jueves, 2 de octubre de 2014

LA CHURRERA DE LA CALLE ABRIL

            No hay pena que no se vea con otros ojos, ni confesión que no se pueda hacer si hay por medio un buen chocolate con churros. Os parecerá una solemne tontería, pero es una verdad que tengo comprobadísima, y la pongo en práctica con mucha frecuencia. Ignoro cuál es la reacción química o alquímica o mágica responsable de tal efecto, pero lo cierto es que así ocurre. Para ahuyentar una tristeza, esclarecer un problema, tratar un asunto delicado con otra persona, hablar de sentimientos y suavizar las preocupaciones, un tazón de chocolate espeso y caliente y un plato de churros, recién hechos y rociados de blanco azúcar, obran el milagro mejor que ninguna otra cosa que yo conozca en este mundo. He dicho tazón, acabado en –ón, subrayando el sufijo, nada de jicaritas modernas con menos culo que boca, que se te vuelcan a la mínima derramando el poco chocolate que les cabe dentro, y que por su escasa capacidad parecen poco más que dedales. Y he dicho churros, no porras, ni gofres, ni tostas, ni torrijas, ni buñuelos: nada más que harina y agua, con una pizca de mantequilla y una yema de huevo por cada medio kilo de molienda trigueña para suavizar la masa, algo de sal y mucho arte, pero ni levaduras, ni aires artificiales en forma de emulgentes, colorantes, mejorantes ni saborizantes químicos. Frutos, manos, aceite limpio, calor y buen hacer, sin más.
            En los casi veinticinco años que llevo viviendo en esta ciudad he conocido muchas churrerías, pero la única que queda abierta es la de la calle Abril; a las demás se las llevó el viento de la modernidad para sustituirlas por chiringuitos de comida rápida americana. Es un local que me encanta, pese a que no ha cambiado su decoración en todo este tiempo, ni ha ampliado mesas, ni personal. Allí solamente trabaja Doña Ana, y tanto le da que haya cola en la puerta: sirve lo que va friendo, sin prisas, en los dos grandes calderos de aceite hirviendo que puede atender con sus dos manos regordetas. La manivela de su churrera gira y gira desde las siete de la mañana hasta las siete de la tarde; cuando se vacían los lebrillos de masa, pone durante media hora un cartel en la puerta que reza: “paseen un rato, hagan hambre y vuelvan en 30 minutos”. Es lo que tarda en volver a empezar: medir la harina, templar el agua, pesar la mantequilla, separar claras y yemas, limpiar la cubeta de la churrera, perfumar aceite nuevo con una cáscara de naranja y otra de limón, ligar la masa con cuidado y echar las dos primeras ruedas a freír. Y mientras dura el proceso no quiere a nadie en el local, porque se vería obligada a hablar con los que esperan, y no lo desea. Ella solo quiere hacer más churros y venderlos.
            Doña Ana es una mujer que sonríe con la boca cuando saluda a los clientes y despacha sus docenas; sus ojos, sin embargo, no sonríen, aunque casi nadie lo nota. Rocía generosamente cada ración de su chorreante industria con azúcar, sin mirar la cantidad, pero con las palabras es mucho más tacaña. La gente que va allí lo hace pensando en sus propios asuntos, y nadie se fija en ella: sólo es “la señora que hace los churros”. Pero yo sí la veo, sí la miro. Veo su ropa siempre negra bajo el delantal, la cofia y los manguitos blancos propios del oficio. Veo la pena de sus ojos, siempre negra bajo la nieve blanca de sus cejas. Veo una mujer que hace churros con chocolate como si fuera su única misión en el mundo, y ahora sé por qué, aunque no me fue fácil averiguarlo.
            Intenté muchas veces preguntarle mientras me servía el tazón de humeante cacao y cortaba, con sus tijeras de acero, la dorada rueda recién sacada del aceite hirviendo, pero no me daba tiempo. “Algo que anuda de esa forma la lengua de una mujer, algo que oscurece sus ojos y mata su entusiasmo por la vida no debe ser cosa de poco”, pensé. No hay nadie cuyo único objetivo de lunes a domingo y de enero a diciembre sea freír churros. Tras mi “buenos días”, o mi “buenas tardes” le lanzaba preguntas como, “qué, Doña Ana, ¿este año tampoco va a coger vacaciones?”, o “Doña Ana, ¿no la espera nadie en casa con la cena hecha? Porque desde la hora que lleva aquí trabajando tiene que estar muy cansada”. Pero ella, negro en los ojos y cortesía en la boca, solo decía “no se preocupe. ¿Le pongo algo más?” Al fin, un día esperé hasta última hora, pedí una docena de churros y dos tazones de chocolate y me senté, sola, en una de las cuatro mesitas. Cuando la vi poner el cartel de “cerrado” para evitar que entrase nadie más me detuve a contemplar su último ritual diario en el local: apagar los fogones, meter en agua caliente la churrera y dejarla limpia, vaciar el aceite usado en grandes garrafas para que viniera la empresa de residuos a buscarlas, fregar los calderos y lebrillos… Yo, mientras tanto, no toqué un solo churro del plato. “Señora, se le está quedando todo frío, y eso es pecado”, me dijo. Pero yo esperé hasta que terminó. Después le pregunté si tenía microondas en la trastienda, pero me dijo que no. Me llevé el plato y las dos tazas al bar de al lado, y le di un euro de propina al camarero para que me lo calentase todo. Después, volví a su lado y la hice sentarse.
            Ya he dicho que no hay confesión que no se pueda hacer frente a un chocolate con churros. Aunque sea recalentado. “Dígame, Doña Ana: ¿qué es lo que le ha robado la vida? ¿A dónde se fue su alegría, cuándo la cambió por harina y agua fritas en una sartén?” Ella mojó un churro en el chocolate, lo mordió, lo saboreó y se secó los labios con una servilleta de papel. “Cuando se muere tu madre, eres huérfana. Cuando se muere tu marido, eres viuda. Pero cuando se te muere un hijo, ¿qué eres? A mi niño se lo llevó la droga. Veinte años tenía. Cuando lo encontré muerto en el baño, con la aguja aún hincada en la sangradura del brazo, me di cuenta de que yo ya no era nada. Antes era madre, pero ya no. Con él se me fue lo único que tenía, lo más importante que yo era. Por eso me hice churrera: para ser algo los años que me quedan de estar por el mundo”.
            Terminamos de comer lo que quedaba en el plato sin hablar. Yo sé dar consuelo a muchas penas, pero a esa… Es el único dolor sin antídoto que afecta al ser humano. No pude evitar echarme a llorar en cuanto salí a la calle. No hay luto que se alivie cuando el que muere es tu hijo, porque te deja convertida en nada. Reconstruirte después de eso te lleva el resto de la vida.

La miré desde el otro lado de la calle mientras barría el local y bajaba la persiana, imaginando su llegada a la casa vacía que solo empleaba para dormir, y me marché pensando en lo mal que trata el destino a algunas personas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario