martes, 27 de octubre de 2015

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (ENÉSIMA ENTREGA)


            Julia era una de las internas de la primera residencia en la que trabajé. Tenía muchos años y una deficiencia psíquica de nacimiento, pero era de las que más “se valía”. Era limpia, se duchaba y se vestía sola, ayudaba en el comedor e incluso se metía en la cocina para fregar los platos en la máquina y echarnos una mano así en el cuidado de sus compañeras de planta. También sacaba la basura, traía el periódico y hacía un sinfín de pequeñas tareas que resultaban útiles a todas. Según contaba a veces con su hablar imperfecto, se había criado en una granja y amaba por igual a todo tipo de animales, porque a su cuidado había tenido gallinas, patos, cerdos, ovejas, caballos, vacas y hasta una familia de erizos. Solía guardar, a escondidas de las monjas, desperdicios y sobras de comida para alimentar a un par de perros callejeros y a un número indeterminado de gatos vagabundos que la esperaban cada noche junto a la valla de la residencia.
            Si por algo me ha gustado siempre este trabajo de cuidadora geriátrica pese a los inconvenientes consabidos que no voy a enumerar para no aburriros (sí, esos que tienen que ver con las funciones corporales básicas y que hacen que la mayoría de la gente rehúya atender abuelitos) es por las impagables lecciones que, a lo largo de los años, he aprendido de los mayores. De acuerdo, muchos no contienen sus esfínteres y hay que limpiarles. Vale, a algunos hay que darles de comer a la boca como si fueran niños. Cierto, a otros se les va la cabeza y son difíciles de llevar. Pero todos ellos me han enseñado algo que luego me ha servido en la vida. Y Julia, cómo no, también puso su ladrillo en la construcción del edificio de mi experiencia vital.
            En el dormitorio de Julia había un pequeño joyero. No era la única interna que poseía algo similar; en esas cajitas suelen guardar bisutería y objetos de escaso valor, las familias no ingresan a las abuelas con sus mejores joyas por si las pierden o alguien se las quita. Julia, en su joyero, no tenía collares, ni una sola sortija. Tampoco tenía los típicos pendientes de perla botón de todas las abuelitas. De hecho, jamás se ponía ningún adorno. Era una mujer de granja, soltera y retrasada, nunca se le había ocurrido ser coqueta, posiblemente porque nadie en su entorno original lo hubiese apreciado. Lo único que tenía en aquella cajita de cristal coloreado eran pequeñas turquesas, todas iguales, talladas en forma ovalada.
            Me picaba la curiosidad sobre aquellos pedacitos de piedra semipreciosa, no era capaz de imaginar por qué una mujer como ella atesoraba algo así. Le pregunté, pero me dijo que era un secreto y que no se lo podía explicar a nadie. No contó con mi experiencia a la hora de soltar lenguas añosas: un par de chupitos de anís, y entre risa y risa, confesó de dónde los había sacado. “Mi madre hacía pendientes antiguos con esas piedrecicas”, me dijo. ¿Antiguos? Las piedras no eran antiguas, las turquesas antiguas tienen una pátina verdosa que las recién talladas no poseen, y las suyas eran de color azul intenso. “Pero Julia, si las piedras eran nuevas y los pendientes los fabricaba tu madre no eran antiguos, eran modernos”. Ella, misteriosa, me contestó: “es que para eso estaban los patos”. Y se echó a reír de tan buena gana que tuvo que salir corriendo al aseo para no mojarse la ropa interior por culpa de las carcajadas unidas a la flojera del anís.
            Una vez de regreso del baño, un poco más tranquila, me terminó de explicar aquella “industria alternativa” que llevaban a cabo en su casa. Por lo visto, para hacer pasar las piedras por antiquísimas, se las daban de comer a los patos. “Esos bichos se lo comen todo”, me dijo. El caso es que solamente había que esperar a que el animal expulsase las piedras después de digerirlas. Los jugos gástricos del ave corroían la superficie de las turquesas, dándoles la pátina del tiempo de una forma tan perfecta que era casi imposible distinguir una verdadera piedra antigua de una recién tallada. Luego, la madre de Julia hacía los pendientes con hilo de plata y oscurecía el metal con una solución de agua y unas gotas de lejía. Et voilà, antigüedades frescas para vender. Un timo, sí, pero a mí me resultó de lo más gracioso. “Ya no hacemos pendientes porque mi madre se murió, y aquí tengo gatos, pero no tengo patos”, repuso algo triste. Aquellas turquesitas eran su nexo de unión con la madre perdida, y por eso las guardaba.
            Os preguntaréis cuál es la lección que aprendí de la anécdota de Julia. Ella misma fue la que, antes de irse a tirar la basura, me dijo esta frase entre carcajadas. “Ya ves, no te puedes fiar. Hay gente que parece única y preciosa, y luego no es más que la cagada de un pato”. El tiempo me ha demostrado que ella tenía razón, y por eso cuando alguien que conozco resulta no ser lo que parecía y me llevo un chasco, me acuerdo de los patos, del anís y de la voz aflautada y gangosa de Julia, y en lugar de disgustarme me entra la risa.

            Gracias, Julia, estés donde estés. Cuántos ratos de mal humor me has evitado con tus turquesas.

lunes, 28 de septiembre de 2015

HACIENDO JABONES

            La artesana de los jabones no decía su edad, pero a juzgar por los surcos de su rostro, que eran como los de la piel de los pinos, y por el gris tormenta de su pelo, no debía tener menos de ochenta años cuando yo la conocí. Siempre había sido poco agraciada de rasgos, aunque su rostro estaba lleno de dignidad y sabiduría, pero todos sabemos que los “feos” tienen que demostrar muchas más cosas ante los demás que los guapos, y así le pasó a Encina, pues ese era su nombre. Su madre siempre se negó a revelar la identidad del hombre que la engendró, así que las especulaciones en el pueblo se dispararon durante meses; las casadas miraban a sus maridos con recelo, y los solteros no soltaban prenda. Al nacer ella, su nariz desveló todas las dudas. Solamente había un pico como aquel en todo el contorno: el del señor cura. Curiosamente, dos meses después de que ella llegase al mundo, el obispado, muy avispado, procuró el traslado de su ministro a una lejana parroquia, poniendo en su lugar a un venerable anciano con muchos años de iglesia a sus espaldas.
            No tuvo una vida fácil, desde luego: dado que su madre y ella fueron rechazadas por los aldeanos como corruptora de hombres santos y consecuencia del pecado, fueron arrinconadas, socialmente ignoradas y castigadas, y tuvieron que mudarse a vivir a las afueras del pueblo. Ocuparon un viejo establo para vacas, inútil desde una peste bovina que hizo estragos en la cabaña ganadera de la zona e inclinó a los paisanos a criar ovejas y construir apriscos, y allí estuvieron las dos toda su vida; con el tiempo, la madre murió y Encina quedó sola, pero ya no se fue de aquel hogar apartado, en donde tenía libertad y espacio para desarrollar la actividad que le daba de comer: fabricar jabones.
            Ya su madre lo había visto hacer a su abuela, y de ella lo había aprendido nuestra protagonista. Los elaboraba con las recetas antiguas de las sabias mujeres del campo y otras muchas que ella inventó, mezclando y cociendo aceites, grasa de la leche de su cabra y sebo de cordero, sosa cáustica y las hierbas más convenientes. Para obtener los ingredientes de su pequeña industria no solo salía a buscar plantas al monte, sino que fue llenando de grandes macetones los alrededores de su casa, el patio y el sendero. Plantó albahacas, adormideras y diente de león, chumberas y hierbabuena, y también algún clavel para alegrarse la vida. Instaló además colmenas en los prados cercanos para asegurarse miel y cera vírgenes, para su labor artesanal y para endulzarse los días y las infusiones que solía tomar. La fealdad de su rostro con la nariz clerical, su melena suelta y el gran caldero en que hervía las mezclas con las que elaboraba los jabones, sumado al uso de plantas y raíces para distintos fines, le granjeó, cómo no, fama de bruja. A Encina le daba igual, no quería ser molestada y, de algún modo, esa presunción de hechicería ahuyentaba a los merodeadores. A los masculinos al menos, porque no estaba en su pensamiento ni en su naturaleza el ser esposa ni madre, y uno no debe luchar contra lo que siente y lo que es. Sabía, aunque el resto del mundo pensase lo contrario, que tenía valor como persona por sí misma, porque las mujeres pueden hacer mucho más que bordar mantelerías y ser creadoras de vida, como se creía en su época. La maternidad era un gran valor, desde luego, pero ella quería explorar otro valor no menos grande: el de su inteligencia.
            Las mujeres del pueblo pensaban que estaba loca por elegir la soltería, y el rumor de su naturaleza nigromántica les causaba recelo, pero vencían cada vez con más frecuencia sus reticencias hacia ella para visitarla buscando remedio a muchas de sus dolencias. Encina escuchaba sus problemas, y después les vendía los jabones que creía que mejor iban a ayudarlas. Evidentemente, lo suyo no era magia ni hechicería, sino años de ciencia y experimentación, herencia de sabidurías de sus antepasadas y muchas horas de probar, anotar, observar, mezclar, pensar. Así, a la que dormía mal le daba una pastilla con extracto de lavanda, y le indicaba que se bañase con agua tibia antes de dormir y se frotase con ella. A la que tenía dolor le daba jabón al aceite de manzanilla y milenrama, que aliviaba la hinchazón y las molestias de los procesos inflamatorios. A aquella cuya piel se llagaba con cualquier roce le daba una pastilla especial con aloe vera, a la que se quemaba le suministraba un preparado especial con corteza de chumbera y menta, y a la que tenía problemas en sus partes íntimas le vendía el jabón que hacía mezclando la violeta de genciana con el aceite de oliva más puro y la esencia de la malva silvestre.
            Un día, cuando ya era mayor y por tanto más sabia que ninguna otra mujer del pueblo, se presentó ante su puerta una muchacha a la que no conocía. Venía buscando remedio para la falta de apetencia carnal de su marido, un hombre mayor pero de buena posición social con el que la habían casado, y que apenas la había tocado desde la noche de bodas. A Encina le dio pena aquella pobre chica, con tan pocos años y ya desvelada y enferma de preocupación por culpa de un matrimonio tan conveniente a su estatus como poco deseado por ella. Le entregó un jabón al que no había añadido nada, le dio la recomendación de que solamente usara esa pastilla para todo el cuerpo, y que no se pusiera ninguna clase de perfume, ni nada que camuflase el olor natural de su piel joven. “Si esto no funciona, nada lo hará”, le dijo.
            Un par de semanas más tarde, la joven volvió al viejo establo. Lloraba. El remedio no había surtido efecto. La avispada Encina, a esas alturas, ya se había hecho una idea clara de dónde estaba el fallo. “Solo hay dos motivos por los que un hombre no atiende a su esposa: o atiende a otras y no le quedan fuerzas para satisfacer a su legítima o su cuerpo no le hace caso, cosa, por otra parte, bastante probable dada la diferencia de edad que hay entre vosotros. Averigua cuál de los dos problemas es el de tu marido. Te voy a dar dos saquitos, uno azul y otro verde. Si él deja en otra cama lo que debería dejar en la tuya, usa el azul. Si la cuestión obedece a que ya no hay vigor en él, abre el verde. En ambos hay jabones indicados para cada caso, con las instrucciones concretas de lo que debes hacer. Pase lo que pase, no puedo ayudarte más, así que no es necesario que vuelvas a buscarme. Que tengas suerte”.
            La muchacha le dio las gracias, además de las monedas correspondientes a la mercancía que había adquirido. No la volvió a ver, pero supo por otras paisanas que fue feliz y tuvo varios hijos. Encina no le contó a nadie que en ambos saquitos, el verde y el azul, había puesto dos pastillas de jabón corriente con un leve toque de romero silvestre, y en las dos notas había escrito la misma receta: “date un baño con este jabón y busca un amante de tu edad, sé discreta en ese asunto y no te preocupes. Tu marido jamás se lo dirá a nadie si tú tampoco lo haces, porque para un hombre de su clase es preferible llevar secretamente unos cuernos que la evidencia pública de ser impotente o aficionado a mudar de mujer como quien muda de calzones”.
            Por fortuna, la anciana Encina, sabia como los viejos olivos milenarios, tuvo a bien acogerme a su lado para enseñarme toda su ciencia. Quizá me vio independiente y fuerte, como ella, y por eso me eligió depositaria de su trabajo. De no ser así, difícilmente habría podido yo conocer esta historia, y jamás os la habría podido contar.
            Antaño solo tenían jabón, hierbas, saber y sentido práctico. Hoy en día esas cosas las combatimos con medicamentos, terapeutas o abogados especialistas en divorcios, y casi siempre salimos perdiendo. Nos hacen falta muchas Encinas a las que consultar, y menos “modernidades”. Ellas tienen la experiencia, la intuición, las respuestas que no nos dan los libros ni los ordenadores. Ellas lo han visto casi todo. Escuchemos su saber para conocer mejor la vida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

ESCALERA A NINGUNA PARTE

            Todo tiene una explicación. Hasta las cosas que a priori nos parecen más inverosímiles tienen, al final, su porqué, su razón de ser lo que son. Hoy os voy a contar la historia de una escalera que no lleva a ninguna parte, pero que en su día sí que conducía a algún lado.
            La vi en la fachada de aquella casa, y me quité las gafas de sol pensando que mi vista me estaba engañando. Una escalera de forja en forma de media espiral, con sus peldaños, su pasamanos y unos sencillos adornos de acabado casi circular colocados a modo de quitamiedos, para que al ascender no diera la impresión de que uno se podía escurrir entre los barrotes. Lo curioso de aquella escalera es que no conducía a ninguna parte; ascendía hasta el piso superior de la casa por el exterior, justo al lado de la enredadera que cubría parcialmente el muro, pero terminaba… en la pared. ¿Qué sentido podía tener aquello? Perpleja, di un par de vueltas al edificio, pero no vi ninguna cosa que me llamase la atención. Bueno, sí, vi una hermosa parra, una puerta antigua y sillas para tomar el fresco, pero nada más.
            Volví al punto de partida para fijarme bien. Claro, cómo no me había dado cuenta antes. Allí había una puerta; estaba tapiada, pero el revoco que recubría el otrora vano difería en color, por ser más reciente, del resto del blanco pulcro de la fachada. Además, se conservaba el palo de refuerzo del dintel. Pero, ¿qué podía motivar tapar aquel acceso y no retirar la escalera? ¿Pensarían abrirlo de nuevo en el futuro? Dicen que los nativos del signo de Acuario, al que pertenezco, somos curiosos por naturaleza (por naturaleza astral, supongo), de manera que no podía quedarme con la duda, porque de otro modo tendría que imaginarme una historia que explicase aquello. Tal vez, supuse, ahí estaba el dormitorio de alguna joven, y al descubrir que el mozo que por las noches subía la escalera hasta su balcón no era rico ni traía buenas y honestas intenciones el padre tapió la entrada. O quizá ahí vivía un poeta melancólico que gustaba de bajar al jardín sin pasar por dentro de la casa, para darse baños de luna llena y contar flores y estrellas y reflejar luego en sus poemas esos paseos nocturnos. O podía ser que, simplemente, necesitaban que hubiese una entrada independiente a la planta superior para que la ocupase alguien ajeno a la familia. Fuera como fuera, yo me tenía que enterar, de modo que determiné sentarme en el primer peldaño a esperar a que apareciese alguien.
            En torno a media tarde, cuando ya había perdido la esperanza de que nadie viniese a saciar mi curiosidad, vi llegar a un anciano. Empujaba la silla de ruedas que ocupaba otro hombre de edad parecida, pero con más quebrantos de salud. Los saludé con amabilidad, pero como no quería pasar por cotilla me inventé que era una agente inmobiliaria interesada en abrir mercado por la zona. Se miraron y se echaron a reír. “¿Por aquí? Aquí ya solo quedan viejos, señorita. Como no quiera montar un geriátrico… ¿Te imaginas, Gerardo? Terruño D’Or, ciudad de vacaciones del Imserso. Mire, señorita, mire cuanto guste, que eso es gratis. Pero si nos disculpa, Gerardo tiene que descansar”. Todavía riéndose con unas carcajadas breves y huecas que estremecían sus añosas costillas amenazando con descolocarlas, el hombre empujó la silla de ruedas hacia el interior de la casa y cerró la puerta tras él. Gerardo, el que iba sentado, no habló en ningún momento. Únicamente había esbozado una sonrisa cuando el anciano ambulante se había dirigido a él. De ellos no iba a sacar nada más, al menos en aquel momento.
            Cuando intento averiguar algo y no lo consigo siento como una especie de quemazón interior que no me deja estar quieta. Es como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua y no hay manera de que aflore; no me podía quedar así, con aquella duda, de modo que me fui a la plaza del pueblo. En algún banco habría alguna abuela sentada, seguramente. Ellas siempre saben más, y tienen menos reparos a la hora de entablar conversación. Localicé a una que parecía estar esperando un autobús, muy bien peinada con su permanente recién hecha, una bata de lunares de medio luto y el bolso sobre las rodillas redondas. Le pregunté por la casa y por la misteriosa escalera, y al fin pude averiguar el origen de todo, desvelar el misterio. Sabía de primera mano lo que yo anhelaba que me contase porque, por lo visto, Gerardo era primo tercero suyo, o algo así. Lo normal en los pueblos pequeños, donde parece que todo el mundo, por sangre o matrimonio, es primo más o menos cercano de todo el mundo. “El Antonio era el único hijo de los amos de esa casa, que ahora es suya por herencia. Su cuarto tenía un balcón, que es esa puerta de la parte de arriba que ahora está tapiada. La enredadera llegaba casi hasta el tejado. Una noche, los padres oyeron gritos de dolor a las tantas de la madrugada, y encontraron al Gerardo en la calle, tirado en el suelo y con la pierna rota. Se había caído trepando al balcón para verse con el Antonio. Tendrían por entonces como dieciséis años, y el matrimonio pensó que el chico habría quedado con su hijo para preparar alguna travesura, salir a mozas, o a saber. Pero al año siguiente pasó otra vez. En esa ocasión creo que lo que se tronzó fue un brazo, y a los seis meses el tobillo, tan mal partido que quedó ya cojo de por vida. Los padres tardaron en darse cuenta de que lo que pasaba es que el Gerardo y el Antonio andaban liados, y noche sí, noche también, el chico trepaba por la enredadera para colarse en la habitación del otro y arrullarse un rato. El padre del Antonio casi se muere del disgusto, pobre. Qué desgracia, un hijo marica, decía. Prohibió a su hijo ver al Gerardo, y al Gerardo arrimarse a la casa, segó la enredadera y todo, pero ellos no hicieron caso y en cuanto a aquel le soldó el tobillo volvió a intentar subir por el canalón de la fachada. Casi se parte el alma del costalazo que se dio. Al final, la madre del Antonio, que era prima segunda de la madre del Gerardo, mandó poner la escalera por fuera. Decía que no quería devolverle a su pariente al chico con el cuello roto, pero tampoco encontrarlo por dentro de casa como si aquello fuera normal. Les gustara o no, al campo no se le pueden poner puertas, y decidieron mirar para otro lado, pero sin sobresaltos nocturnos. Después, cuando el Antonio heredó la casa, él y el Gerardo se mudaron al dormitorio principal y tapiaron el balcón para que no entraran ladrones. Ya ve, dicen que ahora ser de la otra acera está de moda, pero en este pueblo hemos sido modernos desde siempre”. Satisfecha de su chiste, la anciana remató el relato con una serie de carcajadas que hicieron temblar su bata como si estuviera llena de saltamontes por dentro, y me disparó una recomendación antes de irse: “si va al bar, no coma croquetas. La Gloria, que es la dueña, es bastante gorrina, a saber lo que les mete”. Y espantándose las moscas con gesto digno, se subió al autobús que acababa de parar frente a nosotras.


            No sé si me hizo gracia la historia por la forma en que aquella mujer me la contó, o por la ternura de ver a los dos ancianos aún juntos, cuidando uno del otro, tantos años después. Es verdad que el amor, cuando es de verdad, se fortalece con las dificultades. Hallar el alma gemela bien vale algunos huesos rotos, ¿no?

martes, 28 de julio de 2015

MIGUELÓN

            Hacía muchos años que no me pasaba esto, y casi había olvidado lo que se siente. Casi.
            No sé cómo describir a Miguelón. Flaco, poquilla cosa. Quizá por eso suplementábamos lo que no era su físico poniéndole un aumentativo a su nombre. Se movía con dificultades: el gran triunvirato que gobernaba su día a día (edad, discapacidad psíquica y, para rematar, Párkinson) no era, lo que se dice, una gran ayuda para él a la hora de desenvolverse. Sin embargo, su carácter, excepto algunos ratos en que se veía sobrepasado o impotente para mantener el equilibrio, era dulce. Hasta pícaro en ocasiones. Cuando sonreía toda su cara se curvaba en pliegues, como si fuera de plastilina modelada, tanto que el belfo y la nariz se juntaban y el labio superior desaparecía de su rostro. Tan contento se ponía cuando una de nosotras le daba su ducha diaria que afeitar ese bigote llegaba a constituir un acto heroico, porque resultaba imposible que su labio se relajase de tanto que sonreía.
Es complicado explicar lo que había en sus ojos. No vi en ellos nunca tristeza, ni tampoco resignación. Cuando no dormía (lo hacía muchos ratos) le gustaba ir a la puerta de entrada de la residencia, a ver quién pasaba, quién venía, quién iba a la máquina a sacarse un café. Levantaba la mano para saludar, a menudo sentado en su silla de ruedas, las menos veces de pie, pero eso sí, con su gorra de visera bien calada y el bastón en la mano. Nadie podía pasar por su lado sin decirle algo. “Miguelón, buenas tardes”. “Miguel, ¿qué tal estás, rey?”. “Miguelón, vete a la sala, que aquí hace mucho calor”. Él no hacía caso, en la sala solamente había televisión, un aparato chillón que ningún significado tenía para él. Prefería un pellizco en la mejilla propinado por la técnico, un beso de Maite, un mimo de Chuli o simplemente un “Hola, Miguel”. Lo demás era todo morralla.
Hay seres que tienen razones más que de sobra para vivir enfadados con el destino, y sin embargo canalizan toda su energía (mucha o poca, eso da igual, pero toda) en agradecer lo que tienen, en pagar con la moneda del cariño lo que se les da cada día. Miguelón recibía atenciones, cuidados, mimos, y todo procedía de manos mercenarias, cuidadores pagados en una residencia, la enfermera de guardia, el fisio, las limpiadoras. Asalariados. Pero eso, para él, era tener una familia, y a la familia se la quiere. Se dedicó a ser tan bonito para nosotros, pese a no hablar casi, que cuando hace tres días se puso malo se nos ensombreció el cielo a mucha gente.
Parecía que remontaba. Ayer, antes de irme a casa después de comer, aún fui a preguntarle cómo se encontraba, y asentía con la cabeza con un gesto de “mejor, mejor”. Le acaricié el pelo recién cortado con un “hasta mañana, guapote”. Luego, durante la noche, sin hacer ruido (él no se podía ir de otra manera), dejó el envoltorio humano en la cama y se marchó, de la mano de la muerte, a vivir otra vida distinta.
Miguelón, te has dejado algunas cosas aquí. Tu gorra roja, tu bastón. Tus sandalias marrones, esas que te poníamos con calcetines deportivos. A cambio de esas ofrendas te has llevado un pellizco del corazón de cada uno de los cuidadores de la residencia, hasta de los más nuevos, como yo. A escondidas unos de otros, todos nos hemos escapado un minuto a tu habitación para despedirnos, casi es una suerte que los de la funeraria se lo hayan tomado con tanta calma para venir. Sé que no soy la única que ha aguantado el tipo durante la mañana y se ha echado a llorar en cuanto ha salido por la puerta sin decir el acostumbrado “hasta mañana, Miguelón. Vete a la sala, que aquí hace mucho calor”.
He estado muchos años sin trabajar en residencia. Casi había olvidado lo que se siente cuando pierdes a uno de los internos. Casi.


Te echaré de menos, Miguelón. Adiós, dulce guardián de la puerta.


lunes, 13 de julio de 2015

EL TANATORIO

            Cuando uno se mete a emprendedor, con lo fastidiadas que están las cosas hoy día y conociendo los flagrantes castigos impositivos que se aplican a los valientes que se atreven a montar su propio negocio, la posibilidad de que las cosas salgan bien son francamente escasas. Eso lo sabemos todos, y Lucho no es una excepción. Pero la idea de su negocio era tan innovadora que no podía fallar. Por eso juntó todos los ahorros de su familia y montó un tanatorio.
            En este instante sé que tú, querido lector, estarás pensando eso de “mira qué graciosa, pues claro, todo el mundo sabe que los funerarios siempre tienen trabajo, se muere gente todos los días”. Así es, pero también hay que tener en cuenta que tanatorios hay varios en todas las ciudades, y raro es el pueblo que no cuenta con uno. Los hay para ricos y para pobres, privados y públicos, con crematorio o sin él, con capilla, con sinagoga, con mezquita… Las razones del triunfo del negocio de Lucho, que tenía el local lleno a diario e incluso lista de espera (hubo cuerpos durante una semana en la nevera de la morgue esperando su turno para ser velados precisamente allí), no eran ni el lujo en las instalaciones, ni la solemnidad de sus decorados, ni nada de lo que imagináis. El tanatorio de Lucho tenía cuatro salas: dos con bar (taberna estilo irlandés y tascorro castizo de los de toda la vida), una sala de conciertos con catafalco en primera fila, y una sala privada. En las dos primeras estancias se podía velar al difunto celebrando una buena fiesta en su honor con él de cuerpo presente. Así, en lugar de albergar solamente llantos, lamentos y pésames (unos dados con sinceridad y otros por puro compromiso, ya todos sabemos cómo funciona esto de morirse), en la tasca y la taberna se celebraban juergas memorables, a veces hasta tres diarias. En ellas, los deudos brindaban por el viaje emprendido, por la amistad compartida, el amor disfrutado, por todo lo recibido y todo lo vivido. No había hora de cierre, el velatorio incluía dos camareros, pinchadiscos, barra libre y la opción de una pantalla gigante para poner partidos de fútbol. Se lloraba, sí, pero también se reía, se recordaba, se cantaba. No solo se lamentaba la muerte, sino que se honraba al muerto festejando la vida. Raro era el día que no se oía cantar alguna de Celtas Cortos, o de Los Secretos, incluso de Mecano, docenas de personas bailando y brindando con lágrimas en los ojos y amor a raudales dentro del pecho (y litros de alcohol corriendo por las venas, mujer). Se ponía la final del mundial que ganó España un par de veces por semana (por expreso deseo de las familias), y el España-Malta de los doce goles también se vio alguna vez. Allí dentro se vivían momentos únicos, instantes que jamás podrían darse en ningún otro tanatorio de los “tradicionales”.
            La sala de conciertos era un lugar distinto. Allí uno podía llevar al difunto para ofrecerle una actuación de lo que más le habría gustado escuchar. Lucho se encargaba de traer quintetos de cámara, cantantes de ópera, compañías especializadas en musicales o lo que hiciese falta. Cabían casi cien personas, y en ocasiones se rebasó el aforo, como una vez que actuó una banda de heavy metal muy famosa, teníais que haber visto al muerto, con su camiseta negra sin mangas de Helloween, su chupa de cuero favorita y unas botas que obligaron al fabricante de ataúdes a hacer uno casi tan ancho por abajo como por arriba.  Incluso llegó a llevar allí a actuar a un famoso dúo de hermanos que cantaban canciones escenificando peleas románticas (olvídame y pega la vuelta) para un concierto privado al que asistió solo el viudo, cogido de la mano de su difunta Manuela, que era superfán y se pasaba el día cantando aquellas canciones. Le había prometido llevarla a una de sus actuaciones,  pero la cosa se fue aplazando… hasta que fue tarde; nadie espera que al ser amado se le acabe el tiempo. Aquel asunto se habría quedado pendiente para siempre de no ser por aquel lugar y su particular dueño.
            Imagino que con todo esto os habréis hecho una idea de que el tanatorio de Lucho era un sitio especial, pero aún no sabéis hasta qué punto. Las tres salas que ya os he descrito se usaban de lunes a domingo, pero la que más demanda tenía era la cuarta estancia, la sala privada. Esa era la que de verdad marcaba la diferencia.
            La sala privada era la más pequeña de todas. Estaba refrigerada, y no faltaban flores frescas. Su único mobiliario era una silla cómoda junto al túmulo, y solo se podía acceder a ella de uno en uno, es decir, que solo podía haber en aquel lugar dos almas a la vez: la del muerto y la de un vivo. Así, la despedida era más íntima y sentida, se le podía decir al fallecido cualquier cosa por personal que fuese porque no la podía oír nadie, y de paso se evitaban malentendidos, desencuentros y problemas. La esposa no podía coincidir con la amante, el padre con la madre de la que se había separado en malos términos, la amante homosexual con el esposo, y cosas así; además, se evitaba que nadie se quedase con la pena de no haber visto una última vez al ser querido para evitar el “qué dirán”.


            “Para triunfar hay que ser diferente”. Eso fue lo que le dijeron a Lucho en una conferencia para emprendedores a la que asistió antes de abrir su negocio. Él lo ha cumplido, y por eso le va tan bien. Hasta con la muerte se puede ser original sin perder el respeto. Debería haber un local como el suyo en cada ciudad, todo sería mucho menos gris, ¿no creéis?

jueves, 28 de mayo de 2015

EL HADA DE LOS DESTINOS

            La vida y la muerte son dos misterios inquietantes para el hombre, y lo han sido desde los albores de la inteligencia humana. ¿Por qué somos? ¿Tenemos alma? ¿Qué clase de azar es el que nos hace nacer en un país y no en otro, de una mujer concreta y no de otra cualquiera? Hay infinidad de teorías al respecto, y nuestra curiosidad nos mueve a intentar averiguar cosas como cuándo moriremos o si tendremos más vidas. No sé, de verdad os lo digo, si es bueno o malo que alcancemos una certeza sobre ello. Yo, desde luego, no quiero saber cuándo moriré, porque saberlo condicionaría el resto de mi vida, y prefiero ser libre para vivirla a mi manera, con ilusión.
            No le pregunté a ella sobre eso; no le gusta que nadie lo haga, y por eso viaja por el mundo disfrazada, de incógnito. En realidad todas las hadas lo hacen, para no ser importunadas por los humanos con asuntos propios de seres terrenales. Se camuflan tan bien que casi nadie las reconoce. Confieso que en un principio yo tampoco me di cuenta de lo que era porque parecía una chica de lo más normal. Bohemia, un poco rarita, diferente, pero dentro de la normalidad. Sin embargo, cuando llevaba ya un rato escuchando la melodía de su arpa, algo dentro de mí me dijo que su halo de magia andaba escondido por algún lado. Sentí de pronto una extraña nostalgia por las roscas de anís y la risa de cascabel de mi abuela, y ella era la causante. Aquella mujer era un hada, seguro. ¿Dónde se ha visto un músico callejero que acarree de acá para allá, por caminos, senderos, calles y plazas una enorme arpa? Miré sus  manos delicadas de férreos dedos pulsar las gruesas cuerdas, vi su rostro sumergido en la ensoñación de la música, su pelo lacio recogido con descuido, su falda de azul desteñido de un cielo de verano que terminó en tormenta. Vi su macuto y su caja para los donativos de los transeúntes, el paquete de sobaos a su lado (las hadas son muy golosas). Tocaba de memoria, sin partituras, un popurrí de bandas sonoras de series de televisión. Definitivamente no podía ser humana: nadie se compra un instrumento tan pesado y caro para arrastrarlo por las calles y tocar con él la cabecera de “Juego de Tronos”. Nadie toca la melodía de las películas de Harry Potter con la misma pasión y sentimiento con que el más virtuoso de los pianistas tocaría una pieza de Debussy. Esas cosas tan raras solamente las hacen las hadas.
            Esperé a que todo el mundo, incluido el Sol, se fuera a casa; en ese momento, cuando comenzó a guardar su arpa en la gran funda negra con cremallera, me acerqué a ella para preguntarle. “Soy un hada de los destinos”, me dijo. “Pero no se lo digas a nadie”.
            “La Parca, o la Muerte, como quieras llamarla, corta el hilo de la vida de los seres humanos cuando le parece. Más corta, más larga, depende de su criterio, ella no obedece a nadie ni aconseja ni se deja sobornar. Esos hilos que caen, cercenados por su tijera, quedan sueltos por mi mundo; son los destinos de los hombres, que una vez muertos ya no le sirven de nada a nadie. Yo los colecciono, ¿ves? Para eso construí mi arpa, para emplear esos hilos caídos y olvidados en hacer algo hermoso como la música. Yo los trenzo hasta formar las cuerdas que luego pulsan mis dedos. Así, esos destinos inacabados, perdidos, que yacían en mi mundo esperando solamente al olvido, vuelven a la vida entre mis manos en forma de música. Es un poco como eso que vosotros llamáis reciclaje, ¿no te parece genial?”
            Eso era. No detecté su condición de hada solo por su rareza, sino porque las melodías televisivas que liberaba al aire de Santillana del Mar, que fue donde la encontré, me hicieron sentir una nostalgia extraña por personas queridas que ya no están. Tened cuidado si la veis, puede que las notas de su arpa os hagan añorar tanto a alguien amado que terminéis con los ojos inundados. Aunque eso tampoco es malo, porque significa que tenéis corazón.

            Le hice prometer que, llegado mi momento, trenzaría mi hilo con los de otros músicos, y colocaría esa cuerda en el lugar del Fa sostenido, que es mi nota favorita porque está presente en casi todas las melodías alegres que existen. Espero escribir muchos, muchos cuentos antes de que llegue ese día, pero también podría ser mañana, de modo que no está de más asegurarme de que mi destino interrumpido tenga un buen uso, ¿no? 

lunes, 11 de mayo de 2015

EL ASESINATO

            Nadie le tuvo nunca por un tipo violento. Desordenado, sí. Caótico, puede. Un raro, un individuo no excesivamente correcto en cuanto al seguimiento de las modas, alguien que no se planchaba las camisas y las seguía utilizando aunque el cuello se viera rozado y maltrecho. La sombra de barba de cuatro o cinco días le afeaba el rostro, pero afeitarse a diario no era, para Luis, una prioridad. Tampoco llevar el cabello bien arreglado y peinado, se lo cortaba él mismo cuando ya las greñas le molestaban sobre los ojos y hacían que la nuca le sudase demasiado, y le daba lo mismo lucir algún trasquilón.
            Definitivamente, hay personas que nacieron para vivir solas, y todo lo que hagan distinto de eso termina siendo un error. Un grave, catastrófico, un lamentable error. Quizá por eso su compañera de piso le molestaba tanto. La veía entrar y salir de la habitación del fondo, y su presencia no le inspiraba más que hastío. Con el tiempo, con el implacable paso de los días conviviendo con ella en un espacio tan reducido, había comenzado a sentir asco, un asco tan profundo que el solo pensamiento de que ella pudiese rozarle mientras dormía, o cuando se cruzaban por el pasillo (ella siempre presurosa, con algún quehacer urgente en algún lugar, mejor cuanto más alejada de él) le ponía el vello de punta. Se evitaban. En la mirada de ella vivía algo oscuro, tal vez temor, tal vez maldad.
            Luis repasaba en silencio, rebuscando en su memoria, los días de su vida más reciente, y no era capaz de recordar desde cuándo ella estaba allí. Tal vez siempre estuvo, quizá se coló por alguna ventana sin que él lo advirtiera… ¿cómo era eso posible? ¿Se estaría volviendo loco? Quizás el alcohol tenía la culpa. A veces creaba lagunas en su memoria, hacía cosas que luego no recordaba. Pero no, eso no podía ser. ¿O sí? Tal vez en una película de terror, pero no en la vida real, desde luego. Aunque bueno, hay ladrones que entran en las casas cuando sus moradores duermen, lo desvalijan todo y se van sin despertar, inexplicablemente, a sus indefensas víctimas. Quizá ella era como esos ladrones, solo que en lugar de irse con el botín se había quedado a vivir. Así, simplemente. Luis miró el tubo de pastillas para dormir que le había dado el psiquiatra, fue a la cocina a buscar un vaso limpio para tomar una de aquellas píldoras y no encontró ninguno: no había fregado la vajilla en toda la semana, y el fregadero hedía de agua sucia y restos de comida. La vio allí, mirándole desde un rincón, sorprendida por su presencia, y le gritó: “ya que vives aquí podrías colaborar en algo, ¿no?” Ella, por toda respuesta, salió corriendo hacia el pasillo, lo más alejada posible de él, para ir a refugiarse al cuarto del fondo.
            Luis no se encontraba bien. Adivinaba en ella el miedo, y eso le hacía sentir poderoso, pero también perverso. En ocasiones, era verdad, la había insultado a gritos. La maldecía, e incluso le arrojaba cosas. Se estaba convirtiendo en un monstruo violento, pero ella tenía la culpa. Le pidió que se marchara de una vez, pero ella no escuchó. Salía poco de la habitación cuando estaba él, pero Luis sospechaba que, cuando se iba a trabajar, no solo abandonaba su cuarto para atracarse de comida, sino que organizaba fiestas, que se veía con algún desgraciado, tan desgraciado como ella. Solo de pensarlo se ponía enfermo. Dios, cuánto la odiaba.
            Una mañana, cuando la nebulosa de los somníferos se despejó, la vio pasear por su habitación, ignorante de su despertar. La observó durante un rato curiosear sus cosas. No podía vivir más así. Tenía que matarla, recuperar su intimidad, su espacio. Repasó en su memoria, y se dio cuenta de que ni siquiera recordaba su nombre, si es que alguna vez lo había sabido. Mejor, así los remordimientos por asesinarla serían anónimos. Quizá con un poco más de alcohol y pastillas lo hiciera sin siquiera mirarla a la cara, y no tendría ni el recuerdo de lo perpetrado.
            Se tomó el día libre en el trabajo para planear cuidadosamente el crimen. Descartó el veneno, nunca comían juntos, de modo que no le sería posible deslizar ningún tóxico en la copa, ni en la sopa. Tal vez matarla por asfixia fuera la solución, pero se le antojó una muerte excesivamente lenta. Posiblemente ella lo advertiría y huiría en el último momento, recuperando la respiración con un jadeo agónico y esquivando a la muerte. No, quería hacerlo con sus propias manos. Deseaba verla romperse bajo sus golpes, deseaba ser brutal, ciego, primitivo, furioso. Eso haría: sorprenderla y acabar con ella de una vez para seguir luego con su vida tranquila y descuidada, como si nada hubiese pasado.
            Se sentó en el sofá y cerró los ojos, haciéndose el dormido. De vez en cuando abría el párpado izquierdo mínimamente, lo justo para vigilar si ella aparecía. La vio entrar, burlona, parsimoniosa, engañada por su fingido sueño. Estaba desnuda. “¡La muy cerda!”, pensó Luis. Era su oportunidad, y no lo dudó. Esperó a que se diera la vuelta, se levantó sigiloso y cayó sobre ella zapatilla en mano. “¡Muere, maldita cucaracha asquerosa!” Después, barrió el cadáver, sacó la basura, se puso las deportivas y salió, tranquilo, a comprar una botella de buen bourbon para celebrar su recobrada libertad.
        



martes, 14 de abril de 2015

CANCIONES

            Desde que nacemos, incluso desde antes, las canciones son un elemento que acompaña toda nuestra vida. Las hay de muchas clases, ritmos, tamaños y colores; cuando somos niños escuchamos las que escuchan o cantan nuestros padres, y después, poco a poco, vamos desarrollando nuestros propios gustos y nos inclinamos por otras cosas más modernas, diferentes de las que prefieren nuestros progenitores. Las canciones de todo tipo conforman la heterogénea banda sonora de nuestra existencia, y tienen un gran poder evocador: de pronto, por azar, en alguna emisora de radio suena un tema antiguo y sus compases iniciales nos traen de inmediato a la memoria algún recuerdo enterrado. Lo malo es que no siempre el recuerdo que viene pegado a la melodía es agradable, pero en fin, eso es algo que se escapa a nuestro control: la capacidad de recordar funciona igual para lo bueno que para lo no tan bueno.
            A lo largo de mis cuarenta y algún año de vida son muchas las canciones que he aprendido, y desde siempre he tenido la misma duda: ¿realmente nos paramos a pensar en lo que dice la letra de los temas que canturreamos cuando suenan a nuestro alrededor? Me explico: la radio, la televisión y otros medios nos bombardean con composiciones que se nos pegan sin remedio, y que todos nos sabemos de carrerilla, pero… ¿nos damos realmente cuenta de lo que dicen o cantamos automáticamente sin analizar el texto? Llamadlo “deformación profesional” de escritora si queréis, pero yo me voy a detener en algunos puntos.
            Pongamos por ejemplo a Mecano. Indiscutiblemente, un hito en la historia del pop. Pero tienen perlas… que vaya tela marinera. “No hay marcha en Nueva York, y los jamones son de york”. Claro, si los jamones neoyorkinos fueran serranos de pata negra la Gran Manzana estaría por Extremadura o así. “Entre miles de tornillos viven en Japón, son más de un millón donde sale el sol. No son rubios, no son altos, son tipo reloj. En un metro hay dos”. Toma ya. ¿Eso no es japonofobia manifiesta? Yo pedí una vez a mis alumnos de seis años que compusieran la letra para una canción y era bastante más profunda que esta del trío Cano-Torroja. ¿Qué se fumaron? Y lo peor: ¿qué nos habíamos fumado los demás para corearla en las discotecas como posesos? A saber.
            No queda ahí la cosa, desde luego. Y conste que no voy a meterme con las canciones en inglés (no conozco el idioma de Shakespeare, con lo cual coreo los temas con un apropiado “wanchu wanchu” y no me entero de lo que dicen jamás), ni tampoco con el gruperío de la movida madrileña, es decir, cosas como “La caca de colores” o “Ayatola, no me toques la pirola”, que esas eran deliberadamente así de… por llamarlas de algún modo… transgresoras. Me refiero a temas y grupos que se vendían como serios y de calidad, y normalmente lo eran, pero de vez en cuando tenían sus deslices. Como Cómplices, por ejemplo. “Igual que actinia y ermitaño pasean por el mar recorreremos en simbiosis terreno sideral”. Terreno sideral. Agüita. Menudo ripio raruno para decir que uno está enamorado y que siempre estará al lado de la otra persona. Pero no, no penséis que hace falta venirse a las eras modernas para hallar versos así de extraños. La copla está a reventar de cosas que si se las dijéramos a alguien nos retiraría el saludo para los restos. No hay más que ver ese impresionante “me voy a hacer un rosario con tus dientes de marfil”. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿Vas a esperar a que me muera para ello o piensas desdentarme a lo vivo? ¿Pondrás incisivos y caninos para las avemarías y colocarás los molares como marca de los misterios, los padrenuestros y la letanía? ¿Te das cuenta de que solamente tengo 32 dientes y para completar el rosario necesitas más de 50? ¿Tú qué te piensas que soy, el Ratoncito Pérez, un tiburón o qué? ¿Estamos ante un caso de apología de violencia machista? En todos los casos, como declaración de amor es una auténtica barbaridad. No dormiría yo tranquila al lado de un sujeto que me dice eso, más bien lo tomaría por un psicópata antes que por un romántico.
            Capítulo aparte merecen las canciones de “te dejo”. Porque el amor, declarado de forma más o menos afortunada, no ha cambiado, pero el desamor sí, y mucho. “Devuélveme el rosario de mi madre, y quédate con todo lo demás” (vuelta la burra a los trigos con el rosario, qué fijación, jolines). Ahora la letra tendría que decir algo así como “me quedo el piso, el coche, la custodia de los niños y por ahí te pudras, chaval/a”. En la actualidad ya no se pueden hacer canciones de desamor, tendrían demasiadas estrofas con tantas consideraciones legales a tener en cuenta en el divorcio. Y claro, tampoco se regala el rosario de la madre de uno así como así, básicamente porque ya casi ninguna madre tiene rosario, y no es un regalo especialmente romántico para nadie. No lo veo yo en las listas de los grandes almacenes por San Valentín, vamos.
En resumidas cuentas: los tiempos cambian, las canciones lo hacen también, pero letras chungas hay en todas las épocas. Eso sí, como vienen con musiquilla, cuelan que da gusto. A mi modo de ver, el partido político que quiera comérselo todo en las próximas elecciones tiene que buscar como asesores de campaña a compositores de canciones comerciales. Si hacen bien su trabajo, tragaremos con cualquier programa electoral que nos quieran vender (aun a sabiendas de que lo van a incumplir enterito), y además lo corearemos en los mítines con el móvil encendido en lo alto (lo del mechero ya no se lleva) como si estuviésemos en un concierto de Sabina, y moveremos el traserillo a su compás en la cola del colegio electoral tarareándolo por lo bajinis al meter el sobre en la urna. Y dubidú, dubidá. Eso sí, no caer en el error de usar el hip-hop. Es minoritario, muy de barrio y poco elegante. Mucho mejor la canción playera con toque de pop anglosajón. Si se parece a las de los anuncios veraniegos de cerveza, triunfa fijo. Y su candidato-cantante, también.


            Os dejo con un verso suelto de lo más reciente como despedida, que sé que cuando lo leáis para vuestros adentros lo haréis cantando. "Por ti, volví por ti pero no te vi. Si no estás solo soy un zombie a la intemperie". Ole. Que vivan las canciones, aunque digan cosas así... así de... así.

sábado, 21 de marzo de 2015

EL SOUVENIR

            Llevaba tantos años soñando con visitar París que verme allí, paseando por sus calles, me parecía aún mentira. Pero no, era yo, pisando al fin los lugares tantas veces descritos en novelas, poemas y canciones, mostrados en el cine, fotografiados en las revistas. Compré un bolso más grande que el que normalmente llevaba en una de las tiendas de souvenirs que llenan el centro, cerca del quartier latin: lo necesitaría para guardar cuanto fuera recogiendo en mi vagabundear por la ciudad del Sena. Yo soy muy de guardar, desde hojas secas hasta planos, entradas de museo o panfletos promocionales, cualquier cosa siempre que signifique algo para mí, y allí, en la maravillosa París, todo tenía significado. Hasta aquel bolso, una imitación barata hecha seguramente en China, tendría siempre valor para mí por haber sido comprado precisamente allí.
            El libro apareció ante mis ojos sobre la mesita del cafetín de Montmartre en el que me detuve a reponer fuerzas. Me agaché a anudar el cordón suelto de mi zapato, y al levantarme de nuevo, allí estaba, voilà!, posado sobre el mármol pulido. “Cyrano de Bergerac”, claro, cómo no. Miré alrededor, pero nadie me observaba. ¿Quién habría dejado para mí aquel libro no pedido en mi mesa, junto al café au lait y el macaron que sí eran mi comanda? Pregunté al camarero, pero se encogió de hombros. “Je ne sais pas, mademoiselle”. Abrí el volumen, y tenía una dedicatoria. Para mí.
            “Jamás soñé más bello atardecer sobre París que el de verla a usted, recortada contra el cielo de Montmartre, su cabello rojo emitiendo destellos de fuego bajo el sol poniente, la felicidad en su semblante. A partir de hoy, cuando piense en la poesía absoluta, será su imagen la que vea en mi memoria. Gracias por tan hermoso regalo”. Enrojecí violentamente. ¿Cómo? ¿Quién? Una vez más, busqué un rostro entre la gente, pero ninguno parecía el de un poeta. “Esto solo podía pasarme aquí, en París”, pensé, soñadora. Me sentía como en una burbuja, la protagonista de una novela romántica. Poco me duró la ilusión: justo el tiempo que tardó el camarero en traerme la cuenta. Metí la mano en mi bolso nuevo y comprobé que alguien lo había abierto con una cuchilla de afeitar. Mi cartera no estaba. Cyrano de Bergerac, desde la portada multicolor sobre la mesita del café, me miraba burlón.
            “Quédese el libro, señorita”, me dijeron en gendarmería. “Tenemos más de veinte ejemplares aquí, podríamos poner un mercadillo. No sabemos dónde los compra, pero todas ustedes muerden el anzuelo. Siempre extranjeras, siempre solas. Y siempre pelirrojas. No sé qué les da a ustedes París. Tenga, la copia de su denuncia. Y baje de la nube, mademoiselle, o no será la última cartera que le roben”.


            Tiré el bolso mutilado en el contenedor más cercano. Estuve tentada de arrojar también a Cyrano, aunque al fin decidí conservarlo. “Caro me ha salido el piropo”, pensé. Pero aun así, valió la pena. No es el souvenir que yo esperaba traer de París pero, como dicen los franceses... C'est la vie!


domingo, 8 de marzo de 2015

SIMPLEMENTE PERSONAS

            Es algo extraño esto de escribir para que mis historias lleguen a multitud de personas a las que no conozco, a las que posiblemente no llegue nunca a conocer. Hablo de vidas ajenas, de personajes inventados (algunos no tanto), de aventuras y acontecimientos de otros, pero nunca os hablo de mí. Hoy voy a cambiar eso, y lo hago con motivo del día de la mujer, una fecha que, si la sociedad fuese equilibrada y civilizada de verdad, no debería existir. Voy a contaros, por una vez, cómo pienso, quién soy realmente y por qué. Sin bromas, sin cuentos, sin nada más que lo que hay.
            Me llamo Susana, y soy escritora. Soy Susana Rodríguez Cuentahistorias cuando ando con un relato entre manos, Susana R. Miguélez cuando publico una novela, Sú Rodríguez cuando me tomo la actualidad a broma en Facebook, Susaneja en Twitter cuando me quejo de algo y en Instagram cuando comparto imágenes que me salen al paso, a las que suelo añadir, casi sin darme cuenta, algún micro-cuento. También soy Susana de León, la cantaora de albaes, Susana la del laúd en mi grupo de folklore, Sú la del saxo tenor en mi banda, soy “Mami” cuando me llaman mis hijas, Susi en boca de mi otra mitad, Susanita aún para mis padres, “Señorita” para los ancianos de las residencias en las que ocasionalmente he trabajado. Soy todas esas cosas y algunas más, pero no os cuento esto para promocionarme, no soy de las que aprovecha cualquier ocasión para hacerse auto-bombo. No tengo tantas facetas porque sea una super-woman. Las tengo, simplemente, porque soy una MUJER, ni más lista ni más capaz ni más culta que ninguna otra.
            El factor determinante de que yo haga esto y otras mujeres como yo no lo hagan es muy simple, y os lo voy a explicar brevemente: nací, como todos lo hacemos, provista de alas. Mi suerte fue que tanto mis padres desde un principio como la persona que comparte mi vida no se empeñaron en cortármelas, sino que se tomaron el trabajo, y aún lo hacen, de acompañar mi vuelo. Por eso aprendo. Por eso avanzo. Por eso no tengo límites. No elegí en qué familia nacer; simplemente, tuve suerte. Escogí a mi pareja con mi criterio alado, y desde entonces vuela conmigo, no se empeñó en encerrarme en ninguna jaula, ni grande ni pequeña ni dorada ni oscura, para ser el único en poder contemplarme. Me consta que eso les ha pasado, y les pasa, a muchas mujeres. Esa es una de las grandes desigualdades que nos afectan: todas esas hermosas mujeres merecen recuperar las alas con las que nacieron para poder llegar hasta donde ellas quieran, y deben ser protegidas y ayudadas sin reservas.
            Según los científicos, todos los embriones humanos, en sus primeros estadios de formación, son iguales. La diferencia la lleva un solo cromosoma, que es el que dice “soy X” o “soy Y”, y hace que ciertos órganos afloren o se escondan. Nada más. NADA MÁS. El único privilegio que nosotras tenemos y ellos no poseen es la capacidad de gestar, alumbrar y amamantar. En todo lo demás no hay diferencias. Ese magnífico privilegio de ser madres fue casi nuestra única función desde la época de las cavernas, y de paso resultó una excusa perfecta para hacernos esclavas de la maternidad, el hogar y la familia; los tiempos avanzaron, y no resultaba conveniente que nosotras progresáramos al mismo ritmo, podríamos tener deseos, sueños y esperanzas diferentes, qué peligro.
Llegar a las metas todavía nos cuesta mucho más que a los hombres pero, poco a poco, vamos conquistando terreno. Ahora vivimos en el siglo XXI, y aunque aún queden por ahí demasiados neandertales y cromañones sueltos disfrazados de modernos, las mujeres podemos elegir. Podemos equivocarnos, pero tenemos el derecho de rectificar. Ser madres es nuestro derecho, y no nuestra obligación; trabajar es nuestro derecho, casarnos o no hacerlo es nuestro derecho, elegir lo que queremos ser, desarrollarnos, crecer, son nuestros derechos. Ser mujeres no nos hace superiores, pero tampoco nos hace más débiles, y está en nuestras manos pulir las desigualdades que aún existen en la sociedad. Eduquemos a nuestros niños enseñándoles que una plancha, una escoba o una sartén valen para una mano masculina igual que para una femenina, del mismo modo que una caja de herramientas, una batuta o una brocha de pintar muros. Enseñémosles que “hombre” y “mujer” solamente son palabras para definir el sexo con el que hemos nacido, pero que eso no lleva nada más implícito. NADA MÁS. Aún quedan, es cierto, hombres que prefieren levantar los pies en el sofá con una cerveza en la mano mientras nosotras pasamos la aspiradora, pero somos libres de no elegirles, y si nos equivocamos al hacerlo debemos poder rectificar y alejarnos. Ellos también saben, que no os engañen haciéndoos creer lo contrario, que el contenido de los pañales de un bebé no es radiactivo; no hay ningún cromosoma que señale que su salario debe ser mayor que el de una mujer en su mismo puesto. Tampoco es cierto que una mujer sea “un machote” porque no use falda ni tacones, ni que vaya “pidiendo guerra” si se arregla. Una mujer quiere decir “NO” cuando dice “NO”, y quiere decir “SÍ” cuando dice “SÍ”, y la testosterona no es ningún elixir que dé super-poderes a nadie. Aún quedan demasiados hombres que pretenden sirvientas y no compañeras, que ven en el amor un permiso para disponer de la vida de alguien a quien miran como un ser “menor”. Enseñemos a los niños, chicos y chicas, desde la cuna, desde la escuela y en todas las facetas del día a día que no somos “ellos o nosotras”, sino que todos somos igualmente personas. Que el amor es un lazo, no una soga; que un golpe, un insulto y una amenaza no se llaman sentimiento, sino maltrato. Que nuestras necesidades y tareas diarias son las mismas: si comemos, guisamos. Si ensuciamos, limpiamos. Si queremos la ropa impecable, planchamos, y si no, vamos arrugados. Si podemos trabajar en lo que nos gusta, mejor. Si queremos salir, entrar, viajar, estudiar, estamos en nuestro derecho mientras podamos y estemos de acuerdo en hacerlo. Que la esclavitud en este país desapareció hace siglos, y quien se empeña en mantenerla es quien debe ser juzgado. Mujeres: creced. Elegid. No os pongáis límites: abrid las alas. Las jaulas, para la chatarra.

            Así pienso, así soy. Quiero creer que si hubiese nacido hombre habría escrito este discurso en idénticos términos, pero eso nunca lo sabré. Quizá en mi próxima vida pueda comprobarlo, si es que me toca un cromosoma inicial diferente; en caso de que ocurra, prometo contároslo. Feliz día para todos, tengáis el sexo que tengáis.


domingo, 1 de marzo de 2015

JAQUE AL PENTAGRAMA


            Llegó un señor a la escuela un lunes por la mañana. Jacoba, la maestra, lo esperaba; no le hacía excesiva gracia lo que venía a anunciar, pero nada podía hacer contra ello. Según les explicó a los niños, era un inspector de educación. Llevaba un traje gris y corbata, no parecía un maestro, sino más bien un ejecutivo de esos que manejan los números de la Bolsa en la televisión. Los niños le saludaron con un “buenos días” general, como Jacoba les había enseñado que debían hacerlo.
            “El señor inspector está aquí para explicaros algo importante que ocurrirá el curso que viene: la clase de música va a quedarse nada más que en tres cuartos de hora a la semana, pero a cambio os van a dar una nueva asignatura: ajedrez”. Los niños, desde sus ocho años, se miraron unos a otros sin entender nada. A casi todos ellos les gustaba la música: tocar la flauta juntos, aprender ritmos, bailar, reproducir melodías que escuchaban en la radio, cantar… ¡era divertido! ¿Por qué había que cambiarlo?
            El inspector del traje gris comenzó con su charla. “Niños, el ajedrez es el noble juego de los Reyes. De su mano aprenderéis estrategia, cómo adivinar cuáles serán los movimientos del contrario para así poder anticiparos a él y vencerle. Os enseñará también a forzar los errores del otro para aprovecharlos, a mover vuestras piezas de manera que le podáis hacer más daño a su ejército con el mínimo de movimientos y de sacrificio de piezas posible. Aprenderéis a conocer las debilidades de quien tenéis enfrente para usarlas en vuestro propio beneficio. El objetivo es ganar, derrotar a quien juega contra vosotros. El ajedrez os hará más inteligentes y competitivos, es necesario que aprendáis ese tipo de cosas porque luego, en la vida real, os servirán para ser triunfadores. Desarrolla la memoria, ayuda con las matemáticas, enseña a concentrarse. Todo son ventajas. El próximo curso, en lugar de música, os daremos clase de ajedrez. ¿Lo entendéis?”
            Fernando levantó la mano para pedir la palabra. Tenía una pregunta que hacerle al hombre de gris. Él sabía jugar un poco a ajedrez, le había enseñado su abuelo los fundamentos del tema: movimientos de las fichas, objetivos… Recordaba haberse sentido mal jugando. Primero se enfrentó a su padre, y fue vencido. Y no le gustó, francamente, el hecho de perder. Después, jugó contra su hermano Carlos, un año menor. La diferencia de edad le dio cierta ventaja, y ganó. Se sintió bien, fuerte, pero le duró poco la euforia: Carlitos, al verse derrotado, se había echado a llorar. “No me mates al Rey, por favor”, le había rogado. Pero él no había tenido compasión. Al final, las lágrimas de su hermano le hicieron empatizar con él, y de nuevo se sintió mal. “Señor, yo tengo una duda. Si en clase de ajedrez me mandan jugar contra Blanca, ¿puedo dejarme ganar? Es que prefiero que ella me mate el rey que hacerla llorar por matarle el suyo”. Blanca, su amiga, le miró. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
            Carla también había jugado a ajedrez alguna vez. Y, francamente, prefería la música. No entendía por qué tenía que ganar o perder, derrotar o ser derrotada. Levantó la mano. “Señor inspector, cuando en gimnasia jugamos al fútbol o al balón prisionero ya competimos. ¿Por qué tenemos que hacerlo también con el ajedrez?”
            El inspector estaba comenzando a perder la paciencia. Los niños percibieron enseguida su gesto de fastidio, tan de hombre ocupado y sin tiempo para preguntas infantiles de respuesta obvia. Obvia para un adulto, por supuesto, pero no para un chiquillo. Jacoba lo sabía bien, porque estaba acostumbrada a ponerse en el lugar de sus alumnos para explicarles mejor los conceptos de las distintas asignaturas. Pero el hombre de gris ya no se acordaba de lo que siente un niño. Quizá nunca le permitieron serlo.
            “Chicos, tenéis que saber que cuando seáis mayores nadie va a tener compasión de vosotros. En el mundo adulto hay que derrotar a los competidores para ser mejor que ellos, ganar dinero y llegar lejos. Es como en la selva, o te los comes tú o te comen a ti, y no hay más. Por eso es importante que os enseñemos a jugar al ajedrez. Concentración, silencio, cálculo, toma de decisiones, eficacia y resultados. Esa es la manera de ser triunfadores. Ahora quizá no lo tengáis demasiado claro, pero creedme, lo agradeceréis cuando entréis en el mercado laboral, os lo aseguro”. Y, dicho esto, cogió su cartera y se marchó.
            Jacoba no sabía si enfadarse o ponerse triste. En los más de veinte años que llevaba dando clase a niños de tercero y cuarto de primaria, uno de los aspectos en que más había incidido era el de la solidaridad. Se había empeñado en demostrar que la empatía y el trabajo en equipo eran mucho mejores que el individualismo, que el triunfo de la comunidad era mejor que el de uno solo. Enseñaba a sus niños a ayudar al compañero, no a derrotarle. Los chavales estaban desconcertados, y ella no podía contravenir las normas que le llegaban desde sus jefes directos. ¿Qué podía decirles?
            “Señorita Jacoba, yo no quiero que me quiten la música”, dijo Francisco. “Ni yo”, dijo Blanca, a punto de echarse a llorar. De la mano de la música, aprendiendo a leer las notas y a conocer las escalas, reconociendo los intervalos y los acordes también aprendían matemáticas. Tocando los instrumentos de percusión y bailando al ritmo de las canciones mejoraban su coordinación, la motricidad gruesa y la fina. Interpretando las partituras con sus instrumentos también mejoraban el nivel de concentración y la memoria, y de paso aprendían disciplina, trabajo en equipo, constancia. Afanándose en mejorar y empleando su capacidad de esforzarse y su talento natural lograban ser elegidos para interpretar los solos en las obras que tocaban, y el destacar solamente dependía de cuánto trabajasen, y no de qué estratagemas pudiesen urdir para pasar por encima de los demás. “Yo no quiero ganarle a nadie”, dijo Miguel. “Si hacerse mayor significa estar siempre enfadado y compitiendo, no quiero ser adulto”. Ese mundo que el hombre de gris les había presentado como su futuro no era lo que ellos merecían ni deseaban.
            El inspector de educación recibió, pocos días después, una carta. Iba firmada por los alumnos de la señorita Jacoba. En ella le decían:
            “Señor inspector:
            Puede que ustedes, los que deciden qué es lo que se enseña en las escuelas, piensen que el ajedrez es lo mejor para nuestro futuro. Ustedes desean que crezcamos sabiendo que el pez grande siempre se come al pequeño, pero nosotros hemos visto en el libro de Naturales que hay peces muy grandes que comen krill. Según ustedes, tenemos que aprender que si no ganamos es porque hemos perdido, pero en el libro de Conocimiento del Medio dice que el hombre prehistórico, ese que tenía la cabeza rara y la boca para delante y parecía todavía un mono, cazaba en grupo y toda la tribu comía de lo que entre todos lograban atrapar. Ustedes piensan que todos queremos ser unos triunfadores, pero en Religión y en Ética nos enseñan que la felicidad no está en ser más, sino en ayudar y en compartir. No nos eduquen para enfrentarnos, por favor. Si hacerse mayores significa convertirnos en personas tristes que solo piensan en ganar, no queremos ser adultos. Nosotros elegimos la música. Por favor, déjennos ser niños.
            Atentamente, los alumnos de cuarto de primaria y Jacoba, su maestra”.
            El hombre de gris frunció el ceño. “Futuros perdedores”, pensó. Y no se dio cuenta de que quien realmente estaba perdido era él.



            Dedicado con muchísimo cariño a Blanca, Carla, Francesc, Miquel, y al resto de niños que comenzaron a aprender música conmigo y ahí siguen, esforzándose por ser mejores sin ganarle a nadie. 

domingo, 8 de febrero de 2015

RANAS, SAPOS, CHARCAS

En la charca de las ranas todo era paz y tranquilidad. La totalidad del agua estaba cubierta por hojas de nenúfar que mantenían a los batracios a flote, en cómoda posición para cazar moscas y mosquitos sin excesivos contratiempos. Había hojas grandes y hojas pequeñas; tal vez algunas fueran desmesuradas y estuvieran llenas de exóticas flores que las demás no poseían, pero no importaba demasiado, porque más o menos todo el mundo tenía su hoja, abundaban los insectos y daba el sol, los pájaros cantaban y la mayoría de ranas eran felices. Casi todas cantaban las mismas canciones, ya se sabe, en tiempo de bonanza el coro funciona y no se oyen voces discordantes. Todas croaban en la misma dirección, y si alguna no lo hacía, su voz no se oía, la tomaban por loca, desafinada o simplemente falta de oído musical, pero casi no importaba. Cuando venían las cigüeñas a comer, daba tiempo de que todas las ranas se resguardaran bajo sus hojas de nenúfar, confundiendo a las aves, que apenas conseguían como botín algún ejemplar despistado que no despertó a tiempo de su siesta.
Los gordos sapos que se habían apropiado de las hojas más grandes y fuertes con el consentimiento (o con la falta de oposición, según se mire) del resto de batracios fueron, poco a poco, acercando sus refugios a la orilla. Sin que las otras ranas se dieran cuenta, fueron cortando los juncos de los alrededores para con ellos atar sus hojas y las de todos sus allegados (sapitos, ranas amantes, renacuajos propios y recomendados, salamandras aliadas y cigüeñas renegadas, tritones con estola de obispo y otros ejemplares) a las piedras de la orilla. Sabían lo que había de venir, pero si alertaban a la charca entera no habría juncos suficientes para asegurar todas las hojas. Una parte de la población no se salvaría, aunque bueno, en todas las partidas de ajedrez hay que sacrificar peones para que el rey sobreviva, de modo que no importaba demasiado. Ranas había de sobra, y al olor de la abundancia muchas otras habían venido de charcas con aguas menos limpias, de modo que casi les daba igual cuántas perecieran cuando llegase el reventón. Ellos conocían la existencia de la gran tubería, y sabían que el material del que estaba hecha no aguantaría mucho más; por eso, para que nadie se hiciera preguntas, seguían proponiendo canciones, y el entusiasta coro general las cantaba como una sola voz, con la inocencia que da la ignorancia, con la confianza que da la sensación de estar a salvo. Las voces discordantes seguían sin escucharse.
El desastre llegó poco a poco. En la gran tubería de aguas fecales que pasaba cerca de la charca se abrió una grieta; la fuga de caldo infecto fue envenenando el paraíso de las ranas, las hojas de nenúfar más débiles murieron. Se acallaron los cantos, y ya ni el fútbol sirvió para mantener distraída a la población; las ranas se ahogaban si ninguna otra rana les tendía la pata y las aupaba a su propio refugio. Bajo las hojas había corrientes, peces depredadores, algas en las que uno se enreda y se asfixia, peligros que siempre habían estado ahí, pero de los que todas, subidos a sus frágiles nenúfares, se habían creído falsamente a salvo. Las cigüeñas venían en bandadas y se daban auténticos festines. Los mosquitos, ahuyentados por la pestilencia del agua, ya no venían a dejarse devorar. Los sapos gordos y sus cortes de favorecidos, seguros cerca de la orilla en sus gordas hojas, gritaban a los demás: “¡¡¡sed solidarios, ayudáos unos a otros como buenos batracios!!!” Pero, para evitar problemas, pusieron ejércitos de avispas a proteger sus privilegios.
Muchas ranas murieron. Muchas otras se fueron para no volver. Las que se quedaron malvivían sabiendo que nada volvería a ser como antes, cuando creían que los sapos estaban allí para protegerles y procurar que todo funcionase de la manera más limpia y favorecedora. El coro de la charca ya no cantaba, pero sí lo seguían haciendo las “voces discordantes”. ¿Las recordáis? Aquellas a las que nadie quería escuchar, las que hablaban de boñigas venenosas en el agua, sapos corrompidos que roban los juncos y viven a costa de los demás, ranas cortesanas que ofrecen el trasero a quien luzca la corona más brillante. Esas cosas que estaban ahí pero a las que casi nadie hizo caso hasta que fue demasiado tarde.

Dicen los sabios que hacen falta crisis para agudizar los ingenios. Dicen que los más brillantes inventos, los más brillantes escritos, los más brillantes versos, surgieron en época de desastres y cambios, que la bonanza adormila y atonta, que el dinero es un opio grosero que corrompe todo lo que toca. “El caballo corre más con espuela, el harto duerme y el hambriento vela”. Ojalá hayamos aprendido la lección de una vez. Seguimos nadando entre la podredumbre que no deja de manar, puede que nuestra agua, queridas ranas, jamás vuelva a estar limpia. Puede. Pero ahora sí prestamos oídos a las voces discordantes. Si hemos de ser nosotros quienes tapemos esa gran grieta, más pronto la repararemos leyendo textos inteligentes, informándonos y saliendo a la calle que durmiendo la siesta y viendo Sálvame en televisión. Seamos malditos, seamos contestones, seamos ranas discordantes. Y si a cada cerdo le ha de llegar su San Martín, que a cada sapo le llegue un poeta prohibido, un cantor vetado, un cineasta crítico, un escritor políticamente incorrecto que llame a las cosas por su nombre y nos sacuda, impidiendo así que nos volvamos a dormir.


sábado, 24 de enero de 2015

LAS FOTOS DE PETRA

            Siempre fue una niña muy lista. Listísima. Tanto, que a la edad en que los demás mocosos andan aún tratando de aprender a pronunciar bien su propio nombre, Petra preguntaba a su madre si el sol lo enciende algún gigante cada día o si el caudal del río lo regulan con grandes grifos ocultos en las grietas de la montaña. A la autora de sus días le preocupaba tan despierta inteligencia, no le parecía apropiada para una criatura tan pequeña. Por eso, para tratar de protegerla del mundo y del maltrato que la vida procura a los seres humanos, solo le contaba las verdades a medias, o directamente se inventaba las respuestas. Azucaraba, almibaraba, suavizaba todo para que Petra no sufriera.
            Hay una edad en que, por curioso que sea un niño, por respuestas que busque o cuestiones que plantee, en el fondo solamente da por buena y cierta una premisa: lo que dice mamá es la verdad absoluta. Y ya está. Por tanto, aquellas explicaciones suaves e inventadas que la madre ofrecía a Petra eran para ella irrefutables, las asumía como válidas y a partir de éstas sacaba sus propias conclusiones. Que eran, como podéis imaginar, erróneas y falsas, pero no lo eran para ella, sino para los demás. Esto le ocasionaba no pocos problemas, problemas que no llegaba a comprender: los adultos se reían a carcajada limpia de sus razonamientos, y el resto de niños de la escuela, conforme fue creciendo, la inflaban a capones.  “Mamá, ¿a dónde se va la luna cuando no está en el cielo?”, preguntaba. Y mamá respondía: “se va a esconder al fondo del mar, a que la cuiden las ballenas, que son las únicas criaturas suficientemente grandes como para limpiarla para que vuelva a iluminar a la noche siguiente”. “Y, ¿por qué a veces es redonda y a veces parece como los trozos de uña que me cortas cuando me crecen?” “Eso es porque la ballena encargada de la limpieza se durmió y no terminó su trabajo a tiempo. Solo ves lo que está limpio, lo otro quedó empañado y por eso no se ve”. Todo ello por no contarle que la tierra es una gran bola, y la luna una bolita sin luz que da vueltas en torno a la esfera terrestre. “Es muy pequeña para entender eso”, pensaba la madre. “Se dará cuenta de que somos tan pequeños como hormigas, y eso le llevará a pensar que quizá un día la luna pierda su órbita y nos aplaste, y sufrirá. No, ya tendrá tiempo cuando sea adulta de afrontar esa sensación de pequeñez y vacío, no dejaré que sienta miedo”. A partir de esa explicación astronómica tan peregrina, la menuda Petra deducía que el mar sube y baja en la costa cuando la luna entra y sale de él, igual que el nivel de la bañera subía cuando ella se sumergía, y que si las ballenas eran encerradas en acuarios nadie sabría limpiar la luna y ya no se vería nunca más, y las noches serían muy tristes. Por eso, cuando la niña fue a visitar el parque oceanográfico con el resto de niños de la escuela y vio, tras un enorme cristal, dos ejemplares de Beluga nadando y jugando en el agua, la emprendió contra el vidrio a patadas con desesperación. “¡Si no las libero jamás volveremos a ver la luna, tenéis que soltarlas, por favor!”, gritaba.
            Ese tipo de reacciones de Petra hacían que el resto de niños se riesen de ella, y que los profesores llegaran a plantearse si la chiquilla era tan lista como parecía, o si por el contrario estaba mal de la cabeza. Intentaron hablar con su madre, pero ésta no cedió en su actitud de disfrazarle la vida a la pequeña para que fuera más feliz. Pero lo que conseguía, sin saberlo, era crear más y más conflictos en el entorno de la pobre Petra. “Mamá, los niños de mi clase se ríen de mí y me insultan. Me llaman loca, tonta, lunática y más cosas. Dicen que no digo más que mentiras, y que me van a encerrar en una loquería”. La madre, para consolarla, le dijo que hiciera fotografías a los niños que la molestaban, y que una vez las tuviera, las metiera en el congelador, debajo de las varitas de merluza y las hamburguesas. “Así se les congelará la maldad, ya no tienes que preocuparte por lo que te digan porque no pueden hacerte daño, están detenidos, helados”. Así, cuando Petra cumplió los nueve años, había tantas fotos en aquel congelador que ya casi no cabía ni una bolsa de guisantes de medio kilo.
            Según las explicaciones de la madre de Petra, papá estaba trabajando muy lejos como para venir a verla, la abuelita se fue al cielo para hacerles mantones de ganchillo a las estrellas que tenían frío, al canario no lo mató el gato, sino que el felino lo encontró herido y lo trajo delicadamente hasta los pies de su dueña para que intentase curarlo, y así iba eliminando la realidad, lo feo, lo malo, lo que asusta, de la vida de su hija. No se daba cuenta de que con ello le estaba negando las armas para afrontar la adolescencia y la vida adulta. Petra crecía dentro de un decorado falso que enmascaraba la realidad, una especie de cuento encantado en el que era casi feliz, sí, pero estaba completamente equivocada en todo. En todo menos en una cosa: en el amor que sentía por su madre.
            Ella se fue en dos minutos. Cruzó la calle, el coche llegó demasiado aprisa, el golpe fue tremendo. En unas horas, Petra salió de su mundo para entrar en un centro de acogida después de descubrir, de repente, que la gente muere y ya no vuelve, que papá no estaba en ningún lado porque se largó en cuanto supo que ella venía en camino, que la tierra gira suspendida en su órbita sin que tengamos ningún control sobre ello, que ya lo hacía antes de que hubiera vida sobre ella y que seguiría haciéndolo una vez extinguido el ser humano. Que la sangre que brota de una herida no se repone machacando amapolas del campo, y que mamá le había mentido en todo. Petra, al darse cuenta, la odió y la maldijo, se sintió estafada, burlada de una manera tan brutal que no lo pudo asumir. Llena de ira, se coló en la cocina del centro de acogida por la noche, sacó del bolsillo del pijama la foto de su madre y la metió en el congelador sin parar de llorar y sorber mocos.
Con el paso del tiempo, la vida de Petra se fue normalizando. Entró en la rutina de las clases, aprendió a atender su propia habitación, adquirió responsabilidades que su madre jamás le había dado (ya tendrá tiempo de limpiar y trabajar cuando sea mayor, ahora estoy yo para hacerlo por ella), y se fue fortaleciendo. Allí, en el centro al que la habían llevado, había niños que podían hablarle de abandono, de maltrato, de drogas, de violencias, de desgracias de todos los tamaños. Las suyas tampoco habían sido vidas normales. Demasiado crudas, demasiado crueles para cualquiera, tanto más para un niño. Queriéndola tanto, su madre la había hecho débil, casi incapaz de entender por qué otros niños de su edad habían tenido que pasar por tan durísimas pruebas. A medida que iba conociendo a los demás y sus historias iba encontrándole cada vez más sentido a la suya.
Cuatro meses después de quedar sola y ser internada en el centro, una de las compañeras de habitación de Petra se despertó gritando en mitad de la noche. Era Andrea, la más pequeña. Solamente tenía siete años. En sueños había creído oír los pasos de su padre que venía, de nuevo, a meterse en su cama. Petra la ayudó a calmarse, como tantas otras noches, y se le ocurrió una idea: hizo a su amiga escribir el nombre del padre en un papel, puesto que la chiquilla no tenía ninguna foto (¿quién querría tener una foto de alguien que abusa de sus propios hijos?), y las dos niñas, juntas, se colaron en la cocina. Petra abrió el congelador, rescató la foto de su madre y colocó en su lugar aquel nombre maldito. “Ahora está congelado, Andrea. Ya no puede dañarte, no va a venir, lo tienes detenido, neutralizado. Como hacen los superhéroes en las películas. Cuando sientas miedo, acuérdate de que está en el congelador, igual que las alitas de pollo. No puede moverse ni acercarse a ti”. Después, con ternura, ayudó a Andrea a meterse de nuevo en la cama.


Petra acarició la foto de su madre antes de guardarla dentro de su diario. Lo del congelador era mentira, lo sabía. Solo iba a servirse de ello para consolar a alguien que sufría, ¿qué tenía de malo? Nunca es demasiado tarde para aprender cualquier cosa, pero para algunas sí puede ser demasiado temprano. Lo que su madre había hecho con ella no era quizá lo más adecuado, aunque era mil veces mejor que lo que habían hecho los padres de sus nuevos amigos. Quizá no se les deba ocultar todo a los niños, pero tampoco tienen por qué conocer toda la crudeza de la vida desde tan temprano. Alcanzar el término medio es una ciencia, y nadie nace aprendido; a buen seguro podía afirmar que había sido mucho más feliz que los niños que la rodeaban. Mentalmente, antes de volverse a dormir, le lanzó un “te quiero” silencioso a su madre y se sintió, por primera vez en mucho tiempo, en paz.