jueves, 10 de julio de 2014

LA REGLA DE MADERA

            Me enteré de su muerte por casualidad. Fue profesor en el colegio donde yo cursé mis dos últimos años de educación básica, 7º y 8º, lo que ahora es 1º y 2º de ESO. De ese ESO que, sea lo que sea, no parece estar funcionando demasiado bien, a juzgar por las cifras de fracaso escolar, pero bueno, esa es harina de otro costal y yo no me voy a poner a amasarla ahora, porque lo que vine a contaros es algo distinto.
            Como ya he dicho, fue profesor en mi último colegio, aunque no me dio clase a mí. De hecho, solamente me lo crucé por los pasillos un par de veces en dos años, porque los mayores estudiábamos en la segunda planta y accedíamos por otra puerta distinta de la de los cursos inferiores. Después, pasé al instituto y seguí con mi vida. Creo que no volví a encontrarme nunca más con él. Sin embargo sí fui, durante años, amiga de uno de sus hijos.
            Alguien puso el aviso de su fallecimiento hace pocos días, en la página de Facebook de antiguos alumnos. Y ya apenas se habló de cuánto enseñó a sus discípulos. Solo se hablaba de su regla de madera. Antes, en la prehistoria docente, cuando no existían las pizarras electrónicas ni los punteros láser, en todas las aulas había un juego de escuadra, cartabón, regla y compás para la pizarra. Eran enormes y de madera, y servían para iniciar a los niños en los rudimentos de ángulos, circunferencias, geometría y dibujo técnico. Pero él, por lo que cuentan, le daba otros usos a la regla. Los comentarios se iban sucediendo: los consabidos “descanse en paz”, “un abrazo a su familia” y “me lo encontré muchos años después de dejar el colegio y aún recordaba mi nombre” se salpicaban con otros del tipo “tanta gloria lleve como paz deja”, “que lo entierren con su regla de madera” o “no seré yo quien diga que lo lamento”. Y ahí es donde se me dispararon las señales de alarma.
            “Era de los más suaves de la vieja escuela”, sentenciaba uno. “Dejó la marca de la regla en la puerta de la clase de al lado porque los niños hablaban demasiado”, aseguraba otro. “Pues a mí me dio con la regla en la mano más de una vez, pero consiguió enderezarme. Fueron cachetes pedagógicos”. En fin, opiniones había de los dos tipos, de los chavales rebeldes que recibieron algún regletazo y le guardaron rencor toda la vida, y de otros que nunca le dieron motivo de queja, fueron educados, estudiaron lo que les correspondía y jamás fueron tocados por aquella odiada regla. Había quien lo defendía y quien lo atacaba, quien lo vituperaba abiertamente y quien simplemente expresaba su condolencia, y al final se originó un encendido debate sobre la antigua pedagogía del coscorrón y la necesidad o no de recuperarla, visto el panorama de la juventud actual. Pero nadie se dio cuenta de un detalle. Nadie pensó en que toda esa retahíla de comentarios se estaba escribiendo en un foro público que está al alcance de mucha gente. Incluidos los hijos y nietos del fallecido.
            No voy a discutir los métodos del profesor; no soy partidaria de la violencia en las aulas, aunque mucho menos de la pérdida de respeto por los enseñantes que impera hoy en día. Lo que sí me resulta doloroso es constatar el hecho de que todos esos que insultaban la memoria del maestro vivieron toda la vida en la misma ciudad pequeña que él. Se lo cruzaron, seguramente, docenas de veces. ¿Por qué nunca le pararon para decirle “aún me duele la palma de la mano. No creo que mereciese aquel golpe”? ¿Tanto miedo le tenían que ni siquiera después de convertirse en adultos hicieron nada para que supiera que no aprobaban sus métodos de enseñanza? No. Lo que pasa es que resulta muchísimo más fácil hablar mal de quien ya no puede argumentar para defenderse. Es preferible esperar a que el “malo” muera para después escupir sobre su tumba: al fin y al cabo, ya no puede levantarse para tomar la regla de madera y ponerte roja la mano (y el orgullo).
            Como es público y sabido (lo pone en mi biografía, la que figura en los libros que he escrito y publicado), yo también soy hija de docente. Mi padre, durante su ejercicio profesional, exigió inflexiblemente un mínimo de contenidos para aprobar su asignatura, y también exigió ser tratado de usted (igual que él trataba de usted a todos sus alumnos) y absoluta puntualidad en sus clases. No creo que ninguna de las tres cosas sea nada censurable, desde luego, pero sé que tuvo muchos alumnos (y padres) que no supieron entender su manera de ejercer la docencia. Para él, el profesor no era amigo, ni colega, ni nada más que profesor, y estaba para enseñar. Vistió de traje y corbata y se afeitó cada día porque sus alumnos merecían que él tuviese la mejor presencia posible, no toleró chicles ni tonterías en sus clases, y no cogió más baja laboral en toda su carrera que la que un ataque de apendicitis gangrenado le obligó a coger. Jamás pegó a nadie, me consta. Jamás. Pero también os digo que si alguien no merecía un aprobado, no hubo lloros ni ruegos que le hicieran ceder. Y eso hay quien no lo puede perdonar.
            Francamente, espero que mi padre me dure muchos años, porque ha sido y es un gran padre. Pero visto lo que ha pasado con el de mi amigo, el día en que lo pierda procuraré no visitar ciertos foros de antiguos alumnos. No, porque no quiero ver comentarios como los que vi ayer refiriéndose al maestro fallecido, el de la regla de madera. Me resultaría dolorosísimo, más que cualquier golpe físico. Seguro que ese hombre hizo mucho bien y enseñó mucho a cientos, tal vez miles de niños, y sin embargo su imagen se verá siempre manchada y perseguida por los que ahora escriben su rencor pueril en Internet con comentarios hirientes y salpicados de monstruosas faltas de ortografía. Vuelvo a repetir que ni defiendo ni censuro sus métodos, pero si alguien tenía algo que decirle, debió hacerlo mientras él vivía. Ahora, lo que puedan escupir es un daño gratuito a sus hijos, que no merecen semejante trato. Una venganza inútil y vacía que solo puede satisfacer egos infantiles que no han sabido desarrollarse, crecer ni madurar.
            Desahogar rencores y frustraciones contra las personas cuando ya han muerto es de cobardes. Añadir dolor a quienes acaban de sufrir una pérdida así es de estúpidos. Los reproches, como los homenajes, en vida. Y el que esté libre de pecado, ya sabe.


            Termino parafraseando a Tambor, el simpático conejo de la película de Disney “Bambi”, que decía: “si al hablar no has de agradar te será mejor callar”. Se lo repetía cada mañana su mamá coneja. Es una buena máxima para tener en cuenta. Hasta la próxima historia, amigos.

4 comentarios:

  1. Hola Su. Tienes razón en lo que expones. Lo que pasa es que hay muchos matices, dependiendo del profesor y alumno. Sin embargo, el respeto ante todo, siempre y cuando sean merecedores. ¿Por qué te comento esto? Sencillo, yo fui a un colegio en el que una profesora era de la vieja escuela, regla en mano y lo que ahora llamamos collejas y golpes en la cabeza... Con lo cual, ese tipo de enseñanza de: "la letra con sangre entra...", comprenderás que no es muy de agradecer. Pero, aún teniendo ese recuerdo, no iría por las redes sociales poniendo nada, ni bueno ni malo. Aparte de que me conoces no me gustan las redes sociales.
    Un abrazo.

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    1. Indudablemente, mi solecillo rodante, no estoy de acuerdo con métodos de enseñanza de ese tipo, pero también hay que entender y conocer la época en que se formaron y trabajaron esos maestros. Entonces se enseñaba a enseñar así. Los tiempos han cambiado mucho, y ahora es impensable que se produzcan ese tipo de prácticas. Pero una cosa no quita la otra: el respeto no se debe perder, y el herir gratis a quien no es responsable no es la manera de solucionar nada. Un beso y gracias por tu comentario, te echaba de menos.

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  2. acabo de leer uno de sus libros y debo reconocer que me gusta su forma de escribir y de narrar porque hace que el lector viva la lectura, un besazo y enhorabuena

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    1. Gracias por su comentario, Soledad. Es un placer escribir sabiendo que lectores como usted están al otro lado, sintiendo y viviendo lo que me dicta mi imaginación. Un abrazo grande.

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