domingo, 8 de febrero de 2015

RANAS, SAPOS, CHARCAS

En la charca de las ranas todo era paz y tranquilidad. La totalidad del agua estaba cubierta por hojas de nenúfar que mantenían a los batracios a flote, en cómoda posición para cazar moscas y mosquitos sin excesivos contratiempos. Había hojas grandes y hojas pequeñas; tal vez algunas fueran desmesuradas y estuvieran llenas de exóticas flores que las demás no poseían, pero no importaba demasiado, porque más o menos todo el mundo tenía su hoja, abundaban los insectos y daba el sol, los pájaros cantaban y la mayoría de ranas eran felices. Casi todas cantaban las mismas canciones, ya se sabe, en tiempo de bonanza el coro funciona y no se oyen voces discordantes. Todas croaban en la misma dirección, y si alguna no lo hacía, su voz no se oía, la tomaban por loca, desafinada o simplemente falta de oído musical, pero casi no importaba. Cuando venían las cigüeñas a comer, daba tiempo de que todas las ranas se resguardaran bajo sus hojas de nenúfar, confundiendo a las aves, que apenas conseguían como botín algún ejemplar despistado que no despertó a tiempo de su siesta.
Los gordos sapos que se habían apropiado de las hojas más grandes y fuertes con el consentimiento (o con la falta de oposición, según se mire) del resto de batracios fueron, poco a poco, acercando sus refugios a la orilla. Sin que las otras ranas se dieran cuenta, fueron cortando los juncos de los alrededores para con ellos atar sus hojas y las de todos sus allegados (sapitos, ranas amantes, renacuajos propios y recomendados, salamandras aliadas y cigüeñas renegadas, tritones con estola de obispo y otros ejemplares) a las piedras de la orilla. Sabían lo que había de venir, pero si alertaban a la charca entera no habría juncos suficientes para asegurar todas las hojas. Una parte de la población no se salvaría, aunque bueno, en todas las partidas de ajedrez hay que sacrificar peones para que el rey sobreviva, de modo que no importaba demasiado. Ranas había de sobra, y al olor de la abundancia muchas otras habían venido de charcas con aguas menos limpias, de modo que casi les daba igual cuántas perecieran cuando llegase el reventón. Ellos conocían la existencia de la gran tubería, y sabían que el material del que estaba hecha no aguantaría mucho más; por eso, para que nadie se hiciera preguntas, seguían proponiendo canciones, y el entusiasta coro general las cantaba como una sola voz, con la inocencia que da la ignorancia, con la confianza que da la sensación de estar a salvo. Las voces discordantes seguían sin escucharse.
El desastre llegó poco a poco. En la gran tubería de aguas fecales que pasaba cerca de la charca se abrió una grieta; la fuga de caldo infecto fue envenenando el paraíso de las ranas, las hojas de nenúfar más débiles murieron. Se acallaron los cantos, y ya ni el fútbol sirvió para mantener distraída a la población; las ranas se ahogaban si ninguna otra rana les tendía la pata y las aupaba a su propio refugio. Bajo las hojas había corrientes, peces depredadores, algas en las que uno se enreda y se asfixia, peligros que siempre habían estado ahí, pero de los que todas, subidos a sus frágiles nenúfares, se habían creído falsamente a salvo. Las cigüeñas venían en bandadas y se daban auténticos festines. Los mosquitos, ahuyentados por la pestilencia del agua, ya no venían a dejarse devorar. Los sapos gordos y sus cortes de favorecidos, seguros cerca de la orilla en sus gordas hojas, gritaban a los demás: “¡¡¡sed solidarios, ayudáos unos a otros como buenos batracios!!!” Pero, para evitar problemas, pusieron ejércitos de avispas a proteger sus privilegios.
Muchas ranas murieron. Muchas otras se fueron para no volver. Las que se quedaron malvivían sabiendo que nada volvería a ser como antes, cuando creían que los sapos estaban allí para protegerles y procurar que todo funcionase de la manera más limpia y favorecedora. El coro de la charca ya no cantaba, pero sí lo seguían haciendo las “voces discordantes”. ¿Las recordáis? Aquellas a las que nadie quería escuchar, las que hablaban de boñigas venenosas en el agua, sapos corrompidos que roban los juncos y viven a costa de los demás, ranas cortesanas que ofrecen el trasero a quien luzca la corona más brillante. Esas cosas que estaban ahí pero a las que casi nadie hizo caso hasta que fue demasiado tarde.

Dicen los sabios que hacen falta crisis para agudizar los ingenios. Dicen que los más brillantes inventos, los más brillantes escritos, los más brillantes versos, surgieron en época de desastres y cambios, que la bonanza adormila y atonta, que el dinero es un opio grosero que corrompe todo lo que toca. “El caballo corre más con espuela, el harto duerme y el hambriento vela”. Ojalá hayamos aprendido la lección de una vez. Seguimos nadando entre la podredumbre que no deja de manar, puede que nuestra agua, queridas ranas, jamás vuelva a estar limpia. Puede. Pero ahora sí prestamos oídos a las voces discordantes. Si hemos de ser nosotros quienes tapemos esa gran grieta, más pronto la repararemos leyendo textos inteligentes, informándonos y saliendo a la calle que durmiendo la siesta y viendo Sálvame en televisión. Seamos malditos, seamos contestones, seamos ranas discordantes. Y si a cada cerdo le ha de llegar su San Martín, que a cada sapo le llegue un poeta prohibido, un cantor vetado, un cineasta crítico, un escritor políticamente incorrecto que llame a las cosas por su nombre y nos sacuda, impidiendo así que nos volvamos a dormir.


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