viernes, 19 de septiembre de 2014

EL PESCADOR

            Cada vez con mayor frecuencia, el hombre sacaba su barca del puertito en el que la mantenía fondeada. No iba muy lejos, se situaba en medio de la bahía, y pasaba muchas horas allí, sentado, contemplando el agua mientras sostenía su caña de fibra de carbono último modelo. Su primera caña, la “amiga larguirucha” que le acompañó durante los años en que comenzó su afición por la pesca, había muerto una noche, víctima de los celos de su mujer. No podía soportar que les dedicase más tiempo a los peces que a ella.
            El paciente pescador no volvía nunca a casa con pez alguno. “Practico la pesca deportiva”, decía. “Todo lo que atrapo lo devuelvo al mar”. Así justificaba la ausencia de capturas, pero la realidad era que no ponía cebo en el sedal. Ni siquiera anzuelo, no fuera a engancharse algún pescadito por equivocación. La verdad era que se servía de la barca y de la caña de pescar como si fueran su lanza y su escudo: así se defendía de su vida y podía disfrutar del discurrir del tiempo a solas, del silencio y de la única compañía de alguna gaviota despistada que no le hacía preguntas ni le pedía cuentas.
            Como tantas tardes, el falso pescador, con la caña entre las manos, la plomada sumergida y el sedal tirante, se dejaba mecer por las olas en medio de la bahía, sin temer que el viento le trajese la ira de su jefe, que no paraba de hundirle el ánimo cada día con sus gritos, sus broncas y su ineptitud disfrazada de autoritarismo. Tampoco temía que la espuma del mar le salpicase con todo tipo de reproches, como los que continuamente le hacía aquella mujer con la que años atrás se había casado y cuyo mal carácter y afición a las compras no soportaba. Estar allí era la única manera que había encontrado para tener paz. “No tengo cobertura”, decía, pero lo cierto es que apagaba el teléfono móvil. Si no fuera por aquellas horas de calma, fácilmente habría perdido el juicio mucho tiempo atrás.
            Aquella tarde el sol centelleaba sobre el agua, pero el viento y las nubes negras presagiaban tormenta; muy a su pesar debería volver a puerto antes de lo que habría deseado. “Solo un poco más”, pensaba mientras veía caer los primeros relámpagos en la lejanía. Y de pronto, un pez bastante grande sacó su cabeza y una aleta del agua y le saludó.
            –¡Hola, humano!
El hombre miró al pez, perplejo. ¿Cómo era posible aquello? No tenía muy claro lo que estaba pasando, pero le pareció divertido, de modo que se puso a hablar con el animal.
            –¡Hola, pescado!
            –Incorrecto, humano –le corrigió el pez–. No soy pescado, porque aún no me ha pescado nadie, igual que tú no eres pescador, porque no pones anzuelo en tu caña.
            –Pues mejor para ti –gruñó el hombre–. Mis razones tendré para no querer atraparte.
            –O sea, que eres un “tremendus embusterus” –se burló el brillante pez.
            –¡Y encima me insulta! ¿Quién eres tú para llamarme mentiroso? ¿Qué sabes tú de mí?
            –Que pareces un pescador, pero no lo eres. Vienes aquí, finges con tu caña último modelo, tu sedal y todo lo demás, pero no quieres pescar, sino perder el tiempo.
El hombre, sin querer reconocerlo, sabía que el pez tenía razón. No quería estar en el trabajo, decía estar enfermo y se iba allí a no hacer nada. No quería estar en casa con su mujer, decía que se iba a trabajar, y se iba allí. Y los fines de semana, no quería disfrutarlos con la familia ni con los amigos, y fingía ser un apasionado de la pesca para ir allí. Estaba echando la vida sentado inútilmente en una barca para huir de su propia existencia. Realmente sí, todo era una gran mentira.
            –Está bien, yo no seré pescador, pero tú tampoco eres un pez.
–Ah, ¿no? ¿Qué soy, entonces?
–Lo pareces, nada más. Los peces no hablan. Jamás. Ninguno. No sé lo que eres, ni por qué te disfrazas con escamas, agallas y aletas, pero tú tampoco eres lo que dices que eres.
–Estamos empatados, entonces –admitió el pez–. Vamos a jugar a un juego: tú me cuentas lo tuyo y yo te cuento lo mío.
El hombre pensó un rato, y después se decidió a contarlo todo. ¿Qué podía perder? No creía, francamente, que aquella merluza parlanchina se lo fuera a contar a su mujer.
–Pues mira, sí, mi trabajo es aburrido y tedioso, mi jefe es un tirano, un inepto y un maleducado, pero no puedo dejarlo porque mi mujer me ha metido en tantos préstamos de compras inútiles que si dejara el empleo me meterían en la cárcel. Tengo una casa enorme que no me gusta ni puedo mantener, una mujer que no se muestra cariñosa más que cuando quiere comprar un nuevo capricho y a la que ya no aguanto, y todo es una mierda. Por lo menos, cuando vengo aquí nadie me presiona. No hay sobresaltos.
–¿Y si en vez de esconderte fueras valiente y cambiaras lo que no te gusta de tu vida? ¿Lo has pensado?
–¿Cambiar? ¡Si está todo mal! Tendría que empezar mi existencia de nuevo, y ya estoy mayor para eso. Solamente puedo huir hacia delante. Tal vez, cualquier día de estos, me dé un jamacuco y se acabe todo.
–Y entonces sabrás que no has vivido la vida, sino que la has padecido. ¿No se te ha ocurrido nunca que “no” y “basta” son dos palabras mágicas que puedes usar cuantas veces quieras? –le planteó el pez.
–¿Mágicas?
–Sí, mágicas. Imagínatelo. “Cariño, voy a comprarme un abrigo de zorros plateados”. ¿Tú qué contestas? NO. “Peláez, el informe está mal, repítelo ahora mismo, inútil”. ¿Tú qué respondes? NO. “Cariño, búscate un trabajo para los sábados, que los del Tajo Británico me han bloqueado la tarjeta”. ¿Tú qué dices? BASTA. Así de fácil.
–Ya, claro, y entonces me echan del trabajo, ella pide el divorcio y yo…
–Y tú empiezas de nuevo como tú quieras y en donde te dé la gana. Sin chillidos, sin necesidad de fingir ni de esconderte, siendo tú de verdad.
–Pero yo le prometí quererla y cuidar de ella y compartir los bienes. Lo hice de verdad.
–Ella prometió lo mismo, supongo –rebatió el pez–. Y ya sabes, cuando una de las dos partes incumple el contrato, éste queda anulado.
El hombre lo pensó unos instantes. Tal vez el pez tenía razón. Quizá huir hacia delante no era la solución más inteligente. Quizá era, realmente, un cobarde.
–Bien, ya te he contado mi secreto. ¿Y el tuyo? ¿Por qué eres un besugo parlante y no un pez normal?
–No soy un pez normal –respondió el animal fingiéndose ofendido–. Soy un “alucipez”. Me ves porque estás con un pie en el otro barrio; uno de los rayos de la tormenta ha ido a parar a tu caña último modelo, la barca se está quemando y tú, ahora mismo, flotas boca arriba en el agua, pero si no te despiertas las olas te darán la vuelta y te ahogarás.
El hombre, perplejo, se miró las manos. En ellas ya no estaba la caña, y sí el profundo surco de la quemadura eléctrica. Notó la humedad, y también el frío.
–Vaya, a esto le llamo yo un “jamacuco con estilo”. ¿Y qué hago, pez? Es mi oportunidad de escapar de todo lo que no me gusta.
–¿Tú tampoco te gustas a ti mismo? ¿Vas a consentir morirte por lo que otros hacen contigo? ¡Vaya! No solo eres un pescador falso, sino además un cobarde. Y un poco tonto, añado.
–¡Caramba con la merluza, tienes una lengua más venenosa que la de mi mujer! Aunque sé que en el fondo tienes razón.
–Pues si tengo razón… nada. Que nades. ¡Te he dicho que nades!


Y el falso pescador, al fin, abrió los ojos y nadó.

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