martes, 15 de abril de 2014

REGALOS INESPERADOS

            Cuando cumplimos años, aunque digamos que no queremos ni necesitamos nada, no es sorprendente que alguien se destape con un regalo. Será de más o menos envergadura y precio dependiendo de la situación económica o de la necesidad que el que nos regala tenga de agradarnos; siempre he pensado que lo que uno se gasta en un regalo no depende nada (o casi nada) de cuánto afecto sintamos por el destinatario del obsequio. Tiene más que ver con la ilusión que le vaya a hacer, lo necesario que le resulte el objeto que le vamos a regalar… o el grado de enfado que queramos suavizar.
            No es raro, como decía al principio, recibir algún regalo en nuestro cumpleaños. Tampoco es extraño si es nuestro santo, el día de la madre o el padre (los que lo sean), Navidad, aniversarios de boda (antes del divorcio y con oportunos recordatorios en los días previos, por si las moscas y los despistes) y similares. Otra ocasión en que es frecuente recibir óbolos múltiples es cuando uno está recién enamorado y la pareja o parejo es detallista; en esa época hermosa en que uno todo lo ve rosa y maravilloso, si él es como uno que yo me sé y ella es como una que yo conozco los detalles van y vienen con la fluidez de las rinitis alérgicas en primavera. Y no voy a dar nombres. Pero lo que sí es francamente raro es que, sin venir a cuento, sin motivo aparente, sin haber fecha en rojo en el calendario, a una le pongan en las manos un regalo increíble y precioso. Y precisamente eso es lo que me ha pasado hoy.
            Suelo salir a pasear a mi chucho mestizo por una zona de campos por la que puede correr con cierta libertad. Se mete entre los naranjos a hacer volar los pájaros, se baña en las acequias de riego y hace sus cosas en donde no molesta a nadie. Y yo aprovecho para hacer algo de ejercicio, pensar y escuchar música, hacer alguna foto o imaginar un nuevo cuento, a saber, según el día. Hoy era uno de esos en los que caminaba absolutamente distraída con los auriculares puestos y Pedro Guerra cantándome al oído; una de las acequias del borde del camino llevaba agua, y allá se zambulló mi perruno compañero para refrescarse. Nada raro. Pero me detuve porque chapoteaba más de la cuenta; lo normal es que se tire al agua y salga corriendo por dentro del cauce salpicando todo a su paso con la lengua fuera y cara de disfrute loco, no que se pare y se ponga a gorrinear. ¿Qué hacía revolviendo en el agua? Me costó verlo, no se distinguía bien entre el barro y los matojos. Parecía un conejito, aunque era difícil precisarlo porque apenas podía ver más que una bola marrón de enormes ojos asustados arrastrándose por el borde del agua intentando huir del perro. Y mi chucho, que es medio podenco y por tanto tiene algo de cazador, trataba de atraparlo con auténtica afición.
            Lejos de permitir la caza del indefenso gazapo, le pegué un berrido al perro que lo detuvo en seco; agachó las orejas dudando si obedecer a su ama o a su instinto, y optó por lo segundo. Ya lo tenía en la boca cuando recibió un berrido más serio, de modo que abrió las fauces, soltó al orejillas y salió de la acequia con el rabo entre las patas. El pobre conejo apenas avanzaba ya entre el barro y el agua, medio ahogado, muerto de miedo y posiblemente herido. Intenté cogerlo desde el borde, pero no alcanzaba. ¿Qué podía hacer? Tenía que elegir: dejarlo ahí hasta que lo encontrase el siguiente perro que pasara o para que se ahogase en el barro o meterme en la acequia a rescatarlo. Tal vez mi chucho le había roto algún hueso y no pudiera salvarse de todos modos, y además, si me metía a por él, tendría que volver a casa los cuatro kilómetros de camino que me quedaban con los pies encharcados y sucia de barro hasta media pierna.
            Chof. Preferí el fango a la mala conciencia y me tiré al canal. El conejo ya no se molestó apenas en huir de mí, pero mi perro pensó que era un regalo para él y trató de cogerlo de nuevo. Yo lo saqué, lo dejé en el campo, pero el pobre bicho no se movía ni para esconderse de tan asustado y lleno de tierra que estaba. No podía dejarle allí, era presa segura.
No lo pensé y me lo llevé a casa. Podéis imaginar el camino de vuelta: mojada, sucia, con el gazapo en una mano contra el pecho, apartando a mi podenco con la otra para que no me lo arrebatase en un descuido y lo convirtiese en su juguete (porque chicha para comer tenía poca). Y como no me había quitado siquiera los auriculares y no tenía más manos libres, Pedro Guerra seguía cantándome al oído mientras yo trataba de proteger aquella pequeña croqueta marrón de enormes ojos. La primavera acababa de hacerme un precioso e inesperado regalo. No, malpensados, no recibí como presente al conejo, sino la oportunidad de salvar una diminuta vida peluda. Eso sí es un regalo. De los grandes.
Después de limpiarlo para librarlo de su rebozo fangoso, dedujimos por el tamaño de las orejas y de las patas que no era gazapo, sino lebrato. No le vimos heridas ni fracturas aparentes, cosa que me alegró mucho porque significa que aún tiene una oportunidad. Y le bautizamos como Rambo, que es el nombre por antonomasia de los supervivientes natos. Mañana en cuanto amanezca volverá al campo, a ver si su mamá lo encuentra y lo acepta. Si consigue superar la infancia será una liebre feliz. Y si por desgracia ha de morir, que lo haga libre, en el lugar en el que nació, entre la hierba y el olor de los naranjos vecinos, y no en una jaula doméstica.
Lo más difícil de todo este asunto va a ser convencer a mi hija pequeña de que devolver a Rambo a su sitio es la mejor opción, porque ella se lo quiere quedar. Pero tiene que aprender que poseer no es la mejor manera de amar. Que dar la libertad a quien nunca debió perderla es una obligación, y proteger y respetar las vidas de los seres con los que nos encontramos en el camino del devenir cotidiano es lo que nos permite dormir tranquilos. Las lágrimas que derramará mañana al despedirse de Rambo son una inversión de futuro, porque el aprendizaje que le van a proporcionar le evitará muchos dilemas cuando sea mayor.


¿Habéis visto qué regalo más bonito? Por cosas así vale la pena mojarse. Espero vivir siempre rodeada de gente que se moje como yo.

2 comentarios:

  1. Vaya, eso si que es una gran aventura, una hazaña. El universo, la vida, el destino, el azar o como quiera que cada uno lo denomine nos sorprende muchas veces a lo largo de nuestra vida... De ahí el como reacciona cada individuo. Lo más duro es tu justa elección, que es devolverlo a su hábitat. No obstante, siempre afloran los apegos, el cariño, y el deseo de sobre-protección.
    Sobre el regalo, te lo acabas de dar a ti misma, tenías dos elecciones dejarlo a su suerte o rescatarlo y sanarlo en su caso; para descubrir y aflorar tus verdaderos sentimientos, tu bondad, y que estás en armonía con el mundo que te rodea.
    Esto me hace reflexionar a su vez que: tengo la gran suerte de conocerte y poder compartir contigo...; eso sí que es otro buen regalo.
    Un enorme abrazo.

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    1. Todas las vidas son valiosas, mi solecillo rodante. Todas nos dan algo cuando entran en contacto con la nuestra. Para mí también es una suerte contar contigo.
      Un abrazo.

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