jueves, 26 de junio de 2014

LA BATALLA

            Hoy amaneció siendo un día cualquiera. Parecía que se iba a desarrollar dentro de la calma rutina del verano: un paseo, lectura, música, la comida… pero todo se truncó en un momento. La mala suerte enseñó su fea cara de pronto, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, y me vi envuelta en la batalla muy a mi pesar, sin posibilidad de escapatoria. Ha sido terrible.
            Vaya por delante que soy una persona pacífica. Ni siquiera me gusta discutir, huyo de los enfrentamientos como el demonio del agua bendita, pero hay cosas que una mujer no puede ni debe permitir, y esta es una de ellas. Por eso cuando le vi venir… en fin, tenía que hacer algo, no podía quedarme de brazos cruzados. Todo empezó a media mañana, cuando los pájaros comienzan a refugiarse del sol en las ramas de los árboles. Él, que venía paseando a mi lado, se había escondido en un bosquecillo próximo al camino por el que yo transitaba, distraída, escuchando música. Creí que simplemente se había retirado de mi lado para hacer pis con discreción, cosa habitual en el género masculino, y yo continué andando, con la falsa confianza que da la costumbre de pasar a diario por el mismo lugar y no encontrar nunca problemas, pensando que, una vez aliviada su necesidad fisiológica, regresaría junto a mí sin más. El viento soplaba a mi favor, y en consecuencia tampoco mi olfato me alertó de nada. Por eso, cuando le vi venir, me asusté.
            Yo le amo. Quiero aclararlo para que no haya confusiones. Le amo, sí, pero en aquel momento, de pronto, el amor se me esfumó para dar paso a otro sentimiento muy distinto. Solo le había perdido de vista un par de minutos, sesenta segundos en los que él se metió en ese maldito bosque. Cuando al fin salió de entre los árboles, ya no era el mismo. Su gesto no era agresivo ni fiero, pero las apariencias engañan, porque los restos de lo que había hecho impregnaban su cuerpo y su rostro. Y el olor de la muerte, penetrante, dulzón y angustioso, lo llenó todo de repente. No podía negar lo que acababa de pasar, y yo, espantada, retrocedí unos pasos.
            Se fue aproximando sin dejar de mirarme. Se había convertido en algo diferente, ya no era el ser al que yo amaba, sino una bestia que se acercaba a mí chorreando los restos de su fechoría, envuelto en ellos. No podía dejar que me tocase, de modo que me di la vuelta y eché a correr. Y él, sin pensarlo dos veces, arrancó veloz tras de mí. No iba a parar hasta alcanzarme. En mi carrera loca, los auriculares por los que la música que ya no escuchaba seguía fluyendo se me cayeron de las orejas, enredándose el cable en mis piernas. Caí, dolorosamente, sobre la tierra del camino. Pero no podía detenerme a mirar mis heridas, porque él no frenó su carrera. Al contrario: se relamió al ver la sangre fluir de mis rodillas y aceleró su Sprint. No podía permitir que me alcanzase, de modo que me rehíce, me puse en pie de un salto y continué corriendo. Tenía que encontrar la manera de frenarlo para que no me tocase. No de ese modo, no con la inconfundible huella que el cadáver había dejado en él.
            “No corras, yo te quiero”, me decían sus ojos. “No tengo la culpa, soy así. Es mi naturaleza. Abrázame, por favor”, parecía suplicar. Pero en realidad no hablaba: solamente resollaba, jadeaba incluso, mientras me iba ganando terreno. Si lograba alcanzarme, seguramente se abalanzaría sobre mí, y… En fin, no iba a dejar que me cogiese, desde luego. No así.
            Llegó un punto en que quedó patente su mayor velocidad. Era inevitable que me diese alcance. No quedaba más remedio que plantar batalla, de modo que me di la vuelta y traté de pararlo. Restos de sangre y pelos ajenos y muertos se me pegaron a la camiseta. Cogí la correa que siempre llevo conmigo y traté de sujetarlo por el cuello para alejarlo de mi cuerpo, pero él se movía ligero. Y aquel olor… ¡Dios! Al final, gracias a mi envergadura física conseguí engancharlo fuertemente y anclar la correa a su collar. Cuando se vio atado, mi perro se sentó y dejó de resistirse. Le reñí severamente: “¡Pelos! ¡Que sea la última vez que te revuelcas en un bicho muerto, gorrino! ¡Mira cómo te has puesto, qué asco!”
            A partir de ahí comenzó la batalla de verdad: la de bañar a un chucho de quince quilos (que maldita la gracia que le hace) para quitarle los restos de podredumbre que le empapaban el pelaje tratando de no vomitar (qué arcadas, por favor), limpiar con lejía el baño y todos los alrededores, tirar mi camiseta favorita a la basura y ducharme. Parecía que iba a ser un día como los demás, ¿verdad? ¡Ja!


Os dejo, que voy a pasar la vaporeta a la bañera mientras ventilo la casa. Este cuento lo he escrito, básicamente, para acordarme de la madre que parió a la gentuza que, cuando se les muere un animal, lo abandonan en el campo en lugar de enterrarlo convenientemente o enviarlo a incinerar. Qué gloriosas multas pondría yo a más de cuatro, madre. No se les iba a olvidar, no.

jueves, 5 de junio de 2014

MÁS ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: AURELIANO Y GENEROSA

            Las apariencias engañan mucho a veces. Pero mucho, mucho. En aquellos años en que me dediqué al cuidado de ancianos en una residencia pude darme cuenta de lo falsas que pueden ser las primeras impresiones. Durante ese tiempo conocí ángeles, tiranos, tiernas abuelitas que te inflaban a pellizcos en cuanto podían, abuelos gruñones cuya brusquedad escondía un enorme corazón falto de cariño y un sinfín de demencias, trastornos, consecuencias de malas vidas llevadas o padecidas, explosiones presentes de carencias pasadas. Todo un catálogo de psicología se podía elaborar en un centro geriátrico como aquel, que albergaba poco más de ciento cincuenta internos.
            Las diferencias de gestión eran notables con respecto a otros centros por el simple hecho de estar regentado por religiosas. Las normas eran estrictas: las mujeres en un edificio, los matrimonios y los hombres solos en otro. En las parejas, si él moría, ella pasaba inmediatamente al otro lado. Si era ella la que fallecía, él se quedaba donde estaba y se le asignaba un compañero. No había posibilidad de que ella se quedase en el ala de hombres, aunque hubiese hecho amigos a lo largo de los años. Como si algún nonagenario salido se le fuese a meter en la cama. Y lo que tampoco cabía era la posibilidad de separar a un matrimonio. Aunque lo pidiese.
            Aureliano y Generosa ingresaron caminando, aunque él lo hacía con bastón y ella con dificultad. Parecían, en principio, una pareja feliz de dulces abuelitos, pero la realidad era bien distinta. No tenían hijos porque se habían casado ya talluditos; él había sido solterón y juerguista, un profesor de música que daba clases particulares a los señoritos (y sobre todo a las señoritas) de postín. El solfeo, el piano y el buen licor habían sido su modo de vivir hasta que los años le aconsejaron casarse. No estaba bien visto lo de cuarentón y soltero, los padres comenzaban a verle como un elemento peligroso. Vamos, que no le llevaban a los chicos por si tras su soltería se escondía la homosexualidad, ni le llevaban las chicas por si era un disoluto, no les fuera a echar mano a las criaturas. Lo mejor para guardar las apariencias y seguir teniendo trabajo era pasar por la vicaría, y para ello cortejó a una viuda sin hijos llamada Generosa a la que su madre conocía de verla en la parroquia a la hora del rosario.
            La trató mal. Muy mal. Ella no recordaba dónde vivían ni lo que había comido en la cena anterior, pero sí recordaba, y muy bien, las noches sola mientras él se metía en otras camas. Y, por supuesto, se encargaba de frotar con jabón los restos del adulterio de los calzoncillos de su esposo. Él daba sus clases, tocaba en un club los viernes por la noche, se bebía hasta el agua de los floreros, gastaba lo que le daba la gana. Ella comía lo justo con el dinero que él le daba, y para poder comprarse ropa nueva tenía que ir sisándole peseta a peseta. En cambio él siempre iba bien vestido “porque no podía entrar en las casas de sus alumnos como un pordiosero, ser profesor de música exige y requiere una apariencia y una dignidad”. Una apariencia, sí. Lo de la dignidad… Generosa sabía que Aureliano no tenía de eso. Al menos, no lo tenía por dentro.
            Al principio de su estancia allí, la llamaba desde la cama. “Generosa, levántate y tráeme un vaso de agua”. Ella obedecía, no fuera a darle un golpe, como acostumbraba. “Generosa, ponme una manta del armario, que tengo frío”. Pero si era ella la que se quejaba de frío, él no se movía. “La mujer de Dios, que no para de gruñir y no me deja dormir”. Al fin, harta de tantos años de desconsideración, la mujer pidió a las monjas un divorcio efectivo. “Por favor, trasládenme al edificio de las mujeres. Ya no puedo vivir más con él”. Y las religiosas, después de anotar “demencia senil” en su ficha, se negaron a separarles. Por aquello de lo que Dios ha unido, y tal.
            Generosa debía estar muy acostumbrada a no encontrar apoyo. A mí me daba mucha pena; él dejó de andar por pura comodidad, y aún se volvió más tirano. Sentado en su silla de ruedas, pedía y pedía todo el tiempo. “Quiero agua”. “Quiero hacer pis”. “No estoy cómodo”. “Tráeme un café con leche”. Si ella estaba leyendo una revista, o viendo la tele, o durmiendo, tenía que interrumpirla, despertarla y fastidiarla cuanto más mejor. Si no se movía en cuanto él lo ordenaba, la insultaba, y cuando la tenía cerca la cogía con fuerza de las muñecas amenazándola, y dejándole de paso la marca de todos sus sarmentosos dedos en los brazos o en la cara. Pero aún así, las monjas no cedieron a separarlos.
            Por las noches la llamaba varias veces para pedirle cosas, y un día ella se negó a levantarse más. “Toca el timbre y que venga una cuidadora”, le dijo. Aureliano se enfadó tanto que comenzó a cantar a voz en grito sus lecciones de solfeo para no dejarla dormir. Así una noche, y otra, y otra más, hasta que al cabo de unas semanas Generosa se quedó sorda. Yo creo que lo hizo por pura supervivencia. Él contraatacó golpeándola con el bastón desde su cama. Al ver los moratones adiviné lo que ocurría y lo denuncié, pero nadie me hizo caso. “Están mayores y enfermos, a veces alguno se pone agresivo, pero nada se puede hacer salvo medicarlo ocasionalmente para que se calme”, me dijeron.
Aquello se fue convirtiendo, poco a poco, en una guerra. Le encantaba avergonzarla en el comedor, ante el resto de internos. Le gritaba: “Generosa, ven, que te voy a tocar la cosa”, y se deshacía en risotadas. A ella le daba igual, no le oía, pero yo sí, y me daba tanto coraje que le contestaba: “Aureliano, ¿a que te corto la mano?”. Hice desaparecer el bastón y separé más las camas para que no la alcanzase. Entonces él optó por lanzarle todos los objetos de la mesilla: las gafas, la radio, los paquetes de pañuelos, la dentadura, el botellín de agua… Le quité todas las armas arrojadizas, colocándolas lejos de su zarpa. Y él, con toda su mala leche, escupía sin parar hasta que alguno de sus salivazos le daba a Generosa en la cara y la despertaba. Yo ya no sabía qué hacer, no podía amordazarle (aunque ganas no me faltaban), y afearle su conducta no servía de nada. Se reía de todo el mundo, y el único objetivo de su vejez era martirizar a su mujer. Ella, para fastidiarle, sacó del fondo de la maleta el retrato de su difunto primer marido y lo besaba antes de dormirse y al despertarse, para luego guardar la foto en el altillo del armario, donde él no pudiese alcanzarlo y romperlo. Cuando la veía hacerlo, Aureliano se ponía frenético, le gritaba, echaba espuma por la boca, y ella le hacía cortes de mangas. Era su pequeña venganza a tantos años de tiranía y maltrato.
Generosa se echaba a dormir con una bolsa de plástico sobre la cara para esquivar los escupitajos de su marido, y él se orinaba encima para poder llamar a la cuidadora, y que al encender la luz para cambiarle el pañal el sueño de su esposa se interrumpiese de todos modos. Aquello era insostenible, y la pobre mujer volvió a pedir a las monjas el divorcio. “La demencia senil se agrava”, anotaron. Y nada más. Así que ella, igual que había ensordecido para no oírle, dejó de comer para no sufrirle más. De nada sirvieron los ruegos, las sondas, los tónicos y los goteros. Recuerdo el día en que murió, con la foto de su primer marido sobre el pecho y una sonrisa de descanso en los labios. Mientras, Aureliano, sentado en su silla de ruedas, solfeaba a voz en grito “Doce cascabeles lleva mi caballo” como si estuviera de romería.
Si el lazo de seda se convierte en soga, debe cortarse. No es Dios el que une, es el amor. Y si no hay amor, la soga ahorca. Aún hay gente que no lo comprende, le quita importancia al asunto, ampara, consiente, calla. Ante cualquier maltrato, ni miedo ni vergüenza: seas hombre, mujer o niño, denuncia.