domingo, 1 de marzo de 2015

JAQUE AL PENTAGRAMA


            Llegó un señor a la escuela un lunes por la mañana. Jacoba, la maestra, lo esperaba; no le hacía excesiva gracia lo que venía a anunciar, pero nada podía hacer contra ello. Según les explicó a los niños, era un inspector de educación. Llevaba un traje gris y corbata, no parecía un maestro, sino más bien un ejecutivo de esos que manejan los números de la Bolsa en la televisión. Los niños le saludaron con un “buenos días” general, como Jacoba les había enseñado que debían hacerlo.
            “El señor inspector está aquí para explicaros algo importante que ocurrirá el curso que viene: la clase de música va a quedarse nada más que en tres cuartos de hora a la semana, pero a cambio os van a dar una nueva asignatura: ajedrez”. Los niños, desde sus ocho años, se miraron unos a otros sin entender nada. A casi todos ellos les gustaba la música: tocar la flauta juntos, aprender ritmos, bailar, reproducir melodías que escuchaban en la radio, cantar… ¡era divertido! ¿Por qué había que cambiarlo?
            El inspector del traje gris comenzó con su charla. “Niños, el ajedrez es el noble juego de los Reyes. De su mano aprenderéis estrategia, cómo adivinar cuáles serán los movimientos del contrario para así poder anticiparos a él y vencerle. Os enseñará también a forzar los errores del otro para aprovecharlos, a mover vuestras piezas de manera que le podáis hacer más daño a su ejército con el mínimo de movimientos y de sacrificio de piezas posible. Aprenderéis a conocer las debilidades de quien tenéis enfrente para usarlas en vuestro propio beneficio. El objetivo es ganar, derrotar a quien juega contra vosotros. El ajedrez os hará más inteligentes y competitivos, es necesario que aprendáis ese tipo de cosas porque luego, en la vida real, os servirán para ser triunfadores. Desarrolla la memoria, ayuda con las matemáticas, enseña a concentrarse. Todo son ventajas. El próximo curso, en lugar de música, os daremos clase de ajedrez. ¿Lo entendéis?”
            Fernando levantó la mano para pedir la palabra. Tenía una pregunta que hacerle al hombre de gris. Él sabía jugar un poco a ajedrez, le había enseñado su abuelo los fundamentos del tema: movimientos de las fichas, objetivos… Recordaba haberse sentido mal jugando. Primero se enfrentó a su padre, y fue vencido. Y no le gustó, francamente, el hecho de perder. Después, jugó contra su hermano Carlos, un año menor. La diferencia de edad le dio cierta ventaja, y ganó. Se sintió bien, fuerte, pero le duró poco la euforia: Carlitos, al verse derrotado, se había echado a llorar. “No me mates al Rey, por favor”, le había rogado. Pero él no había tenido compasión. Al final, las lágrimas de su hermano le hicieron empatizar con él, y de nuevo se sintió mal. “Señor, yo tengo una duda. Si en clase de ajedrez me mandan jugar contra Blanca, ¿puedo dejarme ganar? Es que prefiero que ella me mate el rey que hacerla llorar por matarle el suyo”. Blanca, su amiga, le miró. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
            Carla también había jugado a ajedrez alguna vez. Y, francamente, prefería la música. No entendía por qué tenía que ganar o perder, derrotar o ser derrotada. Levantó la mano. “Señor inspector, cuando en gimnasia jugamos al fútbol o al balón prisionero ya competimos. ¿Por qué tenemos que hacerlo también con el ajedrez?”
            El inspector estaba comenzando a perder la paciencia. Los niños percibieron enseguida su gesto de fastidio, tan de hombre ocupado y sin tiempo para preguntas infantiles de respuesta obvia. Obvia para un adulto, por supuesto, pero no para un chiquillo. Jacoba lo sabía bien, porque estaba acostumbrada a ponerse en el lugar de sus alumnos para explicarles mejor los conceptos de las distintas asignaturas. Pero el hombre de gris ya no se acordaba de lo que siente un niño. Quizá nunca le permitieron serlo.
            “Chicos, tenéis que saber que cuando seáis mayores nadie va a tener compasión de vosotros. En el mundo adulto hay que derrotar a los competidores para ser mejor que ellos, ganar dinero y llegar lejos. Es como en la selva, o te los comes tú o te comen a ti, y no hay más. Por eso es importante que os enseñemos a jugar al ajedrez. Concentración, silencio, cálculo, toma de decisiones, eficacia y resultados. Esa es la manera de ser triunfadores. Ahora quizá no lo tengáis demasiado claro, pero creedme, lo agradeceréis cuando entréis en el mercado laboral, os lo aseguro”. Y, dicho esto, cogió su cartera y se marchó.
            Jacoba no sabía si enfadarse o ponerse triste. En los más de veinte años que llevaba dando clase a niños de tercero y cuarto de primaria, uno de los aspectos en que más había incidido era el de la solidaridad. Se había empeñado en demostrar que la empatía y el trabajo en equipo eran mucho mejores que el individualismo, que el triunfo de la comunidad era mejor que el de uno solo. Enseñaba a sus niños a ayudar al compañero, no a derrotarle. Los chavales estaban desconcertados, y ella no podía contravenir las normas que le llegaban desde sus jefes directos. ¿Qué podía decirles?
            “Señorita Jacoba, yo no quiero que me quiten la música”, dijo Francisco. “Ni yo”, dijo Blanca, a punto de echarse a llorar. De la mano de la música, aprendiendo a leer las notas y a conocer las escalas, reconociendo los intervalos y los acordes también aprendían matemáticas. Tocando los instrumentos de percusión y bailando al ritmo de las canciones mejoraban su coordinación, la motricidad gruesa y la fina. Interpretando las partituras con sus instrumentos también mejoraban el nivel de concentración y la memoria, y de paso aprendían disciplina, trabajo en equipo, constancia. Afanándose en mejorar y empleando su capacidad de esforzarse y su talento natural lograban ser elegidos para interpretar los solos en las obras que tocaban, y el destacar solamente dependía de cuánto trabajasen, y no de qué estratagemas pudiesen urdir para pasar por encima de los demás. “Yo no quiero ganarle a nadie”, dijo Miguel. “Si hacerse mayor significa estar siempre enfadado y compitiendo, no quiero ser adulto”. Ese mundo que el hombre de gris les había presentado como su futuro no era lo que ellos merecían ni deseaban.
            El inspector de educación recibió, pocos días después, una carta. Iba firmada por los alumnos de la señorita Jacoba. En ella le decían:
            “Señor inspector:
            Puede que ustedes, los que deciden qué es lo que se enseña en las escuelas, piensen que el ajedrez es lo mejor para nuestro futuro. Ustedes desean que crezcamos sabiendo que el pez grande siempre se come al pequeño, pero nosotros hemos visto en el libro de Naturales que hay peces muy grandes que comen krill. Según ustedes, tenemos que aprender que si no ganamos es porque hemos perdido, pero en el libro de Conocimiento del Medio dice que el hombre prehistórico, ese que tenía la cabeza rara y la boca para delante y parecía todavía un mono, cazaba en grupo y toda la tribu comía de lo que entre todos lograban atrapar. Ustedes piensan que todos queremos ser unos triunfadores, pero en Religión y en Ética nos enseñan que la felicidad no está en ser más, sino en ayudar y en compartir. No nos eduquen para enfrentarnos, por favor. Si hacerse mayores significa convertirnos en personas tristes que solo piensan en ganar, no queremos ser adultos. Nosotros elegimos la música. Por favor, déjennos ser niños.
            Atentamente, los alumnos de cuarto de primaria y Jacoba, su maestra”.
            El hombre de gris frunció el ceño. “Futuros perdedores”, pensó. Y no se dio cuenta de que quien realmente estaba perdido era él.



            Dedicado con muchísimo cariño a Blanca, Carla, Francesc, Miquel, y al resto de niños que comenzaron a aprender música conmigo y ahí siguen, esforzándose por ser mejores sin ganarle a nadie. 

2 comentarios:

  1. Hola Su, he sido Inspectora de Educación, siempre traté de ser opuesta al hombre de gris, a veces no te dejaban, porque desde " arriba" te indicaban lo que tenían que hacer las escuelas a tu cargo.
    Viva la música, espero que en mi trayectoria no haya obligado a nadie a jugar al ajedrez. Un beso.

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    1. Mi querida Laura, dudo mucho que alguien con tu capacidad de discernimiento y tu sensibilidad permitiera orientar a los niños para ser tiburones en lugar de seres humanos. Seguro que tu labor profesional empujó a muchos grandes profesionales en sus primeros años de formación. Un gran aplauso para ti.

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