lunes, 31 de marzo de 2014

EL NARANJO ENAMORADO

            En el momento en que la mujer, sofocada por el inclemente sol de agosto, se sentó a descansar a la sombra de aquel árbol y rompió aguas, el naranjo supo que su vida estaría, indefectiblemente, ligada para siempre a la criatura que había de nacer. Estaba plantado en el jardín de una casa, junto a un limonero y un arbusto de kumquat, por lo que no era raro que ella, que vivía allí desde hacía muchos años, se sentase a leer, a coser o a charlar junto a su tronco. Ella los cuidaba, los podaba, recogía sus frutos y les daba agua, combatía sus enfermedades y se portaba con ellos como una madre; los tres la querían y le entregaban sus frutos con generosidad, pero el naranjo sentía que la mujer le prefería a él por el sabor de sus jugosos trozos de sol y el aroma de sus flores en primavera, y sonreía de manera especial cuando la veía, o cuando la oía cantar trajinando en la casa por alguna de las ventanas entreabiertas.
            Aún el embarazo no había cumplido sus cuentas, y por eso el súbito parto la cogió desprevenida. El líquido amniótico se desparramó de pronto y fue absorbido por la tierra, que lo hizo llegar al naranjo a través de sus raíces. Aquello le convertía en un ser especial, alimentado por el fluido mágico en el que flota la vida; lo que ella iba a alumbrar y árbol serían hermanos, sus destinos se entrelazaron en aquel momento, y no habría manera, ni humana ni vegetal, de romper ese lazo invisible. La partera llegó cuando ya la niña colgaba del pecho de su madre, y el árbol, orgulloso de haberla visto nacer, explotó de alegría produciendo una violenta floración, imposible en aquella época del año, que hizo convivir en sus ramas blancos azahares con la multitud de frutos verdosos que ya crecían en ellas. Tan notable y apreciado fue el regalo floral del árbol, que la mujer le otorgó a su hija el nombre de Azahara.
            La criatura creció en contacto con el naranjo sin saber que él era su protector: la leña de sus ramas, producto de la poda, ardiendo en el hogar, calentaba a la chiquilla y servía como combustible para preparar sus comidas. Sus frutos refrescaban aquella boquita, saciaban su sed y alimentaban su cuerpo, haciendo que creciera sana y fuerte, nutrida por el extra de rayos de sol que él ponía en las naranjas para ella. Cobijó pájaros cada año para que la entretuvieran con sus trinos, dejó colgar de su cuerpo un columpio para divertirla, le dio sombra y cariño, se dejó arrancar hojas para que ella jugase a las cocinitas con sus cazuelas de juguete junto a su tronco. Tanto la amó mientras crecía que, cuando se dio cuenta de que la niña ya no lo era tanto y que de ella brotaba una mujer, no pudo detener sus sentimientos y se enamoró.
            Los años en que ella vivió junto a él fueron los mejores de su vida de árbol. Se esforzó mucho haciendo frutos más dulces, dándole más sombra, más fragancia en las flores, todo para lograr que su amada Azahara le sonriese, acariciase sus hojas y se mantuviese cerca de él, al alcance de sus ramas. Con eso le bastaba, era feliz, porque aunque sabía que jamás podría tenerla, sí podía verla, y así soñarla. De todos modos, en el cuerpo de ella había parte de él, a través de las naranjas que comía, y en el cuerpo de él había también parte de ella desde el día de su apresurado nacimiento. Pasara lo que pasara, eran uno, estaban unidos, y nada los podría separar. O eso pensaba el naranjo.
            Un día de primavera, sin embargo, todo cambió. Llegó aquel muchacho, se sentó con su Azahara bajo las ramas cuajadas de flor de azahar, le habló de amor y la besó. Y después, sin respetar ni un ápice (¿qué podía saber él?) el duelo del árbol ni sus celos, grabó en la corteza de su tronco las iniciales de los dos dentro de un corazón. Al naranjo le habría gustado mover una de sus ramas más grandes para golpearle, pero no pudo. Se tuvo que aguantar las ganas de llorar hasta que los jóvenes amantes se marcharon, y entonces, solo entonces, dejó caer de golpe todas las flores al suelo, desolado por el dolor. Después, se dejó picar por el pulgón de la tristeza, sus hojas se arrugaron y fue languideciendo, plantado en aquel jardín, sin tener ya ilusión por la vida.
            Azahara, alertada por el aspecto enfermo del naranjo, trató de salvarlo. Le dio tratamiento contra la tristeza, ahuyentó los pulgones con venenos y combatió el virus con los medicamentos que le recomendó el botánico, pero sus esfuerzos no parecían dar resultado. Tocaba preocupada las hojas, impotente ante el visible deterioro de su hermano vegetal. “Mi querido naranjo, no te mueras, por favor. Nací junto a tu tronco, he crecido columpiándome y trepando en tus ramas, he comido de tus frutos y gozado de tu sombra cada verano desde que tengo memoria. ¿Quién me dará el azahar para mi ramo de novia? ¿Quién cobijará a los pájaros para que les canten a mis hijos? ¿De dónde sacaré el zumo para que crezcan sanos? ¿Quién, si no estás tú, me dará sombra para leer en verano?” El árbol la oía, pero no podía evitar sentirse herido.
            El limonero, un árbol agrio que nunca decía nada, decidió tomar cartas en el asunto aquella misma noche. No solía meterse en los asuntos de su vecino, pero por una vez se decidió a hablar. Su parlamento fue corto, directo y conciso, como un sorbito del zumo de sus limones, pero sirvió para que el naranjo recapacitase en su actitud y luchase contra la tristeza. “Mira, estúpido”, le dijo. “Yo fui un mandarino excelente hasta que cometí el error de enamorarme de la primera dueña que tuvo esta casa. Cuando comprendí que ella nunca me podría querer del mismo modo, se me agrió el carácter y comencé a dar limones. Y ya ves, no me ha conducido a nada mi actitud, de mis frutos apenas gusta nadie. En cambio tú, que se te beben a tragos largos, si te dejas vencer, además de perderla a ella perderás la vida. Yo, al menos, aderezo sus ensaladas y sus bebidas. Tú serás carne de hacha y pasto de las llamas el próximo invierno, y ahí acabará todo. No habrá más risas, ni pájaros, ni fragancia, ni sol, ni nada. ¡Consuélate! No es el fin del mundo, solo es un desengaño amoroso. No la tendrás a ella, pero tendrás otras muchas cosas a cambio”. Y, dicho esto, volvió a su habitual mutismo dejando al naranjo rumiar su decisión.

            Ayer visité a mi amiga Azahara en su casa. Sus tres adora(terri)bles niños jugaban en el jardín, y no pude evitar hacerle una foto al naranjo, para que veáis las flores que nos ha regalado. Ojalá pudieseis olerlas, su aroma está tan lleno de nuevas ilusiones que se siente uno contagiado de primavera. No siempre la felicidad está en conseguir lo que uno desea, sino en aceptar lo que realmente puede tener y disfrutar de ello. 

jueves, 27 de marzo de 2014

LA FIESTA DE LA DESPENSA

            Habían suspendido sus planes de boda ya dos veces. Primero fue por el despido de Jaime, que al quedarse sin trabajo se acobardó. Tardó más de un año en encontrar de nuevo un empleo, y estaba bastante peor pagado que el anterior, pero ya era algo. Su sueldo, junto con el de Isabel, serviría para comprar un piso y formar una familia. Pusieron una nueva fecha, pero el supermercado donde ella trabajaba como cajera redujo la plantilla y la dejó en la calle. Perdieron de nuevo la señal dada al restaurante al anular el enlace, el traje que ella había escogido ya no se compró, pasando a ser “de una colección descatalogada”, y el brillo de la ilusión desapareció de los ojos de los dos.
            Ningún banco les dio una hipoteca con la nómina exigua de Jaime. Isa, mientras tanto, encontró un par de casas en las que limpiar, pero nada más. El tiempo iba pasando, y la idea de casarse se esfumaba en cuanto los dos se sentaban a hacer números: a tanto el comensal, las flores, las fotos, los trajes, los regalitos, la despedida de solteros… Por mucho que restringieran la lista de invitados, la cantidad de dinero era tan grande que resultaba imposible de afrontar. A veces, para que la ilusión no se les muriese, echaban una tarde yendo a visitar restaurantes, mirando menús, y dejándose invitar, de paso, a un refresco, deferencia que los salones de bodas suelen tener para con quienes les visitan con intención de celebrar en sus instalaciones un banquete nupcial. Esas tardes les daban material para soñar un tiempo más, pero a la vez les hacían sentir desconsolados. Jamás llegarían a disponer de tal cantidad de dinero.
            Mientras tanto, los amigos, los primos, los compañeros de Jaime se iban casando, y los comentarios de los otros invitados (fíjate qué maravilla de salón, vaya menú más cutre, me gustan más estas flores que las que puso Fulanita en su boda, dónde va a parar, estos jardines son de cuento de hadas, menuda orquesta más floja, ¿te acuerdas de cuando se casaron Mengano y Menganita? Nos quedamos con tanta hambre que nos tuvimos que ir a un burguer nada más salir de la boda…) les iban poniendo, sin querer, el listón cada vez más alto. Cualquier tipo de celebración que no estuviera a la altura sería blanco de los comentarios de familiares y allegados, y eso era algo que Isabel no quería ni pensar. Le daba pánico ser la comidilla de nadie, y mucho más que las hermanas, cuñadas y primas de su suegra, a cuál más venenosa (parecían una bandada de loros en lugar de las amables parientas que debían ser) sacasen después toda la lista de críticas en las reuniones familiares de los siguientes veinte años.
            Lo hablaron un millón de veces, pero sin llegar a ninguna conclusión. Irse a vivir juntos sin casarse podía contrariar, y mucho, a la familia de Isa, tan tradicionales que resultaban casi anacrónicos. A Jaime le daba igual, pero a ella no. Hacer una ceremonia sin invitados, solamente con los testigos y la familia directa, daría pie a habladurías de todas clases en el pueblo, desde “está preñada” a “no tienen dónde caerse muertos”. Los padres se ofrecieron a pedir un préstamo con que hacer frente a los gastos, pero la pareja se negó: no someterían a las limitadas economías de las dos familias a semejante presión para pagar una fiesta. Al fin, decidieron esperar un poco más, pero los meses pasaban, y se dieron cuenta de que las cosas no se solucionarían por sí solas. Y también notaron que la relación entre ellos corría peligro de estancarse, enfriarse y terminar ahogándose.
            “O nos casamos o rompemos, pero yo ya no puedo más”. Esas fueron las palabras de Jaime, cansado de ver que el tiempo corría y sus sueños de estar con ella, de compartirlo todo y de ser felices se iban difuminando en el tiempo. Isabel, como cada vez que se trataba el tema, se echó a llorar. Y otra vez se fueron cada uno a su casa tristes, con el corazón hecho un nudo y ganas de mandarlo todo a paseo.
            Unos días después de aquella noche, los dos recibieron una invitación. Era una tarjeta de cartulina color sepia, escrita a mano con pluma y tinta, como antaño. El texto era el siguiente: “Por la presente les invitamos a la gran Fiesta de la Despensa que tendrá lugar en el parque del río el día 20 de mayo a las seis de la tarde. La etiqueta del evento es la siguiente: falda y calzado plano para las señoras, nada de corbata para los caballeros. Rogamos máxima puntualidad”. ¿Quién organizaba aquella fiesta? ¿Por qué les habían invitado? ¿O se trataba de una broma? Preguntaron a todos los conocidos y familiares, pero nadie tenía ni idea. La madre de Isabel y el padre de Jaime les animaron a ir. “¿Qué podéis perder? Divertíos un poco, que ya apenas salís. Merendad si os lo ofrecen, bailad si hay música, y olvidáos un poco de los problemas. Os vendrá bien”. Y así fue como, llenos de dudas y un poco extrañados, la pareja se presentó aquella tarde en el parque.
            Al llegar se encontraron una carpa enorme instalada en el césped. Supusieron que la fiesta sería dentro, de modo que, cogidos de la mano, traspasaron el umbral. Y allí estaban todos: los amigos, las dos familias, la bandada de loros… Las mesas estaban dispuestas y todo tenía un aspecto excelente: los centros de flores silvestres recogidos por las invitadas adornaban cada rincón, había velas de todas las formas y colores, rescatadas de cajones y trasteros. Cada uno había preparado algo de comer para compartir, todos trajeron cubiertos y platos de casa, y vinos y cavas aportados por los “invitados” se enfriaban en grandes recipientes llenos de hielo. Todos los asistentes habían recibido la siguiente tarjeta, de cartulina color sepia, escrita a mano con pluma y tintero, como las antiguas: “Está usted invitado a la boda de Isabel y Jaime, que consistirá en una “fiesta de la despensa”. Los requisitos para asistir son: no compre ropa, use un traje que ya tenga en casa de cualquier otra boda. No vaya a la peluquería: péinese usted mismo/a o pídale a una amiga que le arregle, seguro que va a estar usted encantador/a, como siempre. Aporte cuantos platos y cubiertos vaya a necesitar, cuanta comida piense que vaya a comer y un poco más, a ser posible preparada por usted mismo/a. Además, y como regalo para los novios, traiga algo que pueda aportar para llenar por primera vez su despensa de casados: harina, azúcar, latas de conserva, legumbres, mermeladas o lo que crea conveniente. Busque algunas velas que tenga en casa, no importa que ya hayan sido encendidas alguna vez. Corte unas flores de su propio jardín, róbelas de un parque o salga al campo a por ellas; con las mejores haremos un ramo de novia, y el resto servirán para adornar las mesas. Compre, o haga a mano, un par de detalles sencillos de no más de tres euros para intercambiarlos con otros invitados. Sea puntual y no olvide su cámara de fotos. ¡Le esperamos!”
            Allí mismo, tras un biombo, vistieron a Isabel de novia con un vestido alquilado, le prendieron unas flores a la melena y le dieron su ramo, el más especial que ninguna novia hubiera llevado nunca. A él le habían traído uno de sus trajes, acompañado de una original corbata del color de los ojos de Isa, regalo del padre de la novia. El juez de paz también estaba allí, de modo que ¡ya podían empezar! Emocionados y casi sin voz, la pareja se prometió luchar por aquello que casi se va al traste por culpa del trabajo, el dinero y las obligaciones sociales.

            Lo que los invitados no se habían gastado en ropa nueva de ceremonia y peluquería se lo entregaron a los padres de los novios, que alquilaron un apartamento para que el nuevo matrimonio pudiese vivir los primeros meses, y con lo que cada uno llevó a la “fiesta de la despensa” les llenaron los armarios de la cocina con toda clase de alimentos. Hubo música y baile hasta el amanecer, y los dos recién casados supieron que habían tenido la boda más llena de cariño que se pueda imaginar. No hubo críticas a la celebración, es más, quedó en la historia de aquella familia marcada como una de las más originales y divertidas a las que habían asistido nunca. Y ellos, Jaime e Isabel, consiguieron al fin olvidarse de lo que no tiene importancia para poder centrarse en lo realmente importante.

jueves, 20 de marzo de 2014

EN EL DESVÁN, DORMIDOS

            Once hijos. Bueno, en realidad fueron catorce, pero tres no sobrevivieron al parto. Se llamaba Socorro, pero los vecinos la llamaban “la coneja”. A ella no le importaba, porque no conocía mayor felicidad que la que le proporcionaba concebir en brazos del amor de su vida, sentir una nueva criatura creciendo en su interior, alumbrarla rodeada de cariño y criarla amarrada a su pecho; sin embargo, una vez rebasaban la frontera de los tres años, dejaban de interesarle. Así pues, los niños iban creciendo ayudados por varias niñeras, porque su madre apenas se ocupaba de los mayores: siempre estaba embarazada o recién parida, y Liborio, su padre… bueno, él era hombre. Criar no era lo suyo.
            Eran una familia acaudalada. Vivían en una casa grande, los niños recibieron todos buena educación, no necesitaban heredar unos la ropa de los otros porque sobraba dinero para que todos pudiesen tener un buen armario. Sin embargo, y pese a no faltarles de nada, los once hijos de Socorro competían por todo: por un puesto en la mesa más cerca del padre, por un cobertor nuevo en la cama mejor que el del hermano siguiente, por una bicicleta más nueva. Los mayores terminaron sus estudios en un tiempo razonable, y se quejaban de los más jóvenes, que estiraban los años de universidad repitiendo un curso tras otro porque era más cómodo seguir en casa, recibiendo dinero sin sudarlo, que tratar de tener una vida propia e independiente. Las chicas de la casa se quejaban de que se favorecía más a los chicos, ellos protestaban porque a ellas se les daban clases de música y pintura para poder casarlas mejor en un futuro…
            Liborio y Socorro no fueron capaces de lograr que sus hijos se llevasen bien. Él se desentendió del todo, y ella no se vio con fuerzas de poner orden: desgastados los huesos de tanto parto y tanta lactancia, desgastados los nervios de tanta pelea y tantos celos, se dio por vencida y ya no intentó mediar en sus luchas, dedicando su tiempo a ir a las cafeterías elegantes con sus amigas y a clases de Pilates en el gimnasio más exclusivo de la ciudad. Al fin, los once hermanos se fueron marchando de casa, unos al extranjero, otros más cerca, pero cada uno por su lado. Ya no hubo más Navidades juntos, ni más reuniones de todos para el cumpleaños de mamá, ni para el día del padre. Si uno iba, el otro se negaba a aparecer, el de más allá lo hacía de mala gana, otro ponía una excusa vaga, otro ni se molestaba en buscar un pretexto, otra se presentaba con todas las joyas que podía cargar para que vieran lo bien que le iba y provocar la envidia de los demás… Al final de su vida, el matrimonio se dio cuenta de que, de once hijos que tenían, solo dos iban a visitarles habitualmente. A otros dos llevaban ya más de quince años sin verlos, tenían nietos a los que no conocían, y la inmensa mesa del comedor ya nunca se veía llena. Les habían dado tantas cosas materiales que solo habían conseguido volverles egoístas; tal vez necesitaron más a su madre y menos a las niñeras, más a su padre y menos a su dinero. Tal vez, solo tal vez, debieron pensar que el tener que competir por cada brizna de su cariño y de su tiempo no iba a hacer de sus hijos mejores personas, sino fieras capaces de morderse entre ellos con tal de quedar por encima de los demás. El matrimonio envejeció y murió sin entender qué es lo que habían hecho mal.
            La penúltima reunión de los once hermanos fue ante el abogado y el notario para recibir la herencia. La casa familiar se puso en venta, ninguno podía pagarla ni quería quedársela. Algunos ni siquiera quisieron entrar en ella para quedarse con algún recuerdo. El abogado sorteó los lotes con los muebles y los principales enseres de la casa; el hermano número 6, Emilio, sacó lo que le había correspondido y lo dejó en el vertedero más cercano. Los demás se llevaron cada uno lo suyo, algunos con intención de venderlo en el rastro al siguiente domingo. A Piedad, la más pequeña, le correspondió el lote llamado “desván”.
            Cuando ella nació, sus hermanos mayores ya se peleaban con saña todo el tiempo. Vivió el llanto de Socorro cuando comprobó que ya no podía tener más hijos, y también el abandono en brazos de las niñeras. Sintió que ser la última era casi una maldición, porque todos la molestaban a ella, pero ella no tenía otro más pequeño a quien molestar, de modo que tuvo que aprender a esquivar las jugarretas, las envidias, los cuchicheos y las continuas discusiones de los demás, y lo hizo escondiéndose precisamente allí, en el desván. Aquello fue su mundo y su refugio durante toda la niñez, y conocía cada trasto almacenado allí, el contenido de cada caja, cada traje guardado, con naftalina en los bolsillos, en el gran armario de siete puertas. Pero ahora, ya casada e independiente, no podía llevarse todo aquello a su casa. Vivía con su marido y sus dos hijos en un piso de la ciudad, de modo que le resultaba imposible, aunque le habría gustado, conservar aquellas cosas entre las que había comenzado a construir su vida. Tenía que elegir, pero ¿cuáles de todos aquellos muebles y objetos eran más valiosos vistos desde los ojos del corazón? Tal vez el gran sillón de orejas donde se sentaba a leer, el majestuoso espejo orlado de madera y pan de oro en el que se miraba mientras jugaba a probarse los sombreros de su madre…
            Seis meses después los once hermanos fueron llamados para cerrar la venta de la casa; al fin había un comprador dispuesto a pagar el precio de la propiedad, y todos tenían que estar presentes para la firma. Finalizado del trámite legal, Piedad entregó a cada uno de sus hermanos un paquete envuelto en papel de seda, y les pidió que no lo abrieran hasta estar cada uno en su casa, ya con el dinero de la herencia en el banco, y con sus parejas y sus hijos junto a ellos. Cada uno de aquellos envoltorios escondía una colcha de retales hecha por ella, la más pequeña de los once. Todos reconocieron trozos del vestido de novia de Socorro, de las toquillas de recién nacido, de la capa española que Liborio usaba en las grandes ocasiones, de los trajes de comunión de todos los hermanos, de los cobertores de cama infantiles, las antiguas cortinas de terciopelo del salón del té, las sábanas bordadas… Pedacitos de la vida de todos, una amalgama de recuerdos que ninguno había sabido apreciar porque estaban demasiado ocupados intentando ser más que el hermano anterior y fastidiar al posterior, incluso cuando ya no necesitaban esa rivalidad porque cada uno tenía su vida hecha fuera de la casa que acababan de vender. En lugar de deshacerse de cuanto contenía aquel armario de siete cuerpos, Piedad se había armado de tijeras, máquina de coser, amor y paciencia para que todos tuvieran un recuerdo igual de una niñez que, más feliz o más sombría, había sentado las bases de lo que eran en la actualidad. Con aquellas colchas quiso hacer un último intento de decirles a sus hermanos que, aunque no fueron los padres perfectos, Liborio y Socorro les dieron la vida y los medios para salir adelante, y que el pasado no se puede cambiar, pero el futuro sí está en nuestras manos. Prendida con un alfiler a cada colcha había una copia de una antigua foto en la que estaban todos, de niños, junto a los padres, y en el dorso había escrito este mensaje: "El amor se crea siempre que hay voluntad de sentirlo. Uno puede vivir amargado recordando una ofensa toda la vida, o puede olvidarla, superarla y volver a anudar un lazo de sangre que nunca debió romperse. Lo dejo en tus manos, como este puñado de retales de nuestra niñez. Te quiero, hermano".


            El egoísmo no lo da el dinero, ni la falta de él. El egoísmo está en el corazón, pero es un mal que se puede curar. Aunque solamente si uno quiere, claro.

sábado, 8 de marzo de 2014

EL ARCHIPIÉLAGO CEREZA

            Había una vez, en un mar muy lejano, tan lejano que nadie sabe ya ni dónde está, dos islas. Estaban una enfrente de la otra, y eran muy distintas: en la más grande, que estaba llena de vegetación y gozaba de un envidiable paisaje con una montaña, un lago y una playa blanca de fina arena, vivía solamente un gigante. Se creía el único ser sobre la faz de la tierra, casi como un Dios. No echaba de menos tener compañía porque siempre había estado solo, y era orgulloso, soberbio y malhumorado. Por eso, cuando se dio cuenta de que en la isla de enfrente había otros seres, se enfadó mucho: pensó que venían a disputarle su innegable supremacía.
            La otra ínsula era bastante más pequeña; apenas crecían en ella arbustos, no había más agua que la que la lluvia dejaba caer, y el único árbol que se veía en su superficie era un cerezo. Vivían allí un puñado de enanos, tan pequeños que el gigante había tardado años en descubrir su existencia, en parte por su escaso tamaño y en parte porque el grandullón era bastante bruto, torpe y miope. Los enanos eran seres felices y pacíficos, susbsistían comiendo las cerezas de su árbol y no se metían con nadie. Por eso no entendieron por qué el vecino, aquella mole de carne con ojos tan fea y peluda que a veces veían en la playa de la isla de enfrente, se había enfadado y había gritado tanto al reparar en ellos. Ellos no habían hecho nada para merecer aquella ira desatada.
            El gigante arrancó una gran roca de su montaña y la lanzó contra la tierra de los enanos. Erró el tiro, pero los pequeños seres se asustaron mucho. Al día siguiente les tiró otra, y luego otra, y otra más, sin acertar a su objetivo en ninguna ocasión. Poco a poco, la montaña fue disminuyendo su tamaño, y cada una de las rocas lanzadas formó una islita más en los alrededores de aquella en que los enanitos se escondían, llegando a constituir un verdadero archipiélago.
Llegó un día en que algunos de aquellos diminutos hombrecillos se mudaron a las nuevas tierras, plantaron un cerezo en cada una de aquellas rocas, y pronto cada isla tuvo su poblado de enanos y su árbol frutal. El gigante, al verlo, se enfadó muchísimo: su plan de aplastar a los asquerosos seres pequeñajos e invasores no solo no había sido efectivo, sino que les había dado opción a reproducirse y extenderse a su alrededor. Desde su playa blanca les amenazó: “Si en el plazo de un año no os habéis marchado de aquí, arrancaré lo que queda de mi montaña y os aplastaré a todos, arrasaré todo lo que habéis construido y no quedará de vosotros ni el recuerdo. Aunque no os alcance la roca, la ola que formará al caer os barrerá de la faz de mi Mundo, y volveré a ser el único, el Rey de todo lo que alcanza la vista”. Y dicho esto, se fue a dormir.
Los enanos se reunieron en asamblea. Por primera vez en su pacífica existencia se veían obligados a plantar batalla, pero no sabían cómo, con tan escaso tamaño y desde tan lejos, podrían vencer al infame bruto que los amenazaba. Pero no tenían alternativa: el archipiélago era su hogar, y debían defenderlo. Decidieron su plan en asamblea, y todos se pusieron manos a la obra para realizarlo. Con ramas de los arbustos construyeron tirachinas, y dedicaron las noches siguientes, mientras el gigante roncaba ruidosamente en su guarida sintiéndose inmune y a salvo, a bombardear la isla grande con huesos de cereza. “Qué inocentes”, pensaréis. Pues no tanto, amigos: los huesos germinaron, y crecieron cerezos por todos los rincones del lugar. El grandullón no reparó en ello, para él todas las plantas eran iguales.
Al llegar la primavera, justo cuando se iba a cumplir el plazo dado por el malvado ogro, todos los cerezos florecieron a la vez, de un día para otro, cubriendo la isla grande con su manto blanco. El maravilloso espectáculo de la floración liberó tanto polen que el gigante sufrió un violento ataque de alergia; estornudó tan fuerte que cayó al mar, y cada nuevo estornudo lo fue empujando más y más lejos del archipiélago, hasta que se perdió de vista para nunca más regresar. Y al fin, los enanos pudieron volver a vivir en paz sin amenazas. Por eso en el Archipiélago Cereza se celebra la floración anual de los árboles con una gran fiesta.

Por cierto, creo que el gigante ha sido visto por Alaska, el único sitio que encontró en el mundo donde no hay polen de nada. Ya veis, pude matar al villano de esta historia, pero eso de las muertes está muy mal visto en los cuentos, de modo que los enanos me han pedido que lo destierre, y ya está. Y, por supuesto, que no cuente a nadie dónde está el Archipiélago Cereza para que no se les llene aquello de japoneses haciendo fotografías: solo quieren seguir viviendo tranquilos, así que… ¿quién soy yo para estropearles el plan?