya el desorden psicológico para el niño, ya que esté se volcará hacia el progenitor que más le favorezca. Es una realidad que se multiplicando en nuestra sociedad. Tener hijos es fácil, lo difícil es cuidarlos, protegerlos, alimentarlos, amarlos, sí, amarlos... Cuando una pareja desee tener hijos debería ir directamente a este paso...
    Un beso Susana.

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    1. Alejandro, ya sé a quién acudir cuando necesite un psicólogo...
      ¡Un beso, Sobreruedas!!

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