domingo, 31 de agosto de 2014

DEMOS OTRO PASEO, AMOR

            El sol y la línea del horizonte no tardarán en tocarse; es la hora perfecta. La preferida para emprender un largo paseo por la playa, la misma playa de siempre. Nuestra playa. ¿Vamos? Hagámoslo como solíamos, con los zapatos en la mano, los pantalones de lino remangados hasta las rodillas, despreocupados, riendo. Así.
            Caminemos juntos, como siempre; prometo no salpicarte de agua salada, sé que te da rabia. Critiquemos las carnes de las viejas matronas que desparraman su tonelaje sobre la arena desde que amanece hasta que se va el sol, critiquemos a los niñatos que llevan los calzoncillos bajo el bañador, eso sí, asomando por la cintura para que se aprecie la marca de la ropa interior, que es de imitación del mercadillo. Pero igual alguien piensa que es buena. A lo mejor alguien llega, incluso, a alabarles el buen gusto de comprar unos gayumbos de veinte euros, y para sí pensarán que son listos porque lucen caro lo que pagan a precio de chino. “Qué satisfacciones más pobres tienen algunos”, me dirás. Y tendrás razón, como siempre.
            No sé por qué me empeño en conservar estos ratos, pero es que siempre me gustó caminar a tu lado, aunque tus pasos sean más breves que los míos; yo me adapto, no sufras, porque me gusta ir a tu altura, ni delante, ni detrás. Así puedo ver lo que piensas, y pisar la arena que limita con la que tu pie toca, y dejar que la ola primero te bese a ti y después a mí, porque ese beso de agua es más rico después de tu contacto. Me gusta que miremos el ocaso a la vez mientras planeamos la vuelta al colegio de los niños, mientras imaginamos lo que va a ser de nuestras vidas durante los meses que nos separan del próximo verano, de los próximos paseos por nuestra playa.
            ¡Mira, cariño! Gaviotas. Sí, sí, ya sé que las odias, que te parecen enormes piratas alados, pero en el fondo yo les tengo envidia, porque saben sobreponerse a todo. Si no hay pescado, sobreviven con lo que los turistas guarros dejan en la playa. Si ven un barco, lo siguen hasta que tira los cebos de pesca, que son para ellas un festín, aunque se desesperen los pobres pescadores. A ellas todo les da igual, el aire es suyo, el mundo es suyo, sus días son suyos. Sobrevuelan las tormentas y se balancean en la calma chicha. Nosotros, los humanos, estamos mucho más atados. Tenemos que ir cuando nos mandan, volver cuando nos mandan, entrar, salir, dormir, velar cuando nos mandan. Uno solo puede ser gaviota en vacaciones. Por eso el verano me gustó siempre tanto: para ver el ocaso contigo, descalzos en la playa, en nuestra playa, y no desde la sucia ventana de mi oficina, que hace que todo lo que miro a través de su cristal sea una mierda.
            Ya sé que hoy no te apetece caminar, pero demos otro paseo, amor, porque hoy se acaba nuestro verano. Hoy tú vuelves a casa, con los niños, y yo… bueno, en realidad yo ya soy gaviota. Este invierno será distinto para ti, lo sé, pero nada puedo hacer para cambiarlo. No pedí que el corazón me reventara de pronto, ni pasar de dormir junto a ti a que mis cenizas se escondan en el columbario de un cementerio de pueblo. Yo solo quería otro verano contigo, disfrutar de los contados días estivales que podíamos gozar en familia, sin prisas, pero el señor “infarto de miocardio” no tenía para mí los mismos planes que yo, y al final ganó él. Por eso, cariño, demos otro paseo por la arena, con los pies en el agua, porque aunque no sientas el contacto de mi mano en la tuya sí podrás sentir la caricia del sol poniente, y eso hará que no tengas miedo de sentir frío en este primer invierno sin mí.
            No dejes de venir, mi niña. Cuando llegue agosto el año que viene, no dejes de venir a nuestro arenal, no dejes de mirar el mar que guarda nuestras miradas juntas de tantos años, Yo, que ya soy gaviota, acompañaré tu caminar de crepúsculo desde el aire, cada vez desde más altura, para no estorbarte si vienes acompañada de un nuevo caminante. Me alegraré, si es que así tú sonríes de nuevo, porque sabes que mi dicha y la tuya siempre fueron lo mismo. Pero antes de que cierres la maleta para volver a casa, demos otro paseo, amor, para que puedas mantener la esperanza de ser feliz.


            Ojalá hubiera podido escribir un final distinto para esta historia. La gente buena no debería morir joven, pero así es la vida. Por eso cada paseo por la playa es importante. Disfrutemos de todo momento de felicidad que se nos brinde, porque eso, y ninguna otra cosa, será nuestra herencia.

miércoles, 6 de agosto de 2014

UN DÍA EN LA PLAYA

            La mañana amaneció preciosa: ni una nube en el cielo, buena temperatura… ¡era verano, en todo su esplendor! Los niños se despertaron temprano. “¡Mami, mami, mira qué día tan bonito! ¡Vámonos a la playa!” La madre miró al padre, que se encogió de hombros. “Por favor, por favor, por favor…” Al fin, con un suspiro resignado, la madre dijo “sí”.
            Estaréis pensando que a qué viene tanto suspiro y tanto gesto de conmiseración. Eso es porque no habéis ido con niños a la playa últimamente. O que tenéis una voluntad de hierro y una paciencia digna del Santo Job. Ahora veréis por qué lo digo.
            La madre comenzó a preparar las cosas mientras los niños gritaban de alegría. Sacar los bañadores de todos, obligar a los pequeños a ponérselos. Las bolsas: ¿dónde están las toallas grandes? Armarios y cajones que se abren para rebuscar, altillos que se desmontan hasta que aparecen las toallas. ¿Quedaba crema solar? A ver, factor 30 para los adultos, factor 50 para los niños, la específica para el rostro que no falte. Vaya, de esa no queda. “¡Cariño, acércate a la farmacia y compra crema de esta, que se ha agotado!”.
            Sigamos. Ropa interior de recambio para todos, no vayamos a entrar mojados al coche y manchemos la tapicería. El peine, que no se me olvide, y el cepillo para los pelos de la pequeña, que si no, no se deja peinar porque dice que le doy tirones. ¿Qué más? Claro, botellines de agua, imprescindibles. En el chiringuito los cobran a millón, y no está el bolsillo para dispendios. ¿Dónde está la cesta grande? ¡Mecachis! No cabe todo. A ver si encuentro aquella mochila que yo tenía…
            Cuando papá vuelve de la farmacia, todo está aún a medio hacer. Antes de vestirse hay que untarse de crema, ya se sabe que solo es efectiva si se aplica media hora antes de la exposición solar, de modo que todo el mundo es convenientemente embadurnado. “Mami, no me puedo poner los pantalones con este pringue, se me traban”. Viste al niño. La niña llora, se le metió crema en el ojo. Y eso que ponía que no irritaba. Catorce euros el bote, total, para que te pique igual que la de supermercado. Estupendo.
            “Cariño, pasa por el trastero, coge un par de sillas, los flotadores y la sombrilla grande. Sí, esa que nos regalaron los de Cervezas Manneken Pis”. Papá se enfada: “esa no, que se ríen de nosotros en la playa. Mejor la de flores, da igual que sea pequeña, al fin y al cabo los niños van a estar a remojo todo el tiempo”. Mamá se resigna: sabe que, al final, será ella la que se queme vigilando a los niños en la orilla. ¿Qué falta? ¡Ah, sí, los sombreros! Uno, dos, tres, cuatro. “Mamá, esa gorra no, que es ridícula. Quiero la de Spiderman”, protesta el niño. “Pues búscala”, contesta la madre (al borde de un ataque de nervios). Al final, cómo no, es ella la que tiene que buscar. Vale, ya está todo. Vámonos.
            Una vez en el coche, la familia se instala, los cinturones se abrochan y… ¡Oh, cielos! ¡No hemos metido los cubos, las palas y los rastrillos! Papá espera con el coche en marcha mientras mamá vuelve a subir. “Mami, no olvides mi camión volquete para la construcción de  castillos”, pide el pequeño. Y mami, que ya está negra sin haber tomado el sol, sube a por toda la parafernalia plástica y baja cargada como un marroquí en vacaciones, sudando bajo la capa brillante de crema solar.
            La carretera está llena de coches. Todo gente que va a la misma playa. Papá decide cambiar de ruta, pero el atajo también está atascado. Paciencia, ya llegaremos. “Mami, pon el disco de los Cantajuegos, que esto es muy aburrido”. El sufrimiento mental de un conductor metido en un atasco en pleno verano mientras dos enanos gritan en el asiento de atrás “soy una taza, una tetera, una cuchara y un tenedor, soy un cuchillo, un plato hondo…” es equivalente al de un reo en el corredor de la muerte. Pero, por fin, ya se ve el mar.
            La odisea del aparcamiento no os la voy a contar; cuando ves un sitio, otro coche te lo chulea. Cuando encuentras por fin un hueco practicable estás ya a dos kilómetros de la arena, y hay un gorrilla que pone la mano y la sonrisa de “dame un euro, paisano, a ver si te van a hacer una raya en la pintura o algo”. Los niños hacen saltando y cantando el camino hasta la orilla, y los padres en cambio caminan malhumorados. Parecen dos sherpas sudorosos con las cestas, las sillas, la sombrilla, cubos, palas, camión, flotadores… Pero bueno, ¡ya está la familia en la playa!
            Aquello está a reventar, y cuando plantan la sombrilla de flores en el único hueco libre (es decir, detrás del todo, junto a las papeleras) ya es la una de la tarde. Los niños corren hasta el agua pisando toallas ajenas, rebozando de arena a todo el mundo y cabreando a cuantos tomadores de sol hay por las cercanías. Mamá va tras ellos disculpándose al pasar, con la crema solar en la mano, las gorras en la otra y unas ganas tremendas de no haberse levantado de la cama. Y mientras busca al socorrista más cercano porque a la niña le ha picado una medusa y llora como si le hubiesen arrancado las orejas en vivo y sin anestesia, la pobre mujer suspira recordando aquella época en que la pareja iba a la playa solamente al atardecer, cuando todo el mundo se había marchado, daba un romántico paseo, se remojaba viendo el ocaso y volvía a casa plácidamente sin atascos, insolaciones, cubos, palas, tazas, teteras, gorras de Spiderman ni sombrillas de cerveza Manneken Pis.


            Hay gente que me pregunta por qué no voy a la playa casi nunca. Yo siempre contesto que tengo poco espíritu de sacrificio, pero casi nadie me comprende. Qué le vamos a hacer.