lunes, 5 de mayo de 2014

EL LADRÓN DE TEJAS

            La antigua cárcel quedó por fin vacía, abandonada. Había sido construida fuera de la ciudad casi un siglo atrás, pero el crecimiento de los barrios de la periferia, la emigración de las gentes de los pueblos hacia la capital y el nuevo plan de ordenación urbana habían hecho que, poco a poco, el enorme edificio se fuera viendo rodeado de fincas de viviendas y vecinos.
Desde los balcones, ventanas y azoteas de todas las manzanas de casas colindantes se podía ver la vida de los internos en el patio cuando salían a sus ratos de deporte o recreo. Las mujeres de algunos de ellos se colaban en los portales de aquellas fincas de vecinos para subir a las azoteas y desde allí, a voz en cuello, hablar con sus maridos fuera de las horas de visita de la prisión. De paso, si alguna vecina incauta había tendido a secar su ropa, le distraían de la cuerda algún pantalón, una manta o lo que les pudiera servir. A veces, una pelota de frontón salía despedida desde dentro del muro perimetral de la cárcel; si algún niño, jugando en la calle, la encontraba y la cogía, era inmediatamente interceptado por uno de los hombres malencarados que siempre merodeaban por allí. Dentro de aquellas pelotas aparentemente inocentes había dinero, el pago de alguna otra pelota parecida y aparentemente igual de inocente que, un rato antes, había seguido el proceso inverso, es decir, había entrado lanzada desde la calle, llena de heroína.
Con el tiempo se fue haciendo evidente que la convivencia del penal con el barrio era cada vez más insostenible, y que la cárcel debía eliminarse. No era agradable para nadie ver siempre los guardias armados en las garitas y maleantes y gentes de dudosa procedencia e intenciones siempre rondando los alrededores. Al fin, se tomó la decisión de construir un nuevo centro, moderno y bien equipado, alejado de la capital y de cualquier otro núcleo de población; una vez la nueva cárcel estuvo terminada, trasladaron a los presos, vaciaron la vieja prisión y la abandonaron.
No hubo okupas en ella porque nadie quería refugiarse entre aquellos muros llenos de connotaciones negativas. Las paredes y los barrotes hablaban de delincuencia, de sufrimiento, drogas, violencias, tristezas, justicias mal aplicadas, inocentes encerrados y culpables excarcelados demasiado pronto, sueños de familias lejanas, reinserciones lejanas, curaciones lejanas. Sueños rotos y enrejados, esperanzas vigiladas, libertades relativas, comidas incomibles, cucarachas, ratones, contrabandos, favores, corrupciones, restricciones… ¿Quién iba a querer dormir allí? Era mejor hacerlo en el banco de un parque, sin más límites que el cielo estrellado. Pero el interior de la cárcel muerta sí era visitado, con nocturnidad y alevosía, por los buitres y las ratas de las ciudades: los ladrones de chatarra. A trozos, madrugada a madrugada, se fueron llevando cuanto pudieron vender: somieres de los camastros, barrotes de las celdas, mesas, sillas, puertas roñosas de las taquillas de los presos, cobre de los cables, grifos… Igual que los gusanos devoran los cadáveres, los despojadores se fueron comiendo la cárcel por dentro ante la pasividad de las autoridades, para las que era mucho más rentable dejar arruinarse el edificio que rehabilitarlo para hacer, como proponían los vecinos, un centro social, una biblioteca, salas para usos culturales y sedes para las asociaciones deportivas del barrio. Dejándola caer podrían enterrar toda su historia en millones pagados por algún gran constructor de traje y corbata, uno de esos que en justicia deberían ocupar una celda carcelaria porque corrompen todo lo que tocan con su dinero de ladrillo, hipoteca y privaciones ajenas, y propiciar que aquello fuera convertido en un complejo de viviendas de lujo con piscina comunitaria.
Con el paso de los meses, la cárcel fue quedándose en el chasis de los muros. Todo lo metálico le fue arrancado. Pero lo curioso es que, además, poco a poco iban desapareciendo también las tejas de la cúpula central. Eran de color azul cobalto, y brillaban al sol de mediodía como rectangulares joyas, pero… ¿qué valor podían tener para que alguien se tomase tantas molestias en retirarlas? Sin andamio alguno, sin arneses de seguridad, jugándose el pellejo, el ladrón de tejas se llevaba unas pocas cada vez que visitaba el lugar, y no descansó hasta quitarlas todas, dejando el esqueleto de la cúpula al aire.
Me quedé muchas noches en el balcón intentando verle. Yo vivía enfrente del muro oeste, y la curiosidad me estaba matando: ¿para qué querría las tejas aquel singular ladrón? Al fin, una madrugada, le vi salir con su saco al hombro. Bajé corriendo las escaleras y, antes de que lograse escabullirse por una de las calles adyacentes, le abordé para preguntarle. Era un hombrecillo delgado, encorvado y de más de sesenta años. Su calva brillaba bajo la luna. No parecía un ladrón, ni mucho menos alguien lo suficientemente ágil como para caminar por los tejados de la cárcel para trepar a la cúpula y arrancar las tejas. Pero sus manos llenas de grietas, cortes y restos de argamasa le delataban. “No he de dejar ni una sola teja azul en este lugar”, susurró mientras se marchaba. Me dejó tan intrigada que lo estuve esperando cada noche durante toda la semana siguiente, hasta que lo volví a ver.
“Por favor, no se vaya, no voy a denunciarle”, le rogué. “Cuénteme la historia de estas tejas, no me deje con la intriga. Nadie se molesta tanto por nada si no tiene una buena razón. Por favor…” Aquel hombre me miró dubitativo. Al fin, sacó un papel arrugado y un lápiz de carpintero de su bolsillo trasero, garabateó una dirección y me la dio. Sin siquiera despedirse, volvió a desaparecer.
Al día siguiente me dirigí al lugar indicado: era una casa de pueblo, en un municipio situado a más de una hora en coche de la ciudad. El tejado estaba siendo renovado por el ladrón de tejas, y lo hacía, como ya habréis supuesto, con el producto de su expolio penitenciario. Había construido en la cubierta grandes tragaluces mirando al cielo, y andaba sustituyendo las antiguas morunas rojas, mohosas y rotas algunas, por las que traía en el saco de sus excursiones nocturnas. “Lo hago porque soy un sentimental incorregible”, me dijo desde la puerta. “Estuve allí dieciséis años. Dieciséis largos años encerrado en esa prisión sin poder ver el cielo por las noches. Dieciséis navidades, dieciséis veranos, dieciséis primaveras durante las que mis hijos crecieron sin tenerme, durante los que mi mujer me lanzaba bolas de papel desde las azoteas vecinas con mensajes escritos pidiéndome que no perdiera la esperanza. Dieciséis años desperdiciados soñando con agujerear esa cúpula para poder ver las estrellas desde mi camastro. No podía perder la oportunidad de cumplir ese deseo. Por eso, cuando me enteré de que habían abandonado la prisión, quise romper por fin ese maldito tejado, pero durante mi vida he aprendido que hay dos maneras de cumplir los objetivos que uno mismo se marca: una ciega y estúpida, y otra inteligente y provechosa. Romper como venganza me hubiese satisfecho un rato nada más. Colocar esas tejas en mi casa rodeando hermosos ventanales orientados al cielo me satisfará todas las noches del resto de mi existencia. ¿Comprendes?”
Aquellos trozos de barro cocido y esmaltado en color azul cobalto eran el marco con que orlar su libertad. Me pareció suficiente razón como para hurtarlas de su sitio original, dado que, de no cogerlas él, habrían terminado en algún vertedero de materiales inertes. Para aquel hombre su valor era incalculable. Solo le hice una pregunta más. “¿Qué fue lo que le llevó a la cárcel?” Su respuesta me hizo sonreír.

“Antes te dije que había dos formas de cumplir los objetivos que uno mismo se marca. Me condenaron por conocer solo la primera”.

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