viernes, 23 de mayo de 2014

TU NOMBRE DE VIENTO

            Se enamoró de él por su sonido; aún no sabía quién era ni qué aspecto tenía su rostro, y ya lo amaba. La voz de su trompeta era un canto tan único e inimitable que era capaz de distinguirla entre todas las otras voces de todas las otras trompetas. Aquel sonido era como el viento del sudeste: cálido, lleno de notas exóticas, capaz de envolverle a uno en la neblina rojiza del desierto hasta confundirle los sentidos, capaz incluso de provocar la locura. La locura del amor, como el que ella estaba sintiendo.
            Luna, sentada en su taburete, le escuchaba todas las tardes, de lunes a viernes. Ella era poetisa, pero como su arte no le alcanzaba para vivir vendía cupones de la ONCE en la esquina del conservatorio de música. A Luna le pusieron ese nombre porque sus ojos, a pesar de que brillaban como los demás, no tenían luz propia, sino que reflejaban la de los otros: era ciega de nacimiento. Por eso no le hacía falta ver quién era el misterioso trompetista, porque le bastaban su oído y su extrema sensibilidad de invidente para saber que el dueño de ese sonido era el hombre de su vida. Poco a poco, a fuerza de escucharle y de sentir, se fue enamorando, y en su mente fue creando poemas para él llenos de viento abrasador y pensamientos febriles. Las horas sentada en la calle con sus cupones volaban cabalgando sobre las notas de la trompeta, que llegaban a ella gracias a una ventana mal aislada, la del aula de metales.
            Soñó muchas veces en cómo sería él, pero no como soñamos los videntes, sino como lo hacen los poetas. Le dotó de cabellos de plata, de ojos de rescoldo encendido, de dedos ligeros, como los de un prestidigitador. Le dio una espalda morena, la que tendría el viento del sudeste, el Siroco, si tomase forma humana, unos brazos largos capaces de abrazar a la luna, y un aliento de fuego con el que forjar en el alma de la trompeta caprichosas melodías, siempre con su especial manera de atacar cada nota, de ligar cada frase. Aquel mágico músico de soplo cálido provocaba en ella una emoción desconocida, y unos anhelos que llenaban sus tardes de melodías y sus noches de abrazos imaginarios en los que el viento y la luna  bailaban sugerentes danzas aún por inventar.
            Luna, a pesar de todo, era realista. La vida para alguien como ella no era sencilla, y sabía que sus posibilidades de llegar a conocer a aquel ser maravilloso cuya trompeta hablaba sin palabras eran pocas. Por eso, después de darle muchas vueltas, decidió enviarle un poema.
            Lo escribió en su ordenador de teclado Braille, el programa lo tradujo al castellano, lo imprimió y, la tarde siguiente, esperó a oír su sonido. En cuanto comenzó a percibir en el rostro el rubor de la brisa desértica, entró en el conservatorio, preguntó al bedel si podía entregar una nota al que en ese momento estaba tocando la trompeta en la segunda planta, dio las gracias amablemente y se marchó. Ya sabía quién era. “¡Ah!, el profesor de trompeta, claro. Descuide, señorita, se la haré llegar”, le había dicho. Por eso tocaba cada tarde sin falta. No era un alumno, era el profesor.
            Le envió pequeños poemas de amor sin firmar durante todo aquel curso. No sabía si los leía o los tiraba a la papelera, pero le gustaba soñar que, igual que ella sentía amor solo escuchándole, él podría llegar a sentir lo mismo solo leyéndola, así que una tarde, cansada de esperar, decidió averiguar si la aventura de pentagramas y versos podía ser real, y no solo la fiebre de unos oídos embriagados por la música. El fin de curso se acercaba, y la idea de pasar los meses de verano sin sentir aquella voz de viento sureste se le hacía insoportable. Tenía que salir de dudas, pero ¿cómo hacerlo? ¿Qué diría él si la veía entrar, con su bastón blanco y sus ojos de luz prestada, preguntando por el profesor de trompeta?
Al fin decidió su estrategia. Escribiría un último poema para él. Lo haría en Braille, pero no por dificultarle la lectura, sino como prueba. Si él era como ella lo había imaginado, si era la personificación del viento del sudeste como suponía, no tendría problemas en interpretarlo, porque para el viento no hay idiomas, igual que no los hay para la música.
            “Si pudo encender la luna el viento Siroco,  
            Si supo inspirar en ella a su ser soñado,
            Si pudo volverla loca con su amor loco,
            Si supo volverla llama y no la ha tocado,
            ¿Qué hará cuando conozca su rostro blanco?
            ¿Qué hará cuando las manos al fin se rocen?
            Tornarse en leve brisa al pasar de largo
            o en viento de huracán que en su galope
            me arrastre, luna pequeña y cercana
            para tornarme en sol cada mañana.”
            Luna entregó la nota al bedel y se sentó en su taburete a esperar. Le escuchó dar clase, le escuchó practicar, y sintió los nervios en la boca del estómago cuando su sonido dejó de llegar hasta ella. Pasó una hora, y el sonido no volvía. Al fin, alguien se acercó a ella con pasos casi inaudibles y le pidió un cupón. “Tres euros, caballero”, y él, haciendo sonar las monedas, le rozó la mano al dejárselas sobre la palma. Ella reconoció el calor en aquellos dedos, y enrojeció violentamente al darse cuenta de que a su alrededor el aire comenzaba a cambiar de dirección y a soplar del sudeste. Era él. Se quedó muda.
            “Oye, no me lo pongas tan difícil la próxima vez, me ha costado media hora traducir el poema. Voy a necesitar que me des unas clases de idioma Braille. Por cierto, no sé aún tu nombre. El mío es Xaloc”. La sonrisa de Luna oscureció al mismísimo sol. Xaloc, así llaman al viento Siroco en la dulce lengua valenciana. Alguien como él no podía llamarse de otro modo.

Así fue como el viento travieso del desierto y la luna se fueron a tomar unas cañas. Lo que pasó después… bueno, preguntádselo a ellos cuando les veáis, porque esto es un cuento, no un folletín de la prensa rosa. Aunque intuyo que tal vez sea material para un nuevo relato, pero esta vez no apto para todos los públicos.

viernes, 16 de mayo de 2014

OFELIA, LA FERROVIARIA

            Ofelia era hija de un maquinista de tren. Desde pequeña, una de sus mayores aficiones había sido la de ir en la máquina junto a su padre, y verle conducir aquella enorme locomotora de hierro que echaba humo de una manera endemoniada, pero que corría sobre sus raíles metálicos con su cantarín chá-chá, chá-chá regalándole largos ratos de contacto con uno de los seres que más amaba en el mundo: papá. Papá, el héroe tiznado que llevaba y traía viajeros entre León y Santander atravesando las montañas. Papá, el súper-hombre cuyo tren avanzaba desafiando a la lluvia, al barro, a las nieblas, a lo que hiciera falta con tal de llegar puntual a su estación.
            Ofelia creció, se casó y tuvo tres preciosas hijas, tres criaturas llenas de curiosidad que ya no tuvieron la oportunidad de vivir un viaje en locomotora a vapor: el abuelito fue jubilado junto con los antiguos trenes cuyas calderas se alimentaban con carbón. “Es la modernidad, hija mía”, decía él. “Lo viejo sobra, igual da que sea máquina o persona. Estoy en vía muerta, solo sirvo para el desguace”. Cuando le oía hablar así, Ofelia se entristecía mucho. Hacía ya años que sabía que su padre no era un súper-héroe como creyó de niña, pero fue bueno, cariñoso y trabajador, y le dolía verle tan decaído. Las tres nietas, cuando le veían triste, le pedían que las llevara a visitar el museo del ferrocarril; allí le pedían que les contase todo sobre los antiguos trenes que conocía tan bien, y eran los únicos ratos en que a él le brillaban los ojos. Las niñas se sabían de memoria todas las historias ferroviarias del abuelo, pero seguían pidiéndole que las contase de nuevo con tal de que su tristeza se fuera a paseo por un rato.
            Un buen día, en concreto un jueves, el marido de Ofelia, viajante de calzado, salió a por tabaco y ya nunca más le volvieron a ver el pelo. Se llevó el coche, el muestrario de zapatos, todo el dinero que habían ahorrado y los calzoncillos de los domingos. Ofelia tardó meses en darse cuenta de que él jamás volvería; pasado ese tiempo, la rabia, la tristeza y la indignación, el coraje de ver a sus hijas abandonadas por su padre y la infinita humillación de verse burlada por aquel a quien un día amó se tornaron en desesperación: ¿qué iban a hacer? ¿De qué iban a vivir? Ella no tenía más oficio que la casa, se había casado tan joven… Además, en aquellos tiempos las mujeres podían ejercer pocos oficios. La mayoría eran costureras, chachas, taquígrafas, o ayudaban a sus maridos en los negocios de ellos. Ella no sabía costura ni mecanografía, e irse como “muchacha” a trabajar a una casa rica suponía tener que dejar a sus hijas en alguna inclusa. Además, ¿quién cuidaría del abuelo? No, imposible. Pero, ¿qué otra opción le quedaba?
            “Papá, necesito que me ayudes”, le dijo. Llevaba en la mano una partida de nacimiento a medio rellenar: la suya. Era falsa, claro. Vendió la medalla de la Bien Aparecida que guardaba como recuerdo de su madre para pagarle al fulano que traficaba con la documentación. Los hijos de los ferroviarios tenían prioridad para entrar a trabajar en el oficio, pero solamente si eran varones. Ella se había criado entre los trenes, estaba familiarizada con las estaciones, los horarios, los cambios de agujas, las señales. “Si pude aprender a conducir contigo una locomotora a vapor, más fácil será aprender el manejo de las modernas. Pero solo puedo entrar si soy varón. Necesito que firmes que tu hijo, yo, soy Óscar, y no Ofelia. Es mi única oportunidad”. Su plan era disfrazarse de hombre para poder trabajar como maquinista y sacar así adelante a sus hijas dignamente. Era una trampa, una gran mentira, pero no se le ocurrió mejor salida a su situación.
            El abuelito la miró como si estuviera viendo un marciano. ¿Qué era lo que le estaba pidiendo su hija? No, ni hablar, eso no estaba bien. Era hacer trampas, mentir, engañar. Y además, el mundo de los trenes era un mundo de hombres. Aunque… en fin, prefería verla conduciendo un tren vestida de varón que fregando la porquería de nadie por cien pesetas al mes. Prefería saber que contaba un salario digno que diera oportunidad a las niñas de crecer sin que nada les faltase, antes que verla como veía a otras, viudas o abandonadas, limpiando escaleras por el día y cosiendo ropa ajena por las noches, sin más vida que arañar pesetas de todas las formas posibles para poder llegar a fin de mes, con las manos deshechas por las lejías y las agujas. Además, ella sabía, a fuerza de oírle y de acompañarle, mucho más de ferrocarriles que cualquier otra persona que conociera. ¿No era el de fregona un trabajo infinitamente más duro que el de maquinista?

            Firmó. Y no solo firmó, sino que se presentó con Ofelia vestida de hombre en la oficina central del ferrocarril para pedir el ingreso de su “hijo” como trabajador de la casa. Y no sintió remordimiento alguno, porque pensó que, cuando las normas no son justas, a veces hay que burlarlas para sobrevivir. Y de paso demostró a su hija, y a sus nietas, que sí era un súper-hombre, que seguía siendo el héroe tiznado que Ofelia veía de niña, aunque ahora no pareciese más que un viejo cansado al que solo le brillaban los ojos al hablar de trenes.

lunes, 5 de mayo de 2014

EL LADRÓN DE TEJAS

            La antigua cárcel quedó por fin vacía, abandonada. Había sido construida fuera de la ciudad casi un siglo atrás, pero el crecimiento de los barrios de la periferia, la emigración de las gentes de los pueblos hacia la capital y el nuevo plan de ordenación urbana habían hecho que, poco a poco, el enorme edificio se fuera viendo rodeado de fincas de viviendas y vecinos.
Desde los balcones, ventanas y azoteas de todas las manzanas de casas colindantes se podía ver la vida de los internos en el patio cuando salían a sus ratos de deporte o recreo. Las mujeres de algunos de ellos se colaban en los portales de aquellas fincas de vecinos para subir a las azoteas y desde allí, a voz en cuello, hablar con sus maridos fuera de las horas de visita de la prisión. De paso, si alguna vecina incauta había tendido a secar su ropa, le distraían de la cuerda algún pantalón, una manta o lo que les pudiera servir. A veces, una pelota de frontón salía despedida desde dentro del muro perimetral de la cárcel; si algún niño, jugando en la calle, la encontraba y la cogía, era inmediatamente interceptado por uno de los hombres malencarados que siempre merodeaban por allí. Dentro de aquellas pelotas aparentemente inocentes había dinero, el pago de alguna otra pelota parecida y aparentemente igual de inocente que, un rato antes, había seguido el proceso inverso, es decir, había entrado lanzada desde la calle, llena de heroína.
Con el tiempo se fue haciendo evidente que la convivencia del penal con el barrio era cada vez más insostenible, y que la cárcel debía eliminarse. No era agradable para nadie ver siempre los guardias armados en las garitas y maleantes y gentes de dudosa procedencia e intenciones siempre rondando los alrededores. Al fin, se tomó la decisión de construir un nuevo centro, moderno y bien equipado, alejado de la capital y de cualquier otro núcleo de población; una vez la nueva cárcel estuvo terminada, trasladaron a los presos, vaciaron la vieja prisión y la abandonaron.
No hubo okupas en ella porque nadie quería refugiarse entre aquellos muros llenos de connotaciones negativas. Las paredes y los barrotes hablaban de delincuencia, de sufrimiento, drogas, violencias, tristezas, justicias mal aplicadas, inocentes encerrados y culpables excarcelados demasiado pronto, sueños de familias lejanas, reinserciones lejanas, curaciones lejanas. Sueños rotos y enrejados, esperanzas vigiladas, libertades relativas, comidas incomibles, cucarachas, ratones, contrabandos, favores, corrupciones, restricciones… ¿Quién iba a querer dormir allí? Era mejor hacerlo en el banco de un parque, sin más límites que el cielo estrellado. Pero el interior de la cárcel muerta sí era visitado, con nocturnidad y alevosía, por los buitres y las ratas de las ciudades: los ladrones de chatarra. A trozos, madrugada a madrugada, se fueron llevando cuanto pudieron vender: somieres de los camastros, barrotes de las celdas, mesas, sillas, puertas roñosas de las taquillas de los presos, cobre de los cables, grifos… Igual que los gusanos devoran los cadáveres, los despojadores se fueron comiendo la cárcel por dentro ante la pasividad de las autoridades, para las que era mucho más rentable dejar arruinarse el edificio que rehabilitarlo para hacer, como proponían los vecinos, un centro social, una biblioteca, salas para usos culturales y sedes para las asociaciones deportivas del barrio. Dejándola caer podrían enterrar toda su historia en millones pagados por algún gran constructor de traje y corbata, uno de esos que en justicia deberían ocupar una celda carcelaria porque corrompen todo lo que tocan con su dinero de ladrillo, hipoteca y privaciones ajenas, y propiciar que aquello fuera convertido en un complejo de viviendas de lujo con piscina comunitaria.
Con el paso de los meses, la cárcel fue quedándose en el chasis de los muros. Todo lo metálico le fue arrancado. Pero lo curioso es que, además, poco a poco iban desapareciendo también las tejas de la cúpula central. Eran de color azul cobalto, y brillaban al sol de mediodía como rectangulares joyas, pero… ¿qué valor podían tener para que alguien se tomase tantas molestias en retirarlas? Sin andamio alguno, sin arneses de seguridad, jugándose el pellejo, el ladrón de tejas se llevaba unas pocas cada vez que visitaba el lugar, y no descansó hasta quitarlas todas, dejando el esqueleto de la cúpula al aire.
Me quedé muchas noches en el balcón intentando verle. Yo vivía enfrente del muro oeste, y la curiosidad me estaba matando: ¿para qué querría las tejas aquel singular ladrón? Al fin, una madrugada, le vi salir con su saco al hombro. Bajé corriendo las escaleras y, antes de que lograse escabullirse por una de las calles adyacentes, le abordé para preguntarle. Era un hombrecillo delgado, encorvado y de más de sesenta años. Su calva brillaba bajo la luna. No parecía un ladrón, ni mucho menos alguien lo suficientemente ágil como para caminar por los tejados de la cárcel para trepar a la cúpula y arrancar las tejas. Pero sus manos llenas de grietas, cortes y restos de argamasa le delataban. “No he de dejar ni una sola teja azul en este lugar”, susurró mientras se marchaba. Me dejó tan intrigada que lo estuve esperando cada noche durante toda la semana siguiente, hasta que lo volví a ver.
“Por favor, no se vaya, no voy a denunciarle”, le rogué. “Cuénteme la historia de estas tejas, no me deje con la intriga. Nadie se molesta tanto por nada si no tiene una buena razón. Por favor…” Aquel hombre me miró dubitativo. Al fin, sacó un papel arrugado y un lápiz de carpintero de su bolsillo trasero, garabateó una dirección y me la dio. Sin siquiera despedirse, volvió a desaparecer.
Al día siguiente me dirigí al lugar indicado: era una casa de pueblo, en un municipio situado a más de una hora en coche de la ciudad. El tejado estaba siendo renovado por el ladrón de tejas, y lo hacía, como ya habréis supuesto, con el producto de su expolio penitenciario. Había construido en la cubierta grandes tragaluces mirando al cielo, y andaba sustituyendo las antiguas morunas rojas, mohosas y rotas algunas, por las que traía en el saco de sus excursiones nocturnas. “Lo hago porque soy un sentimental incorregible”, me dijo desde la puerta. “Estuve allí dieciséis años. Dieciséis largos años encerrado en esa prisión sin poder ver el cielo por las noches. Dieciséis navidades, dieciséis veranos, dieciséis primaveras durante las que mis hijos crecieron sin tenerme, durante los que mi mujer me lanzaba bolas de papel desde las azoteas vecinas con mensajes escritos pidiéndome que no perdiera la esperanza. Dieciséis años desperdiciados soñando con agujerear esa cúpula para poder ver las estrellas desde mi camastro. No podía perder la oportunidad de cumplir ese deseo. Por eso, cuando me enteré de que habían abandonado la prisión, quise romper por fin ese maldito tejado, pero durante mi vida he aprendido que hay dos maneras de cumplir los objetivos que uno mismo se marca: una ciega y estúpida, y otra inteligente y provechosa. Romper como venganza me hubiese satisfecho un rato nada más. Colocar esas tejas en mi casa rodeando hermosos ventanales orientados al cielo me satisfará todas las noches del resto de mi existencia. ¿Comprendes?”
Aquellos trozos de barro cocido y esmaltado en color azul cobalto eran el marco con que orlar su libertad. Me pareció suficiente razón como para hurtarlas de su sitio original, dado que, de no cogerlas él, habrían terminado en algún vertedero de materiales inertes. Para aquel hombre su valor era incalculable. Solo le hice una pregunta más. “¿Qué fue lo que le llevó a la cárcel?” Su respuesta me hizo sonreír.

“Antes te dije que había dos formas de cumplir los objetivos que uno mismo se marca. Me condenaron por conocer solo la primera”.