jueves, 8 de enero de 2015

CON BUENAS PALABRAS

            Cuando era niña, mi padre, que me conoce bien y me quiere bien, me hizo un regalo. En su día lo juzgué poco apropiado para una chiquilla de mi edad, no sé si tendría yo por entonces ocho o nueve diciembres, y me gustaban mucho más las Barriguitas y las Nancys (la Barbie aún no se estilaba tanto) que los libros. Pero ahora que ya cumplí los cuarenta y dos y en mi cabeza hay más cabellos blancos que castaños no puedo sino agradecerle aquel regalo por lo útil que me va a resultar hoy. Es viejo, pero aún sirve. Se trata de un diccionario de sinónimos y antónimos.
            Pensaréis que eso de tener diccionarios en casa es un atraso. Todo se puede buscar en Internet, entras en la página de la R.A.E., tecleas, y ya. Listo. Pero hay cosas que solamente un libro te puede ayudar a hacer, para que lo redactado tenga el peso de la palabra escrita, la antigua, la de verdad, sin neologismos, anglicismos ni estupideces. En perfecto y claro castellano. Curiosamente, es la forma también de que muchas personas no entiendan lo que digo, porque la corrección y la cultura no habitan en todas las mentes; todo hijo de vecino tiene un teléfono inteligente con acceso a la Red, pero pocos, muy pocos, emplean el diccionario. Pues hoy lanzo un desafío, un guante de duelo, para que quien lo tiene que recoger se esfuerce un poquito, que presumo que le hace bastante falta.
            Hay muchos estilos a la hora de escribir, tantos como autores. El mío es como yo: correcto, amable, respetuoso, tranquilo. Hasta florido, diría. En general me gusta usar palabras accesibles, huyo de los vocablos malsonantes y de las expresiones groseras, a no ser que el personaje lo demande, pero salen de su boca, no de la mía. Licencias novelescas, amigos míos. Para casos como el que hoy os voy a exponer me gustaría ser como mi admirado Don Arturo Pérez Reverte, en cuyos artículos dominicales he leído todo un catálogo de palabras de esas que yo no suelo usar al escribir (aunque sí al hablar, dependiendo sobre todo del grado de enfado en el que me encuentre), y creedme que lo he intentado, pero no puedo. Las veo escritas, materializadas en mi pantalla, y saltan de ella y me abofetean con su fealdad grosera. Así que he cambiado la estrategia: he anotado en un borrador a lápiz lo que diría, y he echado mano del regalo de mi padre, el diccionario de sinónimos y antónimos. Gracias, papá.
            Os expongo el caso: en el mes de julio llegó una carta certificada a mi casa procedente del Ayuntamiento de Sevilla (omito lo de Excelentísimo porque para mí no tiene esa condición) en la que se me notificaba el impago de una multa por aparcamiento indebido, infracción cometida por mi coche, según ellos, en marzo de 2014. Doscientos euros. Imaginad mi cara de pasmo, ni yo ni mi coche hemos estado en Sevilla, ni siquiera en Andalucía, en todo el año 2014. Jamás me habían puesto una multa en veintiún años de conducción. Evidentemente, tenía que ser un error; todos somos humanos y podemos equivocarnos. O el agente de la policía municipal anotó mal la matrícula, o el administrativo que transcribe las boletas se equivocó. El recurso era sencillo. O eso parecía. Preparamos la alegación, la mandamos por correo certificado (seis euritos del ala) y pedimos la boleta del agente o una fotografía del coche mal aparcado para que, efectivamente, pudieran comprobar que no era el mío. Hasta ahí, todo tolerable, comprensible, solucionable. Hasta ahí. Voy a coger el diccionario, porque empieza la fiesta.
            La semana pasada llegó una nueva carta certificada del consistorio sevillano. Os la resumo evitando los tecnicismos legales: “si nosotros decimos que era su coche, era su coche, y punto. Ni necesitamos aportar pruebas, ni nada parecido. Somos la autoridad, y usted paga los doscientos euros de multa porque si no se los embargamos de la cuenta por vía ejecutiva, eso sí, convenientemente engordados con un sustancioso recargo por el impago”. Así. 

Como ya os habréis imaginado, a partir de aquí el texto continuaba. Era uno de los artículos más ácidos, irónicos y brillantemente escritos (dicho sea de paso y sin caer en falsas modestias) que he publicado en años. Pero sucede que ha comenzado a llegar a nuestra nariz el conocido tufillo a naftalina del uniforme verde caqui del bisabuelo que aún está guardado en algún desván, y después de pensarlo mucho me he visto obligada a amputar mi libertad de expresión, consciente de que los tentáculos de esa ley que no voy a nombrar porque se ha convertido en el Voldemort de internet pueden alcanzarme y arruinarme el año aún más si cabe. De modo que, para evitar males mayores, le practico la ablación a esta historia, y os la dejo aquí con la cicatriz fea y desagradable de las heridas que no cierran porque algo las infecta y va pudriendo sus límites día a día. Ya hace más de un año desde que recibí la notificación de esa sanción inexplicable, la he pagado, está recurrida a través del Defensor del Pueblo Andaluz y sigo esperando a que me devuelvan un dinero que indebidamente me han obligado a entregarles. Me conformo con eso, ya no quiero ni una explicación, ni una disculpa. Sólo mis doscientos euros y que me olviden. 
Por cosas como esta, por no poder siquiera decir las verdades que uno piensa con claridad, con palabras redondas, castellanas y llenas de hermosas letras y certeros significados, es por lo que espero con impaciencia a que llegue el próximo mes de diciembre. A ver si al terminar el recuento de votos puedo llorar de alegría como lo haría un pájaro al recobrar la libertad.


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