domingo, 30 de noviembre de 2014

EL CANTO DE SU GUITARRA

            Estaba loco. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de ello. No era por su atuendo de indigente: hay muchos como él, cada vez más, por las calles, durmiendo entre cartones y haciendo cola ante el comedor social para acallar un poco el estómago vacío. La ropa rota y sucia, la cintura del harapo que tapaba sus vergüenzas atada con un cordel rescatado de la basura, el jersey casi infantil y demasiado pequeño abrigando su pecho, el forro de papel de periódico que evitaba que se helase su corazón detrás de las descarnadas costillas… todo eso decía que era pobre, pero nada más. Lo que delataba su locura estaba entre sus manos: era su guitarra. Sentado en la acera, hacía el gesto de tocarla y rasguear en ella continuamente, aunque el instrumento carecía de cuerdas. Del mismo modo, acompañaba aquellos acordes mudos con movimientos de su boca, como si cantase, pero tampoco él emitía sonido alguno. Era una especie de play-back eterno sin música de fondo, el pasatiempo de un orate abandonado en el suelo de la ciudad.
            Solía verle sentado en la calle, en la zona del mercado del Este; allí los mozos acostumbraban a ir a tomar café al bar para darle unos minutos de rebusca de los contenedores antes de llevarse la basura. Tenían orden de no permitir a los mendigos asaltar los montones de desperdicio diarios, pero por alguna razón hacían la vista gorda con él. Daba la misma pena que cualquier otro vagabundo, pero al resto no les permitían lo que a Rubén, que así se llamaba. Tal vez, pensé yo, les producía ternura su actitud, quizá porque no era alcohólico, nadie le vio nunca empinar el codo ni pedir para vino. Pero no. Respetaban a aquel sucio barbudo de mirada perdida que a nadie hacía daño porque conocían su historia.
            Un día, los del Samur Social me lo trajeron al hospital. Estaba en unas condiciones lamentables. Tenía fiebre, una infección intestinal enorme, se había vomitado encima, y la diarrea incontenible que manaba de él hacía que el resto de enfermos y acompañantes que pululaban por los pasillos de urgencias se apartasen de la camilla en la que estaba acostado con cara de repugnancia. Nadie quería atenderlo, de modo que me lo endosaron a mí porque era “la nueva”, solamente llevaba dos meses trabajando como enfermera en aquel sanatorio. No lo reconocí como al mismo mendigo que veía por el Mercado del Este, suele ocurrir que cuando sacas a las personas de su contexto habitual y las ves en otro marco distinto no consigues ubicarlas, y yo solamente vi ante mí a un hombre que necesitaba ayuda. Costó mucho quitarle los harapos, y ni siquiera se guardaron en una bolsa, fueron a parar directamente al crematorio.
El barbero del hospital lo afeitó y le cortó el pelo por pura compasión; tenía piojos incluso en la barba. Todo en él era un desastre. Asearlo fue una tarea ímproba, pero al fin conseguimos que pareciese un ser humano. No era tan mayor como parecía cuando ingresó, y me sorprendieron la blancura de su piel y la firmeza de su magra carne. Puede que tuviera mi edad, o incluso algún año menos.
Tardó mucho en despertar, pero al fin sueros y medicamentos fueron surtiendo el efecto necesario y abrió los ojos. No conseguí que me dijera ni media palabra. Solamente hacía un gesto: la mano izquierda ligeramente levantada, la derecha como acariciando su barriga. El ademán de tocar la guitarra. Me estaba diciendo que era el mismo hombre que yo veía a veces junto al mercado, y al fin lo reconocí como tal. No tenía identificación en la ficha, de modo que no había familia a la que poder llamar para que lo acompañasen mientras estuviera hospitalizado.
Aquella mañana terminé mi turno y no pude irme a casa. Me fui a la plaza del Este, comprobé que el mendigo no estaba en su sitio y esperé hasta que vi a uno de los mozos sacar un gran contenedor de basura a la calle. No me anduve con rodeos y le pregunté si sabía quién era aquel hombre de la guitarra sin cuerdas. “Pregúntale al Victoriano, ese lleva aquí más tiempo. Yo solo sé que no le tengo que dar una patada si le veo por los contenedores, nada más”.
Victoriano era el encargado de la limpieza en la planta inferior del mercado, donde estaban ubicados los puestos de pescadería. Le invité a un carajillo bien cargado, y no tuvo inconveniente en hacer un alto en su faena para hablar conmigo. Él fue quien me descubrió quién había tras el hombre que yacía en aquellos momentos en la cama del hospital luchando contra la infección que casi le cuesta la vida. “Se llama Rubén. Sus padres lo tuvieron ya muy mayores, eran los dueños de uno de los puestos de embutidos que hay en la planta de arriba. También tenían otro hijo, el Chema, que les ayudaba con el puesto. Al Rubén le gustaba la música, tocaba la guitarra y no quería saber nada del mercado ni de los salchichones y chorizos que daban de comer a la familia. Todo el mundo aquí sabía que el puesto lo heredaría el Chema. Pero tuvieron mala suerte. La genética, dicen. O una maldición. El Chema se volvió esquizofrénico, por lo visto ya uno de sus abuelos y su tío habían estado igual. Se le fue la olla, vamos, y empezó a hacer cosas raras y a cortarse con los cuchillos de la charcutería. Los padres lo llevaron a todos los médicos, casi se arruinan, pero al final el chico se encerró en su cuarto con la escopeta de cazar y se voló la sesera. Pobres, casi se les va la vida detrás del hijo, no levantaban cabeza. La madre dejó de comer de la pena, no dormía, y el padre no sabía qué hacer. El Rubén empezó a venir a ayudarles, pero de pronto, un buen día, desapareció sin dejar rastro. No le lograron encontrar por ningún lado, y al final los viejos vendieron el puesto y marcharon de la ciudad. Eso pasó hace, por lo menos, veinte años. Hace como cinco o seis alguien nos dijo que ya habían muerto. Y un mes después volvió el Rubén, se sentó en la plaza y se acercó a los contenedores cuando salimos con la basura. Otro de los del mercado y yo lo reconocimos; no sabemos dónde estuvo ni por qué volvió, solo supimos que era él por la guitarra esa azul sin cuerdas que lleva. Se la compró el Chema con el primer jornal que ganó. No se moleste en buscar, no tiene más familia. Y gracias por el carajillo, señora”.
Volví al hospital muy triste. El mendigo de la guitarra, como todos los mendigos, tenía una historia detrás, dura como casi todas, y sin una solución que estuviera a mi alcance. Hablé con el psiquiatra del centro, y comenzó a administrarle la medicación oportuna. Rubén también era esquizofrénico. “Maldita genética”, pensaréis. Así es. Después de ver el sufrimiento que la enfermedad de su hermano había ocasionado a sus padres, cuando reconoció en él mismo los síntomas quiso evitarles el dolor de perderlo, por eso se marchó. Se convirtió en un desahuciado por piedad: prefirió que pensaran que andaba por ahí recorriendo mundo. No debían saber que estaba enloqueciendo, que tal vez se volviera peligroso y se tirase por la ventana, o se descerrajase un tiro, como había hecho Chema, o quizá llegase a agredirles, como otros pacientes de esquizofrenia descontrolados habían hecho. Ya conocía la devastación de la enfermedad, y quiso quedársela para él solo y evitar ver a sus padres de nuevo aterrados y consumidos por la pena. Solo cuando supo que habían fallecido volvió a los lugares que le eran familiares porque, al fin y al cabo, no tenía adónde ir.

Afortunadamente, Victoriano había guardado la guitarra y pudimos devolvérsela. No así la voz, ya que no dijo ni una palabra mientras estuvo ingresado en el hospital. Para el día en que le dieron el alta yo le había buscado un hatillo de ropa usada de mi marido, y se vistió, indiferente, para volver a su trocito de calle en la plaza del Este, frente al mercado. Durante un tiempo le llevé medicación para su enfermedad, pero sospecho que no la tomaba. Y de pronto un día desapareció. Su guitarra la encontraron flotando en el puerto, y supusieron que se había tirado al mar, pero yo intuyo que no fue así. Creo que se volvió a marchar para que no me preocupase por él, y quién sabe en qué ciudad o pueblo estará sentado. Si alguien le ve, por favor, que le busque una guitarra vieja, aunque sea de juguete, y se la dé. Tal vez sea ese el único consuelo que le quede mientras viva.

4 comentarios:

  1. Maravilloso texto... Me encanta como acaba, porqué sabes? yo creo que esta haciéndose el Rey de otro trocito de calle.

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    1. Eso creo yo también. Gracias por tu comentario, Carlos. Un abrazo.

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  2. Que bonito!!! Es que leer tus historias, emocionarme y sentir ese "no sé que" es todo uno.
    La comparto en tu página de fans, para que puedan emocionarse también.

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