martes, 14 de octubre de 2014

EL ESPEJO DEL "SALOON"


            No soy una gran amante de las películas del Oeste. Sin dejar de reconocer que algunas son obras maestras del cine, qué queréis que os diga, para gustos están los colores, a mí me hacen disfrutar más otros géneros. De niña, sin embargo, no me quedaba más remedio que ver tiros, caballos, indios y vaqueros muy a menudo: a mi padre le encantan, y en aquellos años, con suerte, había un único televisor por vivienda. Lo de “con suerte” lo digo porque en muchas casas ni siquiera había uno. Además, solamente existían dos canales, y en uno no ponían pelis, de modo que no había forma de escaparse: si en la programación había una de vaqueros, se veía, sí o sí.
            Recuerdo poco de aquellos largometrajes llenos de tiros, cabalgadas, estepicursores (pardiez, qué gran palabro para definir esos matojos secos rodantes que siempre veíamos por las calles de tierra, empujados por el viento, mientras el forajido y el sheriff se miraban retadoramente, a punto de desenfundar sus revólveres) y bailarinas de can-can cariñosas con los parroquianos. No me dejaron una gran huella, pero sí recibí de ellos una imagen que me ha servido muchas veces en la vida, una de las metáforas más gráficas, más claras del séptimo arte: la del espejo del “saloon”.
            En una de aquellas películas, el “jicho” (a la sazón, el bueno, el guapo, el héroe) le preguntaba al barman por qué cuando entraba él a tomar un trago, antes de servirle un vaso de aquel matarratas destilado al que llamaba whisky, descolgaba el espejo del “saloon” y lo guardaba debajo de la barra. El barman, con su delantal y su chaleco sin los cuales no se concibe un barman del Oeste, le respondía algo así: “Callahan, en los años que llevo al frente de este tugurio, si algo he aprendido es que, cuando vienen mal dadas, si empieza la pelea o llegan los problemas, alguien pierde al póker o una de las chicas guiña el ojo al borracho equivocado, el primer tiro siempre lo recibe el espejo del “saloon”. Da igual cuántas mesas, sillas y cabezas se rompan: el carpintero, el reverendo, el médico y el enterrador se encargan. Pero no sabes lo complicado que es encontrar espejos en estos tiempos. Y tú, Callahan, llevas la palabra “problemas” escrita en la frente”. Después de oír aquel razonamiento me fijé, y el barman llevaba razón: no había western que se preciara en el que el espejo del “saloon” no saltase en pedazos al primer disparo.
            Esta imagen que todos hemos visto alguna vez me sirve para explicar algo que, por lo que parece, no todo el mundo termina de entender, a la vista de las declaraciones públicas de algunos. En lo tocante a la sanidad, como todos sabemos, cada uno tiene su papel. Está el sheriff, que es el político de turno al que nombran ministro, consejero o director general del asunto. Luego está el médico, que es el “jicho”, el bueno, el héroe. El malo malísimo es la enfermedad, el botín que viaja en la diligencia es el enfermo que llega en ambulancia. El ATS de turno es el barman. Y cuando las cosas se ponen feas, muy, muy feas, el que recibe el impacto de la primera bala es el auxiliar de enfermería. El médico mira la garganta al enfermo, pero cuando éste vomita, el que le sostiene la frente, lo limpia, lo consuela y le cambia las sábanas es el auxiliar de enfermería. La ATS le saca sangre y le pone un gotero con la medicación, pero cuando se ensucia, quien le cambia el pañal, lo baña y le restablece la dignidad y la comodidad es el auxiliar de enfermería. Quien lo alimenta, quien le pone el plato, quien le coloca la almohada, es decir, quien se mancha y se moja con y por el paciente, la primera línea de fuego, la infantería sanitaria es el auxiliar de enfermería. El primero en romperse cuando algo sale mal. El espejo del “saloon”.
            No quiero con esto quitar ningún mérito al resto de profesionales que cuidan de nuestra salud, que también tienen lo suyo en cuanto a preparación, estrés y responsabilidad, pero una cosa sí que me atrevo a decir: si el sheriff se equivoca al dictar las leyes de esta ciudad, forastero, lo de los indios, los bandidos y la diligencia se convierte en una auténtica merienda de negros, es decir, en otra película bastante más trágica. Y en eso estamos. Ahora mismo, el espejo del “saloon” se llama Teresa, y lucha como una fiera por no romperse después de haber recibido no solamente una bala, sino el escupitajo de tabaco mal masticado, envenenado y podrido que el sinvergüenza del sheriff le ha echado encima. Si os soy franca, me gustaría ver cómo lo montan en el ferrocarril y lo perdemos de vista por el horizonte, ya que en este Oeste americano de andar por casa en el que vivimos no parece haber prisión para los “bien comidos”. Y confío en que el espejo se mantenga entero y vuelva, limpio y reluciente, a presidir la barra del “saloon”.
            “Hablar es gratis”, me dirá alguno. Puede ser. Ahora que no nos oye nadie, os diré que yo también soy auxiliar de enfermería, y que me contagié de una enfermedad infecciosa por atender a un paciente sin que hubiera suficientes ni correctos medios de protección. Preguntad a todos los auxiliares que conozcáis, y todos tendrán alguna historia que contaros. Como para que luego venga un zopilote con estrella en el pecho a contarnos una de indios.

            Fuerza, Teresa. Yo también estoy contigo.

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