martes, 23 de diciembre de 2014

CHOCOLATE Y ALMÍBAR

            Cuando yo era pequeña, los niños de San Ildefonso eran solamente niños. Varones, quiero decir. Ignoro, y no quiero averiguar, si es que el colegio era únicamente masculino o lo de cantar la lotería les estaba vedado a las chicas, como tantas otras cosas. No sería peregrino pensar que no permitiesen a las nenas cantar premios y números por ser eso, nenas, juzgándolas incapaces de mantener el aplomo y de poseer la agilidad mental suficiente como para ese menester, pero no podría asegurarlo. Estas suspicacias mías surgen, más que nada, de mi experiencia escolar de por aquel entonces. No hace tantos años de eso, yo aún no he cumplido los cuarenta y dos y, en el colegio donde comencé la primaria, niños y niñas estudiábamos en edificios separados, sin tener contacto nada más que la magra media hora de recreo en el patio. Dos tardes a la semana las niñas estábamos obligadas a hacer clase de costura; ahí aprendí a poner botones, hacer dobladillos, sobrehilados, vainicas ciegas y punto de cruz. No digo que no me haya sido útil, desde luego, pero a los chicos les daban clase de pretecnología: marquetería, circuitos eléctricos simples, cosas así. Luego, claro, si había algo que arreglar en casa lo “tenían” que hacer ellos, y si había algo que coser, era cosa exclusivamente nuestra. Así, identificando roles y sexos desde bien temprano, pero sin roces, no fuéramos a tener pensamientos impuros desde los siete años. Hasta para cambiar una simple bombilla dependeríamos de ellos, y nuestra máxima aspiración consistiría en zurcir sus calcetines, reparar sus camisas y, con suerte, recibir como dote una magnífica Singer con la que hacer primorosas sábanas para nuestros ajuares matrimoniales. En aquella época yo quería, en mi inocencia infantil, ser niña de San Ildefonso; entonces mi madre me explicó que eran criaturas sin padres, que vivían internos en ese colegio. Ya no me gustó el panorama y pasé a desear ser patinadora sobre hielo.
            Me venían a mí todas estas cosas a la mente mientras desayunaba ayer con el televisor encendido, presta a seguir mi tradición particular de ver el sorteo de Navidad con toda la ilusión de los pobres, convenientemente aprovisionada de pañuelos para llorar de emoción viendo a los demás celebrar premios que nunca serían para mí, pero que me alegrarían igualmente al pensar que los agraciados lo necesitaban más que yo. Como todos los años, observé el plantel de cantores, que ha ido evolucionando a lo largo de las décadas: al principio, como ya he dicho, solamente eran chicos. Después se fue viendo alguna niña, luego algún chaval negrito, finalmente muchos rostros latinoamericanos, reflejando la evolución de nuestra sociedad. Además, la mayor parte ya no eran huérfanos, sino hijos de familias con pocos recursos. Lo único que no cambió demasiado fueron la faldita de tablas y el traje de chaqueta. Y al final llegó nuestra época, en la que se ven ya tantas niñas como niños. Lo único que se les exige es tener la voz clara y fuerte, agilidad y corrección en la dicción y poder hacer varias cosas a la vez, concepto este que cumplen bien ambos sexos, digan lo que digan: coger la siguiente bolita mientras se canta la anterior, buscar el agujerillo, ensartarla en el alambre, inclinarse de nuevo a por una nueva bolita, y así. Los niños de este año eran como la ONU: rubios, morenos, latinos, negros, altos, bajitos, deliciosamente niños, deliciosamente humanos. Ilusionados, nerviosos, sonrientes. Niños. Perfectos.
            Cuando la vi entrar en escena y colocarse frente al bombo grande, tan negra, tan brillante, tan deliciosamente bonita, pensé que era una de las criaturas más hermosas que había visto en un salón de sorteos. Comenzó a cantar los números con fluidez, en perfecto español, con un timbre de voz cantarín y firme, entonada, rítmica. Y de pronto, un número pequeño después de docenas de cifras larguísimas, los nervios, la responsabilidad. Se atascó. Volvió a intentarlo, pero no lo logró. Asomó la niña debajo de la coraza de seria formalidad, y se quejó bajito: “jo, no me sale”. Al fin, las lágrimas le llenaron los ojos y la garganta y tuvo que parar. Sabía que millones de personas estaban pendientes de sus palabras, que había cometido un error, y le pudo la presión. Esas gotas de almíbar rodando sobre el chocolate de su rostro fueron dulcísimas para mí, tanto como amargas para ella. Un aplauso, consuelo de los responsables, agua. Lo intentó de nuevo, pero el llanto no la dejaba ver los números. Negó con su cabecita llena de trenzas, se frotó los ojos y sollozó. “No puedo”. Pero al final respiró hondo, vio que el mundo no se hundía, que no había más reproche que el de su propio orgullo herido, se llenó de coraje y pundonor y continuó con su trabajo. Así, con tan pocos años, fue capaz de hacer lo que muchos adultos no consiguen: no abandonar tras un tropiezo, levantarse, alzar la cabeza y seguir adelante. En ese momento, sola en mi cocina, con el café con leche ya tibio frente a mí, me levanté de la silla y aplaudí su valor.
            Por un instante deseé, como madre, traspasar la pantalla, abrir los brazos y consolarla contra mi pecho, como hago con mis hijas cuando no sacan la calificación que querían en un examen, o cuando tienen un solo en un concierto y se equivocan en alguna nota. Nuestros hijos no tienen que ser perfectos, y si pretendemos eso, estamos errando el tiro. Lo que tienen que aprender es que equivocarse, tropezar, caer y atascarse es humano y nos ocurre a todos; lo que realmente vale es no quedarse en el suelo llorando, sino levantarse y continuar, sin desanimarse ni dejar las cosas a medias.

            No sé quiénes serán los padres de esa niña, pero desde estas líneas les doy la enhorabuena: con esa actitud, su hija llegará todo lo lejos que se proponga. Ojalá muchos otros niños que conozco, de colegio de pago y familias con posibles, aprendiesen la lección.

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