domingo, 2 de noviembre de 2014

LA CHICA DEL AUTOBÚS

Cuando Arturo se subía al autobús, cada mañana puntualmente, ella ya estaba allí. No sabía en qué parada lo cogía, pero sí que se bajaba en la misma que él tras casi una hora de trayecto. Le gustaba ir a trabajar en aquel turno tan temprano, las seis y media, porque había poco tráfico y también pocos viajeros, y eso le permitía ir sentado en el vehículo en lugar de tener que hacer el trayecto de pie, incómodamente agarrado a la barra, a merced de los frenazos y acelerones del conductor. Solía escuchar el parte de noticias matinal a través de sus pequeños auriculares conectados al teléfono móvil. Ella, sin embargo, siempre iba leyendo, absorta, ensimismada.
La concentración que la muchacha ponía en su libro permitía a Arturo observarla a sus anchas. Las faldas largas y coloridas, las blusas gastadas, los jerseys raídos y el moño alto recogiendo una abundante y larguísima cabellera, amén del color de la piel y los rasgos del rostro cantaban con claridad su procedencia: era una joven gitana. “Probablemente será rumana, las de aquí se pintan y se arreglan más”, pensaba Arturo. Le gustaba verla siempre leyendo, fuera de la realidad, pasando las hojas cuidadosamente con sus dedos de uñas cortas y gastadas por los productos de limpieza.
Una mañana se sentó en el asiento libre que quedaba junto a ella, y de reojo miró el título del libro: “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez. Se atrevió a interrumpirla. “Un gran libro, yo lo leí en el colegio, de niño. ¿Te está gustando?” Ella le lanzó una mirada desconfiada. “Sí, gracias” fue toda su respuesta, cortante, helada. Cerró el libro y lo guardó en su bolsa para alejarlo de la mirada indiscreta de Arturo, que se arrepintió al punto de haberla incomodado con su amabilidad. “Es extranjera, y además gitana. Son de natural desconfiado, tienen otras maneras, otra educación. A ver si aprendes a estar calladito, Arturo, que a estas horas no todo el mundo tiene ganas de hablar”, se dijo. Afortunadamente, la situación no se alargó demasiado: no quedaba más que una parada para llegar a la suya. Ambos se levantaron de los asientos, descendieron del vehículo y, sin siquiera mirarse, tiraron cada uno por su lado. Pero al día siguiente, a las seis y media, Arturo volvió a coger el autobús y ella estaba allí, sentada, con su libro abierto, completamente sumergida en la historia del gris burrito de Juan Ramón.
Pasaron los meses, y no habría vuelto a decirle ni media palabra de no ser por un detalle: día tras día, semana tras semana, el libro de ella siempre era el mismo. Las sobadas tapas azules con las letras amarillas, el dibujo del pollino plateado en la portada… inequívocamente, la muchacha leía “Platero y yo” una y otra vez. ¿Por qué? ¿Tanto le gustaba? Bueno, el libro era bonito, pero las librerías están llenas de libros bonitos, de modo que, ¿por qué releer siempre el mismo? Por ello, y pese a que dicen que la curiosidad es cosa de gatos y mujeres, Arturo no pudo aguantarse más la suya y al fin, deseoso de saber, se sentó junto a la joven de nuevo.
“Perdona, ¿te puedo hacer una pregunta?” Ella cerró el libro con cara de fastidio y le miró. Aunque dijera que no, intuía que él iba a hacerla de todas maneras. “¿Por qué siempre Platero y yo? ¿No te gustan otros libros?” La joven, en dificultoso castellano, le aclaró el misterio. “Encontré en basura. Llevo para no tener que hablar con nadie. Yo no sé leer”. Arturo se sintió como si le hubiesen dejado caer un cubo de agua helada sobre la cabeza. En pleno siglo XXI, en la civilizada Europa, ¿cómo era posible que una mujer de apenas veinte años no supiera leer? Ella vio la sorpresa en su rostro, una expresión a la que ya estaba habituada. “No necesito para limpiar. Fregona no lee. Fregona friega. Ya está”. Y dio por terminada la magra conversación abriendo de nuevo el libro con un gesto de “no hablaré más”.
Arturo no pudo aquel día pensar en otra cosa. Mientras duró su trabajo en la oficina, mientras volvía a casa en otro autobús atestado de gente, durante la tarde… Ni siquiera pudo dormir bien aquella noche. Por la mañana, al subir las escalerillas del transporte, la vio en su asiento, con su libro azul, y se sentó deliberadamente a su lado. No le dio ni los “buenos días”, sino que sacó su ejemplar escolar de “Platero y yo” y comenzó, con voz queda, a leer la página 1: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...” El gesto de ella se suavizó un tanto. “Bonito. Mi padre tiene burrito. Marrón, muy viejo”. Arturo la miró. “¿No te gustaría saber cómo sigue?” La muchacha, avergonzada, se miró las manos. “No tiempo. Trabajo. Nadie enseña. Mujer no necesita, dice mi padre”. El autobús alcanzó su parada en ese momento, y dejó a Arturo con un sabor tan amargo en la boca que aquella noche tampoco pudo dormir.
Hojeó la cartilla escolar que acababa de comprar; era distinta a las que usaban en sus tiempos de colegial, pero los fundamentos no habían cambiado. La P con la A, PA. La B con la E, BE. Y así todo. A las seis y media en punto subió al autobús y se sentó junto a ella. “Sí tiempo. Una hora al día, aquí, en el autobús. Y tu padre está equivocado: mujer es persona, y persona necesita saber leer. Si tú quieres, yo te enseño”.
Aquella hora madrugadora de sílabas y letras volaba, y con ella las semanas y los meses. Atisbando desde el cristal del autobús, la maravilla de sus ojos oscuros descubriendo sorprendidos el mundo a través de los carteles de los comercios fue un extraordinario salario para el improvisado maestro: “carnicería”, “frutería”, “pan y dulces”… Las palabras leídas parecían estrenarse en sus labios, como si no llevasen años sobre las puertas de las tiendas. Aquellos dibujos sin sentido cobraron, de pronto, vida en la cabeza de la joven, y no se cansaba de identificarlas y pronunciarlas. Era la hora de Platero. Ya podía, poco a poco, descubrir la poesía sin versos de Juan Ramón.

Una mañana, cuando Arturo subió al autobús, ella ya no viajaba en él. No la vio nunca más; tal vez cambió de trabajo, o de ciudad. Quizás se casó, o quién sabe. Pero seguramente nunca se olvidarán, porque esa hora que a diario era un tiempo muerto cobró vida y les sirvió a los dos para ganar.

4 comentarios:

  1. Que bonito!!! Que maravillas se te ocurren. Eres el talento personificado

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    1. Todos tenemos algo bueno que ofrecer a los demás, Ana. Esto es lo que mejor hago. Tú también te exprimes cada día para dar lo mejor de ti. Ojalá todo el mundo pusiera su granito de arena, seguro que todo funcionaría mucho mejor. Muchas gracias por tu apoyo. Un beso grande.

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  2. Respuestas
    1. Gracias a ti, soy afortunada por contarte entre mis lectores. Un abrazo.

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