lunes, 28 de julio de 2014

HILOS EN LAS MANOS

            Al pequeño Héctor no le atraía nada el mundo de los mayores. Veía cosas desde sus ojos infantiles que no le gustaban, y se sorprendía por el hecho de constatar que los adultos daban vueltas alrededor de los problemas sin encontrarles solución. Soluciones que a él le parecían más que sencillas y más que evidentes. Pero claro, nadie le escuchaba: solamente era un niño, un “pibe” creciendo en una época en blanco y negro en que a los mayores se les trataba de “usted” y jamás se les replicaba porque eso traía aparejado, como poco, un buen bofetón. Un tiempo en el que se obedecía sin chistar, no se levantaba la voz, las mujeres solamente podían ser mamás y amas de casa y pasaban días y noches estirando los pocos pesos con que contaban para pasar el mes.
            Desde su escaso metro y medio de altura, aún con el pantalón corto dejando a la vista las canillas huesudas y sin edad para usar reloj, Héctor decidió que un mundo mejor era posible, porque el que conocía no le gustaba. Se le ocurrió una tarde, cuando daba patadas a una piedra en la calle a falta de mejor ocupación; en la esquina con la avenida, cerca de un parque, un titiritero ambulante manejaba dos marionetas mientras un chaval, posiblemente su hijo, tocaba tangos con un bandoneón. El harapiento marionetista movía los hilos de sus dos personajes, un bailarín de traje y pelo negros, al estilo Gardel, y una moza de melena cartón-piedra pintada de brillante amarillo, como la Monroe. Giraban y se movían sobre la acera, dos seres de cuento entregados al tango protagonizando una historia de amor y celos digna del polaco Goyeneche, de Piazzola o Discépolo. El pequeño Héctor, el niño bonaerense que no quería entrar en el mundo de los adultos, se dio cuenta entonces de que podía crear un universo a su medida a través de las marionetas. Ellas podían poner música donde no la había, otorgar sonrisa a los rostros de los que ésta había huido tiempo atrás. Podía resolver todos los problemas después de plantearlos, podía hacer que los buenos siempre triunfasen, los malos terminasen entre rejas, las chicas pudieran elegir lo que querían ser. Podía incluso tener un héroe justiciero a su servicio que supiera siempre quién era el malvado, y emprenderla a porrazos contra quien dañase a otros no tendría, en su mundo, pena de cárcel porque el dolor no existiría como tal. Ni la sangre. Ni los morados en la piel. Los desenamorados se sobrepondrían a la pena tras un par de tragos de café con leche, y enseguida estarían recompuestos y prestos a enamorarse otra vez, sin perder años en melancolías absurdas ni intoxicarse con largas noches de whisky de contrabando.
            Dicho y hecho, el niño comenzó a recoger trozos de cordel, palitos de los árboles del parque, trapos viejos y cartones, alambres oxidados y cuantos elementos pensó que pudiesen serle útiles; con ellos elaboró sus primeros títeres, unas figuras que a sus ojos eran un hombre y un muchacho, aunque los mayores opinasen, cuando se los enseñaba lleno de orgullo, que eran “un espanto con ojos y una fregona al revés”. Con ellos representó sus primeras escenas y números musicales, usando como telón de fondo la mejor sábana de flores de su madre, a modo “decorado de jardín”. Pensaron que el juego se le pasaría en cuanto llevase pantalón largo y se afeitase el bozo. Se equivocaron.
            Toda su vida se fue en eso, en crear marionetas. Y, como los sueños tienen que tener escenarios de sueño porque la realidad no les sirve para vivir, Héctor diseñaba también los fondos, los telones y decorados. Nada era imposible a la hora de darles alas a sus criaturas: si había que pintar todo un camión por dentro y por fuera, se hacía. Si había que convertir una roulotte en un mini-teatro con asientos para que las posaderas infantiles los ocupasen, se hacía. Si para tener un decorado dinámico con que representar una historia había que inventar telares móviles, como grandes paraguas de alambre con distintas lonas pintadas que cambiaban el escenario al instante con solo hacerlos girar un cuarto de vuelta, se inventaban, se fabricaban y se llenaban de cuentos. Todo ello con tal de que los pequeños pudiesen ser niños, cuanto más tiempo, mejor. Ya tendrían tiempo de entrar en el mundo de los mayores, la niñez es demasiado corta, y la “adultez” tiende a amputar la inocencia de las personas a fuerza de problemas, bofetadas y desengaños. Por eso cuando Héctor se movía con los hilos en las manos reinaban siempre el amor, la música, la honradez, la justicia, la poesía y la belleza, es decir, los elementos indispensables que componen la felicidad. Por eso cuando miraba a los ojos muy abiertos y asombrados de los niños que cada tarde componían su público sabía que el camino que había elegido era el correcto. Por eso nunca, hasta el último día, abandonó su actividad.
            Hay una gran diferencia entre ser un fabricante de juguetes o ser, de verdad, un cultivador de fantasías. Mirad la fotografía: ese hombre, calvo por la edad pero con el alma limpia de aquel pibe bonaerense que pateaba piedras y no quería crecer, es Héctor. La instantánea es de verdad, os lo puedo asegurar. Mirad a quienes le acompañan en escena: ¿les reconocéis? Yo sí, porque también fueron parte importante en mi niñez. Todos ellos han desaparecido ya. Todos menos las marionetas, que no pueden morir porque simbolizan algo eterno, algo que Héctor supo entender como nadie: la importancia de los sueños infantiles, la facultad de creer que todo se puede lograr y que nunca dejaremos de ser felices.

            Y tú, Mara amiga, que conservas uno de los títeres que hacía tu padre, guárdalo con celo, es un tesoro de incalculable valor. Es el símbolo de una de las facetas más hermosas del ser humano.

8 comentarios:

  1. Que hermoso Su !!! Quien es Héctor ? Un argentino ( bonaerense ) que vivia en España ??? Me encanta como escribes !!

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    1. No, Laura. Héctor fue un bonaerense que se quedó en su tierra. Yo tengo la suerte de conocer y tratar a una de sus hijas, que vive en España y con la que tengo "algo musical" entre manos. Gracias por el piropo! Un besete.

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  2. Bello como todo lo que escribís, esta vez con el agregado de que me trajiste un poquito de nostalgia de mi Buenos Aires querido...

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    1. La tierra en la que nacimos vive siempre en nosotros, y por años que pasen nunca deja de añorarse. Tú lo sabes bien. Yo también. Pero aún así me siento afortunada porque sea Valencia mi tierra de acogida. Esta también forma ya parte de mí. Un beso, vecina hermosa.

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  3. Les cuento que yo también soy bonaerense. La Pcia de Buenos Aires es muy grande.¿ sabes de donde era Héctor ? Yo soy de Lincoln.

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    1. Creo que era de la capital, Laura, pero no estoy segura. No sabía que la provincia y la ciudad se llamaban igual.

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  4. prcioso , como todo lo que escribes , admiro tu forma de escribir contando las cosas . Un beso , guapa

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