viernes, 16 de mayo de 2014

OFELIA, LA FERROVIARIA

            Ofelia era hija de un maquinista de tren. Desde pequeña, una de sus mayores aficiones había sido la de ir en la máquina junto a su padre, y verle conducir aquella enorme locomotora de hierro que echaba humo de una manera endemoniada, pero que corría sobre sus raíles metálicos con su cantarín chá-chá, chá-chá regalándole largos ratos de contacto con uno de los seres que más amaba en el mundo: papá. Papá, el héroe tiznado que llevaba y traía viajeros entre León y Santander atravesando las montañas. Papá, el súper-hombre cuyo tren avanzaba desafiando a la lluvia, al barro, a las nieblas, a lo que hiciera falta con tal de llegar puntual a su estación.
            Ofelia creció, se casó y tuvo tres preciosas hijas, tres criaturas llenas de curiosidad que ya no tuvieron la oportunidad de vivir un viaje en locomotora a vapor: el abuelito fue jubilado junto con los antiguos trenes cuyas calderas se alimentaban con carbón. “Es la modernidad, hija mía”, decía él. “Lo viejo sobra, igual da que sea máquina o persona. Estoy en vía muerta, solo sirvo para el desguace”. Cuando le oía hablar así, Ofelia se entristecía mucho. Hacía ya años que sabía que su padre no era un súper-héroe como creyó de niña, pero fue bueno, cariñoso y trabajador, y le dolía verle tan decaído. Las tres nietas, cuando le veían triste, le pedían que las llevara a visitar el museo del ferrocarril; allí le pedían que les contase todo sobre los antiguos trenes que conocía tan bien, y eran los únicos ratos en que a él le brillaban los ojos. Las niñas se sabían de memoria todas las historias ferroviarias del abuelo, pero seguían pidiéndole que las contase de nuevo con tal de que su tristeza se fuera a paseo por un rato.
            Un buen día, en concreto un jueves, el marido de Ofelia, viajante de calzado, salió a por tabaco y ya nunca más le volvieron a ver el pelo. Se llevó el coche, el muestrario de zapatos, todo el dinero que habían ahorrado y los calzoncillos de los domingos. Ofelia tardó meses en darse cuenta de que él jamás volvería; pasado ese tiempo, la rabia, la tristeza y la indignación, el coraje de ver a sus hijas abandonadas por su padre y la infinita humillación de verse burlada por aquel a quien un día amó se tornaron en desesperación: ¿qué iban a hacer? ¿De qué iban a vivir? Ella no tenía más oficio que la casa, se había casado tan joven… Además, en aquellos tiempos las mujeres podían ejercer pocos oficios. La mayoría eran costureras, chachas, taquígrafas, o ayudaban a sus maridos en los negocios de ellos. Ella no sabía costura ni mecanografía, e irse como “muchacha” a trabajar a una casa rica suponía tener que dejar a sus hijas en alguna inclusa. Además, ¿quién cuidaría del abuelo? No, imposible. Pero, ¿qué otra opción le quedaba?
            “Papá, necesito que me ayudes”, le dijo. Llevaba en la mano una partida de nacimiento a medio rellenar: la suya. Era falsa, claro. Vendió la medalla de la Bien Aparecida que guardaba como recuerdo de su madre para pagarle al fulano que traficaba con la documentación. Los hijos de los ferroviarios tenían prioridad para entrar a trabajar en el oficio, pero solamente si eran varones. Ella se había criado entre los trenes, estaba familiarizada con las estaciones, los horarios, los cambios de agujas, las señales. “Si pude aprender a conducir contigo una locomotora a vapor, más fácil será aprender el manejo de las modernas. Pero solo puedo entrar si soy varón. Necesito que firmes que tu hijo, yo, soy Óscar, y no Ofelia. Es mi única oportunidad”. Su plan era disfrazarse de hombre para poder trabajar como maquinista y sacar así adelante a sus hijas dignamente. Era una trampa, una gran mentira, pero no se le ocurrió mejor salida a su situación.
            El abuelito la miró como si estuviera viendo un marciano. ¿Qué era lo que le estaba pidiendo su hija? No, ni hablar, eso no estaba bien. Era hacer trampas, mentir, engañar. Y además, el mundo de los trenes era un mundo de hombres. Aunque… en fin, prefería verla conduciendo un tren vestida de varón que fregando la porquería de nadie por cien pesetas al mes. Prefería saber que contaba un salario digno que diera oportunidad a las niñas de crecer sin que nada les faltase, antes que verla como veía a otras, viudas o abandonadas, limpiando escaleras por el día y cosiendo ropa ajena por las noches, sin más vida que arañar pesetas de todas las formas posibles para poder llegar a fin de mes, con las manos deshechas por las lejías y las agujas. Además, ella sabía, a fuerza de oírle y de acompañarle, mucho más de ferrocarriles que cualquier otra persona que conociera. ¿No era el de fregona un trabajo infinitamente más duro que el de maquinista?

            Firmó. Y no solo firmó, sino que se presentó con Ofelia vestida de hombre en la oficina central del ferrocarril para pedir el ingreso de su “hijo” como trabajador de la casa. Y no sintió remordimiento alguno, porque pensó que, cuando las normas no son justas, a veces hay que burlarlas para sobrevivir. Y de paso demostró a su hija, y a sus nietas, que sí era un súper-hombre, que seguía siendo el héroe tiznado que Ofelia veía de niña, aunque ahora no pareciese más que un viejo cansado al que solo le brillaban los ojos al hablar de trenes.

4 comentarios:

  1. Hola Susana... ya te echaba de menos, jeje...
    Vaya tenemos una historia aquí con la dura aceptación que te da la vida. En esa época era mucho más difícil aceptar un cambio de sexo en un/a hijo/a. Pero ese "abuelo" siempre tuvo claro dos cosas: el amor por su trabajo y su familia. Aunque la más perjudicada fue Ofelia. La mujer siempre se lleva las batallas más duras, pero demuestra coraje al tirar hacia adelante bajo unos "sueños" de niña.

    Besos.

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  2. Yo también te echaba de menos, solecillo rodante. Así es, las mujeres y los niños solamente eran los primeros en un naufragio. En el resto de aspectos, suele ser cosa de las mujeres inventarse los salvavidas para evitar ir al fondo. Menos mal que cada vez somos más conscientes de lo que valemos, mejorando lo presente, porque también hay hombres, y muchos, cuyo valor es impresionante. Lo malo es que a menudo destacan y trepan los que menos lo merecen, pero bueno, eso es otra historia. ¡Un abrazo, Sobrerruedas!!

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  3. Hermosa historia Susana, ese abuelo me tocó el corazón. Se parece a tantos abuelos... y hoy la vida es muy distinta, las mujeres tienen oportunidades de desarrollarse en la carrera que elijen. Pero... allí estamos los abuelos para ocuparnos de dar amor a los niños. Tengo uno en casa, es mi marido Miguel. Besitossss

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    1. Pues disfrútalo mucho, Laura. Un beso, y otro para Miguel.

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