domingo, 16 de noviembre de 2014

EL FESTÍN DE LAS MUSAS

                 Tenemos una idea preconcebida sobre las musas. Preconcebida, y bastante equivocada, diría yo. Más que las estupendas señoras con túnica y pelo ensortijado a la griega que todos imaginamos, supongo que por efecto de las películas de Disney y de la variada literatura que hay acerca de ellas, son algo muy distinto. Se trata en realidad de entes etéreos y volubles que se esconden entre los humanos, vuelan por aquí y por allá, según las lleve el viento, y hacen y dicen lo que les da la gana. Favorecen a unos u otros según su capricho, inspiran, abandonan, alientan, desesperan, y se divierten jugando con la voluntad del hombre: ahora le soplan al oído los primeros versos de un poema único, y después le abandonan a su suerte sin permitirle acabarlo con cierta dignidad, como un bofetón a medio orgasmo, como ver marcharse el autobús con el amor de nuestra vida sentado en él sin haber podido decirle lo mucho que lo amábamos.
            Las musas suelen moverse solo en ciertos ambientes, son muy selectivas al respecto. Desprecian los despachos, pero aman los teatros. Huyen de los palacios, frecuentan las escuelas, y juegan en las buhardillas de los que menos tienen. Llenan de genialidades las mentes de los pobres y los dejan a menudo compuestos y sin triunfo, porque no los dotan de recursos económicos para enseñarle al mundo lo que son capaces de hacer; ese es trabajo de la Diosa Fortuna, con la que, por cierto, no se hablan. Aborrecen el dinero, porque ellas no lo necesitan: se alimentan de pensamiento y belleza, y esas dos cosas, de momento, se pueden disfrutar gratis.
También es falso el mito griego de que existe una musa por cada disciplina artística, ellas van siempre en grupo, y todas pueden animar al poeta, dotar de magia al músico, darle alas al escritor, convertir al danzante en grácil libélula, insuflar en el dramaturgo la semilla de una obra de teatro genial, guiar la mano del pintor para que sus figuras parezcan tener vida propia, o marcharse dando un portazo dejando al cineasta con la película sin terminar y al escultor con un adefesio entre las manos que no puede presentar en ningún lado. Puedes tenerlas a todas sentadas en tu hombro o que declaren tu compañía como “non grata” de pronto, y sufrir la mayor crisis creativa de tu vida. También puedes no conocerlas nunca o tenerlas siempre contigo, son muchas y están por todas partes, su energía jamás se agotará mientras haya tantos artistas que sueñan con ellas, las llaman y dedican tiempo a mimarlas.
Tuve la suerte hace unos días de sentarme en un auditorio y conocerlas de cerca. Me colé en el ensayo de una orquesta de las buenas, con toda mi cara dura, porque no podía permitirme lo que valía la entrada para el concierto de la tarde; para mi sorpresa era un ensayo con público, por lo que no me fue muy difícil camuflarme entre los asistentes. Allí pude verlas con claridad. Había decenas de ellas: por el escenario, entre los músicos, girando sobre los arcos de los violines, saltando de los timbales a la cabeza de los trombonistas, enredando las partituras, e incluso bailando en el aire un extraño vals con la batuta del director de la orquesta. Emmanuel Pahud, uno de los mejores flautistas del mundo, iba a actuar de solista, y sobre su flauta de oro reinaba también una de esas musas, que jugaba con las notas y trinos que el instrumento iba lanzando al aire desde su alma metálica igual que lo haría un niño con pompas de jabón.
Me parecía imposible que todas las personas que me rodeaban no las vieran igual que las podía ver yo. Eran orondas y sonrientes, y se alimentaban, felices, de sinfonías de Tchaikovsky y conciertos de Khachaturian, y también del buen hacer de los ejecutantes. Solamente me di cuenta de que había muchas más pequeñas musas a mi alrededor cuando quité la vista del escenario y la dejé vagar por la platea. Eran cientos. No tenían el mismo aspecto que las primeras: eran mucho más delgaditas, y se posaban tranquilas en las manos, sobre la cabeza, en las rodillas y hombros de las personas que se sentaban conmigo. Miraban, se acercaban a los oídos, susurraban secretos, suspiraban. Se enredaban en el cabello de las chicas, brillaban en los ojos de todos, se bañaban en alguna lágrima disimulada. Me pregunté el motivo de la diferencia de actitud y apariencia entre unas musas y otras, pero no se me ocurrían razones para explicar aquello.
No fue hasta el final de aquel acto cuando supe el porqué. Todo el público estaba compuesto por estudiantes de flauta que fueron invitados, junto con sus profesores, a asistir a un ensayo en el que podrían ver trabajar a uno de los mejores maestros del mundo. Aquella multitud de jóvenes de mirada asombrada y gesto extasiado eran futuros primeras figuras, promesas. Arte en construcción. Y todas aquellas musas flaquitas y gráciles estaban apostando por ellos, tratando de insuflarles ánimo para seguir trabajando. “Un día puedes ser tú el que ocupe un lugar en esa orquesta”, ese era seguramente el mensaje que habían estado susurrando en los oídos de los chicos. Las del escenario, las primeras que vi, eran “musas cómodas”, es decir, seres que van a lo seguro, a lo sencillo. Una gran orquesta, un gran director, un gran solista, grandes obras, magníficos y carísimos instrumentos. Un triunfo cierto, “alimento musístico” de fácil obtención. Para ellas aquello era un supermercado donde todas las delicatesen eran gratuitas y abundantes, su trabajo estaba hecho y solo tenían que recoger los frutos. Las segundas, sin embargo, no se conformaban con lo conocido. Querían más, querían lo nuevo, lo fresco, lo difícil, lo incierto, y enfocaban su energía hacia los aprendices de artista.
Reconozco que pocas veces he visto tanta ilusión y tantos sueños en tan poco espacio. Es difícil encontrar reunidos tanto talento, tanto arte y tanto futuro. Es difícil, pero a pesar de los esfuerzos ímprobos de algunos gobernantes por asfixiar el arte y la cultura por considerarlos innecesarios y poco productivos (la gente podría pensar por sí misma y no conformarse con lo que les damos, qué horror), aún no es imposible. Esos chicos y sus inspiradoras compañeras mitológicas son como los bulbos de tulipán bajo la nieve, esperando a que llegue el calor para enseñar al mundo la maravillosa flor que han estado gestando en su clandestinidad subterránea.

Me ha encantado conocer a esas musas. A las gordas no, a las otras. A las que apuestan por el futuro en lugar de libar de lo consolidado. Voy a tratar de hacerme amiga de un par de ellas, a ver si termino pronto mi novela. Hasta el próximo relato, amigos.

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