miércoles, 6 de agosto de 2014

UN DÍA EN LA PLAYA

            La mañana amaneció preciosa: ni una nube en el cielo, buena temperatura… ¡era verano, en todo su esplendor! Los niños se despertaron temprano. “¡Mami, mami, mira qué día tan bonito! ¡Vámonos a la playa!” La madre miró al padre, que se encogió de hombros. “Por favor, por favor, por favor…” Al fin, con un suspiro resignado, la madre dijo “sí”.
            Estaréis pensando que a qué viene tanto suspiro y tanto gesto de conmiseración. Eso es porque no habéis ido con niños a la playa últimamente. O que tenéis una voluntad de hierro y una paciencia digna del Santo Job. Ahora veréis por qué lo digo.
            La madre comenzó a preparar las cosas mientras los niños gritaban de alegría. Sacar los bañadores de todos, obligar a los pequeños a ponérselos. Las bolsas: ¿dónde están las toallas grandes? Armarios y cajones que se abren para rebuscar, altillos que se desmontan hasta que aparecen las toallas. ¿Quedaba crema solar? A ver, factor 30 para los adultos, factor 50 para los niños, la específica para el rostro que no falte. Vaya, de esa no queda. “¡Cariño, acércate a la farmacia y compra crema de esta, que se ha agotado!”.
            Sigamos. Ropa interior de recambio para todos, no vayamos a entrar mojados al coche y manchemos la tapicería. El peine, que no se me olvide, y el cepillo para los pelos de la pequeña, que si no, no se deja peinar porque dice que le doy tirones. ¿Qué más? Claro, botellines de agua, imprescindibles. En el chiringuito los cobran a millón, y no está el bolsillo para dispendios. ¿Dónde está la cesta grande? ¡Mecachis! No cabe todo. A ver si encuentro aquella mochila que yo tenía…
            Cuando papá vuelve de la farmacia, todo está aún a medio hacer. Antes de vestirse hay que untarse de crema, ya se sabe que solo es efectiva si se aplica media hora antes de la exposición solar, de modo que todo el mundo es convenientemente embadurnado. “Mami, no me puedo poner los pantalones con este pringue, se me traban”. Viste al niño. La niña llora, se le metió crema en el ojo. Y eso que ponía que no irritaba. Catorce euros el bote, total, para que te pique igual que la de supermercado. Estupendo.
            “Cariño, pasa por el trastero, coge un par de sillas, los flotadores y la sombrilla grande. Sí, esa que nos regalaron los de Cervezas Manneken Pis”. Papá se enfada: “esa no, que se ríen de nosotros en la playa. Mejor la de flores, da igual que sea pequeña, al fin y al cabo los niños van a estar a remojo todo el tiempo”. Mamá se resigna: sabe que, al final, será ella la que se queme vigilando a los niños en la orilla. ¿Qué falta? ¡Ah, sí, los sombreros! Uno, dos, tres, cuatro. “Mamá, esa gorra no, que es ridícula. Quiero la de Spiderman”, protesta el niño. “Pues búscala”, contesta la madre (al borde de un ataque de nervios). Al final, cómo no, es ella la que tiene que buscar. Vale, ya está todo. Vámonos.
            Una vez en el coche, la familia se instala, los cinturones se abrochan y… ¡Oh, cielos! ¡No hemos metido los cubos, las palas y los rastrillos! Papá espera con el coche en marcha mientras mamá vuelve a subir. “Mami, no olvides mi camión volquete para la construcción de  castillos”, pide el pequeño. Y mami, que ya está negra sin haber tomado el sol, sube a por toda la parafernalia plástica y baja cargada como un marroquí en vacaciones, sudando bajo la capa brillante de crema solar.
            La carretera está llena de coches. Todo gente que va a la misma playa. Papá decide cambiar de ruta, pero el atajo también está atascado. Paciencia, ya llegaremos. “Mami, pon el disco de los Cantajuegos, que esto es muy aburrido”. El sufrimiento mental de un conductor metido en un atasco en pleno verano mientras dos enanos gritan en el asiento de atrás “soy una taza, una tetera, una cuchara y un tenedor, soy un cuchillo, un plato hondo…” es equivalente al de un reo en el corredor de la muerte. Pero, por fin, ya se ve el mar.
            La odisea del aparcamiento no os la voy a contar; cuando ves un sitio, otro coche te lo chulea. Cuando encuentras por fin un hueco practicable estás ya a dos kilómetros de la arena, y hay un gorrilla que pone la mano y la sonrisa de “dame un euro, paisano, a ver si te van a hacer una raya en la pintura o algo”. Los niños hacen saltando y cantando el camino hasta la orilla, y los padres en cambio caminan malhumorados. Parecen dos sherpas sudorosos con las cestas, las sillas, la sombrilla, cubos, palas, camión, flotadores… Pero bueno, ¡ya está la familia en la playa!
            Aquello está a reventar, y cuando plantan la sombrilla de flores en el único hueco libre (es decir, detrás del todo, junto a las papeleras) ya es la una de la tarde. Los niños corren hasta el agua pisando toallas ajenas, rebozando de arena a todo el mundo y cabreando a cuantos tomadores de sol hay por las cercanías. Mamá va tras ellos disculpándose al pasar, con la crema solar en la mano, las gorras en la otra y unas ganas tremendas de no haberse levantado de la cama. Y mientras busca al socorrista más cercano porque a la niña le ha picado una medusa y llora como si le hubiesen arrancado las orejas en vivo y sin anestesia, la pobre mujer suspira recordando aquella época en que la pareja iba a la playa solamente al atardecer, cuando todo el mundo se había marchado, daba un romántico paseo, se remojaba viendo el ocaso y volvía a casa plácidamente sin atascos, insolaciones, cubos, palas, tazas, teteras, gorras de Spiderman ni sombrillas de cerveza Manneken Pis.


            Hay gente que me pregunta por qué no voy a la playa casi nunca. Yo siempre contesto que tengo poco espíritu de sacrificio, pero casi nadie me comprende. Qué le vamos a hacer. 

4 comentarios:

  1. Juas, anda que no me he reído a gusto Susana... Al margen de lo relatado es más real de lo que aparenta. La paciencia que hay que tener cuando vas cargado de niños..., digo acompañados por niños. Yo creo que te han faltado detalles como que antes de llegar los cabreos, las discusiones de: "yo prime...", "esto es mío", "¿cuánto falta?", porque la travesía también es interesante de vivirla. Lógico que los padres así, decidan volverse de acero o fuselaje de amianto ante la temida: "¡Vamos a la playa!"

    Besos, una historia para enmarcar.

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    1. Celebro que te hayas echado unas risas con mis ocurrencias veraniegas. Un besote.

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  2. Dios mio !!!!!!!! Y lo peor de todo que es real !!!!!!! Menos mal que mis niños ya han crecido !!!! Ya he pasado la etapa ! Muy buena tu crónica Su !

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    1. Huelga decir que, a pesar de todo eso, también se disfruta mucho. Un beso, Laura.

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