jueves, 5 de junio de 2014

MÁS ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: AURELIANO Y GENEROSA

            Las apariencias engañan mucho a veces. Pero mucho, mucho. En aquellos años en que me dediqué al cuidado de ancianos en una residencia pude darme cuenta de lo falsas que pueden ser las primeras impresiones. Durante ese tiempo conocí ángeles, tiranos, tiernas abuelitas que te inflaban a pellizcos en cuanto podían, abuelos gruñones cuya brusquedad escondía un enorme corazón falto de cariño y un sinfín de demencias, trastornos, consecuencias de malas vidas llevadas o padecidas, explosiones presentes de carencias pasadas. Todo un catálogo de psicología se podía elaborar en un centro geriátrico como aquel, que albergaba poco más de ciento cincuenta internos.
            Las diferencias de gestión eran notables con respecto a otros centros por el simple hecho de estar regentado por religiosas. Las normas eran estrictas: las mujeres en un edificio, los matrimonios y los hombres solos en otro. En las parejas, si él moría, ella pasaba inmediatamente al otro lado. Si era ella la que fallecía, él se quedaba donde estaba y se le asignaba un compañero. No había posibilidad de que ella se quedase en el ala de hombres, aunque hubiese hecho amigos a lo largo de los años. Como si algún nonagenario salido se le fuese a meter en la cama. Y lo que tampoco cabía era la posibilidad de separar a un matrimonio. Aunque lo pidiese.
            Aureliano y Generosa ingresaron caminando, aunque él lo hacía con bastón y ella con dificultad. Parecían, en principio, una pareja feliz de dulces abuelitos, pero la realidad era bien distinta. No tenían hijos porque se habían casado ya talluditos; él había sido solterón y juerguista, un profesor de música que daba clases particulares a los señoritos (y sobre todo a las señoritas) de postín. El solfeo, el piano y el buen licor habían sido su modo de vivir hasta que los años le aconsejaron casarse. No estaba bien visto lo de cuarentón y soltero, los padres comenzaban a verle como un elemento peligroso. Vamos, que no le llevaban a los chicos por si tras su soltería se escondía la homosexualidad, ni le llevaban las chicas por si era un disoluto, no les fuera a echar mano a las criaturas. Lo mejor para guardar las apariencias y seguir teniendo trabajo era pasar por la vicaría, y para ello cortejó a una viuda sin hijos llamada Generosa a la que su madre conocía de verla en la parroquia a la hora del rosario.
            La trató mal. Muy mal. Ella no recordaba dónde vivían ni lo que había comido en la cena anterior, pero sí recordaba, y muy bien, las noches sola mientras él se metía en otras camas. Y, por supuesto, se encargaba de frotar con jabón los restos del adulterio de los calzoncillos de su esposo. Él daba sus clases, tocaba en un club los viernes por la noche, se bebía hasta el agua de los floreros, gastaba lo que le daba la gana. Ella comía lo justo con el dinero que él le daba, y para poder comprarse ropa nueva tenía que ir sisándole peseta a peseta. En cambio él siempre iba bien vestido “porque no podía entrar en las casas de sus alumnos como un pordiosero, ser profesor de música exige y requiere una apariencia y una dignidad”. Una apariencia, sí. Lo de la dignidad… Generosa sabía que Aureliano no tenía de eso. Al menos, no lo tenía por dentro.
            Al principio de su estancia allí, la llamaba desde la cama. “Generosa, levántate y tráeme un vaso de agua”. Ella obedecía, no fuera a darle un golpe, como acostumbraba. “Generosa, ponme una manta del armario, que tengo frío”. Pero si era ella la que se quejaba de frío, él no se movía. “La mujer de Dios, que no para de gruñir y no me deja dormir”. Al fin, harta de tantos años de desconsideración, la mujer pidió a las monjas un divorcio efectivo. “Por favor, trasládenme al edificio de las mujeres. Ya no puedo vivir más con él”. Y las religiosas, después de anotar “demencia senil” en su ficha, se negaron a separarles. Por aquello de lo que Dios ha unido, y tal.
            Generosa debía estar muy acostumbrada a no encontrar apoyo. A mí me daba mucha pena; él dejó de andar por pura comodidad, y aún se volvió más tirano. Sentado en su silla de ruedas, pedía y pedía todo el tiempo. “Quiero agua”. “Quiero hacer pis”. “No estoy cómodo”. “Tráeme un café con leche”. Si ella estaba leyendo una revista, o viendo la tele, o durmiendo, tenía que interrumpirla, despertarla y fastidiarla cuanto más mejor. Si no se movía en cuanto él lo ordenaba, la insultaba, y cuando la tenía cerca la cogía con fuerza de las muñecas amenazándola, y dejándole de paso la marca de todos sus sarmentosos dedos en los brazos o en la cara. Pero aún así, las monjas no cedieron a separarlos.
            Por las noches la llamaba varias veces para pedirle cosas, y un día ella se negó a levantarse más. “Toca el timbre y que venga una cuidadora”, le dijo. Aureliano se enfadó tanto que comenzó a cantar a voz en grito sus lecciones de solfeo para no dejarla dormir. Así una noche, y otra, y otra más, hasta que al cabo de unas semanas Generosa se quedó sorda. Yo creo que lo hizo por pura supervivencia. Él contraatacó golpeándola con el bastón desde su cama. Al ver los moratones adiviné lo que ocurría y lo denuncié, pero nadie me hizo caso. “Están mayores y enfermos, a veces alguno se pone agresivo, pero nada se puede hacer salvo medicarlo ocasionalmente para que se calme”, me dijeron.
Aquello se fue convirtiendo, poco a poco, en una guerra. Le encantaba avergonzarla en el comedor, ante el resto de internos. Le gritaba: “Generosa, ven, que te voy a tocar la cosa”, y se deshacía en risotadas. A ella le daba igual, no le oía, pero yo sí, y me daba tanto coraje que le contestaba: “Aureliano, ¿a que te corto la mano?”. Hice desaparecer el bastón y separé más las camas para que no la alcanzase. Entonces él optó por lanzarle todos los objetos de la mesilla: las gafas, la radio, los paquetes de pañuelos, la dentadura, el botellín de agua… Le quité todas las armas arrojadizas, colocándolas lejos de su zarpa. Y él, con toda su mala leche, escupía sin parar hasta que alguno de sus salivazos le daba a Generosa en la cara y la despertaba. Yo ya no sabía qué hacer, no podía amordazarle (aunque ganas no me faltaban), y afearle su conducta no servía de nada. Se reía de todo el mundo, y el único objetivo de su vejez era martirizar a su mujer. Ella, para fastidiarle, sacó del fondo de la maleta el retrato de su difunto primer marido y lo besaba antes de dormirse y al despertarse, para luego guardar la foto en el altillo del armario, donde él no pudiese alcanzarlo y romperlo. Cuando la veía hacerlo, Aureliano se ponía frenético, le gritaba, echaba espuma por la boca, y ella le hacía cortes de mangas. Era su pequeña venganza a tantos años de tiranía y maltrato.
Generosa se echaba a dormir con una bolsa de plástico sobre la cara para esquivar los escupitajos de su marido, y él se orinaba encima para poder llamar a la cuidadora, y que al encender la luz para cambiarle el pañal el sueño de su esposa se interrumpiese de todos modos. Aquello era insostenible, y la pobre mujer volvió a pedir a las monjas el divorcio. “La demencia senil se agrava”, anotaron. Y nada más. Así que ella, igual que había ensordecido para no oírle, dejó de comer para no sufrirle más. De nada sirvieron los ruegos, las sondas, los tónicos y los goteros. Recuerdo el día en que murió, con la foto de su primer marido sobre el pecho y una sonrisa de descanso en los labios. Mientras, Aureliano, sentado en su silla de ruedas, solfeaba a voz en grito “Doce cascabeles lleva mi caballo” como si estuviera de romería.
Si el lazo de seda se convierte en soga, debe cortarse. No es Dios el que une, es el amor. Y si no hay amor, la soga ahorca. Aún hay gente que no lo comprende, le quita importancia al asunto, ampara, consiente, calla. Ante cualquier maltrato, ni miedo ni vergüenza: seas hombre, mujer o niño, denuncia.

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