domingo, 8 de marzo de 2015

SIMPLEMENTE PERSONAS

            Es algo extraño esto de escribir para que mis historias lleguen a multitud de personas a las que no conozco, a las que posiblemente no llegue nunca a conocer. Hablo de vidas ajenas, de personajes inventados (algunos no tanto), de aventuras y acontecimientos de otros, pero nunca os hablo de mí. Hoy voy a cambiar eso, y lo hago con motivo del día de la mujer, una fecha que, si la sociedad fuese equilibrada y civilizada de verdad, no debería existir. Voy a contaros, por una vez, cómo pienso, quién soy realmente y por qué. Sin bromas, sin cuentos, sin nada más que lo que hay.
            Me llamo Susana, y soy escritora. Soy Susana Rodríguez Cuentahistorias cuando ando con un relato entre manos, Susana R. Miguélez cuando publico una novela, Sú Rodríguez cuando me tomo la actualidad a broma en Facebook, Susaneja en Twitter cuando me quejo de algo y en Instagram cuando comparto imágenes que me salen al paso, a las que suelo añadir, casi sin darme cuenta, algún micro-cuento. También soy Susana de León, la cantaora de albaes, Susana la del laúd en mi grupo de folklore, Sú la del saxo tenor en mi banda, soy “Mami” cuando me llaman mis hijas, Susi en boca de mi otra mitad, Susanita aún para mis padres, “Señorita” para los ancianos de las residencias en las que ocasionalmente he trabajado. Soy todas esas cosas y algunas más, pero no os cuento esto para promocionarme, no soy de las que aprovecha cualquier ocasión para hacerse auto-bombo. No tengo tantas facetas porque sea una super-woman. Las tengo, simplemente, porque soy una MUJER, ni más lista ni más capaz ni más culta que ninguna otra.
            El factor determinante de que yo haga esto y otras mujeres como yo no lo hagan es muy simple, y os lo voy a explicar brevemente: nací, como todos lo hacemos, provista de alas. Mi suerte fue que tanto mis padres desde un principio como la persona que comparte mi vida no se empeñaron en cortármelas, sino que se tomaron el trabajo, y aún lo hacen, de acompañar mi vuelo. Por eso aprendo. Por eso avanzo. Por eso no tengo límites. No elegí en qué familia nacer; simplemente, tuve suerte. Escogí a mi pareja con mi criterio alado, y desde entonces vuela conmigo, no se empeñó en encerrarme en ninguna jaula, ni grande ni pequeña ni dorada ni oscura, para ser el único en poder contemplarme. Me consta que eso les ha pasado, y les pasa, a muchas mujeres. Esa es una de las grandes desigualdades que nos afectan: todas esas hermosas mujeres merecen recuperar las alas con las que nacieron para poder llegar hasta donde ellas quieran, y deben ser protegidas y ayudadas sin reservas.
            Según los científicos, todos los embriones humanos, en sus primeros estadios de formación, son iguales. La diferencia la lleva un solo cromosoma, que es el que dice “soy X” o “soy Y”, y hace que ciertos órganos afloren o se escondan. Nada más. NADA MÁS. El único privilegio que nosotras tenemos y ellos no poseen es la capacidad de gestar, alumbrar y amamantar. En todo lo demás no hay diferencias. Ese magnífico privilegio de ser madres fue casi nuestra única función desde la época de las cavernas, y de paso resultó una excusa perfecta para hacernos esclavas de la maternidad, el hogar y la familia; los tiempos avanzaron, y no resultaba conveniente que nosotras progresáramos al mismo ritmo, podríamos tener deseos, sueños y esperanzas diferentes, qué peligro.
Llegar a las metas todavía nos cuesta mucho más que a los hombres pero, poco a poco, vamos conquistando terreno. Ahora vivimos en el siglo XXI, y aunque aún queden por ahí demasiados neandertales y cromañones sueltos disfrazados de modernos, las mujeres podemos elegir. Podemos equivocarnos, pero tenemos el derecho de rectificar. Ser madres es nuestro derecho, y no nuestra obligación; trabajar es nuestro derecho, casarnos o no hacerlo es nuestro derecho, elegir lo que queremos ser, desarrollarnos, crecer, son nuestros derechos. Ser mujeres no nos hace superiores, pero tampoco nos hace más débiles, y está en nuestras manos pulir las desigualdades que aún existen en la sociedad. Eduquemos a nuestros niños enseñándoles que una plancha, una escoba o una sartén valen para una mano masculina igual que para una femenina, del mismo modo que una caja de herramientas, una batuta o una brocha de pintar muros. Enseñémosles que “hombre” y “mujer” solamente son palabras para definir el sexo con el que hemos nacido, pero que eso no lleva nada más implícito. NADA MÁS. Aún quedan, es cierto, hombres que prefieren levantar los pies en el sofá con una cerveza en la mano mientras nosotras pasamos la aspiradora, pero somos libres de no elegirles, y si nos equivocamos al hacerlo debemos poder rectificar y alejarnos. Ellos también saben, que no os engañen haciéndoos creer lo contrario, que el contenido de los pañales de un bebé no es radiactivo; no hay ningún cromosoma que señale que su salario debe ser mayor que el de una mujer en su mismo puesto. Tampoco es cierto que una mujer sea “un machote” porque no use falda ni tacones, ni que vaya “pidiendo guerra” si se arregla. Una mujer quiere decir “NO” cuando dice “NO”, y quiere decir “SÍ” cuando dice “SÍ”, y la testosterona no es ningún elixir que dé super-poderes a nadie. Aún quedan demasiados hombres que pretenden sirvientas y no compañeras, que ven en el amor un permiso para disponer de la vida de alguien a quien miran como un ser “menor”. Enseñemos a los niños, chicos y chicas, desde la cuna, desde la escuela y en todas las facetas del día a día que no somos “ellos o nosotras”, sino que todos somos igualmente personas. Que el amor es un lazo, no una soga; que un golpe, un insulto y una amenaza no se llaman sentimiento, sino maltrato. Que nuestras necesidades y tareas diarias son las mismas: si comemos, guisamos. Si ensuciamos, limpiamos. Si queremos la ropa impecable, planchamos, y si no, vamos arrugados. Si podemos trabajar en lo que nos gusta, mejor. Si queremos salir, entrar, viajar, estudiar, estamos en nuestro derecho mientras podamos y estemos de acuerdo en hacerlo. Que la esclavitud en este país desapareció hace siglos, y quien se empeña en mantenerla es quien debe ser juzgado. Mujeres: creced. Elegid. No os pongáis límites: abrid las alas. Las jaulas, para la chatarra.

            Así pienso, así soy. Quiero creer que si hubiese nacido hombre habría escrito este discurso en idénticos términos, pero eso nunca lo sabré. Quizá en mi próxima vida pueda comprobarlo, si es que me toca un cromosoma inicial diferente; en caso de que ocurra, prometo contároslo. Feliz día para todos, tengáis el sexo que tengáis.


2 comentarios:

  1. Sinceramente pienso, que si dirigiera el país gente como tú, que diferente sería todo. Gente inteligente, sensata, sencilla, humilde, sincera, sin dobleces, que dice lo que piensa, pero con educación, no se escuda en "ser sincera" para hacer daño, diciendo las cosas a bocajarro, que eso ahora está de moda "ir de sincero y ser un grosero". Gente como tú, es lo que le hace falta a la vida. Tú, le haces falta a esta vida.

    ResponderEliminar
  2. Todos somos valiosos de alguna forma, Ana. Tu comentario, por ejemplo, ha sido el soplo que ha enderezado un día condenadamente malo. Haz el favor de terminar pronto la carrera de psicología, mi niña, porque tú también le haces falta a muchas vidas. Un beso y gracias por estar siempre ahí.

    ResponderEliminar